José María Rosa
(Edición de El Ateneo - Agosto de 1936)
EDICION GRATUITA - Setiembre del 2003
Digitalizado y armado por Eduardo Rosa - Comentarios y sugerencias a eduardorosa@pensamientonacional.com.ar
Este libro, junto con otros de José María Rosa están en Internet en www.pensamientonacional.com.ar/biblioteca_josemariarosa/
Está permitido hacer copias de este libro SIEMPRE QUE NO SE ALTERE EL CONTENIDO, y tampoco se agregue ningún texto. Queda EXPRESAMENTE PROHIBIDA su reproducción con fines comerciales o de propaganda política o religiosa.
Pinche aquí para imprimir el libro (El libro ocupa 120 carillas tamaño A4)
Ud. podrá imprimir parcialmente el texto, dependiendo del programa de su impresora - Use impresión en BLANCO Y NEGRO)
Para "Bajar" desde internet el libro completo, (un archivo con el texto y otro con las llamadas, mas los archivos de apoyo de esta versión - HTML -), Pinche aquí Bajará un archivo comprimido que deberá descomprimir con "winzip" o similar.
Este
libro fue editado cuando José María Rosa. profesor universitario de
Sociología, cumplía 30 años. No había
aún incursionado profundamente en la Historia Argentina, por lo que el lector
encontrará algunos párrafos en los que se refiere a la historia de su país de
acuerdo a criterios que tal vez no hubiese puesto luego. Pero como es un libro de sociología y no de
historia, no cambian el sentido de lo que el profesor nos quiere explicar
Eduardo Rosa - Setiembre
del 2003
_______________________________________________________________________________________________
PLANTEAMIENTO
DEL PROBLEMA Y SUS DIVERSAS SOLUCIONES EN LA DOCTRINA’’
1.
Definición de la Historia – 2. Las soluciones. - 3. El determinismo social. - 4. El enigma social. - 5. El enigma religioso. - 6. Los problemas religioso y
social en la escuela sociológica de Durkheim
CAPÍTULO I. – “El espíritu social”
1. La
carencia de sociedad y religión entre los Onas. - 2. El principio trascendente:
el miedo. - 3. El principio religioso inmanente: el dios protector. - 4. Conclusión: el
espíritu social.
1. La
lógica social. - 2. La Historia. - 3 La
evolución social. - 4. La involución social. - 5. La decadencia de las ideas
religiosas. - 6. Los “mitos platónicos”, y la interpretación religiosa
de la historia.
“DOS ENSAYOS EN APLICACIÓN DE
LA TEORÍA."
ENSAYO I. – “Decadencia de las
instituciones políticas griegas”
1. Las
aldeas primitivas.- 2. La inversión del orden religioso. -
3. Las
instituciones de la ciudad. - 4. La rebelión del “pléthos”.
ENSAYO II. – “Génesis y
propagación del cristianismo”
1. El mesianismo. - 2. El Mesías. - 3. El concilio de
Jerusalén. - 4. El milenarismo. - 5. El triunfo.
__________________________________________________________________
“¿ En qué lengua está escrita la historia?
¿Cómo leerla?”
(Spengler)
La
religión es el alma de la sociedad. Los primeros clanes aparecieron en el
pórtico de la Historia irguiendo sus tótemes, embrión de lo divino, culto a la
sociedad hecha símbolo religioso. Y en el misterioso tótem, del hombre de los
clanes, alentó el espíritu que formaría más tarde las aldeas, los reinos y los
imperios, obedientes todos ellos al Dios, símbolo invisible de
lo social, y al monarca, representación visible de ese mismo
espíritu; Ese espíritu social, que adquiría ante los hombres el prestigio de
las cosas divinas, es el impulso que mueve la Historia. Mientras él alienta,
mientras los dioses guían la marcha de la sociedad, ésta evoluciona, asciende,
perfecciona su cohesión, social, triunfa en fin. Pero desde el instante mismo en que los hombres pierden la noción
de lo sagrado, en que los dioses y los reyes aparecen como valores huecos ante
sus ojos, en que el culto al hombre substituye al culto social, que por
serlo era divino, la Historia retrocede, involuciona, y en un lentísimo proceso
de desintegración, el hombre va liberándose, va aniquilando la sociedad.
Tal es la tesis de este libro.
Toda
sociedad tiene un profundo sentido religioso. La agita un algo que está más
allá de nuestra razón: ese algo bajo la forma de tótem, ídolo o dios es la
esencia misma de la sociedad, la fuerza ignorada que ha reunido a los hombres,
los gobierna y castiga. ES su nombre divino reinan los reyes, e invocando se
nombre los jueces distribuyen justicia.
No
fueron la voluntad ni las necesidades de los hombres, las causas que
constituyeron los primitivos núcleos en los cuales encontrarnos el germen del
Estado. No fue una voluntad humana: fue algo colocado más
allá de la voluntad humana.
Ese
algo reúne a los hombres, asume personalmente la, dirección de la primera
sociedad y dicta la ley rudimentaria que limita aquello que puede de lo que no puede
hacerse. El tótem gobierna la sociedad primera, y más tarde los reyes serán
reyes porque en ellos se manifiesta ese mismo espíritu divino, que es el
espíritu de la nación.
Al
influjo de ese principio se agita la sociedad en esa su primera etapa,
evolucionan las primeras instituciones y va surgiendo el Estado. La fe todo
lo puede, y del hombre de las hordas hace el hombre poderoso de los imperios.
Le fe
primitiva que simbolizó en el tótem el principio religioso, sigue a través de
la Historia impregnando de sentido místico toda representación social. En ese fuerza religiosa reside
el impulso mismo de la Historia. Porque hacer de la razón o de las
conveniencias de los hombres el eje alrededor del cual gira toda la evolución
de la sociedad, es ignorar el alma tan poco racional, tan mística de
toda masa social, tan diferente del alma individual – razonadora y lógica
– de cada uno de sus integrantes. Es construir teorías apartándose de lo real,
y lo real es aquí precisamente esa irrealidad que dirige las
manifestaciones del alma colectiva.
La
interpretación materialista de la Historia buscó en la
Economía el espíritu de la sociedad. La racial en la Etnografía. Pero ni una ni
otra explicaron satisfactoriamente el proceso histórico. Es que la sociedad era
antes que nada un vínculo religioso, y no debía encontrarse en, la Etnografía
ni en la Economía, sino en la Historia de las Religiones la clave del lenguaje
ignorado en que se escribió la Historia.
Fracasada
la interpretación económica, que tanto desenvolvimiento alcanzara el siglo
pasado, fueron muchos quienes creyeron – entre otros Croce, y la escuela idealista italiana, Berr
y su Revue de Synthese
Historique - en el fracaso
definitivo de toda filosofía de la historia: esta impresión es, aún hoy,
dominante en diversos círculos científicos.
Es que
toda interpretación de la Historia por móviles individuales había
sido agotada, y ésta permanencia ininteligible. Nadie ensayó interpretarla
socialmente, es decir, considerando en la lógica de la Historia, no una lógica individual,
sino una lógica social.
Ese es
el camino que tomaremos. Y partiendo de las conclusiones de Durkheim
sobre religiones primitivas, y de los más recientes estadios en lógica
social, trataremos de lograr una interpretación total del espíritu y del
proceso histórico.
Las
religiones primitivas de nuestros indígenas australes nos han dado un precioso
material para el presente estudio; Existiría en el indio de Tierra del Fuego y
de la Patagonia una mentalidad religiosa de muchísimo valor, por cuanto esos
pueblos pudieron, por su aislamiento, conservar durante largo tiempo
incontaminadas sus creencias naturales. Pocos pueblos de África y Oceanía
ofrecieron tan magnífico material para el estudio de los orígenes sociales.
Hasta
ahora la historia de las religiones primitivas se ha basado casi exclusivamente
en las formas religiosas de los aborígenes australianos, en quienes Frazer,
Durkheim y otros, encontraron los más puros primitivos entre los
pueblos primitivos. Y sin embargo los Tehuelches de la Patagonia,
y aún más los Onas de Tierra del Fuego, aislados en el interior
de una gran isla fría e inhospitalaria, ofrecieron por lo poco que sabemos de
sus formas místicas, un interés considerablemente mayor.
Desgraciadamente
no existen ya Pampas, ni Tehuelches, ni Onas. ¡Qué
diferentes conclusiones hubieran logrado Frazer y Durkheim, si les hubiera sido
posible conocer las costumbres religiosas de nuestros indios sudamericanos!
Los
“relatos de viajeros”, única fuente de información que poseemos para conocer
nuestros aborígenes, son por regla general harto ineficaces. Poco se han
preocupado éstos de estudiar la religión, de los pueblos que recorrían. No
podemos hacerles un reproche: no eran sabios indudablemente
quienes viajaban por la Patagonia y Tierra del Fuego en los siglos XVIII y XIX;
eran sacerdotes o militares de buena voluntad a quienes no puede
pedírseles más de lo que han dado.
Debemos
salvar algunos de estos relatos: en primer lugar el del padre Falkner
que explorando el país de los Tehuelches en el siqlo XVIII, ha dejado
en su “Descripción de la Patagonia” una obra con pasajes valiosos para la
ciencia de las religiones. Es el primero - cien años antes que Mac-Lennan y
Morgan – en observar la existencia de clanes religiosos – que llamó estirpes
– y de tótemes protectores. Igual elogio merece “Los Shelknam” del
sacerdote salesiano Beauvoir, en cuyo libro se asombra ingenuamente de
la carencia de ideas religiosas entre los Onas, y aporta observaciones
juiciosas sobre las prácticas mágicas de este pueblo. Podemos mencionar también
al general Mansilla en su conocida “Excursión a los indios
Ranqueles”, donde dedica un capítulo a las creencias religiosas de
los Pampas. De todos estos relatos, sin duda el más útil para nuestros
estudios ha sido el libro escrito por Carlos R. Gallardo – “Tierra del
Fuego. – Los Onas” – donde existe una excelente descripción de les
prácticas mágicas de los Onas, y un buen análisis de la curiosa
ceremonia del klokethen fueguino, que tantas luces arroja sobre el
pasado social de ese pueblo. Podríamos agregar – aunque aprovechables en un
grado menor – los trabajos y conferencias del misionero evangelista Bridge,
de Popper, del explorador Lista y de los marinos franceses Hyades
y Deniker.
Nuestro
estudio comprende tres partes: el planteamiento del problema, la
exposición de la teoría, y su aplicación en la práctica de interpretar
la Historia.
Ofrecemos
en, forma sumamente abreviada la parte relativa a la exposición y crítica de
las diversas teorías sociales y religiosas. Esa somera revista no tiene otro
objeto que señalar el estado actual de los problemas que aborda este libro, y fijar
las bases teóricas en que se afianza nuestra interpretación de la Historia.
La
parte IIIª. “Significación de la teoría”, comprende dos ensayos históricos
realizados en demostración de nuestra tesis. La “Decadencia de las
instituciones políticas griegas” tiene por objeto señalar todo lo que hay de religioso
en los movimientos nacionales, a su vez la “Génesis y propagación
del cristianismo” cuanto de nacional en los religiosos.
J. M.
R.
PARTE PRIMERA
Planeamiento del
Problema y sus Diversas Soluciones en la Doctrina
No
debemos confundir las palabras pasado e historia: el pasado nos
da la idea de algo muerto, algo cuyo estudio sólo interesaría por mera
curiosidad o por simple erudición; en cambio la Historia vive dirigiendo
el presente y señalando el futuro. No nos es posible independizarnos de
ella y acordar nuestros actos a los que nos dicte el libre albedrío, obrando
como seres ajenos en absoluto a la tradición histórica. La Historia es algo
más que una narración del pasado. “Pueblo que no sabe su historia –
ha dicho Ricardo Levene – no sabe dónde va, porque ignora de dónde viene”.
Que la
Historia vive en muchos de nuestros actos, no precisa mayor
demostración. El vínculo que une a un hombre con su patria no ha sido creado
por un acto voluntario de este. El hombre normal recibe la patria por
una tradición que viene de muy lejos, y conserva por ella un culto que no puede
analizar, ni sería pasible de análisis racional. Toda una serie de actos
humanos - los que se realizan como integrantes de una nación – encuéntranse
condicionados absolutamente por la Historia. Las ideas religiosas, nuestra
misma manera de pensar y obrar, el idioma que hablamos, etc., poseen también
sus lejanísimas raíces en el pasado. Todo lo que es social, es decir
todos aquellos actos que realiza un hombre como miembro de la sociedad, no
dependen de su libre albedrío: los ejecuta de acuerdo a su medio social, y a
través de este, de acuerdo a infinidad de generaciones que vivieron antes que
él.
La
Historia no es el pasado simplemente, puesto que maneja el presente y
dirigirá el futuro. Vive en el hombre, y no meramente en el conocimiento que
este pueda tener de los hechos históricos, ni en la filosofía que
conscientemente haya extraído de esos hechos. Vive difusa en el espíritu de la
sociedad, y es de este espíritu que el hombre la toma sin que entre en juego su
voluntad individual, obligándose a pensar y obrar de determinada manera, cuando
obra y piensa como ser social.
Un
hecho histórico es siempre un hecho social o de trascendencia social. No
hay historia de lo individual: los escritos profesionales de Mariano Moreno
redactados en su bufete de abogado no interesan a la historia, aun cuando no
faltará algún erudito que dedique su tiempo a ellos. En cambio aquel escrito
presentado al Virrey Cisneros en “representación de los hacendados” solicitando
la libertad de comercio, posee un interés histórico. Es que allí, Moreno
apoderado de los hacendados y defendiendo los intereses de sus clientes, se hizo
al mismo tiempo portavoz de un anhelo común a la sociedad colonial. El hecho
individual, adquirió así una trascendencia social.
Los
hechos históricos exteriorizan la evolución social. Constituyen los medios que
tenemos para conocer exteriormente la Historia. Pero no podemos ver en
ellos la Historia en sí, si aspiramos a hacer de esta un ciencia y no
una simple narración. Los hechos son la apariencia, el reflejo de la Historia:
la batalla de
Farsalia es una consecuencia de
la crisis social de Roma que dará fin con la república oligárquica. Esta crisis
es la realidad histórica, es la Historia misma:
Farsalia pudo no haber existido
y la historia de Roma sería la misma.
El
objeto de la Historia se nos muestra así, como el conocimiento de la evolución
social: su medio es el análisis de los hechos históricos a fin de
conocer por ellos el proceso de la evolución social en su integridad. Resumiendo: la Historia no se la encuentra
en los hechos históricos, se la encuentra por intermedio de estos.
Si el
objeto de la Historia no lo constituyen los hechos históricos, no podemos
definir a esta por su apariencia diciendo que es una narración de hechos. Debemos
definirla por su realidad, como movimiento social, como sociedad en el
tiempo.
La
Historia como sociedad en el tiempo, nos da la idea de lo que hay en
ella de esencialmente social, que ella es el movimiento, la evolución de la
sociedad, la dinámica social que decía Comte. Y excluyendo toda
mención a los hechos históricos, colocamos éstos en su verdadero lugar: no como
la Historia misma, sino como medios para conocer la Historia, como
manifestaciones visibles de que la evolución social qué es la Historia, existe.
La
Historia como sociedad en el tiempo es tan diferente a la historia
considerada, narración de los hechos acaecidos, como a su vez la historia-ciencia
lo es de la historia-erudita.
La
Historia es ciencia esencialmente social: la pulsamos en el ambiente de
la masa social, es más, la comprendernos y la sentimos dentro de
nosotros mismos, como seres sociales que somos. Y lo que parece absurdo, la
sentimos y comprendemos aún sin conocerla: ninguna de las mujeres del mercado
que en 1789 trajeron a Luis XVI y a María Antonieta de Versalles a París,
conocían la historia de Francia, y sin embargo su actitud era el lógico
corolario de un largo proceso de descomposición social iniciado siglos antes.
El
hombre obedece a la Historia, por que vive en la sociedad y la sociedad ha
nacido de la Historia. Así como el hombre obrando como ser social no puede
independizarse de la sociedad en que vive, esta no puede apartarse de la
Historia. Los dos conceptos, sociedad e historia no son
separables el uno del otro. Tomando un símil de la Física, la sociedad no es
una cosa que pueda comprenderse independientemente de su movimiento: después
del impulso inicial, como en la bola de nieve que cae de la montaña, el movimiento
ha ido creando la cosa.
Durante
la antigüedad, el problema de interpretar la historia no fue jamás planteado.
La historia era un arte: el arte de decir con precisión lo que “había
sucedido a los hombres”, pero era tan actual como podía serlo la vida
misma del historiador. No hubo en general historia de lo lejano: era
exposición, antes que nada y casi siempre exposición de hechos recientemente
acaecidos. Faltó en la antigüedad la perspectiva:
carecióse de un verdadero concepto de lo pasado y de lo futuro.
La
historia no se vivía: no era lo pasado proyectándose en el presente y en
el futuro: a lo sumo, era la narración del pasado, como ejemplo moral para el
presente. Jenofonte relató sus aventuras en La retirada de los Diez
Mil; a su vez en la Ciropedia, describió la infancia de Ciro como
lección de moral. De la misma manera Plutarco en su Paracleto dio
también ejemplos morales.
La
historia de la antigüedad constó generalmente de anales, cuanto más
minuciosos, mejor: ejemplo de ello son Tácito, Suetonio y el
mismo César. Anales más extensos, pero siempre anales, son las dos obras
maestras entre las clásicas: los Nueve Libros de Herodoto, y las Décadas
de Tito Livio. Ambos historiadores viven la narración que
hacen: pero la viven en presente, fuera del tiempo, como si la historia fuera
algo inmóvil: fueran hechos que
no se encadenaran en una lógica sucesión.
Es que
los clásicos sí exceptuamos a Platón parece que huyeran de lo remoto;
el mundo de ellos era algo inmutable, sin ayer ni mañana. Y los hechos
históricos, simples acontecimientos sólo dignos de relatarse en estilo poético.
Lo remoto causaba al hombre de la antigüedad un horror instintivo. Recuerda
Spengler un acontecimiento impregnado de profundo simbolismo: es aquella ley
votada por el pueblo de Atenas en los últimos años de Pericles castigando a
quien propalase teorías astronómicas. Es ella la manifestación expresa de la
voluntad antigua, decidida a borrar la lejanía en todos sus sentidos: tal vez
por lo mismo, Platón narró en mitos, su concepto sobre el mundo y la sociedad,
y por eso la historia para la antigüedad fue un mero relato descriptivo. No
hubo ciencia histórica, hubo arte de la historia.
A
comienzos del siglo XVIII, Juan Bautista Pico descubrió que la historia
era algo fatal, algo sujeto a leyes tan exteriores al razonamiento y a la
voluntad de los hombres, como podía serlo en física la ley de gravedad, o en
astronomía el movimiento de los planetas. Tan insólito le pareció su
descubrimiento, tan fuera de los conceptos arraigados en su tiempo, que tituló
a su libro Scienza Nuova – “principios de una ciencia nueva, relativa a
la naturaleza de las naciones” –, y con
ella fundó el determinismo histórico.
La
causa de la historia para Vico radicaba en la Providencia: esta guiaba
el proceso evolutivo de las naciones, a través de tres etapas: la divina, la
heroica y la de los hombres. Tan fatalmente debía cumplirse ese
proceso que si en los demás astros hubiera hombres, su historia tendría
necesariamente que pasar por idéntica evolución.
Toda
nación debía cumplir su curso – corsi – evolutivo ascendiendo por esa
escala. Y llegada a la edad de los hombres, comenzaba la decadencia por
la pérdida de la independencia nacional, o por la corrupción interior. Contra
la decadencia existía un solo remedio: la formación de una monarquía poderosa y
culta, que reavivara el sentimiento nacional impidiendo la corrupción. En caso
contrarío, la nación sería conquistada por un pueblo más sano, en la etapa divina,
el cual a su vez cumpliría un nuevo e idéntico curso – ricorsi – de
evolución.
La
apariencia de la historia era así una serie de corsi y ricorsi sucediéndose
hasta el infinito. Una “evolución en espiral”, en que cada pueblo cumplido su
primer corsi, daba paso a los ricorsi de los pueblos siguientes.
Estos ciclos evolutivos eran en todo extraños a los hombres: los guiaba la
Providencia. El hombre no hacía historia: y si aparentemente alguno de ellos se
mostraba encabezando un movimiento histórico, en realidad era el fatalismo
cíclico quien lo empujaba a ello.
Esta
idea de Vico es – en apariencia – semejante a la idea que anima la Decadencía
de Occidente de Spenqler. No es un fatalismo providencial, sino
un fatalismo biológico el que expone el autor alemán. La historia es concebida
como una sucesión de culturas – Spengler estudia nueve desde China hasta
Occidente –; es decir que no ve en la historia un proceso único, lineal
diríamos, sino procesos diversos. No puede estudiarse un hecho histórico,
sino relacionándolo con su cultura: no hay historia, sino historias.
Cada
cultura es un verdadero organismo que nace, vive, y necesariamente como todo
organismo biológico debe morir. Spengler compara las culturas a “plantas”, pues
como ellas son seres vivos, sedentarios, y que carecen de un fin determinado.
La cultura no puede apartarse del principio biológico de la muerte, y el
nacimiento de esta conduce necesariamente a su muerte, después de recorrer
todas las etapas de su crecimiento y desarrollo.
La
semejanza entre el fatalismo providencial de Vico y el biológico de Spengler ha
hecho que nos refiriéramos a este último, salteando el orden cronológico. Entre
Scienza Nuova y La Decadencia de Occidente hay dos siglos,
durante los cuales se formularon diversas interpretaciones deterministas de la
historia. Una de ellas – la del materialismo histórico – fue llamada a alcanzar
gran repercusión.
Si bien
esta teoría puede encontrar sus lejanas raíces en Holbach, y Helvetius como
cree Pléjanov, y fue esbozada por los trabajos históricos de Burke y los
etnográficos de Morgan; es Carlos Marx y a Federico Engels que
se debe la completa elaboracíón de la doctrina.
La idea
fundamental del materialismo histórico consiste en que la producción económica
es la base de la estructura social de una época, y que por lo tanto
“toda la historia ha sido una
historia de lucha de clases, de lucha entre les clases explotadas y las clases
explotadoras, entre las clases dominadas y las clases dominantes” como lo dice
Engels en el prólogo al Manifiesto Comunista. Y si bien la lucha por la
apropiación de los medios de producción es el aspecto exterior,
formal diríamos de la historia,
la existencia de clases es la base necesaria de la lucha, y las clases tienen
sus orígenes – volvemos a citar a Engels – “en el desarrollo del estado
económico, en los medios de producción y por fin en los medios de cambio de
cada época”.
Pero no
todo es lucha de clases, y el propio Engels lo reconoce. Esta comienza cuando
aparece en la historia la propiedad individual: la apropiación por una
minoría de los medios de producción. En los tiempos primitivos, cuando la
propiedad era común, desaparecía el objeto de la lucha, y por lo tanto esta no
tenía razón de existir. Al mismo tiempo Engels reconoce que junto a los
factores económicos, el hombre también se guía, pero en grado secundario, por
motivos no económicos que pueden ser raciales, políticos, geográficos o
religiosos.
La
lucha de clases es en él medio social, lo que la “lucha por la vida” de Darwin
en el biológico. Ambas son factores de evolución: la última de las
especies, la primera de la historia. Es decir que la lucha de clases es en
realidad un combate de individuo a individuo, entre hombre y hombre para lograr
una mayor propiedad, y esta propiedad se hace indispensable a medida que con la
cultura y la civilización aumentan las necesidades.
El
materialismo histórico, si bien coloca las causas de la historia, no en la
libre voluntad de los hombres, sino en su voluntad determinada por
factores económicos, no alcanza desde luego el grado de fatalismo trascendental
de las teorías de Vico y Spengler. Es un determinismo inmanente al hombre, es
decir que se encuentra dentro de él, factible por lo tanto de ser guiado por el
hombre. Haciendo desaparecer las causas de la lucha de clases por la
socialización de la riqueza, podría inmovilizarse la historia en una sociedad
perfecta, inmutable. Tal es el propósito que lleva la aplicación política de la
teoría marxista.
Frente
a ambos determinismos: el trascendental de Vico y Spengler, y el inmanente de
Marx, hay opiniones que reivindican la libertad del hombre de hacer historia a
su albedrío. Es decir que encuentran las causas de la historia en la razón y la
voluntad humana.
Son las
viejas concepciones del “grande hombre”, tan gratas a los historiadores de la
antigüedad, pero presentadas bajo un aspecto científico. Todas ellas parten del
concepto – que también es la base del marxismo – de que los movimientos
sociales no son otra cosa que movimientos de individuos. “La sociedad no piensa
– dice Henri Berr, el creador de la “síntesis histórica” en la introducción a La
Evolución De La Humanidad –. El desarrollo mental como el desarrollo
estético, desde la técnica más rudimentaria hasta el florecimiento de la
filosofía, de la ciencia y del arte, descansa esencialmente en las facultades
del individuo: es humano y no social” (p. XI). En todo movimiento
social, Berr, encuentra al individuo: “Es el individuo el inventor de lo
social. Se dan siempre individuos que experimentando en grado superior las
necesidades del grupo, precisan y orientan sus manifestaciones; no son por
consiguiente simples elementos de la sociedad, sino verdaderos agentes
sociales” (p. XV). No existe una lógica social, a lo menos como
manifestación propia de la sociedad, – exponemos la teoría de Berr – ni existe
la sociedad como un organismo independiente de los individuos que la integran.
“Los más brillantes fenómenos de la vida social, que nacen de lo que puede
llamarse “estado de multitud”, llevan consigo, por más borrada que esté,
una participación activa del individuo” (p. XV).
El
historiador que examinamos no cree en la “filosofía de la historia”, pues no
cree existan otras relaciones de causalidad en los hechos históricos, que las
simples sucesiones, que determinan en ciertas condiciones, la producción de los
mismos acontecimientos. Niega la existencia de leyes permanentes e inmutables
de la historia, y por ello trata de reemplazar los conceptos generales por
nociones sintéticas de los diversos períodos de la evolución humana. De allí su
Síntesis histórica.
Muy
análoga a la anterior, es la teoría idealista de la historia formulada
por Croce y Gentile. Esta teoría parte igualmente del postulado de que el
hombre es un ser libre en principio, capaz de dirigir sus actos a su albedrío.
Fundándose en esta libertad Croce niega el determinismo.
El
hombre es quien dirige la historia. Las causas de esta son inmanentes, se
encuentran en la propia naturaleza, en el espíritu del hombre. Pero no obstante
esta libertad la propia historia obliga al hombre a obrar de cierta manera:
salirse de la historia “es como para un pez querer salir del agua”.
El
hombre goza de libertad en principio para actuar de acuerdo a su albedrío, pero
su espíritu lo determina a obrar de acuerdo a la sociedad y al momento
histórico que vive. Es el principio de la filosofía idealista: la
historia, según esta filosofía, no es una materia que viva fuera del
hombre. Vive dentro de él, hecha idea, espíritu. La historia que no
viviera dentro de los hombres sería algo muerto, algo que ya no tiene
importancia y de la cual no valdría la pena ocuparse. De ahí que la historia,
según la conocida expresión de esta escuela es idealmente contemporánea, queriendo
significar que vive en el presente y condiciona los actos “actuales” del
individuo.
Tales
son, ligeramente esbozadas, las soluciones que los más caracterizados autores
han dado al problema de la historia. Como hemos visto, Croce coloca las causas
de la historia en el espíritu de los individuos, Berr en su razón, Marx en sus
conveniencias, Spengler en el desarrollo biológico de las culturas, y Vico en
la Providencia. Es decir que hay tres teorías que colocan en la psicología y
formación mental de los hombres la clave de la historia, y otras dos que
apartándose excesivamente de lo humano, intentan referir este problema a lo
biológico o a lo trascendental.
La
Historia es evolución social, es sociedad en el tiempo como la hemos
definido. Para conocerla nos es necesario, no solamente poseer la noción de
lejanía, de tiempo, es decir de evolución, de movimiento; sino también
la de sociedad, de cuerpo social, de lógica de los hechos sociales. Sin
estas dos nociones, estas dos dimensiones de la Historia, no podemos tener de
ella sino una visión unilateral, que por serlo, será necesariamente falsa.
La
noción de tiempo ha sido descubierta en los tiempos modernos. Por ella la
Historia, de simple género poético se convirtió en una disciplina, aún no una
ciencia. Pero ha faltado un conocimiento exacto de la sociedad, inseparable
del de tiempo; y hasta no conseguirlo, no puede considerarse a la
Historia como una ciencia, y no podrán extraerse de ella otra cosa que simples
analogías.
Por el
prurito de separar los estudios sociológicos de los históricos, la mayor parte
de los historiadores se han alejado o no han querido llegar a la verdad. En
realidad, la diferencia entre una y otra disciplina no es insalvable: es más,
ambas se complementan lógicamente. Historia sin Sociología, o Sociología sin
Historia, son como anteriormente hemos dicho, abstracciones inútiles que a nada
llevan y de las cuales no puede extraerse separadamente conclusión cierta
alguna. Una y otra son parte de una misma ciencia, y están llamadas a unirse
totalmente en el futuro.
La
historia es sociedad en el tiempo. La definición que hemos dado podrá
parecer demasiado sintética, pero es exacta.
Interpretar la historia es al mismo tiempo interpretar la sociedad,
conocer el espíritu de las instituciones sociales, y los factores que producen
su evolución. La lógica de los hechos sociales será la misma lógica de los
hechos históricos, y las causas de la historia deben buscarse en las causas de
la evolución social.
No
considerar a la historia como “sociedad en el tiempo”, es tenerla por una
simple colección de hechos: es abordar su estudio, por mera vocación erudita.
Significa obrar como turistas, anotando hechos y catalogando instituciones, sin
encontrar otra relación de causa a efecto que alguna observación curiosa o
alguna analogía más o menos sugerente, pero absolutas, ente inútil.
Hay que
buscar las leyes de la historia en la propia sociedad. Y para ello nos es
necesario compenetrarnos del espíritu de lo social. Los hechos sociales
poseen una lógica que no es nuestra lógica: las sociedades no piensan como los
hombres, ni obedecen a los mismos motivos que guían los actos individuales.
Consecuencia de ello es el epígrafe de nuestro estudio tomado de una frase de
Spengler: la historia tiene un lenguaje que no es el nuestro.
Es
inútil que nos propongamos buscar una explicación racional, lógica, a la
sociedad y a los hechos sociales. La lógica social no se sujeta a las mismas
nociones de causalidad que reglan nuestra lógica individual. Debemos por ello
estudiar la sociedad y su evolución como algo ajeno a nosotros: como una cosa,
según el conocido método de Durkheim, es decir algo que nos es absolutamente
exterior, que no es de nosotros mismos. Desechando toda idea preconcebida
debemos abordar el estudio de lo social como si éste fuera un simple objeto que
se encontrase ante nuestra vista: no nos debemos considerar a nosotros como
parte de ese objeto, pues corremos el riesgo de aplicar a sus movimientos y
reacciones, la lógica de nuestras reacciones y movimientos. Es decir, que
estudiando a la sociedad a través nuestro, correríamos el riesgo de estudiamos
únicamente a nosotros mismos.
Conocer
el espíritu de lo social, es el primer paso para conocer qué clases de factores
influyen sobre ese espíritu, y determinan la evolución de las instituciones. Es
acercarnos a las causas de la historia, y plantear la cuestión en su verdadero
terreno.
Por eso
no nos satisface ninguna de las interpretaciones de la historia que
sintéticamente hemos expuesto. La historia no es evolución del hombre, no es “humanidad
en el tiempo”. El concepto hombre es muy diferente al concepto sociedad:
esta última es algo más que simple conjunto de individuos. Tiene otra
psicología y otra lógica, que es siempre diferente y a menudo opuesta a la
lógica y la psicología de quienes la integran. En una palabra posee otra alma,
un alma que tiene una naturaleza diferente a la humana.
Ni la
razón, ni el espíritu, ni las conveniencias de los hombres orientan a la
sociedad. Tanto Croce que no es un historiador sino un filósofo, como Berr,
parten en sus interpretaciones históricas suponiendo al hombre más o menos
libre dentro del medio social. Es decir, que conciben a la sociedad como una
reunión de individuos, con la misma razón, los mismos impulsos y las mismas
necesidades de cada uno de ellos. Claro está que con tal concepción de lo
social, la historia aparece en sus estudios como algo ilógico, algo que no
obedece – en términos generales – a ley alguna de causalidad. “En el mundo
descripto por la historia – ha dicho Eduardo Meyer – rigen el azar y el
albedrío”. Albedrío y azar si buscamos su interpretación con nuestra lógica
individual, pero causalidad y determinismo si, apartándonos de esa lógica,
vemos la historia como hechos sociales sujetos a leyes sociales.
El
marxismo es pasible de la misma objeción. Es indudablemente cierto que los
individuos se inclinan por su razón o por su instinto hacía donde los impulsen
sus mejores conveniencias materiales: pero no es del todo cierto que semejantes
impulsos existan en las sociedades.
Por una
curiosa paradoja el concepto histórico del socialismo es excesivamente
individualista, antisocial. Si
en la sociedad primaran los deseos particulares de sea integrantes, jamás el
hombre hubiera alcanzado el fuerte grado de socialización con el que se nos
muestra en ciertas edades y en ciertas regiones. No es admisible tampoco que
los individuos formaran las sociedades para mejor luchar unos contra
otros. Y a la lucha individual se reduce en realidad la “lucha de clases”, que
es la esencia del materialismo histórico.
Por lo
pronto el propio Engels ha suprimido en el prólogo al “Manifiesto Comunista” de
toda interpretación económica las primeras épocas de la historia, aquellas en
las cuales no existía propiedad individual.
Es decir que el materialismo se declara impotente para explicar el
problema magno de la historia, el problema del origen social.
Las
manifestaciones sociales no son de orden económico, material, como las
individuales. Son, sobre todo, esencialmente místicas, religiosas; hasta
el mismo “socialismo” toma en la lucha política un carácter religioso. Y si los
hechos sociales no son hechos económicos, o normalmente tienen muy poco de
económicos, es evidente que con la economía no podríamos llegar nunca a
interpretar totalmente la Historia.
No
obstante, hay algo de relativamente cierto en la teoría de Marx, y es la
existencia de la lucha de clases en varios períodos de la historia. Pero esta
lucha de clases que nos describe el Manifiesto Comunista, no es el aspecto normal
de la historia: es sólo un fenómeno de la involución, del regreso social. A
nuestro juicio, Marx ha cometido el error de generalizar a casi toda la
historia (Engels ha excluido la prehistoria), un móvil que es propio del estado
decadente, individualismo, asocial de Europa y América en los últimos
siglos.
Debemos
juzgar ambos conceptos, el histórico y el político de la teoría socialista. El político,
aunque encuentra su base en el primero, es esencialmente anti-histórico.
Pretende suprimir la historia creando la sociedad perfecta, y busca que en esta
sociedad no se cumpla el móvil de la historia: la “explotación del hombre por
el hombre”, que es lo que el socialismo entiende por historia.
Marx
con su sociedad del futuro antepuso el concepto sociedad al de historia:
la sociedad del futuro será el fin de la historia, existirá precisamente
para que no se cumpla el fatalismo individualista de la historia.
A
nuestro juicio aparece aquí el mismo error. Antes el error fue concebir a la
historia apartándose de la sociedad, como consecuencia supone la utopía de
una sociedad que pueda apartarse de la historia.
Debemos
desechar toda interpretación de la historia que provenga del concepto de individuo.
La historia, lo decimos una vez más, son hechos sociales en el tiempo. Debemos
por lo tanto partir de la idea de sociedad para su estudio.
Puede
existir un “determinismo” en la historia, si damos a esta palabra una
significación opuesta a “libertad”. El hombre es determinado en sus actos por
la sociedad, y por las formas religiosas que toma lo social: el determinismo es
social por lo tanto.
Spengler
supone la impotencia del hombre contra la historia, y por ello anuncia
agoreramente el final, el ocaso próximo de la cultura de Occidente. La cultura
es una afinidad morfológica, a estar sus propias palabras (La Decadencia
de Occidente p. 15); es decir una relación formal, una manera común de
pensar y de expresarse, un mismo sentido de las matemáticas, de la
arquitectura, de la gramática, de la lógica. Nada, o muy poco, tiene que ver
con las otras realidades, las naciones, que se agitan en la historia.
Relacionando
estas culturas, Spengler observa que ellas parecen verdaderos
organismos; que ofrecen un proceso semejante de nacimiento, de vida y de
muerte. Es decir, que la manera común de pensar lo material, que en
definitiva es la cultura spengleriana, está sujeta a la fatalidad de una ley
biológica que la hace nacer, vivir y morir como un ser viviente.
¿Pero
son análogas, son plantas idénticas entre sí estas culturas?, ¿Puede acaso
compararse en extensión y en profundidad a la cultura maya o azteca, con
la apolínea, la mágica o la occidental? Y sobre todo
¿representan las culturas verdaderos organismos sociales, o son simples
maneras individuales de expresar la realidad? ¿Influyen en el motor real de
la historia, que es antes que nada social y no individual?
La
existencia, de las culturas, como organismos biológicos sujetos a una
ley fatal de evolución, no tiene en realidad relación con la historia. La
historia es solamente historia de lo social: más adelante volveremos
sobre ello. Nada interesa – a lo menos para una correcta interpretación de la
historia – detenerse en las apariencias del “pensamiento individual”.
Y sin
pretender analizar la exactitud de la teoría de Spengler, la juzgamos
inaplicable a una explicación de la historia, y aún a una morfología de la
historia. Es una morfología, tal vez genial, de la historia del
pensamiento individual: no de la historia, escuetamente.
La
apariencia del eterno sucederse de las culturas es a nuestro juicio
insuficiente para fundar un determinismo histórico biológico, como la
apariencia de progreso indefinido lo es también para referir la
historia, como lo hace Vico, a una causa providencial.
La
historia posee un determinismo social. No nos interesa, por ahora, que
su origen se encuentre en la Providencia o en la Biología, sino que la historia
no es la evolución humana sino la evolución social. En el espíritu de
la sociedad y de sus instituciones, debe buscarse su espíritu. Por
ello nos es necesario comenzar con el estudio de la sociedad y del origen
social, para conocer luego el proceso de la historia. Aquélla nos dará los
elementos para interpretar ésta.
¿Por
qué existe la sociedad? ¿Qué causa
obligó a los hombres a reunirse primero en clanes, luego en aldeas, en ciudades
y en reinos?.
Es
Aristóteles quien juzga que la naturaleza misma impulsa al hombre hacia la
asociación (Política 1-1-11.) El hombre es defectuoso y no puede
bastarse a sí mismo: de ahí que necesite la sociedad. La familia es la sociedad
restringida de mujeres y de esclavos en la primera época de la historia; (Pol.
1-1-6); la aldea se forma por la unión de familias en busca de un mayor
bienestar (id.7), y a su vez la asociación de varias aldeas da origen a la
ciudad. El motivo de estas sucesivas uniones es solamente la mejor conveniencia
de los hombres, que buscan por su naturaleza en la vida social amplia de las
ciudades, los medios para satisfacerse y vivir dichosos (id. 8).
De
manera semejante, Rousseau consideraba que “la más antigua de las sociedades, y
la única natural era la familia” (Contr. Soc. 1-2). Los hombres
formaron el Estado cuando ya les fue imposible mantener su vida absolutamente
libre en la naturaleza: quisieron como dice el Contrato Social “encontrar una
forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a la persona y
los bienes de cada individuo, y por virtud de la cual cada uno, uniéndose a
todos, no obedeciera sino a sí mismo quedando tan libre como antes” (I, 6).
El Estado fue así una construcción artificial formada en exclusivo provecho de
los individuos. La tesis del siglo XVIII es la misma que la de la decadencia
griega: la voluntad de los hombres ha constituido el Estado, y la necesidad que
tiene el hombre de vivir en común ha sido la causa de ello.
Herbert
Spencer suponía la existencia de la realidad social aun cuando no en
forma independiente de los individuos que la integraban. La sociedad era un
organismo semejante a los organismos vivientes: vegetales, animales o
humanos. Por lo tanto debía ser
estudiada como un ser viviente y real, aún cuando su espíritu fuera solamente
la síntesis del espíritu de sus integrantes.
Durante
todo el siglo XIX la idea individualista de la sociedad se mantuvo en boga. La
sociedad se habría originado o no por un contrato, pero lo cierto es que las
relaciones sociales quedaban supeditadas a la voluntad y a las conveniencias de
los individuos.
