LA GUERRA DE LOS SIETE PUEBLOS   (Una historia real)   

Por/ Pablo Cansanello

Fernando VI heredó el trono de España a la edad de 33 años, al morir su padre, Felipe V, hundido en la guerra contra los ingleses por un lado y contra los Austria por el otro. 

El rey Fernando, el Prudente, sufría problemas mentales desde su adolescencia;  pasaba temporadas de euforia y gran verborragia y luego le agarraba una depresión que lo tiraba varios días en la cama.  Su vida cambió cuando se casó con Bárbara.  Vivía recluido junto a Ella, dedicado a la vida espiritual, las artes y la música.  Se rodearon de varios artistas entre los que se encontraba Domenico Scarlatti.

Dicen que ambos esposos estaban muy unidos afectivamente.  No tuvieron hijos y tampoco tuvieron ambición de expansión política, por eso su reinado fue una búsqueda permanente de la paz y de la neutralidad en los conflictos entre potencias.

Esta actitud le permitió reconstruir la economía interna y realizar algunas reformas.  En realidad, la política era dirigida por un equipo compuesto por el Marques de la Ensenada , el secretario de estado José Carvajal y el confesor real, el jesuita Francisco Rávago.

Desde que los vikingos descubrieron la ruta hacia América, las ciudades portuarias que tenían cerrado el camino hacia el oriente por los turcos, pugnaron por controlar los mares.  Para dirimir la disputa entre España y Portugal, el Papa había trazado una línea divisoria que iba de polo a polo, imposible de marcar en el terreno.

La prosperidad de España se debía a las colonias en América . Los españoles sacaban la plata y el oro del Perú y lo llevaban por mar hasta el istmo de panamá.  Desde el puerto caribeño de Portobelo enviaban los metales a Madrid.  Como los corsarios ingleses pirateaban las costas, los barcos españoles atacaron a los ingleses y estos declararon la guerra arrasando Portobelo, destruyendo sus fortificaciones y arrojando sus cañones al mar.

La voluntad de llegar a un acuerdo entre España y Portugal nació cuando el rey de Portugal ofreció a su hija para que se casase con el heredero al trono de España.  Una vez ungida reina, doña Bárbara procuró liquidar los pleitos con el reino vecino de su padre. 

Fernando se propuso terminar el conflicto con los portugueses originado por la indefinición de la línea de Tordesillas y a su vez separar a Inglaterra de Portugal, porque su principal temor era que se establecieran los ingleses en Colonia.  Como éstos habían destruido Portobelo, ahora los españoles tenían que sacar los metales preciosos por Buenos Aires.  En consecuencia, la corte española se empeñó en recuperar la Colonia a cualquier precio y los portugueses se aprovecharon de la situación:  el costo fue altísimo. 

Portugal pidió a cambio de la Colonia , todo el territorio hasta el Río Negro.  Muchos brasileños pensaban que el Brasil era un territorio natural comprendido por los ríos Amazonas y Paraná, que se unían en un gran lago en el poniente.  España rehusó la propuesta.  Entonces la corte portuguesa ordenó a su canciller que insistiese con todo el territorio hasta el Ibicuy.  El canciller preguntó por qué se tenía que insistir tanto en el asunto de los siete pueblos.  A lo cual el secretario respondió:

                        Não insistimos verdadeiramente pelas Aldeias; mas sim, pelo terreno...”

  Según Gusmão se podía esperar una expansión cada vez más fuerte por parte de los españoles en el Río de la Plata.  Entoncesnos convém equilibrá-lo, alargando-nos para o interior e formando naquela parte uma provincia poderosa”. [...] La cesión de los siete pueblos fue el alto precio que les resultó necesario pagar para poder llegar a un acuerdo con Portugal sobre Colonia, asegurando así a la vez una frontera pacífica entre dos países en Europa”. (Mörner)

“con el mayor sigilo y en el secreto más absoluto, España y Portugal convinieron que ésta cedería a aquella la Colonia del Sacramento con su territorio adyacente y la entera navegación por el Plata.  Pero, como en este territorio que España tan generosamente entregaba a Portugal, había siete reducciones de indios guaraníes, verdaderas ciudades con un total de 29.191 indios, se autorizaba a éstos, por el Tratado, a quedar bajo el dominio lusitano, o a trasladarse a territorio de jurisdicción española.  En caso de optar por esto segundo, se les abonaría 28.000 pesos para gastos de traslado.  Por el artículo XVI del Tratado, los indios que optaban trasladarse debían entregar a los portugueses todas sus casas, iglesias, edificios y la propiedad y posesión del terreno. (Furlong)

“Desde hacía dos siglos la política lusitana había sido tan sagaz, como torpe y miope había sido la española, así la de los cortesanos de Madrid como la de los gobernantes del Paraguay.  Estos, puestos la mira en el Potosí, dejaron arrebatar a los lusitanos los 400.000 Km² de excelentes tierras, con amplia salida al Océano, y ellos y los hombres de Buenos Aires nada hicieron para detener y aun derrotar a los mamelucos o paulistas, que desbastaron las reducciones que en aquellas tierras habían fundado los jesuitas”.  (Furlong, Orosz, p.48)

“Cuando para el establecimiento de un Colegio en Jujuy o de un hospicio en Arequipa o de un orfanatorio en Puebla, era menester la aprobación real y ésta no se otorgaba sin consultar a las ciudades, a sus dos cabildos, al civil y al eclesiástico, y a personas representativas, ahora para un trueque, el más ridículo y el más perjudicial a España, a nadie consultó, ni al Gobernador de Buenos Aires, antes en el mayor secreto se había fraguado todo.  El Ministro Carbajal y la reina de España, la Braganza portuguesa, lo tramaron todo, y obtuvieron que el imbécil de Fernando VI pusiera la firma”. (Furlong, Nusdorffer, p.60)

  El Tratado de Madrid no era desigual entre España y Portugal para Domingo Muriel.  Incluso el Rey podía obligar a sus súbditos a transmigrar.  El problema estaba en que el Rey no podía obligar a sus súbditos a perder lo que aquellos consideraban que estaba en su dominio.  Un caso concreto era el templo de San Miguel, que por el derecho de gentes pertenecía a la comunidad y no podía obligárseles a perderlo sin una justa y pactada compensación económica.

  “Más aun, la igualdad observada resalta del título del tratado publicada y sancionado por la fe pública.

  La edición de Madrid transcribe el título del tratado como sigue:  «Línea divisoria de los estados de las coronas de España y Portugal en Asia y América, acordada por medio del presente tratado, acordado entre sus majestades católica y fidelísima, firmado en Madrid á 15 de enero de este año y ratificado en forma.  En el cual se examina el derecho que resultó á las dos coronas por la bula de Alejandro II, de f. M. Del año 1433, el tratado de Tordesillas de 1434; el de Zaragoza de 1429, el de Lisboa de 1681, y la paz de Utrech de 1715: y se terminan felizmente las disputas sobre límites de los dominios en el otro hemisferio, que con daño común de las dos monarquías han estado pendientes doscientos cincuenta y ocho años.»

  Por este tratado el portugués cede todos los derechos que le reconocía el tratado de Tordesillas, sus derechos sobre las Filipinas reconocidos por el tratado de Zaragoza, la colonia del Sacramento y el territorio adyacente como lo estipulaba el tratado de Utrech, el pueblo de San Cristóbal con sus tierras adyacentes que los portugueses habían ocupado entre los ríos Japurá é Iza que corren del norte y desembocan en el Amazonas.  Los españoles ceden todo lo que les correspondía al occidente de la línea meridiana que debía trazarse en virtud del tratado de Tordesillas, y que poseían entonces los portugueses.  Cedían también los siete pueblos uruguayos, ó sean las ciudades y territorios situados al este del río Ibicuí que desemboca en el Uruguay.  Pero este último artículo fue reformado en el año 1777.

  Nada más debía cederse en virtud de ese tratado salvo la plaza fuerte de Santa Rosa vulgarmente llamada la Estocada y lo que perteneciera á los españoles en la ribera oriental del río Guaporé.  Pero allí nada tenían los españoles ni tampoco en la ribera oriental del río Jabarí con el cual la línea divisoria desembocaba en el Amazonas.  De allí oblicuaba hacia el Brasil á través del río Japurá, y de las montañas del río Orinoco.  De donde se evidencia que no es tan poco lo cedido por los portugueses ni tanto lo cedido por los españoles, de manera que el tratado no se aleja de un punto de la equidad moral. (Domingo Muriel, Derecho, p.404)

La Compañía de Jesús es una orden religiosa de la Iglesia Católica fundada por Ignacio de Loyola.  Sus socios aun se destacan por su formación y por su disciplina.  La Compañía está dirigida por un Padre General que reside en Roma;  cada provincia es dirigida por un Padre Provincial. 

La provincia jesuítica del Paraguay incluía lo que es hoy Paraguay, Bolivia, Argentina, Uruguay y sur de Brasil.  En Córdoba tenían una universidad y en cada villa, pueblo o ciudad, un colegio. La provincia incluía, además, 57 reducciones de naturales, 30 de las cuales tenían parroquia y cabildo. 

En cada reducción había por lo menos dos curas.  Cada colegio y cada pueblo tenía su estancia donde los indios tenían sus yerbatales, plantaciones, hacienda y fábricas.  En los límites de las estancias había poblaciones estables con curas permanentes.  Tanto el General, así como el provincial, el superior y los curas respondían al Papa y a los respectivos obispos seculares.

Los reyes se preocuparon por los indios, pero como eran salvajes pensaron que se podían trasladar con facilidad:  desconocían la magnitud de los pueblos.  Hecho comprobado en lo irrisorio de la suma que querían pagar por indemnización.

Como los principales perjudicados fueron los jesuitas y los indios, los primeros pensaron que era una conspiración de los masones contra ellos y los segundos creyeron que era una treta del demonio para acabar con la raza guaraní.  Tan grueso error diplomático por parte de España que costó la muerte a miles de inocentes y la pérdida de miles de leguas se debió a la ignorancia que había en Europa sobre las Indias.  Pocas personas sabían como era el nuevo mundo.  El resto conocía las Indias por los relatos de los viajeros, plagados de fábulas y seres fantásticos.

