Todo parece indicar que el régimen instaurado a mediados de la década de 1970 comienza a derrumbarse indefectiblemente llevándose en su seno a una parte importante de la dirigencia local, y que en la infraestructura de nuestra comunidad se están produciendo una serie de reacomodamientos de fuerzas, de los que todavía no es posible inferir el modo de su emergencia
La depresión económica se constituye en determinante privilegiado de una protesta que ya no es monopolizada por grupos marginalizados o excluidos del modelo, sino que comienza a ser inconscientemente articulada con el descontento generalizado de un medio pelo al que se le diluyó entre la manos el espejismo de una Argentina racionalizada y eficientista.
Pero si bien - y esto debo reconocerlo - a lo largo de la historia de la humanidad, el quebrantamiento de las condiciones materiales motivó preferentemente el conflicto social, a la patética situación de la Argentina de hoy, se le incorpora una variable que es permanentemente soslayada por comunicadores e interpretes mediáticos de la coyuntura, y que se constituye en la pavorosa crisis de identidad y por tanto de pertenencia por la que atraviesa su sociedad.
No pretendo en este trabajo inmiscuirme en un debate teórico sobre la cuestión de relaciones de determinación entre las condiciones materiales y la superestructura simbólica. Simplemente pretendo mostrar como la imposición de dicho régimen influyó sobre aspectos fundamentales que hacen a la identidad nacional, sobre las consecuencias de este hecho y sobre las perspectivas que se abren a futuro.
Sobre la Globalización:
Existe en ciertos sectores vinculados a la intellígentzia local, una suerte de idea – fuerza sobre la inexorable constitución de un mundo global. Desde esta perspectiva se construye una noción de futuro que concibe al mundo del mañana como un todo homogeneizado a través de un modelo económico y un plexo de valores y otros elementos de naturaleza simbólica (de raíz fundamentalmente occidental), que se extienden a través de redes comunicacionales y financieras hasta los lugares más recónditos del planeta.
Esta idea ha calado hondo inclusive en pensadores insospechados de vinculaciones con intereses económicos del capitalismo concentrado, los que se han visto seducidos por el componente "romántico" que presenta a una humanidad definitivamente articulada, no conflictiva y hermanada en una suerte de paz universal.
Pero lamentablemente, para algunos, esta idea no deja de ser nada más que una quimera que se torna cuanto menos descabellada. Así se ha sostenido recientemente que "Esta globalización de la economía no es nueva, afirma el historiador Eric Hobsbawn, ¿No suena atrás esta música, referida no obstante a un período transcurrido hace más de un siglo?. Cualquier manual básico de historia económica nos enseña que esto ha sido siempre así, desde los fenicios al menos y que aceptar su inevitabilidad y hasta necesidad no significa acatar sus reglas, porque la globalización no es un fenómeno natural sino humano, es decir impulsado por determinados intereses y en consecuencia pasible de resistencia y negociación"
Esta falsa imagen de un universo humano sujeto a la homogeneización permanente y definitiva, cual resabio de un antiguo y persistente sueño imperial, desconoce un simple dato de la realidad, la diversidad.
Cuanto menos hasta el momento, surge como certero dato la existencia de un universo esencialmente diverso e interactivo, diversidad que a la vez es constitutiva del mismo. Así la idea de totalidad es concebida no simplemente como la "simple suma de las partes o entidades", sino como el producto de sus inter – intro - retro relaciones. Entonces, un sistema "es algo más y algo menos que la suma de sus perdidas"
Es por ello que la pretensión de concebir una sociedad humana en perfecto equilibrio constituye una ambición teórica difícil de sustentar. La noción de vida como un sistema en desequilibrio persistente nos introduce por el contrario, en una concepción evolutiva y dinámica, que nos muestra además al desarrollo como un juego constante de fuerzas diversas en permanente disputa, que es en definitiva la esencia de la evolución.
Entonces la globalización, se constituye bajo este criterio en una simple pretensión. Real y poderosa, pero pretensión al fin. En una de las tantas pretensiones hegemónicas a nivel universal que caracterizaron la dinámica histórica durante los últimos siglos.
No pretendo negar aquí la existencia cada vez más variada de interrelaciones entre los diversos grupos humanos que pueblan el planeta, ni que los mismos puedan ser potenciados en el futuro. Lo que cuestiono es que dichas vinculaciones puedan ser estandarizadas y homogeneizadas de por vida bajo un mismo signo ideológico, simbólico o económico, lo que significa privar lisa y llanamente al hombre de su carácter histórico.
