Participé este fin de semana en un Encuentro de agro biotecnología, organizado por el Centro de ingenieros agrónomos de la provincia de Córdoba. Una vez más, asistí a la exposición de los temas que, a los amigos del GRR, nos desvelan desde hace años, y que, pese a que configuran las estrategias globales que desde las corporaciones ordenan y reordenan el mundo, se permiten ser ignorados por nuestra dirigencia política. De hecho, en el encuentro participaban numerosos exponentes de universidades publicas y privadas, gente del INTA y de otros organismos del estado, variados especimenes ejecutivos de empresas del sector de la biotecnología, investigadores y polemistas internacionales de los convenios sobre OGM, pero, lamentablemente: ningún funcionario, ningún diputado, ningún Senador. Nadie, absolutamente nadie, de la supuesta dirigencia política. Todo un signo, que expresa el supino desinterés por los grandes temas que nos organizan la vida y condicionan el futuro de la humanidad . El clima de estos encuentros, que fluctúan entre lo académico y lo científico, suelen ser una sumatoria de ponencias autistas. El diálogo y la interconexión parecen no existir. En este caso yo diría que no se contrarió la regla. Cada mesa redonda fue una exposición de voces disímiles, a veces discordantes, en que cada una exponía sobre su propio trabajo y a los que escuchábamos nos restaba sacar las conclusiones. Yo voy a tratar de expresar brevemente las mías. Una primera, que creo importante, ante lo manifestado por un expositor latinoamericano: que la aceptación del principio precautorio, daría lugar a medidas proteccionistas, y por eso se lo discute y se lo resiste tanto.
Hace años que la Argentina viene dando batallas en el campo internacional por diluir la fuerza con que el principio precautorio se impone gradual pero firmemente en el mundo. Lo ha tratado de contraponer al enfoque precautorio. Ha puesto palos en la rueda mientras ha podido, en cuanto protocolo y trabajo de comisión de las Naciones Unidas lo ha tratado, etc. De hecho, en el campo de las políticas internas aún no se lo reconoce, porque, en cambio, se le da lugar, al anacrónico y estéril concepto de equivalencia sustancial. Si pensamos, como nos sugiere el expositor, que el principio precautorio da lugar a políticas proteccionistas, comprendemos la razón de que durante la vigencia del neoliberalismo de los años noventa, nuestras representaciones diplomáticas lo resistieran tanto. Quizá no queda tan claro por qué razón todavía se lo continua resistiendo con igual ensañamiento… o quizá sí, en la medida que seamos capaces de advertir que los modelos profundos de pensamiento y de sumisión del país que implantó la política de Martínez de Hoz, continúan intocados. Así como el principio precautorio, expresa la posibilidad de la toma de distancia de otras decisiones que no nos sean propias, así también, implica la posibilidad de la propia autonomía, la esperanza de una propia identidad, de un pensar propio en el campo de las relaciones internacionales y de una afirmación de la soberanía que, partiendo de criterios de Bioseguridad, nos inspire, despierte y aliente mecanismos de afirmación. Todo lo contrario, el obsoleto y ridículo criterio de equivalencia sustancial que trasunta la ideología de un Estado argentino colonizado por las empresas, expresa la repetición simiesca, la reproducción de lo que se nos impone, el gesto servil del que obedece, y a propósito de ello, y pensando en muchos de nuestros presuntos científicos, nos viene a la memoria el antiguo ademán de cubrirse los ojos ante su Majestad que configuró el modo de saludar de nuestra marina de guerra y que nos recuerda la etapa de las sumisiones al Imperio Británico.
Estamos refiriendo a un campo de batalla en que las Corporaciones vienen avanzando con pocas resistencias, con pocas resistencias por nuestra parte, en la medida en que, en el común de la dirigencia y del activismo político, se considera que este NO es tema de la política. Extrañamente los mismos legisladores que consideran que la política pasa por otros carriles, son los que por unanimidad han aprobado leyes extraordinarias que protegen, que benefician y que, caso único en el mundo de generosidad internacionalista, subsidian a la Biotecnología y a la producción de agrocombustibles para la exportación. La amenaza de aceptación de nuevos acuerdos internacionales que abran la posibilidad de patentar el material de reproducción o sea las semillas, y no tan solo los añadidos transgénicos en posesión de las corporaciones, está en el horizonte como una amenaza cierta. Recordemos que en la Argentina, hasta el momento, tanto la soja como el algodón u otras semillas continúan siendo un patrimonio de todos nosotros y que lo que reivindican las empresas son los genes recombinantes de resistencia a herbicidas que ellas les han añadido a esas semillas y que les están reconocidos por la legislación nacional e internacional. No obstante, el gobierno del Chaco, en un gesto que puede ser anticipatorio de otras sumisiones, porque abre la puerta a nuevas relaciones de la transnacional con los países de América del Sur, acaba de cerrar convenios con Monsanto para la incorporación de una nueva generación de OGM, a la vez que para abonar regalías por un algodón cuyo origen seria el viejo y extraordinario Guasuncho, generado por el INTA local y que, alguna vez durante el menemismo fuese entregado por sus directivos a la Corporación en un acto tan vil como la privatización de tantas otras empresas y patrimonios, que atesoraban el esfuerzo de generaciones de argentinos.