La primer noticia del tratado la trajo el padre Ladislao Orosz que de paso por las cortes había escuchado de la boca de la reina que se tramaba en secreto un pacto para terminar el conflicto de límites con Portugal.  Al año siguiente llegó la triste noticia firmada por el Padre General.

 

II

 

El rey Fernando aceptaba todo lo que decía su esposa.

El ministro José Carvajal y Lancaster (hijo de madre inglesa) era partidario de una alianza con Inglaterra y con Portugal.  Él pensaba que Inglaterra sólo deseaba la supremacía en el mar y la superioridad comercial. Por lo tanto, España podía destinar su ejército a vigilar la frontera con Francia y contar con el apoyo inglés para defender sus dominios en América. 

El marques de la Ensenada se inclinaba mas hacia una alianza con Francia que con Inglaterra;  nunca creyó que se llegaría a un acuerdo con Lisboa sino era a un alto precio.  Respecto de Inglaterra consideraba que lo que España debía hacer era armarse.  Era partidario de la paz armada: “estando con las armas en la mano, no hay arbitrio para la duda”.  Llevado por estas ideas procuró convencer al monarca de aumentar el numero de naves y unirse a Francia para privar a “a los ingleses del dominio que han adquirido en el mar”.

Carvajal y Lancaster, en cambio, prefería someterse al poder naval inglés a cambio de conservar los dominios en América. “La reina, por su parte, mujer de inteligencia cultivada, se propuso afianzar la política de su padre Juan V de Portugal.  [...] Ni Carvajal ni la reina comprendían los alcances de sus respectivas políticas”. (V. Sierra, Historia A. P.241)

El marqués de la Ensenada promovió la industria, el ejército y la marina;  levantó arsenales, organizó observatorios y dictó las Ordenanzas generales de la Armada.  Todo esto no podía pasar inadvertido para Inglaterra que procuró apoyar a Carvajal para neutralizar a Ensenada.

Mientras Ensenada se dedicaba a sus proyectos, Carvajal empezó a negociar en secreto un tratado a instancias del rey de Portugal.  El primer paso lo dio Alejandro de Gusmão, brasileño de nacimiento.  Las negociaciones empezaron por influencia de doña Bárbara, pero el planteo lo hizo Gusmão “porque denuncia un conocimiento amplísimo de lo que se quería ganar, tan grande como la ignorancia española de lo que se iba a perder”.

Cuenta Juan de Escandón que a Ladislao Orosz le dijeron en Lisboa:  “Sí, señor padre, si ahora que tenemos en España reina portuguesa no logramos la ocasión de asegurarnos en nuestras conquistas de América, ¿cuándo las lograremos?”.

El tratado de 1750 implicaba un cambio en la relación entre España y América producto del cambio de dinastía.

  ...las exigencias estratégicas y mercantiles prevalecían sobre la finalidad misional y los propósitos de elevación del indio;  es decir, implicaban la renuncia a los fines esenciales bajo cuya permanencia se había creado el Imperio español en América.  Por añadidura, se hacía con violación de las leyes fundamentales del sistema, pues Carlos V había declarado inalienables las tierras incorporadas a la corona de Castilla.  Violación que se llevaba a cabo, además, privando a los indios de mantenerse en sus tierras nativas, con atropello de normas esenciales de derecho natural”. (Sierra. p.218).

La incorporación de Río Grande al Brasil, la ruptura de la barrera que oponían allí las misiones y la pérdida de la salida al mar de Paraguay beneficiaban únicamente a Portugal.

Lo cierto es que, según cuenta el padre Mateos, todo se originó porque los comerciantes de Lima, al no poder competir con el contrabando de Buenos Aires, ofrecieron a Portugal la compra de la Colonia del Sacramento.

  “para esto establecieron correspondencia con Gomes Freire de Andrade, gobernador de Río de Janeiro, el año de 1745, por medio del inquisidor Arenaza.  El virrey le envió un regalo de ocho caballos especiales que remitió Freire a Lisboa, [...]  Freire le correspondió con un coche y guarniciones para mulas”.

Para asegurar el negocio, los limeños enviaron a Madrid a Gaspar de Múnive, oriundo de Guamanga, Perú, que había estado en España algunos años antes para comprar un cargo y desde donde había regresado como corregidor de Potosí.  Vivió muchos años en Lima y trabajaba para extinguir el comercio de Buenos Aires y poder disfrutar los limeños solos de los galeones de Portobelo y Cartagena, cuando lo eligieron para ir a Madrid.

En el viaje fue apresado por los ingleses y llevado prisionero a Londres.  Como agente del consulado pronto entró en tratativas con embajadores y ministros.  De Londres paso a París y de allí a Madrid, donde se puso en contacto con sus partidarios en la Corte.  

Al mismo tiempo, Gomes Freire trataba de caer en gracia con sus soberanos proponiendo proyectos y sugiriendo aprovechar la coyuntura favorable;  Envió emisarios a registrar todas las tierras colindantes con el Brasil para obtener las mejores ventajas para su monarca;  tenía por

   “segura la adquisición de los terrenos [de las misiones del Paraguay], que contemplaba llenos de ganados vacunos y mulares, y de ricos minerales de oro, a imitación de Cuiaba y Matogroso”.

El proyecto nació de un acuerdo entre el virrey del Perú y el gobernador de Río de Janeiro.  José Carvajal y Lancaster, regente del Consejo de Indias, lo tomó como el asunto mas importante de la monarquía y así se lo presentó a su soberano.

Para que la ejecución del tratado fuese al gusto de Lima, se nombró como comisario al mismo Gaspar de Múnive, pero ahora como Marques de Valdelirios.

El secreto con que se llevaron adelante las negociaciones trasluce primero la falta de sinceridad y el peso de la conciencia de los operadores españoles.  El embajador español en Londres expresó su sorpresa al enterarse por un comerciante que se había convenido un tratado.  Pocos meses después, el propio Carvajal y Lancaster le respondió: “Se pactó riguroso secreto en la materia”.

Por su parte, el embajador inglés en Madrid escribió al duque de Bedford:  “No puedo hacer a Carvajal tan inglés como quisiera, pero me atrevo a asegurar que nunca será francés”.

Por otro lado, el secreto deja entrever el accionar de la masonería inglesa, de la cual eran miembros varios de los funcionarios españoles.  Las últimas guerras entre España e Inglaterra habían sido guerras de religión.  Los ingleses en América eran vistos como el diablo y muchos ingleses odiaban a los católicos en general y a los jesuitas en particular.

El padre Francisco Rábago, confesor de Fernando VI, escribió al cardenal Portocarrero:  “Se concluyó este tratado tan secreto por el señor Carvajal, que no se vieron los inconvenientes, ni se consultaron los virreyes, audiencias, ni nada fuera de Madrid, ni en Madrid se sabe a quién se consultó”.

A pesar del sigilo parece que alguna noticia trascendió porque en 1750, el padre Pedro Logu, procurador especial enviado por la provincia del Paraguay a Madrid, fue detenido en Río de Janeiro.  Gomes Freire alegó que el castellano iba a la capital a descomponerle su “su gran negocio”.

La falta de consideración sobre los intereses españoles saltan a las claras en los argumentos de los portugueses en el Tratado, en los que, por ejemplo, refiriéndose a la Paz de Utrecht de 1715, alegan que su Majestad Católica:

  “...debiendo en fuerza de la misma cesión entregarse a la Corona de Portugal todo el territorio de la disputa, pretendió el Gobernador de Buenos Aires, diciendo que por el territorio solo entendía el que alcanzase el tiro de cañón de ella, reservando para la corona de España todas las demás tierras de la cuestión, en las cuales se fundó después la plaza de Montevideo.

A ningún español podía escapársele la falsedad de este argumento ¿Cómo iba a ser posible que el gobernador de Buenos Aires modificara a su gusto un acuerdo firmado por emperador?  ¿Cómo es posible que se olvidaran que fue el propio Felipe V el que había fijado en el tiro de cañón el alcance de su cesión. 

Las presiones de emisarios de otros países sobre la impracticabilidad del tratado llevaron a los monarcas a firmar un convenio secreto adicional por el cual se comprometían a que en el caso de que hubiera resistencia por parte de los indios y “habitantes” la evacuación se realizaría por medio de las armas.  No se los nombraba, pero se los tenía en la mira.

El padre general de los jesuitas que estaba en Roma escribió al padre provincial seis días antes de que se firmase el tratado, pero como la navegación hacia el Río de la Plata era poco frecuente, despacharon la carta hacia el caribe, de allí fue por mar al Perú y de Lima vino por tierra hasta Córdoba (o Buenos Aires), donde estaba el Provincial, de manera que el anuncio llegó un año después, cuando el Tratado ya estaba firmado y ratificado. 

Pero de esto aún nada se sabía, porque la carta del padre General no daba  mayores precisiones, solo decía que había un posible acuerdo aun no convenido, por el cual algunos pueblos se iban a tener que mudar.  Rogaba “que sin réplica obedeciera la real determinación [...] y exhortaba a los misioneros a procurar con suavidad y eficacia, que los indios se conformasen con la voluntad del Rey de España.

III

 

El fondo general del Tratado era la guerra entre Inglaterra y España y la necesidad de llegar a un acuerdo con Portugal acerca de la Colonia del Sacramento, que para ese entonces, se había convertido en la manzana de la discordia.  Los que más se beneficiaban con el contrabando eran los ingleses.  Por ello, aunque José Carvajal y Lancaster hubiera deseado una alianza anglo-hispano-portuguesa, no debe extrañar que lo que en realidad buscaba era fortalecer el monopolio español contra la infiltración inglesa.

Los portugueses necesitaban llegar a una solución para poder destinar sus tropas a la lucha contra los marathas en la India.  La idea de buscar un acuerdo sobre los límites en América fue presentada por primera vez por la reina de España, doña Bárbara, a su padre, el rey Juan V de Portugal.  Las negociaciones las condujo en Madrid el embajador portugués Tomás da Silva Teles, inteligentemente instruido por Alejandro de Gusmão

Durante un largo tiempo las tratativas fueron en torno a las condiciones bajo las cuales los portugueses podían pensar en ceder la Colonia.  Cuando Gusmão propuso la permuta de todo el territorio entre los ríos Uruguay y Negro, escribió a Silva Teles que:

  “E muy provável que os jesuitas espanhois, que tanta influencia teem no governo de Indias, repugnem a dita troca, por terem desta parte do Uruguai as Sete Missôes”

Según un autor sueco, José Carvajal y Lancaster, rehusó tan tenazmente la propuesta que el tratado parecía condenado al fracaso.  Fue entonces que el embajador portugués solicitó instrucciones a Gusmão preguntando por qué se debía insistir tanto en el asunto de los siete pueblos.  A lo cual el estadista portugués respondió

  “Não insistimos verdadeiramente pelas Aldeias, mas sim, pelo terreno...”