Quienes
negaron el aspecto contractual de la sociedad, carecieron de base firme para combatir
al individualismo. ¿Si la sociedad no era un mero conjunto de individuos, de
qué otra manera podría definírsela? ¿Qué poseía que la hiciera una realidad
diferente de sus integrantes? ¿Cómo ha sido formada si no lo fue por un
contrato entre los hombres?.
En 1890, Benjamín Kidd expuso sus
conclusiones religiosas y sociales en Social Evolution. Su obra, no
obstante el nuevo cariz que otorgaba a los fenómenos sociales, no alcanzó mayor
repercusión pues tropezó con el racionalismo entonces en boga.
Los hombres
según Kidd necesitan arreglar su conducta a una sanción super-racional, de
allí surgió la religión. “Una religión racional es una imposibilidad
científica, los hechos prueban que los dos términos son contradictorios” dice
este autor (o. c. p. 99).
En esa
sanción super-racional, base de las creencias religiosas, vio Kidd el espíritu
social. Los hombres se constituyeron en entes sociales para adorar en común a
un mismo ser sobrenatural, encargado de otorgar las sanciones que merecían sus
conductas después de la muerte. Pero junto a ese principio social vivía el
principio opuesto, el individual: es la razón del hombre. Son dos fuerzas que
impulsan al individuo en sentidos contrarios: la que lo lleva a los dioses, y
por lo tanto lo integra en el cuerpo social; y la que lo aleja de los dioses, y
por lo tanto tiende a desintegrarlo (p. 101).
Por
consiguiente para Kidd toda la evolución social se encuentra en la evolución de
los sentimientos religiosos. Esta evolución tiende a hacer más fuerte al cuerpo
social aumentando cada vez más el carácter religioso del individuo (p. 240).
Kidd ha
sido el primero en sospechar la verdadera naturaleza de la sociedad y de las
leyes que rigen su evolución. Pero cuando analizamos los fundamentos de su
teoría, la explicación que da sobre el origen social y el proceso de la
historia, sólo nos queda entre manos la magnífica tesis de su libro, que es el
aspecto religioso de lo social. Ni el origen de la religión puede buscarse en
la ética, ni la historia puede considerarse como una evolución ininterrumpida
hacía una mayor integración social. Kidd da a la razón y al individuo
una importancia que no está de acuerdo con el papel que juegan en la sociedad y
en la historia; pero no hay que olvidar el auge positivo e intelectualista de la
época es que escribió su Social Evolution.
Pocos
años antes, en 1887, el sociólogo alemán Tönnies, publicaba su conocido libro
“Comunidad y Sociedad” (Gemeinschaft und Gesellschaft), en el cual opuso
la comunidad, agrupación natural, espontánea, religiosa, a la sociedad,
conglomerado artificial, y racional. La comunidad era la entidad
primitiva; la sociedad, la ciudad moderna. La una, el “acuerdo
orgánico”; la otra, el “orden legal”.
No
obstante la trascendencia actual de la obra de Tönnies, ella pasó casi
inadvertida en el siglo XIX. Fue necesaria la revolución del Tercer Reich, para
que el pensamiento de los sociólogos alemanes, abandonara la fe en una sociedad
racional, para volver su vista a la comunidad natural y religiosa,
revelada por Tönnies.
Un notable
sociólogo contemporáneo especializado en los estudios sobre mentalidad
primitiva, Lucien Lévy-Brulh, nos ha revelado la manera extraña que poseían los
primitivos de coordinar sus ideas. No era por asociaciones lógicas; lo era por
una relación que califica de prelóqica, la cual puede definirse como una
confusión – o más bien dicho una falta de distinción – entre las ideas
principales y las accesorias, o entre los objetos reales y sus imágenes
figuradas: “Un complejo místico donde los
elementos emocionales y pasionales no pemniten al pensamiento obrar como
pensamiento”, dice este autor, y agrega “mística por esencia (la prelógica) no
encuentra dificultad alguna en representarse al mismo tiempo la identidad de
uno y de muchos, del individuo y de la especie” (Fonctions Mentles dans les
Societés Inferieures, pp. 115 y 248).
El
individuo y la sociedad forman un todo indisoluble: esa conclusión se desprende
de los trabajos de Lévy-Brulh. Mientras los civilizados diferencian en propio yo
del grupo social, y hasta han construido toda su ciencia y toda su
filosofía sobre la base de ese yo, el primitivo que desconoce la
diferencia entre la parte y el todo no sabe pensar en singular, y cuando
expresa su pensamiento en primera persona lo hace naturalmente en primera
persona del plural. Es esta la “individualidad múltiple” de que nos habla el
sabio profesor francés: el primitivo no es dueño de su persona, ignora el yo
como ignora lo mío.
¿Qué
nos sugiere esta especial manera de pensar que tiene el hombre primitivo? Indudablemente que el concepto sociedad es
la base de su conciencia; que la reunión de los hombres en clanes no fue
producida por la conveniencia de estos para lograr en la unión de muchos el
bienestar de todos; sino que esta unión es anterior a todo razonamiento, a toda
razón, individual, anterior o contemporánea a la humanización del
hombre.
Muchas
conclusiones pueden extraerse de los estudios de Lévy-Brulh. Por lo pronto que
las obligaciones sociales no son meras obligaciones contractuales, que la sociedad
tiene una vida en absoluto independiente de los individuos que la componen; que
no existen “derechos naturales” que el hombre se reservó al contratar su
presunta admisión al grupo social, etc. Y sobre todo una, que reviste especial
importancia para nuestro estudio: que la sociedad es anterior a todo
razonamiento, y que vive pese a todo razonamiento.
Henri
Bergson en “Les Deux Sources De La Moral et De La Religion” ve en la
religión la causa del afecto social. Esta religión – que llama estática – juega
en la sociedad de los hombres el mismo rol que el instinto entre las hormigas y
las abejas: mantiene la cohesión social. La religión sólo sería un derivado
humano del instinto animal: lo que Bergson llama “instinto virtual” (o. c.
p. 124). La naturaleza lo habría otorgado a los hombres, para oponer a la
inteligencia que es antisocial, un “instinto inteligente”, que mantenga la
unión entre ellos. Este instinto se manifestaría por la función fabuladora, es
decir la virtud de percibir constataciones irreales, que puedan oponerse a las
constataciones y a los hechos de la inteligencia. (p. 113).
“Imaginemos
– dice Bergson – una humanidad primitiva y unas sociedades rudimentarias. Para
asegurar a esos grupos la cohesión necesaria, la naturaleza dispondría de un medio
bien simple: sólo precisaría dotar al hombre de instintos apropiados. Así hizo
para formar la colmena y el hormiguero. Su triunfo fue allí completo: los
individuos vivieron solamente para la comunidad. Y su trabajo fue fácil porque
ellos sólo precisaron seguir su método habitual: el instinto es en efecto
coextensivo con la vida, y el instinto social como lo encontramos entre los
insectos, no es más que el mismo instinto de subordinación y de coordinación
que anima las células, tejidos y órganos de todo cuerpo viviente. Pero es a un
despertar de la inteligencia, y no a un desenvolvimiento del instinto que
tiende el empuje vital en la clase de los vertebrados. Cuando el término de la
evolución ha llegado al hombre, el instinto no se encuentra suprimido, pero sí
eclipsado: no queda de él otra cosa que una penumbra vaga, alrededor del
círculo potentemente iluminado, o mejor dicho luminoso que es la
inteligencia. La reflexión ha de
permitir al individuo inventar, a la sociedad progresar. Pero para que la sociedad
progrese es necesario que subsista. Invención significa iniciativa, y un
llamado a la iniciativa individual corre el riesgo de comprometer la disciplina
social. Dotado de inteligencia el ser humano, es decir despertado a la
reflexión se volverá hacía sí mismo y sólo pensará en vivir agradablemente. La
inteligencia le aconseja el egoísmo: allí el ser inteligente se precipitará si
nada lo detiene. Pero la naturaleza vela: delante de la barrera abierta un
guardián habrá surgido que prohibirá la entrada. Aquí será un dios protector de
la ciudad, el cual ha de defender la sociedad, amenazando y reprimiendo los
actos antisociales. El instinto que sólo existe como algo secundario, que ya no
será fuerte para provocar actos o para prohibirlos, suscitará en esa percepción
ilusoria, la fuerza necesaria para evitar el mal Considerada desde este primer
punto de vista, la religión es entonces una reacción defensiva de la
naturaleza, contra el poder disolvente de la inteligencia” (o. e. pp. 125-6).
Kidd y
Bergson encuentran así que la religión posee un fin social, y ambos –
separados por cuarenta años –, concuerdan en considerar a la “cohesión social”
como de naturaleza religiosa.
Pero si
la cohesión social tiene naturaleza religiosa, la sociedad es religión,
o mejor dicho la religión y la sociedad son aspectos de una misma cosa, y ambas
tienen una naturaleza, si no idéntica, extraordinariamente semejante como lo
veremos luego. Por ello que al indagar el enigma social, tropecemos siempre con
el enigma religioso.
Nuestra
pregunta inicial ¿por qué existe la sociedad?, se trueca en esta otra: ¿qué
origen tiene la religión? ¿son religión y sociedad algo íntimamente unido?
Dejaremos
de lado las primeras explicaciones del origen religioso, para concretamos a las
teorías más en boga a partir de la segunda mitad del siglo XIX. O sea desde el
auge del positivismo de Augusto Comte, a la actual escuela vienesa del padre
Guillermo Schmidt, y de la revista Anthropos.
Consideraba
Comte que la evolución social se había realizado en tres épocas: la
teológica, la metafísica y la positiva. En la primera el hombre se explica el
mundo y la creación por la obra de seres personales a quienes atribuye un poder
y una inteligencia semejantes a la humana: estos seres son los fetiches y los
dioses. En la segunda, descarta que el
universo haya sido creado por seres análogos a los hombres, y se preocupa, y
trata de investigar la naturaleza de la fuerza abstracta que gobierna el mundo.
Y en la tercera – la positiva el hombre deja de lado todos los metafisiqueos,
circunscribiéndose a lo que puede comprender y se encuentra a su alcance.
Los
fetiches de Comte representan a la naturaleza: el sol, la luna, las estrellas,
los animales y las plantas entran en esta categoría. Más tarde el hombre
comenzó a suponer en esos fetiches, no representaciones sino seres reales,
provistos de almas como él; y los fetiches se transformaron en dioses. Por
último el hombre unifica el culto en uno solo de estos dioses, substituyendo el
monoteísmo al politeísmo.
La
concepción de Comte era puramente teórica, y no se basaba en hechos ciertos
aportados por la Etnografía. Pero tampoco el gran filósofo intentaba formular
una hipótesis sobre la religión primitiva, sino más bien explicar, o mejor
dicho suponer como se había producido el desenvolvimiento social, para
fundar sobre las ruinas de la metafísica, la etapa positiva que anunciaba. (A. Comte, “Cours de Philosophie Positive”,
t. IV, 1, 51).
Entre
tanto se intensificaban en Inglaterra los estudios sobre religión primitiva.
Edward R. Tylor en Primitive Culture y Antropology, desarrolló su
notable teoría del “animismo”, que tanta repercusión alcanzaría.
Se
plantea Tylor el problema del hombre frente a la naturaleza, y juzga la
reacción que este debe experimentar ante tantos fenómenos que no comprende. El
etnólogo inglés deduce que el hombre debió suponer en las cosas de la
naturaleza un alma, semejante a la suya; y que obedeciendo a esta alma
se movían las nubes, caía el rayo y el viento soplaba. Y al encontrar en
diversos pueblos salvajes resabios de una creencia en los espíritus y las
almas de las cosas, juzgó confirmada su teoría y creyó haber descubierto la
forma más primitiva de religión.
Tylor
influyó – y aún influye – de manera considerable en los estudios sobre el
origen de la religión. Había dado con un hecho cierto, como es la creencia en
el alma de las cosas. Pero no era esta la forma más primitiva de religión, ni
tampoco el salvaje suponía en “todas” las cosas un alma semejante a la suya. La
concepción de este es mucho más compleja: cree en la existencia de espíritus o
demonios que pueblan los bosques y las montañas, y que suelen refugiarse en
determinados objetos.
Pero es
justo reconocer a Tylor y a sus discípulos, no solamente el acierto de buscar
el origen del culto en sus exactas fuentes etnográficas, sigo el descubrimiento
de la “etapa animista” en la evolución religiosa, que se caracteriza por el
temor a los espíritus y a las cosas habitadas por los espíritus. Forma de culto
que ahora podemos saber existió como etapa, no ya que como génesis de la vida
religiosa.
En
1896, Herbert Spencer daba término a su Principes Of Sociology. En él
retomaba la antigua tesis de Comte pero encarrilándola sobre bases científicas.
De los fetiches inexpresivos de este hizo dioses que tenían una naturaleza
social, y también un remoto origen social.
La obra
de Spencer fue criticada por sus teorías religiosas. Tylor y su animismo se
mantenían aún muy en boga en Inglaterra, centro de estos estudios.
Spencer
relaciona a los tótemes de los clanes australianos, y a los
diversos fetiches de los demás pueblos primitivos, con el culto a los
antepasados: “Hallamos, pues, que tras los seres sobrenaturalee de esta clase,
lo mismo que tras los seres sobrenaturalea de todas las otras formas, ha estado
oculta una personalidad humana” (o. c. p. 502). Supone, pues en el tótem
un antepasado hecho ser divino, y en las formas religiosas actuales, una
evolución de ese primitivo culto. “Todo lo que está por encima de lo ordinario
se lo imagina el salvaje como algo sobrenatural o divino; así accede también
con los hombres que sobresalen de la gran masa” (p. 503).
La
teoría de Spencer estrictamente “positivista” se resentía de un marcado
individualismo. Era la manera cómo un sociólogo de su época individualista
podía contemplar el fenómeno religioso. No obstante las críticas que mereció
esta arriesgada concepción, creemos que Spencer – aun cuando por caminos
equivocados – alcanzó muy cerca la verdad sobre el remotísimo origen de los
dioses. Pero si rebuscando detrás de los “seres sobrenaturales”, Spencer
encuentra una personalidad humana, simbolizada imperfectamente en el animal
totémico, no por ello en el culto religioso a ese ser, existe solamente
la simple afección a una persona. Ese algo más, constituye la esencia de
la religión, y ese algo más no lo pudo alcanzar Spencer porque se lo vedaba su
filosofía positiva e individualista.
En
1894, James G. Frazer publicaba su obra The Golden Bough que lleva el
subtítulo “un estudio sobre magia y religión”; y en 1910, concluía los cuatro
tomos de Totemism And Exogamy, en los cuales examinaba las distintas
teorías sobre el origen del totemismo, y las diversas instituciones de la
cultura del clan.
Dos
partes diferentes de los estudios de Frazer, que abarcan toda la sociedad
primitiva, interesan a nuestro trabajo: la prioridad que otorga a la magia
sobre la religión en las primeras formas del culto, y su concepción sobre el totemismo.
Para
Frazer el mundo primitivo no era gobernado por seres personales (como son los
dioses), sino por fuerzas impersonales que poblaban la naturaleza. El hombre
temía a estas fuerzas y por lo tanto trataba de precaverse de ellas.
El primitivo no
poseía una noción de seres poderosos y extrahumanos dirigiendo estas fuerzas, conocía
solamente la existencia de ellas: es decir, que el enigma de la naturaleza se
le presentaba puramente bajo la forma de un temor a lo desconocido, sin que los
hechos que provocaban ese temor: la muerte, el trueno, el rayo, la mala
ventura, etc., tuvieran en su mente explicación alguna. Es el estado que Frazer
llamó mágico, caracterizado por los exorcismos y las invocaciones de los
hechiceros.
Posteriormente esa
fuerza dispersa en la naturaleza es referida a seres extrahumanos, pero
concebidos a semejanza o simple analogía con el hombre: estos seres son los dioses.
Los hombres, desconfiando de poder dirigir la magia de la naturaleza con
sus exorcismos, construyeron los dioses y se colocaron bajo su protección. De
esta manera la Religión surgió de la magia, como la química de la alquimia y la
astronomía de la astrología, empleando un símil del propio autor (Golden
Bough, p. 62-75).
El
totemismo sería una forma de ese culto mágico (T. and E. p. 115), pero
al mismo tiempo el tótern sería el distintivo del grupo social que es el
clan (o. c. p. 4 y sgts.).
En
realidad Frazer no vio en el tótem otra cosa que el nombre o el emblema del
clan, pero elevado a la categoría, no ya de algo religioso, pero sí mágico; ya
que el primitivo teme y adora al mismo tiempo a todo objeto que lleva el nombre
o el signo del tótem. Por ello, si bien definió al tótem como un objeto
puramente social, reconoce en él los atributos de las cosas mágicas.
Lévy-Brulh,
en sus conocidas obras, nos revela a su vez el porqué de ese estado mágico
precursor de la religión. Careciendo de nuestra razón (es decir razonando por prelógica),
los primitivos no atinan a distinguir lo real de lo irreal. Viven en un
mundo místico: “El mundo visible y el mundo invisible no hacen más que uno” (Mentalité
Primitive, p. 95), y se mueven a impulsos del terror, o movidos por la
obediencia a seres fantásticos. Fetiches y espíritus de toda naturaleza pueblan
sus horas y les dictan la manera de obrar y de vivir. “La vida entera del
primitivo, desde su nacimiento hasta su muerte, y mismo más allá, se desliza en
lo sobrenatural” (Le Surnaturel Et La Nature Dans La Mentalité Primitive, p.
8).
Por
otra parte, y fuera de esta corriente de la sociología francesa, una serie de
teólogos protestantes encabezados por el Dr. Söderblom, arzobispo de Upsala,
han impreso a la teoría de Frazer una interpretación que intenta cohonestar la
magia primitiva con la verdad absoluta de las religiones reveladas. Según
ellos, la magia no sería otra cosa que la forma elemental y primitiva de la
creencia en un Ser Supremo. La forma empleada por el Ser Supremo, para
mostrarse al entendimiento de los salvajes.
Pero de
mucho mayor importancia que esta corriente derivada del magicismo, y que
podríamos llamar protestante; es la escuela teísta encabezada por
el erudito sacerdote Guillermo Schmidt, profesor de la Universidad de Viena y
director de la revista Anthropos. Schmidt en su obra capital (aún no
concluida) “Der Ursprung Der Gottesidee” (“El origen de la idea de Dios”), y
en su Manual De Historia De Las Religiones, retoma una antigua
concepción de Andrew Lang sobre la creencia en un Supremo Dios como forma única
de religión perdurable a través de todas las épocas. Lang en Magic and
Religion, sostenía que la idea de un Dios único era una idea innata en el
hombre, y que esta forma se encontraba aún en los pueblos menos civilizados del
globo; su teoría, que negaba el principio de la evolución en historia de las
religiones, fue combatida acerbamente en la época en que publicó su libro
(1901). Pero Schmidt en Austria, y los profesores Pettazoni y Foucart en Italia
y Francia, han vuelto en los últimos años por la tesis de Lang. Schmidt apoya
sus conclusiones en la etnología, especialmente en los estudios de Howitt sobre
las tribus indígenas del sudeste australiano y las investigaciones de Man
respecto a Puluga, el dios único de los pigmeos andameses, añadiendo sus
propias conclusiones sobre los pigmeos africanos y asiáticos, que él considera
la expresión más antigua de la humanidad, y también sus estudios históricos
sobre la religión de los semitas y los indogermanos. Y por otra parte, Graebner
en El Mundo De los Hombres Primitivos, aporta sus trabajos sobre las
fiestas y el culto de las tribus australianas del sudeste.
Todo
ello ha permitido la actual boga de la escuela teísta. Pero más que
fundados en una comprensión lógica de la idea religiosa, y en un entendimiento
claro de su evolución, el teísmo, se propone demostrar la no evolución
de la idea divina y la absoluta independencia entre los conceptos de religión y
sociedad.
El teísmo
se apoya en lo que considera hechos ciertos – esto es, la antigüedad de la
idea de un dios único – para negar la evolución religiosa de la humanidad. El dios
único, habría constituido la primera y sola manifestación religiosa del
hombre, y su origen no sería otro que su propia razón – una razón semejante a
la nuestra pues esta escuela niega o desconoce los trabajos de Lévy-Brulh – que
les exigió satisfacer con la existencia de un ser sobrenatural y único sus
problemas de causa (creación de las cosas existentes, origen de la vida,
etc.), de tiempo y de espacio (Schmidt, Manual, p. 302).
El teísmo
no es otra cosa que el esfuerzo para cohonestar la historia de las
religiones con la creencia que sus autores profesan en un dios único y eterno:
no es una teoría metódica, sino un buen deseo sentimental. Se apoyan para sus
conclusiones en unos cuantos datos etnográficos, y haciéndose fuertes de ellos,
niegan la evolución de las ideas religiosas: es decir, niegan el carácter
social de la religión, al substraer ésta a la ley general de la evolución.
Sus
argumentos los reputamos débiles. Sostiene que el culto a un dios único, existe
en todos los pueblos más primitivos de la tierra, lo que no es exacto:
los Onas de nuestra Tierra del Fuego, pueblo primitivo por excelencia y quizás
el pueblo que menos contactos exteriores ha tenido, ni tiene ese culto, ni
posee en realidad culto alguno.
Por
otra parte nada nos hace presumir que los pueblos que Schmidt cita en apoyo de
su tesis sean esos “puros primitivos” que pretende. Loa pigmeos de Asía y
Afrecha practican una agricultura rudimentaria, y poseen un régimen de
filiación patriarcal; es decir que tienen rasgos de una cultura muy superior al
actual estado que presentan. Más bien son pueblos degenerados, retornados al
salvajismo después de haber conocido una cierta cultura. Su religión puede ser
un resabio de esa anterior civilización.
En
tercer lugar, el Alto Dios de muchos de esos pueblos, puede haber sido
importado de otros vecinos con un grado mayor de cultura. De la misma manera
que los pigmeos y los bosquimanos de Afrecha tomaron el lenguaje de sus vecinos
los hotentotes, pudieron tomar de ellos su idea religiosa. Las “imitaciones”,
son muy comunes en etnografía. El padre Falkner, viajando por la Patagonia en
el siglo XVIII, nos ha contado que los Tehuelches adoraban diversos espíritus y
formas animales. Pero además tenían la idea de un Gran Dios, bueno y justo, a
quien llamaban Soychú, pero a quien empero, no rendían culto;
simplemente tenían la idea de que ese Dios existía por alguna parte. A primera
vista la existencia de ese dios confirmaría la tesis del padre Schmidt y de su
escuela, pero si analizamos el nombre Soychú, éste significa en lengua
Tehuelche “el ser que manda en el país de la bebida fuerte”, alusión clarísima
al alcohol y al culto de los primeros blancos llegados a las costas
patagónicas. La idea de un Alto Dios de los Tehuelches, sería así tomada
de los españoles.
Y sí a
ello agregamos que en muchos pueblos citados por Schmidt el pretendido Alto
Dios, no es otra cosa que la fuerza impersonal que Frazer llamaba magia, y que
es sólo el temor a la naturaleza en su más primitiva manifestación, como el
Dios de la “liturgia nocturna” de los negritos de Filipinas entre otros muchos ejemplos.
Por todo ello nos permitimos poner en duda la certeza etnográfica de que
hacen gala los teístas y de convenir con ellos que la idea de un Alto
Dios es una idea innata en el hombre, y que escapa a las leyes de evolución.
Todo lo
contrario. La etnografía nos enseña que las formas religiosas siguen idéntica
evolución a las sociales: que los pueblos de poca cultura social, presentan
formas embrionarias de culto, y que los pueblas de gran civilización, tienen
igualmente una gran cultura religiosa. Es decir que en apariencia – luego
veremos si en espíritu – la religión es un fenómeno social,
6. Los
problemas religioso y social en la escuela sociológica de Durkheim.
La
religión es para Emilio Durkheim, el “gran hecho humano sin el cual el
hombre no sería lo que es”. Es el producto social por excelencia, y ha
surgido naturalmente del espíritu social. Por eso el sociólogo francés ha ido a
buscar en las formas elementales de la sociedad, el origen mismo de las
religiones.
En el
misterioso tótem de los indígenas australianos, Durkheim encuentra la
forma embrionaria de un doble culto: religioso y social al tiempo. “El tótem
– dice en Les formes elementaires de la vie religieuse – es, por una
parte, la forma exterior y sensible de eso que nosotros hemos llamado el
principio o dios totémico. Pero, por otra parte, es también el símbolo de esa
sociedad determinada que se llama clan. Es la bandera; es el signo por
el cual cada clan se distingue de los otros, la marca visible de su
personalidad, marca que lleva todo aquello que hace parte de un clan a
cualquier título que fuere, hombres, bestias y cosas. Si entonces es, a la vez,
el símbolo del dios y de la sociedad, ¿no resulta que el dios y la sociedad no
hacen más que uno?... El dios del clan, el principio totémico, no puede ser
pues otra cosa que el clan mismo, pero divinizado” (p. 294).
En el tótem
emblema del clan, Durkheim encuentra la primera manifestación
religiosa. El tótem, embrión de lo divino, no sería otra cosa que el
símbolo, el espíritu hecho culto divino del clan, generador de la
familia y del Estado.
Frazer
– en cuyos Totemism and exogamy y The golden bough, tanto se
inspirara Durkheim para Les formes elementaires – sin alcanzar a ver en
el tótem un culto religioso, señaló toda la importancia social que poseía:
“Si el totemismo, aparentemente ha hecho poco para favorecer el desarrollo de
las formas superiores de religión, probablemente ha hecho mucho para fortificar
los lazos sociales, y por lo tanto para servir la causa de la civilización...
La tendencia del totemismo a unir a los hombres para formar grupos sociales ha
sido notada sin cesar por los escritores que han descripto esta institución
según sus observaciones personales” (Totemism, c. IV, p. 38).
El gran
estudioso de las formas primitivas de la religión que es Frazer, se detuvo ante
el muro que consideró infranqueable entre “sociedad” y “religión”. El tótem para
él, era un símbolo social, admitiendo no obstante que poseía “algo de
religioso”. Esta partícula divina del tótem, provenía de la vida mágica
del primitivo: “La razón entonces por la cual un clan adora a una
especie particular de animales o de plantas (porqué el tótem del clan
puede ser una planta) parecería ser la creencia de que la vida de cada
individuo del clan se encuentra ligada a un animal o a una planta de la
especie, y que su muerte seguiría a la muerte de ese animal particular o a la
destrucción de esa planta”, (Golden Bough, “El alma exterior en los
animales”, p. 641).
Les
formes elementaires publicado en 1912, admitió en gran parte las
conclusiones de Frazer. Pero el método de Durkheim, al lograr el análisis de la
vida religiosa en sus orígenes, le llevó a demostrar todo lo que de común
existía entre las sociedades primitivas y las formas religiosas primitivas.
Pocos
años antes de la publicación de Les formes elementaires, dos
durkheimianos de mérito, H. Hubert y M. Mauss habían realizado importantes
estudios sobre sociología religiosa en L’année sociologique. Fue la
primera aplicación del método sociológico de Durkheim al análisis de las
religiones primitivas. Tres de estos estudios, reunidos en un volumen, con el
título de Melanges d’histoire des religions, sirvieron en mucho al
maestro para componer sus formes elementaires. En Melanges, Hubert
y Mauss demuestran el aspecto eminentemente social que poseían los sacrificios
y ceremonias religiosas entre los primitivos: “Quien no crea, sólo verá en
estos ritos (los sacrificios) vanas y costosas ilusiones, y ha de asombrarse de
que toda la humanidad haya malgastado sus fuerzas tras dioses fantasmas... Pero
las nociones religiosas, desde el momento que ellas son creídas, existen; y
existen objetivamente como hechos sociales. Las cosas sagradas, los dioses y
las otras, en relación a las cuales funciona el sacrificio son eminentemente
cosas sociales... Se puede comprender la función del sacrificio haciendo
abstracción de los símbolos: es una función social porque el sacrificio se
relaciona siempre con hechos sociales... Los individuos se confieren por él, la
fuerza social entera. Revisten de una autoridad social sus votos, sus
juramentos, sus matrimonios. Rodean, como de un círculo de santidad que los
protege, los campos que han labrado, las casas que han construido. Al mismo
tiempo encuentran en el sacrificio el medio de restablecer el equilibrio
turbado; por la expiación, ellos se desembarazan de la maldición social
consecuencia de la falta, y reingresan a la comunidad... La norma social es así
mantenida, sin peligro para ellos, sin disminución para el grupo. Así la
función social del sacrificio es llenada tanto por los individuos como por la
comunidad” (Melanges, Essai sur la nature et la fonction du sacrifice, p.
128).
Hubert
y Mauss aplicaron el método sociológico al estudio de los fenómenos religiosos
primitivos: sus estudios habrían de demostrar la considerable función social
que cumplían las formas religiosas, y en gran manera prepararon el camino para
la concepción, evidentemente genial, de Les formes elementaires.
La idea
de lo “divino”, el espíritu de “dependencia” característico de las formas
religiosas, caracterizaría también las formas sociales. “De una manera general
– escribe Durkheim – no es dudoso que una sociedad tiene todo lo necesario para
despertar en los espíritus, por la sola acción que ejerce sobre ellos, la
sensación de lo divino: porque ella es a sus miembros, aquello que un dios a
sus fieles... La sociedad nos produce la sensación de una perpetua
dependencia. Porque ella tiene una naturaleza que le es propia, diferente de
nuestra naturaleza individual, ella persigue fines que le son igualmente
especiales: mas como no puede obtenerlos si no es por nuestro intermedio,
reclama imperiosamente nuestro concurso” (Form., Elem., p. 295).
Fauconnet,
ha expresado claramente en su Responsabilité este sentimiento de la
“responsabilidad social”: “Desde sus orígenes el hombre es doble, hay dos
naturalezas en él: la una animal, orgánico-psíquica; la otra, super-individual,
resultado de su participación en una realidad trascendente. Esta realidad es
social: ella consiste en un sistema de ideas y de sentimientos que elabora la
conciencia colectiva, y que muy probablemente expresa la sociedad misma” (Responsabilité,
p. 367).
El
dualismo entre lo profano y lo sagrado – entre el individuo y la sociedad –
exige desde luego la sumisión del primer orden al segundo. El hombre es
naturalmente un ser religioso por el hecho de que es un ser sociable. Y así
como la vida profana se encuentra sujeta y dependiente de la vida sagrada; el
individuo no puede ser considerado independientemente de la sociedad en la cual
vive, que condiciona todos los actos de su vida.
En el
hombre primitivo, el dualismo de que habla Fauconnet se cumple por un completo
eclipse de lo profano ante lo sagrado. En el civilizado, podemos decir, nos
encontramos ante “individuos socializados”, en los tiempos primitivos es la sociedad
mísma lo que hallamos en todas las manifestaciones humanas. La
“individualidad múltiple” de Lévy-Brulh es la característica del hombre
primitivo. “El individuo pertenece a su grupo y no a sí mismo. Cuando él se
compromete es, por así decirlo, el grupo que va en su persona a trabajar con el
blanco. Es el grupo que gana el salario. Es entonces el grupo quien lo partirá
cuando el trabajador reingresa a la tribu. Este no tiene la menor idea de
reivindicar una propiedad personal de su salario, como tampoco pensaría en
protestar de su inocencia cuando la responsabilidad colectiva hace que sea
castigado por la falta de otro miembro de su grupo. (Lévy-Bruhl, Ame primitive, p. 126).
El alma
individual desaparece así tras el alma social, única realidad de los tiempos
primitivos. De allí el profundo sentido místico que tiene la vida en esas
etapas de la humanidad. “Para la mentalidad primitiva el mundo visible y el
mundo invisible no hacen más que uno. La comunicación entre lo que llamamos
realidad sensible y las potencias místicas, es entonces constante” (íd. Mentalité
primitive, p. 95).
La
“individualidad múltiple” de Lévy-Bruhl se acuerda a la “personalidad social”
de Les formes elementaires. Es justamente esta personalidad social, la
que Durkheim encuentra impregnada de un profundo sentido religioso. “Porque es
por vías mentales que la presión social se ejerce; ella no puede dejar de dar
al hombre la idea que existe más allá de él, una o varias potencias, morales al
tiempo que reales, de las cuales depende” (Form. Elem., p. 298). El
hecho de la personalidad social, independiente de cada una de las
personalidades individuales que integran un cuerpo social, es para el sociólogo
que estudiamos, la base misma del espíritu religioso. El alma social preside
todos los acontecimientos, que por ser sociales son necesariamente históricos.
“La historia abunda en ejemplos de este género. Basta pensar en la noche del 4
de agosto, donde una asamblea fue repentinamente llevada a un acto de
sacrificio y de abnegación, al cual cada uno de sus miembros se rehusaba la
víspera, y del cual todos se sorprendieron al día siguiente” (For. Elem, p.
300).
Más
adelante agrega: “Y todos esos procesos mentales (los sociales) son tan
análogos a aquellos que se encuentran en la raíz de toda religión, que los
individuos mismos se han representado muchas veces bajo una forma expresamente
religiosa, la presión a la cual cedían. Los cruzados creían tenerlo a Dios
presente en medio de ellos incitándolos a partir a Tierra Santa; Juana de Arco
creía obedecer a voces celestes” (Form. Elem., p. 301).
Le Bon
había dicho “Para las muchedumbres es necesario ser Dios, o no ser nada” (Psicología
de las multitudes, p. 96), aludiendo al papel de los conductores sociales y
al lazo místico que los une con sus conducidos. “Todas las creencias políticas,
sociales y divinas no se establecen en la multitud, sino a condición de
revestir siempre la forma religiosa”, agregaba más adelante. “Todos los
partidos políticos, económicos, confesionales – dice Durkheim – toman cuidado
de provocar periódicamente reuniones donde sus adeptos puedan reavivar la fe
común manifestándola en común” (Form. Elem., p. 300). El revestimiento
religioso de las manifestaciones sociales que es la tesis de Le Bon, en su
citado libro, es corroborada por Durkheim. Y si Le Bon concluye que en toda
manifestación colectiva “hay algo” de religioso; Durkheim demostrará que la
esencia, el espíritu de lo religioso, es sólo el culto a lo social: y que en
los dioses, adoran los hombres en realidad a su sociedad “divinizada”.
Y si la
religión es un producto social: si es el producto social por excelencia ¿la
evolución de la sociedad no estaría condicionada por la evolución de las formas
religiosas?. ¿No respondería cada
“tipo” de religión, a un “tipo” social determinado? Durkheim nos muestra el
tipo religioso de la sociedad primitiva: la forma más elemental del culto: el
totémico. Pero supone que la naturaleza de las religiones es invariable a
través de la historia. “Todo nuestro estudio reposa sobre este postulado: que
ese sentimiento unánime de los creyentes de todos los tiempos, no puede ser
puramente ilusorio. Aquello que es la causa objetiva, universal y eterna de
esas sensaciones sui-géneris que hacen la experiencia religiosa, es
la sociedad. Hemos demostrado que fuerzas morales desenvuelve, y como ella
despierta ese sentimiento de apoyo, de salvaguardia, de dependencia tutelar,
que ata al fiel a su culto. Es ella que lo eleva por encima de sí mismo; es
ella misma quien lo crea. Porque aquello que hace al hombre, es ese conjunto de
bienes intelectuales que constituyen la civilización, y la civilización es la
obra de la sociedad. Y así se explica el rol preponderante del culto en todas
las religiones, cualesquiera que ella fueran. Es que la sociedad no puede hacer
sentir su influencia sino estando presente, y no puede estar presente si los
individuos que la componen no se encuentran reunidos en asambleas y obrando en
común. Es por la acción común que ella toma conciencia de sí; ella es, ante
todo una cooperación activa. Asimismo las ideas y los sentimientos colectivos
no son posibles sino gracias a movimientos exteriores que los simbolizan. Es
entonces, la acción lo que domina la vida religiosa, por lo mismo que es la
sociedad su fuente” (Form. Elem., p. 597). Y más lejos: “Hay entonces en
la religión algo de eterno, destinado a sobrevivir a todos los símbolos
particulares en los cuales el pensamiento religioso se ha desenvuelto
sucesivamente. No puede haber sociedad que no sienta la necesidad de entretener
y de reafirmar a intervalos regulares, los sentimientos colectivos y las ideas
colectivas, que hacen su unidad y su personalidad. Esta refacción moral
no puede obtenerse si no es por medio de reuniones, de asambleas, de
congregaciones donde los individuos, estrechamente unidos los unos a los otros,
reafirmen en común sus comunes sentimientos; de allí las ceremonias que por su
objeto, por los resultados que ellas producen, por los procedimientos
empleados, no difieren mayormente en naturaleza de las ceremonias propiamente
religiosas” (Form. Elem., p. 610). Y de allí concluye Durkheim: “Si la
religión ha engendrado todo lo que hay de esencial en la sociedad, es que la
idea de la sociedad, es el alma de la religión”.
La teoría
1. La carencia de sociedad y
religión entre los Onas.
El
padre J. M. Beauvoir, misionero salesiano de la Tierra del Fuego, se extraña de
que los Onas no tengan la menor idea de la divinidad, no rindan culto a nada y
se muestren asombrados cuando se les habla de un gran ser que ha creado el
mundo y lo preside, “Un descreimiento tal parecería contrario a esa ley
universal que hace a los hombres adorar a Dios en todas partes del universo”
(Los Shelknam, p. 217 ). Tomás Bridge, misionero evangelista, se
expresaba de esta manera en una conferencia pronunciada en 1880 en el Instituto
geográfico Argentino: “el pasado (para los Onas), les es incógnito no menos que
el porvenir. Para ellos no hay Dios, ni bien ni mal, ni espíritu que temer,
excepto uno que otro fantasma”. Los marinos franceses Hyades y Deniker en su Mission
scientifique française au Cap Horn (p. 253) dicen: “Nosotros los hemos
observado bien atentamente respecto a este punto de vista (el religioso)... y
jamás les hemos podido encontrar la menor alusión a un culto cualquiera, ni a
una idea religiosa”. Más adelante (p. 335), agregan: “No tienen la menor idea
del sentimiento religioso... se trata de hombres que jamás han adorado nada”.
Carlos R. Gallardo (Tierra del Fuego – Los Onas) hace idéntica
observación: “Nada hay que nos autorice a creer que los Onastengan ideas
definidas sobre la existencia de un Ser Supremo, o sobre un poder invisible que
rija sus actos, como tampoco se encuentran templos,... no veneran el sol, la
luna, las estrellas, ni nada... no tienen ídolos, ni fetiches, ni amuletos...
no usan plegarias, sacrificios, ofrendas ni demás formas exteriores del culto”
(p. 323).
Nos
encontramos ante un pueblo realmente desconcertante: quizás el único pueblo del
globo que no tenga culto religioso es éste que habita el extremo austral de
nuestra República. Y no se crea que son hombres decaídos a un estado análogo al
idiotismo, y que por lo tanto no precisan explicarse nada, ni suponer nada.
Tienen una inteligencia regular, y bastante vivacidad: simplemente – aún cuando
no carecen de cierta idea mágica – son pura y absolutamente irreligiosos.
Si les
preguntan quién hizo las montañas y los ríos, responden que Pinaukel. Este
sólo fue un hombre: no es considerado como un ser sobrenatural, sino como un
gigante trabajador y forzudo; no tiene culto, no es venerado de manera alguna,
ni está entre las estrellas como otros hombres que ascendieron a ese rango
celeste después de su muerte.
Pero si
los Onas carecen de idea religiosa, poseen ciertamente una idea – un poco vaga
y difusa – de lo sobrenatural: tienen una magia rudimentaria. Cuando enferman
acuden a sus hechiceros (los jons), para que éstos echen fuera la
enfermedad con sus exorcismos. Estos jons llaman o alejan las lluvias
con sus prácticas mágicas: cuenta Gallardo que los Onasinvocan a los jons muertos
Mgie y Caucasil para alejar el viento del Pacífico, el más terrible de
los vientos australes; Cuahucistán – que quiere decir “el carancho” – es
otro jon que tiene poder contra el viento polar.
Carecen
de culto a los muertos. El muerto es mekn, la sombra, que a veces vaga
por los bosques, pero que siempre huye de los vivientes. Sólo cuando el hombre
ha hecho algo notable, es ascendido después de su muerte, al rango de estrella;
y desde el cielo puede contemplar todo lo que pasa en la tierra, pero sin
intervenir en las cosas de abajo. Entre las estrellas está Kuanip, el
reformador, que es la estrella roja de la tarde (¿el planeta Marte?).
