Por/ Alberto Buela
El orden liberal-conservador que rige a partir del derrumbe de la
bipolaridad capitalismo vs.comunismo con la implosión
de este ultimo en
1991 ha
establecido, aparentemente, un mundo unipolar bajo la égida
de los ideales liberales en economía y conservadores en
política.
El peronismo que como movimiento político no es
ni liberal ni conservador se ha transformado como
partido político en un partido de
"oportunistas" que a destajo de los ideales
movimientistas y contestatarios de la corriente creada
por Juan Perón, se sumo al orden liberal-conservador a
partir de 1989 con la asunción de Menem al poder. Y hoy
con Kirchner en el poder, más allá de sus
declaraciones en sentido contrario, sigue jugando el
mismo papel convalidando el orden propuesto por el
gobierno de los Estados Unidos y su proyecto mundialista
del one world.
Sin embargo, a pesar de la hegemonía que
presenta el proyecto mundialista las respuestas se
multiplican y ello no sólo porque el estado de
injusticia social es flagrante sino, sobretodo, porque
el modelo hegemónico liberal-conservador no respeta las
diferencias. Y como, guste o no, en Argentina la
diferencia política en el orden nacional e
internacional la establece el peronismo como movimiento
mayoritario de masas, se desprende de suyo que no puede
existir política nacional viable con la exclusión del
movimiento peronista. Todo pacto, todo conciliábulo que
se haga a espaldas de este gran movimiento de masas
afecta a la gobernabilidad política del Estado y torna
inverosímil su realización.
Y es esta capacidad de movilización popular la
que entró a jugar a partir del 19 y 20 de diciembre
2001, derrocando al gobierno de
la Alianza
con la manifestación en
la Plaza
de Mayo y que no termino engullida por el sistema como
se preveía sino que perdura en múltiples y variadas
organizaciones sociales, aun no encausadas ni
institucionalizadas.
Una de las categorías permanentes de análisis
de la metapolítica es la de "colonización
cultural a través de los mass media", otra la de
"movilización total". Y es en esta ultima que
deseamos detenernos a fin de ofrecer una cierta salida a
la tenaza ideológico-polìtica que nos ofrece la
conjunción de modelo hegemónico y mass media.
El concepto de movilización popular, masiva o
total tan caro a la naturaleza del peronismo es lo que
heredamos del 17 de octubre de l945 como contenido ideológico
insustituible de nuestra practica política. Así el
peronismo subspecie
socialcristiana(la renovación
) de los años 80 fracasó: ni la democracia
cristiana le creyó que era democrático. El peronismo light
, versión liberal, de los 90 fracasó, porque no
pudo hacer frente a la avalancha mediática que le decía
cómo tenia que ser, para admitirlo "democrático".
Lo que hay que afirmar una y otra vez, es que el peronismo, Perón y
Evita, manejaban otro
sentido de democracia diferente a la versión
demoliberal -conservadora. No olvidemos aquella
observación de Perón cuando afirmo ese memorable 17 de
octubre: "Esta
es la verdadera fiesta de la democracia, representada
por un pueblo que marcha a pie durante horas para llegar
a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de
respetar sus auténticos derechos".
El pueblo movilizado realiza eo
ipso y sin intermediarios ni representantes la gestión
democrática por antonomasia: hacer saber, por acclamatio,
a sus gobernantes que es lo que quiere. Esta
democracia por aclamación no la resiste nadie. Y así
como Menem no podía ir a la cancha de su amado equipo
de River, de la misma manera cualquier dirigente político
hay no pasa la prueba de fuego de hablar en una cancha
de fútbol sin recibir un abucheo, esto es, una
acclamatio a la inversa.
Este concepto de "movilización total"
fue estudiado bajo otras características por Ernst
Junger en su época del realismo heroico, así como por
el Gral.De Gaulle en sus meditaciones sobre la guerra.
Por el contrario, Perón descarta el aspecto bélico de
la movilización y le otorga una dimensión y
significación política como pueblo
en marcha que crea en los gobernantes las
condiciones para la decisión justa.
Esto último, y no otro, explica el sentido profundo de la movilización
para el justicialismo: la creación en los gobernantes
de las condiciones para la decisión justa.
Estamos viviendo en carne propia en un régimen
totalitario "a la occidental" también llamado
"totalitarismo democrático" , dentro del cual
la mayoría y la oposición no disienten más que en
puntos secundarios pero forman parte de la misma ideología
que tiene como dios monoteísta: Al
libre mercado.
Y frente al sistema como sostiene Guillaume Faye, hay que presentarse
como un verdadero enemigo y no como un falso aliado.
Debemos dejar de hacer marketing
político - buscando votos con hermosas fotos “a
la kennedy”- para volver
a la política como ciencia fundadora de un proyecto
nacional plausible. Y sin esto, sin proyecto
nacional no hay política nacional posible, hay sólo
politiquería electoralista.
En estos días que estamos de elecciones,
sedicentes ideólogos progresista sostienen a raja tabla
que: en última
instancia la batalla política es siempre social. Este
es un reduccionismo social que sin percatarse le hace el
juego al enemigo (los poderes indirectos, la alta
finanza, las multinacionales, en definitiva, el
imperialismo) porque lo
que no quiere el enemigo es que “nuestra política
local, argentina y suramericana, se dé un proyecto
nacional y regional autónomo”. Esta es la madre del
borrego.
Es un error gravísimo que desde el peronismo,
dicho revolucionario, se reduzca la política a lo
social. Es el mismo error, mutatis mutandi, que
cometieron los cristianos de base allá por los años
del Vaticano II, que primero había que darle de comer a
los pobres y luego predicarles la palabra de Dios.
Olvidando que no sólo de pan vive el hombre. Y al final
terminaron ni dándoles de comer a los pobres ni predicándoles
la palabra. Le hicieron el juego a la izquierda
internacionalista y
la Iglesia
se quedó sin gran parte de su clientela.
La política es la gran generadora de fines de la
actividad humana en sociedad y si la bastardeamos en un
reduccionismo social terminamos quitándole su poder de
transformación (social, económico, cultural) e incluso
político, porque es la única disciplina que se
puede transformar a sí misma. Por ser ella la que
maneja los fines últimos y superiores (los de las otras
disciplinas le están subordinados). Será por eso que
afirmó el viejo Aristóteles que “de
los hombres que no llegan a filósofos, la actividad más
elevada es la política”.
(*) CEES (Centro de estudios estratégicos suramericanos)
alberto.buela@gmail.com.ar
|