  “Silva Teles, que también estaba en contacto con el poderoso confesor jesuita del rey, Francisco Rábago, y el marqués de la Ensenada , aliado de éste, ministro de Marina, Indias, Hacienda y Guerra, y rival de Carvajal, finalmente triunfó sobre este último, cuando Carvajal abandonó su resistencia.  El tratado se había preparado en secreto pero, contrariando la interpretación tradicional, tanto Rábago como Ensenada habían sido informados.  Lejos de ser culpable de “turbios manejos... a favor de los lusitanos”, Carvajal, según Silva Teles, se mostró mas preocupado sobre las consecuencias para los guaraníes que el mismo padre Rábago.  Según una carta del nuncio apostólico en Madrid en 1747 tanto la reina Bárbara como Carvajal “son jesuitas de corazón” y su papel en el asunto espinoso del Tratado de Límites no llega a desmentir esta afirmación.  La cesión de los siete pueblos fue el alto precio que les resultó necesario pagar para llegar a un acuerdo con Portugal” (Mörner,  Actividades...p.135).

El anuncio del padre General sobre la posible firma de un tratado llegó un año después, cuando éste ya estaba firmado y ratificado.  La carta fechada el 7 de enero de 1750 llegó a principios de enero de 1751.  De inmediato, el padre provincial Manuel Querini se dirigió a las misiones de guaraníes y llamó a consulta general.  Se reunieron setenta sacerdotes en el pueblo de San Miguel.

La consulta se inició el día 2 de abril.  El padre Querini leyó públicamente la carta del general causando una terrible impresión entre los misioneros.  A continuación preguntó si sería posible la traslación de los siete pueblos. 

“Todos, excepto dos, la juzgaron enteramente impracticable.  Sólo el Padre que cuidaba del pueblo de San Nicolás y otro que no se nombra, pero sabemos que era el propio Querini, opinaron que podía hacerse.  Los demás, dice el Padre Escandón, estuvimos firmemente persuadidos de que no había que esperar se les pudiese persuadir tal transmigración a los indios”. (Furlong, Querini..., p.62)

“Aun con estas noticias auténticas, dice el Padre Nusdorffer, no acabábamos de creer que era verdad este Tratado, porque se juzgaba imposible que España consintiese por las fatalísimas consecuencias que de él se seguirían a los dominios que España tiene en estas Américas.  Por cualquier parte que se miraba este negocio, luego se tropezaba no solamente con dificultades sumas, sino imposible”

“No había esperanza, aclara Escandón, de hallar en ellas [las tierras nuevas que se asignaban a los pueblos] siete parajes o sitios en que concurriesen las tres cosas indispensablemente necesarias para fundar otros tantos pueblos bien numerosos, a saber:  sitios en que hubiese madera y leña con que edificar y que quemar, agua que beber y tierras aptas para sembrar los alimentos propios de los indios.  Y cualquiera de las tres cosas que faltase, aunque tuviese las otras dos en el sitio, no era tal, que en el pudiese fundar pueblo alguno.  Y demás de esto, para cada uno de los siete se debía buscar una estancia para ganados, las cuales siete estancias no serían menos difíciles de hallar, por lo ya dicho, de que casi todo el territorio de algún provecho fuera de las misiones, lo tenían comprado o pedido de merced los españoles”. 

  “Mientras tanto, se procuró que el virrey, la Real Audiencia de los Charcas, los gobernadores, las ciudades y también el Padre General de la Compañía y otras personas, se movieran a exponer al Rey los inconvenientes que precisamente se habían de seguir de la ejecución del Tratado.” (Muriel, Historia, p270)

Para tratar este asunto, tal vez el de mayor importancia y, sin duda, el mas delicado y espinoso que tuvieron los jesuitas en estos países, se congregaron en la ciudad de Córdoba los Padres mas autorizados, entre los que se encontraba Lozano, y la elección que de él hicieron nos parece la mas cumplida ejecutoria del mérito que le reconocían. (A. Lamas. Introducción a Lozano. p.IV)

El viceprovincial y los cuatro consultores que habían quedado en Córdoba compusieron la:

Representación hecha por parte de la Provincia Jesuítica del Paraguay al Sr. Virrey del Perú y a la Real Audiencia de Charcas, [...] para solicitar que haga suspender a ejecución de dicho Tratado, hasta enterar el Real ánimo de los gravísimos peligros que amenazan a la Corona , por dicha ejecución, pues aunque creamos que haya tenido gravísimos motivos para no observar lo que tienen prometido y jurado, en su ley I, tit. I del libro III de su Real Recopilación de Indias, nos persuadimos que, a haberse hecho presentes los gravísimos riesgos que en dicha representación exponemos, no hubiera consentido en dicho Tratado. (Furlong, Orosz, p.50)

El P. Lozano, que fué el encargado de redactar este oficio, nada omitió para producir el convencimiento, y el P. Quiroga, que disfrutaba el concepto de cosmógrafo, formó un mapa en que, según se dijo, desfiguró el terreno para hacer mas irresistibles los argumentos de los Consultores” (Pedro de Angelis, cit. por  A. Lamas).

Por este tiempo, cuando promediaba el siglo XVIII, las villas del virreinato habían logrado romper el cerco que les habían puesto los indómitos nómades de la llanura y del monte.  En virtud del aumento en la disponibilidad de armas por parte de los españoles y la organización de fuertes y milicias, asestaron duros golpes a los “indios bravíos”.

La estrategia de los jesuitas era formar una barrera con reducciones.  Habiendo controlado a la mayoría de los pueblos agricultores, en este rincón del sur del virreinato del Perú, se aprontaban a neutralizar los ataques a los viajeros y los sitios que imponían los “salvajes” a las villas.

Los jesuitas estaban embarcados -en sentido literal, porque la última congregación había decidido enviar dos padres a Europa con el propósito de procurar la venida de sesenta nuevos sacerdotes para las misiones que se habían fundado entre los tobas, los charrúas y los pampas- cuando llegó el padre Barreda con la noticia de la confirmación del tratado y su nombramiento como provincial en reemplazo de Querini.

El nuevo Provincial despachó una carta a las misiones donde el Padre General

“exhortaba vivamente a todos los jesuitas de la Provincia a que se empeñasen en justificar, con su exactitud en cumplir lo mandado, la benevolencia del augusto príncipe.  Mandaba luego al provincial que fuese en persona a las Doctrinas, para que la distancia no estorbase la celeridad de la ejecución.  Y, además, que impusiera a los misioneros dos preceptos:  uno, de que nadie, ni directa ni indirectamente, pusiera obstáculo a las decisiones tomadas por el Rey;  otro, de que todos, conforme a su posibilidad, se empeñasen en cumplirlas.  Finalmente, confiaba que, para confusión de los émulos de la Compañía , estaría ya hecha la transmigración de los indios cuando llegasen los Reales Comisarios y demarcadores.  Pero los Reales Comisarios y demarcadores habían llegado a Buenos Aires cinco días antes que se recibiese esta carta en las Misiones.

 

“Apresuraba su viaje a las Misiones el Padre Barreda;  y para que no hubiese retardo en la ajecución de lo prescrito, se anticipó a enviar la dicha carta del Padre General al Padre Bernardo Nusdorffer, antiguo misionero de los Guaranís, que había sido Superior de las Misiones y gobernado, como Provincial, todo la Provincia ;  varón sagaz, experimentado en conocer la índole de los indios y, por lo mismo, el mas apto para llevar adelante lo que se mandaba;  y para mientras llegaba él mismo, le cometió el Provincial todas sus veces.  Recibida esta carta en el Paraná, a 25 de febrero de 1752, al punto envió el Padre Nusdorffer quince Padres con algunos indios por los territorios de las Reducciones, para indagar adónde pudieran trasladarse los siete pueblos, con el menor daño posible de los demás.  Luego se encaminó él mismo al Uruguay, donde estaban los que habían de emigrar, a fin de mover los ánimos de los indios a consentir pacíficamente en la traslación. (D. Muriel. Historia..., p.273)

 

IV

Ni bien llegó la carta que anunciaba, sin dar mayores detalles, que estaba pronto a firmarse un tratado y que algunos pueblos se iban a tener que mudar, el Padre Provincial Manuel Querini y su secretario, Juan de Escandón, partieron de inmediato hacia las misiones del Uruguay y convocaron a todos los misioneros a una consulta en el pueblo de San Miguel.

Escandón conocía muy bien el temperamento del indio;  sabía de su apego a la tierra natal.  Años mas tarde recordó en sus cartas que en aquel momento se le vino a la memoria las veces que habían ofrecido lugares paradisíacos a caciques para fundar pueblos y éstos se habían rehusado tenazmente a abandonar el lugar que habían heredado de sus antepasados.

Los pueblos originarios de América, así como la mayoría de los pueblos del mundo, al igual que los galos, los libios y los troyanos, estaban ligados a su tierra.  La única posibilidad de concebir la idea de abandonar “su lugar en el mundo” era la invasión del enemigo. 

Los guaraníes habían fortalecido su identidad luchando contra las bandeiras que los asolaban.  ¿Como podría pensarse que iban a abandonar las casas y los templos que tanto esfuerzo les había costado construir?  ¿Cómo iban a entregar a los ancestros (que estaban bajo tierra) a sus enemigos.  Justo ellos que les habían enseñado a defenderse y habían pagado con su sangre el derecho a dicha tierra.  El secretario del provincial era consciente de que antes de entregar los indios sus pueblos a los portugueses, se dejarían matar.