La idea
de lo sobrenatural, aunque muy disminuida existe en ellos. No temen a los
muertos, pero imaginan que en los bosques habitan algunos espíritus, de los
cuales se mantienen alejados. Cuando en la fiesta de la iniciación el
joven Ona es probado en su valor, debe permanecer varios días solo en los
bosques, y no hacer caso de las presencias mágicas que en él encuentre. Hashe,
el espíritu del árbol seco le habla a su paso por los tupidos senderos; Quemanta,
el del árbol vivo, suele mirarle por la noche entre las ramas, con sus ojos
brillantes de puma; Tano, el enano fatídico que vive debajo de la
tierra, se burla a su paso y lo despierta durante el sueño con extraños
susurros. A veces entrevee entre los árboles a Yose, el espíritu
transparente que acarrea leña sin cesar, la que no enciende nunca; y en
ocasiones topa con Mekn, la sombra silenciosa de la muerte, que camina
por los bosques, lejos de los hombres y del mar.
Todos
ellos son fantasmas como los llama Bridge. Son trasgos que viven lejos de los
hombres, que no tienen culto alguno, y que sólo inspiran miedo a los jóvenes
que deben pasar sus noches en el bosque para la ceremonia de la iniciación.
Hacía mucho tiempo que el temor a la naturaleza se había extinguido en la mente
de los Onas, cuando los primeros blancos llegaron a las caletas de Tierra del
Fuego. Más que un temor real, este de los espíritus es el recuerdo de un
antiguo temor; y una vez pasadas las fiestas de la iniciación, los adultos
muestran a los jóvenes las caretas y disfraces de que se han valido para
sugerir la presencia de los espíritus y probar el valor de los iniciados.
Sólo
los jóvenes y las mujeres se asustan de los espíritus y de los presagios. El
grito de la lechuza es fatídico, como el vuelo del murciélago, o la presencia
del carancho. También las madres temen que la luna llena ha crecido chupando la
sangre de sus hijos, y por eso en luna nueva, no los exponen a su luz. Los
sueños no son tomados por augurios, y el ona no les da importancia alguna.
Toda la
relación que los Onas tienen con lo sobrenatural, la cumplen estas pocas ideas
mágicas. No tienen un culto, no adoran ninguna entidad protectora, y el mismo
temor a los espíritus no reviste entre ellos mayor importancia. Si hay hombres en absoluto despreocupados de la
religión son éstos.
Y bien,
la carencia de religión se complementa con un relajamiento total de los
vínculos sociales. Apenas si entre ellos encontramos la familia como única
organización: una familia que sólo cumple funciones de tal mientras los hijos
son pequeños, y necesitan el cuidado de la madre. Fuera de ella no existe
organización social alguna: ni aldeas, ni tribus, ni siquiera clanes. Los
poblados se componen de unas cuantas chozas, en cada una de las cuales habita
una familia, pero el poblado no tiene jefes ni símbolos. Apenas si para la
fiesta de la iniciación, todas las familias del poblado se reúnen en la
ceremonia común.
Pero
esta desorganización no ha existido siempre.
Los Onas conocieron una época anterior de cierta organización social, en
la cual existían clanes matriarcales y posiblemente totémicos. Así lo suponemos
por el curioso klokethen de las fiestas de la iniciación.
El klokethen
es el secreto que se revela a los jóvenes y que éstos juran no decir jamás
a ninguna mujer ni a ningún niño. Para probar su valor se realizan las
apariciones de los espíritus, y si el joven ha salido airoso de la prueba,
puede hacérsele depositario del gran secreto, único fin de la ceremonia.
El klokethen
es la historia del antiguo dominio de las mujeres, y de la emancipación que
lograron los hombres guiados por Kuanip, el héroe, y ayudados por los
espíritus de los bosques. La defensa del poder femenino estuvo a cargo de Chaskels,
la jefa, apoyada por la luna, y por algunos animales, como el ganso
salvaje, la gaviota, el murciélago, la
lechuza, etc. Venció la coalición de los hombres y los espíritus: Chaskels
fue decapitada, la luna huyó al cielo y se fue a gobernar la noche, y los
animales se desparramaron por la tierra. Kuanip, el vencedor, después de
su muerte se transformó en la estrella roja de la tarde.
El
significado del klokethen no nos parece dudoso. Recuerda la anterior
existencia de una organización matriarcal y de un culto totémico: es decir de
una verdadera cultura de clan. La pérdida del culto totémico – figurada como la
derrota de las mujeres por los hombres, y (lo que es notable) de los animales
totémicos por los espíritus de la naturaleza – entrañó la pérdida de la
organización social. De la preeminencia de las mujeres en el clan, se
retrogradó al dominio del hombre en la pequeña horda, que es la familia
fueguina. Es decir que a un cierto grado de organización social y religioso
sucedió una completa anarquía en ambos órdenes. Lo social y lo religioso
marchan absolutamente unidos en este pueblo, que no pudo recibir en ninguno de
ambos órdenes influencias exteriores, por su aislamiento en el interior de una
isla helada e inaccesible.
A
nuestro juicio – y de acuerdo con la tesis que desarrollamos en este estudio –
el pueblo ona es un pueblo que ha regresado hasta la primera etapa de la
evolución humana: aquella en que los prehombres salvajes vivieron aislados con
sus pequeñas hordas, análogas a las hordas de los mamíferos superiores. Se ha
colocado antes de la humanización. Sólo son hombres, porque aún poseen un lenguaje, y todavía
pueden hilvanar su pensamiento, pero carecen del signo distintivo de los seres
humanos: la organización social, y el culto a esa organización social, hecha
símbolo religioso.
Extraña
vida irreligiosa la de este pueblo perdido en el extremo austral de nuestra
República. Su existencia desbarata toda la obra del sacerdote Schmidt y toda la
prédica de la revista Anthropos. Evidentemente Dios – el Dios con mayúscula de
los teístas – no ha entrado en la Tierra del Fuego. En cambio el
interrogante de Durkheim acude a la imaginación con mayor fuerza que nunca.
¿Por qué este pueblo que se olvidó de las formas sociales, se olvidó también de
las religiosas? ¿Es que dios y la sociedad no hacen más que uno?
2. El principio religioso
trascendente: el miedo.
Aunque
la mentalidad primitiva sabía distinguir aquellas cosas comunes y ordinarias,
de aquellas que juzgaba sobrenaturales, casi nunca las separaba en sus
representaciones, dice Lévy-Brulh. El “sentido de lo imposible” le faltaba.
“Aquello que nosotros llamamos milagro era banal a sus ojos, y aunque podía
emocionarlos, difícilmente los asombraría”.
El
mundo en que vivían estos hombres era un mundo en absoluto diferente del
nuestro, a lo menos del mundo de un hombre materialista y razonador de este
siglo. Lo invisible mezclabase a lo visible, aún en las cosas más corrientes de
la vida. “A juzgar por lo que se representa (el primitivo) y lo que
continuamente teme – dice el mismo autor – parecería que lo sobrenatural mismo
hace parte de la naturaleza” (Le surnaturel et la nature dans la mentalité
primitive, pp. VII y VIII).
En ese
mundo agitábase la vida humana en sus comienzos. No era aquel temor de los
primitivos un “temor religioso” fácilmente comprensible a nuestra razón. Se
trataba de un miedo a lo mágico, a lo invisible, a las fuerzas ignoradas de la
naturaleza, como aun hoy se encuentra entre ciertas personas civilizadas.
Psíquicamente orientado hacia
lo sobrenatural, el primitivo sentía que lo rodeaban fuerzas extrañas y
poderosas obedientes a los mandatos del más allá, y a las cuales
convenía no irritar. La frase con que el shaman esquimal Aua traduce
al explorador Rassmussen su posición frente a lo sobrenatural – y que
Lévy-Bruhl cita – “¡Yo no tengo creencias: tengo miedo!, explica la
verdadera actitud del hombre ante el temor de la naturaleza. Aua nada
cree, ni tiene necesidad de explicarse nada: sólo sabe que tiene miedo. Es un
miedo que nada tiene que ver con ningún razonamiento.
No es
la lógica como creyeron y creen muchos, que al exigir la causa de todos los
efectos ha planteado el problema insoluble de los efectos sin causa, y por lo
tanto ha referido estas causas a las fuerzas ocultas que conviven con los
hombres en ese extraño mundo de la edad
primera. No es la lógica, es algo que está fuera de la lógica: es
miedo, simplemente.
Solo el
término magia conviene a esta relación entre la naturaleza y los
hombres, que se traduce en una relación con lo sobrenatural. No podríamos
llamarla religión sin desnaturalizar esta palabra, que exige la
existencia de un culto y de una divinidad.
Entendemos
por magia, no solamente el poder que poseen los hechiceros y chamanes para
invocar lo sobrenatural, sino la creencia misma en esta fuerza sobrenatural,
cuyo origen es el temor a la naturaleza, y cuya manifestación es el miedo.
Rodolfo
Otto en Lo Santo ha definido con acierto este carácter del estado
mágico. “Esta cualidad – dice en la p. 152, refiriéndose a la magia – es
indicada por el sentimiento que suscita, que es aquel sentimiento particular de
lo inquietante o siniestro, y cuyo carácter positivo no se puede definir con
conceptos, y sólo se puede caracterizar por el reflejo en el ánimo: el
estremecerse (grassem)”.
Es el
cohibimiento ante la naturaleza: ante una naturaleza que piensa y que se mueve,
y lo que es peor que piensa y que se mueve, contra los hombres.
Mana llaman
los melanesios a esa fuerza mágica de la naturaleza, fuerza misteriosa e
incognoscible que hace venenosas las flechas mojadas en la savia de ciertas
plantas, que agita las ramas de los árboles y que origina el trueno y la
lluvia, las enfermedades y la muerte. Aunque la misma palabra tiene otros
significados – que no obstante se relacionan siempre con la idea de poder o
fuerza superior – ella se encuentra en todos los lenguajes de la raza
melanésica. Parecido significado tiene el orenda y el wakanda de
los indios del norte de América, el gualicho de nuestros Tehuelches y
Pampas. Davy encuentra análoga idea en el misterioso ká de los egipcios.
Mana es el
espíritu de lo mágico disperso en la naturaleza: el principio del miedo,
irrepresentable y universal. Es el “más allá” sagrado y fuerte por misterioso.
El temor guía estos primeros pasos de la humanidad, y ya veremos como en
defensa de este temor, se ha. de producir la unión social.
La
naturaleza concebida durante este período como una sola fuerza y un solo
pensamiento, se desmembra luego en multitud de espíritus y fantasmas que
pueblan los bosques y la noche. Los hombres vivieron alejados de ellos. Los
espíritus de la naturaleza les producían el terror horrible que inspira el más
allá; el terror pánico, que la presencia de Pan el espíritu de los
bosques inspiraba a los pastores de Grecia.
Bien es
cierto que los seres maléficos eran naturalmente antisociales, y habitaban
siempre en lugares de difícil acceso, como los bosques impenetrables, los lagos
brumosos o las cimas de las altas montañas. Tan sólo incursionaban a la hora en
que los hombres dormían, amparados por las sombras de su madre, la Noche.
Las
fuentes tuvieron sus espíritus, como los árboles, las montañas y los lagos.
Toda manifestación de la naturaleza tuvo su interpretación mágica: el trueno
fue la voz airada de un ser maligno, y el viento el soplido devastador de otro.
Un espíritu traía la muerte en los sutiles venenos de las flechas; otro guiaba
a las fieras hambrientas cuando, a
falta de caza, atacaban al hombre; otro aniquilaba silenciosa y misteriosamente
la tribu, inoculando el virus de una peste mortífera.
Pero no
era solamente por sus depredaciones que el hombre temía a los espíritus.
Volvemos a repetir que la vida de las primeras asociaciones humanas se
deslizaba en un temor constante y en una huída eterna del más allá. La
conciencia del mana les hacía sentirse muy inferiores a las poderosas
fuerzas que gobernaban el universo, y vivir cobijados, agrupados, en los
primeros clanes.
Es que
fuera de allí, empieza el dominio del miedo. Gualicho el espíritu
maligno de los Tehuelches y de los Pampas es apodado entre los primeros Huecuvoe,
el “vagabundo de afuera” según Falkner. Es el espíritu que merodea cuando
todos duermen, que espanta a los guanacos y corta misteriosamente los tientos
del toldo. Gualicho es la obscuridad de la noche, el viento desolado de
la planicie, la nieve mortífera de los inviernos patagónicos. Frente a Gualicho,
y como defensa contra él, cada estirpe o familia Tehuelche posee un animal
protector por el cual se supone engendrada: es el principio divino y social al
tiempo, el tótem: “...los unos se dicen casta del tigre, los otros del
puma, algunos del guanaco como otros del avestruz. Se imaginan que cada uno de
estos dioses tiene su morada aparte en vastas cavernas subterráneas, bajo de
algún lago, cerro u otra cosa; y que cuando muere algún indio, su alma se va a
vivir con el dios que es el patrón de su familia”, escribió Falkner (Descripción
de la Patagonie p. 102), más de cien años antes que Mac-Lennan descubriera
en Australia las características del totemismo.
Lo
sobrenatural, como dice Lévy-Brulh, hace parte de la naturaleza. Rassmussen ha
recogido entre los esquimales de Iglulick impresiones notables a este respecto,
y narra las extrañas encarnaciones de lo “misterioso”, invocado durante las
fiestas por el conjuro del quilaut de los hechiceros.
El quilaut
es el gran tambor de golpes rítmicos y sonoros que domina el tono general
de los instrumentos y cánticos sagrados. El término quiere decir literalmente
“lo que llama a los espíritus”.
Es un
verdadero éxtasis colectivo el que produce la danza y la música en la turba
entregada a bailar y a cantar. Todo ello prepara la manifestación de lo
sobrenatural: el danzar frenético de la muchedumbre, el canto lúgubre que
acompaña los movimientos del baile, los pintarrajeados trajes de los
hechiceros, y sus gestos terribles, y sobre todo el ritmo acompasado del gran
tambor invocando a las potencias ocultas, y cuyos golpes vánse haciendo más
sonoros y más acelerados a medida que avanza la ceremonia. Todo ello produce un
paroxismo de emoción, algo así como un hipnotismo colectivo que fácilmente
coloca a los sujetos en estado de éxtasis o de trance.
Y es
entonces, en medio de las danzas y de los cánticos frenéticos, y al llamado de
los golpes rítmicos y acelerados del quilaut, cuando los espíritus
conjurados se hacen presentes. Hasta que la emoción y el esfuerzo
extraordinario y necesario para llegar a tal tensión nerviosa hace rodar por
tierra extenuados a cantantes, bailarines y hechiceros.
3. El principio religioso
inmanente: el Dios protector
Pero el hombre no permanece
aislado frente a lo sobrenatural, y no es su vida un perpetuo temor y una
perpetua huída del más allá. Alguien vive junto a él, y le protege de las
potencias ocultas de la noche: ese alguien posee mana – es decir poder
mágico – y por eso puede hacerse fuerte ante el otro mana, el de los bosques y
las montañas.
Es el dios.
Protector de los hombres, o más exactamente dicho de la pequeña y primitiva
comunidad de hombres que es el clan, el dios se nos presenta en su más
antigua forma religiosa bajo la figura incógnita del tótem, el animal
sagrado. El tótem gobierna la minúscula colonia de los primeros hombres;
él ha dictado las leyes terribles del tabú, en su honor los jóvenes
entonan los alegres cantos de primavera en la fiesta de la iniciación, y
también el día del sacrificio – la fiesta australiana del intichiuma
– cuando al clan todo se viste de luto y cubre de llanto; el propio tótem
inmola su cuerpo para que en el festín de la eucaristía, puedan los hombres
al comer el cuerpo, posesionarse del espíritu del ser divino que los ha creado
y los preside.
Padre
generador, nombre común y dios: el tótem aparece en el pórtico de la
Historia como la forma embrionaria de un doble culto, religioso y social. Es el
alma, el espíritu del clan: el padre, el jefe, el legislador y el juez. Pero al
mismo tiempo que todo eso, su culto, ingenuo y simple, es en cierta manera el
culto a lo desconocido, al más allá, al mana disperso en la naturaleza y
que adquiere para su clan la forma del animal totémico. Es Rey y es Dios. Es el
embrión precisamente de la idea religiosa y de la idea política.
Ese es
el espíritu del tótem. Es el Dios-Rey como el clan es el Estado-Familia.
El tótem genera, tutela y representa al clan: es el propio clan
hecho símbolo. ¿Adorando a este animal
divino – rudimento de dioses – rendían los primeros hombres un culto a su clan,
a su sociedad como lo quiere Durkheim? O a la inversa ¿la sociedad humana se
desenvuelve alrededor de este tosco fetiche, pero en el cual alienta el
espíritu de lo divino que le otorga su esencia mística y su nervio religioso?
No
puede separarse esta idea social del clan, con la mística que impregna al
tótem. Juntos aparecen en la alborada de la humanidad, y una misma
representación – idea rudimentaria y compleja al tiempo – los une en una común
esencia, a la vez mística y social. El clan origen del Estado, es sólo la
descendencia del tótem, generador de todas las religiones. Es en torno a
esta figuración mística de la idea social, y por el influjo que ella ejerce
sobre los hombres, que el Estado se forma y evoluciona: el tótem guía
estos primeros pasos de humanidad con toda la sabiduría que le otorga su divino
poder.
Así
junto a su aspecto religioso, el tótem es el germen del poder político y
del patriarcal. Es por ello la base de nuestra sociedad, y por ello su espíritu
es el mismo espíritu de nuestras instituciones.
Es en
primer lugar el padre del clan. Como tal engendró a los hijos y ahora los
vigila y castiga. No conocen los hombres otro padre que el propio fetiche:
él fecunda a las mujeres, y
otorga la vida, pues dispone de la facultad de hacer esa merced como mantiene
el derecho de quitarla a su albedrío.
El tipo
matriarcal de filiación totémica y el libre régimen de uniones sexuales, hace
desconocida la existencia de un padre “real”. La mujer misma, es muy posible
que no relacione el acto de la concepción con el posterior del nacimiento. El
hombre viene al mundo en cumplimiento de la misma ley divina que hace germinar
las plantas y reproducirse los animales. El tótem – dueño y señor de lo
visible y de lo invisible – ha engendrado en ella ese niño. Es el hijo
verdadero del tótem con la misma y mística filiación que el clan todo
mantiene con el dios.
El tótem
es el dueño de las mujeres, y por ello el hecho de tocarlas es prohibido, tabú.
No tiene otra razón la ley de exogamia que obliga a su respeto y que
prohíbe la unión sexual entre hermanos de clan.
También
el tótem es el Jefe del clan. Ningún hombre manda en el clan, y la más
perfecta igualdad existe en la minúscula colonia: sólo el enorme y sobrenatural
poder del tótem se yergue ante el comunismo de los hombres. Gobierna el
clan, bien con el afecto paternal que obliga su vínculo directo, o bien por el
temor que sus fuerzas ocultas y sus terribles venganzas infunden en los
espíritus.
Cuentan
los ancianos, cuando a la luz del fuego instruyen a los jóvenes sobre el por
qué de las cosas del mundo, como en tiempos remotísimos el propio tótem dictó
la ley sagrada del tabú, creando los hombres y organizándolos
socialmente en el clan. Desde entonces vive en el propio clan, en el espíritu y
la sangre de sus hijos, y en la sangre y el espíritu de los animales de
su especie, que tienen igual substancia mística que sus hermanos los hombres.
Ese es
el mito sagrado, réplica salvaje del dogma de la creación de las religiones
orientales: por ello el tótem es Jefe, y dueño del clan, y de sus hijos.
Y como
tercer aspecto, y el más importante para nuestro estudio, el tótem condensa
la más primitiva y rudimentaria de las religiones. Es la idea religiosa
oponiéndose a la mágica. Durkheim creyó en su Formes élémentaires de la víe
religieuse que el tótem figuraba y administraba para el clan y
únicamente para su clan, la idea mágica del mana. Pero no es exactamente
que el tótem represente, limitado a su grupo social, la fuerza mística
dispersa en la naturaleza; sino que el tótem posee también mana como
una defensa, una protección contra el verdadero mana, el de la
naturaleza.
He aquí
el dualismo religioso: Por un lado el poder mágico disperso en la naturaleza – principio
trascendente –, que es el espíritu de la noche, el viento desolado de la
planicie, el trueno, la tormenta. Y por el otro el tótem, dios rudimentario que es solo el símbolo de
la comunidad de los hombres – principio inmanente -, y que debe hacerse fuerte en un mundo
dominado por la fuerza enorme del mana
El tótem
es así el amparo y la defensa de los individuos del clan – y nada más que de
los individuos de su clan – contra las potencias vagas y dispersas que
pueblan los bosques, los lagos y las montañas. Para combatir contra ellas el tótem
posee también mana, es decir fuerza mágica. Y así puede alejar a la
tormenta y al rayo, y en ocasiones preservar de las enfermedades y de la
muerte.
El tótem
es un verdadero dios, y mantiene en su derredor un verdadero culto religioso.
La idea de lo sobrenatural no toma en el tótem un carácter exclusivo de
temor: bien es cierto que el mana que lo inviste, le ha otorgado también
el miedo a lo desconocido”, pero junto a esa idea de temor, existe en el tótem
un principio de amor. Hay un comienzo de amor místico en la posición del
primitivo ante su tótem. No osa transgredir las misteriosas leyes del tabú por
temor a la cólera divina, pero en sus plegarias le solícita buena caza y
abundante pesca, y el tótem provee generosamente las peticiones de sus
hijos. También, como hemos visto, creen los Tehuelches, que su tótem los
llevará después de muertos a la morada subterránea que él habita, junto con los
demás miembros de la estirpe.
Apunta
así en la rudimentaria concepción del tótem, un principio de dualismo
religioso: es el amor contra el temor, el espíritu del bien que protege contra
el espíritu del mal.
Culto
mágico, jefe único y padre verdadero del clan, el tótem es
así social y religioso. Es precisamente el espíritu originario, de lo religioso
y de lo social.
Para
los primeros estudiosos de las instituciones primitivas el tótem era el
símbolo y el nombre del clan. Apenas si algunos conocedores de los indios
americanos y de sus costumbres, anotaron a ese carácter el de ser un objeto de
culto para el clan.
Frazer,
especializado en etnología australiana, vio en el tótem no solamente el
símbolo de la sociedad, sino un verdadero principio de culto mágico. Pero el tótem
– agrega Davy – “no es solamente el nombre y el emblema del clan, sino que
tiene un carácter sagrado: es el tipo de las cosas sagradas. Aparece grabado
sobre las churingas – instrumentos sagrados – especie de bull-roaders o
diablos a las que se las hace girar y zum-bar, y cuyo sonido tiene valor
mágico. Está grabado también en los postes sagrados. Y a estos instrumentos y a
estos postes, así como a los cuerpos en que su imagen esté tatuada, es a los
que confiere el carácter de sagrados”. (De los Clanes a los Imperios, p.
61).
Es la
idea de Durkheim expuesta en su obra citada anteriormente. “El totemismo es la
religión, no de determinados animales, ni de algunas imágenes, sino de una
especie de fuerza anónima e impersonal que se encuentra en cada uno de estos
seres, sin confundirse no obstante con ninguno de ellos. Ninguno la posee por
completo y todos participan de ella. Es
de tal manera independiente de los seres particulares en que se encarna, que
los precede, lo mismo que los sobrevive” (o. c., p. 269).
Alude
Durkheim al mana que da la esencia mística del tótem. En esta fuerza ve
el gran sociólogo francés el espíritu del tótem, y considera que esa
magia encontrada por los etnólogos ingleses en las ceremonias totémicas
australianas, es el mismo principio que anima las formas posteriores de la
religión.
¿Es una
fuerza natural, un principio creador más fuerte que los hombres y las cosas,
quien se manifiesta a los primitivos por el tótem, a la vez Jefe y Dios?
¿Es en caso contrario el espíritu religioso una forma exaltada, como dice
Durkheim, del espíritu social? Lo real, lo exacto, es que en el tótem coexisten
ambas ideas. La idea del tótem es la idea madre, de la cual se han
desprendido en el transcurso de los tiempos, la idea religiosa y la idea
social; pero ambas se encuentran impregnadas de su común espíritu totémico, a
la vez religioso y social.
Ambas
se bifurcan y se encarnan en dos figuras que llegan hasta nuestros días. El tótem
remontará hasta el cielo, para ser el ídolo de las aldeas
neolíticas, y luego el Dios de los reinos históricos; dios nacional,
concebido con figura humana a imagen y semejanza de los hombres, que guía a su
pueblo en la buena o en la mala fortuna, y que toma la espada para combatir por
él en lo más fragoroso del combate, y que hasta detiene el sol para permitir la
victoria de los suyos. Un dios que es, antes que nada, el Gran Jefe del Estado.
Y el
mismo tótem bajará de sus altares, hecho carne de hombre, para gobernar
personalmente la sociedad que es suya. El espíritu divino se encarnará en un
guerrero afortunado en los combates, o en un sacerdote prudente; y este ha de
ser el Rey, padre, emblema y nombre sus súbditos como el propio tótem.
El Rey – no obstante su exterior humano – es de sangre y de esencia divina:
el espíritu sagrado habla por su boca y guía su brazo. Por ello heredará del tótem
la jefatura sobre los hombres, y por ello en sus palabras y aspecto, tendrá
apostura y acentos de Dios.
Así el
dios encarnación de lo religioso, y el Rey que simboliza al Estado, toman su
origen en el tosco fetiche de los tiempos neolíticos. Y en ambos subsiste, como
espíritu del Estado, la conciencia social del grupo elevada a la jerarquía de
un culto religioso.
4. Conclusión: el espíritu
social.
Tylor,
Frazer en The Golden Bough, Lévy-Brulh, etc., han buscado en el culto
mágico, o en la posición de temor que mantiene el hombre ante la naturaleza, el
origen religioso.
A su
vez Spencer, el mismo Frazer en Totemism and Exogamy, Durkheim y sus
discípulos, se han detenido principalmente en los tótemes, y en las
formas aparentemente sociales que presenta la religión.
Ambas partes
aportaron en favor de sus conclusiones una cantidad enorme de pruebas: todas
ellas tan exactas, tan verídicas, que el estudioso imparcial se encuentra en en
embarazo. Tiene razón Tylor cuando nos habla de la creencia en el alma de las
cosas; la tiene Frazer con su magia primitiva y su concepción social del tótem; Spencer con sus antepasados hechos
objeto de culto bajo la forma del animal totémico; Durkheim y su escuela cuando
nos muestran en el tótem una verdadera y embrionaria religión y
Lévy-Brulh con sus estudios sobre lo sobrenatural en la vida primitiva.
Pero a
nuestro juicio el problema religioso ha sido mal encarado. No debe buscarse la
fuente de la religión, sino las fuentes. La religión no es un todo
unido, sino un complejo, donde se mezclan sentimientos individuales y sociales,
prelógicos y lógicos, emocionales y racionales. Trataremos de poner un poco de
orden en ellos. Todos estos sentimientos pueden reducirse a dos:
En
primer lugar encontramos el miedo. El miedo a lo desconocido, a lo
pavoroso, a lo inquietante, a lo que está más allá de los hombres. Es el mysterium
tremendus de los latinos, el deyma panikon de los griegos. Es la
cólera de Jehová del Viejo Testamento: como dice el Éxodo (XXIII-27) “Yo
enviaré mi terror ante ti y consternaré todo pueblo donde tú entrares”.
Luego
el sentimiento de dependencia, de amor, la relación entre un Jefe y sus
súbditos, entre un padre y sus hijos, entre el creador y la criatura. El dios
protege a los fieles y los fieles aman al dios; existe una verdadera
correspondencia entre los hombres y lo sobrenatural.
¿Por
qué se ha intentado buscar al sentimiento de miedo y a la expresión de amor
un común origen? ¿No pueden ambos sentimientos haber surgido de fuentes
distintas: no puede encontrarse la génesis de lo pavoroso en la posición
del primitivo ante el misterio de la naturaleza, y el origen de la dependencia
en el lazo social que une al hombre con su grupo?
Esa es
nuestra opinión. La primera relación entre el hombre y lo sobrenatural la
constituyó el miedo. El hombre se sintió cohibido ante la naturaleza y sus
misterios, así como ante las causas para él inexplicables de la muerte, de la
vida y de las enfermedades. Ni intentó explicarse estas causas, ni tampoco su
mente prelógica se lo hubiera permitido. Vivió en un mundo místico que lo
atemorizaba y del cual pretendía huir; pero un mundo para él tan real, como los
árboles, las montañas y los ríos. Llamamos mágico a ese temor de la
naturaleza – aún a riesgo de dar mayor extensión al término de Frazer – porque
no era en sí una “religión”: no implicaba obligación de culto, ni había entre
el mana y los hombres la relación de amor y dependencia que exige el
término “religión”. Era solamente miedo; un miedo semejante a ese horror
a lo desconocido que enloquece los animales; un miedo como sólo lo pueden
concebir los primitivos ante el misterio de la naturaleza. Volvemos a recordar
la frase del esquimal Aua al explorador Rassmussen: “¡Yo no
tengo creencias, tengo miedo!”. Es decir que la raíz de su temor está más
allá de no comprender. “Si nosotros interrogamos a los bergdamas de
Sudáfrica, cuál es el nervio vital de su religión, recibiríamos esta simple y
desconcertante respuesta: ¡El miedo, nada más que el miedo! – dice el
explorador Vedder (citado por Lévy-Brulh en Le Surnaturel, etc., p. 27), y
agrega – a Gamab (su dios) que no produce miedo, no se lo adora”.
¿Dónde
ha de buscar su defensa el hombre ante el pavor que le produce el mana? Está
casi solo en la tierra, vagando en esas pequeñas hordas que nos describen
Atkinson y Lang – y que Darwin había supuesto en El Origen de las Especies –
formadas por un macho y varias hembras; ¿A quién ha de recurrir el hombre
de las hordas, para defenderse de las fuerzas desconocidas de la naturaleza?
¿A
quién sino es a los propios hombres, sus semejantes? La humanidad se pliega,
se junta, cierra sus filas protegiéndose contra el terror. Como un rodeo de
animales sorprendidos en la pampa por una tormenta se aprieta entre sí.
El clan
– primera organización social – substituye así a la horda. Pero el clan no es
solamente una agrupación de hombres: es sobre todo una agrupación religiosa. El
tótem es más que el emblema y el jefe místico del clan: es el amparo de
éste y su defensa contra el terror que les produce el mana. Para hacerse fuerte
contra éste, el tótem también posee fuerza mística. Deos fecit timor, “fue
el terror quien creó a los dioses”, dijeron los antiguos con magnífica
intuición.
Así
frente a la potencia oculta de la naturaleza, de índole extrahumana y maligna,
se yergue el símbolo totémico, antepasado y defensor de los hombres no obstante
su extraña figura de animal sagrado. El tótem posee también algo de ese
mana, e inspira igualmente el mismo temor que todo lo desconocido. Pero emplea
esa fuerza en proteger a la sociedad en contra de la naturaleza: es la primera
lucha entre los hombres contra lo sobrenatural, entre el dios bueno contra el
dios malo, entre la fortaleza social contra el miedo individual.
Religioso
es el vínculo que une a los hombres del clan con su tótem: hay un objeto de
culto, y hasta un culto con sus leyes y rituales en las prohibiciones del tabú.
No es el tótem un dios con el significado que ahora daríamos a esa
palabra; tal vez fuera un simple amuleto para proteger al clan de la naturaleza
hostil, y para interceder por sus hijos ante las arbitrariedades malignas del
mana. Pero indudablemente en el tótem existe el germen de los dioses
protectores, y la primera manifestación de amor como sentimiento
religioso.
El tótem
es inseparable del clan, como que es el mismo clan hecho símbolo
religioso. Si no existe organización social; no existen dioses sino
espíritus malignos. Lo vemos entre los Onas que han perdido toda noción de
culto, al perder su organización social. Entre los Tehuelches, quienes
no obstante el relajamiento de sus lazos sociales mantienen huellas de los
antiguos clanes, y poseen por lo tanto restos de un espíritu religioso,
En
cambio entre los Pampas, que poseían ya cierta organización social,
existía frente a Gualicho el espíritu del mal, un verdadero culto a un
dios protector, llamado Cuchauentrú (el hombre grande), o Chachao (el
padre de todos), “de forma humana, es inmensamente bueno y hay que quererlo”,
dice Mansilla (“Una excursión a los indios Ranqueles”, p. 329). Y
mientras el dios protector tiene forma, Gualicho no tiene forma alguna
“ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de cristianos, las
enfermedades y la muerte, todas las pestes y calamidades... Gualicho está
en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la gruta y en la yerba venenosa, en
la punta de la lanza que mata, en el cañón de la pistola que intimida, en las
tinieblas de la noche pavorosa, en el reloj que indica las horas, en la aguja
de marear que marca el norte: en una palabra, en todo lo que es incomprensible
y misterioso” (Mantilla, o. c., p. 330).
Chachao
“el padre de todos” es la toldería, la agrupación de hombres que se
protege mutuamente, espíritu paternal que aconseja al cacique y hace fuerte su
lanza. Gualicho en cambio es inmenso, es la pampa toda, es el
espíritu malo de los hombres blancos, es la enfermedad que aniquila: es el miedo,
como hemos dicho, irrepresentable y universal. Frente a Gualicho,
Chachao significa la protección social, pero la protección social
idealizada en culto religioso para mejor oponerla ante el temor que inspira la
naturaleza. En el dios de la toldería pampa alienta el espíritu de esa misma
toldería que habla por los hechiceros y acciona por el cacique.
La
religión es inseparable de le firma social. La religión es solo la
sociedad elevada a la categoría de culto para defender a los hombres del miedo
que les produce lo incognoscible. De la misma manera la sociedad no es otra
cosa que la unión de los hombres producida por el horror al misterio que los
rodea, como un rodeo se cierra cuando llega la tormenta. Pero esta unión es tan
vieja como la especie humana, y ha hecho nacer en el hombre la conciencia
religiosa que es su verdadero rasgo de humanidad. Quitar del hombre esta
conciencia con el pretexto de hacerlo un verdadero hombre, es hacerlo
descender todas las etapas de su evolución hasta la animalidad. El hombre, por
ser hombre, es naturalmente religioso.
Ese es
el espíritu social.
EL
PROCESO HISTÓRICO
Una multitud posee un alma, una personalidad, que no es idéntica
a la personalidad y al alma de cada uno de los individuos que la integran. Es
decir que en toda masa social existe además de la realidad que son sus individuos,
otra realidad invisible, pero infinitamente más poderosa – exclusivamente
más poderosa, diríamos – que es la masa.
No
vamos a demostrar la existencia de esa “personalidad social” fundamento de toda
sociología. Ya Le Bon ha dicho “que la muchedumbre psicológica es un ser
provisional formado de elementos heterogéneos que por un instante se unen, como
las células que forman un cuerpo vivo, constituyen por su reunión un ser nuevo
que manifiesta caracteres muy diferentes a los poseídos por cada una de esas
células” (Psicología de las Multitudes, p. 34). Es decir, buscando una
comparación en la química, la multitud es un combinado que posee
propiedades diferentes a la de los cuerpos que han servido para formarlo, y no
es meramente una mezcla en que sus propiedades reúnen las de sus
componentes aislados.
¿Cómo
se forma esa alma social? Le Bon considera que en ella hay predominio de lo
inconsciente sobre lo consciente. Vale decir que los movimientos de una masa
social no se encuentran guiados, orientados por la razón de quienes la
integran, sino por una verdadera irrazón. “Desvanecimiento de la
personalidad consciente, predominio de la personalidad inconsciente,
orientación por vía de
sugestión y contagio de los sentimientos y de las ideas en un mismo sentido,
tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas; tales son
pues, los principales caracteres del individuo integrado en una multitud. No es
el individuo mismo, es un autómata en quien no rige la voluntad” (o. c., p.
40, 41).
Observemos
esa masa social. Notamos que no solamente posee una personalidad, un
alma diferente de la de los individuos, sino también una lógica especial a
la cual ajusta sus actos. La psicología social se mueve por una lógica social,
que tiene otros principios de razonamiento, que no son los principios de
nuestra razón: “Para influir en una multitud es inútil argumentar lógicamente”
ha dicho Freud (Psicología de las Masas”, p. 13). “La multitud carece de
sentido crítico – repite – y lo inverosímil no existe para ella” (o. c.,
p. 12), glosando a Le Bon quien había manifestado “La multitud es
impulsiva, versátil e irritable, y se deja guiar casi exclusivamente por lo
inconsciente” (o. c., p. 46). Y
a su turno agrega Freud “Las multitudes no han conocido jamás la sed de la
verdad... dan siempre preferencia a lo irreal sobre lo real, y lo irreal
actúa en ellas con mayor fuerza que lo real” (o. c., p. 15).
La masa
social carece, pues, de nuestra razón; sus actos se ajustan a una lógica que
para nosotros es incomprensible: una lógica que desconoce los principios de
identidad, causalidad o contradicción que reglan nuestros conocimientos. Le Bon
y Freud ven en ella el predominio de lo inconsciente sobre lo consciente. ¿Pero
entonces lo inconsciente se manifiesta de idéntica
manera a todos loa hombres que
integran una multitud, les dicta los mismos actos, y los guía con la misma y
extraña razón?. Evidentemente
no, pues si en la inconsciencia estuviera la base de la psicología y de la
lógica social; tendríamos que concluir que la inconsciencia individual es a su
turno la conciencia social, igual y común para todos los hombres.
¿Conocemos
acaso lo que es lo inconsciente? Explicar
con lo inconsciente todo lo que no sea conciencia individual, es una manera muy
fácil de zanjar el problema. Ahora bien, si entendemos que son inconscientes
todos aquellos actos nuestros que escapan a nuestra razón individual;
es indudablemente cierto que los actos nuestros, dictados por la lógica social
son, en este sentido, actos inconscientes. Pero si consideramos lo
inconsciente como un yo, oculto bajo el otro yo consciente, que
nos dicta una determinada manera de obrar ó de pensar, es también indudable que
no podemos relacionar con este inconsciente individual, nuestros actos
sociales, producidos de acuerdo a una lógica que se encuentra fuera de nosotros
mismos, que pertenece por igual a todos los hombres que forman nuestro medio.
Existen
en el hombre dos personalidades: una aparente, perceptible, individual,
que le pertenece a él mismo, y que él guía con su lógica individual en
los actos conscientes, es el yo. Y otra oculta, incomprensible para la
lógica del individuo, que este no puede guiar; y que no por ser oculta, es
menos fuerte, menos real que su yo: es, si se nos permite la palabra, el
nosotros. Es la mentalidad individual y la mentalidad social, a las
cuales corresponden una lógica individual y una lógica social, respectivamente.
Nuestra
manera de considerar al alma social, no como el predominio de lo inconsciente
individual sobre la conciencia, sino como una verdadera alma, una verdadera
mentalidad que existe en nosotros, aunque nosotros no podemos guiarla con
nuestra razón, parte de que, inversamente a ambos psicólogos citados, no
consideramos a esta alma social como un producto de sugestión y contagio, es
decir como un estado enfermizo del alma individual, sino como una verdadera
mentalidad en absoluto independiente de los individuos, y que tampoco encuentra
su génesis en hechos producidos por los individuos. Una mentalidad
super-individual.
Le Bon
como Tarde, ha encontrado en la sugestión que producen ciertos
individuos la causa del “estado de multitud”; y da al contagio el
vehículo para trasmitirse de hombre en hombre, esta sugestión. En nuestro
concepto, su tesis otorga al individuo un rol que éste en realidad no posee. No
es ante un ser de carne y hueso, no es ante el sugestionador de multitudes que
los hombres integrantes de la masa deponen sus personalidades: puede no existir
ese sugestionador, y aun en el caso de que existiera, este mismo ha renunciado
también a su propio yo, identificándose totalmente con la multitud que
en apariencia conduce.
No es
por sugestión que se mueven las multitudes, o exactamente, no es por la
sugestión que provenga de un individuo; sino por otra clase de sugestión, de
hipnotismo colectivo nacido de la misma multitud. No es que un individuo se posesione de la masa: es que la masa
se posesiona del individuo. En los conductores de pueblos debe verse a
hombres identificados con su jefe. Así
Quiroga y Rosas fueron en nuestra historia la realidad Argentina, la
vida misma de la pampa oponiéndose al
europeísmo artificial de Buenos Aires.
De allí que fueran en realidad, conductores
de hombres, en un grado que no poseyeron ni podían poseerlo los progresistas
que formaron el "unitarismo".
