Mientras miles de siluetas espectrales siguen deambulando por las noches de Buenos Aires, en busca del sustento diario que les suministran habitualmente los desechos de un "medio pelo" que aún parece ignorar las verdaderas razones de la debacle, desde algunos sectores del gobierno y de la "real politique" se pretende instalar en las conciencias argentinas la idea de un "veranito económico" y mediante esta argucia, anunciar luego la culminación de la crisis desatada a partir del derrumbe del gobierno de la Alianza.
Tal pretensión, lejos de responder a un análisis cabal y minucioso de las verdaderas razones que han engendrado el deterioro estructural del país, procura a partir de la glorificación de ciertos estadios coyunturales como la relativa estabilidad de los precios internos y de la moneda estadounidense (que sigue utilizándose como indicador vital de la economía), la disminución de la protesta social y el incipiente proceso de sustitución de las importaciones, demostrar la existencia de un nuevo rumbo para los destinos de la patria.
Debo reconocer que el Gobierno del Presidente DUHALDE, mediante el hábil manejo de diversas herramientas técnico–políticas, ha logrado con cierta eficacia catalizar algunas variables económicas y sociales produciendo una vaga sensación de equilibrio interno y tranquilidad pública. A pesar de los pronósticos cataclipticos surgidos en las fauces de los eternos dinosaurios de la economía, y devaluación mediante, ha comenzado levemente a revertirse la triste tendencia iniciada a partir del golpe de estado de 1976 y consolidada en la década menemista.
Pero más allá de las virtudes de una minusvaluación que permitirá -— de sostenerse en el tiempo — fortalecer el signo monetario y reingresar luego a un modelo sustitutivo de las importaciones reinstalando una incipiente industria local, un gobierno con auténtica "vocación nacional" deberá adoptar en lo inmediato una serie de medidas de ordenamiento interno tendientes a consolidar un "nuevo orden económico distributivo" y, consecuentemente, articular un "nuevo orden simbólico" que resulte funcional para amparar el embrionario proceso sustitutivo.
Como vengo sosteniendo hace ya varios años, las constantes crisis que se operaron en nuestro país en las últimas décadas no encuentran razón principal en la ineptitud de sus diferentes conducciones económicas ni en la falta de perspicacia de los sucesivos gobiernos. Más bien se trata de la imposición, a partir de mediados de la década del ´70, de un régimen, es decir de un orden material y simbólico sustentado en el individualismo filosófico, en la especulación en lo económico y en la desnacionalización en lo cultural.
Recurriendo al mismo esquema analítico que he utilizado en los últimos trabajos, y que desafía a dividir a una sociedad en dos órdenes —material y el simbólico— que se codeterminan permanentemente, en sociedades como la nuestra, el campo de lo material, es decir, el ámbito de las relaciones de producción y de la economía, está fundamentalmente determinado por la acción de la burguesía que es quien asume la vanguardia en la reproducción del sistema.
En ese sentido, sin perjuicio de los planes de inversión pública y de empleo que inmediatamente deban implementarse para incluir a la población marginada del sistema, y de otras medidas de orden revolucionario que deberán adoptarse para reinstalar a la Argentina en el camino del progreso social, la actual descomposición del potencial burgués local sólo podrá revertirse a partir de un nuevo régimen de fomento económico e industrial basado en un rígido sistema de premios y castigos.
Así, y a partir de una vigorosa intervención del sector público, deberán impulsarse sólo aquellos emprendimientos empresario-industriales que potencien el ahorro interno y la inversión genuina; castigando las diversas formas de exacción, especulación y saqueo, mediante la aplicación de férreas sanciones de índole penal.
En el orden de lo simbólico, es decir aquel que abarca todos los aspectos de la producción intelectiva-racional y que incluye la cultural, la acción de las élites cuya tendencia en la actualidad es concentrar casi exclusivamente sus esfuerzos hacia una creación artística de índole narcisista deberá ser reorientada, a partir del fomento público, hacia obras de alto valor cohesivo.
La idea de la re-construcción de una nacionalidad a partir de nuevos colectivos de identificación aparece como una necesidad primaria de cara al futuro. Esta práctica constructiva que se da en el campo de lo imaginario, pero que tiene su base material en la experiencia colectiva, debiera, a criterio de quien les escribe, sustentarse cuanto menos en tópicos vinculados a la historia común, a la diversidad cultural y a la tradición.
La labor de los intelectuales se convierte en una pieza fundamental para el resurgimiento nacional, por cuanto el verdadero desafío de la comunidad universitaria en los próximos años es el de ponerse al servicio de esta edificación colectiva.
A partir de la tarea de configurar aspectos identitarios, que permitan articular un sentido colectivo, se podrán revertir décadas de formación de tecnócratas en busca de prestigio individual, de producciones sustentadas en triviales exégesis de productos intelectuales del primer mundo y de una falsa autonomía Universitaria que sólo aporta a la disgregación nacional.
El régimen decae inexorablemente. Al deterioro del sistema político y judicial y a la caída en picada de los eternos econócratas, se le suma hoy el de gran parte de un complejo mediático que cotidianamente nos brinda escenarios donde desfilan casi con exclusividad esperpentos y mendaces. El tratamiento del affaire Grassi y del secuestro tumultuoso del Sr. Echarri dan por tierra la ya limitada credibilidad de los medios locales.
Toda crisis es a la vez una oportunidad para el cambio. O encaramos una revolución auténticamente nacional que encamine a nuestro país hacia un futuro promisorio con una burguesía local definitivamente comprometida con los intereses del país, o simplemente y en palabras de UGARTE; alcemos los brazos que queden indemnes para extenderlos hacia la puerta de algún que otro organismo internacional para rogarles así la limosna de la libertad.