Por/ Alberto Buela (*)
Acabamos de escribir hace poco un artículo sobre la ruptura de la
representatividad – social, política, cultural – en
las sociedades de hoy. Nuestra crítica que no pretende
ser la última, la más profunda ni la mejor planteada
se apoyaba en el hecho irreductible de que hoy nuestros
pueblos se manifiestan no a través de sus representes
sino por sí mismos; obstruyendo el curso natural de la
vida ciudadana cortando calles, avenidas y rutas.
Ocupando los espacios públicos como plazas,
reparticiones del Estado, ministerios, colegios y
empresas. Es tal el poder que han desarrollado los
piqueteros, huelguistas y protestadores de oficio en
Argentina que el gobierno, progresista y democrático
del Dr. Kirchner tiene cercados con verjas todos los
ministerios y hasta la Casa Rosada.
Es que el pueblo no logra nada a través de los canales naturales de la
democracia procedimental. Sólo obtiene algo cuando
protesta, moviliza, ocupa, agrede o rompe. Corta rutas y
ocupa casas, campos, colegios, ministerios y empresas,
todos los días y a toda hora. Y eso lo sabe, y de tal
forma actúa. No tiene otra salida ni otra posibilidad.
Sabe por sus frutos que la frase de la constitución
nacional: “el
pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus
representantes”, es un mito, es una frase hueca
sin ningún contenido de realidad. Es una mentira a
designio para tenerlo embaucado y hacer de él lo que se
quiera. La razón última está en la ruptura de la noción
de representatividad, pues sus representantes no lo
representan a este pueblo agredido por una injusticia
que se ha hecho permanente.
Nuestro querido y respetado Abrahan
Sicsu, investigador brasileño de la prestigiosa fundación
Joaquín Nabuco, ha visto en esta crítica un peligro y
así nos lo ha hecho notar: “No
creo que la teoría de la decadencia institucional y
personal de los líderes de A.L. refleje lo que ocurre.
El Estado de derecho democrático avanzó sobre las
dictaduras”.
Esta respuesta nos ha dado ocasión de
esbozar una
idea que hace tiempo barruntábamos y no sabíamos como
expresarla.
Si bien
nuestra tesis, sobre que no estamos en crisis sino más
bien en decadencia tiene una contrapartida que es el
riesgo hipotético del
“golpe de Estado", y su consecuencia
natural "las dictaduras" de todo tipo. Si
embargo, no es por el temor al "golpe de
Estado" que nosotros tenemos que dejar de pensar
"críticamente" la situación de nuestras
sociedades y el sin número de injusticias que
padecemos; sobre todo la padecen los más pobres porque
son los más desamparados.
Nosotros, intelectuales o mejor, pensadores, tenemos la
obligación de
denunciar, con ocasión o sin ella, las causas de
nuestros males,
porque sino ¿ para qué estamos? Acaso, para justificar
las injusticias con nuestro silencio por miedo a una
mayor y dejando
que nuestros pueblos vivan en una real y cotidiana
injusticia.
O por miedo a que se nos tilde de
"desestabilizadores, golpistas o no democráticos”.
El pretender vivir sin ser vituperado, criticado,
calumniado, denigrado es el ideal del bon
vivant pero
no del pensador comprometido, que sabe, que siempre va a
haber un buey corneta que lo va a denostar con razón o
sin ella.
Lo que pasa hoy, hoy mismo en Bolivia, es una prueba
al canto de lo que nos puede suceder a todos los
suramericanos. Bolivia, el Estado imposible, al decir de
Juan Bautista Alberdi está agotada por siglos de
explotación, pero claro, su líder cocalero Evo Morales
se rasga las vestiduras proclamando a los cuatro
vientos: “respetamos
a rajatabla las reglas de la democracia, no queremos
voltear a un gobierno
democrático”. Cuando ese gobierno democrático es
el que lleva al pueblo a la ruina. ¡Qué imbécil!. ¡Y
este es el líder antisistema! ¡Qué lindo muñeco
norteamericano!.
Esto es, en defensa de lo políticamente
correcto se propone sacrificar una vez más al pueblo
boliviano a que espere que el gobierno termine su
mandato, para volver a votar.
Y en el mientras tanto, hablando en
criollo: "que
se joda el pueblo boliviano", si total son de
los más pobres de la tierra, que ni alma tienen.
No sólo es una gran ruindad lo que está sucediendo sino sobre todo lo que se está proponiendo, pues ante
la injusticia hay que obrar con ocasión o sin ella, de
lo contrario la culpa es de la víctima.