“Porque
en Facundo Quiroga – ha escrito Sarmiento con magnífica concepción de
los movimientos históricos – no veo un caudillo simplemente, sino una
manifestación de la vida Argentina... Facundo,
en relación con la fisonomía de la naturaleza grandiosamente salvaje que
prevalece en la inmensa extensión de la República Argentina; Facundo, expresión
fiel de una manera de ser de en pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo,
en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter sino por
antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad: es el personaje histórico
más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los
hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social, no es más que el espejo donde se reflejen, en dimensiones
colosales, las creencías, las necesidades, preocupaciones y hábitos
de una nación en una época dada de su historia. (Facundo, p. 262-3).
Quien
aparece en el primer plano de todo movimiento social, será quien mejor y más
sinceramente sienta en su yo, el nosotros colectivo.
Aparentemente será el conductor, en realidad será el primer conducido.
Esta mentalidad
social se encuentra en todos los actos en que el hombre actúe como ser
social: es decir en casi toda su vida, y desde luego en toda su vida
pública. De allí que el hombre encuentre ante sí, en múltiples aspectos de la
vida, dos soluciones, que corresponden a sus dos personalidades. Una que
le dicta su nosotros, que tiene en cuenta los intereses altruistas de la
sociedad; otra que le dicta su yo, solución egoísta que contempla únicamente
sus propios intereses. El hombre según el grado de adaptación que posea en la
masa social, se inclinará por una o por otra. Estas dos soluciones, estos dos
caminos que el hombre ve ante sí, y la necesidad de inclinarse por uno o por
otro, constituyen el eterno problema de la duda.
Ahora
bien: hay ciertos actos tan fuertemente sociales, tan exclusivamente sociales,
que en ellos no aparece normalmente el pensamiento individual. Son los actos
que cumple un hijo como miembro de una familia, un ciudadano como integrante de
un Estado, un creyente como partícipe de un culto.
¿Por
qué cada una de estas tres personas piensa y obra como parte de un todo,
sujetando su razón o su conveniencia individual a los impulsos que les dictan
sus respectivas solidaridades con la familia, el estado o la religión?.
Nos
encontramos en presencia de hechos que escapan a nuestra lógica. No con hechos alógicos,
es decir fortuitos; sino con hechos que tienen una lógica
diferente de la nuestra, y que
por lo tanto no se ajustan a las clásicas reglas de nuestro razonamiento.
¿Qué
explicación racional tiene el sentimiento religioso? ¿Cuál el amor a la
patria? La razón – es decir nuestra razón individual – nos dirá que el
amor a la patria es hasta contrario a
nuestro impulso de propia conservación, y nos demostrará posiblemente la
inexistencia de seres sobrenaturales; sin embargo, hay algo que nos ata a
nuestro Estado y a nuestro dios nacional. Nuestra razón individual nos guiará
por el camino de nuestras conveniencias, pero nuestra irrazón social nos
mueve a pensar y a obrar en contra, muchas veces de nuestras conveniencias. La
conciencia social predomina tanto en nuestros actos, que llegamos por ella al
sacrificio gustoso de nuestro bienestar y hasta de nuestra vida. Un acto
individual se encuentra bien cumplido cuando nos deja satisfechos, y nos deja
satisfechos si nos ha producido algún beneficio. Un acto social también nos deja satisfechos, y por lo tanto se
encuentra bien cumplido, aunque no nos beneficie materialmente, y aun más,
aunque sea perjudicial a nuestros intereses.
¿Qué
impulso nos mueve a esos actos sociales?
¿qué lógica tienen esos actos sociales, que sabemos no es nuestra lógica
racional? No podemos conocerla, sólo podemos sentir, intuir esa irrazón, que
se encuentra más allá de nuestras escasas facultades. Y como ella es irracional
– no por contraria a la razón, sino por encontrarse en un plano diferente, por
ser una cosa en absoluto diferente de nuestra razón – la designaremos con el
nombre de mística, queriendo significar con ello que se encuentra por
encima de nuestras facultades, y que nos mueve a obrar por impulsos que no
pueden someterse al análisis racional.
Hay así
una lógica mística que guía nuestros actos sociales, como la lógica
racional guía los individuales. Dos lógicas que representan dos mentalidades, y
por lo tanto dos maneras de concebir la realidad. Lo real y lo irreal –
la razón y la mística – se unen para formar el todo tan complejo que es
el alma humana, una y múltiple, individual y social al mismo tiempo. ¿Tiene
preeminencias la mentalidad individual sobre la colectiva? O en otras palabras
¿el hombre es más individuo independiente que ente social dependiente?
La respuesta toca al fondo de toda la filosofía. Si el hombre en lugar de ser
una realidad, la primera realidad del mundo; no fuera más que el
instrumento de otra realidad superior a él, tendríamos que toda la filosofía
existe en vano. La filosofía ha construido su edificio sobre el hombre y la
razón; pero si el hombre y la razón no existen como realidades primeras, sino
como partes integrantes y dependientes de la sociedad y de su mística, la
filosofía es algo inútil, algo mal construído.
Generalmente
la mentalidad colectiva sólo ha sido considerada como un estado especial de los
individuos a ella sometidos: esto es, se le ha negado personalidad, se la ha
estudiado “desde el individuo”. El “estado de multitud” no es para Le Bon otra
cosa que un estado híbrido de las psiquis individuales, una enfermedad pasajera
producida por el contagio de lo que él llama sugestión. Esta haría desaparecer
del hombre las características racionales, haciéndole resurgir en su primitiva
barbarie. Freud, a su vez, cree que lo inconsciente, habitualmente
reprimido por la razón, consigue por un momento desatarse de sus ligaduras y
apoderarse del gobierno del hombre. En el fondo ambas explicaciones son
idénticas, pues consideran al hombre como un ser habitualmente razonable y sólo
eventualmente poseído de esa suerte de locura mística que es el “estado
de multitud”. Le Bon llega a decir que “todas las creencias políticas, divinas
o sociales no se establecen en la multitud, sino a condición de revestir
siempre la forma religiosa” (o. c. p. 97), reconociendo implícitamente
por lo tanto que el hombre como ser político, religioso o simplemente social,
no es un “ser razonable”, es un ente en “estado de multitud”.
Sólo
Benjamín Kidd dijo en el siglo pasado, la verdad que no supieron comprender –
exceptuando Durkheim, Tönnies y otros sociólogos – los hombres de su tiempo y
los de ahora. “Los intereses del individuo y los del cuerpo social no son ni
idénticos ni posibles de conciliar como lo han supuesto necesariamente todos
los sistemas éticos que han buscado a la conducta humana una explicación
racional” (Social Evolution p. 98). En el capítulo noveno del citado
libro que se titula “Rol Social Secundario de la Inteligencia”, añade: “La
evolución que se cumple lentamente en la sociedad humana presenta un carácter religioso
antes que intelectual” (p. 239). “No hay entre un desenvolvimiento social
elevado y un desenvolvimiento intelectual superior, una unión tan directa como
se la supone generalmente” (p. 241). Es decir que una cosa es el hombre socialmente
civilizado, y otra muy diferente, el hombre intelectualmente desarrollado,
que puede presentar tan sólo una apariencia de civilización social.
El
misticismo, la religión, es el carácter diferencial entre los hombres y los
demás seres del universo. El hombre es místico por ser social. Sabemos que los
animales no son seres místicos y que fuera de las asociaciones de insectos
himenópteros y otras de la escala zoológica más baja, carecen del sentido de lo
social. En cambio hasta ahora ningún psicólogo nos ha revelado lo que es el
instinto animal, y qué valla infranqueable lo separa de la razón humana.
La
religión al ser el carácter distintivo de la sociedad de los hombres, lo es de
la historia. Anotamos en este orden de ideas la magnífica frase de Le Bon: “La
filosofía de la historia no llegará a ser comprendida, sino cuando se penetre
este punto fundamental de la psicología de las muchedumbres: es necesario para
ellas, ser Dios o no ser nada” (o. cit. p. 96).
Traslademos
este concepto místico de la sociedad al campo de la historia. Indudablemente
que cualquiera fuere el espíritu de la sociedad, análogo espíritu tendrá la
historia, pues hemos definido a esta como sociedad en el tiempo. Dicho
en otras palabras, la historia es el conocimiento de las diversas etapas que la
sociedad ha recorrido hasta alcanzar su forma actual.
La
sociedad no puede estudiarse independientemente de su evolución. Conocer sociedad
sin conocer historia o viceversa, es hacer abstracciones sin
utilidad alguna: es estudiar por inútil vocación erudita.
La
misma lógica que ordena los hechos sociales, ordena también los hechos
históricos. De allí que la historia no tenga explicación racional, que
aparentemente se muestre ante nuestra inteligencia como una sucesión de
movimientos incoordinados. Por eso muchos historiadores le niegan lógica, y
hasta no creen que la historia sea una ciencia. Son víctimas de un falso
miraje: contemplan como hombres racionales lo que tienen que contemplar como
hombres sociales. Eduardo Meyer afirmaba “que en el mundo descripto por la
historia rigen el azar y el albedrío”. Es el desconcierto de quien ha querido
aplicar las reglas de causalidad de su lógica, y se encuentra impotente para
desentrañar el sentido histórico con instrumento tan imperfecto.
El
ilustrado profesor de Historia de las Religiones de la Facultad de Filosofía y
Letras de Buenos Aires, don Clemente Ricci, en su Significación Histórica
del Cristianismo, alcanza a entrever este sentido social, descartándolo
empero como repugnante a la razón individual. “De allí la colosal paradoja –
dice en la pág. 241 – que el sociólogo ve imperar en la historia humana,
en la que la conciencia colectiva a pesar de estar en abierta pugna con la
conciencia natural del hombre considerada en sus leyes biopsíquicas, absorbe
sin embargo las conciencias individuales y las domina sin hallar resistencia”.
¡Admirable concepción social! Es una lástima que para el profesor Ricci, ello
sólo constituya una paradoja, pues siendo la historia para él, una ciencia que
tiene “su origen, su razón de ser y por ende su explicación en las leyes
psicológicas” (p. 22, o. c.), y de haber descartado toda explicación
ultrarracional de lo social y de lo histórico con estas palabras lapidarias:
“Negar este postulado (el anteriormente citado), es suponer que la sociedad y
la historia no se hacen por y para el hombre: es hacer metafísica creyendo hacer
materialismo”; se encuentra forzado a admitir que en ella impera una concieneia
“que absorbe les conciencias individuales”. Pero en lugar de deducir por
ello que la historia es en absoluto ajena a las conciencias individuales, que
es ciencia de lo social y no de lo individual, que no se hace ni por ni
para el hombre, y en fin, que efectivamente es – si así se quiere decirlo – metafísica
y no positivismo; vuelve al punto de partida, se encastilla en su
individualismo y contempla la historia “como una colosal paradoja”.
Querer
amoldar los hechos históricos a la mentalidad individual, es tan erróneo como
pretender juzgar con nuestras reglas de lógica los hechos sociales. Le historia
es sociedad en el tiempo volvemos a repetirlo: sus hechos son hechos
sociales – los más sociales de los hechos sociales – y su lógica no puede ser
nuestra lógica, sino la lógica social.
No
poseen los hombres la llave de lo histórico, como tampoco la poseen de lo
social. Son realidades que escapan a su razón: en general los hombres no “hacen
historia”, simplemente la viven. El hombre y la sociedad pertenecen a órdenes
diferentes, su acción no tiene el mismo campo ni el mismo sentido. Y la
historia es la proyección en el tiempo del orden social.
De allí
que no podamos aplicar nuestra razón ni para escrutar el pasado ni para
construir el futuro. Toda teoría que tenga por objeto aspirar a la creación de
futuras reglas sociales podrá ser una especulación más o menos feliz, más o
menos inspirada en ideales de justicia,- pero necesariamente irreal. La
historia se mueve con independencia de nuestra voluntad: se encuentra sujeta a
esa voluntad tan fuerte y tan inasequible a nuestra razón, como lo es la
voluntad social.
Torcer
el rumbo de la historia no le es posible ni a uno ni a muchos hombres: sólo
puede hacerlo la masa social, y no por razonamientos individuales, sino obrando
en ella el misticismo de los hechos sociales. Si hay hombres que hacen historia,
no son los filósofos ni los sabios: son los iluminados. Y estos son
aquellos que captando la realidad social en todo su misticismo, obran y piensan
como seres místicos, es decir como seres profundamente sociales.
Amoldar
el porvenir social con nuestra razón es una insensatez tan grande como querer
vaciar el mar en un pozo de arena. La historia sigue rumbos que nosotros no
dirigimos: sólo comprendiendo la lógica que la mueve podríamos entrever el
futuro de nuestra sociedad. Y si fuera necesario – como una defensa de nuestra nación
– encauzar esos rumbos en otro sentido, no sería dirigiéndose a la razón de
los hombres, sino educando sus sentimientos religiosos, que ello podría
conseguirse.
No hay
“historia” sino “historias”. Es decir, no existe una historia universal, sino
historias nacionales; no hay un proceso histórico perpetuo – utopía de
los creyentes en el “progreso continuo” – sino procesos diversos, sujeto cada
uno a diferente evolución. No hay, en fin, una sociedad, sino varias sociedades.
Al
decir historia y sociedad, no entendemos referirnos a unidades que en
realidad no existen: “historía” es nuestra historia, y “sociedad” nuestra
sociedad. El objeto de nuestra historia es la sociedad limitada, exaltada
en culto religioso, tangible podríamos decir, que es nuestra nación.
La
nación no es el Estado: no está de más recordarlo. La nación pertenece a la
sociología, el Estado exclusivamente al derecho. La nación es antes que nada un
culto religioso, al Estado le basta con ser una simple organización política.
El espíritu social se manifiesta por medió de la nación, es la nación misma;
el Estado a menudo se contenta con armonizar los intereses individuales. En
fin, el Estado debería ser la nación jurídicamente organizada, pero no
siempre lo es: un Estado puede comprender muchas naciones, y también una nación
puede encontrarse eventualmente partida en varios Estados.
Tampoco
empleamos el término nación como sinónimo de cultura: la cultura
es para Spengler, un ciclo histórico que posee una cierta unidad de
pensamiento, y que por lo tanto tiene una manera peculiar de “comprender” la
vida. La cultura es una manera de pensar común a los hombres de una
región determinada y en un tiempo dado: es una unidad del pensamiento
individual, de la lógica y la razón individuales. Y como es una relación racional,
no pertenece a la categoría de las cosas sociales, sino de las
individuales. Nada tiene que ver lo religioso en el vínculo del hombre con su
cultura: no hay, usando una paradoja, culto a la cultura.
Y
siendo la cultura de orden individual, se encuentra por lo tanto fuera de lo
social, es extraña a la nación. A la cultura fáustica de Spengler,
pertenecen todas las naciones de Occidente, tanto Alemania con su fuerte culto
nacional, como los Estados Unidos donde predomina un marcado individualismo. A
su vez, la antigua Roma, que socialmente es una unidad, una verdadera
nación, ha de ser partida por Spengler en dos culturas: la apolínea y
la mágica antes y después del siglo I.
Una
nación es para nosotros, una unidad del pensamiento colectivo: la
exteriorización en el orden social de un culto religioso. La nación es
un culto religioso, el verdadero culto religioso. Y este culto se
exterioriza por el dios nacional en primer lugar, y por el monarca símbolo
visible de la nación o por el culto abstracto a la patria y a sus tradiciones.
Oponemos
la nación a la cultura spengleriana, con la misma oposición que
distancia lo social de lo individual, lo religioso de lo profano. Y la realidad
histórica no es la cultura: esta puede ser el medio, el mareo dentro del cual
se desarrolle la historia, pero no es la historia misma por cuanto lo
individual no tiene historia.
La
concepción spengleriana de la cultura es extraña a una bien entendida
sociología; sí plantea y resuelve sin problema – el de las maneras de pensar
individuales en distintas épocas y distintas regiones – este problema, y la
solución que da – y cuya exactitud no discutimos – es extraño a la Historia.
Con los materiales de orden individual aportados por Spengler – matemáticas,
arte, filosofía, etc., – no puede construirse un teoría real de lo
social, como debe serlo toda teoría que intente explicar la Historia.
La
Historia es “la vida de una nación”. “La historia – ha dicho Ricardo Levene –
está hecha por el pueblo y para el pueblo, y es fuente perenne de su cohesión
social”. Una nación ha de prosperar y triunfar mientras la aliente la fe en
su culto nacional, que en última instancia es sólo fe en sus destinos. Pero
desde el momento en que este motor se detiene, que falta el espíritu religioso
que unía a la nación, y que alentaba sus triunfos, ella desanda su camino
retornando al individualismo de origen, hasta el momento en que otro pueblo más
religioso y por lo tanto más fuerte, la aniquile. ¡Y entonces, vae victis !
El
objeto de la historia es, pues, el proceso evolutivo de una nación: es decir,
su crecimiento a través del clan originario, la aldea, el reino y el imperio; y
su decadencia en el despotismo primero, en la oligarquía y demagogia después.
Este
proceso nos ofrece dos aspectos perfectamente diferenciados: una evolución que
sube por la línea clan-aldea-reino-imperio, y una involución que baja
por la misma línea, despotismo-oligarquía-demagogia. El déspota no es ya
el Dios-Rey a título social, es un mero dueño (déspota, quiere
decir “dueño”), que mantiene por la fuerza su título individual; de la
misma manera la oliqarquía es el remedo de la fuerte y religiosa aristocracia
aldeana; y la demagogia, la caricatura de la igualdad totémica:
una igualdad sin tótem, es decir, sin principio social superior que
gobierne y dirija a los hombres, que comprenda en sí a los hombres todos.
Esa
línea tiene en un extremo la horda anárquica – de la cual surgió el
clan, y a la cual tiende ineludiblemente la demagogia – es decir, el hombre aislado;
y en el otro el imperio, la nación dominando todo el universo.
Son los dos extremos, los dos polos de atracción de la sociedad: cuando esta
marcha hacía el imperio, hay una evolución social, cuando contramarcha
hacía la anarquía, una involución humanista; la primera es un progreso
que va de la horda al imperio, la segunda un regreso que torna del
imperio a la horda. Anarquía e imperio, – hombre y sociedad –, son así los dos
extremos de la línea de evolución.
La
nación avanza mientras la idea nacional, la fe religiosa en el dios nacional
alienta en los hombres que la integran. Pero llega un momento en que esa fe
disminuye, y en ese mismo momento el progreso se detiene y lentamente retrocede
hacia el individualismo de origen en un largo proceso de desintegración social.
La
marcha, el progreso, dependen de la dependencia de los hombres para con la
sociedad, es decir de la fuerza religiosa que ante los individuos revista lo
social. Esta fuerza religiosa existe siempre, pues su existencia es
condición indispensable para la existencia de la sociedad. Pero en el regreso,
en la decadencia, esta, fuerza es insuficiente para mantener al hombre totalmente
sujeto a la sociedad: de allí que cada vez en mayor grado éste vaya
liberándose de sus ataduras sociales, vaya desintegrándose de la masa social,
de la nación: el individualismo carcome poco a poco la sociedad.
Esta
fuerza religiosa, cuando ella es suficiente para unir a los hombres, es el
motor de la historia, es el impulso social que transforma a los clanes
en imperios. Que alienta en las naciones que progresan y que falta en las
naciones que regresan.
¿Este
proceso, es un proceso fatal, que debe cumplir inexorablemente toda nación?
¿Hay una fatalidad biológica en la vida de las sociedades? Nada nos permite suponerlo: es más, la
historia abunda en ejemplos de pueblos que lograron reaccionar en su
decadencia, y torcer el rumbo de su historia. Inglaterra, en su gran crisis del
siglo XVIII, se encontraba muy próxima a la anarquía política, por la
inmoralidad de sus costumbres y la falta de fe religiosa fue salvada entonces,
por un doble despertar religioso: el del culto divino logrado por Wesley; y el
del culto nacional por Pitt.
Pero sí
una nación puede trocar su decadencia en progreso, es ley de la historia que
una nación muerta no ha de revivir jamás. El culto nacional, durante la
decadencia, podrá encontrarse eclipsado, pero existe aún. Y pueden darse
hombres, que sintiendo en ellos mismo la necesidad de fe religiosa de la masa
logren – dirigiéndose al sentimiento religioso, no a la razón – reavivar
la fe que mueve loa destinos de sus patrias. Pero si este culto ha
muerto, es decir, si una nación ha sido absorbida totalmente por otra nación,
no ha de resurgir jamás, como una llama que se extingue no vuelve ya a brillar.
Si Roma
pasada la crisis individualista de sus luchas sociales logra el renacimiento de
su viejo culto religioso en el Imperio, es porque la fe en los destinos de
Roma, no consiguió ser acallada por el logrerío egoísta de los optimates. Como
en la China de Cheng-Hoang-Tí revive el viejo culto de las primeras
dinastías, que no había muerto por el anarquismo de la “era de confusión”, ni
por las prédicas dulcemente individualistas de los “sabios maestros”.
Cuando
el culto muere, muere para siempre la nación. El Egipto posterior a la invasión
de los hicsos, no es el mismo Egipto de Menfis y de los servidores de
Horus, pese a que los historiadores han pretendido crear una continuidad
entre ambas naciones, que en realidad no existe. El viejo Egipto menfita
sucumbió en la conquista de Salatis: el nuevo Egipto, creado tres siglos
después en Tebas y alrededor del culto de Amón, es una nueva nación, que
no tiene con la primera nada de común, salvo ocupar el mismo territorio.
Las
naciones no poseen la inmortalidad. Mueren cuando otra nación en un mayor grado
de socialización, y por lo tanto más fuerte, las aniquila: como sucumbió Egipto
ante Persia, como Persia misma por Macedonia, como el oriente macedónico por
Roma, como Roma por las tribus germánicas, como los imperios azteca y peruano
por España. Es decir que para la extinción de un pueblo es condición
indispensable el choque con otro pueblo que posea un mayor espíritu social. Hemos
dicho que no es absolutamente necesario el declinar del espíritu social, puede
este encontrarse en formación – como entre los aztecas y los tahuantisuyús – y
ser arrollados por otra nación que tenga un grado social más evolucionado,
aunque ella misma se encuentre en decadencia.
Spengler
supone que la historia se guía por una ley inexorable. Pero el movimiento de la
historia, aun cuando “trascendente” al hombre, es “inmanente” a la sociedad: es
decir, existe “determinismo” para el hombre, pero no para la sociedad. La
historia obedece a causas que encuentran su origen y su explicación dentro de
la sociedad y de acuerdo a los caracteres de la mentalidad social. No es rigurosamente
exacto que los hombres somos impotentes ante el determinismo de la historia: no
podemos nada como hombres, pero lo podemos todo como sociedad.
Nada
nos permite suponer que la decadencia sea un proceso fatal, irremediable.
Conocer la enfermedad, es conocer la medicina. Y si existe un proceso de
descomposición, de individualismo, de irreligiosidad en la masa, es deber de
los no contaminados favorecer de cualquier manera el renacimiento del espíritu
social, Hemos dicho que ante la evolución de la sociedad, nada podemos como
“hombres”, pero lo podemos todo como “sociedad”. Y una sociedad renace, cuando
rehace la fe en sus destinos: la fe – irracional por mística – en algo
que no alcanzamos a comprender, pero gracias a lo cual una nación triunfa y
sobrevive.
La
evolución social es el desarrollo del concepto de nación. Sociedad y nación son
ideas análogas: esta última es sólo la forma que adquiere la sociedad para
hacerse comprensible a la lógica colectiva. Es la representación visible, y
afectiva de ese algo abstracto que es la sociedad universal. La conciencia
social se revela en cada hombre por el amor a su patria. No sería del
todo un desacierto definir a la nación diciendo que es la sociedad hecha
culto religioso; como hemos definido al dios, que tiene su mismo
origen.
La
Nación organizada ejerce las funciones sociales: castiga a los inadaptados al
medio social, instruye a los hombres en sus funciones de integrantes del cuerpo
social, etc. Por eso entendemos que los términos sociedad y Nación si no
sinónimos, son análogos. En realidad solamente este último tiene existencia: el
otro es una abstracción que empleamos para designar a todos los hombres del
universo y a las relaciones que los unen con sus respectivas naciones. La relación
que nos une con nuestra nación, es para nosotros nuestra conciencia
social.
La
nación como el culto, vive más allá de los individuos que la integran: ni
España son los españoles ni los cristianos el Cristianismo. Ya hemos dicho que
la conciencia social no puede considerarse como la suma de las voluntades
individuales; sino que ésta posee una vida propia, una individualidad propia
diríamos así, diferente y a menudo opuesta a la de los hombres que la integran.
La
nación es siempre un culto religioso. Un culto supone la dirección del
misticismo social hacía un objeto, una idea o un hombre. Quitar de la nación
ese carácter religioso significaría concebirlo a la manera de una sociedad
anónima: es decir como un algo artificioso, cuyo único fin consistiría en
proteger nuestros intereses individuales. Una sociedad anónima o cuanto más una
factoría de comerciantes.
Hemos
dicho que la evolución social es el desarrollo de la nación. La línea de
evolución parte del clan y marcha hacía el imperio, representado por el dominio
universal de una nación
Situémonos
al comienzo de la evolución social: es decir en el mismo momento en
que el hombre se humaniza, en el momento hipotético en que deja de ser
el prehombre de la edad glacial para convertirse en homo sapiens. Hay un
algo que señala el límite entre la especie animal y la humana: no es otra cosa
que la existencia de una sociedad y por lo tanto de un culto. En
palabras exactas: el hombre es siempre un ser que integra una sociedad y
que se ajusta, por lo tanto, a un principio religioso. El hombre aislado, el
hombre anárquico, no pertenece a la especie homo.
El
prehombre anterior a la humanización debió vivir formando esas hordas – tal
como lo supuso Darwin – semejantes a las hordas de los mamíferos superiores y
en especial de los grandes monos antropomorfos. Ya Atkinson, y el ilustre
Andrew Lang (especialmente este último en Social Origins y Secret Of The
Tótem) llamaron la atención sobre la analogía entre la supuesta horda de
Darwin y algunas costumbres inexplicables del primitivo clan, sobre todo
la ley de exogamia. El profesor Freud (Tótem y Tabú) tomando una
vieja teoría de Robertson Smith,
encuentra el origen del propio tótem en un figurado culto al padre de la
anterior horda, lo que también corroboraría el pensamiento de Spencer sobre la
génesis familiar del rito totémico.
El
hombre de las hordas no es todavía un ser humano: es el prehombre, análogo
en su aspecto y en su vida a los grandes simios. Hemos dicho que la existencia
de un principio religioso, es decir el momento en que el primer tótem se
yergue sobre el primer clan, señala el límite entre la animalidad y la especie
humana.
¿Fue el
miedo a la naturaleza hostil, el terror pánico a lo que no se comprende, lo que
hizo que el pequeño grupo animal no se desintegrara pese a la muerte del padre;
y se apretara con el mismo temor que hace estrecharse entre sí a los rodeos
sorprendidos en la pampa por la tormenta?
Sólo podemos hacer suposiciones. Pero lo cierto es que en el clan
encontramos el signo totémico – que figuradamente representa al padre de la
horda – erguido frente al miedo, y fuerte también él de miedo sagrado. El
clan es sólo la horda, pero no formada exclusivamente por las mujeres y el
padre como aquélla: sino también por los varones, bien que estos ocupen un
lugar secundario respecto a las mujeres, como de hijos, y que se
encuentren sujetos a la prohibición religiosa – restos de la antigua
prohición sexual que imponían los celos del macho – de no tener contacto alguno
con las mujeres del propio clan. El tótem ocupa el lugar del antiguo
padre: él es el jefe y también el progenitor místico de los hijos.
La
agrupación en clanes es la forma social más antigua: es la célula de
donde derivaron el Estado y la familia. Aun sobrevive en algunas culturas
aisladas de Australia y de América, y su huella es perceptible en la
organización de los indoeuropeos meridionales (la gens latina y el génos
griego) y septentrionales (los klanes
escoceces, las markas o allmends de los germanos, etc.), como
en las culturas avanzadas o degeneradas de nuestra América (los ayllús de
los incas, calpullís de los aztecas, las estirpes, como las llama Falkner, de los Tehuelches,
etc.).
Durkheim define al
clan como a un grupo de individuos que se consideran hermanos entre sí. Pero no
fundan este parentesco en un verdadero vínculo de sangre, ni en comunidad de
lugar pues aún son nómades, ni de jefes que desconocen. Sólo los une el hecho
particular de creerse descendientes de un mismo antecesor. Y este antecesor es
el tótem. Este absorbe las personalidades de todos los miembros que
integran el grupo social. Desaparece así el individuo ante su divino y
formidable antecesor y ante la colectividad. El hombre apenas si es un
integrante de la sociedad, y no posee otro pensamiento ni otro sentir, que el
sentir y el pensar colectivo.
Es el tótem
– cuyo espíritu sabemos que es el mismo espíritu del clan, que es el clan
mismo exaltado en culto divino – quien ejerce la jefatura de la sociedad, quien
venga las ofensas que por ser a individuos de su misma sangre le hieren a él
mismo. Quien indica el tiempo de las migraciones y la estación propicia para la
caza;
Comunista
e igualitario; no existe otro poder en el clan que el místico del tótem: todos
los hombres son iguales como hijos que son del dios, y ninguno puede usar de un
poder que le otorgue preeminencias sobre el grupo social. Sólo el tótem;
encarnación de la idea de la colectividad, se encuentra por encima de los
hombres; y revela en sus misteriosos augurios su voluntad divina de Jefe de
Estado. Los hombres son simples componentes de la sociedad.
El tabú
es la ley divina revelada por el dios, y obligatoria con su fuerza sagrada.
Es tabú, comer la carne del animal totémico; es tabú tener
relaciones sexuales con mujeres que pertenezcan al mismo clan y que adoren por
lo tanto al mismo tótem; es tabú verter la sangre de los hermanos
de clan. Es el primitivo código de la humanidad, terrible por su misterioso
origen más que por la simplicidad feroz de sus sanciones.
Todo
éste mundo primitivo gira alrededor del tótem. No parece que fuera ni la
voluntad ni las necesidades de los hombres, las “causas” que constituyeran el
Estado. Parecería que una voluntad superior a la humana guiara el
desenvolvimiento de la historia.
El tótem
ha convocado a los hombres en esta primera organización social. El ha
dictado la primera ley, y el también asumió personalmente el gobierno de la primera sociedad. Los reyes
reinarán luego, porque en ellos se manifiesta el espíritu del dios, que es el
espíritu social. Y la ley obligará con su fuerza sagrada porque el propio dios
la reveló a los hombres en una época remotísima cuyo recuerdo se ha perdido.
No debe
verse en el poder que adquieren los reyes en épocas posteriores, únicamente el
dominio de un hombre sobre la colectividad. El rey – o más exactamente
el reyezuelo de aldea – alcanza el gobierno en nombre y representación
del tótem, de quien es considerado hijo y mandatario. Encarna de esta
manera todo el poder, religioso y social, que el dios posee.
El reyezuelo
es el símbolo viviente de la aldea, así como el dios aldeano es
su símbolo oculto. La aldea no es otra cosa que una agrupación de clanes
fijados definitivamente o semi-definitivamente en un territorio. El reyezuelo y
el dios de la aldea, poseen la misma esencia religiosa y social que el tótem
del clan. El reyezuelo es tan dios porque es hijo del tótem, como
por simbolizar y encarnar él mismo, a la aldea que gobierna.
Poco a
poco va formándose la nación. Un dios único y con figura humana – aunque
poseyendo algunos rasgos de animales, debido a su origen totémico – reemplaza
al primitivo tótem. Esta divinidad antropomorfa no es otra cosa que la
divinización conjunta de un reyezuelo ascendido al rango divino y de su
progenitor el primitivo tótem. ¡Sugerente trinidad de los primitivos esta
formada por el tótem; el reyezuelo divinizado; y el mana espíritu
mágico de la naturaleza!
Junto
al reyezuelo, los sacerdotes y guerreros – servidores del Dios o del Rey –
señalan su diferencia de castas con los esclavos o labriegos. Diferencia social
por religiosa: al comunismo del clan ha substituido la sociedad jerarquizada de
la aldea.
Ahora
bien, el hombre se sentía ligado a su clan de una manera absoluta, el clan era
con él una sola persona, una individualidad múltiple como dice
Lévy-Bruhl. Es decir que en la primer etapa social – el clan – la unión del
hombre con la entidad social es absoluta, el hombre se ha diluido en la
sociedad. El clan y su símbolo el tótem, son las únicas realidades de
los tiempos primitivos.
Pero
¿al crecer en extensión la entidad social no se pierde la intensidad de ese
vínculo religioso que hacía del clan una unidad casi perfecta? En apariencia
así sucede pues nuevas instituciones de orden individual se encuentran en la
aldea, tales como la propiedad y la familia. Es decir que no obstante el
crecimiento de la entidad social, hay en ciertos aspectos de la vida algo que
parece un retorno a la individualidad de origen.
Pero es
necesario analizar en qué consisten la propiedad y la familia en la aldea, para
no magnificar la importancia de su presunta individualidad. Ambas formas
constituyen desde luego el producto de una larga evolución: la familia es el
dominio sobre las mujeres y los hijos (el matrimonio es poligámico para las
clases elevadas); y la propiedad la pertenencia con cierto carácter exclusivo
de determinadas cosas (en los primeros tiempos los útilea fabricados por el
hombre mismo, luego una parte del producto de su trabajo, la
casa-habitación y los instrumentos o animales de laboreo o pastoreo). Es decir
que a la propiedad social parece haberse yuxtapuesto una limitada propiedad
individual ¿significa esto un debilitamiento del espíritu social?
No, de
ninguna manera. En los primeros tiempos las mujeres como las cosas eran de
propiedad social, o más bien dicho no eran partibles de propiedad alguna porque
pertenecían al dios, al tótem. En la aldea no dejan de pertenecer antes que a
nadie al Dios y a su símbolo el Rey. Pero la mejor conveniencia social ha hecho
que el Rey entregue a los hombres ciertas cosas en carácter de préstamo.
Es
decir que el hombre no se agita como individuo libre, sino como integrante del
cuerpo social, como dependiente o mandatario del dios local. En nombre de él y
para su mayor gloria, cultiva la tierra y engendra los hijos. La propiedad se ha
hecho individual en su exterior, pero no por eso deja de ser social en su
esencia. El propietario cumple sus funciones como tal en provecho exclusivo de
la comunidad: debe a ella entregar la mayor parte del producto de sus tierras,
como al servicio del dios o del rey coloca a sus hijos. Su misión es
esencialmente social, y claro está que encuentra sus límites naturales en la
mejor conveniencia social.
No de
otra manera se conciben las instituciones privadas en toda sociedad en evolución (es decir que “progresa”
y no que “regresa”). La esencia de la propiedad, como de la familia son
idénticas para la aldea, como para el reino o el imperio: son
delegaciones sociales que el individuo cumple para la sociedad.
Volviendo
a las etapas del progreso social, encontramos que la nación va haciéndose cada
vez más fuerte y cada vez más extensa. El reino reunión de muchas aldeas
bajo la hegemonía conquistadora de una de ellas, forma la siguiente etapa. El imperio,
señorío de reinos, la tercera.
La
persona del monarca se torna más divina a medida que aumenta la extensión del
Estado. Es un verdadero dios sujeto a una inflexible ley humana que le obliga a
nacer y a morir como los hombres: habita mientras vive, un palacio maravilloso
digno de su categoría celestial, y después de muerto su tumba será el mausoleo
espléndido que merece un dios.
El
poder del Rey es el mismo en esencia que el del reyezuelo aldeano, pero al
extender sus dominios se ha hecho menos visible para sus súbditos, más distante
y más aislado en su palacio. Sólo se manifiesta en las grandes ceremonias;
rodeado siempre de una corte impenetrable de nobles y sacerdotes. El
mito del Rey se confunde con el mito del Dios para la inmensa muchedumbre del
reino, que nunca ha visto ni a uno ni a otro, sino en efigie. Y el mito del Rey
tiene la misma esencia del mito divino para los contados aristócratas que han
tenido la fortuna de ver cómo se mueve el dios redivivo.
Es
acertada la frase con que los egiptólogos designan a los faraones del Nilo: los
Reyes-Dioses. En las primeras épocas de Egipto, el término Horus (el
halcón) designaba, tanto al dios Horus como al Faraón, queriendo significar con
ello la consubatancialidad que en carne y espíritu existía entre ambos
halcones: el Dios y el Rey. Y las primitivas inscripciones egipcias cuando
quieren significar el poder del Rey, representan a las armas reales sostenidas
por la garra de un halcón.
El
poder del Rey se ha hecho abstracto para el pueblo. No lo ve y por eso lo
nombra con una perífrasis: es el palacio, el templo (faraón, significa
“la gran casa”), porque del poder real como del poder divino sólo puede
apreciar lo exterior, lo que ve.
Artífices,
poetas y músicos rodean al hijo del Cielo y a sus poderosos sacerdotes o
virreyes. Los guerreros defienden los límites del imperio, o llevan a comarcas
lejanísimas la cultura imperial tras las imágenes del Dios y del monarca.
Egipto, China, Babilonia, Persia, el mismo imperio romano, dominan el mundo y
se suceden en la historia.
Pero si
el imperio significaba la guerra exterior, significaba también la paz interior,
la felicidad de todos sus individuos. Trabajar para el Dios o el monarca, era
en realidad trabajar para los hombres, para la sociedad. Y trabajar
agradablemente porque lo incitaba un móvil religioso.
¿Acaso
una presunta desigualdad regía en el imperio? Indudablemente no era una
sociedad igualitaria; pero los hombres no poseían la conciencia de esa
desigualdad porque en ellos, se anteponía lo religioso a lo simplemente humano.
Cada hombre cumplía el rol que le correspondía, y feliz laboraba para el mayor
bienestar de ambos dioses, el de la tierra y el del cielo.
El
monarca era el representante de Dios en la tierra: como tal ocupaba la jefatura
que a este correspondía y gobernaba obedeciendo los designios divinos. Modificando
términos equivalentes, podemos repetir de esta manera la anterior frase “El
Jefe era el representante de la sociedad y gobernaba según la mejor
conveniencia social”. Suena diferente, pero significa lo mismo.
El
monarca era además de gobernante la encarnación misma de la nación – ello
surgía de su carácter divino –, por eso en su persona y en su acción se refleja
el culto religioso que es inherente a lo social.
El
factor de evolución histórica, el impulso social que hemos dicho, es
pues el factor religioso. Sólo sobreviven las sociedades que poseyendo un
fuerte culto religioso, poseen por ello una fuerte unión social. El clan más
religioso se impone en la aldea, su tótem será el dios aldeano, y su
patriarca el Rey. Igualmente la aldea con mayor religión
conquistará a sus vecinas y fundará el Reino; de idéntica manera el más fuerte
de los reinos formará bajo su hegemonía, el Imperio.
Hay una
verdadera selección religiosa, una lucha de dioses por la preeminencia terrena.
El vencedor de esta justa obtendrá como recompensa el dominio imperial que es
el dominio del mundo.
La
etapa de evolución es así una etapa de expansión nacional. La
caracteriza precisamente eso: las guerras de expansión y de conquistas; el
choque de naciones que luchan por el imperio del mundo. Es una etapa de guerras
exteriores.
La
sociedad marcha así tras sus símbolos religiosos – terrenales o celestes –
impelida por la fe en su destino. Es una marcha arrolladora que nada detiene,
mientras esa fe mantenga su místico valor.
El
culto religioso que creó a la sociedad, la lleva desde las primitivas formas
totémicas hasta el imperio del mundo. Y siempre la marcha de la cultura es
encabezada por sus dioses, y guiada por los “hijos de los dioses”.
Es
posible que en etapas superiores, los hombres no precisen encarnar en un dios y
en un rey, el culto a su Estado: es posible que este culto pueda ser dirigido a
la entidad social en abstracto. No importa la forma del culto ni su objeto:
pero es necesario que este culto exista.
Desgraciadamente
Europa lo ha perdido. Y América tiene el pecado original de su individualismo.
No parece que fuera por Occidente que hubiera de salir el sol; en el
otro extremo de Asia hay un sol naciente, demasiado fuerte de espíritu social.
Y a menos que se realice un milagro, Europa y América están destinadas a
sucumbir: a menos que las naciones europeas vuelvan por su perdido culto
social, y América comprenda que debe crearlo: que debe lavar el pecado
individualista que le dio origen,
Hasta
ahora la marcha de la historia ha sido inconsciente. No es el afán de
perfeccionar su unión social lo que impulsa a los hombres. No es un motivo que
pueda encontrarse en su inteligencia; sino en el corazón: es el amor místico a
lo divino, que por ser divino es social.
