Por/ Alberto Buela
Cada vez que escuchamos hablar de cultura o de gente culta, asociamos la
idea con la gente que sabe mucho, que tiene títulos, que
es léida,
como decían nuestros padres, allá lejos y hace tiempo.
Es por eso que ha hecho fama, a pesar de su demonización
política, la frase de Goebbels: Cada
vez que me hablan de cultura llevo la mano a mi revólver.
Porque sintetiza mejor que nadie, en un brevísimo
juicio, el rechazo del hombre común, del hombre del
pueblo llano, al monopolio de la cultura que desde la época
del Iluminismo para acá poseen y ejercen los ilustrados
y sus academias.
Cultivo
En cambio para nosotros cultura es el
hombre manifestándose. Es todo aquello que él hace
sobre la naturaleza para que ésta le otorgue lo que de
suyo y espontáneamente no le da. Es por ello que el
fundamento último de lo que es cultura, como su nombre
lo indica, es el cultivo.
Cultura
es tanto la obra del escultor sobre la piedra amorfa,
como la obra del tornero sobre el hierro bruto o como la
de la madre sobre la manualidad del niño, cuando le
enseña a tomar el cubierto.
Vemos de entrada nomás, como esta
concepción es diametralmente opuesta a esa noción
libresca y académica que mencionamos al comienzo.
Suele recomendarse en filosofía, así
lo han hecho, entre otros, Heidegger, Zubiri, Bollnow,
Wagner de Reyna, que la primera aproximación al objeto
de estudio sea a través de un acercamiento etimológico.
Porque, “el
lenguaje empieza y termina por hacernos señas de la
esencia de una cosa”(1). Así comprobamos que
cultura proviene del verbo latino colo/cultum
que significa cultivar.
Para el padre de los poetas
latinos Virgilio la cultura está vinculada al genius loci (lo nacido de la tierra en un lugar determinado) y él
le otorgaba tres rasgos fundamentales : Clima, suelo y
paisaje.
Caracterizado así el genius
loci de un pueblo, éste
podía compartir con otros el clima y el paisaje
pero no el suelo. Así como nosotros los argentinos
compartimos el clima y paisaje con nuestros vecinos pero
no compartimos el suelo. Y ello no sólo porque sea este
último donde se asienta el Estado-Nación sino, desde
la perspectiva de Virgilio el suelo es para ser
cultivado por el pueblo que sobre él se asienta para
conservar su propia vida y producir su propia cultura.
Enraizamiento
Pero para que un cultivo
fructifique, éste debe echar buenas raíces, profundas
y vigorosas que den savia a lo plantado. Toda cultura
genuina exige un arraigo como lo exige toda planta para
crecer lozana y fuerte, y en este sentido recordemos aquí
a Simone Weil, la más original filósofa del siglo XX,
cuando en su libro L´Enracinement nos
dice: el
reconocimiento de la humanidad del otro, este compromiso
con el otro, sólo se hace efectivo si se tienen “raíces”,
sentimiento de cohesión que arraiga a las personas a
una comunidad” (2). La filósofa ha dado un paso más,
pues, pasó del mero echar raíces al arraigo que
siempre indica una pertenencia a una comunidad en un
lugar determinado.
El arraigo, a diferencia del
terruño que es el trozo de tierra natal, abarca la
totalidad de las referencias de la vida que nos son
familiares y habituales.
Fruto
Luego de haber arado,
rastreado, sembrado, regado y esperado, aparece lo mejor
que da el suelo: el fruto, que cuando es acabado, cuando
está maduro, es decir perfecto, decimos que el fruto
expresa plenamente la labor y entonces, nos gusta.
Sabor
Y aquí aparece una de esas
paradojas del lenguaje que nos dejan pensando acerca del
intrincado maridaje entre las palabras y las cosas.
Nosotros aun usamos para expresar el gusto o el placer
que nos produce un fruto o una comida una vieja expresión
en castellano: el fruto
nos “sabe bien”. Y saber proviene del latín sapio,
y sapio
significa sabor. De modo tal que podemos concluir
que hombre culto no es aquel que sabe muchas cosas sino
el que saborea las cosas de la vida.
Sapiente
Existe para expresar este
saber un término que es el de sapiente, que nos indica,
no sólo al hombre sabio, sino a aquel que une
en sí mismo sabiduría más
experiencia por el conocimiento de sus raíces y
la pertenencia a su medio(3). Los antiguos griegos
tenían una palabra para expresar este concepto:
(phrónesis)
Vemos, entonces, como la
cultura no es algo exterior sino que es un hacerse y un
manifestarse uno mismo. Por otra parte la cultura, para
nosotros argentinos, tiene que americanizarse, pero esto
no se entiende si se concibe la cultura como algo
exterior. Como una simple imitación de lo que viene de
afuera, del extranjero.
