Por/ Alberto Buela
Ubicación:
La República
, donde
se encuentra el texto de este mito, constituye el
principal diálogo que nos legara Platón, no sólo por
su contenido que pinta de cuerpo entero todo el sistema
platónico, sino por la completitud y acabamiento del
texto que llegara hasta nosotros atravesando incólume
veinticinco siglos de historia. El mito de Er de
Panfilia se encuentra justo en el final del último de
los diez libros que componen el mencionado diálogo. Los
coordenadas para la ubicación del mito en la numeración
de Stephanus son 614
b1- 621 d.
Texto:
-No
voy a contarte, expliqué, un relato de Alcínoo,(1)
sino el de Er, hijo de Armenio, panfilio de origen. Había
muerto en una batalla. Diez días después, cuando
recogieron los cadáveres ya corrompidos, lo encontraron
intacto y lo llevaron a su casa para tributarle honras fúnebres,
y al día duodécimo, yacente ya en la pira, resucitó y
refirió lo que había visto. Dijo que tan pronto como
su alma había salido de su cuerpo, viajó con otras
muchas hasta llegar a un lugar maravilloso donde se veían
dos aberturas en la tierra, próximas una a la otra , y
dos en el cielo enfrente de aquellas.
Entre
esas dobles aberturas estaban sentados los jueces, y así
que pronunciaban sus sentencias ordenaban a los justos
que emprendieran su camino hacia la derecha por una de
las aberturas del cielo, luego de haberles colgado por
delante un cartel con el juicio dictado a su favor, y a
los injustos se les ordenaba tomar el camino de la
izquierda, hacia abajo, llevando también éstos en la
espalda un cartel donde estaban señaladas sus acciones.
Como le llegara a él su turno, le dijeron que debía
ser portador, cerca de los hombres,
de las noticias de aquel mundo, y le recomendaron
que escuchara y observara todas las cosas de que iba a
ser testigo. Y vio entonces que las almas, luego de ser
juzgadas tomaban por una y otra de las aberturas del
cielo y de la tierra, en tanto que por la otra abertura
de la tierra subían más almas cubiertas de inmundicias
y de polvo, y por la abertura correspondiente del cielo
bajaban otras almas puras y sin mancha. Todas parecían
llegar de un largo viaje, y acampaban alegres y gozosas
en la pradera como en una asamblea del pueblo en fiesta;
las que se conocían se saludaban cariñosamente, y las
que llegaban de la tierra se informaban por las otras de
las cosas del cielo, y las que descendían del cielo, de
las cosas de la tierra. Unas referían sus aventuras
entre gemidos y llantos recordando cuántos y cuán
grandes males habían sufrido y visto sufrir en su viaje
subterráneo, viaje que dura mil años, y las otras, que
llegaban del cielo, referían la inconcebible belleza de
sus placeres y de sus éxtasis. Mucho tiempo llevaría,
Glaucón, contar detalladamente su relato, pero he aquí,
según Er, lo principal: las almas eran castigadas diez
veces por cada una de las injusticias que hubiesen
cometido en vida, y cada castigo duraba cien años,
duración de la vida humana, de suerte que cada castigo
fuese el décuplo de la culpa. Por ejemplo, los que habían
causado la muerte de muchos hombres, ya por haber
traicionado a las ciudades o a los ejércitos, ya por
haber sometido a los hombres a la esclavitud, ya por ser
culpables de cualquier otro crimen semejante, eran
atormentados diez veces por cada uno de sus crímenes; y
por el contrario, aquellos que habían realizado obras
buenas y habían sido justos y piadosos recibían su
recompensa en la misma proporción. Acerca de los niños
que nacieron muertos o vivieron poco tiempo, contaba Er
muchos detalles que no vale la pena referir. Además,
según su historia, eran mayores los premios o los
castigos por la piedad o la impiedad hacia los dioses o
hacia los padres y por el homicidio a mano armada.
