Por/ Alberto Buela (*)
Cuando Julien Benda
(1867-1956) escribe su famosa Traición de los
intelectuales (1) logra una adecuada descripción de lo
que desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo
XX fueron los intelectuales. Su traición consistió en
"dedicarse a hacerles el juego a las pasiones
políticas"(2).
Hombres con una vasta cultura humanista,
filósofos, literatos, historiadores y sociólogos
ocupaban los carriles principales de esta autopista
cultural de la producción de ideas.
Hombres con una cierta representación social que
les permitía una inserción en las sociedades donde
vivían sin mediaciones de tipo comercial (editoriales,
grandes diarios) e incluso políticas (se presentaban
más allá de los partidos) para darle mayor
contundencia a su mensaje. Mensaje caracterizado por un
socialismo democrático y progresista cuya vigencia
llegó hasta final del siglo pasado. Un ejemplo
emblemático de este tipo de intelectuales fue Raymond
Aron.
Los intelectuales de otro tipo o mejor aún, no
progresistas, al estilo de Erzra Pound (Usa), Drieu la
Rochelle (Francia), Leopoldo E. Palacios (España),
Alfredo Pimenta (Portugal), Atilio Mordini (Italia), Ernst
Jünger (Alemania), Vintila Horia (Rumania), Gilberto
Freyre (Brasil), Arturo Jauretche (Argentina) fueron
siempre considerados como marginales al sistema de
producción de sentido. Condenada al silencio, el gran
mecanismo de los diarios de entonces, gran parte de su
producción.
Con el desarrollo exponencial de los mass media,
televisión sobre todo, el acotado y un tanto exclusivo,
mundo de los intelectuales de viejo cuño, cambió
profundamente. Estos fueron totalmente desalojados de
sus plúmeos sitiales. Dejaron de ser personajes para
pasar a ser meros escribas absorbidos por la
televisión. O en otra versión de ellos mismos, se
refugiaron en las academias y las universidades para
transformase en "especialistas de lo mínimo",
y así desmenuzando sutilezas, se fueron desentendiendo
de la vida ciudadana. Son otros los portavoces de las
ideas fuerza de nuestro tiempo.
Y si rara vez se convoca a un intelectual no
conformista es "cuando las papas queman" y se
necesita alguna idea distinta que el pensamiento único
por su propia incapacidad de crear no puede producir.
Así, Chomsky, Amín, Cardini, Cacciari, Maschke, Nolte,
Sánchez Dragó, Trías, Molnar y unos pocos más,
alguna vez son consultados. El resto, y existen
muchísimos más, niente piu.
Hoy los nuevos intelectuales son hombres de una
pobre formación humanista, ya no más filósofos,
literatos, sociólogos, historiadores ellos son
periodistas y locutores. Comentaristas guionistas y
chimenteros. Son los que conforman la "gran patria
locutora y escribidora" de la que habla el escritor
Abel Posse.
Gente de una irredimible ligereza que reúne en
sí los tres rasgos de la existencia impropia de que
habla Heidegger: a) La habladuría: hablar por hablar,
b) la avidez de novedades: querer estar enterado de
todo, estar al día, y, c) la ambigüedad: nada es
verdadero ni nada es falso (Lo mismo un burro que un gran
profesor como dice el tango Cambalache). Estos tres
rasgos se multiplican y exacerban hasta el hartazgo
entre los "nuevos intelectuales", estos
grandes lectores de contratapas de libros nunca
abiertos.
El corrimiento que de los intelectuales se ha
producido, es sistemático y progresivo. Hoy las ferias
internacionales de libros, además de convocar siempre a
los mismos, Fuentes, Habermas, Saramago, Grass, Eco,
Savater, en una palabra "los policías del
pensamiento correcto", no avanzan nunca sobre
soluciones nuevas a los problemas contemporáneos. Claro
está, nadie puede dar lo que no tiene.
