José María Rosa
Sus veinte años de gobierno
(Digitalizado en base a la 1º edición - Editorial La Candelaria)
EDICION GRATUITA - Octubre del 2003
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Gloria al laboratorio
de Canidia,
gloria al sapo, a la
araña, y su veneno,
gloria el duro
guijarro, gloria al cieno,
Gloria al áspero
errar, gloria a la insidia.
Gloria a la cucaracha
que fastidia,
gloria al diente del
can de rabia lleno,
gloria al parche
vulgar que imita el trueno,
gloria al odio
bestial, gloria a la envidia,
Gloria a las
ictericias devorantes
que sufre el odiador;
gloria a la escoria
que padece la luz de
los diamantes.
Pues toda esa miseria
transitoria
hace afirmar el paso a
los atlantes
cargados con el Orbe
de su Gloria.
CAP. I CONDICIONES DE LA ARGENTINA AL ADVENIMIENTO DE ROSAS
CAP. II EL PACTO FEDERAL (1831).
El General Paz en el interior.
El Pacto Federal (4 de enero de 1831).
Oportunidad de una Constitución.
CAP. III LA CONQUISTA DEL DESIERTO (1833).
Rosas no acepta la reelección. Balcarce, Gobernador.
El problema del indio en 1832.
Consecuencias de la conquista del desierto.
CAP. IV SEGUNDO ADVENIMIENTO DE ROSAS (1835)
La Suma de Poderes - Crisis política.
CAP. V POLÍTICA ECONÓMICA DE ROSAS.
Estado económico y financiero en 1835.
El joven Rosas y su lucha por el "justo precio".
El coloniaje financiero: el Banco y el empréstito.
Primer acto de liberación: la Ley de Aduana de 1835.
CAP. VI INTERVENCIÓN FRANCESA (1838-40).
El caso de Venancourt en 1829.
Montevideo, base de operaciones francesas (octubre de 1838).
Fin de la intervención francesa: El Tratado Mackau (29 de octubre de 1840).
CAP. VII EL TERROR.
CAP. VIII LA INTERVENCIÓN ANGLO-FRANCESA( 1845-1850).
CAP. IX LA CAÍDA DE ROSAS ( 1850 - l 852).
Rompimiento de relaciones (30 de septiembre de 1850).
El pronunciamiento (mayo de 1851).
Declaración de guerra al Brasil ( 18 de agosto de 1851).
Estado físico de Rosas en 1852.
Caseros (3 de febrero de 1852).
CAP. X BALANCE DE ROSAS.
CAP. XI ROSAS, NUESTRO CONTEMPORÁNEO.
¿Se puede prescindir de la historia?.
¿Es posible una conciliación de opuestos?.
Con ese título el
semanario Panorama publicó entre el 19 de enero y el 17 de marzo del corriente año, diez notas que un académico de la Historia, por una parte, y yo, por la otra, entregamos respondiendo a
un cuestionario de la revista.
Las diez preguntas se
referían exclusivamente al gobierno de Rosas, criterio que me parece acertado para estudiar a nuestras figuras históricas. Una biografía de Rosas será muy
ilustrativa, desde luego, pero la parte de su vida que nos interesa es la comprendida entre los años 1829 cuando asumió el gobierno por primera vez, y 1852 en que cayó
a consecuencia de la batalla de Caseros. La época de Rosas más que la figura de Rosas, es lo que tiene valor histórico.
Voces amigas me alientan
a reproducirlas, atribuyéndoles valor docente por la obligada brevedad de las notas periodísticas. Cedo, previo algunos retoques, y un titulo que surge de la opinión que vierto sobre Rosas al hacer el balance de su gobierno.
Condiciones
de la Argentina al Advenimiento de Rosas
El 8 de diciembre de
1829, entre el entusiasmo de la multitud y la esperanzada expectativa de la clase: "de posibles", Juan Manuel de Rosas se hace cargo del gobierno de Buenos
Aires. El presidente de la Sala Legislativa al tomarle juramento lo saluda como "digno Restaurador de las Leyes";
el electo advierte que "las circunstancias han podido más que todo, y sólo por su influjo he aceptado", porque su deseo habría sido vivir en el retiro
laborioso de sus estancias.
¿Qué quedaba del
extenso y fuerte Virreinato del Río de la Plata, que había sido la patria de 1810 y 1816? Apenas trece municipalidades que de Salta a Buenos Aires y de Mendoza a
Corrientes seguían llamándose argentinas, más por costumbre que por una real unidad. El Alto Perú se había separado, el Paraguay mantenía su enclaustramiento, la
Banda. Oriental fue arrancada como precio de una guerra ganada con las armas, pero perdida en la diplomacia. Y las trece mal unidas "provincias" amenazaban
dislocarse en trece republiquetas independientes y enemigas: América del Sur estaba amenazada de la suerte que cabría – años después – a América Central.
Dos Argentinas
irreconciliablemente divididas por una opuesta conciencia de lo que es la patria habían surgido de la Revolución de Mayo. La Argentina donde una sola clase
"racional" gozaría de los beneficios de la libertad y la civilización concediendo las ventajas económicas al comercio foráneo, y aquella formada por quienes
tenían en común una tradición histórica y modalidades que la diferenciaban de otros pueblos – justificando, por lo tanto, una existencia "nacional" –, y
comprendían que laboriosamente cada pueblo construye su destino sin ingerencia extranjera. El país que miraba hacia afuera, y aquel que lo hacía hacia adentro. Políticamente
aquellos terminaron por llamarse unitarios, y éstos federales; pero no los separaba una divergencia teórica sobre mayor o menor centralismo. No era la suya una
discrepancia académica, sino un divorcio profundo sobre el concepto mismo de nacionalidad.
También era
aparentemente – sólo aparentemente – un problema, de predominio de clases sociales.
Un factor decisivo en la
discordia argentina fue la ingerencia británica.
El siglo XIX, entiéndanlo
o no algunos, se inauguró bajo el signo del dominio británico. Que no fue necesariamente invasión militar, sino, y sobre todo, aprovechamiento económico de los países
débiles en beneficio de la gran potencia que había hecho la Revolución Industrial a fines del XVIII, y consolidado su hegemonía comercial después de Trafalgar. Lo
dijo Castlereagh en un famoso Memorial al gabinete el lº e mayo de 1807, oponiéndose a la invasión a Buenos Aires que hacía Whittelocke en esos momentos; documento
que puede considerarse la piedra fundamental del imperialismo comercial e indirecto que en adelante habría de regir la política británica en el Plata: "La acción
que ahora estamos desenvolviendo (en el río de la Plata) no nos va a producir beneficios comerciales o políticos sino a costa de gastar grandes recursos militares...
Debemos actuar de manera acorde con los sentimientos e intereses del pueblo sudamericano..., abandonar la esperanza de conquistar esta extensa población contra el
temperamento de sus gentes... Si nosotros nos acercamos a ellos como comerciantes y no como enemigos, podríamos dar energía a sus impulsos locales y conseguiríamos
abrogar las prohibiciones contra nuestro comercio. Que es nuestro gran interés”.
La relación
“imperialista" entre una metrópoli que exporta productos elaborados y una colonia que produce materias primas y víveres, sólo excepcionalmente se impone por la
fuerza (y no será duradera). A la voluntad dominante de la metrópoli debe corresponder y plegarse una voluntad de vasallaje en la colonia, o en los nativos que
gobiernan la colonia. Estos, por regla, no tienen conciencia de encontrarse sometidos, ni comprenden que sirven intereses foráneos. Obran con toda buena fe, y suponen
que lo hacen por patriotismo. Sólo que han subvertido la clásica noción de patriotismo – que es vínculo con la comunidad – -reemplazándola por generosas
abstracciones universales: la Libertad, la Civilización, la Humanidad. No importa que esa “libertad” sea nada más que para, el grupo dominante, esa “civilización"
sea la ajena y no la propia, y esa “humanidad" no tenga en cuenta el valor hombre, tratándose de un connacional. Son meras palabras y no realidades concretas,
bajo las cuales no es difícil comprender que los intereses de una clase social han reemplazado al culto de la comunidad. Palabras-fuerzas que tienen el valor del
patriotismo; que son la “patria de los coloniales", no solamente compatible con el sometimiento imperialista, sino que necesita el apoyo de éste para subsistir
contra los embates de la masa popular, tesoneramente nacionalista.
Otro factor perfilaría aún
más esa Argentina tremendamente dividida de 1829.
Fue el advenimiento de
las masas. Porque en el río de la Plata se produjo un hecho que no encuentra su igual en la Europa o Norteamérica del XIX. Sea por los graves errores de conducción de
los primeros gobiernos "independientes", o por el escaso prestigio de los tenderos y letrados que se tenían por clase dirigente, o porque los orilleros urbanos
y gauchos rurales poseían conciencia – como integrantes que eran de las milicias comunales – de ser los sólidos pivotes de una auténtica patria, lo cierto es que a
poco de producirse el cimbronazo de Mayo aparecen en nuestra historia las masas populares conducidas por sus caudillos oponiéndose a los gobernantes que han perdido o
subvertido el patriotismo.
El pueblo, evocado como
figura de retórica en los discursos de los doctores roussonianos que conducían la Revolución (pero calificado de canalla en sus cartas íntimas y planes secretos), se
hizo presente, con estrépito y desconcierto, como el actor principal del drama que se desenvolvía. Lo encontramos en el Grito de Ascencio de la Banda Oriental en
febrero de 1811, en la revolución de los orilleros porteños el 5 y 6 de abril, en la noble figura de José Artigas conduciendo al Éxodo de Noviembre y capitaneando más
tarde – ya Protector de los Pueblos Libres – la reacción nacionalista del Litoral contra los directores extranjerizantes de Buenos Aires. En Güemes con sus
Infernales en lucha contra la oligarquía salteña y defendiendo heroicamente la quebrada de Humahuaca. En las montoneras de Ramírez y López que arrasaron en Cepeda el
1º de febrero de 1820 a los directoriales que querían mantener su predominio político apoyándose en protectorados extranjeros. En el incontenible impulso federal del
año 20, que llevó a los caudillos populares al gobierno de las provincias.
Las masas contra las
oligarquías, federales contra unitarios, montoneras contra tropas regladas: esa fue la historia de los nueve años que
corrieron entre 1820 y 1829. Años de "anarquía", porque no hubo gobierno nacional hasta inaugurarse el Congreso en diciembre de 1824; y no lo hubo, porque el
partido de los principios, o de has luces – que después se llamaría unitario –, adueñado nuevamente de Buenos Aires hizo fracasar el congreso que Bustos intentó
reunir en Córdoba a fines de 1820.
Años del porvenir
maravilloso para Buenos Aires que se había incautado de la aduana – no obstante ser recurso nacional – y la hacía servir a sus mejoras edilicias. Buenos Aires tuvo
avenidas, ochavas, alumbrado, empedrado, museo, escuelas lancasterianas, universidad; pero sin recursos nacionales San Martín no pudo seguir la guerra del Perú, ni los
Infernales defender la quebrada, ni concluirse la guerra de la Independencia, ni recuperarse la Banda Oriental ocupada por los portugueses. El precio fue caro.
No pararon allí los
desaciertos. Un congreso de doctores, elegidos de buena fe en 1824 por los caudillos provinciales para reanudar la unidad nacional y recuperar, por lo menos, la Banda
Oriental, se alzó con el país prescindiendo de la realidad que lo sostenía y circundaba. Se olvidó de la guerra con Brasil que un gobernante patriota – Las Heras
– había preparado, y declarado en enero de 1826: lo reemplazó en el poder con Rivadavía quien, olvidado de la guerra puso exclusivamente su empeño en nacionalizar
las riquezas minerales previamente entregadas a una compañía británica de la que era presidente. Como las provincias entendían ser las dueñas de su riqueza armó un
ejército, llamado presidencial, (para éste dio dinero el banco inglés, que lo rehuía al que peleaba contra el enemigo exterior), ejército que puso a las órdenes de
Lamadrid y encargó voltear las situaciones federales. Contra Lamadrid fue Quiroga con las milicias imbatibles de La Rioja para vencerlo en el Rincón de Valladares el 6
de abril de 1827. Pocos días después una liga de gobernadores exigía patrióticamente el retiro del presidente y disolución del Congreso, comprometiéndose a seguir
ellos la guerra contra Brasil.
Así fue la guerra civil
llamada de la Presidencia (1826-1827).
