EDITORIAL DEL DOMINGO 19 DE JUNIO DE 2009

 

 

l

Por: Jorge Rulli

Esta semana que pasó murió Doña Dominga. Era la viuda de Magín del Carmen Guzmán, uno de los más notables dirigentes que diera la Resistencia Peronista. Doña Dominga tenía 89 años.

Murió esperando una pensión que fuera aprobada por los Diputados de la Provincia de Buenos Aires, en los primeros meses del año 2008. La Ley 13807 estableció una pensión graciable tanto para quienes realizaron aquella gesta como para sus cónyuges sobrevivientes. Para Doña Dominga hubiese sido un reconocimiento importante, un reconocimiento que se marchó sin conocer. Durante años lo siguió a Magín en sus periplos carcelarios, lo siguió a la Patagonia e inclusive a la Tierra del Fuego cuando durante el Plan Conintes en los años 60, el Gobierno de Frondizi, al cuál hoy muchos hombres de supuesto pensamiento nacional admiran, reabrió para los peronistas el horrible penal de Ushuaia. Doña Dominga siempre fue de las primeras en la cola de la visita carcelaria, llegaba con sus crios y con las noticias de los compañeros de la Matanza. ¿Cómo sobrevivió tantos años sola? Seguramente la ayudaron los compañeros tanto o más pobres que Magín, y además, debe haber trabajado en cuanta changa pudo hacer para mantener a la familia y llevarle un paquete a la cárcel a su marido. No me la imagino siquiera con un reproche o con  un gesto de cansancio.

Fueron siempre, desde que llegaron de Tucumán, vecinos de La Tablada. Me contaba Magín que cuando levantaron el ranchito prefabricado en el que siempre vivieron, sobre el terrenito minúsculo comprado a cuotas, allá por los años cuarenta, cerca del Cementerio Israelita, como a treinta cuadras de la General Paz, aquello era puro campo. Sentado en la puerta de su casa tal como siempre acostumbraba estar, podía divisar a lo lejos pasar los autos por arriba de la General Paz, avenida que se había terminado de construir en julio de 1941. La casa de los Guzmán pese a su extrema pobreza, siempre fue un baluarte peronista, hasta los vecinos buscaban a los dueños de casa como remediadores de conflictos y árbitros de problemas habidos en el barrio. Mientras la Matanza se poblaba alrededor suyo, Doña Dominga vivió más de sesenta años en aquella casita de madera de dos habitaciones y cocina que, recién en los últimos tiempos, Magín y los muchachos transformaron en casa de material y con algún mínimo confort. Medio peronismo debe haber pasado por aquella cocina de madera donde sobre una mesa cubierta por un hule, siempre había un vino, una cerveza y algo de comer para el recién llegado. Durante sesenta años hizo el aguante a Magín y a todos sus compañeros, en las buenas que fueron muy pocas y en las malas que fueron la inmensa mayoría de las veces... No obstante, tanta vida enraizada en el mismo barrio de la Matanza, hace pocos meses los funcionarios del Instituto de previsión de la provincia se permitieron poner en duda la certificación domiciliaria de Doña Dominga, que, mientras el expediente continuaba sus peregrinajes kafkianos por las oficinas burocráticas en La Plata,  murió sin poder recibir la pensión que le correspondía.

Doña Dominga no fue la única de aquella generación de resistentes, que se marchó de este mundo en estos últimos días. Recibimos también, una comunicación de nuestro amigo el Doctor Enrique Oliva sobre otro compañero con más de ochenta años que acaba de morir. En ella Oliva nos dice: “Juan Carlos D’Abate, vicepresidente y cofundador de la Asociación de la Resistencia Peronista, nació en la Capital Federal el 10 de febrero de 1929, pero su infancia, adolescencia y juventud las vivió en Quilmes. Ha muerto el pasado 11 de julio a la edad de 80 años.  Fue Juan Carlos un militante inclaudicable de las luchas populares. Las patriadas más importantes de gran parte del siglo pasado contaron con su decidido aporte de coraje y talento para defender una causa abrazada desde que cursaba la enseñanza secundaria, cuando editó el periódico llamado “Justicialista”. Ingresado a la carrera de leyes en la Universidad de La Plata, abandonó los estudios en el tercer año para dedicarse de lleno a actividades políticas y sindicales. Tiempo después, volvió a las aulas recibiéndose de abogado en 1977, instalándose en Wilde, partido de Avellaneda”.

