Por/ Alberto Buela
Para
entender a Macedonio, si es que se lo puede entender,
hay que comenzar haciéndolo en forma macedoniana.
Fue
un criollo porteño, hijo y nieto de criollos de pura
cepa, nacido allá por 1874, que con naturalidad pudo
decir que: “el gaucho era el
entretenimiento para los caballos de las estancias”.
Nos
distrae siempre del objeto que vamos a buscar en la
lectura de sus textos. Como cuando uno va a leer su
novela póstuma Museo de la novela de
la Eterna
(1967) se encuentra que ni es una novela ni nada.
Es un escrito con cincuenta y seis prólogos, uno más
estrafalario que otro y, además, los textos que los
continúan son totalmente anodinos y no significan nada.
Al final el lector queda en Babia. Los literatos vieron
en esto la genialidad de la novela collage,
nosotros, humildemente, una joda que es una coda, como
el Codear fuera a Kant es lo primero en metafísica, título de uno de
sus primeros escritos.
Pero
la coda emblemática de la distracción es cuando Jorge
Luis Borges, con el que podemos disentir en todo pero
que seguramente fue en su tiempo de vida un parapeto a
la mediocridad argentina, lo invita a cenar y no va.
Reclamado por aquél el motivo de su ausencia le
respondió: “Tenés que disculparme no haber ido anoche. Soy tan distraído que
iba para allá y en el camino me acuerdo que me había
quedado en casa”(Papeles de recienvenido, p. 90).
Esta
tomada de pelo, para ser suaves, al máximo escritor
argentino del siglo XX, al menos el más publicitado y
conocido, que además es su principal discípulo y quien
lo dio a conocer en la república universal de las
letras, a partir de 1921, nos muestra con un ejemplo que
en Macedonio, todo... puede ser une
grande boutade, para decirlo elegantemente.
Por
otra parte, no ignoramos que hombres del campo nacional
y de lo mejor y más genuino de la cultura argentina
como Vicente Trípoli, Francisco Luis Bernárdez,
Leopoldo Marechal y Raúl Scalabrini Ortíz lo tenían
en alta estima. En tal sentido este último en su ensayo
El hombre que está solo y espera lo
definió como: “el primer metafísico de Buenos Aires y único filósofo auténtico”(1).
Claro está, Scalabrini no fue filósofo.
Hechas
estas aclaraciones, que son prevenciones para no quedar
como un imbécil yo mismo, en un intento que no debería
hacer, vamos a intentar exponer, en lo que se pueda, la
idea metafísica del “Gauchiporteño”.
Es
sabido como relata Henry Bergson por ahí, que los filósofos
tienen una idea en su vida, a lo sumo dos. El mismo tuvo
la idea de durée,
Aristóteles la de acto, Platón la de idea,
Heidegger la de dasein,
Pascal la de jonque,
Berkeley la de esse
percipi, nosotros la de disenso y Macedonio la de
ser sentido.
Ser
es ser sentido
Nada
es si no es sentido y mientras no es sentido no existe,
así que nada hay fuera de lo que yo siento. Todo lo que
es, es sueño. El ser es sueño, repite incontables
veces. De ahí el título de su primero y principal
ensayo: No toda es
vigilia la de los ojos abiertos (1928). Este ser
como lo sentido lo va a clasificar Macedonio como
“almismo”, uno de sus tantísimos neologísmos.
Pero, por otra parte, el yo que siente el ser, tampoco
existe y es por eso que esta otra postura va a ser
caracterizada por él mismo como “ayoica”. El suyo
es un “almismo ayoico” en donde sólo existe lo que
es sentido, no existe ni la materia ni el mundo
exterior, pero tampoco existe el yo que percibe, como en
el caso de Berkeley con su esse
percipi (ser es ser pecibido). La noción del yo en
Macedonio es adventicia. Es un término vacío
inaprehensible.
Vemos
como no hay nada de sustancial en el mundo ni el la
vida, todo carece de existencia.
Macedonio
conoce y comparte con Heidegger la crítica a la metafísica
que ha ocultado con sus disquisiciones racionales al ser
en lugar de mostrarlo. Pero mientras que en el alemán
hay todo un esfuerzo conciente, elaborado y estudiado a
través de la desmitificación de toda la historia de la
filosofía, en Macedonio tenemos la ocurrencia rápida,
la salida chispeante, la humorada jocosa, asentada toda
ella en “la real gana típicamente americana”. Me
dio la gana y escribo esto, no me dio la gana y no
escribo nada. Me dio la gana y
publico, no me dio la gana y lo guarda
en una lata de bizcochos y se va. Tal como hizo
con el poema Elena
Bellamuerte poco tiempo después de la muerte de su
esposa, Elena de Obieta.
La
otra idea fuerza del Gauchiporteño es la no distinción
entre el sueño y la vigilia.
La
filosofía siempre ha distinguido una de otra. Así la
vigilia es el estado donde las sensaciones, percepciones
y afecciones se corresponden a hechos y objetos reales,
mientras que en el sueño no, no tiene ningún correlato
con el mundo exterior. Y así siguiendo la huella se
Schopenhauer, para quien la vida es un sueño largo y el
ensueño un sueño corto,
va a sostener que no hay distinción entre el sueño
y la vigilia, pues en la medida en que busco una
diferencia entre ambos: ¿cómo puedo estar seguro de
que no estoy soñando?