“Escandón había previsto mucho antes los males que sobrevendrían a los Indios obligados a emigrar, y la tristeza y temor que infundía en su alma aquel presentimiento afectaron su mano con un perpetuo temblor.  Después se le oyó decir alguna vez:  «¿A qué obedece esta desgracia?  El temor de las turbas y de las calamidades futuras imprimieron un temblor en la mano, y después las noticias más halagüeñas no fueron capaces de devolver a mi mano su tranquilo estado primitivo».  No se precisaba poseer la experiencia de Escandón sobre los indios para vaticinar los tumultos que engendraría el Tratado”. (Peramás, cit. por Furlong)

Al mismo tiempo, el viceprovincial y los cuatro consultores que había quedado en Córdoba, también llamaron a una consulta general.  Los jesuitas allí reunidos discutieron los argumentos y le pasaron letra a Pedro Lozano para que éste redactara la Representación al Virrey, donde le pedían que suspendiera la ejecución del Tratado;  historiaban los conflictos con Portugal y “traíanse a la memoria las correrías vandálicas de los mamelucos de San Pablo, que llegaron a cautivar en 25 años más de 300.000 indios”.

En la Representación antedicha, “hacían notar el perjuicio que para el comercio de España significaba la presencia de los lusitanos en la Colonia del Sacramento, pero decían que si bien debía ser evitada de cualquier forma, nunca fuera mediante la entrega de los pueblos del Uruguay, puesto que con ello no sólo no se remediaría el mal, sino que se lo acrecentaría”

“Ponderábanse los servicios prestados por los indios de las reducciones, tanto para rechazar á los mamelucos como para reconquistar muchos pueblos y plazas fuertes que hubieran quedado en dominio de Portugal, á no haberlos ellos redimido.  Decíase que en los treinta pueblos jesuíticos sumaban una población de 92.835 almas, y que los seis de ellos sospechados de estar incluidos en el pacto de entrega contaban 23.733 individuos y eran los mejores de la Provincia por su fertilidad, excelentes tierras y desahogo para la cría de ganados, con los cuales se mantenía el país”.

“Y en medio de todas estas razones, se leía lo siguiente, que era como el anuncio de la próxima catástrofe:  «Tenemos por infalible que antes de caer en manos de portugueses se huirían los indios á los montes á seguir su vida brutal y selvática, perdiendo España aquellos vasallos y no lográndolos Portugal;  lo que tiene á los misioneros jesuitas en un desconsuelo grande, recelando haber de llorar la perdición de tantas almas por cuya conversión y salvación se han desterrado de sus patrias y provincias, abandonado la Europa y padeciendo muchos trabajos, sudores y fatigas, para conservarlos en la fe.” 

“Que igualmente recelan suceda lo mismo con los habitadores de los otros veinticuatro pueblos, temiendo ser entregados a los portugueses ó separados de ellos;  mayormente viendo que, sin embargo de habérseles prometido por los señores Reyes y repetido el Sr. D. Felipe V, que siempre atenderían á su consuelo, alivio y conservación, se verán entregados á sus mayores enemigos;  y, por último, que no se separan de temer algún alzamiento, aunque en 130 años no han dado el menor indicio de inquietud. (Bauzá, cit por Vicente Gambón)

Cuando llegó el padre Barreda con la confirmación del Tratado envió una copia de la carta al padre superior de las misiones, que en ese entonces era Bernardo Nusdorffer, indicándole que ponga en práctica cuanto antes la mudanza de los pueblos y al mismo tiempo le transfería todas sus funciones.   Nusdorffer, de inmediato, envió quince sacerdotes a buscar lugares y se dirigió él mismo a cada uno de los pueblos que se habrían de mudar

Dicen que lo eligieron a él para una misión tan difícil por ser el mas apropiado.  Hacía veinticinco años que estaba en el país.  23 había vivido entre los guaraníes.  Hablaba perfectamente su lengua y cuentan que los llamaba a cada uno por su nombre. 

El 9 de marzo arengó a los pobladores de San Nicolás, donde había sido cura varios años;  el 14 a los de San Luis;  el 17 a los de San Miguel;  el 22 a los de San Juan;  el 23 a los de Santo Angel;  el 7 de abril a los de Santo Tomé y el 10 a los de San Borja.

Tanta celeridad para un hombre que estaba a punto de cumplir 66 años es admirable.  Además, el padre Bernardo había sido “tocado por una centella” en su juventud y quedó imposibilitado de hacer fuerza y de montar a caballo.

Regresó pronto a los pueblos del Paraná para acelerar la elección de lugares.  A pesar de las murmuraciones de los indios, se sentía satisfecho porque los había encontrado mas prontos a transmigrar de lo que había supuesto.  Todos querían quedar bajo dominio de España.  Nadie quería quedarse con los portugueses.  No había acuerdo sobre el lugar que elegirían, pero los caciques habían dicho que si les ofrecían un buen lugar aceptarían mudarse.  Claro que nada de ésto se podía saber hasta que regresaran los exploradores.

Sin embargo, “no se borró de su ánimo el temor de que habían de faltar los indios a su palabra, sobre todo cuando se presentasen ya al ojo y se hubiesen de soportar en efecto las calamidades e inconvenientes de trasportar sus bienes muebles, sus ganados, mujeres y niños, por parajes intransitables, por ríos y pantanos, que primero sólo habían aprehendido de un modo vago con su corto entendimiento”. (D. Muriel, Historia, p.276)

Es muy posible que en el intenso trajín de aquellos días de zozobra, el padre Bernardo recordara sus ilusiones de cuando era novicio en Munich;  sus alumnos de teología en Konstanz;  el largo viaje a través del mar;  el placentero recorrido en balsa hasta las doctrinas.  Quizá haya vuelto la imagen del anciano padre Anton Sepp que le había enseñado la lengua guaraní cuando fue su cura compañero en el pueblo de La Cruz.

Nusdorffer pasó hacia los pueblos del Paraná para acelerar la búsqueda de nuevas tierras.  Mientras tanto, señaló un lugar a cada uno de los pueblos en forma provisoria hasta que resolviesen el lugar definitivo porque las exploraciones y posteriores deliberaciones requerirían tiempo;  señaló también estancias donde apacentar sus ganados a los pueblos que aunque no entraban en la trasmigración, perdían sus tierras de pastoreo

“Para los Luisistas, se eligió el trecho que media entre la laguna Iberá y los ríos Miriñay y Santa Lucía.  Para los Lorencistas, la isla que se llama Isla Grande, situada en el Paraná frente a la desembocadura del Aguapey.  Pero ellos decidieron volver al pueblo de Santa María la Mayor , de donde había salido la colonia de San Lorenzo.  Los Miguelistas fueron colocados en los campos que los españoles llaman de Valdés Inclán, junto al Río Negro, camino de Buenos Aires.  Los de San Juan eligieron las lomas de Gonzáles, encerradas entre Ñeembucú, el Paraguay y el Paraná.  Los del Ángel se contentaron con los campos que hay al Norte de Hábeas, que los de San Juan Habían desechado.  A los de san Borja se les señaló terreno junto al Queguay;  a los de San Nicolás, que queda entre Trinidad e Itapuá”.  (Muriel.  Historia... p. 29).

Al mismo tiempo ordenó que los pueblos de la ribera occidental del río Uruguay previniesen 50 carretillas en cada uno y cuantas canoas o barcas, aunque sean de un solo tronco hubiese, para transportar las cosas domésticas;  que en los pueblos que se habían de mudar cesaran en sus trabajos los artesanos y dispusieran las cosas necesarias para la partida;  que juntasen los ganados en rebaños y determinasen los pasos y vados mas apropiados.

A pesar del tedio, estaba todo bien, hasta que llegaron los dos hombres nefastos:  los comisarios reales designados para ejecutar el Tratado:  Gaspar Múnive, ahora marqués de Valdelirios, y el sacerdote jesuita Luis Lope Altamirano.  “Quiera Dios perdonarles tantos disparates como cometieron, ya que la historia no puede menos que condenarlos y sin reserva alguna” (G. Furlong. Escandón... p.14)  

El padre Altamirano nunca había deseado ser misionero, porque era amante de la vida palaciega y de las intrigas cortesanas;  había recibido de mala gana la orden de venir a América.  Estaba a disgusto en la selva rodeado de mosquitos y de indios.  No veía la hora de regresar al viejo mundo para disfrutar los placeres del Prado y de Aranjuéz.  Mayor prisa le agarró poco tiempo después, cuando supo que los indios se conjuraban para asesinarlo. 

El padre Bernardo se afanaba en acelerar la mudanza.  Algunos pueblos ya habían construido galpones y habían empezado a trasladar su yerba, su lana y sus ganados cuando recibió en las Misiones la carta de Luis Lope Altamirano donde lo intimaba a cumplir con los plazos y añadía, arrogante, quizá sin haber imaginado que podría llegar a suceder, que estaba dispuesto a dar la vida por cumplir con su deber, y con la misma urgencia solicitaba un carruaje que lo espere en el Yuquerí.

 

V

Gaspar Múnive, marques de Valdelirios, y el sacerdote jesuita Lope Luis Altamirano desembarcaron en Buenos Aires el 18 de febrero de 1752 con la misión de ejecutar el Tratado de Permuta. 

 

"Poco tiempo antes había llegado a Córdoba, desde Perú, el Padre José Barreda, designado nuevo provincial de la Compañía de Jesús.  Altamirano lo invitó a pasar a Buenos Aires para que, después de considerar la situación, visitara las reducciones y señalara a los indios sus futuros asientos.  Barreda llegó a Buenos Aires el 17 de abril de 1752, y probablemente convenció a Altamirano de que la ejecución del tratado ofrecía mas dificultades de las previstas.  Valdelirios decía al rey (20 de junio de ese año) que al interrogar a Barreda sobre cuándo podría estar terminada la evacuación de los siete pueblos, este le contestó exponiéndole las razones que hablaban en contra del tratado, asegurándole que los guaraníes nunca dejarían de buen grado su tierra natal y que antes se levantarían en armas.  Aconsejaba finalmente demorar la ejecución del tratado hasta que llegase respuesta de Madrid a las exposiciones enviadas.  Valdelirios no ocultó su desagrado por esa respuesta.  Estaba convencido de que se trataba de simples maniobras, de manera que apremió a Barreda para que le ofreciese soluciones.  Este presentó un memorial planteando una serie de proposiciones que disgustaron a Valdelirios, quién negó toda colaboración al provincial y encargó al Padre Altamirano el cuidado exclusivo de la evacuación.  Al mismo tiempo le dió a conocer al padre Barreda la cláusula secreta de la Instrucción reservada que obligaba a la evacuación por la fuerza, en caso de resistencia.  Por consejo de Altamirano, el provincial retiró el escrito que había redactado para apelar ante el rey, y en su lugar extendió una memoria con algunas proposiciones que podrían facilitar la emigración.  Finalmente pedía tiempo para persuadir a los indios y conducir con tranquilidad a los hombres y ganado hasta sus nuevos asientos, así como para construir barracas provisorias donde alojarlos" (V. Sierra p.227)

Altamirano envió una carta común a todos los curas en la que mandaba que inmediatamente eligiesen los parajes que habían de ocupar, inmediatamente se trasladasen a ellos y no se diesen un momento de descanso. Al mismo tiempo escribió a Nusdorffer pidiendo que lo esperase un carruaje con custodia en el Yuquerí el 1° de julio. 