No importa. El Congreso
ha encontrado el medio para afrontar la tremenda crisis: una "constitución que haría la felicidad de los argentinos". Por supuesto centralista,
extranjerizante y oligárquica, y donde el presidente de la República disponía de las minas. Muy seriamente Valentín Gómez, Manuel Antonio Castro o Manuel Bonifacio
Gallardo pronuncian largos discursos citando a Daounou, que replican Dorrego, Cavia y Galisteo con menciones de Jay o de Hamilton, porque tan despistados andaban en el
trance los diputados de la mayoría unitaria como aquellos de la minoría federal. Mientras retumbaban en el recinto de sesiones los cañonazos de Brown que defendían la
rada de un desembarco brasileño, y ninguna provincia (Buenos Aires había desaparecido como tal) estaba dispuesta a aceptar el cuadernito de los doctores.
No obstante la pobreza de
su armamento, la baquía de Brown abatió a la escuadra brasileña en Juncal el 8 y 9 de febrero de 1827; y pese a no pagarse los sueldos y mezquinarse el racionamiento,
era tal la veteranía de los soldados argentinos, que triunfaron en Ituzaingó el 20 del mismo mes. Pero la guerra ganada militarmente en febrero se perdió diplomáticamente
en mayo con la misión de Manuel José García entregando la Banda Oriental a los vencidos a fin de que el ejército exterior regresase para sostener al agónico régimen
y las minas presidenciales.
No pudo ser por el
rechazo unánime y bullicioso de la opinión. Entre la rechifla general el presidente, que había tratado de eludir su responsabilidad en la misión de García, debió
renunciar el 27 de junio creyendo sinceramente “haber dado días de gloria a la patria".
Vinieron tiempos
federales. Dorrego, gobernador de la reconstituida provincia de Buenos Aires reunió una Convención Nacional en Santa Fe para reanudar la unión (la provincia de Tarija
se había evadido en el desbarajuste presidencial), y seguir la guerra contra Brasil.
No pudo. El banco,
controlado por el ministro inglés Ponsonby no le daba dinero "sino para pequeños gastos administrativos", y debió firmar la paz como lo exigían los
ingleses: desprendiéndose de la Banda Oriental, aunque, por lo menos, consiguió que no fuese brasileña.
Volvió el ejército,
cuya oficialidad pertenecía a la "clase de posibles", y era opuesto al gobierno que llamaba de la chusma. Volteó a Dorrego el 1º de diciembre de 1828. Pero
no bastaba con sustituir a Dorrego con Lavalle, ni agasajar a las tropas de éste “por las señoras más distinguidas de Buenos Aires" como informa el oficioso El
Tiempo, ni que el directorio pro británico del Banco Nacional resolviese pagar los sueldos atrasados – que se remontaban a casi un año – del ejército “por su
patriótica actitud".
Ni que Juan Cruz Varela
se regocijase en El Pampero: “La gente baja ya no domina, y a la cocina se volverá".
Habría de hacerse
imposible toda reacción federal, imponiéndose por medio del terror. El Pampero aconsejaba a Lavalle "degollar por lo menos cuatro mil federales”. Una locura
homicida se apoderó de los más dignos militares. Dorrego fue fusilado por orden de Lavalle el 13 de diciembre; Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia,
recorre la campaña matando gauchos a los que hace cavar sus propias fosas; Estomba, otro héroe, mata tantos federales que acabará enloquecido, dejándose morir de
hambre en el manicomio. "Comisiones especiales" de civiles se encargan de eliminar a la chusma federal.
El Pampero comenta:
"O todo el país ha de convertirse en un desierto, o nuestra causa triunfar". Salvador María del Carril justifica: "Una revolución es un juego de azar
donde se gana la vida de los vencidos". Son tantos los crímenes ese año trágico, que 1829 es el único en la demografía de Buenos Aires donde las defunciones
superaron a los nacimientos: hubo 4.658 muertes, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión salvajes unitarios no fue antojadiza. Pero la reacción
unitaria fracasa. El pueblo no se amedrentó con el terror, y los veteranos de Ituzaingó fueron corridos por las milicias gauchas. El terror engendra el terror, y al de
arriba sucede el de abajo.
Los unitarios tratan
vanamente que San Martín, que está en Montevideo, acepte el gobierno y los cubra con una amnistía. "En el estado de exaltación a que han llegado las pasiones –
explica el general a O'Higgins – ... no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos". O la Argentina seria nación definitivamente, o sería
colonia para siempre.
Lavalle acaba por
capitular con Rosas, a quien las circunstancias han convertido en jefe del partido federal porteño. Quedará en el poder Viamonte, apolítico, para llamar a elecciones.
Rosas ha sido el
comandante general de campaña de Dorrego, cargo que aceptó a instancias de su pariente Tomás Manuel Anchorena. Ha quedado junto al gobernador depuesto aunque no se
considera un político; pero es leal y cree que no debe abandonarlo en esos momentos.
El fusilamiento de
Dorrego lo convirtió en el jefe de los federales. A su previsión y tacto se debió la derrota unitaria y consiguiente victoria federal.
Es ahora el ídolo de la clase popular, que lo aclama como gobernador. Pero no quiere serlo; no se cree llamado a un destino político. Es sólo un hombre de
trabajo y de orden. Entiende que simplemente ha hecho "lo que cualquier argentino haría en las circunstancias”. Para evitar las efusiones del pueblo no ha querido
entrar en la ciudad, refugiándose en su estancia "Los Cerrillos".
No obstante no puede
sustraerse a su destino. La Sala Legislativa confirma el 6 de diciembre al gobernador deseado y proclamado por las masas populares, convencida de que era el único capaz
de mantener el orden en el medio convulsionado. El estanciero de Los Cerrillos no toleraría en el gobierno "ni cuzcos ladradores, ni peones doctores”, como decía
su reglamento campero.
Rosas esperaba en 1829 la
unidad de los argentinos, tal vez porque le faltaba la experiencia de San Martín. Para conseguirla, acabó por aceptar el gobierno. Confirmó el ministerio de Viamonte,
que también era el último de Lavalle, formado por dos apolíticos – Tomás Guido y Manuel Escalada – y un únitario de campanillas: Manuel José García. Como
Escalada no acepta, lo reemplaza por un federal tibio: Juan Ramón Balcarce.
Buscaba la unión de los
argentinos, aunque toda le historia venía gritando que esa unión era imposible. También lo sabia la multitud que desenganchó los caballos de su coche para arrastrarlo
a pulso, mientras entonaban el peán de victoria cuyo eco llegaría a nuestro tiempo con otros nombres:
"¡Viva la Federación!
¡Viva la Unión Litoral!
¡ Viva Juan Manuel de Rosas
y el partido federal!
¡ Viva la religión!
¡ Viva nuestro país natal!
¡ Viva Juan Manuel de Rosas
y el partido federal !"
Ese era el país que
encontraba Rosas al subir al gobierno el 8 de diciembre de 1829.
El Pacto Federal (1831)
José María Paz fue sin
disputa, el mejor estratega de nuestros guerreros civiles. Entró en la revolución militar de diciembre de 1828 por solidaridad de clase, que no por convicciones políticas,
no exteriorizadas hasta entonces. No era un unitario como Rivadavia o Lavalle, y hasta ese momento podría clasificárselo de federal. Junto con Bustos e Ibarra había
empezado las revoluciones federales del año 20 sublevando en Arequito, el 5 de enero, el ejército directorial que venía desde Tucumán a enfrentar las montoneras de
Ramírez y López. Esperaba conseguir el gobierno de Córdoba, su provincia natal, pero sus paisanos prefirieron a Bustos. Conspiró contra su antiguo jefe tratando de
hacerse caudillo de la clase popular, pero evidentemente no tenía pasta de conductor de masas y Bustos acabaría por exiliarlo. Su amigo Ibarra, caudillo indiscutido de
Santiago del Estero, le dio asilo y protección hasta que, resignado al parecer a su fracaso político, se reincorporó al ejército. Su actuación en la campaña de
Brasil fue brillante, y volvió a la Argentina con el grado de general y la promesa de sus camaradas de hacerlo gobernador de Córdoba si los acompañaba en la cuartelada
de 1828.
Llegó a Buenos Aires con
la segunda división del ejército, ocupando interinamente el gobierno mientras Lavalle perseguía a las guerrillas federales por el sur. Estaba al frente de éste el 9
de febrero, al saberse el inesperado arribo de San Martín, que comunica a Lavalle con expresiones sobre el Rey José que bien pudo ahorrarse.
En marzo, al tiempo de
empezar Lavalle su desdichada expedición contra Santa Fe, Paz obtiene la jefatura de una columna para apoderarse de Córdoba. El 3 de abril encuentra en la posta de Los
Desmochados, cerca de la actual Casilda, al ejército de Lavalle que regresa extenuado y a pie, y Paz no acepta el pedido de Lavalle de acompañarlo a proteger Buenos Aires amenazada por los federales. Al parecer su único interés en la revolución era apoderarse del gobierno
de Córdoba. (Por supuesto que nada dice de esto en sus desmemoriadas Memorias, pero se sabe por las Memorias de Lamadrid, y por las confidencias de Lavalle a Rosas
hechas cuando la paz de Cañuelas,– que han sido publicadas.) Sigue a Córdoba donde pacta con Bustos, sin fuerzas para resistirlo, la entrega del gobierno (18 de
abril) que éste cumple. Para mayor seguridad aniquila las milicias de Bustos cuatro días después, en San Roque.
Nada más lejos de Paz
que ayudar desde Córdoba la revolución unitaria. Lo confiesa en sus Memorias: solo quería "hacer entender a los gobernadores de las provincias que no me mezclaría
en sus negocios domésticos y deseaba conservar con ellos las mismas relaciones de amistad que mi predecesor". Les mandó una circular en ese sentido. Pero para Quiroga Paz era un decembrista y no podía dejárselo en el gobierno de Córdoba. Casi fusila al
portador de su nota, que devolvió con una respuesta muy suya: "Regrese el bombero ("vichador", informante) a dar cuenta a su amo que está con los mocosos
vencedores en San Roque”. Y marchó contra él.
Paz no tuvo más remedio
que defenderse de Quiroga. En La Tablada – cercanías de Córdoba – chocaron el ímpetu de Facundo con la fría táctica de Paz. Fue una batalla de dos días (22 y 23
de junio); o mejor dicho dos batallas sucesivas. Porque Quiroga no quería resignarse a la derrota, y al día siguiente volvió a acometer a su vencedor con la tenacidad puesta en todos sus combates.
Estanislao López había
aconsejado a Quiroga, desde Santa Fe, no librar batalla con Paz y aceptarlo como gobernador federal de Córdoba. No obstante el comportamiento de los oficiales de Paz
después de la batalla (el coronel Deheza fusiló a los oficiales federales e incorporó por la fuerza a la tropa prisionera), mandó en misión ante el vencedor a su
secretario Domingo de Oro y al cura de la matriz de Santa Fe, doctor Amenabar, para convenir el reconocimiento de Paz como gobernador y la incorporación de los diputados
cordobeses a la Convención Nacional que sesionaba en Santa Fe. López, como Rosas entonces, creía posible una conciliación de unitarios y federales. Quien no creía,
en ella era Quiroga (compartiendo, sin saberlo tal vez, el pensamiento de San Martín), que vuelto a La Rioja preparó un fuerte ejército para desquitarse de Paz.
Fueron inútiles los
intentos de éste para conseguir que López y Viamonte detuvieran los aprontes de Quiroga. Facundo quedó inconmovible; el cordobés era un decembrista y su proceder –
o de sus oficiales con los prisioneros de La Tablada lo tenía con sangre en el ojo. Inútilmente trataron López y Viamonte de mediar ante Facundo. Lo más que
consiguieron los comisionados porteños – Feliciano Sáinz de Cavia y Juan José Cernadas – fue parlamentar con Quiroga que se había acercado hasta el Oncativo, a
poca distancia de Córdoba; conferencia habilmente aprovechada por Paz para caer sobre Quiroga (25 de febrero de 1830) y ponerlo en completa derrota. Se perdió íntegramente
el ejército federal; apenas si se salvó Quiroga en el carruaje de Cavia y Cernadas. Con ellos fue a Buenos Aires furioso contra López y Rosas (gobernador desde
diciembre) que, a su juicio, lo habían desamparado.
