Luis Launay Pensamiento Nacional
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¡SALUD FERMIN CHAVEZ!Por/ Daniel Tirso Fiorotto

Hoy nos sorprendemos llorando su adiós.

Su vida sencilla, su obra enorme, nos llaman al abrazo, al aplauso unánime y de pie, a la meditación profunda, y sin embargo no podemos más que estremecernos, enmudecidos por el llanto, porque ya no podremos sentarnos a su lado a escuchar esa palabra humilde y firme, documentada, apasionante y despasionada, a solazarnos en su sabiduría.


Ya no podremos estrechar esa mano cálida que esperábamos con admiración como se espera la energía poderosa, inconmensurable, del maestro que se esconde en criollo redondo, de pañuelito al cuello y camisa vieja y anteojotes y bigotes de prosapia montonera. Su disposición para escuchar al otro y para poner en tela de juicio las supuestas verdades del poder constituyen un mandato para los entrerrianos.


¿Quién seguirá su paso, Fermín Chávez, quién continuará la obsesión esa de rescatar a los vencidos, de desobedecer a las bajadas de línea, de resistirse a las pretendidas sepulturas, de sacar lustre a los nombres de abajo? ¿Quién heredará ese empaque frente al poder concentrado, esa irreverencia ante la historia paqueta, empaquetada y con moñito?


¡Salud Fermín! Los entrerrianos lloramos su ausencia, y nos avergonzamos también en este día por su ausencia larga en las aulas magnas llenas de prejuicios que tienen mucho de la Europa, mucho de afuera y casi nada de la Entre Ríos y la Banda Oriental, que son lo mismo, bien unidas en su sangre nogoyasera, oriental, cordobesa, entrerriana.

El poder lo homenajeaba al tiempo que hacía oídos sordos. Sin embargo, las agrupaciones independientes suelen hacer justicia. La Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera) premió el año pasado a "aquellas personalidades que con su testimonio de vida, con su obra o con su ejemplo de entrega van iluminando el contorno de la sociedad más justa por la que estamos luchando". Los llamó "Maestros de Vida", y entonces distinguió a nuestro Fermín Chávez junto a seis docentes de escuelas de frontera de las provincias de Jujuy, Formosa, Misiones, Río Negro, San Juan y Chubut, y a Estela Carlotto, Eduardo Galeano, Ernesto Sábato, Quino, Alfredo Alcón, León Gieco, Víctor Heredia, Juan Carr, Leonor Manso, Hermenegildo Sábat, Adrián Paenza, Teresa Parodi, Norberto Galasso, Cristina Banegas, Joan Manuel Serrat, José María Pasquín Durán, Juan Pablo Sorín, José Pekerman y Pino Solanas. Pekerman de Villa Domínguez, Chávez de El Pueblito, hermanados en el reconocimiento popular, como en la humildad y el perfil bajo. La Ctera se anotó un poroto, y los Panzaverdes agradecidos.

Censurado
Usted Fermín es tierra greda, usted es espinillo y cardo y arroyito escondido, usted es tábano. Usted eligió el camino que no llega aún a las universidades porque allí no están los Chávez, como no están los Yupanqui ni los Scalabrini Ortiz. Eligió el camino que no llega a los grandes medios de comunicación, y no un camino heredado sino una senda abierta en el monte a machete, para buscar a los ignorados, a los mentidos, a los ninguneados.

Con usted, Fermín, el eclecticismo peronista adquiría alguna lógica, y raigambre, porque lo suyo no fue mirar de afuera y de lejos, sino conversar mano a mano con Evita del aquí y ahora y cultivar el pensamiento nacional que, frente a los intereses del poder de afuera y de adentro, tiene mucho de ofensiva y más aún de defensiva. Ante usted, Fermín, se inclinarán el peronismo y el radicalismo, izquierdas y derechas, y tal vez algunos se avergüencen, por qué no. Sus libros, sus interpretaciones, sus hallazgos, fueron ignorados por el poder casi siempre, como sus ideas. Ya volverán a reconocer su luz propia, inclasificable, su latinoamericanismo sin par. Y aún los que no coincidan con su visión de la Patria y de la vida, rendirán homenaje a su honestidad y su militancia de probada entrerrianía, de inigualable argentinidad, su forma de maravillarse ante las bellezas del hombre y el paisaje y la historia y las pequeñas cosas lugareñas, y obsesionarse por la unidad latinoamericana tan anhelada y negada.