"El carruaje y la guarda estuvieron prontos en el Yuquerí antes del 1° de julio;  y tuvieron que esperar hasta el 5 de agosto.  Con esta sola tardanza de un solo hombre, a quién nadie detenía, que estaba interesado en apurarse y no necesitaba prevenir más pies ni más manos que su voluntad, pudo haber conocido el padre Altamirano que no era tan fácil y hacedero el mover de repente a 13.702 almas que había en los siete pueblos, con sus cuerpos, con los enseres domésticos y los del pueblo; con los bienes muebles y los rebaños de semovientes, para trasladarse del suelo natal, que amaban ardientemente, a otro que aborrecían por su calidad y por razón de la mudanza" (D. Muriel Historia...p. 279)

El padre Nusdorffer se trasladó hasta Santo Tomé para recibir a Altamirano y cuando lo tuvo ante sí le entregó el siguiente documento:

"Razones contra la precitada evacuación de los 7 pueblos que se pretende hacer dentro de un año"

  "1.  Si el Capítulo 23 es ley, también lo es el Capítulo 16 del mismo Real Tratado;  ese concede salgan los indios con todos sus bienes muebles y semovientes y se pongan en tierras que quedan para la Corona de España y esa ley, pues es imposible que se ejecute en espacio de solo un año, luego es necesario explicar el artículo 23, por el 16, para que nadie piense que sus majestades se contradicen en el mismo Tratado o que mandan cosas imposibles.

  2.  La evacuación de los 7 pueblos y sus estancias en espacio de un solo año es imposible, 1 por la cortedad del tiempo, 2 por lo que se ha de transportar, 3 por los que lo han de ejecutar, 4 por las distancias donde se han de transportar, 5 por el modo con que se ha de hacer.

  3.  El espacio de un año se compone de 365 días y noches, las noches no son para el tráfico, especialmente en esas tierras y menos para los indios, luego ya el año se reduce a medio que, con evidencia no puede bastar para esa evacuación;  quítense los días de malos tiempos y aguaceros.  El tiempo que se les ha de dar para las sementeras, para que no mueran de hambre, quítense los tiempos de la parición de los animales, en que no se pueden sacar de sus querencias, quítense los días y semanas que los ríos crecidos son insuperables y los pantanos sin poder vadearse, y se hace evidente que en un solo año no se puede hacer dicha evacuación ...

  4.  Es imposible esa transmigración dentro de tan corto termino por lo que se ha de transportar, según el Artículo 16.  Cada pueblo tiene su algodón reservado de los años antecedentes y la providencia de los curas, para que no les falte el vestido necesario en años, en que el gusano, larga seca, o demasiadas aguas arruinan los algodonales.  Tienen así reservada la lana y su yerba para cuando el gusano acabe los yerbales como suele suceder. ... tienen sus telares, todo género de instrumentos de las oficinas, necesarias a una pequeña república como de herrería, platería, carpintería y las campanas, cosas de las armerías, los lienzos y sargas que se hacen todo el año y los demás géneros necesarios:  de sus almacenes, librería del Pueblo, nada de eso se han de dejar, todo lo han de llevar y el indio, aunque pobre y descuidado de sí en todo, pero interesadísimo en lo poco tiene, antes se dejará matar que deje sus alhajuelas aunque ridículas, ni una batata, ni raíz de mandioca, ni un clavo en la pared lo dejará, y si hace lo que suele hacer en las divisiones de los Pueblos arrancará ventana y puerta de su casa par no dejarla aun en manos de sus parientes, cuanto menos en manos de los portugueses, y no permita Dios que se le dé en su cabeza la tentación de quemar pueblo e iglesia para que no lo gocen ellos;  si eso se le ofrece al indio, lo hará sin remedio.

  Tienen además de eso que transportar el trigo, cebada, arvejas, habas y maíz, que todo está guardado en casas de los curas y percheles, para comida de los niños, huérfanos, recogidas y viudas y de eso, en algunos pueblos, hay centenares de fanegas necesarias para esa gente, de su natural voraz.  Todo eso es imposible de transportar en espacio de un año aun transportando y depositando en pueblos que no se mudan;  se han de pasar ríos caudalosos y pantanos, y se han de hacer muchos viajes, como diré abajo, y si en espacio de un año no se puede transportar todo eso, ¿qué sucederá?  ¿Irán robándolo los portugueses?  ¿Es creíble que ese sea el ánimo de Nuestro Rey Católico? y ¿del Rey fidelísimo? y ¿qué crimen han cometido esos miserables que se les condena a la confiscación de sus bienes propios?  Caso sería ese digno de consideración, porque en tal caso ciertamente el indio ciego no miraría, ni por sí, ni por los Padres, ni por ninguno:  y llevaría todo a fuerza y violencia de su cólera, perdiéndose a sí mismo y a otros, sin remedio.

  3.  El tercer imposible lo causa el indio que ha de ejercer ese transporte.  Es el indio tardo en concebir, pero es aún mas tardo y aun lerdo en la ejecución;  especialmente cuando se le manda cosa que no es de su gusto, aun para hacer alguna chácara, de la cual ha de vivir él, sus mujeres e hijos, es menester obligar a muchos con el azote.  No se le da nada de estarse en el camino en la ejecución de una orden de su Cura un mes entero, cuando de ida y vuelta lo podía hacer en ocho días.  Los padres son los que se afligen por la tardanza del indio, pero el indio de ninguna suerte se aflige de la prisa que le da su Cura.  Es el indio en eso como el burro más lerdo en su modo de caminar comparado con un caballo ligero, querer que un burro camine tanto al día como un buen caballo, es quimera, y sacarle de su paso al indio es pedirle un imposible....

  4.  El cuarto imposible que no se pueda hacer esa mudanza por espacio de un año, es la distancia de los puestos, adonde se han de mudar necesariamente los Pueblos, por no hallarse otros mas cercanos.  San Angel ha de transmigrar como 80 leguas pasando el Uruguay y el Paraná y otros rios perversos...  San Nicolás:  si se muda: (...) ya otras 80 leguas y pasar el Uruguay y Paraná;  San Juan más de 100 leguas pasando también los dos ríos.  San Luis ha de caminar como 70 leguas, pasar el Uruguay y otros dos ríos algo menores, y tener su ganado más de 100 leguas.  San Miguel ha de caminar más de 100 leguas y pasar aí la gente, como el ganado, en parte adonde están los infieles Guenoas y Minuanes, con quienes poco ha tuvimos guerra;  llamólos el padre Superior para hacer con ellos un género de paces, para que dejasen pasar a los transmigrantes sin hostilidad;  son 4 semanas que andan los de Yapeyú en busca de ellos y ni esos, ni ellos han parecido hasta ahora,  el mismo riesgo corren los Borjistas, que han de caminar unas 80 leguas;  los de San Lorenzo por no hallar lugar a propósito en el Paraná, habrán de ir también Uruguay abajo, como 100 leguas y traer sus ganados como 150 leguas y pasarlo por el Uruguay a distancia, pues, a más de todos los muebles y ganados, se han de transportar 7910 mujeres, las más en cinta o con sus criaturas en brazos, 7000 muchachos y otras tantas muchachas y los más a pie, porque no hay animales mansos para tantos;  con las mulas y caballos mansos se ha de arrear el ganado y con las carretillas y bueyes la hacienda.

  5.  El quinto imposible es por el modo.  Las carretillas que se usan en estas misiones, por no haber otro modo, es un carruaje vil, las ruedas no tienen más que media hora de alto, de una pieza y muy fácil a quebrarse.  Cabe en ellas muy poco, dos sacos de algodón, o tres de trigo;  lo primero por el volumen, lo 2° por el peso;  en los arroyos y pantanos algo grandes, o se han de descargar y pasar en hombros o canoas si las hay, o se ha de esperar algunos días hasta que bajen los arroyos...

  “Hasta acá los imposibles que se piden a esos indios con quererles obligar al término de solo un año, y daremos gracias a Dios, si en el término de tres años enteros, sin alboroto de los indios se consigue lo pretendido.

  “Vengo ahora al accidente, no pensado aunque siempre temido por su natural inconstancia.  Mientras iban y venían nuestras cartas, mi Padre Comisario, se han maleado los indios de San Nicolás y resiten totalmente a su mudanza, con total inobedienia a su Cura....

  “También se maleó la gente de San Miguel con ver la primera ejecución de transmigrar su hacienda, y fue menester suspenderla para sosegar a todo el Pueblo alborotado que, al son del tambor, todo el Cabildo, quiso dejar sus bastones y oficios en la pública plaza...