Pero
llega un momento en que esta evolución se detiene, que permanece como estancada
en una misma forma social, y que luego, poco a poco, retrocede por el mismo
camino andado. Si durante el ascenso era un ser irreal: el dios, quien
dirigía la sociedad; este mismo dios, o no existe en el camino de descenso, o
ha sido substituido por una forma aparentemente religiosa, o ha perdido la
fuerza de cohesión social que era toda su razón de existir.
El
momento mismo en que el dios social pierde su dominio absoluto sobre los
hombres, señala el punto máximo de la evolución: desde allí toda la historia
será un continuo retroceder, un desandamiento del camino andado. En una
palabra, un regreso hacia el hombre.
Puede
ese símbolo-religioso ser un Dios como en Egipto o Asiria, puede serlo la
persona misma del monarca como en China o en la Roma de los Césares: cuando ese
símbolo carece de su espíritu místico, carece todo sentido, aparece hueco ante
los hombres. La fe que movía la historia se ha detenido.
¿Que
causas producen la declinación del culto religioso y por lo tanto el
regreso social? No se ha prestado a la ciencia de las religiones toda la
importancia histórica y sociológica que tiene para formular una exacta
conclusión en ese sentido. En Grecia no existió realmente un culto social, y lo
que conocemos por mitología griega, es simplemente la exaltación del rito
mágico de la naturaleza. Pero Grecia tuvo su verdadera religión – ¡cómo no
había de tenerla! – en el relegado y antiquísimo culto a los antepasados y al hogar;
culto deelinante que aparece ante nuestros ojos moribundo, porque lo mata el
despertar febril de la cultura helénica: por eso toda la historia de Grecia es
una involución social, un retroceso hacia el hombre. También en Roma el virus
del humanismo griego alcanzó a socavar el fundamento místico de las
instituciones imperiales: humanista es el cristianismo filosófico de Pablo de
Tarso, tan impregnado de moral helénica.
El hombre
es el nuevo dios de la decadencia y la razón su culto. Con ella
trata de reemplazar la mística, y con su lógica individual la lógica social. Y
poco a poco la sociedad retrocede: todas las etapas de la evolución son vividas
de nuevo pero en sentido inverso: oligarquía, plutocracia, anarquía; es decir
aldeas, clanes y hordas, marchando irremisiblemente a la disolución social.
El
predominio de la razón ha libertado al hombre, y el hombre es el peor enemigo
de la organización social. La sociedad de la decadencia no es ya un conjunto
armónico, cuyas piezas juegan en orden su rol porque ajustan sus actos a una
lógica religiosa, que por serlo es social: ahora es el caos. La lucha por la
vida ha substituido al rito religioso, la guerra no es ya entre nación y
nación: ahora es entre hombre y hombre. La decadencia termina por quitar al hombre
junto con sus caracteres religiosos, los sociales: es decir que lo deshumaniza,
lo convierte en una bestia tan antisocial como pueden serlo los animales. El
regreso hacia el hombre, es en realidad el retorno a las formas no-humanas.
Mientras
el hombre va dejando cada vez en mayor grado de ser un ente social, va
ajustando sus actos de más en más a la propia razón. En lugar del móvil místico
que empujaba sus actos sociales, el afán materialista ha de ir guiando sus
acciones individuales. No quiere decir ello que la razón gobierne
totalmente al hombre: los actos sociales serán siempre místicos a fuer de
sociales. Solamente que sus acciones van haciéndose cada vez más racionales y
menos sociales: el hombre se enferma de inteligencia.
Por
otra parte en el afán de racionalizarlo todo, el hombre intenta conducir el
porvenir social por el camino que su razón le señala. De allí una lucha entre
la realidad social y la utopía racional, que favorece la desintegración y
precipita el caos. Si alguna influencia tuvieron las doctrinas políticas del
siglo V (a. c.) sobre las ciudades helénicas, ella fue evidentemente
desfavorable. Lo mismo podemos decir de todas las teorías racionales que
pretenden poseer la panacea que salve a la humanidad.
El
individuo se agita en la decadencia buscando únicamente su mejor provecho: es
decir que sus actos tienen una interpretación económica. Y como la razón
individual intenta dirigir los hechos sociales, he aquí que existen hechos
históricos que ofrecen una apariencia de causalidad económica.
Es tan
sólo una apariencia. Todo movimiento social ha de ser necesariamente místico:
aún el individualismo, aún las manifestaciones más groseramente materialistas
se traducen en un verdadero culto, con sus explosiones de fe, sus ídolos y
hasta sus mártires. Hubo quienes fueron satisfechísimos a la muerte buscando
mayores comodidades en su trabajo. Son incontables los que murieron por el
derecho a vivir mejor.
Marx
cometió el error de perspectiva de atribuir a toda la historia de la humanidad,
el misino proceso aparentemente económico que le ofrecía la decadencia de
Europa. Engels en sus últimas acotaciones al Manifiesto Comunista – conocedor
de los trabajos que sobre el clan había hecho Morgan, y que él mismo comentó en
su Origen De La Familia, etc. – reconoce que la interpretación marxista
no puede aplicarse a toda la historia, sino a la historia que comienza
con la propiedad y la división en clases sociales. Es decir que confesaba la
insuficiencia de la interpretación económica para explicar el proceso social en
toda su integridad. Tampoco cree que las causas económicas fueran las únicas
que condicionaban la historia, y en diversos artículos afirma que junto a ellas
existían otras causas no-racionales, que también tenían su influencia en el
desenvolvimiento social. Reconocía así dos clases de causas: las materiales y
las no materiales. Pero al dar preeminencia a las materiales, Marx y Engels se
colocaban demasiado en el siglo XIX (es decir en la sociedad burguesa),
no obstante que el propio Manifiesto Comunista reconocen que el auge del
materialismo correspondió con el advenimiento de la sociedad burguesa, y que
antes había algo que evidentemente no era materialista: “Ha ahogado (la
burguesía) el éxtasis religioso, el entusiasmo caballeresco en
las aguas heladas del cálculo egoísta... ” “Todo lo que era sólido y estable
fue destruído, todo lo que era sagrado fue profanado... ”
El
proceso de desintegración social va cumpliéndose lentamente, por etapas. No
termina la sociedad al día siguiente de su crisis religiosa: simplemente va
desmoronándose en un espacio de tiempo que puede ser larguísimo, que suele ser
retardado por espasmódicos renacimientos del espíritu social.
Hay un
aspecto exterior en este regreso hacía el hombre, que no se encuentra en la
“evolución hacia la sociedad”. Es su aspecto revolucionario. Es decir
que el regreso no se produce paulatinamente desde las formas elevadas de
sociedad hasta el hombre, como paulatinamente se había producido la evolución.
Hay una lucha de clases, una lucha entre quienes llegan y quienes deben irse,
entre las instituciones más religiosas (pero ya huecas de su sentido social), y
las menos religiosas rebosantes de espíritu individualista. La involución
histórica se caracteriza por ser el período de las revoluciones sociales: hay
en ella una sucesión de combates en los cuales quienes tienen que triunfar –
así lo ordena la lógica de la decadencia – acaban por imponer
revolucionariamente su espíritu. La revolución es un producto de decadencia,
una forma histórica propia de los regresos sociales.
Veamos
ahora el “proceso” de la involución.
En
primer lugar la monarquía pierde su sentido religioso: es un valor hueco ante
los hombres y ante el propio monarca. De allí que este apele a la fuerza para
mantener un poder que ni él comprende, ni resulta comprensible a los demás. El
Rey-Dios se convierte en el autócrata: no es ya un ser divino, o el
mandatario de Dios quien gobierna. Es un hombre que comienza a juzgarse a él
mismo de la propia hechura que los demás hombres, pero favorecido por el azar
con el poder.
El autócrata
gobierna con la fuerza. Por eso entrega parte del poder a sus nobles más
allegados, para resguardarse de sus enemigos, que son todos los otros nobles
que también aspiran al poder. Las castas militar y sacerdotal se transforman en
el Palacio, que apoya al déspota y que es apoyada por él.
Un
hombre solo es impotente para conducir al Estado, si obra como hombre, es
decir si carece del halo religioso que es el único fundamento de la reyecía, de
la “virtud ciudadana” que decía Aristóteles. En realidad por su boca hablan los
cortesanos, y por su mano promulgan leyes que defienden sus intereses
individuales o de casta. La aristocracia, o mejor dicho la oligarquía, substituye
al déspota en la realidad del gobierno.
En el
Egipto del “imperio medio” y en la China de los Chéu vemos cómo el poder
de los nobles se antepone al de los emperadores. Sin embargo, Europa durante
las edades media y moderna, nos ofrece aparentemente un triunfo del poder
central contra el feudal. Pero Europa presenta un panorama complejísimo, en
donde se mezclan elementos de progreso y de regreso, y en donde se advierte un
afán inconsciente para resistir al individualismo en constante marcha. Chocan
allí factores de los más diversos: en primer lugar, el cristianismo erigido
como religión oficial, que no ha podido desprenderse de su bagaje de
individualismo helénico; luego el espíritu joven aportado por la invasión
germánica; el paralelo entre el feudalismo de la campaña, y la burguesía
de las ciudades (sociedad “en evolución” la una y sociedad “en involución”
la otra); la supervivencia del imperio en el dominio espiritual y terrenal del
Papa de Roma, ya que no en el poder aparente de los emperadores del Sacro
Imperio; la formación de las nacionalidades y el poder absoluto de los monarcas
en el siglo XVII; y sobre todo la influencia perniciosa para la socialización,
de la cultura griega preponderante durante el Renacimiento y el siglo XVIII.
Europa
medioeval puede considerarse como una prolongación del imperio romano: un
imperio cristiano que aún tiene a Roma por capital y al Pontífice por César.
Pero el germen de la disolución existe, más en la burguesía mercantil y
artesana de las ciudades que en el feudalismo de los señores. Los reyes solo
son los primeros de los señores feudales, hechos fuertes contra los otros
señores feudales por el apoyo que – interesadamente – les han prestado los
burgueses. Gracias a este apoyo los reyes forman las naciones de la edad
moderna, y a la vez los burgueses como pago de esta ayuda, cobraron la libertad
suficiente para dedicarse al mercado y a la usura.
La
tercera etapa de la decadencia es el reemplazo de la oligarquía feudal por la
oligarquía burguesa. Es el gobierno de los más ricos, disfrazado como gobierno
de todos y para todos. Grecia la alcanzó cuando Solón hizo accesible a los
mercaderes los escaños del consejo.
En
Europa los burgueses – muy imbuidos de renacimiento – juzgaron en el siglo
XVII, llegada su hora. Pero mientras Cromwell triunfaba en Inglaterra, la fronda
se hacía pedazos en las calles de París. El desastre de la fronda burguesa
y nobiliaria consolidó momentáneamente el poder de loe monarcas, y retardó un
siglo su definitiva caída: pero rodaron estrepitosamente con la Revolución.
Todo el
siglo XIX no es otra cosa que el desplazamiento del feudalismo por la
burguesía. 1830 y 1848 son las fechas de las batallas decisivas que libraron
ambos regímenes, el que debía irse y el que tenía que llegar de acuerdo al
regreso social. Ambas batallas tuvieron por escenarios todas las capitales
europeas, y repercutieron en nuestro continente: Caseros es, en cierta manera,
el eco americano de la revolución de 1848.
Nadie
mejor que Marx ha descripto la cruda realidad de la revolución burguesa. El Manifiesto
Comunista es el documento más exacto del advenimiento del nuevo orden
social, pese a que fue redactado en 1848, es decir en los comienzos de su
hegemonía: “...la burguesía se apodera finalmente del poder político con
exclusión de las otras clases en el Estado representativo moderno. El gobierno
moderno no es sino el comité administrativo de los negocios de la clase
burguesa”
Aquí
podemos repetir una afirmación que ya hemos hecho anteriormente. No son las
condiciones económicas las que originan las etapas sociales: son éstas que dan
lugar a aquéllas. No fue la gran industria la que creó a la burguesía; sino la
burguesía a la gran industria. Expliquémonos: la liberación de las ligaduras
feudales aumentó el poder y las necesidades del hombre. Para cubrir esas
necesidades no bastó con la pequeña industria medioeval, y fue necesario
producir en gran escala: de allí la gran industria que nace a mediados del
siglo XVIII. Es absurdo creer que primero existió la producción y luego las
necesidades, pero a ese absurdo lleva necesariamente el suponer a la burguesía
como un simple producto de la revolución industrial. El propio Marx encuentra
el dominio de la burguesía como originado por el auge de la gran industria, y
el auge de esta lo refiere a “que los mercados se engrandecían sin cesar, la
demanda aumentaba” (Manifiesto cit.). ¿Por qué? No era ciertamente
porque las colonias de América y Australia ofrecieron plaza para colocar los
productos; o que existiera en el siglo XVIII un comercio regular con la India o
con China. Era sencillamente porque el
hombre emancipado de sus ligamentos religiosos y sociales, aumentaba en
apetitos.
El
individualismo es desde luego el fundamento social de la burguesía. Lo es de
toda la decadencia indudablemente, pero durante este período ocupa el primer plano
en las especulaciones filosóficas y políticas. La filosofía desplaza a la
religión, como la razón al misticismo y como el hombre a la sociedad. Platón
soñaba en su República con un estado tan idealmente individualista, que
los hombres no precisarían ocuparse de la cosa pública, pudiendo desenvolver su
total actividad en provecho propio. Aristóteles buscaba a los hombres virtuosos
que habrían de gobernar su república perfecta. Rousseau encuentra que “el
hombre ha nacido libre y sin embargo se encuentra encadenado” (Contrato Soc.
1-1); y el fin del gobierno debe ser “el mantenimiento de la libertad tanto
civil como política” (íd. III-1).
El
individualismo griego sucumbió en la anarquía. El orden burgués de Occidente es
también la etapa inmediata a la disolución social. Nació hablando de la
libertad del hombre, e inútilmente bregó después por restringir esa libertad
solamente a la nueva clase gobernante: la capitalista. Es decir que logrado el
triunfo de sus ideas filosóficas, quiso borrar esas ideas para mantener en la
sociedad el mismo puesto que ocupaba la aristocracia feudal. Pero carecía del
espíritu místico – o de la apariencia de espíritu místico – que era el fuerte
de los aristócratas.
La
burguesía lleva su pecado original en el humanismo igualitario que le permitió
escalar el gobierno. Lleva en sus flancos esa especie de reverso de las
ventajas burguesas que es el proletariado. Y no puede constituirse en clase
respecto al proletariado, sino artificialmente apelando a la fuerza, de la
misma manera que el déspota quería perpetuarse como Rey. La razón
está ahora de parte de los proletarios, y solo a condición de no razonar
lo racional, es decir de negar el principio de su revolución, pueden los
burgueses jugar a los aristócratas y mantener una apariencia de Estado.
Pero
como dice el Manifiesto “la sociedad burguesa semeja al mago, que no
sabe dominar las potencias infernales que ha evocado”. Los proletarios
heredaron toda la filosofía individualista: el socialismo – aunque parezca
paradojal – es tan solo una aspiración humanista y económica, y por lo tanto
esencialmente individual, ácrata. El programa de la Segunda
Internacional es simplemente el programa individualista que no quiso cumplir la
burguesía. En realidad los socialistas son los verdaderos herederos del
Contrato Social.
Por su
parte la Tercera Internacional busca igualmente el mejoramiento del hombre por
el hombre mismo: la pretendida sociedad comunista es una sociedad artificiosa
que no se encuentra basada en ningún vínculo social, sino en una mejor
conveniencia de los individuos que la integran. Pero mantener una organización
social con bases no sociales es una utopía, un imposible que sólo puede
perdurar con la fuerza. Su resultado será necesariamente la disolución
anárquica.
La
crisis de la burguesía deberá cumplirse inexorablemente y a plazo fijo: el
rumbo de la historia la apuñala. Hora llegará en que no podrá mantener por la
fuerza su usurpada situación de preeminencia; hora llegará en que la evidente
razón del proletariado gane a su causa a todos los espíritus que consideran
al hombre y a su razón como el fin y el fundamento
respectivamente de la sociedad. Será el último paso hacía el caos: la
historia es implacable para los pueblos sin fe.
5. La decadencia de las ideas
religiosas.
El cenit
de la cultura religiosa es el Gran Dios del Imperio. Pero este ya no
representa lo que el dios en el reino, y menos aún lo que el ídolo en
la aldea o el tótem en el clan. A medida que la nación va ganando
extensión, el culto religioso va perdiendo intensidad.
El
hombre del clan veía en su tótem, este le era consubstancial: el tótem
era el padre, el jefe, la sociedad misma. Idéntico principio tenían los hombres
y el dios: el tótem era el clan. Vivía difuso en todas las manifestaciones
visibles del clan: hombres, cosas, animales domésticos. No podía el primitivo
imaginarse como un algo separado de su dios tutelar: es que era la
misma cosa.
En la
aldea esta consubstancialidad entre lo humano y lo religioso no posee ya la
misma intensidad. Lo estrictamente humano y lo estrictamente religioso comienza
a perfilarse. Se dibujan los dos rumbos que más tarde tomará el principio
social: lo humano, comienza a ser la casa del hombre, su familia, sus
animales, su granero; lo religioso, el ídolo, el patriarca, el reyezuelo
de la aldea. No por eso el ídolo deja de constituir la “representación figurada
de la comunidad social”, como en distinto grado de religiosidad también lo
figuran los ancianos y el reyezuelo. Lo que hay, es que la consubstancialidad
entre los hombres y el dios, no es ahora tan perfecta como lo fue en el clan.
Ahora el dios ha tomado forma: no es ya una simple entidad abstracta que vive
difusa en el clan; ahora es un ser que existe independientemente de los
hombres, que vive realmente en su estatua y que tiene su casa propia en el
templo.
El
tótem del clan era un nombre: pero un nombre que significaba un culto.
El ídolo de la aldea es un objeto, una estatuilla. Y en este objeto en
el cual se ha materializado la idea divina, no pueden suponer los hombres de la
aldea una consubstancialidad tan intensa como lo suponían los hombres del clan
con su tótem irrepresentado y diluido en la entidad social. Es cierto que los
aldeanos dependen del dios, que el dios los ha creado, que inspira los actos
del reyezuelo: pero el dios “no son ellos mismos”, ellos no viven en el dios
a lo menos del modo absoluto que el hombre de los clanes. En el clan “lo
social” era una idea única: la misma idea comprendía al clan, a los
hombres, al dios. En la aldea comienza a diferenciarse el hombre de la social:
la sociedad está en el jefe, en el ídolo; lo humano comienza a diseñarse en
la propiedad, en la familia.
En el reino,
y más aún en el imperio, la separación de estas ideas se hace
mayor. El Emperador y el Gran Dios, son adorados por sus súbditos, pero en este
culto no hay ya una verdadera divinización de la idea social, encarnada
en los dioses de la tierra y del cielo. Viven los súbditos demasiado lejos de
estos dioses, para sentir en sus personas la consubstancialidad con tan terribles
personajes. Hay un culto sin duda, pero este culto no tiene los caracteres
completos de un culto protector: ya no es el sentimiento de la criatura
hacía su Creador, del hombre de los clanes respecto del tótem que le sirve de
amparo. Hay más temor que amor en la posición religiosa del
súbdito del Imperio hacia los grandes dioses.
Al
extender el imperio sus límites, la idea de lo social ha perdido eficacia. Una
sociedad es un amparo, una defensa; y tanto el Emperador como el
Gran Dios no pueden amparar a todos los habitantes del Imperio. Por eso que, en
mucha parte, el culto a los dioses imperiales se confunde con el “miedo a lo
incomprensible” de la magia primitiva. Los dioses viven lejos de los hombres, y
su poder ha llegado a ser tan grande como el de la misma naturaleza: inspiran mucho
temor, y poco amor. Ya no “son lo mismo” que los hombres: estos
vuelven a sentirse aislados frente a lo que temen, sin tener el amparo de
ningún protector.
En ese
aislamiento, lejos de los dioses de la tierra y del cielo, el hombre ha
vuelto a encontrarse a sí mismo. Se siente y se piensa como una realidad independiente
de su Dios y de su Estado. Acata y teme siempre a ambos, pero ya no son su
apoyo, no son suyos: le es necesario un culto que se encuentre próximo a
él, en el cual se refleje él mismo.
Es el
momento de la crisis. Repentinamente el Dios imperial y el Emperador se sienten
faltos de ese apoyo místico, que era su única razón de ser. El culto social ya
no encuentra eco en la enorme extensión del Imperio: ha comenzado la liberación
del hombre.
Para
salvar al Imperio, el dios humano sacrifica a su padre celeste. Pretende salvar
el poder temporal entregando el espiritual al naciente humanismo. Amenofis IV-abandona a Amón el Gran
Dios tebano, reemplazando su culto por el de Atón, el sol bienhechor que
distribuye sus dones entre todos los hombres. Y Amenofis al convertirse en Ikunatón
(el gran sacerdote de Atón), lo hace para apuntalar su enorme y bamboleante
imperio, inventando un culto universal que pudiera ser aceptado por todo el
Oriente que domina: Egipto, Asiria, el país hetita. Así también Cómmodo
adopta en Roma la religión de Helios, el sol de los cultos mítricos.
Pero ni
Helios es Roma, ni Atón Egipto: inútilmente los Emperadores han
sacrificado a sus padres para salvar sus patrimonios. Y con este crimen inútil,
la decadencia en lugar de detenerse, se precipita.
Durante
la decadencia, el hombre es su propio dios. Su razón, sus intereses serán ahora
su culto. Atón representado por un disco solar, cada uno de cuyos rayos
termina en una mano distribuyendo mercedes, señala el comienzo de los “cultos
individualistas”. Lo social - Dios, Imperio – no es ya concebido como un algo
independiente y superior a los individuos que lo forman. El Dios y el
Imperio empiezan a “ser los súbditos”, no tomados socialmente, sino individualmente.
Las infinitas realidades individuales comienzan a agitarse dentro de “lo
social”.
El
dios, al humanizarse, se “desocializa”. Este proceso de la “desintegración
social” de la divinidad, precede al idéntico proceso que sufre el Estado.
El dios
sol que distribuye sus dones en toda la tierra o el dios del cielo que
hace germinar las plantas y trae la lluvia y el buen tiempo, constituyen la
primera forma de “religiones humanizadas”; es decir, de religiones desprovistas
de sentido social, de religiones individuales, asequibles a la razón de los
hombres y provechosas para sus intereses. En ellas el monarca mantiene siempre
su rol de intermediario entre la divinidad y el pueblo: es el Hijo del Sol del
Tahuantisuyú; el Oang – palabra formada con las iniciales de la
frase: “trazo que une la tierra con el cielo” – de la China media.
Pero
los cultos al cielo o al sol son concesiones que vienen de lo
alto, que hace el monarca para apuntalar su imperio y mantener un rol de
intermediario entre los hombres y la divinidad. No bastan para satisfacer el
creciente individualismo, que día a día encuentra más huecos de valor místico
al Emperador y al Dios. El distanciamiento entre monarca y pueblo, es cada vez
mayor: es irremediablemente cada vez mayor.
Ese
momento de crisis, cuando los Emperadores perdido el fundamento social de su
poder, tratan inútilmente de crear un culto que armonice con el individualismo
naciente, es el momento de los reveladores de religiones. De los
maestros de moral que enseñan a los hombres el camino de sí mismos como único
fundamento religioso.
El
siglo VI a. c. es pródigo en estos maestros. Es el siglo que ve la caída del
imperio brahmánico en la India, y en el cual llega a su punto más agudo la “era
de la confusión” de la decadencia China. Tenía que ser el siglo de las reformas
morales bajo formas de “religiones reveladas”: el tiempo de Buda, de Lao-Tsé,
de Confucio.
Los
“tres maestros” recogieron en ese ambiente de decadencia el individualismo que
luego enseñaron: desde su monasterio el primero, en la cátedra el segundo, en
el gobierno el último. Sus prédicas son idénticas en el fondo: Dios concebido
como algo exterior a los hombres, no existe: hay que buscarlo dentro de cada
uno. Para hallarlo, es necesario la moral.
Mientras
Buda piensa que el fin del hombre consiste en alcanzar el nirvana, la
suprema nada; Lao-Tsé (“el viejo maestro”) encuentra en la contemplación
– el ou-oé – la llave de la felicidad, “cuando no se hace nada, todo
marcha bien”. En el Tao se enseña que los gobiernos deben retrotraer la
sociedad al “estado de naturaleza”, para que los individuos siendo
absolutamente libres, puedan gozar de completa felicidad.
A su
vez Confucio (Kong-Fu-Tseu: “el sabio maestro Kong”) enseña la virtud
del altruismo – el chú -, como la más conveniente a la vida de los
hombres. Los Kíng son más religiosos que el Tao: es decir, que la
doctrina de Confucio no llega a los extremos anarquistas de la de Lao-Tsé. Los
dioses – Gran Dios del Cielo, dioses inferiores y espíritus de los
antepasados – presiden la vida humana, como una concesión que hace el
filósofo a las ideas sociales. Pero el fin de la filosofía de Confucio
no deja de ser individualista: los hombres deben encontrar el bienestar por sí
mismos, practicando el chú con toda voluntad y energía, lo que
constituye la fuente única de la felicidad.
La moral
de estos reformadores hizo abundantes adeptos en los anarquizados imperios
orientales. No obstante, un resurgimiento del “espíritu social” en la India
habría de arrojar al budismo más allá del Himalaya. En cambio – hasta el siglo
III – la impotencia de la dinastía Chéu y la decadencia de China,
permitió que fructificaran libremente las doctrinas de los “tres maestros”.
Pero cuando el olvidado espíritu de China renació en la epopeya del heroico Chang-Hoang-Tí,
este repudió violentamente las escuelas en las cuales se enseñaban las
doctrinas morales, violó las tumbas de Confucio y de Lao-Tsé aventando sus
cenizas, y quemó con gran pompa los ejemplares del Tao o de los King.
Muchos años tuvieron que pasar hasta que Kao-Tí restaurara el
confucionismo, y los taoístas elevaran a culto religioso la persona y
las enseñanzas de Lao-Tsé. La nueva, y esta vez inexorable decadencia china,
hizo de las tres morales, tres religiones, y de sus fundadores – los más
tenaces fustigadores de lo religioso – creó dioses, con sus sacerdotes,
sacrificios y demás elementos de culto.
En el
siglo II d. c., pero en Occidente, hay una idéntica suplantación de las ideas
religiosas por las morales, que concuerda con la crisis expansiva del imperio
romano. El “Kronos” del mitraísmo, el “Verbo” del Cuarto Evangelio, el “Logos”
de la filosofía platónica o estoica, concebidos como principios morales,
supremos y universales son la base de las religiones-filosóficas y
filosofías-religiosas que aniquilaron al imperio romano. Fuertemente
individualistas se nos presentan estas. doctrinas: sus morales no van
“de la sociedad al individuo”, sino de éste a aquélla. La doctrina del mitraísmo
consiste sintéticamente en “el respeto hacia los demás individuos”, la del cristianismo
en “amar al prójimo como a sí mismo”; el amor es “atributo de sabios”
enseñaban Epitecto, el estoico. (Máx.: De la Amistad 1).
La
moral individualista y antisocial, carcome las instituciones sociales. Desata
en contra de éstas al hombre, el eterno enemigo de lo social. De allí, las
persecuciones a la nueva moral que distinguieron los tres últimos siglos
de Roma: especialmente la persecusión de Domiciano contra los filósofos, y la
de Diocleciano contra el cristianismo.
La moral
de los reformadores se torna bien pronto en religión: es condición
imprescindible de todo movimiento social – aún estos fuertemente
individualistas – el adquirir un revestimiento religioso. El budismo, el
taoísmo, el confucionismo no son evidentemente, las prédicas
morales y antirreligiosas de sus tres fundadores. Tampoco la Iglesia Católica
de Inocencio III, con ribetes de imperialismo espiritual y temporal, es la
laica y humilde moral de los apóstoles.
La
moral al suplantar a la religión se ha hecho religión a su vez. La persona del
fundador se diviniza, sus palabras contenidas en los “libros sagrados” se hacen
dogma, es decir “moral revelada por los dioses” y por lo tanto
inmutable, cristalizada. La moral se hace religión, lo que no fue el
propósito de quienes la enseñaron. Las palabras del fundador que se
pronunciaron dirigiéndose a la razón de sus oyentes, cuando perdieron su
sentido racional, fueron escuchadas “con el corazón”. Es decir, fue por la mística
y no por la lógica, que los fieles aceptaron el pensamiento del maestro.
Claro
está que el valor social de toda “moral religiosa”, es inferior al de
una verdadera “religión”, porque aquella no puede borrar fácilmente su origen
individualista. Pero puede suplantar a una religión, y hasta adquirir el valor
social de esta si cumple una rendición esencial: si se nacionaliza. Toda
religión es siempre nacional, por cuanto es el símbolo, el espíritu mismo de la
nación, hecho culto. Estada sin religión, o religión sin Estado, son formas
decadentes, individuales, que deben ser firmemente combatidas para evitar la
desagregación completa de la sociedad.
Las
“religiones reveladas” constituyen la etapa individualista de la
historia religiosa, antecedente necesario de idéntica involución social. Por
eso y sólo a condición de que estas religiones se conviertan en verdaderas
religiones – es decir, que dejen en absoluto de ser individuales,
universales y razonadas, para convertirse en sociales, nacionales y
místicas – el caos resulta inevitable. Si una religión no posee en grado absoluto
el espíritu social, ella no sirve como vínculo para mantener la unidad
social.
6. Los
“mitos platónicos" y la interpretación religiosa de la Historia.
Absolutamente
incomprendidos por sus contemporáneos y por sus comentadores posteriores, los mitos
platónicos ocultan tras su hermosísima leyenda, una concepción que a
nuestro juicio es francamente religiosa de lo social y de lo histórico. Sobre
todo aquellos intercalados en El Político y el Critias.
La ley
de la evolución social que acabamos de explicar parece ser el tema, el leit-motiv,
de estos mitos: se habla en ellos de los hombres ascendiendo por el camino
de la historia mientras los dioses los dirijen (Político), mientras el principio
divino persiste entre ellos manteniendo la unidad y la cohesión social (Critiae).
Y a su vez el descenso, la involución social hacia la anarquía se cumple
cuando los dioses abandonan los hombres a su fortuna (Político), cuando
el espíritu divino fue reemplazado y dominó el carácter humano (Critias).
El "Político”
es el diálogo entre el Extranjero de Elea y Sócrates el Joven a
propósito de la definición y la naturaleza del poder. El Extranjero ha
comparado, al comenzar el diálogo, a los reyes con los pastores de un rebaño,
pero encuentra que esta comparación que debiera ser exacta, en la
realidad práctica no lo es: al pastor que cuida, alimenta y cura su rebaño,
nadie le podrá discutir la jefatura del
mismo. Mientras que frente al rey, muchas veces se alzan los “guerreros,
comerciantes, panaderos o médicos” a disputarle el mando, alegando que son
ellos quienes cuidan, alimentan o curan, no solamente a los demás hombres, sino
también al propio monarca. De allí se pregunta el Extranjero: “¿Cómo fundar la preferencia
del rey sobre sus rivales? ¿Cómo explicar el poder del rey sin dar a nuestro
diálogo un final deshonroso?” El Joven Sócrates considera que esta tarea es
imposible. El Extranjero conviene en ello “si seguimos el camino que hemos
tomado”, esto es, si el diálogo continúa desenvolviéndose por la vía
estricta de la razón socrática. Y propone al Joven dejar este camino y
remontarse por la fantasía a la edad de oro de las leyendas y los mitos, “Pondremos
en nuestras palabras algo que parecerá un juego de niños, ¡tú casi lo
eres! ; nos iremos o la leyenda para en ella alcanzar nuestro propósito”.
¡Tal vez allí se encuentre la
explicación que razonablemente parece imposible!
Y
comienza el Extranjero a relatar el mito: “Escucha mi fábula, Sócrates,
con la misma atención que para las fábulas ponen los niños”. Habla entonces de
la disputa entre Atreo y Thiesto, y de como Zeus en testimonio de
Atreo, revolucionó el orden cósmico haciendo salir el sol por Oriente, cuando
antes amanecía por Occidente.
El
Joven no comprende la relación que puede tener esa leyenda mitológica con la
naturaleza del orden político. Y entonces el Extranjero habla de los tiempos
anteriores a Zeus, en que los hombres regidos por Kronos nacían de la
tierra, y Kronos y los demás dioses los gobernaban personalmente.
Tampoco
comprende el Joven adonde se dirige el pensamiento del Extranjero. “Y bien –
dice éste – todas esas maravillas poseen una verdad oculta tras la leyenda: una
causa olvidada, de la que nadie habla ya, pero que nosotros debemos establecer pues
ella nos es necesaria para conocer la naturaleza del orden político. Escucha
Sócrates: Este mundo donde nos hallamos ahora, no siempre es dirigido por Dios
de la misma manera. En ciertas épocas Dios mismo preside su marcha; en otras,
Dios abandona su dirección, dejando al mundo entregado a sí mismo. Y entonces
este que marchaba en un sentido cuando Dios lo dirigía, retorna en sentido
contrarío cuando Dios lo abandona. Por ello no debemos ni suponer que Dios
dirige siempre al mundo, ni que éste se maneja siempre solo: tanto es conducido
un tiempo por una acción trascendente y divina, y tanto en el momento
mismo que este impulso lo abandona, recorre un circuito inverso por
miles y miles de períodos”.
Este
doble movimiento cósmico tiene repercusión en la vida de los hombres. Mientras
Dios dirige al mundo y el sol asoma por Occidente, viven los “hijos de la
tierra” que nacen adultos de la misma tierra y pasan una existencia feliz sin
constituciones políticas, ni mujeres ni hijos. Toda la vida remonta de la
tierra: los frutos se ofrecen a profusión, y los árboles crecen sin necesidad
de cultivarlos. Dios mismo en persona o por medio de los dioses inferiores,
apacienta y rige al rebaño humano. Pero lo más notable de esta edad es que los
hombres nacen adultos o ancianos de la tierra, y van día a día cobrando nuevas
fuerzas, siendo más jóvenes y dichosos. Hasta que llegaban a la niñez y
desaparecen en el espacio para fundirse con el alma divina. En cambio el regreso
ya sin la dirección divina, producía una inversión total de la vida
terrestre. El sol asomaba entonces por Oriente, y la vida se vivía al revés “de
regreso a la tierra”.
Los niños eran los muertos del
ciclo anterior, que no mereciendo el premio de llegar hasta el Alma Universal,
volvían del espacio, y poniéndose – en ese mundo sin Kronos – más viejos
cada día, morían volviendo sus cuerpos a la tierra, para resurgir de esta
cuando el universo recobrara su marcha normal. “Esa es la vida, Sócrates, que
llevan los hombres; ese es el doble movimiento de su mundo. Las leyendas
conservan el recuerdo de los tiempos de Kronos, tal vez porque los primeros
hombres del ciclo actual conocieron a los últimos “hijos de la tierra”, pues el
hombre no guarda el recuerdo de su anterior existencia”.
Pero
¿cuál es la lección que se desprende de esa leyenda?, pregunta Sócrates el Joven. “Cuando le Piloto del Universo –
responde el Extranjero – deja el comando de éste y se encierra en su puesto de
observación, todos los dioses que asisten al Dios Universal y apacientan en su
nombre el rebaño de los humanos, abandonan también a éstos. Y entonces los
hombres, al tomar el mundo el camino retrógrado, se encuentran solos. Pero no
saben vivir solos, y quieren mantener un gobierno semejante al del Creador y
de los dioses.” Al principio logran hacer reinar un cierto orden en la
sociedad humana, pero a medida que el mundo retrocede la desagregación y el
desorden se tornan mayores, y el rebaño humano, que no comprende el fundamento
del poder, se vuelve arisco e indócil. Y es entonces que Dios, temiendo que el
mundo “se abisme en el océano de la desagregación” restaura el movimiento
divino: el sol vuelve a salir por Occidente, y retornan los dioses a gobernar a
los hombres.
Ahí
termina el mito del Político. Ninguna otra explicación agrega el
Extranjero sobre la naturaleza del poder: solamente ha dicho que su explicación
no pertenece al orden racional, y ha referido el mito que
acabamos de exponer.
Es
curioso que ningún comentarista de Platón haya encontrado en este mito una
relación directa con la naturaleza política que trata el diálogo. Nadie,
que sepamos, lo ha comprendido. Por la apariencia cosmológica de éste y su
derivación hacia la teología, muchos han visto en él una intercalación de orden
no político: no una alegación de evidente sentido social. Schulh – “Sur le mythe du Politique” en
Rev. De Metaphysique t. XXXIX (1932) – ha encontrado una alusión a la
mecánica celeste y al movimiento de los astros. Otros comentaristas han hecho
referencia a la vida eterna y a la inmortalidad del alma (A. Dies: “Platón”
t. IX, 1' p., p. 30; Paul Tannnery, art. Platón “La Grande Encycl.”).
Pero es evidente
que el mito tiene una significación sociológica. El Extranjero de Elea lo
narra, justamente para explicar la naturaleza del poder de los reyes y ante la
pregunta en ese sentido del Joven Sócrates. Y concluye que su comparación del
rey y su pueblo, con un pastor y su rebaño es exacta, cuando rige al mundo el
pastor divino del cielo de Occidente.
¿Pero qué representa entonces el rey, pastor humano de los tiempos en
que el mundo retrocede? Este es un recuerdo, un reflejo del poder divino, mantenido
por los hombres “para conservar el orden bajo la apariencia del gobierno de los
dioses”. El rey viene a ser el recuerdo del poder divino, que se va
perdiendo cada vez más, hasta el grado que los “comerciantes, soldados,
panaderos y médicos” osan discutirle este poder argumentando con la razón humana,
ante la cual resulta inexplicable.
Así,
tras la alegoría de la inmortalidad del alma y de la leyenda cosmológica,
existe en el mito del Político una magnífica concepción social que el
filósofo no pudo o no quiso exponer claramente. Allí, en esa evasión de la
lógica socrática, encerró Platón su pensamiento real sobre la
naturaleza de la sociedad y del poder de sus jefes. En esos ciclos alternos,
con presencia y ausencia respectiva de los dioses, escondió su idea
religiosa de la Historia. Y en ese regreso, ese retroceso de la humanidad abandonada
a sí misma hacía el caos, puso su profundo convencimiento del fracaso
individualista.
¿Hay
contradicción entre la idea del mito, con el individualismo de la República
y de las Leyes, y aun con la misma parte final – evidentemente
individualista – del Político?
A nuestro juicio, no. El mito narra en sentido figurado la historia
de la sociedad de los hombres. En cambio la República y las Leyes
dan la constitución ideal de un “Estado individualista”, propio para la
época de decadencia en que Platón vivía. A su vez la parte final del Político
se refiere al rol del monarca en esa misma época: el mito explica el
origen de sus funciones.
Era
peligroso hablar claramente en la Atenas del siglo V: el recuerdo de la cicuta
de Sócrates no se apartaba de los filósofos. Por eso, si bien Platón discurre
claramente cuando trata de dar normas para la actualidad política,
oculta su pensamiento cuando debe referirse al espíritu de las cosas
políticas.
Por
otra parte la República no es una obra terminada: Platón quiso
explicarla en su trilogía incompleta del Timeo, el Critias y el
Hermócrates. Sólo alcanzó a escribir el Timeo en el cual habló de
la naturaleza del alma, y empezó el Critias con su magnífica descripción
de la “Atlántida” y de la historia de las sociedades humanas. No terminó el Critias,
deteniéndose en el instante mismo en que los dioses van a juzgar a los
“atlantes” por haber perdido su espíritu religioso, ni escribió nunca el Hermócrates
donde debería compararse, relatando una guerra legendaria, el
individualismo decadente de los “atlantes” con la sociedad fuertemente mística
de los antiguos habitantes del Atica.
La Atlántida,
ese imperio imaginario que se arroja sobre Europa “desde el fondo del
mar Atlántico” (Timeo-94, e), dueño de una isla “que mejor podríamos llamar
un continente, grande como el Asia y la Libia juntas”, es anunciada en los
primeros diálogos del Timeo, cuando Sócrates y sus discípulos van a
juzgar la República, objeto de sus anteriores conversaciones.
El
recuerdo de la Atlántida y de su invasión “sucedida hace miles de años”,
se ha borrado de la memoria de los griegos. Sólo un discípulo de Sócrates – Critias
– conserva en su casa un manuscrito que Solón el Legislador le regalara a
su bisabuelo, en el que narraba el extraño relato que le hizo un sacerdote
egipcio mientras viajaba por el Nilo. “Grecia es joven – habíale dicho el
sacerdote a Solón – en cambio Egipto es un país viejo, y conoce hasta el fondo
de la Historia”. Y Critias, en el diálogo que lleva su nombre, lee ante
los discípulos de Sócrates, el manuscrito de Solón.
