EL ETERNO RETORNO cuento  

Por/ Daniel Alberto Caminos.

Cuentan que en el Paraíso, el Altísimo ofrece ciertas concesiones para los que moran en él, una de ellas consiste en otorgar la posibilidad de regresar a la Tierra cada treinta años; eso sí, dicha concesión se extiende solamente durante el lapso terrenal de un día. Cercano por primera vez a esa experiencia, y avizorándose el inicio del mes de julio de 2004, se notaba la ansiedad en el rostro de aquel Hombre, quien tenía impregnada en la composición espiritual de su ser, la memoria de jornadas abrigadas al calor de las masas populares.

 Llegado el tiempo en el cual debía concretarse su experiencia, el Creador se apersonó ante él, le confirió la compañía de su ángel guardián y le recordó las normas consabidas, que radicaban esencialmente en que durante su breve estadía mundana, no podía darse a conocer y su apariencia física sería la de una persona cercana a los que circunstancialmente le interesaría ver, ya que no tenía la posibilidad de alterar acontecimientos y a su ángel guardián lo vería él sólo. Antes de emprender su breve regreso, recordó que en el momento del paso a la inmortalidad, su Patria aspiraba nuevamente a un horizonte de grandeza y la felicidad reinaba en los niños y el pueblo trabajador. Ya, en viaje a lo Terreno, su ángel (que era el encargado de informarlo) lo anoticia en rasgos generales acerca de la situación de su país y su pueblo, lo que lo entristece y conmueve profundamente, no en la magnitud, por cierto, de lo que lo hubiera conmovido el impacto directo con la realidad, que según él es la única de las verdades. Al inquirir a su informante acerca de quién era la máxima autoridad gubernamental, aquél le dice que dicha persona es uno de aquellos muchachos "díscolos", a los que él calificaba como "apresurados"; lo que le dio, dada la situación general anteriormente contemplada, cierto aire de esperanza.

 Una vez nuevamente en este mundo y bajo el aspecto de un ministro de absoluta confianza, mantiene cierta charla con el presidente actual; que dada la total cercanía política se extiende por varias horas. Aproximándose al final del encuentro, el Hombre (bajo el aspecto de ministro), plantea impulsar cierto Proyecto Nacional para un nuevo Modelo de País, reflotando la posición de aquel Líder, cual la tendencia a la que pertenecía el ahora presidente, que en su momento pretenciosamente se jactaba de ser superadora. La respuesta dejó estupefacto al Hombre, ya que el actual mandatario le contestó que aquel proyecto era demasiado ambicioso y revolucionario y que estando en el poder se había percatado que, lo máximo que se podía aspirar era una situación de dependencia lo menos salvaje posible. Contrariado, el supuesto ministro se alejó del despacho presidencial. 

Confundido, y con ansias de reponerse fue a un café de Buenos Aires con su ángel guardián, al que sólo él veía. Mediante un comentario aquél le informa que anteriormente y durante diez años, uno de los muchachos, perteneciente a la línea más ortodoxa de otros tiempos, había ejercido la primera magistratura. Este otro personaje vivía en un país vecino, por lo cual en pocas horas el Hombre estaba conversando con él bajo la apariencia de su hermano; en uno de los pasajes del encuentro del supuesto hermano le recrimina lo diferente que hubiera sido el presente, de haber puesto en práctica las enseñanzas doctrinarias que se habían traicionado desde el poder; con lo cual aquel personaje echó una carcajada y le recordó que su único objetivo había sido cristalizar la usurpación ideológica y la traición pactada antes de acceder al gobierno, con los que antiguamente su Líder calificaba como "vendepatria". Apesadumbrado, el Hombre bajo la apariencia del hermano, se alejó. 

El ángel, de regreso en su patria, conmovido y apiadándose de la profunda tristeza y decepción del Hombre, le ahorra más amarguras y le confiesa que varios de los muchachos, de aquellos otros a los que él les había manifestado antes del paso a la eternidad su gratitud por la inalterable lealtad, calificándolos de "sabios" y "prudentes" por considerarlos el reaseguro y la salvaguarda de su pensamiento al defender los intereses de los trabajadores; ellos mismos, le vendieron por treinta dineros la sabiduría, la prudencia y la lealtad al apóstol de la traición. 

Con la presteza y el aplomo de lo angelical su informante le indica que no busque en las mujeres encumbradas el reflejo de "la abanderada de los humildes", porque encontrará una versión más parecida a las oligárquicas "damas de la sociedad". 

Ante lo dantesco del panorama, y faltando escasas horas para que expire el tiempo terrenal de un día, (que era el límite de la concesión celestial), el ángel le recuerda que su última sentencia, tres décadas antes, había sido: "mi único heredero es el Pueblo", y lo invita bajo la fría noche invernal, a caminar por una desierta calle suburbana. A lo lejos se ve una humilde casa de barrio, cuya tenue luz quiebra la oscuridad de su cuadra. Se ve entrar gente; el ángel lo convence de participar adoptando la apariencia de un ocasional concurrente. Allí, en ese ámbito de sencillez, reconoce antiguas palabras, viejos símbolos, añorados colores, y de pronto esas voces comienzan a entonar una tras otra, aquella, su más maravillosa música; pero es tarde y debe volver al Paraíso. Mientras se alejan, desde el firmamento, el ángel le propone divisar la silueta de su Patria y en un instante dentro de ella comenzaron a multiplicarse varios puntos luminosos, cientos, miles; entonces le confiesa que en cada uno de ellos se repite lo acontecido en aquella humilde casa. El Hombre se emociona, y en el brillo de sus ojos humedecidos se ve renacer el sueño y la esperanza de ver en su próximo regreso, dentro de treinta años, plasmada en realidad, la grandeza de aquella Nación y la felicidad de su Pueblo. En ese momento, se le dibujó una sonrisa y entendió las palabras de un amigo, al que todos en el cielo conocen como "El Morocho", éste antes de partir le había dicho: Acordáte de mí, acordáte de "Volver"; entonces, comprendiendo aquello, dirigió nuevamente la vista hacia la distante silueta de los puntos titilantes y comenzó a susurrar: "Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno..."

Santos Lugares, Julio 1º de 2004 Daniel Alberto Caminos