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Por/
Alberto
Buela(*)
(a propósito de Juan Agustín García 1862-1923)
Esta moda del progresismo cultural, que en términos políticos
nace entre nosotros con la restauración democrática del
83 y llega a su plenitud en nuestros días, viene hurgando
en el pasado argentino en la búsqueda de un fundamento
que justifique su posición.
Así año tras año vienen insistiendo en trabajos sobre
los intelectuales del siglo XIX elegidos a
píacere, y en la medida
que se ajustan a sus preconceptos o prejuicios de
“intelectuales progresistas”. Entonces, acá rescatan
a Echeverría(generación del 37), allá a Carlos Bunge
(generación del 80) y acullá a Ingenieros(generación
del 96).
Como vemos, saltando arbitrariamente de una generación a
otra no importa el contexto marcado por ellas, sino cómo
echar agua para su molino.
Así cuando se habla de Alberdi se rescata al liberal no
“al pensador nacional”, y si se habla de Korn, se
destaca el socialista antes que el filósofo de la
libertad creadora. Ni que decir si alguna vez se menciona
a Ernesto Quesada, el hombre más inteligente de su época-
generación del 96-, quien es tratado como positivista en
lugar de historicista. El pensador que influyó sobre
Spengler y el capítulo americano de su famosa obra La
Decadencia del Occidente. Esto se oculta o se ignora.
La última novedad es que ahora tratan de incorporar la
figura de Juan Agustín García, el máximo historiador de
nuestro pasado colonial,
y hacerlo pasar como jurisconsulto, sociólogo y
positivista. Cosa que no fue, o mejor, fue a medias.
García fue antes que nada un pensador de las cosas
nuestras, que
se interesó como historiador por la trama normal de la
vida de los argentinos antes que por los próceres y la
historia político-militar.
Hasta él, el país contaba con tres grandes historiadores:
Mitre, López y Groussac, pero ellos contaban la historia
a través de las grandes figuras: San Martín, Belgrano,
Liniers, etc. Agustín García prefiere el estudio del
pueblo y sus cosas, su vida, su economía, su organización
familiar. Y así aparece en 1900 su principal trabajo La
Ciudad Indiana, interpretación psicológica y económica
de la historia argentina de los siglos XVII y XVIII. Un
trabajo original, novedoso y documentado como no lo había
hasta entonces. Comentado en su momento por don Miguel de
Unamuno en un largo estudio. Trabajó directamente sobre
las actas del Cabildo. Sobre el insustituible Solórzano y
su Política
indiana, con las Partidas de Alfonso el Sabio en la
mano, con el texto de Política
para corregidores de Bobadilla, y todos los registros
estadísticos de Trelles y su Revista del Archivo.
Para nuestro autor “el
que realiza la obra es el pueblo” y lo estudia a
través del criterios psicológicos, investigando los
sentimientos y la creencias que influyeron en forma
predominante en el pasado de nuestro país. Pues
consideraba que los impulsos afectivos, los sentimientos,
las creencias definían mejor el alma de los pueblos que
las ideas.
Así estudia algunos de ellos como la creencia en la
grandeza futura, el pundonor criollo, el culto nacional
del coraje, el sentimiento de desprecio de la ley, el
deseo de enriquecerse rápido.
En otros trabajos menores siguió estudiando otros
sentimientos del alma argentina como el sentimiento de
patria, el de familia, el de ligereza, el de imprevisión,
el religioso, y propuso otros como el de la risa (¿de qué
ríen los argentinos?) a través de las obras de teatro,
del orgullo, de las distintas maneras de hablar de los
argentinos a través de la historia.
De su extensa bibliografía, Ensayos y notas(1903); Introducción a las ciencias sociales
argentinas(1899); además de varias novelas Memorias de un Sacristán (1906), La Chepa leona(1910) y algunas
obras de teatro El
mundo de los snobs(1920), la Cuarentona(1921), Un episodio
bajo el Terror(1923), merece
destacarse el ensayo Sobre
nuestra incultura(1920).