Los policías del pensamiento único,
los buey corneta contemporáneos, nos han hecho creer
que la sola mención de la idea de golpe de Estado es
totalitaria y dictatorial, cuando es un recurso más que
tiene el pueblo en sus manos para desalojar a los
gobiernos injusto y opresores.
Recordemos al respecto, y ya que
estamos hablando de la pobre Bolivia, al máximo
pensador político de la primera mitad del siglo XX, don
Carlos Montenegro: “La
masa popular se orienta con acierto asombroso en el
proceso laberíntico del conflicto. Es indudable que su
intuición vislumbra entre las sombras del fenómeno
histórico los reales objetivos de la lucha. Participa
de ordinario en el motín y lleva este o el otro
caudillo al poder. Así traduce el radical descontento
con que mira el orden que quiere destruir. El motín es
una de las formas de expresión que toma la lucha de las
dos tendencias – la colonial y la nacional- desde la
fundación de Bolivia (que podemos extender a toda
Iberoamérica)” (1).
¿Y por qué nuestros dirigentes todos
se oponen en forma cerrada y unánime a la idea de golpe
de Estado como un recurso genuino del pueblo sojuzgado?.
Porque se invalidarían a sí mismos como dirigentes al
dejar de lado los mecanismos que los llevaron a la
representación que ostentan.
Todo dirigente busca preservar en el
poder, ninguno lo remata o lo deja, salvo razones
mayores. Y la democracia liberal, formal o estatutaria
tiene un solo mecanismo para llegar a ser dirigente: el
voto. Sin embargo, como la vida de los pueblos es más
rica y diversa que la democracia procedimental, la
sobrelleva con otras formas de promoción dirigencial
como es la antigua acclamatio.
Por aclamación han sido elegidos y constituidos en conductores muchos de nuestros prohombres americanos.
En estos días han visto atónitos los
demócratas de todo el mundo como en la Plaza de San
Pedro el pueblo por acclamatio,
reclamó la santidad inmediata de Juan Pablo II gritando
durante trece minutos: santo súbito. ¿son acaso
totalitarios o no democráticos los fieles que
produjeron tal aclamación?.
En la diversidad de opciones ante la injusticia está la pronta restitución
de la justicia. Si un juez deja
libre a un criminal , por ejemplo Chabán el de la
masacre de Cromagnon, por obedecer y atenerse al
procedimiento jurídico, el juez comente un delito no
jurídico, sino moral. Y si un dirigente como el caso
mencionado de Evo Morales retrasa y desvía las acciones
del pueblo que lo sigue para cambiar la situación política
de su país, bajo el pretexto de “respetar
y mantener la institucionalidad democrática”(2),
comete un delito político.
Vemos a través de estos dos ejemplos,
muy actuales por cierto, como el
problema no son los instrumentos, que siempre son medios
sino los fines. Hoy nuestra clase dirigente padece una
crisis de finalidad. Se demoran hasta la inoperancia
buscando la legitimación de los medios y no alcanzan
nunca los fines.
Lo paradójico de esto que venimos
describiendo es que esta preocupación por mantener una
idea de legalidad nos recuerda al fascista Curzio
Malaparte y su caracterización del golpe de Estado(3)
Y lo que es más grave desconocen explícitamente
cuál debe ser el sentido de sus acciones, y es por ello
que corren detrás de los hechos consumados. Y ello
explica, por otra parte, la inexistencia de proyectos
nacionales tan caros en otras épocas,
cuando supimos tener dirigentes que veían un
poco más allá de sus narices.
Nuestros dirigentes son hijos de
aquella gran observación que realizara el filósofo
italiano Augusto del Noce: “Nuestra
época se caracteriza por una máxima perfección en los
medios y una máxima confusión respecto de los
fines”(4).
1.- Montenegro, Carlos: Nacionalismo
y coloniaje, Bs.As. Ed. Plus Ultra, p. 75.-
2.- Reportaje en La Nación diario el 28-5-05: “La COB (central obrera boliviana) tiene un discurso golpista,
nosotros proponemos una salida manteniendo la
institucionalidad democrática y la forma de hacerlo es
una Asamblea Constituyente”. Pág.4. Evo Morales
sabe que de seguir esta situación se queda con el
poder, por lo tanto tiene que legitimar los medios de
acceso. Recién en segundo lugar podrá interesarse por
las injusticias que padece el pueblo boliviano.
3.- Curzio Malaparte: Teoría del
golpe de Estado, Madrid, Plaza Jamés, 1965. Fue el
pseudónimo de Kurt Erich Suckert(1898-1957).
4.- del Noce, Augusto: Agonía de la
sociedad opulenta, Pamplona, Eunsa, p.11.-
(*) CEES (Centro de estudios estratégicos suramericanos)
alberto.buela@gmail.com
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