Recuerdo que alguna vez leí que cada anciano que muere en esas aldeas africanas arrasadas por el hambre y por las corporaciones es como una Biblioteca que desaparece. Seguramente en la Argentina no debe ser muy diferente, esos viejos que desaparecen se llevan consigo patrimonios, memorias y miradas irrecuperables. Se llevan también la tristeza infinita de un tiempo que cambió brutalmente, de un país que los olvida y que continúa buscando el sentido de su destino sin comprender que tal vez en ellos, en esos viejos extraordinarios, a veces intratables, siempre impacientes y memoriosos,  habría hallado esas claves simples que ahora necesita, a la vez que esa mística extraviada a lo largo de los años. Lamentablemente, hemos llegado a tal retorcimiento perverso de los caminos, que hoy las Bibliotecas formales no solo ignoran a esas bibliotecas humanas de la memoria y de los saberes, sino que además, suelen referenciarse en aquellos que desde el poder, expresaron todo lo contrario a lo que esos humildes luchadores del Pueblo, significaron en sus luchas. El pabellón dedicado en la Biblioteca Nacional a Don Arturo Frondizi, no podía seguramente contener el sufrimiento de ese humilde albañil que fue el militante popular Magín del Carmen Guzmán, ni su vida en una celda del penal de la Tierra del Fuego, penal reabierto en 1960 por el mismo Arturo Frondizi, pero tampoco tenía el derecho de pasarlo por alto, sobre todo porque esa administración, continúa pretendiéndose heredera nacandpop de aquellas luchas… Allí está el núcleo duro del simulacro y de la trampa. La inteligentzia progresista nos explica hoy la historia contemporánea de la que Doña Dominga y Juan Carlos DAbate fueron protagonistas, pero ignorándolos, negándolos en la existencia y en las pasiones que tuvieron, o acaso como hace el IPS de la Provincia de Buenos Aires, poniendo en duda sus domicilios y alargando los trámites en la espera de que continúen marchándose de este mundo, sin que reciban el reconocimiento acordado por las leyes de la provincia. 

Esos viejos molestan con su sola presencia. Su vejez incomoda a una franja etaria apropiada del poder y de absolutamente toda dirigencia en la Argentina. Los que integran esa franja etaria nacieron durante la llamada Revolución Libertadora, como en un enorme equívoco, en su mayoría se acercaron al peronismo fascinados por Fidel, son los radicalizados de ayer y los que hoy hacen negocios con la política. La generación escarmentada del pájaro en mano y de las manos en el pájaro ajeno. Esa hegemonía sin estrategia ni proyecto de país, nos conduce como Pueblo, de fracaso en fracaso. Es la hegemonía de los que quedaron imberbes para siempre.  Han conformado una Argentina donde no hay lugar para los mayores y por eso mismo, tampoco existe un lugar para los jóvenes. Canta Gustavo Cordera de la Bersuit unos versos que mi hijo repite: El progreso fue un fracaso / fue un suicidio / La ansiada prosperidad / fue el más pesado vagón / ¿Para qué un juicio final? / Si ya estamos deshechos / Una explosión natural / hará una gran selección / Yo te agradezco, / porque aquí estoy / Vos sos mi única madre / con alma y vida hoy venero tu jardín… / Te agradezco aunque me voy / avergonzado por ser parte de la especie, / que hoy te viola en un patético festín… / No te libraste de nosotros, / nuestra desidia,  / fue por tenerte regalada / el creer que no vales nada / Está pariendo hijos ciegos, / Está cansada, / Aunque tus lágrimas saladas / nos pueden ahogar si quieres / los pocos que te aman, / no tienen fuerza / como reliquia se pasean, / solo paquetes de turismo son, / no hay más amigos del sol, / no hay más ofrendas / Sólo este ataque mortal / al medio del corazón…

Tal vez como siempre en las Sociedades humanas, tal vez como en la herencia transmitida, de abuelos a nietos, ancianos y jóvenes deban juntarse en este país que es nuestro país, para pelear por un lugar bajo el sol que les sea común, y en vez de irse como tantos hacen buscando santuarios donde sobrevivir tal como somos, no permitamos más que se libren de nosotros. Sí, aceptemos la conciencia nueva y la vergüenza de ser parte de una especie que viola la tierra en frenético festín… como dice Cordera,pero cambiaremos el final del relato, no dejaremos que los jóvenes continúen con esa ceguera que es mera consecuencia de la exclusión y de la incapacidad de escucharlos, no pensaremos más que los pocos que aman la tierra no tenemos fuerza porque sí la tenemos. Y en recuerdo de tantos luchadores que murieron en la soledad del olvido, en la extrema pobreza o en el tiro del final sin esperanzas, decidamos no ser más las reliquias del pasado, y no lo seremos en la medida en que nos persuadamos que somos el mañana y que para eso debemos marchar con los jóvenes, aceptando el destino que tuvimos: luchamos cuanto pudimos, hoy transmitimos la herencia de esas luchas a los que nos continúan. Y digamos con la Bersuit: Con alma y vida yo defiendo tu jardín… / No hay nada más anti ecológico que un infeliz, que un infeliz / No hay nada más anti ecológico que un infeliz, que un infeliz

 

Jorge Eduardo Rulli
http://horizontesurblog.blogspot.com/