Luis Launay Pensamiento Nacional

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UN CAMBIO RADICAL   Francisco José PestanhaPor/ Francisco José Pestanha"Nuestra historia (tan corta) no adolece tanto de lagunas de información, cuanto de fallas de interpretación. No se halla viciada por el desconocimiento de lo ocurrido, sino por su deliberada falsificación. Basta aplicar a los hechos que se conocen con certidumbre un criterio razonable, fundado en buenos principios políticos y una ajustada psicología para que nos revelen sus relaciones causales y se agrupen en un orden armónico, que por satisfacer a la inteligencia, tiene que coincidir necesariamente con la expresión de la realidad. Negarlo, sería negar la posibilidad misma de la historia". Ernesto Palacio

En reiteradas oportunidades he sostenido que la dirigencia argentina en especial, y la política en particular, se encuentra inmersa en un ambiente tan altamente crítico que difícilmente pueda impulsar un proceso eficaz que permita su re – legitimación. Recobra vigencia así la enseñanza de otro "maldito de la historia" - Ernesto Palacio - quién en su "Teoría del Estado", nos enseñaba que la deslegitimación implica la pérdida o renuncia a los vínculos de la dirigencia con los "...influjos de carácter moral e intelectual predominantes en la colectividad, o sea en una tradición cultural encarnada en sucesivas personalidades cuyo pensamiento o acción han dejado su marca en la mente colectiva...". Tal aseveración para quien les escribe, cobra absoluta validez en la actualidad.

El fracaso de la experiencia aliancista, entre otras de sus múltiples consecuencias, colocó en la superficie la ostensible ruptura en la relación gobernantes - gobernados que se venía incubando desde mucho tiempo atrás. Comenzaba así la decadencia de un régimen que se había erigido sobre las ruinas del estado de bienestar, y de una dirigencia cuya legitimidad, venía diluyéndose sistemáticamente, en la medida que renunciaba a constituirse en "receptora de los anhelos de pueblo" y "satisfactora de sus necesidades".

Durante los años posteriores a dicho fiasco, una serie de medidas preventivas impulsadas con cierta eficacia desde el poder atenuaron la agitación y permitieron una transición presidencial dotada de escasos niveles de traumatismo. Aquellas, además, generaron cierto espacio para que el actual presidente, pudiera comenzar su cometido con fuerte impulso y credibilidad. Se inició de esta forma una administración que durante el primer año pudo obtener réditos mas que interesantes a partir de un habilidoso manejo del endeudamiento externo respecto del sector privado, de la producción de un superávit primario que permitió cierto mejoramiento salarial en algunos sectores, de la renovación parcial de la Corte Suprema de Justicia, y de otras medidas de menor trascendencia, pero de significativa intensidad

Pero como los problemas estructurales subsisten, y en tanto tales requieren soluciones estructurales, apenas iniciado el segundo año de gestión comenzaron a surgir una sucesión interrumpida de conflictos que no se circunscriben a aquellos emergentes de la puja distributiva, y que se extienden hacia interior y el exterior de diversas corporaciones. Los de mayor exposición claro está, se vinculan al accionar de organizaciones sindicales y piqueteras que demandan un legítimo aumento en sus ingresos. Dichos conflictos se palpitan y se muestran cotidianamente. Pero hay otros, en especial, aquellos que provienen de la política misma, que de no operarse un cambio sustancial en concepciones y prácticas, mostrarán sus secuelas a mediano plazo. Me refiero específicamente a las estrategias de construcción de poder y al sentido específico del mismo.

Al comenzar este artículo hice referencia a la improbabilidad de una reconstitución de la legitimidad política. La razón principal de ello nos remite a la íntima ligazón existente entre las dirigencias partidarias y un régimen (un orden material y simbólico) que ha llevado a nuestro país a sus máximos niveles de desmembramiento y denigración. Dichas ligaduras son lo suficientemente profundas para que una simple alquimia gerencial pueda desatarlas, requiriéndose para tal cometido entre otras virtudes valentía, grandeza, sacrificio, autocrítica, y sobre todo, patriotismo.

Sin embargo, si lo que se pretende realmente a partir de la gestión gubernativa es re - constituir nuevos lazos con la comunidad a fin de revertir del proceso de deslegitimación de lo político, debe asumirse el cometido principal de impulsar una serie de acuerdos estratégicos tendientes a deshacer aquellas componendas, prácticas y concepciones que llevaron a ensamblar a la política con el modelo de no país.

Dicho acuerdo, presupone en primer lugar el coraje de impulsar una profunda revolución cultural – formativa que retome la senda de una Nación que se piensa a sí misma y que anhela un destino común. Aquí no caben medias tintas. La decadencia de nuestra Argentina no se resuelve exclusiva y excluyentemente en el campo de las materialidades. Comenzará a remediarse partir de una modificación sustancial en espíritus y conciencias, y ello sólo puede concretarse a partir de instrumentos y políticas idóneas para lograr tal cometido.

En segundo lugar – y plenamente coincidente con el punto anterior, debe operarse una profunda modificación en el pensamiento y en las prácticas políticas. La mediatización y la farandulización han llevado a la partidocracia local hacia un camino de difícil retorno. Solo cabe en este sentido, retomar el camino de la formación de dirigentes con conciencia, sentido y compromiso nacional. Como enseñaba jauretche, se requiere la formación de una verdadera élite dirigente con conciencia nacional.

De la grandeza y de la generosidad que sea capaz de emerger de la real politique dependerá la escasísima posibilidad de una reconstitución no traumática y saludable de la legitimidad perdida. De lo contrario, será el pueblo quien a partir de su sabia intuición, ensaye nuevamente formas alternativas de legitimidad.


* Se permite la reproducción citando la fuente.19/12/2005.