Mi exposición en ese Congreso científico de Córdoba, se preocupó de señalar algunos puntos que considero fundamentales y que valen repetirse en Horizonte Sur. Uno es la existencia de un modelo neocolonial, modelo único y expansivo que se instaló durante los años noventa y en el que lo que menos importó a Monsanto fueron los patentamientos de sus semillas transgénicas, porque la razón y la estrategia era convertir a la Argentina en un portaviones de la empresa, un enclave de irradiación, capaz de intervenir y de modificar los modelos productivos de los países vecinos. Lamentablemente, ese propósito se cumplió a cabalidad. De este modo, el Agronegocio argentino, muñido de sus paquetes tecnológicos, terminó penetrando Uruguay, Paraguay y Bolivia con la Soja RR , y en especial, torciendo el brazo de Lula que se encontró con que su Estado de Río Grande do Sul, estado supuestamente libre de transgénicos, estaba absolutamente infectado con la llamada soja maradona que entraba de contrabando desde la Argentina, sin que ninguna autoridad hubiese tomado nota de las caravanas de camiones con poroto semilla que atravesaban las fronteras. Como segundo tema, señalé a la reciente crisis con el campo, como la exasperación de un modelo instalado al calor de los mercados internacionales: el modelo de los monocultivos de soja transgénica, a la vez que, como un momento de dolorosa reconfiguración, en la medida en que ahora, el modelo se profundiza hacia un creciente poder de los complejos aceiteros exportadores, de producción de Agrocombustibles y de producción masiva de carnes en encierro con integración vertical de capitales en asociación con las Corporaciones internacionales. En este punto leí unos comentarios acerca de los sojeros, del nuevo Secretario de Agricultura, en un reportaje en el diario Página doce del domingo 24 de este mes de agosto, y que le hiciera el periodista Roberto Navarro: “Son un sector que dinamiza la economía, que reinvierte, que ha mandado a sus hijos a estudiar y esos hijos hoy han puesto a nuestro campo a la cabeza de la competitividad agraria internacional”. Y me pregunté si acaso estos conceptos no los habría podido expresar de igual manera, con la misma convicción y con las mismas palabras, el mismísimo Gustavo Grobocopatel o acaso Héctor Huergo. Sin duda que piensan igual, sin duda que comparten el mismo paradigma, pero ocurre que uno es el funcionario que supuestamente diseña las actuales políticas públicas, los otros son los empresarios o sus voceros en los medios, que, las implementaban antes. ¿No nos resulta extraño que hablen las mismas cosas y del mismo modo? A eso le llamamos la colonización del Estado por parte de las empresas de Biotecnología.
El otro punto que toqué, refería a un tema que había sido expuesto en el mismo encuentro por FLACSO. El tema concernía a épocas cercanas en que Monsanto logró detener unos cuantos barcos cargados con soja en los puertos de Europa, presionando fuerte en busca de un arreglo que le reconociera su soja RR y le compensara “el uso propio” de semillas que en nuestro país, es un derecho del agricultor largamente reconocido. Bien, lo que se dijo es que el gobierno argentino podría haberse abstenido de participar en un conflicto que tenia por protagonista por una parte a la Corporación que reclamaba ante los tribunales, y como contra parte demandada, a algunos importadores europeos de soja argentina. Evidentemente, no parecía un conflicto que mereciera una preocupación especial por parte de un Estado que ha hecho del no tener políticas agropecuarias, una política en sí misma… pues bien, no fue lo que ocurrió. Lo que ocurrió fue que todas las Embajadas se movilizaron de modo reservado. Conocimos en su momento esas instrucciones diplomáticas secretas, que partieron del Palacio San Martín, y se puso mucho dinero para solventar los honorarios de gabinetes de abogados europeos que defendieron a esos importadores y lograron los fallos favorables a ellos que se han venido consiguiendo en los últimos meses. Ver estas situaciones como un mérito del Gobierno y de la decisión de tener políticas públicas, cuando estamos cansados de pasar por encima de niños que duermen la droga en los pasillos del subterráneo, sin que ningún organismo del Estado tenga algún tipo de políticas para ellos, me parece el mundo del revés, y nos recuerda que este modelo, antes de implantarse en los campos, se implantó en las cabezas universitarias de nuestros académicos. A eso se le denominaba alguna vez la colonización pedagógica. ¿Cómo lo llamaríamos hoy?