Paz se estabilizó en el
gobierno de Córdoba, pero debe aceptarse que fue por procedimientos fuertes: tampoco puede atribuírsele una, responsabilidad exclusiva, porque el “terror” había
sido una norma política unitaria como solo medio de imponerse contra una población hostil. La campaña de la sierra llevada a poco de La Tablada fue sencillamente
horrorosa: se sacaron ojos, cortaron manos y arrancaron lenguas para infundir espanto en la población serrana fuertemente federal; en las cabeceras de departamentos se
ataba en haces a grupos de federales a quienes se lanceaba. El general poco dice de esto en sus Memorias; pero un oficial suyo, Domingo Arrieta, cuenta en sus Memorias de
un soldado la necesidad de llegar a esos extremos para imponerse a un medio hostil: "Mata aquí, mata allá, mata acullá, mata en todas partes... no había que
dejar vivo a ninguno de los que pillásemos... y al cabo de dos meses quedó todo sosegado".
Los federales calcularon
en 2.500 las víctimas de ese sosegamiento. No fue mejor la conducta de Quiroga en su segunda campaña, pero entendía vengar las tropelías de los unitarios. Además sus
muertes dejaron más rastros que las de Paz, por tratarse de personas de prominencia social: de ahí, tal vez, que Quiroga haya, pasado a la historia como cruel, y Paz,
que eliminaba a humildes gauchos no tenga "mala historia" por lo ocurrido. Después de Oncativo los fusilamientos de federales, o sus torturas, fueron de práctica.
A quien no se podía fusilar, porque su eliminación hubiese sido más perjudicial que conveniente para una mente fría y razonadora como era la de Paz, se lo vejaba: al
fraile Aldao (general José Félix Aldao, compañero de San Martín), que era el segundo de Quiroga y fue tomado en Oncativo, se lo paseó por las calles de Córdoba
uncido a un burro con un cartel infamante a la espalda.
EL PACTO FEDERAL (4 DE ENERO DE 1831)
Vencedor de Quiroga, el ejército de Paz ocupó las provincias del interior. Lamadrid al frente de una división se apoderó de San Juan y La Rioja; Videla Castillo de San Luis y Mendoza; Javier López desde Tucumán, entró en Santiago; Catamarca y Salta ya estaban en la órbita unitaria. No eran tiempos de lenidad y la ocupación militar se hizo por la fuerza y el terror (salvo Salta y Tucumán, donde la divisa celeste tenía algún prestigio por la gravitación social de sus clases dirigentes). Lamadrid en La Rioja tuvo en la cárcel a la anciana madre de Quiroga con una cadena al cuello para que le revelase dónde había escondido su dinero: consiguió sacarle 93.000 pesos, disculpándose en carta a Juan Pablo Caraballo que "después de tanto fregarse por la Patria, no es regular ser zonzo cuando se encuentra ocasión".
El 31 de agosto, Paz reunió en Córdoba un "congreso" de “representantes" de las provincias ocupadas, que le dio con el Supremo Poder Militar, “todo el armamento y pertrecho" provinciales, "todos sus hombres” en edad de llevar las armas, "todo género de sacrificios que les demanden”, y la facultad de hacer "la guerra o la paz" en nombre de ellas. Contra, la ocupación del interior, las provincias litorales formaron una liga federal, que no solamente era una alianza de cuatro provincias sino – si se conseguía convencer o vencer a Paz – el germen de una Confederación que uniese sólidamente lo que quedaba del antiguo virreinato.
Rosas comprende que la
iniciativa no debe venir de Buenos Aires por la antigua prevención del interior hacia los porteños, y escribe a Ferré, gobernador de Corrientes (como lo dice éste en
sus Memorias), que la promueva. Ferré concluye con Santa Fe (Estanislao López), Entre Ríos (Sola) y Buenos Aires (Rosas) acuerdos previos a fin de que fuesen
representantes provinciales a Santa Fe y convenir el pacto. Reunidos allí, y tras un debate sobre régimen económico y distribución aduanera, se firmó el 4 de enero
de 1831 el Pacto Federal. Como Ferré había debido volverse a Corrientes, esta provincia adheriría más tarde.
El Pacto Federal es el
documento más importante de nuestra historia política. Más, pero mucho más, que la constitución de 1853, que ni es argentina ni se aplicó jamás sinceramente, ni
pudo aplicarse. El Pacto de 1831, originariamente de tres provincias (Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos), accedido por Corrientes en seguida, y después de la prisión
de Paz y derrota del ejército unitario por las restantes provincias, fundaba la Confederación Argentina por la "unión estrecha y permanente” de provincias
plenamente autónomas en lo interno, pero que se reconocían solidarias ante el exterior. El gobernador de Buenos Aires mantenía el manejo de las relaciones exteriores
(que le habían dado pactos anteriores), y una "Comisión Representativa" – contra la opinión de Rosas, que temía se convirtiera en un "semillero de
intrigas" (y así fue) – vigilaría el cumplimiento del Pacto. Y, concesión a los que querían una constitución escrita, llamaría a un “congreso general
federativo" cuando la República se encontrase "en plena libertad y tranquilidad".
¿Qué llevó a un hombre
tan realista como Paz, a la aventura de la guerra contra el litoral? La liga unitaria era una tira de papel entre nueve gobiernos nominales que no podían mantenerse sin
el apuntalamiento del ejército de ocupación. Era irónico que confirieran a Paz todos sus recursos financieros y su íntegra reserva de hombres, cuando las arcas
estaban vacías y los hombres ganaban el monte disparándole a la leva. Lo único serio de la liga era el ejército, y, sobre todo, Paz que valía más que su liga y su
ejército. Nada de eso podía escapársele al Supremo Poder Militar: no es lícito creer que un hombre como Paz, cuya vida íntegra está marcada por la frialdad de un
razonamiento matemático, formase la liga artificiosa para engañarse a sí mismo, y dejase venir la guerra convencido de que por haber echado suerte dos veces ante
Quiroga, la buena racha seguiría contra los recursos superiores, financieros de hombres de las provincias litorales, y sobre todo de Buenos Aires, asentadas en un firme
apoyo popular.
Si con el feble poderío
de la liga, Paz aceptó la guerra contra los federales desdeñando sus tentativas de llegar a un arreglo – que siguieron después de Oncativo – era porque tenía, o
esperaba tener, otras cartas de triunfo en la mano. Evidentemente una era mariscal Santa Cruz, dictador de Bolivia desde 1828: significaba dinero, hombres y armas; y
también por su alianza con Gamarra, el posible apoyo de Perú; otra Fructuoso Rivera, presidente de la flamante República Oriental, impuesto por la oligarquía
montevideana contra el candidato popular que era Lavalleja; la tercera – íntimamente unida a Rivera – Brasil, que ansiaba recobrar la Provincia Cisplatina y había
mandado en abril de 1830 al marqués de Santo Amaro a Europa en un plan de intervención contra el federalismo del Plata,
y visitaba juntamente con Rivadavia las cortes europeas
No podía demorarse la
anulación del peligro representado por Paz, y debería reanudarse cuanto antes la unión nacional.
En febrero de 1831 la
Comisión Representativa, en nombre de las provincias litorales, declaró la guerra a los decembristas invocando "la energía del crimen y la insolencia y crueldad
del despotismo” de los unitarios. Quiroga con 350 jinetes facilitados por Rosas – la División Auxiliar de los Andes – hizo una magnífica campaña por el oeste
liberando San Luis, Mendoza, San Juan y La Rioja; López, pertrechado y reforzado por Buenos Aires, avanzó desde Santa Fe contra Córdoba; Pacheco con la vanguardia
bonaerense se situó en Fraile Muerto, y Balcarce con 10.000 hombres en San Nicolás. Casi al mismo tiempo los cuatro ejércitos convergieron sobre Córdoba. Paz, con
excelente estrategia, se lanzó sobre los santafesinos a fin de vencerlos antes de que recibieran el apoyo de Pacheco y Balcarce. Parecía inminente la batalla entre Paz
y López en los campos de El Tío, cuando inesperadamente el jefe unitario cayó prisionero (10 de mayo).
Sin Paz, ni la liga ni el
ejército valían gran cosa. Lamadrid, que tomó el comando unitario, se replegó a Tucumán fortificándose en La Ciudadela.
Con su coraje e ímpetu acostumbrados Quiroga cayó sobre él, venciéndolo (4 de noviembre).
La guerra terminó. A lo
menos por el momento.
Las sanciones contra los
jefes y oficiales unitarios fueron dolorosas, pero los federales entendieron que correspondía un escarmiento. En San Nicolás, por orden de Rosas, se sorteó a nueve
entre los prisioneros unitarios, fusilándolos (el "gobernador" unitario de San Luis, Videla, entre ellos). Esas nueve víctimas, elegidas al azar, pagaron por
los 2.500 federales eliminados en Córdoba. No es excusable, pero puede explicarse. A Paz se le conservó la vida, tal vez en premio a sus revelaciones.
OPORTUNIDAD DE UNA CONSTITUCIÓN
Desaparecida la liga, las
distintas provincias aceptaron el Pacto Federal. Nació así, después de la prisión de Paz y derrota de Lamadrid, la Confederación Argentina.
A poco empezó una campaña
de cartas y artículos de periódicos para convocar un congreso federativo que sancionase una "constitución federal". Una promoción de jóvenes doctores
cargando la divisa punzó rodeaba con curiosa sincronización a los caudillos hablando de "organizar la República", como si organizar fuera copiar la
constitución norteamericana dando al traste con el derecho vernáculo existente. Muchos gobernadores federales (López, Ferré, Ibarra, Heredia) y hasta el mismo
Quiroga, cayeron momentáneamente en el falso miraje.
Lo evitó la intuición de
Rosas.
Ahora se nos presenta
como algo más que un caudillo: un estadista, un gran estadista que no se paga de palabras y busca realidades. Contrasta con la ingenuidad y bionomía de los demás
caudillos, fácilmente enredados por los sofismas de los intelectuales. Rector de la naciente Confederación, Rosas señala a sus colegas la inconveniencia de reunir un
"congreso de doctorcitos". No impone: convence, porque le sobra dialéctica. Del triunfo del pueblo conducido por sus caudillos había nacido la Confederación,
y éstos deberían conducirla hasta que la clase ilustrada acabase por comprender el país. Porque el problema era que los humildes encontraban la patria en sus
sentimientos, y los ilustrados la perdían con sus razonamientos. Llamar a éstos al gobierno en esos momentos era "sembrar el campo de cizaña y malas
hierbas", escribe a Ferré; era abrir las puertas a la improvisación de quienes “arreglaban todo con un cuadernito” copiado de cualquier parte, le dice a
Estanislao López. Los integrantes del futuro congreso deberían sentir la realidad argentina: "Sólo entonces – la carta es a Quiroga – los hombres de saber,
aptitudes morales y patrióticas se franquearán a representar (el país) en un congreso federativo". La base de un sistema político argentino debería ser "el
pueblo, siempre": eso era sistema federal, según él. Copiando las leyes políticas anglosajonas se traería un régimen "donde los aristócratas y los
poderosos lo sean todo, y el pueblo nada", argumenta a López, “como en Inglaterra, donde la decantada libertad se reduce a ser el pueblo más esclavo que en otras
partes, pero con mucha apariencia de libertad; porque libres lo son solamente los grandes lores y el rey".
Su prédica constante y
firme convence a los caudillos, gente de corazón. No conmueve a los doctores del cuadernito – de antes y de ahora – que aprenden política en libros traducidos.
La Conquista del Desierto (1833)
ROSAS NO ACEPTA LA REELECCIÓN - BALCARCE, GOBERNADOR
El 6 de diciembre de 1832 terminaba el trienio de Rosas, El día anterior la Sala, entre los vítores de la barra, lo reeligió por
29 votos contra 7.
Pero Rosas no acepta. La Sala vuelve a nombrarlo el 6; nueva renuncia de Rosas. Tercera insistencia de la Sala que manda una diputación a convencerlo, lo que trata inútilmente durante una entrevista de hora y media. Pero Rosas es claro en su negativa: debería, llevarse muchas cosas por delante, y sin el apoyo de una burocracia “federal" (es decir, con espíritu nacional) no podría hacerlo. La administración (empleados, jueces, oficiales del ejército) era unitaria, y no puede reemplazarla con federales que tienen mucho corazón, pero carecen de luces. Y tomar él solo la responsabilidad del gobierno es imposible: le "faltarán las fuerzas”. Es un problema al que no ve la solución, y por lo tanto prefiere volverse “a respirar los aires del campo". La Sala debe resignarse y después de algunos cabildeos nombra el 12 al ministro de guerra de Rosas, general Juan Ramón Balcarce, que tampoco acepta con los mismos argumentos de Rosas: "No (le) basta estar animado de una buena disposición, es también indispensable estar en posesión de los elementos necesarios". La Sala insiste el 14, y Balcarce acabará por ceder.