- Sobre la Globalización y la identidad cultural.
Los breves comentarios efectuados precedentemente, nos llaman a reflexionar una vez más sobre la cuestión de la identidad cultural – simbólica, y sobre su importancia en la constitución de las sociedades, y por ende, de las nacionalidades.
Uno de los paradigmas ideológicos más poderosos sobre los que se sustentó el régimen infame que se instauró en la Argentina a partir de la última dictadura militar nos refiere a una permanente exaltación vinculada inminencia irremediable del proceso globalizador.
Así, en materia económica, el apresuramiento por consumar vergonzosas e irresponsables privatizaciones, encontró su justificación teórica en la necesidad de mostrar hacia el exterior signos manifiestos de la incorporación de nuestro país a la "economía global".
En cuanto al aspecto cultural y simbólico, el correlato de este paradigma apuntó a la destrucción de todo conato integrador en nuestra sociedad y en tanto de resistencia al modelo.
La exacerbación continua de un individualismo caníbal y de la competencia descarnada bajo la figura del éxito personal, la destrucción de los lazos familiares, laborales culturales y religiosas se constituyeron - entre otras - en herramientas necesarias y funcionales para imponer un supuesto "modelo de conducta y de reflexión social globalizada".
Para ello el antiguo recurso de la auto - denigración colectiva fue puesto en marcha a través de una serie inédita de impulsos mediáticos. Así sostuvimos oportunamente que este proceso se constituye en "una típica expresión del pensamiento colonial" que se materializa a través de una "noción impuesta desde los sectores de poder" y que consiste en imponer la idea que " progresar no es evolucionar desde la propia naturaleza ", sino "derogar la naturaleza misma para substituirla". La potenciación de los mecanismos auto - denigratorios se manifiesta a través de la exacerbación de las debilidades de "lo propio", y mediante la exaltación de las fortalezas de "lo ajeno" (externo). A mayor fatiga social, mayor permeabilidad a la auto - denigración.
La eliminación sistemática del respeto u honra a la simbología de "lo nacional" representada por determinados íconos (la bandera, los próceres, los himnos, etc.), la sustitución de fechas patrias reflexivas, por fines de semanas vacacionales sujetos a una cuanto menos dudosa razón de promoción turística, la ausencia de subsidios genuinos a manifestaciones culturales propias de la tradición nacional y de incorporación de los mismos a las currículas de todos los educativos, la negación por parte de la tilinguería intelectual de emergentes claros de la cultura nacional como el cuarteto o la música tropical (que ya llevan varias décadas de consolidación como emergente cultural nacional y regional), y la sustitución de valores integradores que sustentaron a la sociedad argentina industrial y progresista, constituyen algunos de los elementos que contribuyeron al menoscabo de nuestra identidad.
No existe a mi criterio sociedad ni comunidad sin identidad. Ésta, aunque verdad de perogrullo, ha sido realmente puesta en duda en estos últimos años en la Argentina y las consecuencias de ello son aún impredecibles. Yo me pregunto si los Estados Unidos o las naciones de Europa han bajado la guardia en estas cuestiones en pos de integrarse a un mundo unívoco.
De manera alguna. El mundo occidental globalizador es exportador de valores hegemónicos (nunca importador) por cuanto las políticas interiores tendientes al fortalecimiento de la identidad han sido sostenidas en el tiempo e inmodificadas, inclusive potenciadas en las últimas décadas.
- Homogeneidad o diversidad..
Uno de los argumentos que se esgrimen para sostener la imposibilidad de constituir una nación emergente en sociedades como la nuestra es justamente la cuestión de la diversidad que tratamos tangencialmente en un apartado anterior. Se sostiene desde esa perspectiva, que para el reconocimiento de una nación debe tomarse como principio la unidad étnico – religiosa - cultural y tradicional al modelo europeo u oriental.
No obstante la discrepancia existente en la historiografía, con relación a si la nacionalidad es un producto de la modernidad o si obtiene sus raíces a partir de un proceso persistente de reinterpretación histórica de preceptos de orden religioso, lo cierto es que existen experiencias concretas de construcción de las nacionalidades a partir de un componente diverso durante los últimos siglos.