Y es en este trabajo (1) en donde se destaca Juan Agustín
García como pensador no conformista, como pensador
alternativo al régimen educativo y cultural instaurado
por la generación del 80. “Nuestros dirigentes desde hace cuarenta años – él está
escribiendo en 1920- pensaron
la patria, la educación y la historia como algo aislado
sin relación con los otros elementos del juego mental”.
Y así se creyeron que bastaba enseñar la Historia
Argentina, cantar el Himno Nacional muy a menudo y saludar
la bandera todos los días para formar el patriotismo.
Y en orden a la educación se adoptó la moda Spencer y se
reemplazó la enseñanza clásica por la “enseñanza
nacionalista y
se incurrió en el grave error político de sacrificar
todo a la instrucción científica”. A Spencer y sus
discípulos argentinos no le interesaban Venecia ,Grecia y
Roma pues, según ellos, eran fuentes insignificantes en
la historia del mundo. Ellos sostenían que la enseñanza
debía ser práctica y utilitaria en el sentido del
desarrollo de la vida económica e individual. “Su ideal era formar hombres prácticos para servirse a sí mismos y
nada más que a sí mismos”.
Y en cuanto a la historia, según nuestro autor, no juzga,
reconstruye, resucita y explica el devenir de los hombres
y los sucesos. La sentencia puede venir como un apéndice.
La ciencia descubre los documentos, los traduce los
critica, “establece
su contenido correcto con la ayuda de sus disciplinas
auxiliares de nombres pedantes y misteriosos: heurística,
diplomática, etc.”. .. “en la clase de historia el
alumno debe convertirse en historiador y rehacer el
escenario”. Y
termina García manifestando su no conformismo, su oposición
al pensamiento dominante de la época: “Convenimos
que este plan de clase contradice toda la práctica
tradicional y todos los prejuicios que ésta arrastra
pesadamente”.
El hilo conductor del pensamiento alternativo al régimen
de su tiempo y que hilvana todo los aspectos de su
desarrollo es, en Juan Agustín García, la lectura a
contrario sensu del principio o adagio: “Naides
es más que naides”.
Es sabido y por todos conocido este dicho criollo que desde
los albores de nuestra nacionalidad se viene repitiendo de
generación en generación: Naides
es más que naides, quiere decir y afirmar que, en
principio, todos somos libres e
iguales en dignidad y nadie es superior a otro por
naturaleza o por fuerza del destino sino que tiene que
demostrar en qué es “más”.
García no hace esta lectura, que es la criolla por
excelencia, la que hemos aprendido nosotros desde siempre,
sino que interpreta el “naides
es más que naides” como una rémora exacerbada del
pasado en el presente por la educación individualista e
igualitaria que propuso la generación positivista y laica
del 80. Y así afirma: “El
viejo aforismo criollo que late en el fondo del alma
popular y anima toda su poesía triunfa de nuevo (con
relación a la reforma del 18).
Se lo creía enterrado para siempre junto con la flota de
capataces y caudillos de nuestra historia... Naides es más
que naides murmuraban en su monólogo interior el gaucho,
el oficial y el general en las tristes soledades de la
pampa argentina del año 20. Todos tienen igual aptitud,
igual talento, igual preparación para abordar todos los
problemas y dictar todas las cátedras. ¡Naides,
naides!”.
Nuestro autor la interpreta desde su posición social, su
historia familiar- su padre y él fueron altos
funcionarios del Estado- y el contexto de su tiempo –su
pertenencia a la generación del 96.
Pero lo paradójico del caso es que en esa interpretación
contraria al dicho “naides
es más que naides” encontramos lo más valioso y
actual de Juan Agustín García, su crítica al
igualitarismo y a su consecuencia el democratismo.
“Si hay algo que por su esencia no es democrático, es la
cultura. La cultura presupone la desigualdad intelectual
desde que su base es la “clase” de maestros y la de
los alumnos. Los países más celosos de esos principios
de democracia admiten el viejo régimen en su civilización.
La Academia Francesa es de puro espíritu de
aristocracia... En los pueblos inteligentes esas
desigualdades resultan agradables y amables. Nosotros
somos absolutos, nuestra democracia es rígida: nadies es
más que nadies, viene gritando desde el fondo de la Pampa
y desde los años lejanos”.