No obstante, cuando Altamirano comprobó que gracias a Nusdorffer la trasmigración era una realidad, quiso que fuera cuanto antes, cuanto antes.  “Una y otra vez, convencía el padre Nusdorffer a una parte de una población, a que se trasladara, e iba con ellos, elegían sitio adecuado, se quedaba él algunos días con ellos, comenzaban ellos a rozar la tierra y a levantar sus casas:  pero, arrepentidos de tal cosa huían nuevamente a sus pueblos, hasta llegar a persuadirse que el padre Altamirano era un portugués disfrazado, a quien con dinero habían sabido comprar los portugueses y quien, a su vez, estaba comprando las voluntades de los misioneros”. (Furlong, Nusdorffer...p.69)

Así estaban las cosas cuando los padres preguntaron dónde habrían de sembrar, si en los lugares que dejaban o en los nuevos.  En un primer momento, los comisarios reales españoles estuvieron de acuerdo en que se sembrara en los lugares que se dejaban y hasta concedieron tres años de plazo, cosa que poco mas tarde confirmó el rey.  Esta medida disgustó a los comisarios portugueses porque ello implicaba que tenían que esperar tres años para aprovechar las minas de oro y plata que suponían tenían ocultas los guaraníes.  Por otra parte, la corte portuguesa nunca estuvo de acuerdo con entregar la Colonia , a la que consideraban mucho mas útil a sus proyectos comerciales con los ingleses, que esa región selvática e inaccesible.  Pero el rey Juan V se había jugado por la propuesta del Gobernador de Río de Janeiro, con lo cual, Gomes Freire de Andrade sintió que el tiempo le jugaba en su contra y convenció al padre Altamirano de que se trataba de una operación dilatoria por parte de los misioneros.

 

VI

  “Como los habitantes de los siete pueblos habían consentido en la trasmigración, empezaron a trasportar los bienes muebles;  los Luisistas, su yerba;  los Borjistas, la yerba, lana y algodón.  Los de Santo Tomé y los de la Cruz , cuyos pueblos no se habían de mudar, desocuparon las estancias que perdían.  Hubo cura que envió doscientos indios al lugar señalado, no teniendo allí prevenida ni una mala choza para albergarlos.  Otros, desasosegados con el aguijar del Comisario, o porque no se hallaba ser bueno, lo andaban buscando con tan inquieto apresuramiento, como si les amenazasen con echárseles encima las huestes de Atila o las de Aníbal.  Pero muy en breve el curso de este asunto se torció en muy distinta dirección”. (Muriel) 

  Los misioneros habían preguntado dónde se había de sembrar, si en los campos que se dejaban o en los que se iban a ocupar.  El permiso para sembrar y la concesión de tres años de plazo llevó calma a los indios y alivio a los misioneros, pero veinticuatro horas mas tarde llegó la carta de Altamirano que anulaba el permiso y urgía la trasmigración.  Esta revocación fue un duro golpe para todos.

  “Y sucedió a los curas lo que a los pastores sucede con los rebaños de toros, cuando se han de llevar de sus pastos acostumbrados a otros.  Si se camina poco a poco, dándoles descanso de tiempo en tiempo y adelantando mientras van paciendo;  si para pasar los ríos o esteros se echan por delante los más mansos, dejándoles ahora que prueben despacio el vado, ahora que lo muden, y en medio de la corriente donde hay mayor rapidez pierdan el miedo, se llevaran donde se quieran.  Pero, si en los pasos más difíciles les urgen sin darles respiro, los aterran a gritos, los incitan con el aguijón y no se contemporiza con el tiempo y lugar, se alborotan y enfurecen, atropellan al pastor, dispérsanse por las selvas y perecen.  Para reconocer la verdad de este juicio, no es menester haber vivido mucho tiempo con los indios”.

  “Antes que llegase a los parajes de las Misiones la carta del Padre Altamirano que trastornó la idea de hacer la siembra, ya había salido él de Buenos Aires.  Y antes que llegara  él a las Misiones, ya le estaba aguardando en el Yuquerí la noticia de los tumultos que se habían concitado.  El mismo Comisario exclamó muchas veces delante del que esto escribe, que mientras no se les permitió sembrar, todo anduvo bien.  Equivocóse en echar la culpa de los alborotos al haberse divulgado la licencia, cuando la debía atribuir mas bien a la revocación de la licencia, que también se promulgó inmediatamente, y por tanto a la precipitación de su mandato”. (Muriel, Historia...p.282)

    “Los primeros que se rebelaron fueron los de San Nicolás.  Porque mostrándoseles a los caciques un mapa geográfico un paraje situado entre Itapuá y Trinidad, para que se trasportasen allá, dijeron que mejor lo habían recibido ellos de sus mayores;  que en el paraje que se les destinaba no había templo como lo había en San Nicolás, y espléndido;  que allí estaba sepultado el Padre Genestar; que había amado extraordinariamente los intereses de los indios y cuyos huesos no era razón que estuviesen en tierra del enemigo portugués”

“El Padre Nusdorffer les recordó que si les desagradaba el lugar que se les había señalado, se podía buscar otro.  Respondieron que les desagradaba aquél y también cualquier otro.  Que se fueran los padres y ocuparan aquel lugar como les pluguiera;  pero si querían llevarlos a ellos, ya podían preparar soldados, y que a los que hablasen ni palabra de transmigrarse, cara les saldría la cuenta.  Y como el corregidor, a quien seguían unos pocos, se esforzaba en persuadirlos, un hijo suyo le disparó una flecha, y como le buscasen para matarle, hubo de huir a Concepción* con los demás de su familia.  Desde entonces todos, aun los niños, vivían ocupados en preparar lanzas y saetas”.

Un administrador mestizo de San Nicolás estaba preparando víveres por orden del Superior para alimentar a los demarcadores cuando pasaran por allí.  “Después de haberle maltratado con dicterios y palos, unos quisieron matarlo, otros lo echaron en la cárcel, pretextando que quería entregar sus ganados a los portugueses.  Y al Superior le dijeron, con insolentes clamores, que o les quitase aquel párroco o les obligase a no hablarles más de la mudanza.

  Amonestaron los padres aparte al cacique de los rebeldes, que viese de no hacer temerariamente cosa alguna;  que si por conservar su casa y templo no quería obedecer, perdería pueblo, templo, a sí y a los suyos, porque vendría un ejército que lo llevaría todo a fuego y sangre.  Mostró el indio suma jactancia e insipiencia.  A cada amenaza respondía:  ¿Yyayeramo? Yyayene (Lo harán, si pueden).  A lo de la iglesia respondió:  «¿No decís vosotros que contra la Iglesia nada puede todas las huestes del infierno?  Pues he aquí la iglesia, contra la que no prevalecerán los ejércitos de los demonios»”.

  “Los segundos que se rebelaron fueron los Miguelistas;  pero fueron los que lo hicieron con mayor insolencia que todos, porque el cura los acosaba con mayor empeño sobre la emigración.  Sufrieron en silencio que se previniesen algunas cosas que de lejos tocaban a eso, quizá por haber dado su consentimiento y comprometido su palabra.  Pero cuando se comenzaron ya a cargar 150 carretillas con muebles y familias, se levantó tal rumor, que para apaciguarlo, fué menester primero descargar algunas y después dejar totalmente lo empezado.  Acometieron con insultos al cura y al sacerdote que era su compañero, diciendo que no eran sus enemigos los portugueses, sino ellos, que, como traidores, querían que su gente fuera entregada al portugués y destruída.  Mataron a un joven que solía ayudar al Padre compañero.  Y el párroco, puesto en peligro de la vida, pidió que lo liberasen del Curato.”

  “El 15 de octubre se supo que los Juanistas habían sido alborotados por los de San Miguel, y que en una carta escrita al padre Altamirano se dilataban largamente contra los portugueses, siendo su peroración que no querían moverse de su pueblo.

A los de San Luis, que todavía no se habían vuelto atrás de la resolución de mudarse, les habían señalado los campos adyacentes al río Mbocuaretá, entre Yapeyú y el territoriode Santa Fe.  Hacíaseles esto muy duro, por andar vagando libremente por allí los infieles Charrúas.  Los cuales, cuando vieron la primera tanda de Luisistas, que parte iban por agua, parte por tierra con sus muebles y ganados a ocupar aquellos parajes, entró Gaspar Costero, cacique de los mismos Charrúas, en el pueblo de Yapeyú, y protestó al cura que los campos del Mbocuaretá eran suyos, y que no permitiría, aunque tuviera que pelear con todas las doctrinas, que allí se situase ningún otro pueblo”.

  “Además, aquella nación aborrecía a los Luisistas, cuyo corregidor había dado muerte en la guerra, no hacía mucho, al jefe de ellos.  Los que habían emprendido el viaje por tierra habían recibido también algún daño de los Charrúas.  Con esto y con la noticia que tuvieron en San Felipe de haber asesinado los Charrúas a dos guaranís de Yapeyú, no quisieron pasar adelante;  de modo que, cuando el padre Fleischauer, que iba al frente de la expedición y había llegado a Yapeyú, volvía al camino, ya ellos estaban retrocediendo.  Porque decían que ellos no habían ido a pelear con los Charrúas;  que si el Rey quería que se mudasen, les diese un paraje tranquilo como el que dejaban”.

  Todavía estaban abiertas las heridas de las campañas de exterminio realizadas por el Cabildo de Santa Fe y los soldados guaraníes de las doctrinas.  ¿La erradicación de los charrúas estuvo relacionada con la necesidad de liberar tierras?

  Es posible que Bernardo Nusdorffer intuyese que algo iba a pasar porque los portugueses tenían por seguro que había una negociación;  dieron la Permuta como un hecho y se hicieron dueños y señores del territorio.  En el mes de mayo de 1749, Nusdorffer avisó al gobernador de Buenos Aires la noticia que habían traído indios “infieles” de que los portugueses avanzaban en su proyecto expansionista:

  “Hágome cargo, que la noticia es de Ynfieles sin Ley, pero no obstante tiénese de experiencia, que tienen algún amor a sus parientes cristianos que hay en los Pueblos, y suelen decirles la verdad.  Es conocido el empeño de los vasallos de la Corona de Portugal en sus empresas.  Es pública y notoria la venida de 500 familias a la isla de Santa Catalina”. (Furlong, Nusdorffer... p.110)

  Con los “infieles sin ley”, es decir, con los charrúas, hacía mas de una década que venían fracasando las tratativas para llegar a una paz.  No obstante, los santafesinos decían que había que tratarlos con suavidad porque ellos estaban enfrentando una guerra contra los abipones.  Recién cuando lograron doblegar a los indios del chaco mediante guerras y reducciones, el Cabildo de Santa Fe, encaró la conquista de “la otra banda del Paraná”.

