Se cuenta que tenía la hermosura amazónica, con un simpático perfil griego, y una luz en la mirada bella, dulce y dominadora.
Hija de una chola de Chuquisaca y de Matías Azurduy, un hombre de riqueza y propiedades.
Cuando tenía siete años, su madre muere en extrañas circunstancias y al poco tiempo asesinan a su padre en manos de un aristócrata que, merced a su posicionamiento social puede evadir el castigo.
Su espíritu indómito fue formándose, entonces, desde niña. Ya al cuidado de sus ambiciosos e inescrupulosos tíos, supo también rebelarse contra el sometimiento de la mujer al hombre.
Puesta en un convento para que se ordenara monja, nuevamente experimentó las características de la religión de aquellos años_ sumisión de la mujer al orden social, subordinación al hombre, estigmatización del orgullo y la rebeldía, privilegio de la oración por sobre la acción.
Juana no encajaba en ese esquema, y mucho menos en el abandono del sexo, que ocupó también un lugar importante en su vida.
A los diecisiete años abandono el convento y retornó a sus propiedades de Toroca. Los únicos santos que habían llamado su atención fueron los santos guerreros (San Luis el Cruzado, Santa Juana de Arco, San Ignacio de Loyola)
Siempre afirmó:” …daría mi vida por hallarme en una de esas batallas, donde tanto sobresalen los valientes”.
Combatió junto a su esposo, Manuel Ascensio Padilla, ligados con las expediciones enviadas desde Buenos Aires, al mando primero de Antonio González Balcarce y luego de Manuel Belgrano, combatieron a los realistas defendiendo la zona comprendida entre Chuquisaca y las selvas que mediaban hacia Santa Cruz de la Sierra y se sumaron a la Revolución de Chuquisaca que el 25 de mayo de 1809 destituyó al presidente de la Real Audiencia de Charcas, en la que tuvo protagonismo Juan Antonio Álvarez de Arenales.
En 1813 Padilla y Juana Azurduy se pusieron a las órdenes de Belgrano, nuevo jefe del Ejército del Norte, llegando a reclutar 10.000 milicianos. Durante la Batalla de Vilcapugio, Padilla y sus milicianos debieron transportar la artillería sin participar en el combate. Juana Azurduy organizó luego el "Batallón Leales" que participó en la batalla de Ayohuma el 9 de noviembre de 1813, que significó el retiro de los ejércitos argentinos del Alto Perú. A partir de ese momento Padilla y sus milicianos se dedicaron a realizar acciones guerrilleras contra los realistas.
Juana Azurduy lideró la guerrilla que atacó el cerro de Potosí, tomándolo el 8 de marzo de 1816. Debido a su actuación, tras el triunfo logrado en el combate del Villar recibió el rango de teniente coronel por un decreto firmado por Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 13 de agosto de 1816. Tras ello, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable.
Vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija.
El 14 de noviembre de 1816 fue herida en la batalla de La Laguna, su marido acudió a rescatarla y en este acto fue herido de muerte.
El cambio de planes militares, que abandonó la ruta altoperuana para combatir a los realistas afincados en el Perú por vía chilena, disminuyó el apoyo logístico a la guerrilla comandada por Azurduy, que se replegó hacia el sur, uniéndose finalmente a Martín Miguel de Güemes.
A la muerte de Güemes se vio reducida a la pobreza.
En una carta escrita en 1830, cuando vagaba por las selvas del Chaco argentino:
"A las muy honorables juntas Provinciales:
Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución.(...)Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme".
Pasó varios años en Salta solicitando al gobierno boliviano, ya independiente, sus bienes confiscados.
El mariscal Antonio José de Sucre le otorgó una pensión, que le fue quitada en 1857 bajo el gobierno de José María Linares.
“La alcoba donde murió se encuentra en la casa del número 218 de la calle España, en el patio interior que parece corralón de algún tambo, donde viajeros y trajinantes alquilaban una pieza para pasar la noche.
El cuarto es pequeño y miserable, tiene un ventanuco al oriente y la puerta al norte. Dentro hay una escalerilla de adobe para alcanzar la abertura, las paredes están blanqueadas y el techo enseña sus recias vigas y sus cañas trenzadas, rumorosas de vinchucas.
En un lecho humilde con márfagas burdas que los indios llaman –ppullus- expiraba doña Juana. Además del lecho, había en la alcoba una vajilla de barro, en las paredes algunas imágenes, el arca pequeña con los papeles y otro catre para Indalecio, el niño harapiento, único testigo del último suspiro de la teniente coronela.
Murió indigente en 1862, cuando estaba por cumplir 82 años, como no podía se de otra manera, un 25 de mayo. Y esto, un postrer homenaje de la historia, también fue, una vez más, motivo para el desaire de sus contemporáneos, ya que cuando el niño Sandi se dirigió a las autoridades chuquisaqueñas reclamando las honras fúnebres que le hubieran correspondido por su rango, el mayor de plaza, un tal Joaquín Taborga, le respondió que nada se haría, pues estaban todos ocupados en la conmemoración de la fecha patria.
Nadie, salvo el niño y quizás un cura, acompaño los restos de la gran Teniente Coronela Juana Azurduy, y éstos fueron depositados en una fosa común. “Se sepultó en el panteón general de esta ciudad en fabrica de un peso” –dice la partida de defunción. Es decir que su muerte sólo mereció una oración, y su costo fue de un peso.
Cuando 100 años después se pretendió exhumar sus restos, se excavó en el lugar que Indalecio Sandi ya casi anciano, señaló como el de la sepultura probable, y a los huesos que allí encontraron se los consideró –simbólicamente-, como los de esa gran guerrera” , para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje en la ciudad de Sucre.
En Buenos Aires, este 14 de julio de 2009, a doscientos veintinueve años de su nacimiento, la Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner convalidó el ascenso post mortem a Generala del Ejército Argentino de este símbolo de las luchas por la independencia Doña Juana Azurduy.
En el encuentro en el despacho presidencial, participaron además de la Presidenta, la Ministra de Defensa, Nilda Garré; el Secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini; el Secretario de Cultura, Jorge Coscia y el Jefe Estado Mayor del Ejército, Teniente General Luis Pozzi y el historiador Pacho O´Donnell.
NOTA: Se recomienda la lectura del libro “Juana Azurduy” de Pacho O´Donnell, imperdible, al igual que su otro libro “ “Caudillos Federales”
Pacho O´Donnell, JUANA AZURDUY, Capítulo XXX, Ed. Planeta 1998
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