OTRAS VOCES  

Por/ Oscar Denovi

Un complejo de inferioridad a desterrar

     Arturo Jauretche ejemplificó con suficiencia el Complejo de Inferioridad de los argentinos en el pasado, que se difundió por todos los vehículos de difusión y de arte, marcando ese aspecto profundamente la cultura de los sectores medios de la sociedad argentina. Expurgó las causas ideológicas que en el siglo XIX originaron ese complejo y demostró la continuidad de lo que se había constituido en una mentalidad de la llamada clase media y, por oposición, en lo político, al desenvolvimiento histórico del Pensamiento Nacional.

     Pese a que, en el siglo XX, distintos acontecimientos parciales demostraron contemporáneamente a los miembros de ese sector social medio que tal o cual realización, desarrollo, o acción permitían sacar conclusiones distintas, dicho complejo disminuyó temporariamente y recobró intensidad posteriormente.

     Para colmo, en los últimos cuarenta años, los desaciertos de la dirigencia, integrada paradójicamente por individuos de esos sectores, en la política, la economía y en distintos campos de la construcción de la vida argentina, no sólo reforzaron el Complejo de Inferioridad tradicional de una parte de la sociedad argentina, donde gravitaron los pensamientos de Domingo Faustino Sarmiento y de Juan Bautista Alberdi y sus seguidores en sus orígenes teóricos, sino que dicho complejo ha ido adquiriendo una mayor amplitud social hacia arriba y hacia abajo de los sectores medios, como una suerte de derrame y contagio ante el fracaso de los cursos de acción adoptados en educación, sanidad, empleo, seguridad y otros rubros, manejados con torpeza inigualable por personas del mismo fondo filosófico que generó y genera el complejo al que nos referimos.

     Un acontecimiento ofrece la oportunidad de realizar una comparación no entre hechos en sí, sino entre este sentimiento abarcador de buena parte de los argentinos y la realidad que sustenta ese sentimiento cuando se hacen comparaciones reales o supuestas y, conforme a esa inferioridad difundida entre nuestra gente, se sentencia que la respuesta al problema planteado sería o es mejor en otras latitudes más allá de nuestras fronteras.

     Ese acontecimiento, desgraciado, ha sido el sufrido por Estados Unidos en Nueva Orleans. No se trata de encarar el tema desde la perspectiva negativa que se resume en el refrán "mal de muchos consuelo de tontos", sino de observar que la imprevisión, la insuficiencia, la desatención de pronósticos de catástrofes posibles y las consecuencias sobrevinientes de saqueos, asesinatos y peligros de epidemias, de gente librada por muchas horas o días a su suerte, por una tardía respuesta socorrista que los sacara de techos o partes superiores de casas inundadas, no es un patrimonio de este país ni de latinos.

     También esto ha ocurrido en el admirado mundo anglosajón, aunque en este caso se trate de la parte más miserable de ese mundo, como es el sur de los Estados Unidos, y aunque cierta impronta francesa y africana componga --inmigración aparte-- en cierto grado la responsabilidad en la conducción de los aconteceres previos, durante y posteriores a los hechos, es indudable que la mayor responsabilidad recae en la administración norteamericana culturalmente formada por la mentalidad de ese mundo que formó el gran país del norte.

     No nos asiste la pretensión de valorar nuestras catástrofes con la misma vara, para justificar en lo más mínimo nuestros desaguisados monstruosos que no tienen justificación valedera, como la mortandad de casi 200 personas, en su mayoría jóvenes, ni la inundación de Santa Fe de hace algún tiempo.

     Pero sirva esta observación para no desmerecernos tanto en el aspecto que todos nuestros problemas provienen de nuestra incapacidad "congénita" y que todo se resuelve mejor en Europa o en el norte de América.

      La Argentina puede aún, aunque esto no sea fácil y requiera mucho sacrificio de quienes vivan en el presente y en el futuro inmediato en este territorio del sur del continente, ser un país que genere condiciones de vida superiores, a partir del genio de su propio pueblo, si la dirigencia en general, sobre todo la política y la económica, proyecta con los pies en la tierra los rumbos a seguir y si acondiciona sus apetencias económicas a lo que el país puede dar, y no incurre en actos corruptos ni envía sus ahorros al exterior.

     No hay ninguna enfermedad congénita que obstaculice estos logros posibles, salvo las morales, de quienes son extranjeros en su tierra y piensan como tales, siguiendo las ideologías apropiadas a las oligarquías criollas que existen desde antaño, como muchas veces lo hemos señalado en estas mismas páginas. 

     Oscar Denovi es politólogo y secretario general del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.