El
continente atlante, situado más allá del mar Atlántico y de las Columnas de
Hércules, había sido poblado por una raza de hombres provenientes de la unión
del dios europeo Poseidón con una mujer indígena, Clito. Tenía la
Atlántida, cerca del mar, una enorme llanura “la más hermosa y la más fértil de todas las
llanuras” (Cri.-113, c), limitada por altas montañas “que llegaban hasta
el otro lado del mar” (íd.-118, b). Y aunque “muchos productos venían
desde afuera en grandes barcos” poseían los atlantes en su suelo lo más
necesario para la vida; todos los metales, incluso el oro y el misterioso oricalco
“de reflejos de fuego” en sus montañas; riquísimas praderas en la llanura,
que nutrían animales domésticos; bosques de árboles maravillosos y cultivos
magníficos de plantas alimenticias.
Numerosas
villas, ricas en habitantes, en minas y en praderas prósperas, se
encontraban en la gran llanura, en las montañas, y a orillas de sus grandes
ríos.
La Atlántida
era una confederación de diez reinos, gobernados por reyes descendientes de
Poseidón al primer nacido – Atlas – recibió un reino en las montañas. El
segundo – Gadiros – otro en la llanura del sur. Los restantes se
repartieron el continente atlante y sus islas.
Los
reyes se reunían a tratar los asuntos comunes, en el centro de la isla, frente
a una columna de oricalco erigida en honor de Poseidón. No comenzaban su
asamblea sin haber inmolado un toro en sacrificio a su ascendiente divino: un
toro que “debía ser matado por ellos mismos, sin más ayuda que un largo puñal y
un manto”.
“Durante
numerosas generaciones – dice la parte final del Critias – y mientras
los atlantes supieron conservar la naturaleza del Dios, respetaron a la
ley y al principio divino del cual provenían. Eran verdaderamente
grandes en todo: usaban de bondad y de juicio. Amaban la virtud por encima de
todas las cosas, y desdeñaban los bienes terrenales. Llevaban como un fardo
pesado su oro y sus otras riquezas, y no se dejaban engañar por el exceso de
fortuna. No perdían jamás el dominio de sí mismos y marchaban en línea recta.
Con aguda clarovidencia habían comprendido que las ventajas materiales deben
posponerse siempre a la virtud; y que al contrario, el amor excesivo del oro y
de las riquezas trae aparejado, no solamente la pérdida de la virtud, sino
quita a los bienes materiales su verdadero valor. Y fue por ello, y gracias a
la persistencia del principio divino, que vivían felices y los bienes
materiales se acumulaban en su provecho. Pero cuando el espíritu divino
disminuyó entre ellos, cuando dominó el carácter humano, entonces,
incapaces de emplear bien su prosperidad, cayeron en la indecencia. Los hombres
clarovidentes los criticaron por cuanto habían dejado perder los más bellos y
preciosos de sus dones. En cambio aquellos que no saben discernir qué género de
vida constituye verdaderamente la felicidad, los halagaron: les dijeron que tal
proceder era bello y bienhechor. Y aceptaron jubilosos las lisonjas, todo
inflados como se hallaban de avidez injusta y de codicia egoísta. Y entonces
el Dios de los Dioses, Zeus, que reina a través de las leyes, y que tiene el
poder de conocerlo todo, comprendió qué disposiciones miserables tomaba esta
raza, que antes poseyera un espíritu tan excelente. Y quiso castigarlos.
Entonces reunió a todos los Dioses en la más noble de las moradas divinas:
aquella situada en el centro del Universo, y desde la cual puede contemplarse
todo el Porvenir en la sucesión de los Tiempos. Y, habiéndolos reunido, les
dijo: ...
Y aquí
se detiene el Critias, que Platón no concluyera nunca. Ni el castigo de
los atlantes, ni su guerra con los hombres religiosos y fuertes del Oriente, ni
la desaparición de la Atlántida “en un día y una noche, sumergiéndose en la
oscuridad del mar, de donde antes emergiera”, nos es conocido. La trilogía, que
así se anunciaba como la más genial de las obras platónicas, quedó inconclusa.
Justamente cuando la imaginación del maestro en busca del remotísimo pasado,
parece que ascendiera a aquella morada de los dioses “desde la cual puede
contemplarse todo el Porvenir”...
PARTE TERCERA
ENSAYO
I
DECADENCIA
DE LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS GRIEGAS
Los
primeros helenos entraron en Grecia por la Arcadia, invadieron luego el
Peloponeso y las islas del Archipiélago. Posiblemente destruyeron el reino egeo
de Creta, y se lanzaron a la conquista de Egipto. Fueron los aqueos, tal
vez los misteriosos pueblas del mar de que nos habla la historia
egipcia. Luego y perseguidos por los dorios de su misma raza que
conquistaron al Peloponeso, aqueos y jonios se instalaron en el ática y
en las costas del Asia Menor.
Estos
guerreros no debían diferenciarse mucho de sus hermanos de Germanía, los arios
del norte, al tiempo de las invasiones bárbaras. Eran pueblos en su etapa
primitiva de cultura que impulsados por su afán de conquistas dirigíanse
naturalmente hacia el Mediterráneo.
La base
de su organización política era la filé, la tribu. La filé era
una asociación de fratrias y estas a su vez de génos.
La
aldea – lo hemos visto – no es otra cosa que la tribu que ha abandonado su
nomadismo y se ha fijado en la tierra. El génos, base social de la
aldea, no es otra cosa que el antiguo clan de los pueblos primitivos,
pero en el cual – como en toda sociedad sedentaria – ha sido substituida la
vinculación uterina por la patriarcal. Así como todos loa miembros del clan se
encontraban unidos por el culto al tótem y por el hecho de creerse
descendientes de ese tótem; en el genos los unía igualmente el culto a
un antecesor común. Este antepasado daba su nombre al grupo: de allí que se le
llamara héroe epónimo; su rito se traducía en el fuego constantemente
encendido ante el altar, símbolo de su sangre que no debía extinguirse jamás.
Ceremonias
y sacrificios sagrados reunían a los miembros de un mismo génos en el
culto al antecesor deificado. Era este el primer deber del aldeano: no podía ni
siquiera concebir, que a él se faltase. Fustel de Coulanges (La Ciudad
Antigua p. 133) cuenta algunos episodios que nos muestran el imperio de ese
rito, aun en tiempos de Roma: “El Capitolio está ocupado por los galos; un
Fabio sale y cruza las líneas enemigas vestido con los hábitos religiosos y
llevando en la mano los objetos sagrados: va a ofrecer el sacrificio en el
altar de su géns (nombre latino del génos) que está situada
detrás del Quirinal. Durante la segunda guerra púnica otro Fabio, al que llaman
el escudo de Roma, se mantiene firme ante Aníbal; seguramente la República
tiene gran necesidad de que no abandone su ejecito, pero él lo deja sin
embargo, a las órdenes del imprudente Minucio: es que ha llegado el día que su géns
celebra el sacrificio, y es preciso que vaya a Roma a consumar el acto
sagrado.”
No
parecen haber sido otra cosa las fratrias que primitivos génos, los
que a su vez se han desmembrado en génos secundarios. Tenían igualmente su
culto al antecesor común – héroe epónimo de la fratria –, sus ceremonias y
sacrificios.
Este
culto a los antepasados deificados, parece haber constituido la antigua
religión de las tribus indogermánicas. Era una forma religiosa en un grado muy
primitivo, análoga a la religión totémica de los salvajes contemporáneos.
Posiblemente el símbolo totémico fue reemplazado por el culto al antepasado,
cuando se operó la transición del régimen matriarcal al paterno.
No obstante
encontrarse los qénos reunidos en el grupo mayor que era la aldea (polis),
apenas si se encuentra en esta un vestigio del culto común. Este culto es
análogo al de los génos: se mantenía un gran fuego en el altar del héroe
común, al cual la leyenda atribuía la fundación de la aldea. Posiblemente
este héroe no fuera sino el espíritu tutelar de uno de los génos, que
predominó sobre todo la sociedad.
Ello
nos demuestra que la aldea no se encontraba aún consolidada cuando los pueblos
griegos aparecieron en la historia; Más que una unidad, respondiendo a un solo
Dios y a un solo Rey; la aldea era todavía una asociación de clanes (es decir
de génos), en la cual apenas si se diseñaba un principio de unificación del
orden religioso en el culto de fundador, y del político en el reyezuelo.
Pero los génos eran aún muy fuertes, más fuertes que el débil poder
central; todavía las autoridades y las divinidades gentilicias podían más que
las aldeanas. Política y religiosamente las aldeas se encontraban en la edad de
piedra.
La
religión revestía aún la forma totémica del culto a los antepasados. Junto a la
verdadera religión, un número considerable de espíritus poblaban la naturaleza.
Eran los seres diabólicos del culto mágico: semihombres con cuerpos de
caballos, con patas de chivos, entes mitad mujeres y mitad peces, y espíritus
terribles y fuertes que vivían en las cimas de las más altas montañas de
Grecia: el Olimpo y el Parnaso.
Los
griegos de la primera época temían (deyma panikón) las misteriosas
apariciones de estos espíritus. Como refugio buscaban la protección de sus
héroes y el amparo del grupo social.
La
primera autoridad de la aldea era el Consejo de los ancianos, (gerusia) integrado
por los patriarcas (basileos) de cada uno de los génos. Su objeto
principal consistía en presidir el culto y deliberar y resolver todo asunto que
interesase al bien común. Cada uno de esos patriarcas representaba a su génos:
su reunión era pues, un acuerdo de todos los génos que componían la
aldea. Debemos imaginarnos a este primitivo consejo, análogo al consejo de
la tribu de los aztecas, constituido por un delegado por cada clan o calpullí,
o al consejo de los amautas del Tahuantisuyú,
Los
ancianos poseían un poder administrador y religioso a la vez: deliberaban y
dictaban justicia como representantes de los qénos. Sus resoluciones
tenían fuerza obligatoria porque tenían fuerza sagrada: eran los héroes
epónimos que hablaban a sus génos por intermedio de ellos.
En
situaciones muy graves los ancianos convocaban a todo el pueblo, para tomar en
acuerdo común alguna resolución de trascendencia. Esta fue la asamblea popular (Eclessia),
cuya semejanza encontramos con el consejo abierto de los aztecas.
Pero desde luego solamente en casos extremos se llamaba a esta asamblea,
quedando siempre del resorte de los ancianos los asuntos comunes.
Pero
cuando las aldeas griegas se presentan en la historia, no tienen solamente
estas dos asambleas como formas del poder público. Poseen a su frente otro
personaje que insinúa un débil poder monárquico.
Los
reyezuelos (polibasileis) fueron simplemente los ejecutores de las
resoluciones del consejo de los ancianos, y posiblemente los presidentes de
éstos. Ocupan este rango por una preeminencia religiosa: los reyes fueron
siempre considerados en Grecia, los descendientes del héroe fundador. Sus
funciones eran más de sacerdotes que de verdaderos jefes: dirigían los festejos
sagrados y ofrecían el sacrificio. También fueron conductores de las fuerzas
guerreras.
No
podríamos calificar de “mando”, el de estos reyezuelos. Era más exactamente
dicho un embrión de reyecía, una forma aun no consolidada de poder monárquico.
La
debilidad en el poder de los reyes, corría pareja con la débil religión de la
aldea. A toda forma religiosa corresponde una análoga forma política, ya que
esta es un reflejo de aquélla. El reyezuelo, hijo del héroe fundador, no podía
invocar un poder más extenso que el de la divinidad en cuyo nombre lo ejercía.
Y más fuerte que el héroe de la polis, los héroes epónimos de los
génos, absorbían la mayor parte del poder político, en el consejo de los
ancianos.
La
evolución obligada de toda cultura aldeana, es el reino. El dios común
acaba por absorber a todos los dioses de los clanes, y por ello el Rey afirma
una autoridad absoluta frente a los ancianos que lentamente desaparecen
juntamente con sus tótemes, o restan como cuerpo meramente consultivo. Fue lo
que pasó en Egipto: su mitología nos cuenta que en épocas legendarias “cuando
los dioses qobernaban a los hombres” estos no tenían a su frente a un rey (nsut),
sino a un consejo de ancianos (sarú) en el gobierno de las aldeas (nomos).
Pero el nsut terminó por imponerse a los ancianos y reinar como monarca
absoluto mientras afirmaba la preeminencia de su dios tutelar. En Perú, el Inca
– como cuenta Vásquez – acabó también por absorber todas las facultades
y prerrogativas de los consejos. Lo mismo se encontraba en trance de suceder
entre los aztecas cuando Hernán Cortés destruyó su imperio.
El
predominio de un Dios único y fuerte, y por lo tanto de un Rey poderoso que
ejerza su representación, es la etapa histórica que sigue a la aldea: El
dios Aguila Asur, y los reyes de la dinastía de Asur se afianzan
en Asiria: los hijos de Horus el halcón en Egipto, etc. Pero las polis
griegas no evolucionan hacía el reino; no termina una aldea vencedora por
imponer su Dios y su dinastía a toda Grecia. Es más: los reyezuelos se esfuman
vencidos por los ancianos, y desaparece el culto al fundador. Heridos de
muerte, también los ancianos dejan el poder político y se olvida el culto a los
héroes epónimos. La aldea no se transforma en reino, se convierte en ciudad.
¿Qué
sucedió? ¿Qué causas influyeron para que no se cumpliera la ley de evolución
histórica? ¿Por qué Grecia no
alcanzó a unificar su cultura política?
Porque
la realidad es que las polio no llegaron a ser jamás unidades sociales
fuertes. Fueron solamente aldeas revestidas de fuerte capa de
civilización importada de Oriente, aldeas en sus espíritus e
instituciones. Asomadas de golpe a la
historia por el contacto con otras civilizaciones demasiado evolucionadas,
mantuvieron siempre su organismo social en las etapas de más primitiva cultura,
no obstante su exterior magnífico. Y desde el momento mismo que chocaron con
Oriente retrocedieron en su evolución social, presentando al mundo el
espectáculo magnífico, desde un punto de vista humanista, de su brillante
agonía.
2. La inversión del orden
religioso.
Hacía ya mucho
tiempo que los Reyes-Dioses gobernaban en Egipto y en Asia, cuando los primeros
navegantes fenicios recorrieron las costas del Mediterráneo movidos por su
interés mercantil. Eran semitas de prominente nariz y labios abultados que
traían a sus ciudades del Líbano las riquezas que guardaban las costas bárbaras
de Occidente. Estos comerciantes trocaban los tejidos asiáticos o los vasos
fenicios de brillantes colores, por la púrpura, el ámbar y los metales
preciosos, de que era pródiga la costa europea.
El brillo de
Oriente llegó así a las playas de Europa, y supieron los aldeanos de dioses que
gobernaban imperios extensísimos, desde lujosos palacios. También supieron de
artífices en el arte de esculpir la piedra y de combinar los colores; y de
fuertes ejércitos equipados con armas que aun ellos ignoraban.
¿Se
produjo ese encuentro entre la barbarie de los europeos y la civilización
brillante de Oriente, cuando los fenicios recorrían las costas mediterráneas en
excursiones mercantiles, o cuando aquellos llevaban su ímpetu guerrero hasta
las bocas del Nilo? ¿O acaso por las colonias griegas del Asia, Menor? La historia aun no ha dicho su última
palabra. Pero lo cierto es que los griegos, inteligentes y sanos, supieron
captar ávidamente la cultura oriental. Aprendieron el arte de pintar las ideas
en el papiro con los fáciles caracteres de la escritura fenicia, quienes a su
vez lo tomaron de los egipcios. Imitaron a los semitas el arte de navegar
orientando los navíos en la noche, la manera de construir habitaciones,
palacios y templos, y de manejar y alear los metales. Imitaron sus vestidos,
sus armas, sus utensilios domésticos o sagrados.
En poco
tiempo este espíritu de imitación había equiparado las pobres aldeas de Europa
con los reinos de Oriente. Una nueva cultura surgía en el Mediterráneo. Pero
esta cultura no era una formación natural y espontánea, como lo había sido, en
términos generales, la de Asia y Egipto. Los griegos se encontraron de golpe
ante el resplandor de Oriente y copiaron de él lo externo, sin que el espíritu
social asiático modificara el aspecto de sus instituciones aldeanas.
Este
despertar prematuro a una civilización que no correspondía a su edad social ni
religiosa, tuvo consecuencias funestísimas para Occidente. En primer lugar
faltó el vínculo religioso: la imitación de Oriente dio preeminencias al rito
mágico sobre la verdadera religión, como más adelante lo veremos. Por eso los
griegos no alcanzaron jamás a constituir un Estado, y perdiendo su religión
social perdieron poco a poco – la involución fue de siglos – la conciencia
religiosa de las instituciones. Un germen nocivo corroyó su civilización: fue el
hombre. La carencia de espíritu religioso, acarreó lógicamente la pérdida
del espíritu social. Los hombres se hicieron fuertes contra el Estado,
invocando sus razones personales de conveniencia y de justicia ante el
fundamento místico de éste.
No por
eso debemos considerar las ciudades como organismos simplemente políticos sin
ser místicos. Aun bajo las más crudas apariencias de individualismo, se
agita siempre el espíritu místico de todos los movimientos sociales. Fustel de
Coulanges nos ha dejado una descripción magnífica, del espíritu religioso que
presidía la vida política de la ciudad antigua. Este fundamento religioso es
inseparable de la vida social en cualquier estado y cualquier época de la
historia. Si él faltara no habría sociedad. Cuando Clístenes en Atenas,
apagó el fuego sagrado de los génos – la institución religiosa que era
la base de las polis –, tuvo que inventar los nuevos cultos a los démos,
sobre los cuales edificó la sociedad simplemente vecinal, democrática. Pero
en Occidente – lo que no sucedió en Oriente – el exterior religioso fue
carcomido por el virus del humanismo.
Todo
ello se debió a la equivocada formación religiosa de Grecia. Es decir a la
preeminencia del culto a los espíritus de la naturaleza – culto antisocial o
por lo menos asocial – sobre la verdadera religión.
Al
estudiar la mitología de Grecia, con sus dioses de la naturaleza y sus leyendas
de acentuado carácter mágico, el investigador se siente desconcertado. Lo
sobrenatural es concebido por la mente griega de una manera tan diversa a lo
que hemos entendido y definido por religioso, que parecería necesario
revisar la teoría del origen único de la religión y del Estado. Los múltiples
dioses que pueblan las montañas, los valles, los mares, etc., no tienen mayor
carácter social. No existen en las ciudades dioses nacionales: a lo sumo
en sus pritaneos se rinde culto las estatuas de algunos dioses – las
divinidades políades – pero estatuas semejantes existen en los pritaneos
de las ciudades vecinas.
¿Es que
carecían los griegos de sentido religioso de la política? Evidentemente no. A lo menos no carecían de
ese sentido en la época primitiva aun cuando se apagara en los tiempos de la
decadencia. La religión condiciona
toda la vida del ciudadano ateniense, como la del espartano. No se inicia una
sesión en la Bulé o la Gerusia sin sacrificios religiosos; no se
elige un magistrado sin consultar los augurios; no se funda una colonia sin
observar los signos propicios; no se libra una batalla cuando los arúspices han
indicado que ella sería nefasta. Sin embargo los dioses que invocan, no son
generalmente dioses que pertenecían exclusivamente al Estado.
Anteriormente
hemos dicho que cada uno de los génos tenía su culto particular, y que
la polis también poseía el culto al héroe legendario que la fundara.
Pero este culto antiquísimo. – su huella remonta hasta los Vedas – que
se ejercía por medio del fuego, permanece en la ciudad casi muerto, y reducido
a los altares gentilicios. Únicamente conserva su preeminencia en las
ceremonias, ya que no en la imaginación. Antes de invocar a los dioses del
Olimpo las tradiciones exigían que se invocara a los dioses familiares; y toda
oración a un dios de la naturaleza debía empezar y terminar por una invocación
al fuego. El primer sacrificio que se ofrecía al iniciarse los juegos olímpicos
era para el Fuego – símbolo de las deidades gentilicias –, el segundo
para Zeus, dios de los dioses.
Este
culto al fuego, este culto a los antepasados que tiene lejanísimas raíces en la
raza indoeuropea, es la verdadera religión A Grecia. Religión que se ha
estancado, que no ha prosperado, que ha sido suplantada por el culto a los
dioses. Pero representa la verdadera religión social. Es el culto a la
sociedad, al génos, y por extensión el culto a la ciudad. El otro culto
– el de los dioses – no es de origen social: es una forma de la antigua
creencia en los espíritus que habitaban la naturaleza. Es decir, no es una
religión, es el temor a la naturaleza que ha suplantado a la verdadera y
olvidada religión.
Los
dioses viven en el Olimpo, en el Parnaso, en la profundidad de los mares, en
los bosques, en los ríos: en fin, en todos aquellos puntos de difícil acceso en
los cuales los hombres de las aldeas colocaban los espíritus malignos. En
cambio los héroes habitan invisibles en la misma morada que sus
descendientes, como el espíritu del tótem en la época de los clanes: sólo
encendiendo el fuego los antepasados se hacían presentes. Los dioses son
comunes a todas las ciudades de Grecia: los héroes son particulares a
cada génos, o cada polis.
¿Por
qué Grecia ofreció aparentemente la inversión de todo el orden religioso? ¿Por
qué el rito mágico de la naturaleza tuvo preeminencias sobre la verdadera
religión social?
Fue
totémica y permaneció siendo totémica la verdadera religión de los héroes:
inmutable quedó el ancestral culto al fuego mientras hombres y cosas se ponían
al ritmo de Oriente, en un afán de superar el brillo asiático. En cambio el
otro culto, el culto negativo que inspiraba el miedo a la naturaleza sintió –
¡y grandemente! – la influencia que llegaba del otro lado del mar.
Cuando
los griegos conocieron a los grandes dioses de Asia o de Egipto, no pudieron
compararlos con sus pobres héroes del rito familiar, y en cambio encontraron
analogías entre estos poderosos entes sobrenaturales y los espíritus malignos
que aterrorizaban sus noches. En las etapas primitivas del desenvolvimiento
social, los hombres viven más huyendo de los espíritus que enalteciendo a sus
deidades sociales: los seres malignos son más fuertes y poderosos que los
protectores. Además éstos son universales, comunes a todo los hombres, mientras
los tótemes representan sólo la divinidad que protege a cada clan. Así mientras
en Oriente, las deidades sociales en completa madurez, lo hacían todo y lo
podían todo: en Occidente los dioses aldeanos eran muy pequeños frente a los
espíritus de la naturaleza. Por ello al comparar los aldeanos de Grecia a los
grandes dioses de Oriente – nacionales y todopoderosos – los comparaban
naturalmente con sus espíritus de las montañas y de los mares.
La
influencia del culto oriental se extendió a Grecia infiltrándose en el culto
mágico de la naturaleza. Concibieron a
sus deidades malignas con idéntico espíritu que los grandes dioses del otro
lado del mar. No fueron ya tenidas por hostiles a los hombres, y en torno de
ellas se creó un culto – el culto al hombre, a la fuerza física o intelectual,
a la naturaleza – que rápidamente se extendió por toda Hélade. La imaginación,
la poesía, el sentido de la belleza que tuvieron los griegos, hizo lo demás. De
los mismos dioses extranjeros llegaron a hacer divinidades propias: Adonis de
Byblos fue llevado al Olimpo; del Melkart de Sidón hicieron la figura
del Heracles andariego y forzudo; de Astarté, la diosa de Tiro,
crearon a Afrodita.
Los
antiguos espíritus de los bosques y de las montañas ya no fueron huraños ni
retraídos. Eran seres poéticos, de singular belleza y clara inteligencia –
dones humanos – que tenían también los mismos sentimientos y las mismas pasiones
que los hombres. Y eran seres sociales: Apolo hablaba en el Oráculo de
Delfos por boca de la pitonisa. En las leyendas homéricas, los hombres no se
turban ante la presencia de los dioses; hasta osan oponerse por la fuerza y la
astucia a sus divinos designios. El propio Ares es herido en el sitio de
Troya por las lanzas griegas, y Ulises burla la cólera de Poseidón y de Eolo
regresando a su reino de Itaca.
Sin
embargo la presencia de los dioses que tan grata parecía a los griegos de los
relatos homéricos, no dejaba de conturbarlos en la vida real. Los espíritus
mágicos hechos seres divinos no perdieron por ello toda la atmósfera de terror
que los rodeaba. En los bosques lejanos solían los pastores, cuando descansando
de las fatigas del día buscaban en el jugo de las viñas el refresco y la
alegría, contemplar a Pan el dios bifronte de los bosques soplando en su
flauta dulcísimo. Era tal el miedo que la presencia del dios producía entre los
pastores, que los griegos llamaron “pánico” (deymo panikón) al terror
irrefrenable y contagioso que la presencia de lo sobrenatural les producía.
Fue el
culto de los dioses favorecido así por la ardiente imaginación de los griegos,
y por su magnífico sentido de lo bello. Nunca reemplazó totalmente a la
verdadera religión social, pero llegó – por su universalidad y extensión – a
constituir en cierta manera el lazo de unión de la Hélade toda. Zeus, el
primero y el más poderoso de los dioses, fue la divinidad común. Recibió el
culto importado de un verdadero dios oriental, como el Osiris egipcio o
el Adonai de los semitas. En su honor se batieron templos magníficos y
se celebraban los juegos olímpicos. Pero el padre de los dioses nunca aprendió
del todo a guardar las formas de su nuevo rango. Olvidando su dignidad de “dios
social” bajaba a la tierra para correr amorosas aventuras con las mujeres de
los mortales, al igual que sus hermanos los sátiros y los espíritus mágicos de
los bosques y de las fuentes.
Al
transformarse los espíritus de la naturaleza en dioses sociales, eclipsaron al
antiguo culto gentilicio. Junto a los héroes y a los manes de
cada génos fueron colocados en los altares domésticos estatuillas de dioses
olímpicos. Los espíritus mágicos ocuparon el lugar de los ídolos domésticos.
Las mismas ciudades olvidaron a sus fundadores, y eligieron alguna divinidad
del Olimpo para rendirle culto oficial, como deidad nacional, dios políade (es
decir de la polis): tal Pallas Athenea en Atenas, Apolo en
Delfos, Zeus en Olimpia.
Estos
dioses políades reemplazaron a los verdaderos dioses que iban
desapareciendo. La necesidad de tener un culto local hizo que a ellos se
llevara este culto. Pero su naturaleza universal les impedía cumplir los
propósitos sociales: Zeus seguía siendo uno para toda la Grecia, no
obstante las diversas estatuas del dios que servían de amuleto en los
pritaneos.
Por eso
fue el carácter antinacional de la religión griega. Un extranjero, y con mucha
más razón un plebeyo o un esclavo, podía invocar a los dioses. Estos no eran el
símbolo exaltado de la sociedad como en Oriente: eran simples seres que vivían
lejos de los hombres y que se guiaban por designios inescrutables, que no eran
por cierto los designios de los pueblos.
Por eso
Grecia careció de religión, no bastando el substituto mágico a reemplazar el
culto social. Por eso los hombres se fueron libertando de sus ataduras
sociales, y olvidaron fácilmente el espíritu místico de las instituciones. No
siendo sociales los dioses, los hombres tampoco lo fueron. Y sin sentido social
la civilización griega – es decir el rudimento de instituciones sociales que
formaba la civilización griega – no tardaría en desmoronarse.
3. Las instituciones de la
ciudad.
Hemos
dicho que las ciudades de Grecia no fueron otra cosa en su aspecto político que
aldeas: cimientos de aldeas revestidas de fuerte capa de civilización
oriental.
Eran
aldeas que marchaban hacia atrás. El pretendido progreso de la
civilización griega es en realidad una involución social. Todo el camino
andado desde que el hombre se convirtió en un ser social es desandado en pocos
años, y a través de las mismas etapas. Hasta que Grecia sucumbe lógicamente en
un humanismo individualista, a fuer de anárquico e irreligioso.
Tenía
que suceder así por cuanto las formas sociales son la consecuencia de las
formas religiosas. La sociedad tenía que seguir la suerte de su religión.
Las
primeras etapas de la evolución social que son la horda, el clan
y la aldea, son desandadas en el lógico sentido inverso: monarquía,
aristocracia, anarquía.
La
apariencia de gobierno central que existió en la aldea, se substituye en la ciudad
por el gobierno de los génos. La aristocracia, es decir el gobierno
de los basileos de los génos constituidos en Senado o Gerusia, reemplaza
totalmente al débil reyezuelo aldeano. Esta primera revolución – primer peldaño
de la involución – no implica desde luego un cambio total de la estructura
política de la ciudad, ya que la unificación nunca llegó a consolidarse en el dios
nacional y en el rey endiosado; simplemente los génos terminan
para siempre con el reyezuelo, personaje que la ausencia del culto central
hacía incomprensible.
La
ciudad fue así una confederación de génos. El reyezuelo quedó
simplemente como sumo sacerdote del olvidado culto nacional, y en estas
funciones se perpetuó largo tiempo. Siete u ocho siglos después de producirse
esta revolución aún había en Efeso y en Marsella familias que ostentaban el
título real y presidían las ceremonias religiosas al fundador, según cuenta Estrabón
(Geográfica, XIV-1 y 3).
El
Consejo de los ancianos tomó entonces plenos poderes. Es la Gerusia de
los espartanos, el Areópago de Atenas, constituidas estas asambleas – en
sus orígenes – por los basileos de cada uno de los génos. Solamente
cuando el poder de los génos se fue debilitando, los senadores fueron
elegidos por la Asamblea formada por todos los miembros de los clanes.
Un
grupo de nobles tomó a su cargo las funciones ejecutivas como representantes de
la Gerusia. Fueron llamados éforos en Esparta, arcontes en
Atenas: reemplazaron en cierta manera a los antiguos reyezuelos en sus
funciones de gobierno y de justicia, pero supeditados a la vigilancia y
revisión del senado. Sus cargos eran simples magistraturas a término que
dependieron de la elección de la gerusia en los primeros tiempos y de la
Eclessia posteriormente.
En la Eclessia
tomaban participación todos los gentiles. Este cuerpo tuvo su origen en la
aldea, y de la simple reunión de todos los miembros de los clanes para las
fiestas del culto, pasó a las funciones electivas de designar a los senadores y
los arcontes, como así también de resolver en principal instancia todo asunto
de interés general.
Pero
junto a la ciudad, a la polis, formada por la unión de varias files, alrededor
del pritaneo altar políade, y del acrópolis torre
fortificada, vivía otra ciudad, más que ciudad simple conglomerado de hombres
venidos de todas partes de Grecia y del mundo buscando el refugio del acrópolis
y la protección del ejército de la polis Era el pléthos, las
gentes sin nombre, sin ley y sin culto: la muchedumbre oscura de los plebeyos
que no tenía nada de común con la ciudad, que eran toleradas en las
inmediaciones del muro santo – el muro de la polio, la ciudad de los
eupátridas, es decir de los que tenían patris – pero que no podían
penetrar en el sagrado recinto del sacrificio políade.
Junto a
la ciudad alta – la polís – de los génos, surgió así la ciudad
baja – el asti –, del pléthos.
El pléthos
constituía un conglomerado amorfo independiente de la ciudad, aún cuando
puesto bajo su vigilancia. Había una justicia para loa ciudadanos y otra para
los plebeyos. En los primeros tiempos estos no tenían derecho alguno, carecían
de propiedad, de culto, de nombre, no concurrían a las guerras ni tenían la
menor participación en la vida de la ciudad.
Gentilicia
era pues la organización institucional de la ciudad en sus tiempos primeros.
Esparta, más aislada y tal vez más religiosa, fue quien conservó mayor tiempo
esta forma política; Atenas, población formada por comerciantes y por jonios
huidos, fue la primera en evolucionar hacia la democracia. Pero la historia del
desenvolvimiento social de una polís griega, es la historia del
desenvolvimiento de todas ellas. El derrotero de la decadencia se hallaba
ineludiblemente señalado.
Hubo
así dos ciudades superpuestas: la de los patricios y la de los plebeyos; los eupátridas
que todo lo tenían y el pléthos que nada poseía.
Pero la
ciudad era de los eupátridas. Estos detentaban por la naturaleza de las
instituciones el gobierno y el culto. Los otros eran huéspedes solamente: hostes,
extranjeros. Llegaron en tiempos remotos implorando la protección de la
ciudad, y ésta les había permitido vivir junto a sus muros, sin admitirles por
ello en el culto. Otros no tenían mayor título que ser hijos de esclavos
libertos, o descendientes de antiguos pueblos vencidos en guerra. No poseían
culto, no tenían sangre los héroes que fundaron la polís Nada tenían que
ver con la ciudad; el altar común no era el suyo; la religión les era extraña;
los héroes desconocidos. Carecían hasta de familia pues la ley les vedaba
casarse.
Fundada
la ciudad en el culto totémico a los antepasados, sólo los integrantes de los génos
pertenecían a ella. Es decir aquellos que por herencia o adopción tenían el
nombre de los héroes. La ciudad eran ellos solamente: los otros, los hombres
sin antepasados, sin nombre y sin religión, eran tan extraños a la vida
política como al culto nacional.
Pero el
pléthos constituía una fuerza. Y lo que es peor una fuerza a la cual el
aflojamiento de la antigua religión iba quitando poco a poco el respeto místico
por los héroes y por el Estado. El nuevo culto a los dioses de la naturaleza
los hacía iguales a los patricios. No poseyendo antepasados, fueron los más
tenaces y firmes adoradores de los espíritus de las montañas y de los bosques,
que el contacto con Oriente había colocado por encima de los dioses de los
aristócratas.
La influencia del
nuevo culto tenía que ser, y lo fue, perniciosa para la ciudad. Los espíritus
mágicos eran naturalmente antisociales: no representaban la unión de los
hombres; sinó todo lo contrario, la desunión, el anarquismo. Eran los enemigos
lógicos del orden social que hemos visto encontró su origen en la lucha contra
ellos. Y no obstante que en cierto modo ocupaban el lugar de las divinidades
sociales, su culto no dejó nunca de ser un rito individualista.
No era
menester ni la familia ni la fratria para alcanzar los dioses del Olimpo. Esta
religión, al ser accesible a todos, tenía que destruir y destruyó la ciudad.
Preparó
la rebelión del pléthos. ¿Qué significaban el Estado, las instituciones,
los héroes, la religión en fin de las gentes; si por toda Grecia
triunfaban los ritos dionisíacos y saturnales que mezclaban los sexos, la
castas y las nacionalidades en la misma fiesta puramente sensual? ¿No vivían
los grandes dioses del Olimpo fuera de los altares domésticos, refugiados en su
montaña inaccesible, lejos de todos los hombres y a la misma distancia, pues,
de la polis y del asti?
Falto
de religión el hombre comenzó a sentir superfluas las ligaduras sociales. No se
reconocía ya – si era noble – como integrante de un Dios, tanto en su familia
como en su Estado. Pretendió ahora ser el dueño de su vida como lo había sido
su antecesor el hombre de las hordas. Una conciencia individual, lentamente
elaborada por el equívoco religioso, acabó por substituir a su conciencia
social.
La
aristocracia comenzó a sentir esta influencia aún antes que la plebe; y sus
instituciones sociales y religiosas se resquebrajaron a causa de ello. El germen
de descomposición social que trajo implícito el olvido de la religión, corroyó
sus fundamentos y preparó el advenimiento de los hombres sin culto.
El
derecho de primogenitura en el patrimonio, que es la condición primera del
carácter social que éste investía, fue abandonado. A los hijos segundones
comenzó a importarles más el regalo de sus personas que el cuidado del culto.
Entendían los segundones que reclamaban una cosa justa al exigir su parte en el
patrimonio del génos, pues ahora hablaban de su trabajo y de su
derecho, olvidando el fundamento místico que tenía el comunismo familiar. El
hijo así emancipado, encendió nuevo hogar y posiblemente buscó nuevos dioses,
ya que le era imposible repartir con sus hermanos los huesos de los
antepasados. El compacto grupo de los génos aristocráticos se encontró
relajado en multitud de familias independientes, que fueron poco a poco
olvidando su culto y su origen. Casi nada separó ya a los patricios – ahora sin
patres – de los plebeyos.
Y si
los mismos eupátridas se dejaron ganar por el espíritu antisocial, este mismo
espíritu individualista alentó al pléthos en la guerra de clases que se
avecinaba. En su situación de casta inferior no vieron desde luego, el aspecto
religioso sino el meramente individual de su relegamiento. Ellos, al fin y al
cabo, eran tan hombres como los eupátridas y por lo tanto tan dignos de
ser sus iguales, de gobernar la ciudad y de dirigir el culto. La ley – exigían
– no debía ser una fórmula sagrada conocida solamente por las clases superiores.
La ley debería ser igual para todos, la tierra distribuirse entre todos, y
abolirse las diferencias que separaban a los hombres.
Claro
que estas pretensiones no fueron públicamente – a lo menos al comenzar la lucha
– sostenidas por el pléthos como programa de reformas sociales por lo
que ellos juzgaban una injusticia. La agitación del pléthos comenzó a
crecer a medida que se relajaban las instituciones, y que la aristocracia misma
daba ejemplos de su olvido religioso. Y poco a poco los plebeyos copiaron ese
individualismo de los eupátridas, y comenzaron a exigir en nombre de él,
primero la publicación de la ley, luego el respeto por sus personas, más tarde
el reparto de las tierras y el olvido de las deudas, y por fin el manejo de la
cosa pública y el acceso a los cargos religiosos.
Las dos
colectividades se habían constituido en dos facciones enemigas. Fue la guerra
social, lógico corolario de la indiferencia religiosa. Y la lucha no se
planteaba en un terreno religioso – es decir en defensa del Estado y de su
culto – sino de los hombres, de sus intereses y necesidades. El propio partido
aristócrata había olvidado a la colectividad y fue el primero en dudar de la
razón que lo asistía en esa lucha. Casi todos los jefes del pléthos salieron
de las filas aristocráticas. Agis y Cleómenes en Esparta, Solón,
Pisístrato y Clístenes en Atenas, eran de sangre eupátrida.
Muy
pocos fueron los eupátridas que comprendieron el enorme peligro que para
las instituciones significaba el cumplimiento de las pretendidas reivindicaciones
del pléthos Más que comprender, intuyeron el próximo caos. ¿Cómo un plebeyo, un hombre sin nombre, sin
dioses, sin ciudad, podía aspirar a dirigir el culto, la guerra, el gobierno?
Pero a los más no les interesaba ni la ciudad, ni los dioses, ni la suerte de
sus propios génos. Aspiraban solamente a aumentar su patrimonio para
satisfacer sus necesidades. Los mismos eupátridas hicieron abrogar la
ley que vedaba el matrimonio entre ambas clases, para lograr una unión
ventajosa con las familias del pléthos enriquecidas en el comercio o en
la usura. De los héroes y del hogar, ya nada les importaba.
Pero
cuando el manejo de la cosa pública no fue tenido por los aristócratas a título
de función religiosa, sino meramente como un privilegio secular e incomprendido,
es decir cuando se olvidó totalmente el fundamento místico de las instituciones
sociales, el patriciado ya no fue lo que siempre había sido. Ahora su hegemonía
parecía el usufructo injusto de una clase.
Tenían
razón los plebeyos en el terreno que se abrió la lucha. Ya no existía el
fundamento del patriciado. Y la lucha
de clases no fue una guerra religiosa, fue simplemente un combate por la
hegemonía individual. Y desde el punto
de vista estrictamente individual: culto, héroes, génos, Estado, eran
términos que sonaban a hueco; nada de eso interesaba al individuo. Y como la
lucha se entabló entre individuos contra individuos, entre plebeyos que
ansiaban los privilegios políticos y patricios que no querían dejarlos, los
plebeyos tenían necesariamente que ganar a la larga. Y ganaron.
No fue
un combate entre los mantenedores del orden social contra las anarquistas que
ansiaban destruirlo: plantear así las cosas es desconocer el verdadero terreno
de la lucha y la conciencia social relajada de los griegos. A la mayor parte de
loa eupátridas poco les importaba el orden social, encontrándose
satisfechos de su orden individual. Tan anarquistas eran los unos como los
otros, aunque los primeros escudaran sus apetitos en la defensa del Estado y de
las instituciones. Y como la guerra era entre individuos, ganó el pléthos por
tener consigo mayor dosis de razón individual.
Este es
el aspecto económico que revisten las revoluciones en la decadencia. Aspecto
que surge de la lucha “individual” que es la lucha de clases.