Así por ejemplo, la sociedad norteamericana a quien no se le discute hoy su carácter de nación, es una elaboración reciente de base preferentemente simbólico – tradicional. Más allá de las características propias de la colonización Británica en América del Norte, lo cierto es que durante los dos últimos siglos en dicho país se encuentra en sus dirigentes una clara obsesión en la construcción de su propia nacionalidad.
Los "valores americanos" o el "sueño americano", responden netamente a una confección del orden de lo simbólico mediante el cual los norteamericanos han constituido una nación a través de un plexo de valores aglutinantes que se respetan a rajatabla. Desde la diversidad étnico – religioso – cultural, se ha construido una verdadera identidad.
Este es uno de los elementos que a mi criterio han determinado el tremendo impulso al país del norte. No hace falta convivir cotidianamente con americanos (del norte) para darse cuenta sobre la omnipresencia cotidiana en sus conductas y reflexiones de dicho marco de regulación simbólico. Preceptos como el honor, el patriotismo y el sacrificio, están presentes en forma constante en una sociedad que además se siente orgullosa en su pretensión de expandir hegemónicamente dichos principios a fin de constituir sobre ellos, un nuevo orden internacional.
- Alguna conclusión.
Lo expuesto precedentemente sirve para demostrar la necesidad que en la Argentina se instale un profundo debate acerca de este tópico, ya que una sociedad sin parámetros precisos de identidad no puede de manera alguna llegar a niveles aceptables de autosatisfacción, y menos aún, de entablar relaciones serias con sus pares.
La profunda devastación que ha sufrido nuestro país en los últimos años, producto de un régimen extractivo iniciado por una alianza oligárquico - militar, continuado por una clase dirigente complaciente y voraz, y sustentado intelectual y mediáticamente, por una casta de tecnócratas de dudosa idoneidad técnica y compromiso con los intereses nacionales, debe constituirse en la llama que ilumine un nuevo proceso social y político en la Argentina.
En ese sentido la reconstitución de una identidad nacional se manifiesta como el marco prioritario para un nuevo acuerdo social. Sustentada en la idea de pertenencia – posesión, podrá constituirse la única fuerza capaz de evitar estrategias de organizaciones que como el CEMA, intentan instalar una nueva fase de régimen extractivo a través de un golpe institucional o de continuar con la actual representada por el equipo económico que encabeza Domingo Cavallo.
Una de las herramientas necesarias sobre las que debe sustentarse este nuevo acuerdo es la instauración una verdadera revolución cultural - formativa que imponga a lo largo de nuestro territorio el plexo de valores y otros elementos de orden simbólico, tendientes a rearticular una sociedad actualmente atomizada.
Este acuerdo deberá surgir de un gran debate nacional sustentado en la diversidad étnico –cultural – y religiosa que compone nuestra sociedad y si bajo el respeto y la protección de todos aquellos elementos del orden tradicional e histórico, que en épocas pasadas contribuyeron incipientemente a articular nuestra identidad. Las naciones no nacen y ni se desarrollan por generación espontánea, si no a través del devenir de los procesos históricos que motorizan sus componentes y sus líderes.
En ese sentido afirmábamos hace más de una año que " la sociedad argentina necesita darse a sí misma un nuevo sentido. Este debe reconstruirse a través de la determinación de un plexo de valores colectivos y otros elementos de naturaleza simbólica, que permitan constituir una nueva identidad nacional a partir de la diversidad sociocultural existente. Una nueva simbiosis social debe materializarse para recuperar el estado de autosatisfacción.
Así, la idea de un proyecto nacional, resurge entonces sobre las brasas de una Argentina incendiada por el despotismo y la traición. Habrá que empezar a hablar claro y generar espacios de reflexión colectiva que comiencen a cuestionar todos y cada uno de los paradigmas sobre los que se sustentó el régimen, con identificación precisa de sus responsables, ya que en las etapas históricas de crisis sin horizonte a la vista, resulta imprescindible que las sociedades desarrollen mecanismos que permitan a sus componentes - a través del desarrollo de diversas formas de interacción - una adecuada comprensión de la situación para asumir en consecuencia conductas comunes que permitan superarla.
Son tiempos históricos que nos desafían a formular una identidad común, la que a través de la articulación de una voluntad colectiva nos permita despertar del largo ensueño de estas últimas décadas.