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EDITORIAL DEL DOMINGO 16 DE NOVIEMBRE DE 2008

 

 

Por: Jorge Rulli

Tuvimos la esperanza de que la debacle mundial que estalló primero en Wall Street y luego se extendió en los países centrales, hiciera reflexionar a quienes desde posiciones “progresistas” y en nombre de sus fracasados viejos sueños, han respaldado los procesos de recolonización.

Pero los gestos habidos en esta última semana, no alientan perspectivas de reflexión ni de cambios de rumbo. La solución, ya se sabe, tanto en la aplicación de una ciencia empresarial como en un accionar político guiado por miradas lineales y reduccionistas, suele ser siempre más de lo mismo, o sea: avanzar sobre los errores, hacia otros mayores por cometer, sin revisar nunca dónde estuvo el momento de quiebre, ese instante en el pasado en que equivocaron el camino y se desviaron como en un descarrilamiento, por una vía que los condujo a ninguna parte… Así son los procesos y las conductas de ciertos tecnólogos que se llaman a si mismos científicos, de ciertos escribas a sueldo que se llaman a sí mismos filósofos o sociólogos, también de ciertos políticos, que parecen incapaces de modificar sus conductas bajo las experiencias de los estallidos que generan sus acciones.

Los modelos de colonización a cargo de las Corporaciones transnacionales, que se aplicaron a partir de la vigencia del neoliberalismo y de las políticas de desregulación de los años noventa, se justificaron en el pago de las deudas externas y se basaron en modelos de agro exportación de commodities transgénicas. Aceptar este modelo y las condiciones políticas que lo acompañaron, implicó consentir el uso del territorio para la experimentación con semillas genéticamente modificadas de la empresa Monsanto. Significó, asimismo, imponer una agricultura industrial que expulsó enorme cantidad de población del campo a la ciudad, a la vez que posibilitar la aplicación de un modelo de agronegocios que puso el poder en mano de las grandes empresas que manejan las exportaciones y los mercados, que procesan los alimentos de manera industrial y que nos obligaron a modificar los hábitos de consumo y los modos de alimentarnos. Se denominó la segunda Revolución Verde, y muchos la celebraron y vieron en ella, la manera de que nuestro país, aportara a la solución del hambre en el mundo. Pero, paradójicamente, el hambre en el mundo se ha multiplicado gracias a estos procesos agroindustriales, y se ha multiplicado a niveles jamás anteriormente imaginados. Además, los enormes procesos de devastación de los bosques, la destrucción de los ecosistemas, la contaminación generalizada y  que, el cáncer se haya convertido en una epidemia, son algunas de las consecuencias que, le debemos a este modelo agro exportador, biotecnológico, productor de forrajes y de aceites a escala planetaria, ahora también, productor y exportador de combustibles originados en la agricultura.

La llamada crisis del campo fue, una gresca menor por el manejo de las rentas que dejaba la soja y que se agudizó por intereses mezquinos, mientras exponía la incompetencia intelectual de todos aquellos que son reconocidos como opinantes por los grandes medios y que improvisaban discursos sobre la oligarquía vacuna y la amenaza de la nueva derecha, mientras encubrían los enormes negocios que los exportadores estaban realizando con el cobro de las nuevas retenciones. Estos exportadores aprovechaban que la Ley Urquía les permitía inscribir con fecha retroactiva a noviembre del año anterior las compras y ventas de granos, para quedarse con las enormes diferencias. En realidad, la crisis reflejaba tan solo la complejidad de una reconfiguración dolorosa del modelo argentino, que de las producciones y exportaciones de forrajes y de aceites, amenazaba pasar a otra etapa de  mayores concentraciones en el uso de la tierra, en los diseños y tecnologías, y en la participación directa de las corporaciones. El nuevo modelo estaría signado por la producción de biocombustibles y la crianza de carnes y de lácteos en una escala gigantesca, con integración vertical de grandes capitales. La salida de la crisis en torno a la resolución 125 resultó absolutamente irrelevante e indiferente a lo que se discutía, y no afectó en absoluto el proceso de profundización de los mecanismos de la dependencia. Más allá de la gritería de las comparsas partidarias de ambos grupos, el proceso continuó acrecentándose con el respaldo a nuevos polos biotecnológicos, la generalización de nuevas escalas en las producciones, el aliento a la exportación de maquinaria agrícola y de biotecnología animal para la expansión del modelo corporativo, y por último, la disposición de los laboratorios nacionales, los institutos de investigación y las Universidades para servir al proyecto de ciencia empresarial aplicada a las nuevas dependencias,  ahora institucionalizada  mediante el  ministerio de Ciencia y Tecnología que, expresa el nuevo proyecto de país colonizado y reproductor de ciencia corporativa.