Vemos
como García desde una visión aristocratizante, aun
cuando él no se piensa como un aristócrata o un
oligarca, realiza una crítica furibunda y demoledora al
igualitarismo y a la democracia formal. Lo que llama la
atención es que enraice su crítica en un dicho criollo
que bien entendido, como lo
ha entendido el pueblo llano desde siempre, es más
un grito de libertad y de autonomía, que un reclamo de
igualdad. Claro está, nuestro autor, que no fue filósofo,
no distinguió entre los dos aspectos que puede entenderse
la igualdad que se da en el hombre.
Si
bien los hombres como individuos somos iguales en tanto
que formamos parte del mismo género (animal) y especie
(racional). Ontológicamente somos diferentes, porque como
personas somos libres, únicos, singulares e irrepetibles.
Los
hombres somos iguales en dignidad, pero somos ontológica
y existencialmente diferentes, querer establecer la
igualdad en este segundo aspecto es el error que comete el
igualitarismo, cuando proclama “todos somos iguales en
todo”.
Hoy,
una filósofa nada sospechosa como Hannah Arendt, vincula
la nueva doctrina de los derechos humanos con el
totalitarismo, presentándola como una atomización social
y una igualización forzada de todos los hombres.
La
actitud no conformista o disidente de Juan Agustín García
se prolonga en sus juicios siempre precisos y mesurados
sobre los popes intelectuales del siglo XIX: “Alberdi es uno de nuestros mejores ejemplares
intelectuales”; “Mármol era vulgar”; Echeverría
concretó una especie de método: la literatura periodística.
A nadie se le ocurriría recitar La Cautiva”; “ De
Andrade se aplaudía la sonoridad admirable; pero a la
sordina se hablaba de que no era más que un pastiche de Víctor
Hugo”.
Y
en sus propuestas: “Educar hacia lo útil, al través de lo verdadero y lo
bello”; “Se aprende primero el idioma y luego se
presenta el profesor de gramática sin libro, si fuera
posible”; “La patria es como una imagen que se hace
todos los días por el acto heroico o simplemente
honesto”; “hay que educar el sentimiento que en el
desarrollo de la vida es más importante que la
intelectual”; “La civilización argentina tiene tres
raíces profundas que la nutren a través de la cultura
del Mediterráneo: Atenas, Roma y Jerusalem”.
En
sus juicios y propuestas encontramos a Juan Agustín García,
ocurre lo mismo con Korn, mucho más cerca de los hombres
de la generación posterior a la suya – la del
centenario- Rojas, Alberini, Rougés, Ugarte, A.Palacios,
C.Ibarguren, Terán, Taborda, Lugones, que de los suyos
propios como Ameghino, Ingenieros, Ramos Mejía, J.V.González,
N.Matienzo, A.Alvarez; Pizzurno. El único intelectual de
su generación que se le equipara en solvencia intelectual
es Ernesto Quesada, el ignorado. El mal aprendido y el
peor enseñado.(2)
Su
vinculación y distanciamiento del positivismo se
encuentra expresada en este hermoso párrafo: La moda Spencer y de su escuela pasó. Al pasar por
las iglesias sonreíamos, como si se tratara de negrerías.
El Cristo, la Virgen, la Pasión, los grandes santos...
puro fantochismo ridículo. Fuimos víctimas de la ciencia
materialista y pedantesca de los Spencer, Haeckel,
Lombroso que marchitó muchas hojas buenas de las almas de
veinte años”.
Más
terminante y actual por su contenido político es este
otro: “Hace
treinta años Herbert Spencer ejerció una influencia
funesta en nuestra instrucción pública y en nuestra política.
Aquella teoría sobre la ineptitud del Estado para
administrar, fue la base de las leyes que entregaban los
servicios públicos a empresas particulares”. Hasta el más zopenco puede realizar una analogía con lo ocurrido no
hace mucho en nuestro país. Esta cita muestra una vez más
como el positivismo tanto político(utilitarismo o
pragmatismo) como jurídico, conduce siempre a la
consolidación del statu quo vigente.
La paradoja es que el
positivismo siempre ha sido presentado como un
progresismo.
García
no fue un positivista, como nos quieren hacer creer
nuestros “progresistas ilustrados” del tipo de los
Oscar Terán o José Luis Romero(h) y tanto becario suelto
que anda por ahí.