No se trata, pues, de que Rosas exija “facultades extraordinarias como dicen los antirrosistas de hoy. Implícitamente la Sala le ha dado el gobierno en las condiciones que quiera él. Rosas, que tuvo facultades extraordinarias hasta el 7 de mayo de 1832, las devolvió en esa fecha cediendo a "la parte más ilustrada e influyente (de la sociedad), aunque la, menos numerosa" como dijo en su mensaje. Todavía cree que necesita de esa "parte ilustrada e influyente” para gobernar, y pesaroso ha comprendido que ella carece de conciencia nacional. Por eso se aleja del gobierno.
Tiene el proyecto de
asegurar la tranquilidad de las poblaciones y estancias fronterizas de indios, amenazadas por malones de pillaje organizados por contrabandistas chilenos.
Había tratado a los
indios desde su niñez, pasada en la estancia materna El Rincón de López más allá del Salado. Su abuelo, Clemente López de Osornio, fue muerto por ellos; su padre,
León Ortíz de Rozas, pasó mucho tiempo en las tolderías. Los relatos de las costumbres araucanas eran familiares en su casa. Sus compañeros de infancia eran los niños
indios en juegos donde la astucia y la paciencia – las virtudes pampas – daban el triunfo. Aprendió el lenguaje araucano, especialmente en sus dialectos pampa y
ranquel, y alguna vez distrajo sus ocios de estanciero componiendo un Diccionario, un Vocabulario y una Gramática pampa-ranquel (afortunadamente no se perdieron). Sabía
entenderse con los indios porque conocía su idioma y sus costumbres y sabía que no se puede engañarlos ("Juan Manuel nunca nos mintió" diría Calfucurá
muchos años después de su caída).
Puso esas condiciones y ese prestigio al servicio de su patria. La tremenda guerra de los pampas desatada en 1821 por la impericia de Martín Rodríguez y Rivadavia, fue terminada por él a pedido de Las Heras “convencido – dice el decreto de éste de 1825 – que ninguna persona es más apta que el señor coronel don Juan Manuel de Rosas para establecer paces sólidas y duraderas con los indios fronterizos". En noviembre de 1825 Rosas se reunió en "parlamento" con los pampas en Tandil, preliminar de un "gran parlamento” de pampas, ranqueles y borogas en la laguna del Guanaco realizado en diciembre, del que surgió la paz definitiva necesaria por la guerra con Brasil.
En la paz del Guanaco, el
gobierno se comprometía a subvenir a las necesidades indígenas con "prestaciones" de alimentos a fin de evitar los malones.
No se cumplieron regularmente por las fantasías de Rivadavia primero, y la guerra civil después; sólo quedaron reanudadas al ascender Rosas en 1829.
Pero ya no bastaban las "prestaciones”. Gente de pocos escrúpulos habían descubierto el gran negocio de armar a los indios para que robasen vacas en territorio argentino y las llevaran a Chile por el valle del río Negro y pasos de la Cordillera. Hacia 1830 el principal agente de esta actividad era el indio Chocory – mezcla de gulmen araucano y gangster de poderosos medios – instalado con una verdadera fortaleza en la isla Choele-Choel que le servía de depósito de armas y corral de hacienda en tránsito.
Los malones, fomentados por Chocory y contrabandistas chilenos, arreciaron desde 1831. No tanto contra la provincia de Buenos Aires por las buenas relaciones de Rosas con los pampas, sino contra el sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza, asolados por los ranqueles. Tanto, que las legislaturas de Mendoza y San Luis le pidieron a Quiroga que marchase contra Yanquetruz – "gulmen” de los ranqueles – con el ejército vencedor en la Ciudadela.
Por otra parte, la venta
en Chile de la carne robada a los argentinos perjudicaba a los hacendados de ese país – en el gobierno desde la reacción conservadora de 1829 encabezada por Diego
Portales – y se planeaba ocupar militarmente el valle del río Negro. En parte para impedir el tráfico clandestino, pero tal vez para quedarse allí para siempre. Ya
había tenido un principio de ejecución: a fines de 1831 el general chileno Bulnes había incursionado por el Chadi-Leofú eliminando el campamento de los
contrabandistas Pincheira, y se proyectaba una expedición chilena contra Chocory que significaría la ocupación de Choele-Choel.
Poco antes de dejar el
gobierno, Rosas propuso a la Sala una triple ofensiva contra los indios (Bulnes, Quiroga y él). Quiroga – que sería el comandante en jefe – eliminaría a Yanquetruz
llegando hasta el Colorado, donde se le juntaría la división de la izquierda de Rosas para seguir juntos contra Chocory y ocupar el “país de las manzanas” (Neuquén).
Bulnes debería imponerse a los araucanos del sur de Llanquihué, territorio de Chile.
Más tarde el plan sería
modificado. Las columnas argentinas serían tres: Aldao con la división derecha saldría de San Carlos (Mendoza) hasta la confluencia del Limay con el Neuquén; Ruiz
Huidobro con la división centro, partiendo de Río IV dominaría a los ranqueles (cuyo habitat era el norte de la actual provincia de La Pampa y sur de la de San Luis)
para seguir hasta el río Colorado; la de la izquierda con la jefatura de Rosas, después de asegurarse el apoyo de los pampas e imponerse a los borogas, se uniría con
Ruiz Huidobro en las márgenes del Colorado para ir juntos a vencer a Chocory en Choele-Choel. De allí seguiría a la confluencia del Limay a fin de reunirse con Aldao.
Quiroga sería el Comandante General.
La expedición no se
proponía el exterminio de los indios, fuera de los bandoleros de Choele-Choel. Si Yanquetruz y los ranqueles se sometían, debería convenirse una paz que les permitiera
vivir; lo mismo se haría con el cacique Rondeau y los borogas. Otra cosa era Chocory (que no era cacique de un pueblo sino jefe de una partida de maleantes), a quien
debería alejarse definitivamente, o exterminarse si se resistía.
No se trataba solamente de una expedición militar, sino también científica por un territorio prácticamente desconocido. Contrató ingenieros como Feliciano Chiclana (hijo del triunviro de 1811) y Nicolás Descalzi, que harían excelentes observaciones geográficas, etnológicas y astronómicas; marinos como Thorne y Bathurst para reconocer y balizar los ríos Colorado y Negro, y jefes militares de la talla de Pacheco, Corvalán, Ramos, del Valle, Delgado, Ibáñez o Miranda. Iban sacerdotes, médicos, agrimensores, baqueanos; organizó una bien provista maestranza, el suministro de provisiones en todo el recorrido y un sistema de comunicaciones para estar informado de la posición de las otras divisiones. En total 2.000 hombres, a tres caballos cada uno (cuatro los oficiales). La falta de ayuda del gobierno demoró la marcha.
La división izquierda la
empezó en Las Perdices junto a Monte, el 22 de marzo de 1833. En Tandil, los pampas con Catriel y Cachul se incorporaron; el 1º de mayo está en las cercanías de 1ª
fortaleza Protectora Argentina (Bahía Blanca) donde Rosas supo el fracaso de la división del centro, y que Chocory estaba informado del avance. Destacó a Pacheco para
cortar la retirada de éste, mientras él seguía hasta Médano Redondo junto al Colorado, que hizo su cuartel general.
La división derecha de
Aldao, salió con 800 cuyanos de San Carlos el 3 de marzo. El avance al sur de Malargüe se hizo dificultoso por la carencia de aguadas, y no pudo cumplirse el objetivo;
debió desviarse buscando un contacto con Ruiz Huidobro que no consiguió – porque éste había debido retirarse –, y después de esperarlo hasta agosto, pidió a
Quiroga autorización para regresar porque no podía mantenerse en la zona del Chadi-Leofú. Lo hizo en setiembre, sin saber que Rosas le mandaba una columna de apoyo.
La división del centro de Ruiz Huidobro empezó el avance a principios de marzo desde el río Quinto: se componía de mil hombres de la División de los Andes reforzados con milicias de Córdoba y La Rioja. Su objetivo de sorprender a Yanquetruz en su tolderia de Leubucó no pudo cumplirse por que el gulmen fue avisado misteriosamente y, bien armado, trató de sorprender a Huidobro en Las Acollaradas el lº de marzo: fue un combate al arma blanca por que la lluvia inutilizó la pólvora. Aunque Huidobro consiguió vencer, no pudo perseguir al ranquel que sabía esconderse como nadie en los cañaverales de su habitat. No obstante llegó a Leubucó, abandonada por los ranqueles, pero el hostigamiento del gulmen fue constante debido a los precisos informes que alguien le daba desde la columna en marcha. Como Huidobro pudo enterarse que el informante era Francisco Reinafé, jefe de las tropas cordobesas, que era socio – junto con sus hermanos, uno de los cuales gobernaba Córdoba – de Yanquetruz en sus malones, pidió a Quiroga que ordenase el repliegue para juzgar la conducta del cordobés en consejo de guerra. Así lo dispuso Quiroga, y la división se volvió a mediados de abril.
No obstante el fracaso de
las divisiones del centro y derecha, Rosas prosigue el cometido de la izquierda.
Pacheco llega a Choele-Choel y consigue imponerse a Chocory que escarmentado escapará al “país de las manzanas". Diversas
columnas destacadas por Rosas desde Médano Redondo ocupan las Salinas (habitat de los borogas), recorren el Colorado hasta su nacimiento y parte del curso del Limay y
Neuquén, o se internan en el sur del Negro hasta el territorio de los tehuelches.
EI objetivo se cumplió.
Se hicieron convenios de paz con los tehuelches y los indios manzaneros, se ocupó el "camino de los chilenos” (por donde se llevaban las vacas a Chile), dejándose
un fuerte en Médano Redondo y guarniciones en Choele-Choel y otros puntos del río Negro que subsistieron hasta 1852.
En toda su marcha y en el
campamento del Colorado estaba Rosas alerta de lo que pasaba en Buenos Aires por el sistema de 21 postas escalonadas que estableció. Los santos diarios que daba a la
tropa tenían referencias políticas o militares para advertir a los soldados, y también a sus amigos de Buenos Aires porque se publicaban en los periódicos “apostólicos”
(así se llamaron los partidarios de Rosas, para distinguirse de los federales “doctrinarios” del ministro Martínez). Los santos eran tres palabras o frases cortas
que servían de reconocimiento. Vayan algunos ejemplos: Federación-Gloria-Argentina ( 11 de marzo), Federación-Sistema-De América (14 de marzo), Nación-Sin Garantías-Teoría
(6 de junio), Motín-Mancha-Unitaria (16 de abril), Patriotismo-Sin Desprendimiento-Conversación (21 de julio), Codicia-Envilece-El Espíritu (2 de julio),
Constancia-Supera-Imposible (14 de abril, Crueldad-Muestra-Cobardía (12 de julio).
En diciembre la misión
está cumplida; Rosas ordena el regreso con un último santo: Al Colorado-Y al Negro-¡Adiós! El 25 de marzo de 1834, a orillas del Napostá, despide a sus soldados.
CONSECUENCIAS DE LA CONQUISTA
DEL DESIERTO
Hasta la caída de Rosas,
en 1852, en que se abandonaron los fuertes del Colorado y el Negro, no habría mayores malones; los indios quedaron tranquilos y amigos. Payné, que sustituyó a
Yanquetruz como gulmen de los ranqueles, se alió con Rosas y hasta le entregó a su hijo – bautizado por éste Mariano Rosas – para que se educase en sus estancias.
Rondeau y los borogas fueron eliminados por otro pueblo araucano llegado de Chile en 1835 a las órdenes de Calfucurá (se dijo que inducido por Rosas). Calfucurá, a
quien Rosas hizo coronel, dio uniforme y una divisa punzó con el lema "Federación o Muerte", obró como agente de éste. Distribuía las "prestaciones”
a todos los indios: pampas, borogas o ranqueles, circunstancia que lo convertía en autoridad suprema de la pampa, Gran Gulmen. Era el responsable de todo lo que
ocurriera con los indios: cuando no podía impedir que algunos salieran en excursiones de pillaje – que no pueden llamarse malones por sus escasos componentes –,
debería avisarlo a los jueces de paz a fin de que la partida de éstos los contuviera.
Durante todo su gobierno Rosas entregó regularmente las "prestaciones" a los indios (sólo las retardaría en 1847, sospechando una doblez de Calfucurá). En ocasión de epidemias de viruela, que hacían estragos en las tolderías, obligaba a los indios a vacunarse antes de darles las potrancas y la yerba. Lo recordaría, mucho tiempo después, el cacique Pincen, el último de los grandes guerreros de la pampa: “¿ Juan Manuel? Muy bueno, pero muy loco. No podíamos recibir sus regalos sin que un gringo nos tajeara el brazo, que decía era un gran gualicho contra la viruela".