En
su obra No todo es
vigilia la de los ojos abiertos, va a relatar como
el filósofo ingles Thomas Hobbes (1588-1679) realiza un
viaje a Buenos Aires y al llegar al hotel se tira a
descansar y en ese momento ve una persona que revisa sus
maletas, se levanta en su persecución pero no encuentra
a nadie. Más tarde cuando se comunica con su anfitrión
Domínguez le confiesa su preocupación respecto de lo
sucedido ¿Fue sueño o un hecho real?. ¿Cómo
dilucidar la cuestión?. Domínguez preocupado por el
cuestionamiento le propone la visita a Macedonio Fernández,
un metafísico de Buenos Aires ocupado del tema.
Una
vez más aparecen el humor, la distracción y la ficción
literaria que no son nada frecuentes en los escritos de
filosofía. Pero el hecho histórico es que Hobbes trata
en el capítulo II de su Leviatán
el tema del sueño y la vigilia.
Como
vemos Macedonio plantea el tema a
contrario sensu, pues para él en realidad, el
comenzar a soñar es un despertar respecto de la
vigilia. Así se puede apropiar del título de Calderón
de
la Barca
, pues para él: la
vida es sueño.
Estas
afirmaciones lo llevan a negar otras dos distinciones de
la filosofía clásica o peremne: el principio de
causalidad y la distinción entre percepción e imagen.
Al
negar el principio de causalidad se la agarra largo rato
contra Kant y contra Hume quien a pesar de sostener que
“contigüidad y
sucesión no son suficientes para hacernos afirmar de
dos objetos que uno es causa del otro, a menos que
percibamos que estas dos relaciones se conservan en
varios casos”(2). Macedonio va a sostener que es
suficiente una sola observación, así al no depender de
un número suficiente de veces el principio de
causalidad no es necesario y por ende no existe. Por
otra parte tampoco podría existir porque el tiempo no
existe y la causalidad se funda en la experiencia que
siempre es pasado. Por eso la pudo definir otro filósofo
porteño, en este caso de Parque Patricios, Oscar Ringo
Bonavena: como
un peine que te dan cuando te quedás pelado.
La
otra distinción que niega el Gauchiporteño es la que
media entre imagen y percepción, aún cuando la filosofía
y la psicología distinguen claramente entre ambas. La
percepción y las sensaciones suponen la presencia del
objeto percibido. No hay percepción de una flor sino la
tenemos presente a nuestros sentidos. La imagen en
cambio es la evocación de una percepción. Esta última
tiene mayor realidad que la imagen pues implica un
contacto con el mundo exterior, que es lo auténticamente
real, la imagen es una copia de lo real. Macedonio al
negar la existencia de un mundo exterior y material
sostiene que entre percepciones e imágenes no existe
una diferencia esencial.
Conclusión
Vemos
pues como algunas de las afirmaciones más tajantes de
Fernández son siempre “negaciones”. Así tenemos:
a) la negación real del ser, definido por él como
“ser sentido” a través de su idea de “almismo”.
b) la negación del yo, definido como “ayoico”. c)
la negación de la distinción entre sueño y vigilia.
d) la negación del principio de causalidad y e) la
negación de la distinción entre percepción e imagen.
Y todo ello dentro de las dos grandes negaciones: La del
tiempo, del espacio
y la del mundo real y material.
Si
esto no fuera une
grande boutade, no lo sabremos nunca, podríamos
colegir que el Gauchiporteño intentó dar una respuesta
distinta a la del racionalismo, especialmente kantiano,
que había negado todo valor a la afección y el
sentimiento por considerarlo subjetivo y contingente. Su
pensamiento representa una reacción ante este hecho
cierto y ocurrido dentro de la historia de la filosofía
moderna.
El
busca una salida para la metafísica que siente ahogada
por
la Razón Pura
y el racionalismo en general y cree encontrarla en la
afección y en la caracterización del ser, como
ser sentido.
Para
ello adoptó un vocabulario estrafalario, rebuscado,
dirigido en contra del sentido común y lo que logró
fue una expresión no-filosófica, si no más bien una
expresión literaria, motivo por el cual es desde la
literatura desde donde se han realizado los mayores
esfuerzos para acceder a su pensamiento.
Murió
en el muy año de 1952, cuando estaba a un año de
conocer a mi señorita Calderón de
la Barca
, de primero inferior. Lo acompañó en pleno al
cementerio
la República
porteña de las letras. Su panegírico, no era para
menos, lo hizo Borges, quien afirmó: Macedonio perdurará en su obra como centro de una cariñosa mitología.
A confesión de parte relevo de pruebas. Esta “cariñosa
mitología” encontró mas que en sus escritos, tal
como lo hemos analizado,
en la oralidad y en el trato personal su expresión
más acabada y por eso mismo, su inasible compresión
plena(3).
1.-
Scalabrini Ortíz, Raúl: op. cit. Ed, Plus ultra,
Buenos Aires, 1973, p.123.-
2.-
Hume, David: Tratado
de la naturaleza humana, III parte, sección VI
3.-
Existe un artículo excelente del que sólo tenemos
amarillas fotocopias salteadas de una desconocida
profesora de filosofía, Sonia Vicente, del que nosotros
nos hemos sabido aprovechar. Vaya pues nuestro homenaje
ya que no pudimos hacer su citación.
(*)
Instituto Cultural de
la Provincia
de Buenos Aires
alberto.buela@gmail.com
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