Por/ Alberto Buela (*)
La
tan mentada crisis (mejor ruptura) de representatividad
política y social que campea en toda nuestra sociedad
viene siendo estudiada desde distintos ángulos.
a)
Como crisis de dirigentes o dirigencial, en donde lo que
se resalta es la incapacidad de éstos para actuar
acorde a la representación asumida.
b)
Como crisis de los partidos políticos o patidocrática,
en donde aquello que se subraya es la incapacidad de los
partidos políticos tradicionales para elaborar nuevas
respuestas ante nuevas situaciones. Estos partidos
anquilosados en sus canongías y prebendas cometen el
grave error de pensar y sostener que haciendo
siempre lo mismo pueden obtener resultados diferentes.
c)
Como crisis de los modelos o paradigmas político-sociales,
en donde la democracia demoliberal burguesa colapsó
tanto por las contradicciones internas que generó, como
por falta de respuesta ante las nuevas situaciones, llámese
crisis del Estado-nación, nuevos localismos, nuevas
regiones, etc.
Pero más allá de estas
consideraciones de tipo teórico, o mejor aún, de
acceso teórico a la crisis de representatividad, existe
el hecho bruto que pone de manifiesto dicha crisis como
ruptura. Y esta es la tesis del presente artículo: Los dirigentes, los partidos y los modelos al no poder dar respuesta
adecuada, plausible y eficaz, a las demandas de la
realidad socio-económico-político-cultural, anulan y
clausuran su representatividad que, inmediatamente, pasa
a la revuelta, la movilización y la protesta pública.
Y así, se ven superados por las
circunstancias los partidos políticos con el
surgimiento de múltiples variantes partidocráticas, lo
mismo pasa con los sindicatos en donde las comisiones
obreras llevan la iniciativa en la lucha político-reinvindicativa,
eso mismo sucede con los modelos o proyectos políticos
tradicionales, transformados en una monserga (regadera,
le decimos nosotros) en boca de los oligarcas del
partido.
Esta ruptura de representatividad
se extiende a ámbitos tan dispares como el de las
iglesias o el de la ciencias. Hoy los dirigentes eclesiásticos
corren detrás de los hechos. Así en nuestro país la
inmensa mayoría del episcopado reaccionó tarde e
inadecuadamente ante la muerte y posterior elección del
nuevo Papa. En cuanto al ámbito de las ciencias,
Klimosky, el más mentado, no ha sido más que un
divulgador de ideas ajenas. Lo científicos del Conicet,
su sacrosanto templo en Argentina, no pasan de comentar papers
extranjeros hasta su cómoda jubilación a cargo del
Estado.
Los científicos más premiados
(premios Konex) vienen a ser como los esclavos de la
caverna platónica, campeones en desentrañar sombras.
Si nos tomáramos el trabajo de enumerar todos los temas
de investigación científica de los últimos veinte años
comprobaríamos como en un 90% se han ocupado en descifrar,
interpretar y desentrañar
sombras.
Naturaleza
de la ruptura de la representación
Hace ya varios años que venimos
sosteniendo que nosotros
no estamos en crisis sino en decadencia(1), porque
las crisis siempre son pasajeras (crisis de la
adolescencia, de la andropausia, etc.) en cambio la
decadencia indica una declinación constante y
permanente de la que difícilmente se pueda salir
desandando el camino. Es necesario pasarla por arriba.
La mejor definición que encontramos es la que nos
brinda el periodísta y pensador Gilbert Comte cuando la
define como le
refus du sacrifice, el rechazo del sacrificio “La
décadence débute quand chacun refuse de prendre des
risque pour les autres(2).
Ahora bien, la noción de
decadencia encierra un enigma poco común, y es que
siempre se puede ser un poco más decadente. Su concepto
significa tanto naufragio, hundimiento, ruina, caída u
ocaso. Encierra la idea de declinación necesaria de la
que no se puede salir recorriendo el camino hacia atrás.
Es necesario comenzar de nuevo como lo hace el sol luego
del ocaso o el comerciante después de la ruina.