Segundo Advenimiento de Rosas
(1835)
La Suma de Poderes
Balcarce, que sucedió a
Rosas el 17 de diciembre de 1832, no pudo mantenerse. Nadie hubiera podido lograrlo sin recurrir al procedimiento drástico de eliminar la plebe, o la "clase
principal”, como factor político decisivo. Los unitarios de 1828 trataron de hacer lo primero y fracasaron; Rosas había querido unir a ambas, y no pudo.
O Balcarce se apoyaba
exclusivamente en la "gente decente", y entonces indispensablemente debía alejarse de las masas, o suplantaba a Rosas como jefe del partido federal para hacer
el gobierno popular, exclusivamente popular, que el Restaurador se consideró incapaz de promover.
Pero ni Balcarce ni su
asesor, el ministro de guerra Enrique Martínez, tenían las condiciones políticas para llevar adelante algo así. Como todos los de su medio social, comían el rábano
por las hojas. No se consideraban enemigos del pueblo, como los unitarios; pero no lo tenían por factor decisivo, ni trataron de identificarse con él. Lo imaginaban una
cosa ingenua, fácil de conducir si se procedía con viveza.
El objetivo de Martínez
era concluir políticamente con Rosas. Es cierto que éste se había alejado del gobierno y en esos momentos estaba en la campaña del desierto, pero su gran prestigio se
mantenía en el pueblo, si no en la Sala Legislativa y el gabinete. Formó dentro del partido federal un grupo que respondiera a Balcarce y no a Rosas. Sirvieron los
abogados y militares de la élite intelectual del partido (Cavia, Vidal, Tagle, Espinosa, Iriarte), que se decían federales, pero el término no tenía en ellos la misma resonancia que entre el pueblo o Rosas. Eran federales porque leían el Federalista y, tal vez,
porque les repugnaban los procedimientos drásticos de los unitarios para eliminar al pueblo. Eran federales cultos, antipersonalistas, "doctrinarios", que
andaban por las nubes. Como se mantenía el sufragio universal, trataron de ganar elecciones recurriendo a artimañas; porque querían hacerse populares, escribían periódicos
procaces – que cuesta saber redactados por jóvenes cultos como Juan María Gutiérrez o Marco M. de Avellaneda – sin respetar la vida privada de nadie. Tenían al
pueblo por "la canalla”, y escribían en canallas para ganárselo.
El resultado fue la
tremenda crisis de octubre de 1833, a la vez política, social y moral. La revolución de los restauradores (del 11 de octubre al 3 de noviembre) no fue una “revolución"
en el sentido que hoy damos a la palabra, sino una retirada del pueblo a Barracas, una huelga general – la primera de nuestra historia – sin combates ni luchas
callejeras. Resultan inútiles los “vigilantes" de Balcarce, que defeccionan plegándose a los restauradores; inútiles sus regimientos, que desobedecen a sus
jefes. La miopía de los historiadores antirrosistas, que no les permite comprender los movimientos populares, ve en esta retirada y esta huelga una maniobra coordinada
por Rosas para recuperar el gobierno valiéndose de su esposa doña Encarnación. Pero aquello fue tan desordenado e inesperado, que se palpa su espontaneidad.
Cae Balcarce, y la Sala
deja a Viamonte. Que tampoco puede gobernar y renuncia en junio de 1834. La Sala elige a Rosas, que acaba de volver del desierto (29 de junio).
Como dos años atrás,
Rosas no acepta. Insiste la mayoría doctrinaria de la Sala con patéticas razones: "la sociedad es quien llama al general Rosas para que la dirija en el sentido que
ella quiere", dice Agustín Wright; Medrano compara a Rosas con el romano Cincinato que se negó a la dictadura, pero debió aceptarla cuando el Senado se la rogó.
Como en 1832 se nombra una comisión para convencer a Rosas. Este les ofrece "su concurso como ciudadano para asegurar el bienestar del país”, pero se niega al
gobierno. Los historiadores antirrosistas dicen que Rosas quería facultades extraordinarias y por eso no aceptaba, pero no han estudiado bien: se le ofrecen las
facultades extraordinarias, como en 1832, y rechaza "porque si en otro tiempo habían sido saludables y necesarias, hoy serían altamente funestas", dice a la
comisión. Por tercera vez insiste la Sala eligiendo a Rosas en forma irrevocable en las condiciones que quisiera, y advirtiéndole su responsabilidad "por
contrariar el voto de sus conciudadanos".
Otra comisión que se
integrará con amigos personales de Rosas irá a la quinta de Flores donde se encuentra para notificarle este nombramiento irrevocable. Rosas les explica claramente por
qué no puede aceptar; y uno de sus integrantes, Felipe Arana toma apuntes que después leerá en la Sala. Dice Rosas que no le es posible manejarse con la burocracia,
civil y militar: "(Podré esperar una cooperación sincera de la multitud de empleados que se han declarado mis enemigos personales, lo que sería lo de menos, pero
que han traicionado la causa de la Federación'' ". Tampoco podía reemplazarlos, sacrificando a "gentes de capacidad, honor y crédito" en una tarea
revolucionaria donde perderían su honor y su crédito. Había que llevarse muchas cosas por delante, "reparar el estado de disolución en que se halla el país,
soldar la división entre los federales, cruzar las empresas de los unitarios de concierto con los que habitan las provincias interiores y las repúblicas vecinas”
(alusión a Santa Cruz y Rivera). No dice, tal vez por prudencia, que la dificultad mayor consistiría en enfrentar abiertamente al imperialismo, pero lo que hará en
1835 y 1836 muestra que ya tenía conciencia del motor que movía a los unitarios, Santa Cruz, Rivera, y fomentaba la disolución del país y divisiones entre los
federales. Se le habla de que podía asumir la dictadura con facultades extraordinarias y no depender, por lo tanto, de una burocracia que sabía enemiga, ni sacrificar a
sus amigos en esa obra difícil cuyo triunfo final creía problemático. "No", responde Rosas, las facultades extraordinarias no sirven ya porque la prédica
"de las clases influyentes y cooperantes las han calificado de tiranía, y emplearlas ahora sería usar la fuerza física
y no el prestigio moral". Además, conducir una revolución de esa trascendencia no "era tarea para un hombre solo", por más que el pueblo lo acompañaría.
¿Pero, entonces, los males políticos no tienen remedio?, debieron preguntarle, porque contesta: "Yo no encuentro ese remedio". Le dicen, con los ejemplos de
Balcarce y Viamonte, que "cualquier otra persona colocada a la cabeza del gobierno se verá embarazada para expedirse”,... pues "su presencia es un estorbo a
la marcha de cualquier gobierno". Rosas contesta: “Yo sé opinar, pero también sé obedecer”; si su presencia “causare embarazos al que ocupe la silla de
gobierno" está dispuesto a irse del país.
Las razones de Rosas,
traducidas por Arana, deben analizarse a la luz de las cosas que siguieron. La experiencia de su primer gobierno le había mostrado que los enemigos del país no eran sólo
los unitarios o doctrinarios, y tenía que atropellarse todo el aparato de dominación extranjera: la libertad de comercio, el banco, la influencia imperialista. Para eso
necesitaba una élite capaz e identificada con sus propósitos, que no encontraba por ninguna parte. No serían las "clases influyentes y cooperantes", que a
las primeras de cambio habían demostrado su falta de conciencia nacional, quienes podían deparársela. Y las masas populares no daban élites de gobierno.
La Sala no sabe qué
hacer porque, o bien no comprende las razones de Rosas o no puede replicarlas. No obstante lo reelige por cuarta vez por no encontrar otro medio "para afrontar la
gravedad e inminencia de los males a que está expuesta la República”, y por cuarta vez Rosas no acepta (24 de julio). Los representantes deben resignarse y el 14 de
agosto nombran a Tomás de Anchorena, el consejero más escuchado por Rosas, a quien el Restaurador llama su oráculo. Se niega. ¿A su hermano Nicolás Anchorena,
entonces? Tampoco. Viamonte, que ya no puede aguantar el gobierno, pide que la Sala apresure el nombramiento de su sucesor; ésta resuelve que si el 1º de octubre no se
ha encontrado a nadie, se haga cargo provisoriamente el Dr. Manuel Vicente Maza, presidente del cuerpo. Y sigue buscando un gobernador entre los allegados a Rosas. ¿Quizá
Juan Nepomuceno Terrero, el socio de éste? Lo nombra, y Terrero rehúsa.. ¿El general Pacheco, jefe de la vanguardia de Rosas en la campaña del desierto? Tampoco
acepta. Así llega el 1º de octubre, y Viamonte entrega el gobierno a Maza.
Gobernaba Viamonte,
cuando Manuel Moreno, ministro argentino en Londres, denunció un "plan político” que llama de sangre y escándalo, que ha sabido por informes de otros agentes
diplomáticos hispanoamericanos (6 de noviembre de 1833): una conjura movida desde Londres y París, donde entraban Santa Cruz, Rivera, los federales doctrinarios y,
desde luego, los unitarios. Consistía en eliminar a los caudillos federales como paso previo a una guerra que, con pretextos fútiles, declararían Bolivia y la República
Oriental a la Confederación. Presumiblemente ésta pondría a Estanislao López al frente de su ejército, pero el santafesino, "halagado por pérfidas
sugestiones... se levantará con él declarándose por la revolución, pero con la mira de sacrificárselo luego a su vez".
No fue el único informe
de Moreno, y coincidía con andanzas sospechosas de los unitarios exiliados en Montevideo y de los "doctrinarios” que rodeaban a López en Santa Fe (Cullen,
Leiva), a Heredia en Tucumán (Avellaneda, Marcos Paz, Zavalía), a Latorre en Salta (Tedin, Brígido López), y el anunciado regreso de Rivadavia a Buenos Aires (Moreno
informó que venía a dar comienzo al "plan").
En acuerdo reservado,
Viamonte informó la denuncia de Moreno. Por pronta medida no permitió el desembarco de Rivadavia (28 de abril de 1834), que irá a establecerse en Colonia.
A fines de 1834 pareció
que el plan se cumplía: Rivera, que había dejado la presidencia oriental, preparaba un ejército en Durazno; Santa Cruz aglomeraba tropas en la frontera, y agentes
suyos – como el coronel Fascio – hablaban abiertamente de separar a Jujuy de la Argentina incorporándola a Bolivia. Inducidos por la perrada unitaria (expresión de
Rosas) que los aconsejaba, Latorre y Heredia se habían declarado mutuamente la guerra contraviniendo el Pacto Federal que no permitía una guerra entre provincias
argentinas (19 de noviembre); situación aprovechada por Fascio para separar Jujuy de Salta (hasta ese momento formaban una sola provincia), con el propósito de anexarla
a Bolivia.
Maza como gobernador de
Buenos Aires era el encargado de velar por el Pacto y resolvió mandar a Quiroga al Norte para mediar entre Heredia y Latorre (ambos le debían el gobierno) e impedir la
fuga de Jujuy. Le dio las instrucciones pertinentes (la disposición 8º de éstas le prevenía cruzar la persistente campaña de los doctrinarios sobre congreso y
constitución, que parece que los historiadores anti-rosistas no han leído porque siguen insistiendo que Quiroga quería una constitución en 1834) Rosas le hizo llegar
una notable carta política – llamada de la Hacienda de Figueroa, por haberla redactado allí – con sus argumentos contrarios a la prédica de los doctores del
cuadernito. Tanto Maza como Rosas creían conveniente que lo acompañase una escolta bastante, porque debería atravesar Córdoba gobernada por los Reinafé, hombres muy
ligados a López y enemigos personales de Quiroga. Pero Facundo, de un coraje temerario la rehusó.
Antes de llegar Quiroga,
Latorre fue vencido y a poco asesinado en la cárcel de Salta (29 de diciembre) por un grupo de unitarios; Quiroga mismo ha escapado de la muerte por un pelo al cruzar Córdoba,
porque la partida del capitán Cabanillas, destacado por los Reinafé, no pudo darle alcance. Si no, hubiera seguido la suerte del general Villafañe, su amigo, asesinado
en la cordillera por los unitarios.
Facundo llega a Santiago.
Lee a Ibarra y Heredia la carta de Rosas aconsejando desprenderse de doctrinarios; arregla la situación de Salta y Jujuy. Y regresa. No pasa de Barranca Yaco, donde lo
espera una partida cordobesa al mando del capitán Santos Pérez, quien ha recibido orden de ejecutar lo que no pudo hacer Cabanillas (16 de febrero de 1835).