Se
hallaba presente, agregaba, cuando un hombre preguntó a
otro dónde estaba Ardieo el Grande. Ahora bien, este
Ardieo había sido tirano de una ciudad de Panfilia mil
años atrás; había matado a su padre y a su hermano
mayor y cometido, según era fama, muchos otros
sacrilegios. Cuenta Er que el interpelado respondió:
“No ha venido a este lugar
y es de creer que nunca venga.
Porque
entre tantos espectáculos terribles, hemos presenciado
el siguiente: Cuando estábamos a punto de salir de
la abertura, después de haber cumplido el
castigo señalado a nuestras culpas, vimos a Ardieo
entre muchos otros, tiranos en su mayoría, aunque no
faltaban algunos particulares que habían cometido
grandes delitos. En el momento en que pensaban salir, la
abertura los rechazó, lanzando un rugido todas las
veces que intentaba alcanzarla alguno de aquellos cuya
condición era de perversidad incurable o que no había
expiado suficientemente su culpa. Unos hombres salvajes
y ardientes, apostados junto a la abertura, al, oír el
rugido les interceptaban el paso, obligándolos a
retroceder, y a Ardieo y a los demás les ataron los
pies, las manos y el cuello, y después de arrojarlos en
tierra y desollarlos, los arrastraron fuera del camino,
desgarrándolos contra las zarzas espinosas, y a los que
pasaban constantemente les hacían saber el motivo por
el cual trataban de aquel modo a esos criminales,
agregando que los llevarían al Tártaro para
precipitarlos desde allí.” Decía Er que entre los
terrores de toda índole que les habían asaltado
durante el viaje, ninguno podía compararse a la
expectativa de que la abertura dejase oír su rugido en
el momento de alcanzarla y que había sido para ellos un
placer inigualable el no haberlo oído al tiempo de su
salida. Tales eran, pues, las penas y los castigos y,
por otro lado, las recompensas correspondientes.
Después
de haber pasado siete días en la pradera. Al octavo debían
ponerse en marcha hasta llegar, al cabo de cuatro días,
a un lugar en donde se veía una luz que atravesaba
desde lo alto la superficie toda de la tierra y el
cielo, luz recta como una columna y muy semejante al
arco iris(2), pero más resplandeciente y más pura.
Llegaron a ella después de otro viaje de un día y
vieron allí, en la mitad de la luz, tendidas desde el
cielo, las extremidades de sus cadenas, pues dicha luz
encadena el cielo y mantiene toda su revolución esférica,
a semejanza de las armaduras de los trirremes. Allí
donde se juntan las extremidades está suspendido el
huso de
la Necesidad
, en virtud del cual giran todas las esferas. Su vara y
su gancho son de acero, y la tortera, de una mezcla de
acero y otras materias. Ahora bien, la naturaleza de la
tortera es la siguiente: por su forma se asemeja a las
de la tierra, pero debemos imaginarla hueca y encerrando
otra, menos grande, en su inmensa cavidad, como dos
vasijas que se ajustan la una adentro de la otra; dentro
de la segunda hay una tercera, en esta última una
cuarta, y así sucesivamente hasta contar cuatro más.
Son, pues, en total ocho por todas, dejando ver por la
parte superior sus bordes circulares y presentado una
superficie continua, como si fuera una sola tortera,
alrededor de la vara, que atraviesa de parte a parte el
centro de la octava. Los bordes circulares de la primera
tortera, o sea de la exterior, son los más anchos; les
siguen en tamaño los de la sexta, la cuarta, la octava,
la séptima, la quinta, la tercera y la segunda. El círculo
dela tortera mayor está bordado de estrellas; el de la
séptima es el más brillante; el de la octava recibe su
color del resplandor de la séptima; los de la quinta y
la segunda son iguales y más amarillentos que los
otros; el de la tercera es el más blanco; el de la
cuarta tiene un color rojizo, y el de la sexta ocupa el
segundo lugar en blancura. El huso entero gira sobre sí
mismo con un movimiento uniforme, y en su interior las
siete torteras concéntricas giran lentamente en dirección
contraria. El movimiento de la octava es el más rápido.