Lo
que sí sufrió fue la influencia de los Taine, Renán,
Bain, Ribot, Ball, Tarde, Comte, Spencer, Haeckel,
Lombroso como todos los hombres de su generación, pero al
actuar y pensar sobre los sentimientos del pueblo llano y
a partir de allí intentar caracterizar el alma de los
argentinos, quedó vinculado a la escuela romántica.
Posición que se consolidó
con la postrer influencia de Hegel.
Y
si hubiera tenido la ocasión de conocer a
W.Dilthey(1833-1911), seguramente, habría inaugurado los
estudios axiológicos en nuestro país, pues tenía ya
realizados los trabajos de base sobre el fondo afectivo de
nuestro pueblo.
Pretendimos
con este trabajo rescatar a un pensador nacional no
conformista, y de paso, mostrar una de las tantas
contradicciones del pensamiento progresista tan en boga en
nuestros días.
Hoy
las cátedras de sociología y ciencias políticas de
nuestras universidades están plagadas de estudios sobre
los antecedentes de estas disciplinas, y en su afán de
encontrarlos raspan la olla
y mezclan los gustos.
Se confunden y confunden, erran y hacen errar, a quienes
los escuchan o leen.
Podemos
aplicarles el juicio de Juan Agustín García con plena
justicia: “El
nuestro es un sistema liviano, rápido para formar
apariencias de hombres, sin mayor esfuerzo”.
1.- Sobre nuestra
incultura, primera edición 1922, segunda edición
1965 en Obras Completas, Ed. Antonio Zamora, tercera edición
1986 por Ed. Docencia. Es sobre esta edición que se
realizan todas las citaciones del presente artículo. La
misma lleva el estudio preliminar del más significativo
estudioso del pensamiento argentino don Diego Francisco Pró
(1915-2000). Uno de los méritos del pensador chaqueño,
perseguido político junto con tantos otros(Luis Juan
Guerrero, Miguel Angel Virasoro, Nimio de Anquín, etc,)
por la revolución liberal de 1955, ha sido su documentada
Historia del
pensamiento filosófico argentino (Mendoza 1973 en
adelante) en donde realiza el estudio más acabado sobre
las generaciones argentinas.
Es sabido que los filósofos Jacobo Burckhard y Guillermo
Dilthey fueron a mediados del siglo XIX los primeros en
sostener que la estructura interna del proceso histórico
está hecha de generaciones. Ortega y Gasset, quien meditó
siempre a la sombra de éste último, en El
tema de nuestro tiempo dice: “La
generación, compromiso dinámico entre masa e individuo,
es el concepto más importante de la historia y, por
decirlo así, el gozne sobre el que ésta ejecuta sus
movimientos”(p.15). La periodización generacional
propuesta por Diego Pró rechaza la seriación automática
y mecánica- 30, 20 ó 15 años entre cada una- y se apoya
en un criterio histórico cultural que participa de
ciertas notas características(variación de pocos años
en la edad; contacto vital entre los miembros; caudillaje
de alguno; lenguaje y temática generacional;
anquilosamiento de la generación anterior; homogeneidad
en la formación). Todo ello vinculado a la conciencia de
pertenecer a una generación por parte de sus miembros.
Distingue así diez generaciones argentinas que van de
1810 a 1940
pasando por 1821, 1837, 1866, 1880, 1896, 1910 y 1924.
2.- Existe una excepción y es el investigador y politólogo
Horacio Cagni quien desde la publicación de su libro Spengler: Pensador de la decadencia(1993) se viene ocupando de
Quesada y su vinculación con el pensador alemán.
Nosotros mismos nos ocupamos en dos trabajos. Uno, Historia
y memoria nacional incorporado
al libro Ensayos de Disenso (Barcelona 1999) sobre la introducción a los
cinco volúmenes de su obra señera La
época de Rosas para mostrar su lugar en la
historiografía argentina y su innovación metodológica,
y otro, La tradición
nacional incorporado al libro La
taba y otros asuntos criollos (Buenos Aires 2000) en
donde analizamos el texto En
torno al criollismo de 1912.
(*) alberto.buela@gmail.com
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