Rosas estaba en su
estancia Los Cerrillos cuando supo el asesinato de Quiroga. En esos momentos escribía una carta a un mayordomo suyo: “Mi querido Don Juan José: Esta solo tiene por
objeto prevenirle que a Pascual me le entregue veinte yuntas de bueyes aparentes y como para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje". El original, que
se conserva en el Archivo Histórico Nacional, tiene esta posdata escrita minutos después con trazos nerviosos: "Política: El señor Dorrego fue fusilado en
Navarro por los unitarios. El general Villafañe, compañero del general Quiroga, lo fue en su tránsito de Chile para Mendoza por los mismos. El general Latorre lo ha
sido a lanza, después de rendido y preso en la cárcel de Salta sin darle un minuto de término para que se dispusiera, lo mismo que el coronel Aguilar que siguió su
misma suerte. El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba; esta misma
suerte corrió el coronel José Santos Ortiz y toda su comitiva en número de 16... ¡ Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de
ser bastante para los hombres de las luces y los principios. ¡ Miserables! ¡Y yo, insensato, que me metí con semejantes botarates! Ya lo verán ahora. El sacudimiento
será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones.
Es el 3 de marzo de 1835.
Entonces poco menos que pide el gobierno, rehusado tantas veces el año anterior. Quiere, según sus palabras "cruzar la intriga sangrienta desenmascarando a quienes
instigaron la muerte del general Quiroga". Y salvar al país, si aún es posible, aunque "la sangre argentina corra en porciones".
El 7 la Sala modifica la
ley provincial de poder ejecutivo nombrando a Rosas por cinco años con la suma del poder público. El Restaurador está dispuesto "a no economizar ninguna clase de
sacrificios conducentes a la seguridad del país y bienestar de sus compatriotas", pero quiere que la "extraordinaria confianza" depositada en él sea
ratificada por todos "los ciudadanos habitantes de esta ciudad". La Sala ha mencionado el "voto general de la población" al conferirle la suma de
poderes, y Rosas quiere dejarlo "consignado de modo que en todo tiempo y circunstancia se pueda hacer constar ese pronunciamiento en la opinión general". Si
los porteños no "llenasen el deber que les impone la patria en tamaños peligros", seria "muy débil el poder que se le confía al infrascripto".
La Sala llama a
plebiscito para el 26, 27 y 28 de marzo, debiendo pronunciarse a favor o en contra de la suma de poderes conferida. "No se tiene noticia – dirá Sarmiento en
Facundo – de ciudadano alguno que no fuese a votar... Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica: nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni sostenido por
la opinión”; "Su popularidad (de Rosas) era indisputable – corrobora Esteban Echeverría, otro de los grandes enemigos del Restaurador –. No sólo el pueblo,
sino la juventud y la clase pudiente lo deseaban, lo esperaban cuando asumió la suma del poder.” El resultado fue aplastante: 9.713 sufragios por sí, 7 por no.
“Todos, menos algunas notabilidades unitarias votaron ese día", dirá el general Iriarte, otro enemigo de Rosas, en sus Memorias.
El 13
de abril la Sala ratifica el pronunciamiento popular. Sobre sus anchas espaldas el Restaurador tomará todo el
peso del gobierno y todas sus responsabilidades. Salvará “si puede” a la República; si no perderá “fortuna y honra” en la patriada.
Lo primero es desentrañar
la muerte de Quiroga. Los Reinafé buscan un respaldo en López, pero con tan poca discreción que don Estanislao los abandona. Acabarán acusándose entre ellos. Santos
Pérez confiesa: ha cumplido órdenes, “don Francisco, don José Antonio y don Guillermo Reinafé” le garantizaron que “era cosa convenida” asegurándole que López
y Rosas estaban de acuerdo, y “nada tenía que temer” José Antonio y Guillermo niegan haber dado esa orden, y confiesan que "son cosas de Francisco" (quien
ha conseguido huir a Montevideo). Lo mismo dice José Vicente Reinafé, el gobernador, mientras Francisco desde Montevideo – según Ramón J. Cárcano – se disculpa
que la orden fue de José Vicente “y me quiere hacer cómplice". Pero los tres encausados aceptan que supieron el crimen y nada hicieron por evitarlo. Con eso
firman su condena a muerte.
El crimen esclarecido; López
vuelto al redil; los unitarios y doctrinarios atemorizados. Por el momento se posterga el plan de sangre y escándalo.
ESTADO ECONÓMICO
Y FINANCIERO EN 1835
Liberada de España, la
Argentina cayó en la dependencia de Inglaterra. Coloniaje indirecto en lo político; dominación directa en lo económico y financiero. Envuelta en palabras bonitas y
frases sublimes se nos dio una "independencia" que nada tenía de independiente; ya hemos visto la tutela ejercida por Gran Bretaña en lo político valiéndose
de la escasa visión nacional de la clase nativa gobernante. Ahora veremos el coloniaje material al que estuvimos reducidos.
No fue culpa solamente de
ingleses y nativos; lo empezaron los españoles, que en 1809 – un año antes de la Revolución – abrieron el puerto de Buenos Aires al libre comercio con Inglaterra.
Porque permitir la introducción de mercaderías inglesas en 1809 significaba la ruina de los talleres y obrajes criollos, cuyos productos hechos a mano no podían
competir con el menor costo de los ingleses, fabricados a máquina. Esto lo sabía perfectamente el virrey Cisneros, pero los españoles necesitaban la alianza inglesa
para defenderse contra Napoleón y debieron ceder a la exigencia de éstos, que, a su vez, buscaban imprescindiblemente mercados de consumo para su gran producción
fabril. La verdad es que España, deliberadamente, sacrificó en 1809 la independencia económica de sus colonias a fin de salvar la independencia política de la metrópoli.
Y nosotros, que nunca fuimos "colonia económica" de España (abastecíamos nuestras necesidades internas en gran parte, sin recibir de la península mercaderías
elaboradas), pasamos a serlo de Inglaterra: una colonia económica – no está de más repetirlo – “es un país que produce materias primas y víveres para otro que
le vende productos industrializados".
Así, debido a las conveniencias inglesas, las necesidades españolas y – si se quiere – la biblioteca de Mariano Moreno, se perdió en 1809 la independencia económica. A decir verdad, en 1809 Cisneros no abrió de par en par las puertas a los géneros de Manchester y Birmingham para que barrieran a sus similares criollos, sino que la entreabrió a fin de contentar a los ingleses aliados de España contra Napoleón. Les puso algunas trabas, con descontento de los exportadores ingleses y de sus abogados nativos; pero éstos, llegados al gobierno en mayo de 1810, se encargarían de quitarlas, diciendo, y desde luego era verdad, que se necesitaba el decidido apoyo de los ingleses para emanciparnos políticamente de los españoles. Si era esa salir de Guatemala para caer en Guatepeor, lo dejo a los historiadores de mañana.
EL JOVEN ROSAS Y SU LUCHA POR EL “JUSTO
PRECIO”
En 1809 se dijo que el libre comercio con los ingleses favorecería a los hacendados nativos (e invocando la representación de éstos actuó el abogado nativo de los comerciantes británicos), que podrían vender a Inglaterra, en gran escala, sus productos pecuarios. Se arruinarían las provincias del interior, preponderantemente artesanales; pero se beneficiaría Buenos Aires, casi exclusivamente ganadera. Pero no ocurrió así, porque eso de que el precio lo fija una ley de oferta y demanda no ocurre en todos los casos. Tratándose de una economía fuerte (como era la inglesa) contra una economía débil (como la de los estancieros bonaerenses), el precio lo pone el fuerte, y el débil se aguanta. Los exportadores ingleses formaban un monopolio comprador de cueros y sebos (únicos productos exportables) y fijaban la "ley" que los hacendados debían aceptar, o dejar que sus productos se pudrieran en las barracas.
Pero hacia 1813 la acción
de los productores criollos marcha coordinada. Frente al monopolio comprador han levantado un monopolio vendedor llamado Unión de Estancieros que pretende fijar la
"ley", negándose a malvender los cueros y sebos. Para no depender exclusivamente de los exportadores ingleses de cueros y sebo han industrializado la carne
(antes un subproducto que, colmado el abasto interno, se tiraba a los caranchos), ayudándose mutuamente para construir saladeros. Como los ingleses ni compran ni quieren
trasportar la carne salada, la Unión fleta buquecillos que la lleva a Estados Unidos y Brasil, principalmente. No dependen, por lo tanto, exclusivamente del monopolio
comprador inglés y pueden fijar el “justo precio" de los cueros y del sebo: si los ingleses no los compran a la "ley” criolla, que los dejen no más, que
éstos sacan ganancias de otra parte. Esta dura y difícil guerra económica se desenvolvió entre 1813 y 1820, valiéndose los exportadores de todos sus recursos (en
1817 el director Pueyrredón ordenó el cierre de los saladeros), pero los ganaderos criollos acabaron por triunfar. A su frente se movió Juan Manuel de Rosas, apenas de
20 años en 1813, pero ya de enérgica, y magnética personalidad.
EL COLONIAJE FINANCIERO: EL BANCO
Y EL EMPRÉSTITO
El triunfo de los
estancieros no significaba, desde luego la independencia económica; sólo que no se arrebataran a los nativos las módicas ventajas del colonialismo impuesto en 1809. El
libre cambio favorecía al “puerto” (los exportadores y sus abogados) y a la campaña bonaerense (los estancieros con saladeros), pero perjudicaba a los carpinteros,
calafates, plateros y tejedores del interior.
Hubo algo más, y fue la
dominación financiera impuesta en tiempos de Rivadavia. El 6 de setiembre de 1822 abrió sus puertas el Banco de Buenos Aires (trasformado en 1826 en Banco Nacional),
entidad que tendría el monopolio del crédito, emitiría billetes de papel a recibirse como moneda circulante, y custodiaría las rentas del Estado. Estaba organizado de
tal manera que los accionistas ingleses lo manejaban; no ingleses radicados en el país, sino empresas domiciliadas en Londres. En la práctica, era el ministro inglés
en Buenos Aires quien daba las órdenes al directorio formado por nativos dóciles. El tal Banco “Nacional" fue un precioso instrumento de dominación
imperialista; financió en 1824 la ocupación portuguesa en la Banda Oriental, en 1826 la guerra contra los caudillos federales, no permitió a Dorrego, en 1828, seguir
la guerra contra Brasil obligándole a terminarla de acuerdo a las conveniencias británicas, y pagó (ésa es la palabra) a las tropas que lo voltearon y fusilaron ese
mismo año.
Otra arma imperialista
era el empréstito de un millón de libras contratado con banqueros ingleses el 1º de julio de 1824, pero recibiendo poco más de medio millón (empleados en acrecentar
el capital del Banco "Nacional”). Era evidente a todos, menos a Rivadavia, que no podrían pagarse los servicios de intereses y amortizaciones, y por lo tanto los
ingleses podían cobrarse con la aduana, tierra pública "y demás rentas” que garantizaban el cumplimiento. Es decir: ocupando legalmente el país. Claro está
que no lo harían si el gobierno se mantenía "amigo". Por lo tanto, el empréstito pendía como una espada de Damocles sobre cualquier gobernante que intentara
una política de liberación.
PRIMER ACTO DE LIBERACIÓN: LA LEY DE
ADUANA DE 1835
Conjeturablemente, Rosas
no advirtió la índole de las ligaduras con el extranjero al asumir el gobierno por primera vez, en 1829; sólo la mentalidad de los unitarios que anteponían su clase
social a la nacionalidad, y creyó posible reconducirlos al buen camino. Cuando se dio cuenta del motor que los movía, comprendió que la lucha sería tremenda y, tal
vez perdida de antemano. Es cierto que tenía el pueblo consigo, pero un gran pueblo y un gran jefe no bastan para liberar a una nación. Se necesitaba una élite, y no
la encontraba. Sólo podía gobernar desentendiéndose del problema fundamental de liberar a la Argentina del imperialismo.
Pero en 1835 está otra
vez en el gobierno. Ahora se llevará todo por delante, aunque debe saber en lo íntimo que su fama y su honra, se la comerán los perros, como decía Sancho Panza.
El 18 de noviembre de
1835, en uso de la suma del poder público, dicta por su propia autoridad la Ley de Aduana que regiría desde el 1º de enero de 1836. Rompe con ella el esquema liberal.