Así, pues, de la decadencia
sobre todo de la social, política, económica y
cultural que es la que nos afecta hoy , aquí y ahora,
en Argentina solo se puede salir por dos vías: O la
restauración o la revolución. Ejemplos históricos
tenemos de ambos caminos. Así Augusto, luego de las
desastrosas guerras civiles que sumieron en decadencia a
la República comienza
la restauración de las costumbres antiguas que habían
hecho grande a Roma. De idéntica manera, mutatis
mutandi, en nuestro país Rosas luego de la
desastrosa anarquía de la década de 1820/29 que sumió
en decadencia, se alzó como el Restaurador de la leyes.
Ejemplo de la vía revolucionaria
lo ofrece Fidel Castro con la revolución cubana, con
todos los reparos que pueden hacérsele, que vino a
cambiar el orden constituido de prostitución, corrupción
y decadencia que el régimen de Fulgencio Batista había
sumido a Cuba.
Del estado de decadencia no se
puede salir remontando la decadencia, sino que se tiene
que salir por afuera de la misma, sea por restauración
si hubo un régimen donde se vivió mejor o por revolución
si no hay una experiencia histórica donde
referenciarse.
De la decadencia como del
laberinto, no se sale desde el interior sino por arriba
como Dédalo y su hijo Icaro lo hicieran del laberinto
cretense.
Nuestros representantes rechazan
sacrificarse por sus representados, no toman ningún
riesgo a favor de los otros, sus representados. El
pueblo en su conjunto es simplemente un convalidador de
representaciones que sus dirigentes, los representantes,
no se ven obligados a cumplir.
La única obligación que tienen
es cumplir con el procedimiento jurídico formal de
acceso a los cargos, a las representaciones. Una vez en
posesión de las mismas su responsabilidad se diluye en un
discurso político que dice y no dice: que promete sin
comprometerse, ni moral ni existencialmente. En una
palabra, promete pero no se obliga.
Esta ruptura de la
representatividad que se da en todos los niveles y
dominios de la actividad ha hecho que el pueblo llano
busque la solución de sus problemas, a sus demandas, a
través de las movilizaciones, las tomas de edificios,
los piquetes en las rutas y calles, la ocupación de los
espacios públicos, la interferencia en los servicios y
las mil medidas y revueltas hechas ad hoc.
El pueblo ha tenido que tomar la
representación en sus manos porque sus representantes,
políticos y sociales, no lo han representado, no han
estado a la altura de sus necesidades.
¿Para
qué sirve el parlamento si con sus leyes no soluciona
los problemas del pueblo que lo votó?. ¿Para
qué sirven los sindicatos si no logran las
reivindicaciones reclamadas por sus trabajadores?. ¿Para
qué sirven los científicos si no investigan lo
que es , lo que se necesita en lugar de descular
hormigas o desentrañar sombras?. ¿Para
qué sirven los pastores que no se ocupan de las
necesidades de sus ovejas y las protegen del lobo?. ¿Para
qué sirven los jueces que ignoran la noción de
equidad, limitándose al procedimiento?. ¿Para
qué sirven los dirigentes locales y barriales si en
lugar de ocuparse del vecino se ocupan del ciudadano o
peor, de la humanidad?
Cuando un dirigente enaltezca el
sacrifico personal como su método en el ejercicio de la
representatividad podrá, entonces, el pueblo confiarle
su representación, en el mientras tanto, está la
exigencia de construir en la lucha, que es donde se
muestran los talentos, nuevos dirigentes que tengan como
apotegma tomar riesgos personales a favor de sus
representados. Sólo así se podrán reemplazar a los
antiguos, de lo contrario se reciclarán automáticamente
como lo vienen haciendo desde hace décadas. Así como
lo hicieron ostensiblemente luego débacle del 2001, interpretando el grito popular: “que se vayan todos” no yéndose ninguno.
1.-
Buela, Alberto: Metapolítica
y filosofía, Bs.As., Theoría, 2002, p. 59.-
2.-
Comte, Gilbert: Notes
sur un temps rompu, Paris, Le Labyrínthe, 2003.-
redactor de Le Monde 1969 a1982.-
(*)
CEES (Centro de estudios estratégicos suramericanos)
alberto.buela@gmail.com
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