Por/ Alberto Buela (*)
Muchos de
nosotros nos preguntamos a diario por qué en nuestra
sociedad se demoran, por meses e incluso años, las
decisiones y por ende las acciones políticas cotidianas
tendientes a mejorar el estado de cosas actual.
¿Por qué la carencia de resoluciones
expeditivas que liberen rápido el camino, al menos, el
de las consultas?. ¿Hay algún designio histórico que
hace que los argentinos tengamos que padecer a diario
para lograr una entrevista con alguno de nuestros múltiples
representantes?
¿Por qué, a un ciudadano de a pie,
se le torna tan difícil contactar o comunicarse con los
hombres a quienes ha otorgado su representatividad política
y social?
Los mecanismos de autodefensa de
nuestros cuestionados representantes son cada vez más
sutiles y variados. Esos mecanismos que permiten poner
cada vez más distancias entre representantes y
representados están llegando a grados de sutileza
dignos de observar.
Antaño, hay que recordar que fue Hipólito
Yrigoyen quién inventó la famosa amansadora.
Esa espera interminable por horas para conseguir una
entrevista con el político de turno
Hoy se eliminó esa espera. Casi no se
encuentra gente en las antesalas de los despachos, además
éstos – otro signo de decadencia- casi carecen de
antesalas. Tampoco el método son las cartas en mano y
menos por correo postal, que ya no se usa.
Dos son las formas hoy día de
contacto con nuestros representantes: el teléfono y el email. Así, si tenemos la suerte de tener el teléfono de su
secretaría privada nos atenderá siempre su segunda o
tercera secretaria, rara vez la primera. Y cuando lo
haga, nuestro personaje estará siempre, pero siempre,
ocupado.
Un paso más avanzado es tener el teléfono
celular del dirigente, al cual uno podrá llamar cuantas
veces quiera, que siempre responderá el contestador
automático. Y si, por un casual, responde el
interesado, se excusará inmediatamente diciendo: “llamame después, ahora estoy ocupado”.
La otra es por correo electrónico en
donde podremos volcar todas nuestras inquietudes, que
será indefectiblemente contestadas “téngase
presente” o “recibido”. Podemos por este medio
putearlo e insultarlo hasta el cansancio. En este caso
no acusará recibo. Se hará, olímpicamente, como decía
mi abuela “la
gallina distraída”. Para aquellos que nunca
vieron un gallinero, esto hace la gallina cuando uno la
agrede, se va cacareando, como si no pasara nada, pero
nunca da pelea.
Y entonces, ¿cómo podemos hacer los
ciudadanos de a pie, sin ningún poder, para que
“estos cosos nos den bola”?. Hacerles quilombo público
como hacen los piqueteros. Pero. El problema es que el
ciudadano de a pié, no es piquetero. Es un menguado
exponente de la clase media baja que vive a los saltos,
rebuscándosela como gato entre la leña.
El sistema funciona mutatis
mutandi, así: Nuestros representantes sólo oyen,
nunca escuchan a sus pares, y , alguna que otra vez, a
representantes de otros sectores de la sociedad. Por
ejemplo, si uno desea hablar con un diputado y carece de
acceso directo a él, debe buscar a un para que se
conduela de uno y le haga la gestión para que el
buscado lo atienda. Con un dirigente sindical, con un
empresario, con un banquero o un jerarca religioso.
Siempre funciona igual.
Todo esto demora los contactos
infinitamente y cuando se logran en general se ha pasado
la oportunidad, sea para resolver problemas, plantear
proyectos o gestar negocios.
Hay muchos tratados e inúmeros
trabajos acerca de la esterilidad burocrática de la
colonia española en América y su herencia en nuestras
sociedades de ahora. Pero eso, es para que los académicos
e investigadores “hagan curriculum”. Pero esto de
hoy sólo
tangencialmente tiene que ver con las taras de ese
pasado.
Lo que hoy sucede es que este
mecanismo funciona como un
sistema de autodefensa de las oligarquías político
partidarias y sociales, en donde los dirigentes se
atornillaron a los sillones de mando de la representación
popular.
Y al no dar respuestas a las
exigencias de sus representados, sólo demoran la solución
de los problemas, la creación de proyectos
o la gestación de negocios en manos de una
especie de fuerza de las cosas para que, los problemas,
los proyectos y los emprendimientos se resuelvan solos.
Pero sabemos que los problemas no se resuelven solo. Así
la endogamia político-social-económico y cultural que
produce es, como toda endogamia
absolutamente improductiva.
Esta esterilidad es uno de los peores
males que nos aquejan hoy día. Pues ha hecho que
nuestros empresarios no creen empresas sino que intenten
vivir como de costumbre del Estado; que nuestros
banqueros no presten dinero al pueblo sino más bien sólo
entre ellos mismos o al Estado; que nuestros políticos
no creen leyes que reduzcan la complejidad de la vida
cotidiana para vivir mejor; que nuestros dirigentes
sociales no creen mecanismos para contener la masa
creciente de ex miembros de sus propias instituciones,
sean desocupados en los gremios, sean socios en los
clubes, sean militantes en las asociaciones
asistenciales.
Este perverso sistema de autodefensa
genera a la fuerza la figura del lobbista,
ese mediador de influencias que logra los contactos.
Este último personaje es, en general, un perfecto inútil
que carece de principios y convicciones, sólo tiene
intereses. Es el principal agente de corrupción en
todos los dominios de la actividad.
Desarmar este sistema de autodefensa,
liquidar estos personajes, es un requisito indispensable
para que la vida ciudadana pueda fluir con cierta
“libertad creadora”, para tomar el título de
Alejandro Korn.
(*) CEES( Centro de estudios estratégicos
suramericanos
alberto.buela@gmail.com
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