No habría más libertad de comercio, que mataba las industrias nativas en beneficio de las fábricas de Inglaterra: prohíbe la introducción de similares extranjeros de
aquellos productos que aún se elaboraban en el interior (tejidos, algunas herrerías y carpinterías, etc.) y grava con altos aranceles la importación de aquellas que
podían fabricarse en el país. Favoreció también a los alcoholes y vino de Cuyo, azúcar de Tucumán y Corrientes, tabacos de Salta y yerba de Misiones.
¿Cómo Rosas, estanciero
y porteño, pudo hacer una ley en beneficio de los industriales y las provincias del interior? No lo podrían entender quienes suponen intereses materiales en toda gestión
política, pero resulta fácil explicárselo aceptando que Rosas hacía prevalecer las conveniencias nacionales sobre las ventajas locales o personales. Pero al móvil
patriótico no lo comprenden todos los historiadores.
La Ley de Aduana – que
rigió con algunas modificaciones hasta la caída de Rosas – sirvió para muchas cosas buenas: a) quitar los recelos del interior contra Buenos Aires; b) crear una
considerable riqueza industrial (por supuesto, aun en su fase artesanal, aunque en 1845 – gobernaba Rosas – se estableció la primera máquina a vapor); y c) no hacer
tan vulnerable al país a un bloqueo de las potencias marítimas si se hubiese dependido exclusivamente de la exportación e importación. Y para una cosa mala: que los
enemigos políticos de Rosas – como Florencio Varela – hicieran ante los ingleses una campaña contra el tirano que perjudicaba los intereses británicos.
El segundo – y tremendo
– golpe contra el imperialismo dominante fue la incautación del Banco "Nacional" el 30 de mayo de 1836, “árbitro de los destinos del país y de la suerte
de los particulares, (que) dio rienda suelta a todos los desórdenes que pueden cometerse con una influencia tan poderosa", dice el mensaje del gobierno dando cuenta
de la medida.
Usando de la suma de
poderes, Rosas hizo de la entidad extranjera una dependencia de gobierno: la Casa de Moneda, también llamada "Banco de la Provincia de Buenos Aires", que
emitiría el papel circulante, recibiría los depósitos fiscales o particulares y descontaría documentos.
“En la hacienda pública no hay suma de poderes", diría Rosas en la sala legislativa al reorganizar, en 1835, las funciones de la Contaduría. Seguía en esto la honrosa tradición de las autoridades españolas, que todo lo podían menos gastar un ochavo sin rendir cuentas.
La política
administrativa de Rosas consistió en los tres postulados que expuso en su mensaje inicial de 1835: estricta economía, en los gastos, eficiencia en la administración,
correcta recepción de la renta. “En ningún momento de sus diecisiete años de gobierno se desvió dé estos principios", dice un critico tan severo con Rosas
como el norteamericano Myron Burgin. (A pesar de ello, sus vencedores lo llamaron ladrón – calificativo que repitió Mitre en su conocida carta a Saldías –; pero lo
llamaron, nada más).
Rivadavia había
hipotecado la tierra pública en garantía de la deuda externa; por eso no la pudo vender y debió movilizarla entregándola en enfiteusis (alquiler a largo plazo). No
fue una medida de progreso, como dicen algunos despistados: las concesiones de enfiteusis fueron en extensiones de cien leguas o más, y nunca se cobró el arrendamiento.
Rosas dictó varias leyes
sobre tierras públicas. La Ley Agraria del 10 de mayo de 1836, que restableció la propiedad de la tierra (pasándose por alto la garantía del empréstito, como si no
existiera): se daba opción de compra a los enfiteutas que poseían la tierra, pero pagando sus alquileres atrasados y abonando un "justo precio" por cada
legua; si no lo hicieran, se la vendería en suertes de estancia (media legua por legua y media) a quien pagase mejor
precio. Como la mayor parte de los enfiteutas no quisieron comprar, Rosas les anuló sus concesiones, el 28 de mayo de 1838, y puso en venta las "suertes de
estancias", con aviso de remate en los periódicos. La respuesta de los enfiteutas fue la revolución de los estancieros del sur (que algunos llaman de "los
libres del sur”) de noviembre de 1839.
En marzo de 1838 había
empezado el bloqueo francés (del que me ocuparé más adelante) y los negocios rurales no prosperaban. No hubo, por lo tanto, mayores compras de tierras. Entonces Rosas
resolvió donarla "a quien quisiese trabajarla”; por decreto del 9 de noviembre de 1839 (dos días después de la victoria sobre los "libres del sur”, en
Chascomús) la repartió entre militares y civiles en fracciones que iban de seis leguas a tres cuartos. Como nadie, o muy pocos, tenían capital para poblar, la Casa de
Moneda les abriría un crédito suficiente, con la garantía del juez de paz del partido.
"Rosas malbarató la
tierra pública", han dicho los antirrosistas; era un "régimen arbitrario", agrega Vicente Fidel López, "porque sólo sus partidarios políticos podían
gestionar la garantía del juez de paz”. Es cierto, Se colonizó la tierra en pequeñas fracciones. Y encima se les dio plata a los pobladores, y, desde luego, el
enemigo político o el indiferente no pudieron optar a ella. Pero debe comprenderse que la única garantía posible era la conducta personal, porque no se podía
hipotecar la tierra, que nada, o muy poco, valía. El juez de paz del partido garantizaba con su palabra que el peticionante era buen federal y en esa garantía política
estaba todo. Si no cumplía por sequías o epidemias, un testimonio del juez bastaba para prorrogar la letra; si era por otros motivos, el juez debería explicarle al
gobernador por qué había llamado buen federal a un tramposo. Y mejor era para éste escaparse a Montevideo.
Los pequeños
propietarios "buenos federales” que colonizaron la campaña e hicieron prosperar la frontera no llegaron a ser pioneros, como los campesinos norteamericanos en sus
mismas condiciones. No sobrevivieron a la caída de Rosas. La política posterior a Caseros, desguarneciendo los fuertes del Colorado y el Negro, hicieron resurgir los
malones con violencia, y la pequeña propiedad fue la principal víctima. Además, la nueva política crediticia exigía garantías hipotecarias que los pequeños
estancieros no podían pagar. Hostigados por indios y acreedores, perdieron sus propiedades, que fueron regaladas en grandes extensiones al reconquistarse el desierto.
Otra cosa curiosa que
entrego a la reflexión de los enemigos de Rosas: don Juan Manuel, que era propietario de grandes estancias conseguidas con su trabajo personal (desde luego que antes de
llegar al gobierno; porque sus escrúpulos morales le hicieron disolver su sociedad de consignaciones con José Nepomuceno Terrero al asumir el cargo y no adquirir una
parcela más de tierra), hizo desde la función pública una política exclusivamente en beneficio de los pequeños propietarios.
Es decir: no lo movía un
interés de clase en su gestión política. Sino precisamente al contrario.
Intervención Francesa
(1838 - 40)
Después de las medidas
de liberación económica financiera tomadas por Rosas entre 1835 y 1837, era cuestión de tiempo la intervención inglesa, y el Restaurador se preparó a resistirla. En
lo que se equivocó fue en suponer que todos los argentinos, sin distinción de divisas partidarias estarían con su patria: no creyó – ya se desengañaría – que
algunos compatriotas antepondrían las conveniencias partidarias o de clase, a la nacionalidad misma.
No llegó de inmediato la
esperada intromisión británica. Vinieron los franceses a sacarles las castañas del fuego a los ingleses; la Francia del rey Luis Felipe y la Inglaterra de la reina
Victoria estaban unidas por la llamada entente cordiale y actuaban juntas en las empresas coloniales, repartiéndose el producido; Francia muy patriotera – muy chauvin,
usando el término corriente entonces – buscaba la "gloria de la tricolor", bastante menguada después de la caída de Napoleón; Inglaterra, más práctica,
ventajas comerciales.
El 30 de noviembre de
1837 el vicecónsul francés en Buenos Aires, Aimé Roger, presentaba por orden de su gobierno una insolente reclamación al gobierno argentino: que se pusiera en
inmediata libertad al litógrafo suizo César Hipólito Bacle, detenido, en su casa particular, por haber vendido pianos del Estado Mayor argentino al gobierno de
Bolivia, con el que se estaba en guerra; que igual se procediera con un cantinero francés acusado de un delito común; y que no se llamase a los franceses residentes en
el país al servicio de milicias, como lo disponía la ley para los extranjeros con propiedades y familia aquí. Invocaba, para esto último, que los ingleses estaban
exceptuados del servicio de milicias por su tratado con Rivadavia. Después agregaría otros cargos, amenazando con "tomar las medidas consiguientes al honor de
Francia”, si no se le satisfacía “con urgencia". Roger obraba en cumplimiento de instrucciones del gobierno francés del 7 de julio, que un día antes – el 6
– había ordenado el contralmirante Leblanc "apoyase coercitivamente” las reclamaciones del vicecónsul.
El gobierno argentino no
se negó a darle a los franceses "el mismo trato que a los ingleses", pero siempre que se concluyese un tratado de obligaciones recíprocas como con aquellos;
de ninguna manera a titulo de imposición (8 de enero de 1838). Roger pidió, entonces, audiencia a Rosas, concedida para el 7 de marzo. El gobernador “con cortesía,
pero con firmeza" (informa el francés) insistió en “no aceptar imposiciones”, Como Roger, con escaso tacto, habló de que Francia "desataría la lucha de
partidos, imponiéndose a los enemigos del federalismo", Rosas lo trató a los gritos (el ministro inglés Mandeville, en antesalas, oyó los gritos y “malas
palabras”), asegurando que "los argentinos no se unirían al extranjero”, y si la escuadra de Leblanc pretendía imponerse por la fuerza, tal vez lo conseguiría
pero "debería contenerse con un montón de ruinas”. Sobrevino entonces la ruptura. Leblanc quiso dar "una última oportunidad" a Rosas para, que
"reflexionase sobre las consecuencias" que traería "al país que os ha escogido para gobernarlo" (24 de marzo). Rosas le contestó que "exigir
sobre la boca del cañón privilegios que sólo pueden concederse por tratados, es a lo que este gobierno, tan insignificante como se quiera, nunca se someterá” (27 de
marzo). En consecuencia el contralmirante declaró el riguroso bloqueo (28 de marzo).
Como he leído en La Nación
del 21-12-69 que el Dr. León Rebollo Paz entiende que Rosas “sólo defendió la soberanía cuando esta defensa coincida con la defensa de su gobierno, de su posición
personal y de sus intereses (?)”, pero en 1829 "cuando pudo y debió defender la soberanía nacional sin defender nada propio, no solamente no lo hizo sino que
conspiró contra ella”, me veo obligado a aclararle lo ocurrido en 1829. Lavalle se había apoderando del gobierno, y para reforzar sus tropas convocó a la milicia.
Protestó el cónsul francés – Washington de Mendeville – porque las milicias (había 1.500 vascos franceses en ella) “pueden ser llamadas para combatir bandoleros
y cuidar el orden, pero no para tomar parte en las guerras civiles"; contestó el ministro de Lavalle – Díaz Vélez – que "(ésta) no era una guerra
civil” y "el llamado ejército federal era una invasión de salvajes mandados por caciques que no respetan ley ni principios"; rearguyó el francés que ésa
sería una opinión particular y apasionada del ministro, pero "el ejército que marcha contra. esta ciudad es una tropa organizada que maniobra con un objetivo político";
insistió el unitario que los federales "eran bárbaros que amenazaban la vida y propiedad de los habitantes" (5 al 15 de abril de 1829). En consecuencia el cónsul
pidió sus pasaportes, y los unitarios se los dieron afrontando gallardamente las consecuencias de un conflicto con Francia. El 21 de mayo se hace presente el comodoro
Venancourt con una escuadra francesa apoderándose de los buques unitarios surtos en la rada.
Aquí ocurre la actitud
de Rosas que no le gusta al Dr. Rebollo Paz. Como “representantes del gobierno legal (la Convención Nacional que sesionaba en Santa Fe), Rosas se dirige al comodoro
para hacerle saber, en términos corteses, que los buques secuestrados pertenecen al “gobierno legal" y no debería devolverlos a los revolucionarios, sino a éste,
o “guardarlos cerca y en seguridad” a la espera del fin de la guerra, si le cabía alguna duda sobre la legalidad. También le pidió una entrevista para explicarle
la situación; pero Venancourt prefirió entregarle los buques a los unitarios, que el 25 de mayo – ¡lindo día para achicarse! – se allanaron a desmovilizar a los
vascos.