No quiero nombrar argentinos para evitar el tinte
local, y los enconos estériles, pero desde hace más de
un año el diario La Nación tiene una columna fija
"los intelectuales y el país" en donde se
afirma y se niega más de lo mismo siempre. Como para
muestra digamos que la lista la abrió Marcos Aguinis y
lo siguió su correligionario Santiago Kovadloff. El
sólo listado de los nombres muestra la decadencia en
que estamos sumidos. En el mismo sentido trabajan los
otros dos diarios "sedicentes progresistas",
Clarín y Página 12.
No existen, de hecho, programas televisivos o
radiales de debate de ideas. Y si los hay están
ubicados en horarios intempestivos.
La mutilación de la vida del espíritu que ha
llevado a cabo la modernidad con trescientos años de
pertinaz liberalismo acaba de desembocar en este fin de
milenio con la anulación lisa y llana de los
intelectuales de viejo cuño. A estos "nuevos
intelectuales" se les puede aplicar el verso
latino: O curvae in terram animae et coelestium inanes
(¡Oh! almas encorvadas hacia la tierra y vacías de
cielo).
Más allá de que nos guste o no el término
intelectual, prefiero el de pensador, existe una cierta
hidalguía en el concepto de intelectual, habida cuenta
que proviene de intellectus que a su vez proviene de
intus legere que significa "leer adentro". El
intelectual, al menos como hipótesis, siempre se
propuso "leer adentro", en forma un poco más
profunda y detenida el sentido de las cosas y las
acciones. Ver un poco más allá del hombre vulgar, del
hombre común.
Hoy los intelectuales al estilo clásico han
muerto, la patria locutora, que no es otra que el hombre
vulgar, se ha puesto a intelectual. "El fracaso del
intelectual y su decadencia, afirma un pensador no
conformista como Thomas Molnar, se debe a su filosofía
construida sobre errores"(3).
Algunos de estos errores los encontramos en su
progresismo al que la estabilidad de la naturaleza
humana se ha encargado de refutar; su humanismo
unilateral en donde su ultra racionalismo no les
permitió ver el quantum de misterio que hay en el
hombre, la historia y el universo; su inocencia
política con su solemne renuncia a la fuerza como
instrumento de gobierno para sustituirlas por relaciones
discursivas: exhortaciones, juramentos públicos,
asambleísmo.
Nosotros que desde hace años tenemos un
compromiso con nuestra realidad político-social nos
damos cuenta a diario de este cambio sustantivo. Así,
la voz de un periodista o de un abogado (es el que más
se acerca a un intelectual clásico) tiene más peso en
una reunión de gabinete o consejo de directivo que la
de un sociólogo o un filósofo.
Los intelectuales de viejo cuño han sido
reducidos a la conversación personal o a conferencias
de cenáculo, que en una sociedad de masas como la
nuestra no inciden en nada. Los más vendidos llegan con
esfuerzo a 5000 ejemplares, y rara vez sobre pasan esta
cifra.
Incluso en los cargos que ofrece la gestión
pública, antaño teníamos a un Borges, ese parapeto a
la mediocridad, director de la Biblioteca Nacional. Hoy,
hace unos días nomás, y la anécdota es cierta, ante
la disyuntiva entre un filósofo y un librero, entre uno
que se ocia en el libro y uno que negocia libros. Entre
el que se goza en el otium (ocio) y el que niega el ocio
por el negocio (nec-otium), el poder político optó por
este último. Claro está, con el beneplácito de la
patria locutora y escribidora. Esto es, los nuevos
intelectuales.
1.- La Trahison des clers (1927) La traducción
literal de la palabra clers es clérigos, escribientes.
Pero Benda le da una amplitud que supera aquella del
diccionario. Clers es el intelectual profesionalizado,
burocratizado, apegado a los intereses inmediatos.
2.-op.cit.: p.45.-(Hay una versión en
castellano hecha en Buenos Aires por, Efece ediciones,
1974, con la traducción de L.A. Sánchez).
3.- Molnar, Thomas: La decadencia del
intelectual, Bs.As., Eudeba, 1972, p.402.-
(*) filósofo buela@2vias.com.ar
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