Los movimientos de la séptima, sexta y quinta son
menores e iguales entre sí; después le sigue la
cuarta; la tercera va en cuarto lugar, y la segunda en
el quinto. El huso en sí gira en el regazo de
la Necesidad. Sobre
cada uno de estos círculos hay una sirena que gira con
él y emite siempre su voz en el mismo tono, pero del
conjunto de aquellas ocho voces resulta un solo acorde
perfecto. Alrededor del huso y a distancias iguales se
hallan sentadas tres mujeres, cada una en su trono. Son
las Parcas, hijas de
la Necesidad
(Moira), vestidas de blanco y con ínfulas en la cabeza.
Láquesis, Cloto y Atropo ajustan sus voces al acorde de
las sirenas; Láquesis canta las cosas pasadas, Cloto
las presentes, tocando a intervalos el huso con la mano
derecha, le hace describir la revolución exterior; de
igual modo Atropo, con la mano izquierda, impulsa los círculos
interiores, y Láquesis, ya con la mano derecha, ya con
la izquierda, va tocando sucesivamente el primero y los
otros círculos.
Tan
pronto como llegaban las almas, debían presentarse ante
Láquesis. Una especie de adivino las hacía formar en
fila y después, tomando del regazo de Láquesis unas
suertes y modelos de vida, subía a un alto estrado y
decía:
“He
aquí la palabra divina de la virgen Láquesis, hija de
la Necesidad
: almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera de
índole perecedera y entrar de nuevo en un cuerpo
mortal. No será un daimon(3) quien os elija, sino
vosotras quien elegiréis vuestro daimon. La que salga
por suerte la primera escogerá en primer término la
vida a que habrá que quedar ligada por
la Necesidad. Pero
la virtud no está sujeta a dueño y cada cual podrá
poseerla en mayor o menor grado según la honre o la
desdeñe. Cada cual es responsable de su elección. ¡La
divinidad no es responsable!”
Después
de hablar así, echó las suertes sobre todos y cada uno
recogió la que había caído junto a él, salvo Er, a
quien no le estaba permitido, y al levantarla cada uno
se enteró del rango dentro del cual le tocaba elegir.
Acto seguido, colocó en el suelo, delante de ellos, los
modelos de vidas en número muy superior al de los
presentes. La variedad era infinita, pues todas las
existencias animales estaban representadas y, sin
excepción, todas las humanas. Hallábanse allí tiranías,
algunas que duraban hasta la muerte del tirano mismo,
otras alteradas por la mitad y que terminaban en la
pobreza, el destierro o la indigencia. Había también
vidas de hombres famosos, ya por la prestancia y la
belleza ya por la fuerza y la superioridad en los
combates, ya por el nacimiento y las virtudes de los
antepasados. Las había también de hombres oscuros bajo
todos los aspectos, y lo propio ocurría con las
mujeres. Pero no había categorías de almas, porque
estas debían cambiar necesariamente según la elección
que hicieran. Por lo demás, todos los accidentes de la
condición humana se mezclaban entre sí, y con ellos la
riqueza y la pobreza, la enfermedad y la salud, y había
también términos medios entre esos extremos. Según
parece, querido Glaucón, aquel es el momento crítico
para el hombre, y por ello cada uno de nosotros debe
preocuparse por encima de todo, aun descuidando otra
clase de conocimientos, de buscar y adquirir la ciencia
que le permita encontrar a quien lo haga capaz de
discernir entre la vida dichosa y la miserable, y
escoger en todo momento y donde quiera la mejor, en la
medida de lo posible. Calculando qué efecto tienen, en
la relación con la virtud en una vida, las
circunstancias que acabamos de mencionar, ya combinadas