El estallido en las  últimas semanas, de una crisis global, que comenzó primero como una crisis inmobiliaria y que se transformó rápidamente, en bancaria y financiera, que hizo y hace temblar a los centros del poder llevando el pánico a las bolsas y a los mercados, podría haber sido el incentivo para abrir debates sobre el modelo argentino. Cuando hablamos del modelo argentino, referimos a un modelo que, no importan los discursos, es el modelo de Monsanto y de Cargill. Es preciso ver la película Un Mundo según Monsanto, de la periodista francesa Marie Monique Robin, para darse cuenta qué fácilmente se comprende y se visualiza ello desde el exterior, por supuesto para nuestra enorme vergüenza como argentinos. Digo el incentivo para un debate sobre el modelo argentino y en lo que  pienso es apenas en la posibilidad de que, los que fijan despóticamente las políticas de Estado a favor del Agronegocio y de las Biotecnologías, acepten siquiera que existen otros caminos, que existen otros modelos, que todos, aún los que no tenemos partido, vivimos en este país y tenemos el derecho a opinar y a pretender que se nos escuche. ¿No es acaso lo mismo que han establecido ahora los Jueces de la Corte: que pueda ser elegido delegado alguien que no pertenece a ningún sindicato, sentando con ello un precedente que rompe con todas las tradiciones sindicales desde el Peronismo hasta el presente? ¿Y por qué, en cambio, para ser reconocido con derecho a opinar acerca del común destino del país en que se vive, es preciso tener un partido y en ellos por último, que la verdad de las representaciones ciudadanas que están en juego, se resuelven a espaldas de sus afiliados, con listas sábanas, en partidos intervenidos donde los negocios deciden los objetivos, con masas clientelares apremiadas por el punterismo y por la indigencia?  

Persistir en el error es creer que podemos enfrentar la crisis con más de lo mismo: que debemos continuar creyendo en la llegada de capitales, que debemos continuar esperando nuevas y mayores transferencias tecnológicas, que es preciso fortalecer y ampliar el modelo de agroexportación con nuevos destinos, aunque todas las evidencias nos griten que los países tienden a cerrarse, que los precios de las commodities se derrumban y que difícilmente algún capitalista arriesgará sus inversiones en nosotros…. No importa, parece que algunos están sordos a toda posibilidad de corregir el rumbo. El respaldo de esta semana a los biocombustibles producidos con caña de azúcar y el veto presidencial a la Ley que  permitía resguardar los glaciares frente a la devastación que produce en la montaña la minería con cianurización, son claros y graves síntomas de incomprensión de las reglas que rigen en el mundo global y que hacen al interés nacional. Lamentablemente, es también un terrible desprecio por la ecología y un desinterés obstinado y suicida por la suerte del planeta. No sabemos cómo ponerle palabras a la angustia. No sabemos ya cómo expresar en palabras nuestro espanto ante semejantes opciones a favor del crecimiento irracional, contaminante y destructivo,  cuando todo señala que nos queda cada vez menos tiempo, y que la crisis global nos golpeará de manera muy dura en breves plazos.