¿Qué dirán hoy los que ayer nomás lo privaron de su último libro, lo censuraron, quizá porque no coincidían con alguna posición suya sobre el gaucho, el indio, como si su trayectoria y su dedicación y su honestidad intelectual poco importaran, y todo se redujera a saber si opinaba o no como el poder de turno que tiene la llave de la publicación? Obras como la del argentino Fermín Chávez deben ser publicada sí o sí, aunque diga lo que no nos gusta escuchar, y más aún cuando el poder ha decidido callarlo.

Mayo y Fermín
Dijimos el día triste de la partida de Atahualpa Yupanqui, en Nimes, un 23 de mayo: tenía que ser en mayo. Hoy repetimos: tenía que ser en mayo. Fermín dejó un mensaje hasta en el día de su adiós, un 28 de mayo. Que pongamos los ojos en mayo, que aquella revolución está inconclusa. Que un día como éste regresaban al país (gracias a la iniciativa de un diputado entrerriano) los restos del mayor de todos, José de San Martín, cuya visión latinoamericanista está esperándonos para ser concretada porque ese fue un deseo que Fermín tampoco pudo ver cumplido. ¿Lo veremos sus hijos?

Y fue un 28 de mayo, para que recordemos la partida de este gran maestro historiador y poeta y periodista, junto al adiós del gran maestro de la arqueología y la antropología argentina, padre del folclore argentino: el entrerriano Juan Bautista Ambrosetti.
El año que viene conmemoraremos en esta fecha los 90 años de la muerte de Ambrosetti, y el primero sin la palabra de Fermín. Un gualeyo y un nogoyasero nos invitarán pues a extender la Semana de Mayo moderna, nos convocarán cada 28 de mayo para pensar lo nuestro.

La muerte de Fermín Chávez nos obliga a pensar, a recomponer los fueros íntimos, y ocurrió un 28 de mayo, como el día de 1873 en que un presidente argentino cometió el desatino de ponerle precio a la cabeza del mejor y más representativo de los entrerrianos de su época: Ricardo López Jordán. ¿Cuánto vale la cabeza de un patriota? Día fulero el 28.

López Jordán y José Artigas, dos de los "bandidos" que fueron tasados por la soberbia de Buenos Aires. De aquel lado estuvo, sin dudarlo, Fermín Chávez, con su biografiado (y apreciado) José Hernández.
No podían clasificarlo según los cánones comunes. Unos señalaban a Chávez como hombre de derecha por su catolicismo, otros lo ubicaban en la izquierda, como candidato que fue junto a Pino Solanas cuando vio que el partidito a que se había reducido aquel peronismo tomaba otros rumbos con Carlos Menem a la cabeza.

Derechos humanos
Ya nos daremos espacio para hablar del legado gigantesco de Chávez, en próximos números.
Católico practicante, no era de chuparle las medias a la curia. Sin ser indigenista, rescató la presencia aborigen incluso en la declaración de la independencia escrita en quechua. Sin ser un desaparecido, escribió contra la dictadura en plena dictadura y no hizo gala de ello después. Además fue un puntal del peronismo que alertó sobre la presencia de criminales en el último gobierno militar. En su despedida, la docente Ana Lorenzo dijo que estaban ante "el último maestro", el hombre que no escribía una línea que no pudiera respaldar en un documento, y que fue la pluma de Fermín Chávez la que escribió la nota que Deolindo Felipe Bittel entregó en 1979 a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). "Todos lo sabíamos y él se enojaba; decía que ésa era la nota oficial del peronismo y que estaría mal que alguien se jactara de ello", dijo Lorenzo.

El documento decía, entre otras cosas (¡1979, plena dictadura!): "El Justicialismo DENUNCIA: a) el encarcelamiento, vejación y confiscación de sus bienes de la señora presidente de la Nación Argentina, doña María Estela Martínez de Perón; de nuestro prestigioso dirigente gremial, don Lorenzo Miguel y de otros tantos que padecen las consecuencias de las llamadas "actas"; b) la muerte y/o desaparición de miles de ciudadanos, lo que insólitamente se pretende justificar con la presunción de fallecimiento, que no significa otra cosa más que el reconocimiento de quienes se han atrevido o se atreven a levantar su voz y que han llevado o llevarán como ‘pena’ desde un silencio impuesto, hasta la muerte".