El
Estado con el triunfo de la plebe no fue ya un culto sino simplemente un medio
de enriquecerse. A la vieja aristocracia de los patricios sucedió la nueva de
los mercaderes. Solón – un aristócrata – fue quien legisló esta revolución en
Atenas, entregando el gobierno a los propietarios que poseyeran una renta
superior a quinientas medidas de granos, de aceite o de vino. El centro del
gobierno pasó de la polís al asti: del Areópago donde se
reunía la Gerusia, al Agora plaza del mercado.
“En
cada guerra civil – dice Polibio (15-21-3) – se trata simplemente de
trasladar las fortunas”. Y añade Fustel de Coulanges, (o. c., 470) “Cada
demagogo hacía como Malpágoras de Cíos, que entregaba a la muchedumbre los que
poseían dinero; mataba a unos, desterraba a otros y distribuía sus bienes”. No
tenían otro objeto estas luchas por el gobierno.
Por eso
la aristocracia del dinero, apenas si logró mantenerse en el poder por medio de
la fuerza. Habíase substituído en el manejo de un Estado que evidentemente se
desmoronaba: creyó que suplantándose a la aristocracia de derecho divino había
logrado el triunfo de la justicia, pero no paró mientes en la otra injusticia
que era su riqueza. En verdad las instituciones se hallaban heridas de muerte,
y los mercaderes no pudieron sostener mucho tiempo su gobierno.
El
Estado sin religión, que era la ciudad en manos de los mercaderes, tenía
fatalmente que hundirse. Las instituciones y los magistrados, careciendo de su
revestimiento místico, carecían igualmente de sentido social. El hombre no
tardaría en sacudirlos como algo inútil, que le estorbaba para la satisfacción
de sus necesidades.
Hubo
así una segunda guerra social, no ya entre la polis y el asti, sino
entre poseedores y desposeídos, por el predominio y la distribución de la
riqueza. El Estado poco importaba a los nuevos revolucionarios, sino era como
medio de lograr la riqueza. Plutarco nos habla de esta segunda guerra social en
Megara, y nos dice igualmente como el pueblo de Siracusa al sacudir el yugo de
Dionisio votó el reparto de las tierras (Dion. 37-48). Tucídides (8-21)
describe idéntico movimiento en Samos. Transcribimos un párrafo que nos muestra
la extraordinaria ferocidad que caracterizó a la lucha entre ricos y pobres.
“En Mileto – dice Coulanges (p. 471) – hubo una guerra entre ricos y
pobres. Al principio vencieron éstos y obligaron a los ricos a huir de la
ciudad. Pero en seguida sintieron no haberlos podido degollar y, tomando a sus
hijos, los trasladaron a las granjas para que los bueyes los trituraran con sus
patas. Los ricos penetraron al punto en la ciudad y se hicieron dueños. A su
vez cogieron a los hijos de los pobres, los untaron con pez y los quemaron
vivos”.
Clístenes,
jefe de los pobres en Atenas, reformaba radicalmente la organización
política. Suprimía el génos, base de las antiguas instituciones,
reemplazándole por el démos. El génos, agrupación fundada en el
parentesco era la raíz misma de la vieja polis; el démos, organización
simplemente territorial, sin distinción de sangre ni de riqueza, fue la célula
del nuevo Estado; el democrático.
Pero
los pobres apenas llegados al poder se hacían ricos a su vez. El jefe de ellos
fue el tirano, es decir el usurpador, que substituía a los magistrados
su despotismo demagógico. “El tirano siempre hace la guerra a los ricos – dice Coulanges
(p. 474) – Teágones sorprende en los campos de Megara los rebaños de los
ricos y los degüella. En Cunos, Aristodemo abolió las deudas y despojó a los
ricos de sus tierras para distribuirlas entre los pobres, etc.”
El más
crudo individualismo reemplazó al régimen religioso y social del Estado. Tenían
razón uno y otro partido: el de los ricos en no querer ser pobres y el de los
pobres en tratar de ser ricos. Pero las pretensiones de ambos no interesaban a
la masa social. Grecia se moría mientras los griegos se disputaban la riqueza.
Entonces
fue que un pueblo de las montañas del norte, religioso y sano, terminó para
siempre con la independencia de estas ciudades materialistas. Y mientras la
filosofía y el arte de Grecia se desparramaban por todo el Asia llevadas por
los guerreros de Alejandro, los griegos pacificados y tranquilos en sus
apetitos por la dominación extranjera, comenzaron a dormir un sueño de siglos,
un sueño que dura todavía.
Pero
desgraciadamente el virus del culto demoníaco que mató sus instituciones
sociales, logró sobrevivir en el racionalismo de sus filósofos. Y la enfermedad
griega – el irreligionismo – se perpetuó a través de la historia,
disfrazada de moral filosófica.
Producto
de tal ambiente fue la filosofía. Esta filosofía que ha llegado hasta
nosotros y que ha formado en gran parte nuestra mentalidad irreligiosa e
individualista.
Perdido
el concepto místico de lo social, los filósofos intentaron explicar la sociedad
“por los individuos”. Esto es: analizar al hombre como si el hombre fuera la
única realidad. Sólo vieron en las familias, en las sociedades y en el
Estado a grupos de individuos unidos por sus conveniencias. Como ya no podían
entender la Religión, la substituyeron por la Moral. Toda la filosofía, toda la
historia, toda la política giró en torno del individuo: cuando los filósofos
nos hablan de los dioses sus palabras nos suenan a hueco. No creían en los
dioses, o a lo menos los consideraban como los estoicos, seres inferiores
a los hombres,
Sócrates
se complacía en sus diálogos en demostrar la sinrazón del misticismo.
Claro que por medio del camino individualista del razonamiento es muy difícil –
si no imposible – llegar a comprender qué es y qué significa la religión: por eso
sus contendores acababan siendo vencidos en este desigual juego dialéctico.
Sócrates puso en su filosofía al hombre por encima de todo, y a la inteligencia
por encima del hombre. No era una novedad para los atenienses esta manera de
concebir la vida, pero nadie se había atrevido hasta entonces a romper el cerco
de prejuicios sociales que ataban al hombre a su Estado y a las caducas formas
religiosas. El filósofo purgó con la cicuta el delito de hablar como pensaba y
de pensar como la decadencia de Grecia se lo enseñaba. Pero había olvidado la
mentalidad social por analizar demasiado al hombre. No obstante su muerte, sus
doctrinas se expandieron por todo el mundo conocido y sus discípulos
triunfaron.
Sócrates
enseñaba la moral fundada en el raciocinio, para reemplazar la irrazonada
religión basada en la mística. Según él debían cumplirse los deberes hacia la
familia, los conciudadanos y el Estado, porque esto era simplemente provechoso
para nosotros. El fin supremo de su moral era la conveniencia del “yo”.
De allí
que fuera un mal ciudadano, como con bastante justicia se le acusó ante la Heliaia:
quizá esa inadaptación al medio social no fuera en él espontánea y
solamente producida por el hecho de vivir de acuerdo a lo que enseñaba, de
anteponer la razón a todo la que no fuera raciocinio.
Platón,
el más ilustre de sus discípulos, nos ha dejado con su República la
aplicación de las ideas políticas de la escuela socrática. La república ideal
sería una comunidad de individuos dividida en tres clases: los que gobiernan,
los que defienden y los que trabajan; de acuerdo a las tres partes en que
Platón dividía el alma humana: la inteligencia, la nobleza y los sentidos.
La República
ha parecido excesivamente social, porque suprimía la propiedad privada para
las clases elevadas, tanto de bienes como de mujeres. Pero ello no se fundaba
en un motivo religioso como en el clan, sino puramente en las
conveniencias individuales: suprimida la propiedad no habría conflictos de
intereses entre los dirigentes, y por lo tanto podían consagrarse completamente
al beneficio de la comunidad.
Pero el
comunismo sólo existe para las clases gobernantes y como medio de que realicen
el gobierno. La finalidad de la República es la clase gobernada, el pueblo de
comerciantes, artesanos y labriegos. Estos conservaban sus propiedades y sus
intereses. El gobierno de los militares y de los sabios no tenía otro objeto
que cuidar las propiedades e intereses de los hombres comunes.
Platón
ha querido simplemente amoldar la moral socrática con la realidad de la vida
social. Es indudable que los individuos al moverse por su pura razón, se
desinteresan del Estado: esto diariamente lo palpaba en Atenas y demasiado bien
lo comprendía su intuición genial. Ahora bien - si el individuo se cuidaba
solamente de sí, si esta era la función única de su vida, ¿quién se
ocuparía de gobernar y de defender a la sociedad? Platón entrega estas
funciones a unos hombres para quienes no rige la moral socrática: unos hombres
tan desinteresados de lo “individual” que podrían ocuparse únicamente de lo
“social”.
Platón
veía en La República solamente al hombre, y lo veía con ojos socráticos.
Pero existía otra realidad – palpable pero inaccesible a la razón – que era el
Estado. Ahora bien, siendo indudable que el hombre no podía subsistir en el
aislamiento y que precisaba la vida social; era indudable también que
siendo la razón el único fundamento de la moral, el hombre se desinteresaría de
lo que no era absolutamente suyo. De allí esa clase directora compuesta de
hombres que parecen dioses por encontrarse más allá de la moral humana.
La
República era una utopía. Pero era la única manera de conciliar una cosa con la
otra: el Estado y la razón socrática. Simplemente con el interés individual no
podía construirse un Estado social, sin colocar a los encargados de dirigirlos,
fuera de toda lógica racional; es decir, haciendo de ellos hombres que
carecieran de necesidades. Hombres como dioses... La República no obstante su
intento de conciliación, era tan irreal, tan lejos de toda lógica – racional o
mística – que nunca pudo trasladarse del papel a la acción.
En sus Leyes,
el filósofo parece reaccionar contra la utopía de la República. En su nuevo
Estado ideal concordarían las libertades individuales con el principio
de autoridad. No habría clases ni comunismo, y por lo tanto no existiría esa
amplia libertad del individuo para entregarse a sus intereses, que Platón
dejaba a los “hombres comunes” de la República. Todos tendrían interés en el
gobierno. Todos reconocerían a la religión del estado; y el delito para quienes
carecieran de religión serían el destierro o la muerte.
El
Platón de las Leyes ha reconocido la imposibilidad social de su República.
El nuevo Estado mantiene un cierto principio místico en la Religión. Pero
no deja por eso de ser una tentativa de cohonestar el individualismo con la
sociedad, dando – claro está – preeminencias al individuo. La sociedad es
siempre concebida como un algo artificial, pero necesario para que dentro de
ella vivan y se agiten las verdaderas realidades: los individuos. La “religión”
es la concesión, socrática, al espíritu tan poco filosófico de las
masas.
Aristóteles
el tercero de los grandes filósofos de Grecia, intentó igualmente
explicar el Estado por la conveniencia de los hombres. “Vemos que toda ciudad
es una especie de asociación, y que toda asociación se forma buscando algún
beneficio, pues el hombre no hace nada que no mire como un bien”, dice al
comienzo de La Política. Considera que la primera sociedad se formó con
la familia (hombre y mujer; patrón y esclavos); que la aldea es una reunión de
familias y la ciudad una de aldeas. En suma el algo que produjo la unión
social, fue simplemente el interés personal (o. c. 1-1-7), ya que el
hombre “animal político” es incapaz de bastarse a sí mismo (1-1-10).
Aristóteles
posee indudablemente mayor sentido de lo social que sus maestros: en cierto
modo se ha libertado de la moral socrática, y aunque califica de “interés
propio” el motivo del vínculo político, da a ese interés una fuerza que no
posee la sola razón.
Así
dice: “Evidentemente el Estado se encuentra en el orden natural y antes
que el individuo; porque el individuo aislado no puede bastarse a sí mismo.
El que no puede vivir en sociedad, el que no necesite de nada ni de nadie
porque se basta a sí mismo, no forma parte del Estado: es un bruto o un Dios. La
naturaleza impulsa al hombre hacía la asociación” (o. c., 1-1-11).
La realidad
del Estado es comprendida perfectamente en esas palabras por el filósofo,
pero atribuye esta realidad a un defecto del individuo que ha sido creado por
la naturaleza incapaz de vivir aislado. Desde luego que supone la causa en
lo que es el efecto; atribuyendo a esta incapacidad la creación del
Estado, en lugar de atribuir inversamente esta incapacidad a la existencia del
Estado. Pero no puede criticarse a Aristóteles el ignorar la ley de adaptación
al medio.
En
cuanto a los fines del Estado, los encuentra en la felicidad del individuo. “El
mejor gobierno será aquel cuya constitución permita que cada ciudadano pueda
ser virtuoso y vivir feliz” (4-2-3). Si la felicidad consiste en la riqueza, el
Estado feliz deberá ser rico (4-2-1). Pero ¿qué conviene más al individuo?
¿interesarse en la cosa pública o buscar la felicidad privadamente? El filósofo
se plantea el mismo dilema que Platón, pero encerrado en su individualismo no
encuentra la respuesta exacta. En un Estada cuya única misión es buscar la
felicidad privada, es más lógico plegarse a esa felicidad que otorgarla: es el
mismo problema de la República. Aristóteles recurre a su naturaleza. “Sería
muy extraño – dice (4-2-9) – que la naturaleza – no hubiera destinado ciertos
seres a dominar y otros a no dominar” pero no encuentra otro fundamento a la
existencia de gobernantes, que una virtud tan altruista que les
haga desinteresarse de sus conveniencias y encontrar la felicidad en repartir
el bien a los demás.
Esta “virtud”
de Aristóteles es la base de su clasificación de los gobiernos. Sin virtud
en los gobernantes – sea este un hombre, una minoría o la polis entera –
es imposible la existencia de un gobierno regular.
“La
virtud de un ciudadano, por necesidad, ha de ir dirigida al público gobierno”
(8-8-5). Pero esta “virtud” no es la común moral de los hombres: es algo que
está más allá de los individuos: “Consta pues, que puede acontecer ser uno
un buen ciudadano, y con todo esto no poseer la virtud” (3-3-6). Y agrega
más adelante: “No es la misma la virtud del príncipe que la virtud del
súbdito”.
Sólo
aquellos hombres capaces de captar el espíritu de ese ser social que es el
Estado: aquellos hombres que interpretan, que sean portavoces del alma
colectiva, son los “virtuosos” de Aristóteles. Indudablemente se trata de
individuos colocados fuera de la moral socrática: seres que ignoran o
desprecian su “yó.” para vivir y pensar en “nosotros”. En ellos
encuentra naturalmente la sociedad sus conductores, como que ellos son la sociedad
misma, manifestándose en un individuo que es así el conductor lógico de lo
social.
“De la
misma manera como decimos que el marinero pertenece a una comunidad, así
habremos de juzgar al ciudadano... de la misma manera, el fin de los
ciudadanos, aunque diferentes en la facultad, es la conservación de la
comunidad, y esta comunidad es el Estado. Por lo cual la virtud del
ciudadano a de ir dirigida al Estado” (3-3-4 al 6).
Tres
formas de gobierno encuentra Aristóteles perfectas, según el grado de virtud de
los gobernantes: monarquía, aristocracia y república, en grado creciente de
virtuosidad. A estas tres formas corresponden tres desviaciones cuando los
gobernantes han perdido su virtud: autocracia, oligarquía y democracia.
La
virtud de los gobernantes es pues el fundamento del Estado. Con un solo hombre
virtuoso, Aristóteles construye un Estado bajo la forma monárquica. Si faltara
ese hombre virtuoso se caería en las formas anormales. La virtud, la
poco socrática virtud ciudadana que Aristóteles imagina, y cuya
existencia sólo se explica por la “naturaleza” que debe haber creado
hombres para gobernar, es la base de la organización política.
La
influencia de estas concepciones filosóficas fue considerable en la antigüedad,
y en todos los “renacimientos del espíritu regresista”. La ética sobre todo
suplantó totalmente a la religión, a medida, que el individuo se hacía de más
en más, fuerte contra el medio social. “El que la ética hallase más interés que
las demás disciplinas filosóficas depende, en gran parte, de la tendencia
creciente a emanciparse de las creencias religiosas populares. La filosofía
considerada como un substituto de la religión, penetra en círculos más amplios”
dice A. Messer (Filosofía Antigua y Medioeval, p. 166-7).
Los estoicos
siguieron por la senda de la razón donde los impulsaba el creciente
individualismo. Ansiaban “bastarse a sí mismos” (la autarquía), es decir
libertar al hombre de todo vínculo con lo exterior. “El hombre debe vivir de
acuerdo a si mismo” decía Zenón. La virtud consiste en saber, esto
es, en guiarse por la razón. Lo que no fuera racional como el amor, los
placeres, el dolor, el miedo, todo eso era contrario a la virtud. Por eso el
hombre que llegaba a la apatía, es decir a la plenitud de su razón, era
superior a los dioses porque éstos poseían sentimientos irracionales de amor y
miedo, como lo demostraba la mitología. El Estado ideal debería ser un Estado
racional formado exclusivamente por filósofos, en el cual no hubiera
tribunales de justicia, ni jefes, ni monedas para el cambio.
Para
los epicúreos era necesario extremar el triunfo del hombre, y por lo
tanto el anarquismo y la irreligiosidad. “Si los dioses existen no se cuidan
de nosotros” repetía Epicuro. Nada interesa sino la propia persona, y de
ella la razón, principal placer de la vida. El ideal de un hombre es
alcanzar la sabiduría esto es, no temer a nada, ni incomodarse por nada;
buscar el placer y huir del dolor. Los hombres no debían casarse porque ello
era incómodo y tampoco deberían intervenir en la vida pública porque acarrea
molestias. El ideal de los sabios era vivir escondidos y solos.
Las
posteriores escuelas de la filosofía helénica se encuentran impregnadas del
mismo – o mayor – humanismo decadente. En bellas palabras nos legan estos
filósofos su incomprensión de la realidad social. Todo el anarquismo, toda la
egolatría, todo el culto a la naturaleza de sus escritos, tiene su origen en la
curiosa inversión del orden religioso. Grecia no realizó su destino nacional:
padeció una civilización individualmente magnífica, pero una
civilización como la griega, es la apariencia individual excluyendo la
realidad social. Es una civilización abortada, que admiramos, tal vez
porque a semejanza de ellos hemos perdido también el sentido de lo social.
ENSAYO
II
GÉNESIS
Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO
Las
persecuciones al pueblo judío, jamás lograron extinguir su ardiente
nacionalismo, sobre todo al nacionalismo de las clases humildes de artesanos y
pastores. Como sucede siempre, el amor a la patria se exaltó con la derrota y
la opresión.
No,
Jehová no podía abandonar al pueblo que eligiera entre todos los pueblos de la
tierra. Los males de Israel eran pasajeros, eran el castigo de Dios por tantos
pecados cometidos.
Todos
los Sábados, el sacerdote leía en el Libro Sagrado las lamentaciones de David: “Dios
mío, Dios mío, por qué me has dejado” (Salm. XXII), mientras el coro de
fieles entonaba los Salmos llenos de tristezas: “A orillas de los ríos de
Babilonia – nos sentábamos a llorar – acordándonos de ti ¡oh Sión!” (Salm.
CXXXVII).
Pero la
idea de un renacer de la vieja gloria de Israel alentaba entre los humildes
pastores de Galilea. La imaginación de los pobres vencidos volaba a los tiempos
heroicos de los Reyes, exaltados por la lejanía: a David, el más valiente de
los guerreros, a Salomón, el más sabio de los hombres.
La
esperanza firmemente sentida de un renacer del pueblo de Dios, y de una
venganza de la opresión, alegraba las tristes horas del cautiverio. Cerraban
los ojos a la realidad del presente, para imaginar el triunfo no lejano, de
Israel. ¡Qué temblaran las naciones todas de la tierra cuando Israel despertara
en el día de Jehová!
“Y
cuando todos los pueblos se humillarán ante ti – porque eres el reino de Dios –
y Dios te ha llamado a dominar a todos los pueblos” (Salm. XXII).
En
aquellos tiempos, peregrinos haraposos y polvorientos recorrían los míseros
poblados de la Judea, hablando con palabras iluminadas de la futura gloria de
Israel: eran llamados los nabís (en griego, los profetas, es
decir “los que hablan en nombre de otro”) que se decían inspirados por Dios.
Los sacerdotes los trataban con desprecio, pero el pueblo humilde los escuchaba
y seguía.
Hablaban
los nabís del día de la redención de Israel: “En aquel día yo levantaré
el tabernáculo de David, para que aquellos que han llevado mi nombre posean la
Idumea y todas las naciones, ha dicho Jehová” (Amós IX, 11).,“He aquí que yo
tomo a los hijos de Israel de entre las gentes a las cuales fueron, y los
juntaré de todas partes y los traeré a su tierra en los montes de
Israel. Y un Rey será a todos ellos por rey” hablaba Ezequiel (XXXVII,
21 y 22).
El día
de Jehová, no sería de paz; el resurgir del pueblo elegido habría de ser
terrible para quienes lo oprimieron. “He aquí que nuestro Dios viene con
venganza”, advertía Isaías (XXXV, 4). “Y esta será nuestra
paz: pesaremos la tierra de Asur a cuchillo, y la tierra de Nermod con nuestra
espada”, clamaba Miqueas (V, 6 y 7).
¡Israel
para los israelitas! - ese fue el sueño
mesiánico de los profetas. Una Israel sin extranjeros, sin idólatras
profanadores y burlones, sin soldados ensoberbecidos en el mando: “¡Vístete
tu fortaleza, oh Sión ¡Vístete tus ropas de hermosura, oh Jerusalén ciudad
santa! Porque nunca más acontecerá que vaya a ti incircunciso ni
inmundo”, anunciaba lleno de gozo Isaías (LII, 1). Lo que repetía
Joel: “Y conoceréis que yo soy Jehová vuestro Dios que habitó en Sión. Y
será Jerusalén santa, y extraños no pasarán más por ella” (III, 17).
Hablaban
los profetas de un príncipe poderoso y valiente como el propio David, encargado
por Dios de traer la venganza y la gloria al pueblo oprimido. En sus palabras
lo nombraban el Mesías, es decir el Rey de Israel, el “ungido con el
óleo real”, en lengua hebrea.
Heredero
y renovador de los glorias de David, contaban los profetas que el Mesías tendría
sangre real, perteneciendo como el Rey legendario a la estirpe de Jessé: “Una
rama surgirá del tronco de Jessé, un brote nacerá de esa raíz. El espíritu de
Jehová reposará sobre él” (Isaías XI, 1). Para Miqueas, el Mesías como
su antecesor David, habría de venir desde Belén, la pequeña y vieja ciudad
real: “Mas tú Belén Efrata, diminuta entre las ciudades de Judá, de ti ha de
salir quién será Señor en Israel” (V, 1).
Para
otros, el Rey que traería la gloria sería el propio David redivivo: “Y mi
siervo David seré Rey sobre ellos y de todos ellos será pastor. Y
habitarán la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron sus padres.
En ella habitarán ellos y sus hijos, y los hijos de sus hijos para siempre. Y
mi siervo David será su príncipe para siempre” (Ezeq. XXXIV, 24 y 25). “He
aquí que vienen días, dice Jehová, en que despertaré a David, y reinará como
Rey, y en sus días Judá será salvo” (Jerem. XXIII, 5 y 6). “Y entonces
haré brotar en David pimpollos de justicia, y habrá juicio y justicia en
la tierra. En aquellos días será salvo Judá. Porque así ha dicho Jehová: No han
de faltar a David varones que se sienten en el trono de Israel” (íd. XXXIII, 14
a 18).
A veces
hablaban los profetas de un hombre celeste, un “semidiós” de naturaleza
humana pero de inspiración divina: el Hijo del Hombre, tal como lo
anunciaba el apócrifo de Henoch A veces de un simple gobernador de
Judea, como el Zorobabel exaltado por Ageo y Zacarías (Ag. II, 23; Zac.
IV, 9). Pero cualquiera que fuera el rol y la persona del Mesías la
fe en el futuro Redentor de Israel, en el “Rey consagrado”, creció durante todo
el tiempo de la opresión con ímpetu incontenible. Los sábados, mientras el
pueblo bajo rodeaba en las plazas a los profetas, escuchando sus encendidas
palabras: “Y haré temblar a todas las gentes, cuando viniere el Deseado”
(Age. II,7), allá en el Templo idéntica exaltación animaba los cánticos de
los sacerdotes:
“¡Oh Babilonia!
Bienaventurado el que te diere
el pago
de lo que tú nos hicistes.
Bienaventurado el que tomare a tus
niños,
y los estrellare contra las
piedras”.
(Salm. CXXXVII).
En la
fe del Mesías se concentró todo el nacionalismo de los años de opresión. Sólo
una esperanza incesantemente renovada, podía mantener la unidad del pueblo, y
permitirle sobrellevar el vilipendio y la invasión. Y junto con la lectura de
los Salmos, que cada sábado renovaban los sacerdotes en el templo
trayendo a los fieles el dulzor de la venganza próxima, en las plazas y en las
calles el pueblo rodeaba a los profetas que hablaban del Príncipe que
realizaría la venganza.
Ardientemente
mesiánico, tal se nos muestra el pueblo judío en los primeros tiempos de la
expansión romana. Herodes, gobernante discreto que supo entender a su
pueblo, acertó a cohonestar hábilmente la dominación extranjera con el
ferviente nacionalismo de sus gobernados. Pero muerto Herodes el Grande, sus
sucesores carecieron de su tino y diplomacia: torpemente ordenaron el censo del
año 6 y el pago del tributo. Y el tributo y el censo, exigidos de modo
perentorio y sin respetar las tradiciones y los ritos de Israel, disgustaron
sobremanera. El nacionalismo hebreo de tan fuertes raíces, se exaltó. En
Galilea, altar de ardiente nacionalismo, hubo sublevaciones y combates entre
dominadores y judíos.
En esa
revuelta del año 6 podemos juzgar la exaltación patriótica de Israel. Y sobre
todo de Galilea, tierra de profetas. De allí surgió ese Judas que condujo la
rebelión, y que es el tipo del espíritu judío de la época: mezcla de guerrero y
bandido, pero hombre de fe ciega y absoluta en los futuros destinos de Israel,
como dice Loisy.
Esos
espíritus místicos como Judas de Galilea tenían profundo prestigio en la masa
del pueblo, en general ignorante y pobre, pero exaltadamente nacionalista. Era
allí entre las gentes sin instrucción y sin dinero que alentaba la cieguísima
fe en el retorno de David, y en la expulsión y castigo de los opresores.
El
pueblo bajo era tesoneramente mesiánico: la antigua religión hebrea se mantenía
firme en las simples creencias de los campesinos. Pero entre los adinerados de
Jerusalén, y los mercaderes y usureros de las juderías del Mediterráneo – pues
entonces, como ahora el pueblo judío vivía desparramado por toda la tierra –
era otra la manera y el pensamiento. Flavio Josefo, judío de Alejandría, nos
describe por esos años, el espíritu social y las sectas religiosas de los
ricos, tan diferentes a la sencilla fe de los pobres.
Las
clases ilustradas hacía tiempo que habían transado, por conveniencia o por
inercia, con la dominación extranjera. Aunque sufrían el desprecio romano, no
lo devolvieron jamás con el odio patriótico de sus correligionarios pobres. Por
otra parte habían perdido la pureza de la religión mosaica: amoldaron al
Eclesiastés la moral individualista aprendida de los estoicos. No creían en el
advenimiento del Mesías, y juzgaban las palabras que así lo anunciaban, como simples
figuras de retórica: el reino de Dios sólo se encontraba en el cumplimiento
estricto de la Ley: tal pensaba la secta aristocrática de los saduceos, que
quiere decir los justos. Los esenios a su vez, más impregnado de
helenismo, veían el triunfo en las abstracciones morales de la bondad y de la
elevación.
La idea
de un triunfo hebreo y de un Rey glorioso, no era simpática a los judíos de las
juderías, más apegados a sus dracmas que al sentimiento nacional y más dados a
las filosofías griegas que a los escritos de los profetas. En nada acrecentaría
el nuevo David las riquezas acumuladas en la usura o en el comercio: nada, si
no fuera, el vínculo lejano de sangre, los unía con la fe y el entusiasmo de
sus míseros hermanos de Sión.
Mientras
esenios y saduceos retorcían los textos sagrados para amoldarlos a la filosofía
ateniense, los fariseos fueron los intérpretes del alma popular.
Fariseos quiere decir literalmente “los que se apartan”, y eran llamados así
estos varones porque no eran maestros de filosofía ni sacerdotes del templo. El
lugar de los más tenaces de entre ellos, estaba en la campaña o en el desierto
donde no alcanzaban las persecuciones de Roma. Conforme a los profetas – de
quienes eran los herederos – esperaban el advenimiento glorioso del Mesías y el
triunfo de Israel; y los más exaltados, como Judas Galileo, rehusaban el
tributo al César por no rendir pleitesía al extranjero. Pero estos fueron los
fariseos intransigentes, populares. En Jerusalén muchos de la secta olvidaron,
por ser gratos a Roma, la fe mesiánica.
Así,
mientras las clases cultas toleraban y hasta se acostumbraron a la dominación
romana, mezclando a la religión nacional las especulaciones filosóficas
importadas de Atenas, el pueblo humilde, que no poseía la ciencia helénica, jamás
supo concebir a Jehová sin Israel, y hacer diferencias entre la gloria de Dios
y la gloria del pueblo de Dios.
El
convencimiento de que el esperado Mesías arribaría prontamente, llegó a hacerse
moneda corriente entre los pastores judíos de los tiempos de Tiberio. La
paciencia había llegado a su límite, y aún las vejaciones se sucedían a las
vejaciones: era indudable que el momento de desbaratar las legiones del César y
de salvar a Israel del oprobio había llegado. Muchos campesinos esperaban junto
al camino de Belén, la ciudad de la estirpe de David, el paso victorioso del Consagrado
y de sus legiones.
Los
males del pueblo judío eran inmensos; la tensión nerviosa llegaba a su máximo.
Un siglo antes, Antíoco Epifanio, al regreso de una infortunada expedición
en Egipto, había saqueado la indefensa Jerusalén. Apolonio, años más tarde, repitió la triste hazaña: el
Libro de la Ley fue arrojado al fuego, y la soldadesca sacrificó burlonamente a
Júpiter Capitolino en el propio gran altar del Templo.
La
vergüenza y el oprobio para el pueblo de Dios eran tan grandes, que los judíos
pobres saludaron a infinidad de iluminados como si ellos fueran los Mesías
prometidos. De cada uno de ellos se esperó que iniciara la guerra santa contra
los impuros. Es que el tiempo del Salvador había llegado: luego sería
tarde, pues Israel ya no existiría.
Simón
el Mago, su discípulo Menandro y Dositeo fueron
tomados sucesivamente por el Mesías en el país de Samaria (Orígenes. Tract. XVII in Math,. III,
33; S. Irineo Adv. Haer. I, 20, citados por Bosseet “Disc. Hist. Univ.” c. XXIII). Herodes
el Grande hubo de ser tenido por el consagrado de las
profecías, y a esa creencia respondió la secta de los herodianos que
vemos figurar en diversos pasajes de los Evangelios (Mat. XXII, 16; Marc.
III, 6: XII, 13). Flavio Josefo, por adulación quizás, llegó a saludar a Vespasiano
como el consagrado de las Escrituras, por haber sido proclamado
Emperador dentro del territorio de la antigua Israel. (De Bello Jud. VII,
12). Suetonio habla de un Chrestus (“Mesías” en griego) que
revolucionaba la judería de Roma en tiempos de Claudio (Claud. XXV).
La
fiebre mesiánica subió tanto durante el siglo I, y llegó a ser tan intensa
durante el sitio de Jerusalén el año 70, que los sitiados esperaban la aparición
de las huestes celestiales del Mesías por el camino de Belén, dispersando las
legiones de Tito y salvando la ciudad santa.
Hasta
en tiempos de Adriano, Barcochba, profeta embaucador o sugestionado, fue
tenido por el Mesías y saludado como tal por Akiba, príncipe de los sacerdotes.
Así,
mientras doctores de la Ley y mercaderes de las juderías, movidos por sus
filosofías o intereses, perdían la fe en los destinos del pueblo elegido, o
aplicaban las profecías a adular poderosos opresores; los campesinos iletrados
rebosaban de indignación, y soñaban con el nuevo David, el Vengador del pueblo
judío:
“Bienaventurado el q«e tomare a
tus niños, y los arrojare contra las piedras”.
El año
33 un extraño suceso intrigó al emperador Tiberio y a su corte de Capri. Los
pasajeros de un barco que navegaba junto a las costas de Siria y cuyo piloto se
llamaba Tamús, oyeron en la noche una gran voz pronunciando estas
extrañas palabras griegas: “Tamus, Tamus, panmegas tethneké” (Tamus, Tamus,
el gran Dios Pan ha muerto).
Según
cuenta Reinach (“Orfeo” p. 50), Tiberio ordenó abrir información, y
emisarios del César fueron por el mundo averiguando si el gran dios de los
bosques había muerto. Nada de cierto trajeron estos emisarios, nada reveló al
César que el dios Pan acabase de morir. Y tal vez el mismo día que cerraba la
investigación, llegó desde Judea el escueto y burocrático parte del Procurador
Imperial, anunciando el ajusticiamiento de uno de los tantos Chrestus que
alborotaban Jerusalén. Pero del fin del antiguo orden religioso, anunciado al
mundo en el momento en que moría un pretendido Rey de los judíos, nada
supo el César de cierto.
Poco
después de estos sucesos, las sinagogas judías de Asia Menor y Europa
comenzaron a llenarse de forasteros que llegaban de Jerusalén dando testimonio
del Mesías. Se llamaban a sí mismo los “enviados” – en griego los apóstoles
– y narraban de que humilde manera el Salvador de Israel vivió en Galilea
en el pobre poblado de Nazareth. Como cumplidos los treinta años reveló su
linaje real y su condición mesiánica, predicando el amor y la bondad entre los
campesinos y los pobres. De que manera se valieron los esenios para acusarlo
ante los magistrados romanos de incitar a la rebelión y tratar de ceñirse la
corona de David. Y por fin las extrañísimas circunstancias que rodearon su
muerte en el cadalso.
No eran
los judíos de las juderías los más ansiosos en esperar al Rey de las
Escrituras, mas no por eso desconocían el rol vengador que incumbía al consagrado,
y como su presencia traería la gloria del pueblo elegido.
Y he aquí que varones de su
raza, hablaban no solamente de su vida, sino también de su muerte. ¿Es que
realmente Jesús de Nazareth hijo de José el carpintero, predicador casi
desconocido de Galilea y muerto ajusticiado, pudo ser el Rey vengativo y
glorioso prometido por los profetas? ¿Por qué entonces vivió ignorado, y cómo
pudo morir sin realizar el Triunfo?
El paso
de los apóstoles por las sinagogas de Asia, como nos cuentan Los Hechos, era
señalado por la incredulidad de los judíos ricos, cuando no por la ira que
llegaba hasta el apedreamiento. No tuvieron mejor suerte en la docta Jerusalén:
el lapidamiento de Esteban el Diácono lo prueba.
Pero
Jesús de Nazareth supo despertar hondísima fe en sus discípulos. Había en sus
palabras un lenguaje de amor y tolerancia, hasta entonces nunca escuchado por
los campesinos. Enseñó que los hombres debían amarse los unos a los otros, y
que por encima del dogma frío de la ley mosaica, una ley superior enseñaba la
humildad y la pobreza como las virtudes más gratas a los ojos de Dios.
Mas
Jesús de Nazareth se decía también el Mesías, el Rey anunciado por los
profetas. “¿Eres tú el Rey de los Judíos?”, le pregunta Pilatos. “Tú
lo dices” (Mat. XXVII, 11; Marc. XV, 2; Luc. XXlII, 3). Y como irrisión
ante el Mesías que murió sin cumplir su destino, colgaron sus verdugos el
sarcástico cartel de la cruz: “He aquí a Jesús nazareno, el Rey de los
Judíos”.
Su
muerte inesperada desconcertó a sus discípulos.
Tal vez, recordaron la terrible
sentencia del Deuteronomio: “Pero el profeta que dijere hablar en mi nombre,
y no fuera cierto: ESE MORIRÁ (XVII 20). Las palabras de
Cleofás (Luc. XXIV, 19 y 21), nos muestran el desconcierto de quienes le
siguieron: “...Jesús Nazareno que fue un varón profeta, poderoso en obras y
en palabras delante de Dios y de todo el pueblo... Y le entregaron a
condenación y muerte y le crucificaron. Y nosotros esperábamos
que él redimiera a Israel, y ahora es el tercer día que han
acontecido estas cosas”.
Pero la
muerte de Jesús, según enseñaban los Apóstoles, no significaba el
incumplimiento de las Escrituras: aplazaba solamente la redención de Israel.
Jesús en realidad no había muerto y volvería a la tierra para lograr el triunfo
y ocupar el trono de David. El mismo lo había predicho y para muy pronto: “En
verdad os digo que no pasará una generación sin que se vean estas cosas”
(Mat. XXIV, 34; Marc XIII, 30; Luc. XXI, 32).
Por eso
los apóstoles cuando le nombraban en las sinagogas de las ciudades helénicas,
lo llamaban el Mesías – el Cristo en lengua griega –. El cristianismo
fue la condensación de las esperanzas mesiánicas del pueblo bajo de Judea:
fe nacionalista tomada de la esencia misma de la nación hebrea y especialmente
de sus clases más incultas. Por ello el cristianismo tuvo más de religión que
las vanas especulaciones decadentes de saduceos y esenios, y por ello fue más
popular y supo jugar mejor su rol histórico.
Toda
religión es nacional. Es la materialización en forma de objeto divino, de la
idea de “comunidad social”, es decir de la idea nacional. La misma fuerza
mística que hace acatar sin comprender a los príncipes y a las leyes del
Estado, hace acatar también a los dioses y esperanzas nacionales. Por eso todo
aquello de religioso que contiene el cristianismo – el cristianismo de Cristo
se entiende – se encuentra en el espíritu mesiánico de la nación judía.
Nacionalista
– y por lo tanto religiosa – fue la prédica de Cristo. Para los israelitas
habló, y judíos o galileos fueron todos sus discípulos y todos sus apóstoles,
no obstante los muchos extranjeros y gentiles que por entonces habitaban Judea:
“No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, dijo a
la mujer cananea (Mat. XV, 24). “No vayáis a camino de gentiles, ni entréis
en las ciudades de los samaritanos” (Mat. X, 5), ordenó a los apóstoles.
Docete
omnes gentes (“instruid a todas las gentes”), dijo según el
texto de la Vulgata, en el momento de la ascensión, contradiciendo al parecer
su misión exclusivamente mesiánica. De allí que los primeros traductores
castellanos, vertieron la lección Mat. XXVIII, 19, en el sentido de que
Jesús enviaba sus apóstoles a las “gentes” (Scío), o a los “gentiles” (Velera).
Pero tal mandato no existe en la primitiva versión griega: “Matheteusate
panta ta ethne”, dice este texto. Matheteusate, es decir “haced
discípulos”‘, panta ta ethne “en todas las naciones” o “por todos los
pueblos”. Y es conveniente recordar que el pueblo de Israel, se encontraba en
aquel entonces disperso en “todas las naciones” del mundo conocido. Era a las
juderías de todas las naciones, que Jesús ordenaba sus discípulos dirigirse,
para anunciar el próximo regreso del Salvador de Israel. Por ello en Luc.
XXI V, 47, Jesús añade en todas las naciones empezando por Jerusalén. No
entendía proclamarse el Profeta del universo a los goyim incircuncisos,
sino el Rey de Israel, que debía anunciarse por todas partes donde vivieran
hijos del pueblo disperso, empezando por Jerusalén, la capital de su padre
David y capital también de su futuro reino.
Tal vez
el error de Jesús, error que le costaría la vida, fue ir a predicar a Jerusalén
abandonando las humildes gentes de la Betsaida y del Jordán, donde encontró los
más ardientes y fieles discípulos.
Jerusalén, como toda capital, era el sitio menos nacionalista de la
nación – si exceptuamos las juderías – donde los mismos fariseos no
tenían fe en la salvación de Israel. Juan el Bautista, nacionalista
fuerte, la odiaba, y los profetas anunciaban su destrucción previa al resurgir
del Pueblo Elegido.
Cristo
no fundaba una religión: infundía un nuevo aliento a la vieja esperanza judía.