  “La oportunidad para castigar a los Charrúas –cuenta Pedro Cervera-, no llegó sino mas tarde, cuando Santa Fe pudo sujetar por guerra o por reducciones, a sus mayores enemigos los abipones y mocovíes;  hubo de sufrirse que los charrúas efectuaran nuevas muertes, robos y excesos, y principalmente en 1744, en los meses de Agosto y Noviembre, que mataron varios españoles en el camino a Corrientes, y en las cercanías de Santa Fe, hasta 30 personas, robando varias caravanas y estancias;  muertes que se repiten de año en año, hasta 1749, año en que el teniente de gobernador de Santa Fe, Vera Mujica, avisaba hallarse pronto para ir al castigo de los Charrúas, castigo efectuado en Noviembre de este año, y en enero de 1750, venciendo a los indios en campal batalla, cn muerte de la mayor parte, y tomándoles 266 prisioneros de guerra, que trajo a Santa Fe.  Al comunicar esta noticia al gobernador, pedía Vera Mujica, salir de nuevo para traer de paz, a los dispersos charrúas escondidos, en la fragosidades del terreno, y en caso de no acceder a esto, castigarlos.  Los castigó de nuevo severamente, y de ello dio cuenta el 3 de febrero, habiendo reducido a 77 charrúas de los ocultos, y tenía sujetos en prisión, a 8 leguas de la ciudad a 399 más.

  “El 11 de abril de 1750, daba cuenta Vera Mujica de sus expediciones contra los charrúas, diciendo:  «que estos efectuaban muertes en españoles y robos en la otra banda, y en el Pueblo de Soriano, pueblo formado, por los indios chanaes en el año 1650 mas o menos, y los que fueron  perseguidos por los charrúas, quienes persiguieron y destruyeron igualmente a los Yaros y Bohanes;  que teniendo orden de llegar hasta la tierra de los charrúas y pasar a cuchillo a todos los que se resistieren, tomado por prisioneros de guerra a los demás que se rindieren, ejecutó esta orden el 23 de Noviembre de 1749, aprehendiendo 84 indios, y reuniendo 280 soldados en persecución de estos a cargo del sargento mayor Juan Esteban Frutos, con la órdenes convenientes para buen acierto, por cuyas diligencias, se tomaron el 8 de diciembre 182 indios, y últimamente, habiendo salido Vera a la campaña por segunda vez, se concluyó la pacificación [...] consiguiendo en 29 de enero que se rindieran todos de paz, siendo el número de los prisioneros, 339, que se han sacado de ambos sexos. [...] Los principales caciques, nombrados Maigualen, Gleubilbe, Dóienalnaegc, y demás sus parciales, compuestos de 81 familias [...] convínose situarlos en cercanías del río Salado con cuarenta soldados de la dotación de esta ciudad [Santa Fe]”, dando origen al pueblo de Concepción de Cayastá.

    En el invierno de 1750, el teniente de gobernador de la ciudad de Santa Fe, Francisco Antonio de Vera Mujica pidió al Gobernador de Buenos Aires alguna tropa para combatir a aquellos salvajes.  “Dispuso Andonaegui, en 18 de septiembre de 1750, que los indios de armas tomar que hubiese en las reducciones de San Nicolás, Yapeyú y La Cruz , se trasladaran a Santa Fe y se pusieran a las órdenes de Vera y Mujica, y en efecto así se hizo.  En carta del 14 de mayo de 1751, comunicaba al padre Nusdorffer la total extinción de los dichos charrúas, gracias a los indios que había puesto él a su disposición, y, con fecha 25 de ese mismo mes y año, le agradecía el singular beneficio, que había prestado”.  (Furlong, Nusdorffer...p.56)

  “Otro resto de Charrúas, continuaba en el Entrerios (sic) en sus excesos, ordenando el gobernador en 1751 se dirigiera contra ellos nueva expedición, de lo que da cuenta Vera Mujica, en 19 de Enero de 1752, diciendo:  pasó hasta el río Uruguay y pudo con muerte de 8 varones y 5 mujeres, aprehender 53 indios charrúas de ambos sexos, que el Gobernador ordenó, atendiendo al trabajo de la guerra, se repartieran entre la gente expedicionaria, bajo servidumbre de diez años y con obligación de enseñarles y adoctrinarlos.  De esta manera, pudo dominar Santa Fe en todo el territorio del Gualeguaychú, Arroyo de la China y sus pertenecias, y parte de Nogoyá, en la otra banda del río Paraná, desalojando de estas tierras a los minuanes y charrúas y otras tribus de indios que los infestaban, y rechazándolos hacia el río Uruguay, en estos años de 1749 a 1752, comenzando así a poblarse poco a poco, los nuevos pueblos que hoy existen en el actual Entre Ríos”. (Cervera, Historia...p.500).

   En relación con el Tratado de Madrid, sabemos por declaraciones de los indios guaraníes que cayeron prisioneros de los portugueses, que los curas estaban divididos:  unos decían que había que obedecer y otros que había que resistir.  Algunas palabras pronunciadas por José Cardiel ante los indios y una carta dirigida al Padre Comisario que hizo circular por los Pueblos sustento a estas ideas.  José Cardiel estaba persuadido que según el derecho canónico, los preceptos del Padre Comisario no mandaban y el Tratado era nulo.

VII

  “Como los habitantes de los siete pueblos habían consentido en la trasmigración, empezaron a trasportar los bienes muebles;  los Luisistas, su yerba;  los Borjistas, la yerba, lana y algodón.  Los de Santo Tomé y los de la Cruz , cuyos pueblos no se habían de mudar, desocuparon las estancias que perdían.  Hubo cura que envió doscientos indios al lugar señalado, no teniendo allí prevenida ni una mala choza para albergarlos.  Otros, desasosegados con el aguijar del Comisario, o porque no se hallaba ser bueno, lo andaban buscando con tan inquieto apresuramiento, como si les amenazasen con echárseles encima las huestes de Atila o las de Aníbal.  Pero muy en breve el curso de este asunto se torció en muy distinta dirección”. (Muriel) 

  Los misioneros habían preguntado dónde se había de sembrar, si en los campos que se dejaban o en los que se iban a ocupar.  El permiso para sembrar y la concesión de tres años de plazo llevó calma a los indios y alivio a los misioneros, pero veinticuatro horas mas tarde llegó la carta de Altamirano que anulaba el permiso y urgía la trasmigración.  Esta revocación fue un duro golpe para todos.

  “Antes que llegase a los parajes de las Misiones la carta del Padre Altamirano que trastornó la idea de hacer la siembra, ya había salido él de Buenos Aires.  Y antes que llegara  él a las Misiones, ya le estaba aguardando en el Yuquerí la noticia de los tumultos que se habían concitado.  El mismo Comisario exclamó muchas veces delante del que esto escribe, que mientras no se les permitió sembrar, todo anduvo bien.  Equivocóse en echar la culpa de los alborotos al haberse divulgado la licencia, cuando la debía atribuir mas bien a la revocación de la licencia, que también se promulgó inmediatamente, y por tanto a la precipitación de su mandato”. (Muriel, Historia...p.282)

“Y sucedió a los curas lo que a los pastores sucede con los rebaños de toros, cuando se han de llevar de sus pastos acostumbrados a otros.  Si se camina poco a poco, dándoles descanso de tiempo en tiempo y adelantando mientras van paciendo;  si para pasar los ríos o esteros se echan por delante los más mansos, dejándoles ahora que prueben despacio el vado, ahora que lo muden, y en medio de la corriente donde hay mayor rapidez pierdan el miedo, se llevaran donde se quieran.  Pero, si en los pasos mas difíciles les urgen sin darles respiro, los aterran a gritos, los incitan con el aguijón y no se contemporiza con el tiempo y lugar, se alborotan y enfurecen, atropellan al pastor, dispérsanse por las selvas y perecen.  Para reconocer la verdad de este juicio, no es menester haber vivido mucho tiempo con los indios”. (Muriel)

“Allá en Madrid, se pensaba que lo mismo sería pedirlo los Padres que ejecutarlo los indios, pensamiento solamente fundado en que las otras cosas usuales y fáciles, con solo que los Padres lo dijesen, puntualmente los indios las ejecutaban, y suponían lo mismo sucedería en esta otra, la mas extraordinaria, que se les podía mandar, la mas difícil y la mas repugnante.  Mas estuvo tan lejos de suceder así.

Los indios “confirmaban la sospecha en que entraron, de que los padres les habían vendido sus pueblos y tierras a los portugueses, y que así todo aquel empeño, que ponían los Padres en que se mudasen, era para perfeccionar con la entrega el trato de venta, así como decían que ya los portugueses les habían entregado en Buenos Aires la paga, y estaban tan persuadidos de este desatino, que públicamente se lo decían e improperaban con él a los mismos Padres, cuando éstos les renovaban las instancias sobre que se mudasen.  Porque la corta capacidad de aquella pobre gente no hallaba otra cosa a que atribuir aquel empeño de los Padres.” (Escandón)

    “Los primeros que se rebelaron fueron los de San Nicolás.  Porque mostrándoseles a los caciques un mapa geográfico un paraje situado entre Itapuá y Trinidad, para que se trasportasen allá, dijeron que mejor lo habían recibido ellos de sus mayores;  que en el paraje que se les destinaba no había templo como lo había en San Nicolás, y espléndido;  que allí estaba sepultado el Padre Genestar; que había amado extraordinariamente los intereses de los indios y cuyos huesos no era razón que estuviesen en tierra del enemigo portugués”

Ni bien supo Nusdorffer que los indios de San Nicolás se negaban a trasladarse al nuevo local, que se les había señalado, “yo, como había sido Cura de ellos, dos veces su Superior y Provincial, y les había visitado tantas veces, ya de Superior, ya de Provincial, quise probar si los podía mudar y persuadir con cartas mías.  Les escribí en una carta, cuantos motivos me parecían para ellos.  Leyóseles la carta tres veces en el púlpito de su iglesia y fuera.  Les obligó el Cura y les dio papel para que respondiesen.  Respondieron que no querían mudarse y todo mi trabajo fue perdido”.