¿Por qué sorprendernos? Ese era y es Fermín Chávez, ese es el entrerriano que pasó el umbral para encontrarse con sus amigos Linares Cardozo, Marcelino Román, y los grandes estudiosos.
"Vengo a tabear de nuevo con mi pueblo / pero de amores fuertes, no de chala: / vengo a pintar mi pena en una bala", escribió usted, Fermín -perdón si la memoria falla en alguna coma.
"Vengo a tabear de nuevo con mi raza, / con mis amigos de tendón celoso, / con mi pueblo chasqueado, con mi casa", dijo.

Hablaba allí Ricardo López Jordán regresando de la incomprensible y mortificante Pavón, pero en el fondo era usted, Fermín. "Trotando voy hacia el distrito verde / y todo el monte espía mi caballo / que la espuma del freno muerde, y muerde". Era López Jordán, pero era usted, Fermín, el que mascaba la espuma del freno porque veía que valía la pena continuar aquellas luchas perdidas por las autonomías, por el equilibrio, por la identidad nacional, por la "barbarie", en suma, contra las matanzas materiales y espirituales de tanta arrogante "civilización".

Por usted, la Argentina es más honda, más humilde, más entrerriana. Y nosotros, los que escuchamos su voz peronista y sencilla, tenemos desde hoy la gran responsabilidad de escuchar con mayor atención su legado, de buscar los libros que no leímos, de rastrear esos folletos en los que estampó sus obras a falta de grandes editoriales porque las editoriales están más dispuestas al éxito que a la verdad.

Perdón Fermín, porque los periodistas entrerrianos que debimos encontrar en usted al gran maestro del periodismo, el de la sabiduría, de la cultura, de la palabra con fundamento, muy lejos de la ligereza y de lo playito, hemos desconocido tantas veces su consejo hecho práctica y hábito, de hablar con el documento probatorio en las manos.

Él cebaba el mate amargo
Sabía de filosofía, teología, sociología, folclore, literatura, latín, música, historia, leyendas, refranero, inmigraciones, zoología, botánica...

El museólogo Héctor Errasti, oriundo de Villaguay y radicado en Paraná, conoció bien a Fermín Chávez durante su estadía en Buenos Aires, donde solía departir con él, y dice que siempre lo admiró la cantidad, la calidad y la variedad de libros de su biblioteca, y más que nada su generosidad. "Le sobraba talento y le sobraban cosas para dar", recuerda.
"Yo llegaba a su departamento, y él preparaba el mate amargo y cebaba el mate; él era una figura importantísima en la cultura, a mí no me conocía ni me conoce nadie, pero él cebaba: no había perdido las antiguas costumbres de Entre Ríos donde el dueño de casa ceba el mate", comenta Errasti, que no esconde su admiración por Chávez.
Errasti lamenta que las universidades no hayan convocado a Chávez, y que sus disertaciones en Paraná se limitaran a sus conocimientos sobre José Hernández y López Jordán, en los que se especializó, pero no se extendieran a los otros ámbitos de las ciencias sociales. También lamenta que su posición frente a ciertos próceres de la historia lo haya marginado. "Fermín podía dar clases magistrales y aquí era menospreciado, no entraba en las academias", opina. "Muchos profesores de Historia no saben lo que se perdieron".

Hablar con Fermín Chávez era un placer sin medidas, era subir al cielo de los grandes y hacerlo de la mano de un obrero del conocimiento, sin estridencias, con un mate de por medio. Siempre dispuesto, como bien refiere Errasti, con el gesto adusto, la actitud de agradecimiento, un particular humor y cierta ironía para dar sus luchas intelectuales.
Divulgaba en libros cuando podía, editó más de cuarenta (algunos estiman que son más de cincuenta), y si no podía publicaba en pequeños folletos fotocopiados, con un amor inquebrantable y militante por la cultura nacional.

Un día le preguntamos:
—La aldea global, el internacionalismo, ¿se oponen a la cultura popular, al nacionalismo?
—En algún sentido sí. En este sentido: que para debilitar lo nacional es necesario debilitar la cultura popular, borrar la memoria del pueblo. La cultura nacional termina cuestionando al poder dominante de adentro y de afuera.


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