No hay que olvidar que detrás
de toda cultura auténtica está siempre el suelo. Que
como decía nuestro maestro y amigo el filósofo Rodolfo
Kusch: “El
simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe
tener. Es por eso que uno pertenece a una cultura y
recurre a ella en los momentos críticos para arraigarse
y sentir que está con una parte de su ser prendido al
suelo”(4)
Cultura
y dialéctica
Es sabido desde Hegel para acá, que
el concepto, que en el filósofo de Berlín es “lo que existe haciéndose”, encuentra su expresión acabada en
la dialéctica, que tiene tres momentos: el suprimir, el
conservar y el superar. Hemos visto hasta ahora como la
cultura pone fin, hace cesar la insondable oquedad de la
naturaleza prístina con el cultivo, la piedra o el
campo bruto, por ejemplo, y en un segundo momento
conserva y retiene para sí el sabor y el saber de sus
frutos, vgr.: las obras de arte. Falta aún describir el
tercero de los momentos de esta Aufhebung
o dialéctica.(5)
Si bien podemos entender la cultura
como el hombre manifestándose,
“la cultura no es sólo la expresión del hombre
manifestándose, sino que también involucra la
transformación del hombre a través de su propia
manifestación”(6).
El
hombre no sólo se expresa a través de sus obras sino
que sus obras, finalmente, lo transforman a él mismo.
Así en la medida que pasa el tiempo el campesino se
mimetiza con su medio, el obrero con su trabajo, el
artista con su obra.
Esta es la razón última, en nuestra
opinión, por la cual el trabajo debe ser expresión de
la persona humana, porque de lo contrario el trabajador
pierde su ser en la cosas. El trabajo deviene trabajo
enajenado. Y es por esto, por un problema eminentemente
cultural, que los gobiernos deben privilegiar y defender
como primera meta y objetivo: el trabajo digno.
Esta imbricación entre el hombre y
sus productos en donde en un primer momento aquél quita
lo que sobra de la piedra dura o el hierro amorfo para
darle la forma preconcebida o si se quiere, para
desocultar la forma, y, en un segundo momento se goza en
su producto, para, finalmente, ser transformado, él
mismo, como consecuencia de esa delectación, de ese
sabor que es, como hemos visto, un saber. Ese saber
gozado, experimentado es el que crea la cultura genuina.
Así la secuencia cultura, cultivo,
enraizamiento, fruto, sabor,
sapiencia y cultura describe ese círculo hermenéutico
que nos propusimos como objeto de este trabajo.
Círculo que se alimenta dialécticamente
en este hacerse permanente que es la vida, en donde
comprendemos lo más evidente cuando llegamos a
barruntar lo más profundo: que el ser es lo que es, más
lo que puede ser.
Notas:
1.-Heidegger, Martín: Poéticamente
habita el hombre, Rosario,
Ed. E.L.V., 1980, p. 20.-
2.-Weil, Simone: Echar Raíces, Barcelona, Trotta, 1996, p. 123.-
3.- Buela, Alberto: Traducción y
comentario del Protréptico
de Aristóteles, Bs.As., Ed. Cultura et labor, 1984,
pp. 9 y 21. “Hemos
optado por traducir phronimós por sapiente y phrónesis
por sapiencia, por dos motivos. Primero porque nuestra
menospreciada lengua castellana es la única de las
lenguas modernas que, sin forzarla, así lo permite. Y,
segundo, porque dado que la noción de phrónesis
implica la identidad entre el conocimiento teórico y la
conducta práctica, el traducirla por “sabiduría” a
secas, tal como se ha hecho habitualmente, es mutilar
parte de la noción, teniendo en cuenta que la sabiduría
implica antes que nada un conocimiento teórico”.
4.-Kusch, Rodolfo: Geocultura
del hombre americano, Bs.As. Ed.
F.G.C., 1976, p.74.-
5.- Buela, Alberto: Hegel:
Derecho, moral y Estado, Bs.As. Ed. Cultura et
Labor- Depalma, 1985, p. 61 “En
una suscinta aproximación podemos decir que Hegel
expresa el conceto de dialéctica a través del término
alemán Aufhebung o Aufheben sein que significa tanto
suprimir, conservar como superar. La palabra tiene en
alemán un doble sentido: significa tanto la idea de
conservar, mantener como al mismo tiempo la de hacer
cesar, poner fin. Claro está, que estos dos sentidos
implican un tercero que es el resultado de la interacción
de ambos, cual es el de superar o elevar. De ahí que la
fórmula común y escolástica para explicar la dialéctica
sea la de: negación de la negación”.
6.-Buela, Alberto: Aportes
al pensamiento nacional, Bs.As., Ed. Cultura et
labor, 1987, p.44.-
(*) Instituto Cultural Pcia. de Buenos
Aires
alberto.buela@gmail.com
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