entre sí, ya separadamente, cada uno puede prever el
mal o el bien que produce la belleza, por ejemplo, unida
a la riqueza o a la pobreza y a tal o cual disposición
del alma, y también las consecuencias que tendrán el
nacimiento ilustre u oscuro, los cargos públicos, o la
condición de simple particular, el vigor o la debilidad
física, la facilidad o la dificultad para aprender y,
en suma, todas las diferentes cualidades del mismo
orden, naturales o adquiridas, mezcladas las unas con
las otras, de suerte que reflexionando sobre todo ello,
y sin perder de vista la naturaleza del alma, sea uno
capaz de elegir entre una vida mejor y una vida peor,
teniendo por peor aquella que conduce al alma a ser más
injusta y por mejor la que la vuelve más justa, y
dejando de lado todo lo demás, pues ya hemos visto que
esta elección es la única beneficiosa, tanto en vida
como después de la muerte. Cada uno de nosotros debe,
pues, llegar al Hades con esta convicción firme como el
acero para no dejarse deslumbrar tampoco por las
riquezas y otros males análogos y exponerse, precipitándose
sobre la condición del tirano u otras semejantes, a
cometer un gran número de males sin remedio y, por añadidura,
a sufrirlos aun mayores, sino elegir el justo medio
entre los extremos, rehuyendo los excesos en un sentido
o en otro, ya en la vida presente, en cuanto le sea
posible, ya en todas las demás vidas por las que haya
de pasar. De tal modo, en efecto, el hombre alcanzará
su mayor felicidad.
Y
el mensajero del más allá contaba que el adivino había
proseguido de la siguiente manera: “Hasta el último
que llegue, con tal que escoja con discernimiento y
observe después una conducta firme y juiciosa, podrá
llevar una vida digna de vivirse. Que el primero, pues,
no se descuide en la elección, y que el último no se
desaliente.” Contaba además que no bien el adivino
hubo dicho estas palabras, se adelantó el primero a
quien le cayó la suerte y eligió la mayor de las tiranías,
movido por su insensata avidez, sin haber examinado
suficientemente todas las consecuencias de su elección
y sin advertir, por lo tanto, que lo destinaba a devorar
a sus propios hijos y a cometer otras abominaciones. Y
cuando se hubo percatado de estas circunstancias, luego
de examinarlas detenidamente, se golpeaba el pecho y se
lamentaba, no recordando los consejos del adivino, pues
en lugar de culparse por su desgracia, acusaba de ella a
la fortuna, a los daimones y a todo, en fin, menos a sí
mismo. Y era uno de aquellos que llegan del cielo tras
haber vivido su existencia anterior en una ciudad bien
organizada, pero que debía su virtud a la fuerza de la
costumbre, y no a la filosofía. Entre los así engañados,
no eran pocos los que llegaban del cielo, pues carecían
de una experiencia suficiente del sufrimiento, en tanto
que los procedentes de la tierra, por haber sufrido
ellos mismos y haber sido testigos del sufrimiento
ajeno, no hacían su elección tan a la ligera. Por esta
razón, y por el azar del rango obtenido en suerte, la
mayoría de las almas cambiaban sus males por bienes, y
viceversa. No obstante, si todas las veces que un hombre
viene a este mundo se consagra a un estudio sensato de
la filosofía, y no le tocara en suerte elegir entre los
últimos, no solo tendría muchas posibilidades, según
lo que relatan del más allá, de ser feliz en la
tierra, sino de hacer el viaje de este mundo al otro, y
de volver del otro mundo a éste, no por el escabroso
sendero subterráneo, sino por la plácida vía
celestial.