Mañana 17 de Noviembre ha sido denominado desde hace algunos años, como el día de la militancia. Aclaro que no participaré en ninguno de esos actos que considero hipócritas y claramente tergiversadores de la propia historia del peronismo. La resistencia a comprender que la creciente marginalidad y exclusión social la produce el modelo colonial de la Biotecnología, la oposición a considerar el hambre y la injusticia como consecuencias directas de las políticas en que se participa, y en especial, la obstinada renuencia a comprender los impactos irreversibles que sobre los ecosistemas producen estas prácticas que se respaldan, enferman mi alma de tristeza. No avalaré con mi presencia ninguno de los actos que niegan los efectos terribles que hemos denunciado a lo largo de estos domingos vehementes de Horizonte Sur, en que como voces en el desierto, hemos anticipado los extravíos de la soberbia  y la incompetencia de los que se suponen por cuna, nacidos para ejercer el poder sobre los otros.

Dijo alguna vez Don Raúl Scalabrini Ortiz: "Hay un país que está esperando, hay una esperanza que está requiriendo una acción, hay una acción que está vacante y desde donde se hace historia". Tenemos que llenar esa acción vacante y retomar el curso de una historia nacional. Tenemos los sueños y tenemos la palabra … no es poco… a todos esos con los que alguna vez compartimos el pan y de los que ahora nos distancian los discursos, a los que por edad no conocimos en los años de lucha pero que sabemos deseosos de comprender y encarar los nuevos desafíos, los convocamos a un nuevo sentimiento de patria que se genera echando raíces en la tierra, recuperando el derecho a producir lo propio, basándose en el propio esfuerzo, reaprendiendo a pensar por sí mismos, recuperando los sentimientos de pueblo que tuvieron nuestros ancestros: ese orgullo que emanaba de ser pobres y de ser honestos. Mordisquitos, el grueso de esas agrupaciones que ustedes han conformado, no son más que encubiertas agencias de empleo. Mientras ustedes medran con el acíbar diario de la chupada de medias, montones de niños nacen deformes a  todo lo largo de los campos de soja. Y no son banderilleros, no siempre son los hijos de los peones, también son muchas veces los hijos de los sojeros que no tienen otra opción para ganarse la vida en el país colonizado por Monsanto. Y eso no los exculpa a los sojeros, porque la soja es un crimen, no tan solo el hambre que, algunos parece que no quieren comprender que es la consecuencia del país de la soja, pero tampoco, los exculpa a ustedes, mordisquitos, que respaldan las políticas de Estado que impiden hacer otra cosa y que, a la vez, juzgan duramente a los que las hacen… Eso también, se llama construir al enemigo y ustedes, hace muchos años que vienen construyendo al enemigo… muchos, pero muchos años… tantos que ya son pocos los que les creen… tan pocos que en cualquier momento se van a llevar una sorpresa… porque la gente, mordisquitos, es un poco crédula, cada uno de a uno, está solo y espera, y tenemos por desgracia, además, siempre el televisor encendido y si no nos atonta en un canal Tinelli, lo hace Grondona en el otro, explicándonos quién era el Restaurador, Don Juan Manuel de Rosas, o acaso en el canal oficial nos dan la lata los Pigna, los Galasso y los Feinmann, que nos explican largamente el mundo, el mundo y el peronismo, justamente el peronismo, del que nunca fueron parte, pero eso qué importa verdad? Grondona que apañó tantas dictaduras desaparecedoras, nos explica ahora la terrible ferocidad mazorquera de introducirle al enemigo un choclo en el trasero y Tinelli, que tampoco bailó en el caño ni jamás laburó la tierra, tiene cerca de Cholila, más tierras que muchos pero muchos millones de argentinos. Un día de estos, hartos tal vez, apaguemos el televisor y comenzaremos a pensar un poquito por nosotros mismos, y a conversar con los otros, con los vecinos, a conversar y a pensar juntos, como en las asambleas, y nos sacaremos las máscaras y esos chalecos con los que nos hacen desfilar, y dejaremos de pensar en el subsidio y en el bolsón, y en la conveniencia de ser correctos para que nos renueven el contrato en el Ministerio, y cuando nos contagiemos de ese nuevo patriotismo, seguramente las cosas comenzarán a cambiar.   Sí, no les quepa duda que comenzarán a cambiar…

Jorge Eduardo Rulli
http://horizontesurblog.blogspot.com/

 
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