El mesianismo, que es la parte religiosa de su prédica, es el alma misma del
hebraísmo. La religión cristiana no está principalmente en las enseñanzas
morales del Evangelio, sino y sobre todo en la promesa de un próximo
cumplimiento de las esperanzas mesiánicas: “Y entonces verán al Hijo
del Hombre venir sobre una nube con grande poder y majestad” dijo a sus
discípulos (Luc. XXI, 27); añadiendo la noche de la cena, a los
apóstoles: “Os sentaréis conmigo en tronos para juzgar a las doce
tribus de Israel” (Luc. XXII, 30).
El
mesianismo era la fe de las clases bajas, mientras las especulaciones
morales constituían la filosofía de los centros cultos. Fe y filosofía – religión
y moral – se encuentran juntas en la prédica de Cristo. Sus andanzas a
través de la Judea dieron a conocer a los humildes, a los hombres de su clase
que esperaban el triunfo nacional, el vago remedo de moral helénica que era
toda la sapiencia filosófica de esos tiempos. El sermón de la montaña, el
conjunto más admirable de enseñanzas cristianas, es el cotejo de la fe mosaica
con doctrinas morales de indudable raíz helénica.
Esa
moral contradecía en cierta manera a la fe mesiánica. Era, como lo hemos dicho,
una moral griega, y por lo tanto humana e individualista, que hacía del hombre
el dueño de sus actos; no condecía ciertamente con el carácter místico y social
de toda religión. A la nueva Jerusalén victoriosa no tendría acceso todo el
pueblo judío, sino únicamente aquellos individuos que supieran además de
cumplir con la Ley, seguir las enseñanzas de las Parábolas. Era en cierto modo,
la redención del hombre, libre de juzgar y elegir el camino que quisiese su
albedrío.
Pero
Cristo no fue un reformador humanista. No era la moral que enseñaba a los
humildes, la parte más importante de su prédica. Era antes que nada un
sembrador de esperanzas y un vengador del pueblo judío. En una palabra: había
en la mezcla de religión y filosofía que eran sus enseñanzas, más de religión
que de filosofía. Más de judaísmo que de helenismo.
Así, la
religión de Cristo, que a través de todos los tiempos sería esencialmente la
religión de Roma contra los judíos, nació por una paradoja de la historia como
la religión de Judea contra los romanos.
Entre
la muerte de Jesús y la primera persecución bajo Nerón, hay un cambio
fundamental en la naturaleza del cristianismo. Lo que en Judea fue el depósito
de las esperanzas mesiánicas, lo volvemos a encontrar en Roma como un
estandarte universal de justicia. La doctrina moral del Evangelio ha
predominado sobre su nacionalismo judío. El cristianismo no anhela ya el
triunfo de Israel ni la gloria del David, redivivo; ahora busca la salvación de
los hombres sin preguntar su raza ni su condición social. Es que ha dejado de
ser la religión de los judíos de las clases inferiores, para convertirse en la
moral mística de todos los hombres de la tierra.
Fue
poco después de la muerte de Cristo, y por obra de Simón Pedro y sobre
todo de un nuevo y ferviente adepto – Pablo de Tarso – que el Evangelio
se predicó también a los gentiles,
Pablo
era judío de raza, pero había nacido en las juderías de Tarso de Cilicia, y
poseía por lo tanto la ciudadanía romana de acuerdo a las prerrogativas
concedidas a su ciudad natal. Se mostraba orgulloso de ella (Hechos, XXIII,
25 a 28). No lo había llevado al cristianismo una fe nacionalista que no
poseía – como judío de judería que era – lo habían movido visiones milagrosas.
Hasta el momento de su conversión en el camino de Damasco, había sido uno de
los perseguidores más encarnizados de los mesiánicos.
Pablo
llevó al cristianismo, junto con sus entusiasmos ardiente por las enseñanzas
morales del Maestro, su espíritu helénico y antijudío. Comenzó, como todos los
apóstoles, enseñando las parábolas de Cristo en las sinagogas. Pero tal vez su
oratoria se resintiera de antijudaísmo, tal vez hablara demasiado de la nueva
moral plebeya, lo cierto es que fue expulsado de Antioquia y hasta apedreado en
Iconio. Y Pablo dijo entonces, según narran Los Hechos: “A vosotros convenía
(a los judíos de la sinagoga) que se hablase primero la palabra de Dios:
más porque la desechéis y os juzgáis indignos de la vida eterna, desde este
punto nos volvemos a los gentiles” (XIIl, 46).
Y
mientras los demás discípulos y apóstoles proseguían su obra de reforma
religiosa en el interior de los templos y sinagogas, Pablo de Tarso se dirigió
a los gentiles y enseñó la moral filosófica hecha religión, en los mercados y
en los foros de las ciudades helénicas. Y por su obra, circuncisos e
incircuncisos, semitas y arios, europeos, asiáticos y africanos conocieron el
Evangelio y entraron en la nueva Iglesia.
Pero
las cosas se habían extremado. Poseído de mística exaltación de nuevo converso
y en su afán de ampliar el número de discípulos de Cristo, Pablo había llevado
su palabra más allá del judaísmo. Era oponer la moral cristiana a la religión
mosaica y conspirar contra la esencia nacional del culto. Pablo burlado y
escarnecido por los judíos, buscaba el apoyo de los gentiles; y llevado a los
gentiles, el cristianismo dejaba de ser una religión para convertirse en
una moral, antirreligiosa y por lo tanto anárquica, antijudía.
Mucho
se espantaron los Apóstoles y los discípulos que quedaron en Jerusalén de que
la gracia del Espíritu Santo se difundiese también entre los impuros (Hech.
X, 45). Anatematizaron contra Pablo, pero se llenaron de confusión y
sorpresa cuando supieron que el humilde y simple Pedro – el jefe instituido de
la Iglesia – también había lavado en las aguas del Jordán al centurión
Cornelio. Narran los hechos que los fieles de Jerusalén disputaron con Pedro: “¿Por
qué entrastes a gentes que no son, de las muestras'” (XI, 3).
Pablo y
Pedro fueron llamados a Jerusalén para dar cuenta de su extraña actitud. Este
fue el primer Concilio de la Iglesia Cristiana: la ira santa de Pablo y la
ligereza bondadosa de Pedro habían confundido a los demás apóstoles que
predicaban el Evangelio como la salvación de Israel.
Ante el
gran Concilio presidido por Santiago, el “hermano del Señor” e integrado por
los Apóstoles y presbíteros (Hech. XV, 2), comparecieron los
innovadores: Pedro al parecer solo, y Pablo con sus compañeros Bernabé y el
incircunciso Tito (Gal.II, 1).
Grave
problema el que se debatió en Jerusalén: no sin maduro examen (Hech. XV, 7),
se resolvieron los apóstoles a abordar la intrincada cuestión. Si se
castigaba a Pedro, se hería al más fiel y al primero de los discípulos del
Señor, de quien éste había hecho la “piedra” que sustentaría la Iglesia. Y el
castigo no era otro que el terrible de la lapidación por profanar la Ley
(Deut. XIII, 10; Levít. XXIV, 16), igual al que por parecidas
circunstancias sufriera, años atrás, Esteban el diácono. Y si por el contrario
se aceptaban las cosas consumadas por Pedro y Pablo, el cristianismo no
significaría ya el próximo cumplimiento de las esperanzas mesiánicas, sino una
filosofía anarquista y universal, comparable a la que epicúreos y estoicos
enseñaban por los foros helénicos.
Poco conocemos sobre el
concilio hierosolimitano: los dos textos que de él nos hablan – el Libro de los
Hechos y la Epístola a los Gálatas – fueron redactados por manos
parciales, interesadas en mostrar allí un triunfo de la doctrina paulista. Además,
es muy posible que ambos escritos sufrieran posteriores enmiendas por los
partidarios del “catolicismo” que en definitiva triunfó. Sin embargo, nos
bastan los textos canónicos para entrever, entre los eclipses y las frases de
dudoso sentido, lo que realmente sucedió en Jerusalén aquel año 50.
Pedro y
Pablo no fueron a Jerusalén como apóstoles para discutir un punto
confuso de doctrina: fueron más bien, como inculpados a defenderse ante un
Tribunal, por haber llevado el mesianismo a los incircuncisos, a los goyim tan
odiados por el pueblo judío.
Pedro,
el primero en hablar, no se defendió con razones, que por otra parte, no tenía.
Relató un sueño milagroso (Hech,. XI, 15) manifestando antes que Dios
ordenó que por su boca oyesen los gentiles las palabras del Evangelio (Hech.
XV, 7). Pablo habló a su vez de “las grandes señales y prodigios
que había hecho Dios entre los gentiles” (Hech. XV, 12).
Los
judaizantes, encabezados posiblemente por Santiago y por Juan, manifestaron “que
era necesario circuncidar a los gentiles, y que se les ordenase guardar
la Ley de Moisés” (Hech. XV, 5).
No
dicen los Hechos en qué argumentos apoyaron sus razones. Indudablemente
comenzaron mencionando la institución divina de la ceremonia (“Os cortaréis
la carne de vuestros prepucios, como señal del pacto entre Yo y vosotros”,
Gém. XVII, 11), y su renovación en el “valle de los prepucios” en tiempos
de Josué (Jos. V, 2 a 6). La circuncisión era la Ley misma, y Jesús
había dicho en el sermón de la Montaña: “Porque en verdad os digo,
hasta que no pase el Cielo y la Tierra, no se quitará de la Ley
ni el tilde de una sola iota” (Mat. V, 17 y 18). Es posible que repitieran
los judaizantes, las palabras de Cristo, diciéndose el enviado a Israel (Mat.
X, 5 y 6; XV, 24) o su Redentor (Hech. I, 6 a 8; I.uc.
XXII, 30), acaso Santiago pronunció allí la frase tan fuertemente
judaizante que se encuentra en su Epístola: “Quienquiera viole la Ley en un
solo punto, viola toda la Ley” (Saet. Il, 10) ¿ Y que importaba de Israel,
de su redención y de su Ley a los goyim que no llevaban su sangre, no
cumplían sus ritos y tenían cerradas por impuros las puertas del Templo?
Pedro
acató humildemente la opinión de los judaizantes, reconociendo su error (Gál.
Il, 7 a 14), y volviendo a recobrar por ello su lugar eminente entre
los apóstoles. Pablo parece que tuvo que inclinarse también ante la furia de
Santiago, viéndose obligado a aceptar por el momento sus doctrinas: las piedras
de Esteban lo esperaban si así no procedía. Hay claros indicios de esta
sumisión en varios textos del Nuevo Testamento. Entre otras las palabras de
Pablo: “Yo tuve que hacerme judío entre los judíos, para ganar a los judíos”
(I Cor. IX, 20); y aquellas otras aludiendo a los judaizantes: “¿Si aún
predico la circuncisión, por qué me persiguen?” (Gál. V, 11).
Los
judaizantes exigieron la circuncisión de Tito, el discípulo gentil que
acompañaba a Pablo a Jerusalén, como prueba del sometimiento de éste. No surge
claramente de la Epístola a los Gálatas si Tito fue o no circuncidado (Gál.
Il, 3 a 5). Tertuliano cree que Pablo circuncidó efectivamente a Tito: “Cedieron,
porque se encontraban allí hombres cuya salvación reclamaba esa
condescendencia” (C. Marcius V, 3).
Además del juicio
a Pedro y a Pablo, el Concilio tenía otra cuestión de hecho que resolver: la
situación ante la Iglesia de los gentiles bautizados o convertidos por ambos
apóstoles. Los más fanáticos judaizantes eran partidarios que se circuncidaran
a todos, y Pablo para complacerlos lo hizo con Timoteo (Hech. XVI, 3) además de
Tito.
Pero era tarea
muy difícil inducir a los conversos al doloroso sacrificio. Lo cierto es que el
Concilio – por boca de Santiago – encontró la fórmula para que no se inquietara
a éstos. Algo debió decir Pablo de las muchas riquezas que poseían los nuevos
adeptos, y los santos varones resolvieron que acordándose éstos de mandar algún
dinero (cuál. Il, 10) no los molestarían con graves exigencias.
Solamente debían cumplir las demás formalidades exteriores del rito. Es decir:
no sacrificar a los ídolos, no fornicar fuera de la ley, y abstenerse de sangre
y de ahogado, esto es, de ingerir alimentos impuros. (Hech. XV, 29).
Era una
fórmula que permitió allanar de momento los primeros inconvenientes de la
Iglesia, y que fue aceptada jubilosamente por apóstoles y presbíteros.
La
grave cuestión fue así orillada sin dificultades, evitando el lapidamiento de
Pablo y Pedro por los propios judaizantes que de otra manera se hubiera
necesariamente producido. La fórmula de Santiago mantenía siempre el carácter
nacional y judaico del cristianismo: pero permitió que conocieran la moral
cristiana aún aquellas personas que no pertenecieran al rito hebreo. Desde
luego que a tales personas se les prohibía exteriorizar un culto a los dioses o
a los ídolos. Es más correcto decir que los gentiles fueron tolerados en
situación inferior, y no que fueron admitidos en paridad al Evangelio.
Claro
está que estas dispensas no regían para los apóstoles y discípulos de raza
hebrea. Ellos debían atenerse en la religión de Moisés, practicando y predicando
dentro de ella las enseñanzas morales del Salvador de Israel. Debían asistir a
la Sinagoga (Hech. V, 46; III, 51; V, 42, etc.); orar a las horas
acostumbradas (id. X, 9), y no mantener relación ni contacto alguno con
los impuros incircuncisos (X, 9 p XI, 1 y 3). El propio Pablo acusado,
no sin fundamento, de despreciar la ley mosaica, fue en demostración de lo
contrarío a orar al templo, pero los judíos no lo dejaron entrar y lo
golpearon, acusándole – justicieramente por cierto – de introducir los impuros
al conocimiento del dios de los judíos (id XXI, 26).
La
posición de los gentiles en el cristianismo de las primeras épocas no fue pues
de adeptos, sino de simpatizantes. Desde luego que a ellos sólo se les enseñaba
la moral humanitaria y no la religión redentora: así los adoctrinaba Pablo en
sus Epístolas. Nada les podía importar el triunfo de Israel, pero sí y
mucho que ellos sin ser judíos, pudieran participar de cierta manera en el
reinado de Jesús.
Pablo,
alejado de Jerusalén, despreció su sumisión a los apóstoles y se dedicó con
entera libertad a explicar el rito cristiano tal como él lo entendía. Hasta
Antioquia fue a buscarlo Pedro (Gál. Il, 11) recordándole la promesa de
Jerusalén, pero Pablo se burló despiadadamente del Jefe de la Iglesia (Gál. Il,
14).
El
cisma entre uno y otro cristianismo quedó patentizado. Hubo el cristianismo de
Cristo y el de Pablo. El primero fue una secta que intentó vanamente reformar
la ley mosaica e introducir en ella el conocimiento del Mesías crucificado,
futuro salvador de Israel. El otro se impuso al mundo como moral humanitaria y
marcadamente anarquista. Uno fue el cristianismo judaizante, el otro el católico,
es decir “universal o internacional”. Uno y otro, permanecieron extraños y
a menudo en lucha. “No hay judío mi griego; no hay macho ni hembra;
porque todos vosotros sois uno en Jesucristo” tronaba Pablo a los Gálatas,
combatiendo – lejos de Jerusalén, claro está – a los judaizantes (Gál. 1X, 28).
No trepidaba en alzarse en su exaltación antijudía contra el propio Moisés: “Jesucristo
nos redimió de la maldición de la Ley” (Gál. Ill, 13) dice. “¿Para qué
la ley? Por causa de las transgresiones fié puesta hasta que viese la simiente”
(Gál. III, 19). La ley eran los magistrados, los sacerdotes, las
esperanzas judías; la simiente la nueva moral que Pablo predicaba.
Llegaba
en su afán hasta ridiculizar al propio Pedro, quien olvidado de su desliz con
el centurión Cornelio, se había constituido en el jefe de los judaizantes.'“Si
tú siendo judío vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo
obligas a los gentiles a judaizar?” (Gél. Il, 14). Y afirmaba con
argumentos incontestables la afirmación antijudía de la prédica cristiana. “Si
la justicia es por la ley, síguese que Cristo murió en vano” (Gál. Il, 21).
Mientras
Pedro y los demás apóstoles continuaron su labor en las sinagogas, Pablo de
Tarso se dirigió exclusivamente a los gentiles. Su resentimiento con los de su
raza le movía a ello. “A mí ha sido encomendado el Evangelio del prepucio
mientras a Pedro el de la circuncisión” repetía a los Gálatas (II, 7),
olvidando que él circuncidó a Tito y a Timoteo.
Judaizantes
y católicos lograron distinto éxito. De los últimos conocemos la
historia triunfante; los primeros languidecieron obscuramente en las sinagogas
y barrios judíos del Asia helenizada.
Durante
un tiempo los judaizantes obtuvieron cierta preponderancia en la dirección del
culto mosaico, no obstante la persecución de los esenios y fariseos que costó
la vida a Esteban. Hasta los sacrificadores del templo eran cristianos (Hech.
VI, 7). Pero la destrucción de Jerusalén, la reforma religiosa del Talmud –
hecha por los esenios principalmente – y la nueva organización hebrea acabó por
obscurecerlos. También el anarquismo de los cristianos católicos restó
prosélitos a los cristianos judaizantes, que no podían renegar de su común
origen. Y así mientras los católicos hacían temblar al imperio de Roma con sus
teorías anárquicas, los judaizantes intentaron vanamente encauzar el
nacionalismo hebreo hacia el crucificado Rey de los Judíos. En el siglo II los
últimos judaizantes fueron tenidos como herejes por los pontífices de Roma, que
habían olvidado su origen, y por los padres de la Iglesia Católica. “Para
cualquiera que crea en Jesucristo, es absurdo judaizar” escribía San
Ignacio (Magnes, X, 3). Las sectas hebreas de los nazareos y ebionitas
parecen haber sido, junto con el escritor Clemente, cuyas opiniones
encontramos rebatidas por los Padres de la Iglesia, los últimos miembros del judeo-cristianismo.
Y en el siglo II, los verdaderos herederos de Cristo, perseguidos por los
católicos y humillados por sus connacionales esenios y fariseos, se
extinguieron para siempre en el silencio de las sinagogas.
Pablo
predicaba una filosofía moral libre de toda contaminación terrena. Su partido
fue muy numeroso y se reclutó principalmente entre griegos filosofantes y
extranjeros que odiaban a Roma.
Juan,
el último sobreviviente de los Apóstoles, abrazó en sus últimos años la moral
helénica de los católicos. En su juventud había sido – como todos los apóstoles
– judaizante, y uno de los opositores de Pablo en Jerusalén. Sin embargo el
Evangelio “según San Juan” demuestra un catolicismo exaltado. Es allí donde se
pone en boca de Jesús la frase tan crudamente católica: “Mi reino no es de
este mundo” (Jua. XXVIII, 36), que no se encuentra en los sinópticos. Cosa
sugerente: el más católico de los Evangelios ha de venir de tierras griegas,
escrito en griego e impregnado de ética helenizante y del lenguaje simbólico de
la filosofía decadente. Juan, anciano nonagenario ya, hace hablar a Jesús ante
pobres pastores de Judea con el lenguaje obscuro y el pensamiento abstracto de
los filósofos de Efeso.
El
nuevo Dios de los católicos‘ no era el símbolo de ninguna sociedad política:
vivía en el cielo, ajeno a los hombres y a sus discordias. Era puro espíritu,
pura razón: el Verbo del Cuarto Evangelio es muy semejante al Logos de
los estoicos y de los platónicos. No tenía potestad sobre los príncipes y
señores de la tierra, y despreciaba la pompa y el boato que rodeaban al Estado.
Hasta él solo llegaban las almas, que libremente eligieron ese camino
practicando sus reglas de pureza.
Esa
idea católica se acomodaba a la decadencia del espíritu social que se extendía
por Occidente con la filosofía griega. Dios no era el Jefe de un Estado, el
símbolo exaltado de una sociedad: era la perfección individual, el culto al
hombre, la moral estoica simbolizada en algo incorpóreo. El Pneuma o el Logos
de los filósofos trasladado desde el Pórtico al templo.
Por
ello San Justino, uno de los primeros doctores de la nueva Iglesia,
colocaba entre los cristianos a todos aquellos filósofos que hablaran del Logos
(S.,Just. 1º Apol., 46; 2º Apol. 8, 10, 13, 14): “Cristianos de corazón y alma”
les nombra, porque instituyeron al Verbo cristiano a través del Logos
platónico.
La
filosofía se convertía de más en más en religión. No solamente la patrística
cristiana se sintió unida íntimamente con la filosofía helénica: Filón –
filósofo neoplatónico de Alejandría de raza judía – es posiblemente quien
en mayor grado inspiró la doctrina evangelista del “Verbo hecho carne”, con su
concepción del Logos como intermediario entre Dios y la tierra: toda la
obra de Filón de Alejandría es un intento de cohonestar la doctrina filosófica
con las Escrituras hebreas. El Dios de Israel para Filón, ya no es el
espíritu protector de la rama de Jacob: es el hijo del Dios Universal, el Logos,
intermediario entre la Infinita Divinidad y los hombres.
Por ser
universal al ser católica, la nueva Iglesia era necesariamente
anárquica. El camino para, llegar a Dios era el alma del hombre, la
profundidad del espíritu de cada uno: los anacoretas de la Tebaida fueron en
verdad, quienes más cerca estuvieron del Dios de la doctrina católica. Este no
era un ente social y no gustaba del bullicio de las muchedumbres, por eso eran
inútiles los monumentos que los hombres le levantaban. “El Altísimo no mora
en hechura de manos” advertía Esteban el diácono a los concurrentes al
templo (Hech. VII, 48). Lo que repite Pablo de Tarso: “Jesús no entró
en un santuario hecho de manos” (Hebr. IX, 24).
La
simiente de los católicos cayó en un terreno propicio: el orden griego había
subvertido todo el mundo antiguo, y por otra parte la expansión, romana acabó
por arruinar los reinos y ciudades de Oriente y Occidente. Sin leyes ni
príncipes los pueblos sometidos; faltos de fundamento social los mágicos dioses
de la naturaleza del culto helénico, y propicio el campo por la confusión
reinante en materias política y religiosa, por las especulaciones
individualistas de la filosofía del Pórtico, por las miserias que acarreaban
las guerras y exacciones imperiales; la moral de los cristianos
católicos hizo fáciles prosélitos entre los gentiles. No es del todo incorrecto
decir que la moral estoica tomó la forma de religión “universal” para llegar
hasta el pueblo.
Paralelo
a ese catolicismo que se llamó ortodoxo o puro, y que se extendió
principalmente por Grecia y por las ciudades helénicas de Oriente, hubo otro
catolicismo que ganó el Occidente y Roma, y que tuvo un cierto carácter religioso.
Este catolicismo de Occidente no tenía su objetivo en un Estado que
existiera, sino en un Estado que habría de venir cuando el imperio fuera
destruido: una Nación cristiana, victoriosa y llena de poder, cuya capital
sería Jerusalén y su Rey el propio Cristo resucitado. Esta religión fue el milenarismo.
Dos
formas de catolicismo chocaron en Europa, como anteriormente en Jerusalén dos
formas de cristianismo. Una, la ortodoxia, que correspondía al Oriente
helénico, decadente y filosófico; la otra, el milenarismo, más sano, más
social, más joven, de acuerdo al carácter de Occidente. Dos rumbos: la
filosofía y la religión; Orígenes y Tertuliano; la escuela de Alejandría y la
escuela de Roma; la moral filosófica de Oriente y el misticismo religioso de
Occidente.
En el
Apocalipsis encontramos el germen de la religión milenaria. Hay mucho de
espíritu nacional en el Apocalipsis, pero ya no en favor del pueblo judío sino
de un hipotético reino cristiano. Jesús vuelve a ser el Mesías de los
profetas que, resucitado, sojuzga al Imperio, reconstruye Jerusalén y gobierna
personalmente a la tierra por un largo día de mil años (Apoc. XX, 2, 5 y
6). Sólo aquellos varones muy justos que cumplieron la moral evangélica o
aquellos otros que dando la vida por la f e milenaria, obtuvieran la
palma del martirio habrían de gozar de este místico reinado. El Juan del
Apocalipsis, aun no ha olvidado del todo al Mesías; aun no ha llegado al crudo
catolicismo del Cuarto Evangelio.
“En una
nueva Jerusalén elevada sobre las ruinas de la antigua, Jesús fundará un
imperio en el cual, y visible a los hombres, gobernará la tierra por espacio de
mil años. Los patriarcas, los profetas y los justos serán resucitados para
tomar parte en las bienaventuranzas de este reino” dice Tertuliano
(Adversus Marcían. III, 24). La obra capital del milenarismo de Tertuliano,
el Spe Fidelium se ha perdido: de su pensamiento sólo conocemos
fragmentos y transcripciones en otros escritos.
“El
milenarismo es la fe de todos los católicos” afirma San Justino
(Dial. adv. Tryph. LXXX, 81) exagerando la importancia y la extensión de la
creencia en un reinado terrenal de Cristo. El milenarismo era profesado
por gran parte de católicos, pero no era la fe de todos ellos: en Alejandría,
los ortodoxos, cuyo jefe venía a ser Orígenes no tenían el
convencimiento milenario. Filos interpretaban en sentido figurado los pasajes
evangélicos que hablaban del retorno de Jesús y del tiempo mesiánico.
Menos
aún, los gnósticos, negaron toda eficacia a un triunfo temporal de
Cristo, pues exagerando la ortodoxia llegaban a considerar la tierra y la carne
como obras imperfectas de un demiurgo, no de Dios mismo. Pero los gnósticos
cayeron en la herejía, mientras los ortodoxos se mantuvieron dentro
de la Iglesia: no obstante es sugerente que la Iglesia canonizara a infinidad
de milenarios, y a ningún ortodoxo.
Es que
el milenarismo durante los siglos II y III, si no fue todo el
cristianismo, fue por lo menos el más importante. Apenas si San Gerónimo, algún
tiempo después, se atrevió a criticarlo superficialmente, asegurando no
obstante que “muchos eclesiásticos, varones y mártires lo profesaban”.
El
catolicismo encontró de esta manera dos ecos en el imperio: el del espíritu
griego y el del espíritu latino, que correspondían a las dos clásicas escuelas
del siglo II: Alejandría y Roma, o sean Orígenes y Tertuliano. La ortodoxia que
fue solamente individualismo decadente y exaltación mística del hombre, y el milenarismo impregnado
del espíritu social de los occidentales, aun no del todo ahogado por el virus
del helenismo. Para estos últimos Religión y Estado eran todavía la misma e
inseparable cosa: su religión era la esperanza en el día de mil años de la Edad
Triunfal.
Por
ello ¡cuántos doctores y santos fueron milenarios! San lreneo (Adv. Haer. V,
25 p 30); el autor del Testamento de los Doce Patriarcas; San Victorino
Pictoriense, mártir; Severo Sulpicio, San Hipólito, Cerinto, Nepos obispo de
Arsinoé, Melitón de Sardes, etc.
“Es la doctrina
de los Santos Padres y de los Profetas que seguimos los
cristianos”, dice Lactancio, quien llega en su odio a los romanos y
al imperio a admitir que el día del triunfo de Cristo Rey, éste no exterminará
a los gentiles, sino que los repartirá para que a su turno sirvieran de
esclavos a los fieles (lnst. Div. VII, 14 y 25). San, Papías, obispo
de Hierápolis en el siglo Il, profesa el milenarismo más sensual, creyendo que
la vida en el Reino de Cristo transcurrirá en un largo festín mejor y más rico
que los festines de los procónsules y funcionarios imperiales. Eusebio, exponiendo
las teorías de éste, dice: “Tedrían todos licencias sin límite alguno para
todas las cosas perecientes a los sentidos. Cada uno seria dueño de en serrallo
entero” (Hist. Eccl. III, 39), sensualismo tan agudo que merece también las
críticas de San Dionisio de Alejandría (VII, 20), que combate el
milenarismo y niega autenticidad al Apocalipsis.
Así
dentro de la Roma imperial se formó otro Estado, místico en sus esperanzas;
pero Estado tan poderoso y fuerte que hacía temblar los cimientos del imperio.
Si la moral de Oriente era peligrosa por anárquica, la religión de
Occidente que soñaba con el día de mil años y el advenimiento de la Iglesia
Triunfante a la tierra derrotando al Imperio, era doblemente peligrosa por su
nacionalismo antirromano.
Claro
que tanto a milenarios como a ortodoxos los unía un común odio al imperio. Para
unos no existía otro Rey que Cristo, ni otro Estado que la Jerusalén deseada;
para los otros no había Estado alguno, había sólo hombres buenos y malos,
preferidos los unos, despreciados los otros por Dios.
El
imperio veía perderse a Oriente y a Occidente su fundamento místico. El
cristiano no comprendía a César como persona divina que encarnaba al Estado y
recibía el aliento de los dioses tutelares de Roma.
Veía en
él un simple hombre a quien la fuerza y el azar colocaron por encima de los
otros hombres. No contemplaba al imperio, ni a sus magistrados ni a sus leyes
bajo el aspecto religioso que es la esencia de las instituciones: los acataba
exteriormente, pero en su interior hacía burlas de toda aquella grandeza y
aquel esplendor que para los cristianos carecía de sentido o era sacrílego: “Nos
acusan de rebelarnos contra los Emperadores – escribe Tertuliano en el
siglo II – pero nosotros respetamos a los actuales jefes del Estado;
solamente no les llamamos dioses porque sobemos que no lo son y no podemos
mentir” (Apol. adv. gent. XXXIII). ¡Y qué quedaba del César y del imperio,
ambos desprovistos de sus revestimientos religiosos!
En poco
tiempo poblóse de cristianos el Imperio. La moral humanitaria y asequible de
Alejandría, como la religión tan llena de esperanzas y de triunfos que se
predicaba en Roma multiplicaron las conversiones y la nueva Iglesia resplandeció
por todos los ámbitos del Mediterráneo. “Somos de ayer – escribía
Tertuliano a los gentiles – y ya ocupamos vuestras villas, vuestros
palacios, vuestras ciudades: hasta cristianos se sientan en el Senado de Roma”.
(Apolog. adv. Gent. XXXVII).
Lo mismo que intranquilamente advertía Plinio el Joven al
emperador Trajano: “Este mal contagioso no solamente ha infestado las
ciudades, sino también las aldeas y los campos” (Plin. Cartas, X, 97).
Los
Césares vieron con temor como se plagaba Roma de estos anarquistas de ademanes
dulces y palabras fáciles, que enseñaban a acatar de presencia pero no
de espíritu los poderes terrenales.
Se
decían aún romanos, pero habían perdido la fe en Roma. No iban a los templos ni
concurrían a los sacrificios, no creían en presagios ni en augurios, se
burlaban de Castor y Pólux, de Eneas, de Rómulo, de la llama eterna de las
vestales. Acataban, es cierto, las leyes y los magistrados, pero obligados por
la fuerza, y ante el propio César no se prosternaban por el suelo como si
estuvieran ante un Dios. Y entre ellos hablaban del próximo fin del imperio, de
la venida de Jesucristo v la reedificación de Jerusalén.
Era la
lucha de clases que volvía bajo otra forma. Eran los mismos plebeyos que
reeditaban la guerra, pero no ya esgrimiendo las reivindicaciones sociales de
los Gracos, sino anhelando el exterminio de los ricos como lo anunciaban las
parábolas de Cristo. En la Jerusalén milenaria que no tardaría en llegar, sólo
entrarían los humildes, los que tenían hambre y sed de justicia.
El
Estado y los dioses de la vieja religión tenían nuevamente frente a ellos a su
peor enemigo: el hombre. Pero no se encontraba armado como en las luchas,
plebeyas de simples razones de humanidad. Frente al misticismo de los Césares,
se había levantado el misticismo cristiano; frente a la religión de Roma, la
religión universal de los milenarios. “He buscado sus ciencias – escribía
Plinio el Joven a Trajano – pero sólo he encontrado una deplorable
superstición llevada hasta el exceso” (Plin. Carta, X, 97).
El
peligro para el viejo orden era enorme. Tolerantes y magnánimos – tal vez un
tanto escépticos – los primeros Césares dejaron infiltrarse poco a poco el
virus social de las enseñanzas cristianas. No obstante por diez veces los
emperadores dictaron persecuciones a la nueva moral, pero exceptuando la última
bajo Diocleciano, ellas fueron intentos reducidos e insuficientes que no
alcanzaron otro resultado que avivar el fuego en el cual se quemaba el imperio.
El
manso y humilde Pedro murió crucificado en la orilla derecha del Tíber, después
de sufrir una prisión de diez meses. Pablo de Tarso, el culpable del dogma
universal, sufrió el martirio en las Aguas Salvianas. El pretexto fue el
incendio de Roma, pero a nadie se le ocultaba la verdadera causa de estas
medidas del César. “Se les hizo morir – nos revela Tácito – no por el
delito de incendio que se les imputaba, sino por su odio y su enemistad a la
sociedad” (Anales, L. XV).
Los continuadores de Pablo llevaron el
Evangelio a todas las regiones de Occidente: a la Bética, a Hispania, a Galia,
a Bretaña. Santo Tomás evangelizó el Oriente llegando hasta la India donde
padeció el martirio. Los brahmanes hicieron tal vez del Evangelio la curiosa
leyenda de Christna que figura entre los Avatares: Vichnú, en su
undécima encarnación lo hace en Christea, el Consagrado, hijo de la
virgen Devanaguy y nacido en el establo de Nanda, para evitar la masaere de
niños ordenada por el tirano Kansa. Christna cuando fue mayor recorrió
el Indostán predicando la moral y realizando prodigios; y terminó su vida
víctima de los sacerdotes quienes le clavaron en un árbol y lo acribillaron a
flechazos.
Pero la
enorme resistencia de los fuertes nacionalismos asiáticos, hizo imposible la
expansión hacia Oriente. El cristianismo católico que había hecho fácil presa
del imperio romano, alcanzó solamente a ser la religión del mar Mediterráneo,
es decir de Roma. Y mientras dificultosamente trasponía las fronteras de
Occidente y convertía a la nueva moral a los reyezuelos bárbaros de Germanía,
las herejías de maniqueos y de arrianos, la resistencia judía
talmúdica y sobre todo el fuerte vínculo religioso del Extremo Oriente, le
cerraban para siempre el camino del Asia.
Mientras
tanto Roma perseguía a los cristianos. No era una mera intolerancia religiosa.
Ni Trajano, ni antonino Pío ni el estoico Marco Aurelio eran fanáticos: eran
Césares de elevados sentimientos y de sólida cultura. Simplemente asumían
contra la constante prédica de los cristianos, la lógica defensa de las
instituciones.
Las
primeras persecuciones dejaron subsistir y propagarse, no obstante, el espíritu
de anarquía. El imperio temblaba en sus cimientos cuando Diocleciano en un
intento terrible y desesperado de salvar a Roma, dictó la más sangrienta y
feroz de las persecuciones. Miles y miles de adeptos a la nueva fe fueron
privados de sus derechos de ciudadanía; todos los patriarcas y diáconos de las
iglesias sufrieron castigos, y aquellos que osaban predicar la próxima
disolución del imperio v el advenimiento de Cristo Rey, hubieron de ser
arrojados n las fieras del circo o martirizados para escarmiento de débiles.
Diocleciano
creyó concluir con el cristianismo y terminar para siempre con la peligrosa y
disolvente enseñanza de los nazarenos. Durante meses y meses revolvieron sus
legiones las guaridas del pueblo bajo de las ciudades, buscando a los
cabecillas y agitadores del odiado anarquismo cristiano. Una ciudad entera fue
quemada en Frigia, los oficiales y soldados cristianos de la legión tebana con
su jefe San Mauricio a la cabeza fueron masacrados; obispos y dignidades
sufrieron la muerte junto a niños de catorce años.
Pero
era demasiado tarde. La filosofía ortodoxa y la religión milenaria no podían
detenerse con el temor a las fieras del circo o a las resinas de las antorchas
vivientes: ahora los cristianos podían más, que el Imperio. El viejo orden
religioso – orden de siglos – estaba herido de muerte.
Los
tiempos habían cambiado. El hombre osaba colocarse frente a los dioses y
discutir la antigua mística de palabras incomprensibles y términos sibilinos,
apoyándose en la filosofía del Evangelio. Esperando el gobierno temporal de la
Iglesia triunfante, ansiaba morir en el martirio para así resucitar en la
Jerusalén milenaria. Cristo era más fuerte que César, y el heredero de los
dioses no tardaría en sucumbir ante el Hijo del Hombre.
Diez
años después de la abdicación de Diocleciano, su sucesor Constantino se declaró
vencido e hizo la paz. El imperio se reconocía impotente ante los nazarenos, El
Edicto de Milán fue el acta de defunción de Roma. “Que cada cual
abrace la religión que le plazca y practique libremente su culto. En las cosas
divinas a nadie debe impedírsele seguir el camino que le convenga”, rezaba
el famoso edicto, el cual, admitiendo la libertad religiosa, significaba – y ni
el César ni sus sucesores lo ignoraban – la ruina del Imperio.
La
Iglesia fue así públicamente reconocida por el César, y este mismo asumió las
funciones de director de su culto, no obstante no haber recibido el bautismo. Las
disputas entre arrianos y trinitarios hubieron de ser sometidas por los
cristianos a su autoridad de Emperador: por su orden se reunió el Concilio de
Nicea, y por su indicación San Atanasio fue expulsado por los arrianos del
patriarcado de Alejandría.
Pareció
por un momento que las instituciones sobrevivirían a la caída del culto. La
esperanza de los milenarios acabó por ser olvidada y nadie pensó en la ruina de
un imperio que ahora tan dócil se mostraba. La reedificación de Jerusalén y el
advenimiento de Cristo fueron tenidas como locas fantasías del Apocalipsis, y
el triunfo de los pobres y de los miserables como peligrosas quimeras de los
apóstoles. El cristianismo sería la religión de Roma, y el propio César su Gran
Pontífice. En lugar del culto a Vesta, el culto al crucificado.
Pero
ello no era posible. Roma no podría subsistir sin la religión que por mil años
había hecho su grandeza.
El
Emperador Graciano negóse a revestir la capa de Sumo Sacerdote del culto a los
dioses, como lo exigía el ritual del imperio. Teodosio, llamado el Grande,
prohibió se sacrificara a los ídolos, y el obispo Marcelo recorrió la Siria
destruyendo y quemando los templos de los dioses. Fue muerto por los campesinos
aún idólatras, y venerado como mártir por los cristianos.
En los
pocos años que transcurrieron entre Diocleciano y Teodosio, los papeles se
cambiaron. La intolerancia de la nueva iglesia perseguía ahora a los devotos
del culto romano. Muy pocos de éstos quedaban en el imperio de fines del siglo
IV; apenas si los antiguos patricios de la ciudad de Roma y los pobladores
ignorantes de las aldeas. Despectivamente se les llamó paganos, es decir
campesinos.
El
culto por el imperio se extinguía con el culto de los dioses. Fue inútil que
los viejos nóbiles de Roma se alzaran para defender la vieja religión
contra la intolerancia cristiana de los emperadores de Constantinopla. Fue
inútil que se purificase a Roma con una última y magnífica fiesta pagana, y se
volviera a colocar en los estandartes del Senado la figura de Hércules. Fue
inútil el desesperado intento de Juliano, el apóstata. Teodosio en su
loca exaltación apagó el fuego de las vestales que desde los tiempos de Rómulo
alumbraba la grandeza de Roma. El año 394 los juegos olímpicos se celebraban en
Grecia por última vez.
¿Qué se
había hecho del fundamento religioso que es el nervio del Estado? La filosofía
cristiana, universal por ser católica, era impotente para reemplazar el culto
romano. Desaparecidos los dioses y humanizados los Césares, nadie se interesaba
por defender al bamboleante imperio.
La obra
de diez siglos se fundía con estrépito. Las hordas bárbaras ocupaban el lugar
de las antiguas legiones, pues ya no se encontraban ciudadanos, ni mediante
gruesas sumas de dinero, que se prestaran a defender con sus vidas al Estado
caduco.
Los
germanos cruzaron los límites naturales del Rhin y del Danubio en cruentas
expediciones de pillaje. Y poco tiempo
después que Teodosio apagara el fuego “que duraría tanto como Roma”, los suevos
de Radagaiso llegaban hasta Florencia, los vándalos conquistaban Cartago y la
Bética, los burgundos y los francos destruían la Galia, Alarico con sus
bárbaros visigodos ocupaba la orgullosa “urbe”, y por fin los alanos, los
hérulos y los ostrogodos se arrojaban sobre Roma borrando para siempre el que
fuera formidable dominio de los Césares.
Y sobre
las ruinas del glorioso imperio se extendió la noche de mil años de la Edad
Media.
F I N