Era,
según contaba, un espectáculo curioso ver de qué
manera las diferentes almas elegían su vida; espectáculo
que movía a piedad, risiblemente absurdo. Las más se
guiaban en su elección por los hábitos de su vida
precedente. Fue así como vio, decía, el alma que en
otro tiempo fue de Orfeo elegir la condición de cisne
por odio a las mujeres que le habían dado muerte, no
queriendo ser engendrado en un vientre femenino; vio el
alma de Támiras escoger la vida de un ruiseñor; había
visto también a un cisne cambiar su existencia por la
de un hombre, y lo mismo hicieron otros animales
cantores. El alma a quien le tocó el vigésimo puesto
en la suerte eligió la vida de un león; era la de
Ayante, hijo de Telamón, que rehusó la condición de
hombre en recuerdo del juicio de las armas. Le siguió
la de Agamenón; ésta, asimismo, por odio a la estirpe
humana en razón de sus pasados infortunios, optó por
la condición de águila. Llamada por la suerte en mitad
de la ceremonia, el alma de Atalanta, teniendo en cuenta
los grandes honores que van unidos a la existencia del
atleta varón, fue incapaz de sustraerse a ellos y la
eligió; y después vio el alma de Epeo, hijo de
Panopeo, preferir la condición de mujer industriosa(4).
Vio también, entre las últimas en presentarse, el alma
del bufón Tersites revestir la forma de un mono. Por
fin el alma de Ulises, a quien le tocara la última
suerte, acudió a elegir; habiendo renunciado a toda
ambición, en recuerdo de sus antiguos sinsabores,
anduvo buscando por largo rato la vida tranquila de un
simple particular, hasta que dio con ella en un rincón,
desdeñada por los demás, y entonces la escogió
alegremente, diciendo que aunque su turno hubiese sido
el primero, no habría hecho otra elección. De igual
manera procedían los animales: muchos pasaban a la
condición de hombres o a la de otros animales,
eligiendo las almas de animales injustos, especies
feroces, y especies mansas, los justos; había, en suma,
toda clase de mezclas.
Una
vez que eligieron sus vidas, las almas se acercaron a Láquesis
en el orden que les había tocado en suerte, y ésta les
dio a cada uno el daimon que hubiera escogido, a fin de
que le sirviera de guardián en la existencia y la
ayudara a cumplir integramente su destino. El daimon la
conducía primero cerca de Cloto, haciéndola pasar bajo
su mano y bajo el huso que hace girar, para confirmar de
tal modo la existencia que cada alma eligió dentro del
rango que le tocara en suerte. Después de haber tocado
el huso, la llevaba hasta el telar de Atropo, para hacer
irrevocable lo hilado por Cloto; en seguida y no
pudiendo ya retroceder, el alma y su daimon llegaban al
trono de
la Necesidad
, bajo el cual pasaban. Una vez que todas hubieron
pasado, se encaminaron juntas a la llanura del Olvido en
medio de un calor sofocante y terrible, porque no hay en
esa llanura ni un árbol, ni una planta. Al llegar la
noche acamparon junto al río
Ameleto(Desatención), cuyas aguas no pueden ser
retenidas por vasija alguna. Es preciso que todas las
almas beban de esta agua cierta cantidad, pero aquellas
que por imprudencia beben más allá de la medida,
pierden absolutamente la memoria. Después las almas se
durmieron, pero hacia la medianoche retumbó el trueno,
tembló la tierra, y de pronto fueron lanzadas como
estrellas errantes, cada una por su lado hacia el mundo
superior en donde debían renacer. A Er, según contaba,
le impidieron beber el agua del río. Ignoraba por dónde
y en qué forma se había reunido con su cuerpo, pero de
pronto, al abrir los ojos, se había visto en la
madrugada tendido sobre la pira.
Y
es así, Glaucón, como no se perdió este mito y se
salvó del olvido, y si le damos crédito puede
salvarnos a nosotros mismos, porque pasaremos felizmente
el río Leteo(del Olvido) y no mancillaremos nuestra
alma. Por lo tanto, si me prestas fe, reconociendo que
el alma es inmortal y capaz de todos los males como de
todos los bienes, marcharemos siempre por el camino que
conduce a lo alto, practicando en toda forma la justicia
con ayuda de la inteligencia, para ser amados por
nosotros mismos y por los dioses, no solo mientras
permanezcamos en la tierra, sino cuando hayamos recibido
los premios que merece la justicia, a semejanza de los
vencedores en los juegos, que son llevados en triunfo
por sus amigos, y seremos dichosos aquí y en ese viaje
de mil años cuya historia acabamos de relatar.