“Nusdorffer les recordó que si les desagradaba el lugar que se les había señalado, se podía buscar otro.  Respondieron que les desagradaba aquél y también cualquier otro.  Que se fueran los padres y ocuparan aquel lugar como les pluguiera;  pero si querían llevarlos a ellos, ya podían preparar soldados, y que a los que hablasen ni palabra de transmigrarse, cara les saldría la cuenta.  Y como el corregidor, a quien seguían unos pocos, se esforzaba en persuadirlos, un hijo suyo le disparó una flecha, y como le buscasen para matarle, hubo de huir a Concepción con los demás de su familia.  Desde entonces todos, aun los niños, vivían ocupados en preparar lanzas y saetas.

Un administrador mestizo de San Nicolás estaba preparando víveres por orden del Superior para alimentar a los demarcadores cuando pasaran por allí.  “Después de haberle maltratado con dicterios y palos, unos quisieron matarlo, otros lo echaron en la cárcel, pretextando que quería entregar sus ganados a los portugueses.  Y al Superior le dijeron, con insolentes clamores, que o les quitase aquel párroco o les obligase a no hablarles más de la mudanza.  Amonestaron los padres aparte al cacique de los rebeldes, que viese de no hacer temerariamente cosa alguna;  que si por conservar su casa y templo no quería obedecer, perdería pueblo, templo, a sí y a los suyos, porque vendría un ejército que lo llevaría todo a fuego y sangre.  Mostró el indio suma jactancia e insipiencia.  A cada amenaza respondía:  ¿Yyayeramo? Yyayene (Lo harán, si pueden).  A lo de la iglesia respondió:  «¿No decís vosotros que contra la Iglesia nada pueden todas las huestes del infierno?  Pues he aquí la iglesia, contra la que no prevalecerán los ejércitos de los demonios».”

“Los segundos que se rebelaron fueron los Miguelistas;  pero fueron los que lo hicieron con mayor insolencia que todos, porque el cura los acosaba con mayor empeño sobre la emigración.  Sufrieron en silencio que se previniesen algunas cosas que de lejos tocaban a eso, quizá por haber dado su consentimiento y comprometido su palabra.  Pero cuando se comenzaron ya a cargar 150 carretillas con muebles y familias, se levantó tal rumor, que para apaciguarlo, fué menester primero descargar algunas y después dejar totalmente lo empezado.  Acometieron con insultos al cura y al sacerdote que era su compañero, diciendo que no eran sus enemigos los portugueses, sino ellos, que, como traidores, querían que su gente fuera entregada al portugués y destruida.  Mataron a un joven que solía ayudar al Padre compañero.  Y el párroco, puesto en peligro de la vida, pidió que lo liberasen del Curato.”

“El 15 de octubre se supo que los Juanistas habían sido alborotados por los de San Miguel, y que en una carta escrita al padre Altamirano se dilataban largamente contra los portugueses, siendo su peroración que no querían moverse de su pueblo.  Lo mismo se supo, casi al mismo tiempo, de los del Angel, quienes enviaron a los Pinares de la frontera del Brasil exploradores que vigilasen la llegada de los enemigos, y entretanto pegaron fuego a los carros prevenidos para el transporte”.

A los de San Luis, que todavía no se habían vuelto atrás de la resolución de mudarse, les habían señalado los campos adyacentes al río Mbocuaretá, entre Yapeyú y el territorio de Santa Fe.  Hacíaseles esto muy duro, por andar vagando libremente por allí los infieles Charrúas.  Los cuales, cuando vieron la primera tanda de Luisistas, que parte iban por agua, parte por tierra con sus muebles y ganados a ocupar aquellos parajes, entró Gaspar Costero, cacique de los mismos Charrúas, en el pueblo de Yapeyú, y protestó al cura que los campos del Mbocuaretá eran suyos, y que no permitiría, aunque tuviera que pelear con todas las doctrinas, que allí se situase ningún otro pueblo”. 

Además, aquella nación aborrecía a los Luisistas, cuyo corregidor había dado muerte en la guerra, no hacía mucho, al jefe de ellos.  Los que habían emprendido el viaje por tierra habían recibido también algún daño de los Charrúas.  Con esto y con la noticia que tuvieron en San Felipe de haber asesinado los Charrúas a dos guaranís de Yapeyú, no quisieron pasar adelante;  de modo que, cuando el padre Fleischauer, que iba al frente de la expedición y había llegado a Yapeyú, volvía al camino, ya ellos estaban retrocediendo.  Porque decían que ellos no habían ido a pelear con los Charrúas;  que si el Rey quería que se mudasen, les diese un paraje tranquilo como el que dejaban.

“Mandó el padre Comisario que el padre Antonio Esteller, cura de Yapeyú, trabajase en apaciguar a los Charrúas, y él, provisto de cascabeles, esteras, tabaco y de toda clase de regalos, fue a ver a los Charrúas y sin gran dificultad hizo con ellos trato de que los Luisistas ocuparan cualquier territorio que quisieran.  Hízoles avisar el Comisario que ya podían volver, que ya estaba todo tranquilo.  Pero ellos sabían cuánto valía aquel convenio, y no lo ignoraba el mismo padre Esteller”.

Todavía estaban abiertas las heridas de la guerra que habían llevado en los años precedentes los Santafecinos y los soldados de las doctrinas contra los infieles charrúas.  Sin embargo, el padre Comisario estaba en la certeza de que eran los curas rebeldes los que incitaban a los charrúas para estorbar la mudanza.  Pero... ¿hubo alguna relación entre el Tratado de Madrid y la erradicación de los charrúas?  ¿Los eliminaron para liberar espacio?

Cinco de los siete pueblos se negaban ya, y sólo los Borjistas y Lorencistas perseveraban en la palabra empeñada, habiéndose trasladado aquellos al Queguay con su cura, el padre Miguel Marimón, y éstos con el suyo, padre Javier Limp, al Tuyunguzú.  Pero ni siquiera ésos mantuvieron mucho tiempo su puesto, habiéndose refugiado, con ocasión de los trastornos subsiguientes, unos a los montes y otros a los pueblos, sea suyos, sea que no estaban sujetos a trasmigrar.

El 18 de octubre, el Comisario Altamirano comunicó que se habían plegado a los rebeldes los indios de San Juan y los de Santo Angel.  Sólo se mantenían tranquilos los de San Borja, San Luis y San Lorenzo, que habían comenzado los preparativos para trasladarse.

 Siendo el estado de cosas, al acabar el año 1752, peor  que lo era al empezar, el padre Altamirano (como si en eso consistiera la sustancia de todo el asunto) agravó los rayos y preceptos primeros, intimando excomunión mayor a todos los Misioneros, a quienes citó también ante el tribunal de Dios para que pusiesen todo su empeño en reducir a los indios.

Altamirano ordenó la rara misión que se amenazase a los indios que les quitarían los Padres para siempre si no obedecían.  Pero estas amenazas las habían prevenido ya los indios y habían dicho tranquilamente que “podían irse los Padres y trasmigrar solos adonde quisiesen.  Aunque después, con la obra, revocaron su dicho, de modo que a alguno de los Padres que se iba le echaron el lazo, como suelen a los caballos, para que no pasen adelante.

El padre Conrado Harder, antiguo Misionero, anciano decrépito, achacoso y con los nervios casi paralizados, estaba en el lecho en San Nicolás.  Y como nadie era exceptuado en la orden común, tomando como pudo su Crucifijo, se hizo conducir al templo para exhortar él también a los indios que se resistían a emigrar.  Habiéndosele caído el Crucifijo de la mano innoble al suelo, hubo quien en medio del sermón exclamase:  «Ñande ruba, ¿no lo ves?  Cristo se queda en esta tierra, y nosotros con él. »

Los de San Luis respondieron que obedecerían, pero que fueran otros adelante;  y no era uno el parecer de todos.  Unos preferían juntarse a los pueblos que no tenían que trasmigrar; otros, trasladarse al Paraná por el miedo que les habían inspirado los Charrúas.  Unos pocos, con el Corregidor, preferían el río Miriñay, más allá del término de Yapeyú, pero cerca de Mbocuaretá.

“A los Miguelistas les predicó el Padre Lorenzo Balda el día de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, teniendo en la mano la imagen de Jesús recién nacido y derramando muchas lágrimas.  Lloró el predicador;  lloraron los oyentes, y todos consintieron en la emigración, aun aquellos que habían atizado los primeros tumultos.”

Los Juanistas y los del Angel, igualmente se rindieron a emigrar.  Con la noticia se llenó de júbilo el padre Altamirano.  “La carta que anunciaba la conversión de los Miguelistas no la pudo leer hasta el fin sin derramar lágrimas.  Escribió o a lo menos dijo que iba a escribir al marques de Valdelirios para que perdonase la primera resistencia, que ya se habían arrepentido los rebeldes por la diligencia de él y de los Padres de la Compañía ”.

Al cura de San Miguel le avisó que cuanto antes, sin esperar que se enfriase el hierro, se dirigiera al rincón de Valdés, con 400 indios.  Pero, como los de San Miguel no tenían caballos suficientes, ni mulas para cargar todas sus cosas, por tener su estancia a 90 leguas, además de no ser propicia la época por la falta de pastos, ordenó el padre Comisario que tomasen caballadas prestadas del pueblo de San Nicolás, y escribió al cura de este pueblo para que se las facilitasen.

El cura de San Nicolás respondió que haría todo lo posible, pero que su gente le hacía caso sólo cuando le venía en gana y que las cosas referidas a la trasmigración o que hubiera sospecha que procedían del padre Comisario, les desagradaban sobremanera.

“Y así fue;  porque habiendo ido los Miguelistas a buscar las acémilas, los recibieron primero con insultos los guardas del pueblo, y después, deteniéndose como suelen en familiar conversación, los trastornaron con lo que les dijeron.  De donde resultó que, desesperando de la paz, se concluyese el asunto a hierro y sangre abundante y con ruina de muchas almas.” (Muriel)

 Mientras tanto, seguros de que el éxodo indígena continuaría, Gaspar Múnive y los integrantes de las comisiones demarcadoras pasaron en barco a Montevideo y se dirigieron por tierra hacia Maldonado donde se encontraron con el Comisario y los demarcadores de Portugal.  El 23 de octubre colocaron el primer mojón de la línea divisoria en la barra del puerto de Castillos e iniciaron su marcha hacia el interior, colocando un hito cada cinco leguas.



* Suponemos que se refiere a la actual Concepción del Uruguay

 

 CORREO DEL AUTOR: cansanelloborri@ciudad.com.ar