Por/ Alberto Buela
La politología, una escisión
relativamente reciente de la filosofía, ha considerado
históricamente al
populismo en forma peyorativa. Ya sea otorgándole una
connotación negativa, caracterizándolo como una
patología política en opinión de Leo Straus o
como el enfant
perdu(1) de la ciencia política. Se lo ha venido
estudiando en forma vergonzante por aquellos que lo han
hecho. La más renombrada estudiosa del tema, la inglesa
Margaret Canovan sostiene
que: “el término populismo se usa comúnmente a modo de diagnóstico de una
enfermedad”(2)
El término populismo encierra una polisemia de difícil
acceso para los politólogos que por formación y
disciplina carecen de los medios suficientes para
elucidarla. De modo tal que la mayoría de los
tratadistas se ocupan de descripciones más o menos
sutiles según su capacidad personal. Pero todo ello no
va más allá de una sumatoria de características
que no llegan a la esencia del fenómeno. Cuenta
mucho en cada uno de ellos su experiencia personal y su
conformación ideológica. Así, por ejemplo, el
diccionario de política más reciente editado en Brasil
lo define: Designación
que se da a la política puesta en práctica en sentido
demagógico especialmente por presidentes y líderes políticos
de Sudamérica, los cuales con un aura carismática se
presentan como defensores del pueblo. Cumple destacar
como ejemplo típico Perón en
la Argentina
, vinculando a los intereses populares reivindicaciones
nacionalistas(3). Definir el populismo a través de
la demagogia es, no sólo un error de método, sino una
posición política vinculada al universo
liberal-socialista clásico.
Los tratados de historia de la ciencia política,
multiplicados al por mayor en las últimas décadas
anuncian en
este ítem, acríticamente, una y otra vez una
seguidilla de regímenes al que adscriben el carácter
de populistas, habiendo entre ellos, diferencias
sustanciales. Así van juntos, los
movimientos del siglo XIX, tanto el
agrario radical de los Estados Unidos como el
intelectual de los narodnichevsto
de Rusia. La
democracia directa Suiza. Getulio Vargas(1895-1974) y su
Estado Novo en
Brasil. Perón (1895-1974) y su Comunidad
Organizada para Argentina. Gamal Nasser en Egipto.
El general Boulanger y luego el mouvement
Poujade en Francia. Más próximamente George
Wallace en USA y Solidarnosc en Polonia. Nos
preguntamos:¿ Todo esto junto, involucrado en un solo
concepto, sino es un aquelarre....no se parece
bastante?.
Pero, ¿Qué ha sucedido últimamente para que la gran
mayoría de las revistas sobre ciencia política se
ocupen asiduamente del populismo?. En nuestra opinión,
éste dejó de ser un fenómeno propio de las naciones
periféricas como lo fue en los años posteriores a la
segunda guerra mundial para transformarse en un fenómeno
europeo. Así
la Lega Nord
de Humberto Bossi en Italia; el Partido rural de Veikko
Vennamo en Finlandia; el Font Nacionale de J.M.Le Pen en
Francia; en Bélgica el movimiento flamenco de Vlaams
Blok; el suceso de Haider en Austria; el
Fremskrittsparti en Dinamarca, Suecia y en Noruega;
la Deutsche Volksunion
en Alemania; el movimiento socialista panhelénico en
Grecia,
la Unión Democrática
en Suiza son algunos de los movimientos caracterizados
como “populistas”por los analistas políticos,
siguiendo a los académicos de turno.
La instalación política del populismo en Europa estos
últimos años ha obligado a los teóricos a repensar la
categoría de populismo con la intención de liberarla
de la connotación peyorativa que le otorgaran ellos
mismos otrora cuando el fenómeno del populismo se
manifestaba en los países periféricos o del tercer
mundo, como fueron los casos de Perón, Vargas o Nasser.
Es muy difícil levantar la demonización de una categoría política luego de cincuenta años
de ser utilizada en un sentido denigrante y peyorativo.
Es por ello que proponemos utilizar un neologismo como popularismo
para caracterizar los fenómenos políticos
populares.
Estos movimientos consideran al pueblo como: a)fuente principal de inspiración b) término
constante de referencia y c) depositario exclusivo de
valores positivos.
El pueblo como
fuerza regeneradora es el mito más funcional para la
lucha por el poder político.
El popularismo excluye la lucha de clases y es
fuertemente conciliador. Para él la división no se da
entre burgueses contra proletarios sino entre pueblo vs.
antipueblo.(ej. descamisados vs. oligarquía en
Argentina).
Su discurso es, entonces,
antielitista y canaliza la protesta en el seno de
la opinión pública en forma de interpelación a los
poderes públicos y al discurso dominante.
Su práctica política radica en la movilización de
grandes masas que expresan más que un discurso
reflexivo, un estado de ánimo. Las multitudinarias
concentraciones
son el locus del
discurso popularista. Los muros y paredes de las
ciudades aún no han sido reemplazado por los mass media
como vehículo de expresión escrita del discurso
interpelativo del popularismo-
Finalmente su vinculación emocional en torno a un líder
carismático que en una especie de democracia directa
interpreta el sentir de ese pueblo.
Conciliación de clases, discurso interpelativo,
movilización popular y líder carismático
son los rasgos
esenciales del popularismo.
Existe una diferencia sustancial entre los movimientos
populares periféricos
y los de los países centrales. Estos últimos tienen
una tendencia racista ostensible para expulsar de sí a
todo aquello que no es verdadero pueblo en tanto que en
los países subdesarrollados o dependientes existe en
ellos una tendencia a la fusión étnica de los
elementos marginales. Acá el pueblo
es un modo de ser abierto en tanto que en los países
centrales es cerrado. Hoy, el horror al inmigrante es el
ejemplo más evidente.
Los popularismos tienen una exigencia fundamental de
arraigo o pertenencia a una nación o región
determinada, ello hace que por su propia naturaleza se
opongan siempre a todo internacionalismo, manifestado
hoy bajo el nombre de globalización.
El ejercicio político del plebiscito a través de esa
especie de democracia directa que es la movilización
popular convocada por un líder carismático con un
discurso de protesta al discurso oficial elaborado a
partir de lo políticamente correcto, mete en
contradicción a los politólogos demócratas
que ante la crisis de representatividad política
buscan nuevas fórmulas para la alicaída democracia
liberal. Pues esto teóricos bien intencionados
comprenden, a ojos vista, que son los movimientos
populares quienes ejercen la verdadera democracia: aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y no tiene otro
interés más que el del pueblo mismo.
Esta contradicción no se puede zanjar con libros ni papers
eruditos,
se soluciona legalizando lo que legítimamente los
pueblos vienen haciendo en busca de su más genuina
representación. Y esto supone una “revolución
legal” que ningún gobierno occidental, hoy por hoy,
está dispuesto a realizar.
1.-Bosc,René: Un
enfant perdu de la science politique: le populisme, en
“Projet” N°96, junio 1975, pp.627-638.-
2.-Canovan, Margaret: Populism,
Hartcourt Jovanovich, Nueva York-Londres, 1981,
p.300.-
3.-Galvao de Souza et Alia: Dicionário de Política, T.A.Queiroz Editor, Sao Paulo, 1998,
p.427.-
alberto.buela@gmail.com
|