Comentario
Lo
primero que nos muestra este mito de Er es la creencia
en la reencarnación de las almas, que técnicamente se
denomina metempsicosis pero que hablando más
exactamente se trata de una metensomatosis pues lo que
se relata es un cambio de cuerpo y no de alma. Y este
cambio de cuerpo corresponde y es una decisión libre
del hombre donde no interviene la divinidad. “Cada cual es responsable de su elección. ¡La divinidad no es
responsable!”
La
segunda idea que salta a la vista es la de milenarismo,
que acá significa la expiación durante mil años
por las faltas cometidas, antes de volver a encarnarse
en otro cuerpo. A diferencia del mundo cristiano donde
el término indica una de las etapas del fin de los
tiempos después de
la Parusía
(segunda venida de Cristo) durante el cual los justos y
en especial los mártires de Cristo reinarán con él.
La
tercera idea es el establecer el momento crítico para
el hombre y donde éste debe preocuparse al máximo y
por encima de todo, que es el momento en que se debe
distinguir y discernir entre la vida dichosa y la
miserable, entre lo valioso y lo perverso. Es el momento
de la decisión vital y así poder elegir en todo
momento y en donde quiera lo mejor en tanto sea posible,
y como los hombres no son capaces, en general, de hacer
por sí mismos una buena elección deben dirigirse a los
filósofos, los cuales tanto en moral como en política
están capacitados para dirigir a los hombres. Salta una
vez más el ideal del filósofo rey, del filósofo
conductor, y de la bondad que ello supone para el pueblo
y el Estado.
La
cuarta idea, y vinculada con la anterior, es la crítica
a la vida burguesa por la cual aquellos hombres que “carecían
de una experiencia suficiente del sufrimiento” se
equivocaban en el momento de “la elección vital”.
Pues “eran
aquellos que tras haber vivido su existencia anterior en
una ciudad bien organizada, pero que debía su virtud a
la fuerza de la costumbre (la clásica ciudad
burguesa),y no a la filosofía”.
Con
lo cual Platón quiere significar que el orden de la
filosofía no es el estrecho y limitado orden de la
repetición de lo mismo, como lo piensan en general,
tanto los gobiernos de fuerza como los burgueses, sino
el orden en vista a la jerarquía de los fines, donde la
subordinación de unos a otros está pensada en
beneficio del menos dotado, del más pobre, del más
humilde, del más indefenso. A todo esto debe sumarse el
rechazo a la tiranía con los castigos terribles
pintados en el mito, así como la función social y política
del olvido, “quien
no permite mancillar nuestra alma” con el rencor y
el resentimiento, facilitando la restauración de la
convivencia entre los hombres.
Notas:
1.-
Cuando se habla de “relato de Alcínoo” los griegos
se referían a un cuento o exposición larga y llena de
fábulas. Si bien el
nombre de Er es de origen hebreo, Clemente de
Alejandría, uno de los padres de
la Iglesia
, identifica a Er con Zoroastro que nos viene a relatar
lo sucedido al alma en el más allá después de la
muerte.
2.-
Los comentaristas antiguos como Proclo y Cicerón ven en
esta columna de luz la vía láctea, eje de la esfera
celeste coincidente con nuestro planeta Tierra.
3.-
El daimon para el griego era la divinidad menor que
acompaña al hombre todo su vida. Se ha traducido el término
por “demonio” lo que provoca una gran confusión. El
daimon es lo más parecido al “ángel de la guarda”
del cristianismo. Al respecto existe una vieja oración
que dice: Angel de
Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana bondad te
ha encomendado a mi, ilumíname, guárdame, rígeme y
gobiérname(en este día o en esta noche, según sea
el momento de la oración)
4.-Debe
considerarse a Epeo el primer travesti de la historia.
Es el padre de los travestis.
alberto.buela@gmail.com
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