Último punto de mi exposición en Córdoba: el que todos los polos biotecnológicos que existen en el país o que se están construyendo, tales como el INDEAR de Rosario, implementado entre el CONICET y los Grobo, o los que el INTA organiza con universidades regionales, en Junín y Carlos Casares, no son otra cosa que modelos de maquila científica global , en que nuestros jóvenes universitarios, creen hallar un lugar de protagonismo, mientras reproducen las innovaciones tecnológicas de las Corporaciones. Esas maquilas, por otra parte, no son diferentes sino en grado, a las que hacen camisas en Asunción del Paraguay y verdura en los cinturones verdes de las grandes urbes argentinas. Expresé, además, que necesitamos reconocer con urgencia el nuevo paradigma: el de la Ecología, a la vez que pensar un modelo propio que recupere Soberanía alimentaria y que descolonice del concepto de Progreso y de crecimiento, a las ciencias argentinas, hoy cooptadas por los agronegocios. Que ello implica dar una batalla muy seria en los sectores medios, en procura de reinstalar la idea de lo nacional.
Y esto último que ahora añadiré son mis reflexiones retornando a Buenos Aires. He hallado en el interior fuertes influencias del movimiento de intelectuales que respaldó al Gobierno ante la crisis del campo y que inspiró el documento Carta abierta. Ese documento instaló la idea de que se gestaba desde el campo una nueva derecha política, a la vez que distrajo la atención respecto a los modelos de la dependencia, tanto como encubrió la escandalosa estafa al Estado que estaba realizándose, por parte de los aceiteros y de los exportadores. De nuevo como en los años veinte o treinta, parecieran competir en el campo de los textos nacionales el grupo Florida con los de Boedo. Tal vez no sea lo mismo, desde ya, muchas inocencias se perdieron desde entonces, y en estos días en que las condenas a Bussi y a Menéndez nos traen postergados aires de justicia respecto a los años del terrorismo de estado, no podemos dejar de ver que hasta esa justicia en nombre de tanto sufrimiento y desapariciones, posibilita que muchos olviden o no quieran considerar este nuevo genocidio que nos muestra la televisión: el de los extendidos y espantosos impactos de las fumigaciones que acompañan los monocultivos de Soja, sobre las poblaciones de los pequeños pueblos del interior. Una vez más, en el momento en que son necesarias las palabras grandes que pongan en evidencia los mecanismos complejos del sometimiento, son muchos los intelectuales que desertan y que, en vez de servir al esclarecimiento, sirven a la confusión.
Y pese a tanto desconcierto y desgobierno, quisiera terminar celebrando a estos sectores medios que tanto denostamos y a los que pertenecemos. He caminado bastante al planeta y dudo que existan otros movimientos sociales con la fuerza, con la creatividad y con la entereza de nuestros sectores medios. Lo pensaba una vez más, recorriendo Colonia Caroya y viendo los diseños, las arboledas y las acequias que los abuelos construyeron hace más de cien años y que aún permanecen estableciendo las pautas de vida de los actuales habitantes. Lo pensé también, cuando acompañaba a quienes trabajan la tierra chacarera, hacen semillas, injertos, levantan invernáculos y nos asombran con la capacidad de su trabajo y la firmeza de su arraigo. Esa también, es la Argentina profunda que resiste. Son nuestros sectores medios, ese mestizaje único en tierras americanas, ese país campamento de Murena, cuyos extravíos, confusiones, preocupaciones y pasiones, han constituido la historia misma de la Argentina de los últimos ciento cincuenta años. Nos molestamos cuando buscan referencias en gente como Blumberg o como De Angelis y nos olvidamos de la prolongada historia de sus ansiedades, de sus errores, de sus búsquedas que, sin lugar a dudas son también las nuestras. Escucho hoy justificar lo gradual y lo levemente positivo en nombre de un pasado horrible que pareciera servir de patrón de referencia inexcusable, o acaso justificar la defensa del presente, frente a los riesgos de una desestabilización de derechas que tan solo expresa los propios fantasmas, y no puedo dejar de recordar otras épocas en que los mismos o acaso sus antecesores, pretendían con urgencia y a todo precio, cambiar el mundo e instalar el socialismo. Son los mismos, hoy tal vez escarmentados y con una inclinación excesiva a dar valor a los pequeños cambios. En un gesto de similar valor pero en espejo, muchos de ellos abjuran de su origen y se identifican con los pueblos originarios; los pasantes universitarios en las zonas campesinas se cuentan por centenares, es que los pueblos de la tierra han devenido en los nuevos sujetos del cambio posible y la historia americana pareciera resumirse en la empresa cruel de la conquista y del genocidio causado por España o en la importancia de bajar a Roca de sus pedestales. Se hace campaña por los cinco cubanos presos en Miami y acerca de la amenaza que constituye la cuarta flota norteamericana. Ayer fue el Acuífero Guaraní y los esteros del Iberá de donde nos iban a robar el agua, hoy pueden ser otros fantasmas o mitos urbanos que desvelan los sueños de una Argentina que no fue. Sí, son nuestros sectores medios, todavía en busca de un rostro propio y un destino.
Hemos elegido el campo de lo real para dar la pelea por un pensamiento y un proyecto nacional. No abjuraremos de nuestros ancestros, de ninguno de ellos, que son muchos, no dejaremos tampoco de echar raíces en la tierra. Sabemos que la Argentina no es una sumatoria sino una pasión que nos es común y que necesita miradas profundas para hallarse. En esa lucha persistiremos.
Jorge Eduardo Rulli
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