La actitud de Rosas,
delegado del gobierno soberano, ante la actitud de Venancourt es la única, que corresponde, y no comprendo cómo “en defensa de la soberanía” pudieran tomar otra.
Además, no puede compararse la situación de 1829 con la de 1837. En 1829 el cónsul francés ha pedido, con toda razón, que no se aplicase la ley de milicias a una
guerra civil; en 1837 el vicecónsul Roger exige la derogación de esta ley (que no se aplicaba). En 1829 la escuadra francesa obró contra revolucionarios que se habrían
extralimitado, y Rosas interviene en nombre del gobierno legal; en 1837 el ataque es directo contra la autoridad legal. En 1829 los unitarios ceden; en 1837 Rosas no cede
y acepta todas las consecuencias.
¿Qué buscaban en 1837
los franceses con sus pretensiones? Ningún provecho importante; apenas una victoria diplomática "que pusiese bien en alto el prestigio de Francia aunque fuese
contra un país pequeño e indefenso como era la Confederación Argentina. Nadie creía – ni el premier francés Molé, ni su colega inglés Palmerson – que Rosas
dejaría de allanarse. Francia tendría su "triunfo" para orgullo de los chauvins burgueses de Luis Felipe, y a Inglaterra le sería fácil arremeter a un Rosas
dolido y quebrado.
No ocurrió así y una
palabra poco usada hasta entonces – “soberanía” – se oyó en las calles porteñas y leyó en los documentos oficiales. No todos entendieron lo que era la
"soberanía", como no todos la comprenden ahora. Muchos de los legisladores que habían dado a Rosas la suma de poderes se extrañaron de la tozudez del rústico
gobernador. ¿Qué costaba aceptarle lo que pedían los franceses?: la libertad de unos cuantos malandras que se indemnizarían con chirolas, y decir que la ley de
milicias no se aplicaría a los franceses. Además era justo: si los ingleses no estaban sujetos a la milicia, tampoco deberían estarlo los franceses; más tratándose
de una “cuestión lírica”, porque a la milicia no se la convacaba hacía tiempo, y posiblemente no se la convocase nunca más. Sólo por capricho el gobernador se
precipitaba a un conflicto de consecuencias imprevisibles, que era tan fácil de soslayar. Que empezaba con el bloqueo, pero podía seguir con la guerra como decía Roger, o con el bombardeo de Buenos Aires.
Pero a Rosas no se le
mueve un pelo. Si hubiera considerado sus intereses particulares y su estabilidad gubernamental, como cree el Dr. Rebollo se habría allanado a Roger: pues el bloqueo lo
perjudicaría como estanciero, y el conflicto podría llevarle a perder el gobierno. Parece que para él había algo más importante que sus intereses y estabilidad ya
que dice a la Sala que era preferible “hundirse entre las ruinas de Buenos Aires”, antes de ceder un ápice a los franceses pues la soberanía es como el honor, se
pierde una sola vez y para siempre. Si se achicaba ante Roger y Leblanc, mañana vendría el ministro inglés con los mismos argumentos a exigirle que devolviese el Banco
y restableciese la libertad de comercio, y “para eso hubiera sido preferible que siguiéramos españoles", según sus propias palabras.
MONTEVIDEO, BASE DE OPERACIONES
FRANCESAS (OCTUBRE DE 1838)
El bloqueo fue tremendo.
No hubo recursos públicos, y no pudieron pagarse los sueldos (rebajados a la soldada de un milico). Los profesores no cobraron (los unitarios se negaron a dictar clase
en esas condiciones), pero no obstante la universidad no se cerró: los maestros fueron pagados por las familias de los alumnos, y hubo que repartir los huérfanos del
Asilo entre las señoras de la Sociedad de Beneficencia. No había pan (la mayor parte de la harina se traía de Río Grande), y tampoco mercaderías extranjeras. Pese a
todo el pueblo aguantó estoicamente junto a su jefe, pero la “clase principal" puso el grito en el cielo. Quedó demostrada la paradoja de que los bloqueos
molestan a quienes se privan de lo superfluo, pero los toleran quienes carecen de lo indispensable. Mariquita Sánchez, hasta entonces amiga de Rosas, se distanció de éste
porque "no hay jabones de olor en Buenos Aires"; en cambio los humildes, sin pan y con poca yerba, se sintieron cada vez más solidarios con el Restaurador.
No se limitó Leblanc al
bloqueo del litoral argentino. Quiso disponer de Montevideo como base de operaciones, y así lo pidió al presidente Oribe que se negó cortésmente: el Uruguay era
neutral en el conflicto. Entonces los franceses financiaron una revolución de Fructuoso Rivera, y Oribe fue sustituido por éste (23 de octubre); Montevideo quedó
convertida en base de operaciones contra la Argentina, y don Fructuoso, muy seriamente, firmó una declaración de guerra contra Rosas, que le llevó Aimé Roger (24 de
febrero de 1839).
Después de vencer la
resistencia de algunos patriotas (entre ellos Lavalle), se formó en Montevideo un gobierno argentino en el exilio encargado de insurreccionar todo el país. Se lo llamó
Comisión Argentina y estaba integrado, entre otros, por Florencio Varela, Salvador María del Carril y Julián Segundo de. Agüero.
Los franceses no harían
la guerra directamente a la Argentina: se valdrían de auxiliares (el término les pertenece) que armarían generosamente. Uno de ellos – que en gran parte los burló
–, fue Rivera; los otros fueron el ejército libertador de Lavalle, los “libres" del sur, la Coalición del Norte, que ensangrentaron el país entre 1839 y 1840.
No es un secreto que la Comisión Argentina los financiaba con dinero que le daban los franceses. ¿Cómo se sabe esto?... Los documentos han sido publicados. Voy a dar
uno solo, de elocuencia sobradora: sesión de la Asamblea francesa del 29 de mayo de 1844. Habla Thiers (en la oposición): dice que cuando fue primer ministro en 1840
"entregó dos millones de francos según las órdenes del señor mariscal Soult, para la política de ganar aliados en Montevideo, porque no habiéndose querido
trasportar un ejército al Río de la Plata era natural que nos sirviéramos de gentes de país para combatir a los enemigos”. Sigue después el barón de Mackau,
ministro de Marina: “les sumas gastadas para ganarse auxiliares son más de lo dicho”: hubo 300.000 francos en 1838, después 2.340.000 en 1839 "para hacer la
guerra, para excitar los partidos unos contra otros”. La sesión sigue el 31: Guizot, que es ministro de relaciones exteriores, lee las instrucciones de Thiers a Mackau
en 1840: un párrafo dice “os encontraréis en presencia de auxiliares que han obtenido de nosotros grandes socorros, sin retribuirnos ni aun en proporción los
servicios recibidos”. Thiers interrumpe: “¡ Eso se dirigía a Lavalle!”. Guizot sigue: "Eso se dirigía a Lavalle y a Rivera, porque allí se nombra a los dos".
Nuestra historia académica
llama reacciones contra Rosas, y los llena de elogios, a estos ejércitos de mercenarios pagados por el enemigo. No está de más recordar que nuestra ley penal castiga
con la más infamante de las penas al traidor a la patria, definiéndolo como “quien presta ayuda y socorro al enemigo”; no dice que hay que levantarle estatuas.
También el Código Penal castiga como apologista del delito a "quien hace el elogio de hechos castigados por la ley"; no dice tampoco que hay que hacerlo académico
de la Historia.
FIN DE LA INTERVENCIÓN FRANCESA: EL TRATADO MACKAU (29 OCTUBRE DE 1840)
Inglaterra, por su
ministro en Buenos Aires Mandeville, había tratado que Rosas se allanase a las pretensiones de Roger en marzo de 1838. Claro está que si Rosas se achicaba a los
franceses, con más razón tendría que hacerlo con los ingleses. No lo hizo, y el ministro guardó una actitud aparentemente neutral, conforme a las órdenes de su
gobierno. Aparentemente neutral, porque a una sola guiñada de la escuadra inglesa, la francesa hubiera debido abandonar el bloqueo.
Los ingleses, cuyo
comercio se perjudicaba con el bloqueo, lo aceptaron con la esperanza o promesa verbal de que no se prolongaría más de un año, suficiente para que Rosas se doblegase o
cayese. Los comerciantes de Buenos Aires y los productores de Inglaterra podrían sacrificar durante un año sus ganancias en beneficio de los intereses superiores del
Reino Unido. Cuando pasó el año, y Rosas se mantenía incólume, empezaron las protestas en Londres y el canciller Palmerston fue conminado a definirse. Como le
aseguraban que Rosas estaba por caer dice – 23 de abril de 1839 – al ministro argentino Manuel Moreno que la actitud francesa "no está desprovista del todo de
fundamento” porque era excesivo que los extranjeros sirviesen en la milicia. Rosas, por Moreno, le hizo saber "que el gobierno (argentino) prefería la desolación
del país a su avasallamiento” (22 de julio), y "era preferible la dominación española antes que someterse a imposiciones de otros extranjeros” (25 de
septiembre).
En 1840 la situación de
Palmerston se torna angustiosa. Los intereses ingleses perjudicados por el bloqueo promueven interpelaciones en los Comunes, que el canciller sortea dificultosamente. Ya
van dos años de financiaciones y guerras, y Rosas no ha caído. Para peor las cosas se complican en el Cercano Oriente, donde chocan los intereses ingleses (que apoyan a
Turquía) con los franceses sostenedores de Egipto. Thiers, el más belicoso de los chauvins franceses, es ahora premier francés y se oyen gritos guerreros en las calles
de París: hay que acabar con Rosas – le monstre sudamericain –, pero también imponerse a Inglaterra. Se prepara una gran escuadra con 6.000 hombres de desembarco
para concluir de una buena vez la question del Plata: a su frente irá el almirante Baudin, el “héroe" que bombardeó el fuerte de San Juan de Ulúa en México.
Ya no se trata de secundar las conveniencias inglesas; se trata del “honor francés” ultrajado por le Gauchó. Se habla libremente de notre protectorat de Montevideo,
y a veces de notre colonie. Si a Inglaterra no le gusta, peor para ella: tanto en Egipto como en el Plata se pondrá “bien en alto" la tricolor. Por pronta
providencia se lo trasporta, a Lavalle hasta las cercanías de Buenos Aires.
Todo no pasa de un
gigantesco bluff. Cuando Palmerston se pone severo, Luis Felipe amaina lastimosamente. Mehemet Ali es abandonado en Egipto, y Lavalle en las puertas de Buenos Aires. En
vez de Baudin con sus marinos de desembarco, llegará Mackau con plenipotencias diplomáticas a hacer la paz como quiera Rosas (29 de octubre de 1840). Es cierto que el
honor francés ha quedado malparado, y las conveniencias inglesas no han sido satisfechas quedándose Rosas en el gobierno con su ley de aduana, su Casa de Moneda y sobre
todo su prestigio de triunfo. Pero todo se solucionará cuando arregladas las diferencias de ingleses y franceses, puedan volver juntos a imponerse al difícil
Restaurador.
Todo personaje importante
de la historia ha sido calificado de inhumano por sus enemigos cuando deben justificar una alianza con el extranjero: Napoleón era el "corso sanguinario" para
los legitimistas franceses, disculpándose de militar con los enemigos de Francia; San Martín ha sido pintado con cuerpo de tigre por los chilenos que apoyaban a los
españoles; Artigas era el "más sanguinario perseguidor de la humanidad” en las cartas de Rivera de 1820 explicando su pase a los invasores portugueses; Francisco
Solano López el "aborto de América", el "gran teratólogo", para los legionarios paraguayos que combatían en las filas de la Triple Alianza contra
su patria.
Muchas veces se usó el
terror – y la imputación de terror – como arma política, tanto en la historia universal como en la nuestra. La vemos en el Plano de Operaciones de Moreno
corroborado por las instrucciones de su puño y letra a Castelli que están en el Archivo Nacional; la usó Bolívar en su “guerra a muerte” de 1813; la desenterraron
los unitarios en la revolución de diciembre de 1828, que hemos visto con anterioridad. Ni Moreno, Castelli, Bolívar, Lavalle o Paz eran seres sanguinarios; tampoco lo
fue Mitre que mandó sus divisiones en 1861 a apoderarse a sangre y fuego del interior, ni Sarmiento que le aconsejaba "no ahorrar sangre de gauchos; es un abono que
debemos hacer útil al país" (carta de 20-9-61 en Archivo Mitre, t. IX, p. 306).
¿Por quiénes y con que
fin se desató el terror en nuestra historia?. Dejemos de lado los tiempos de Moreno para reducirnos a las guerras civiles. No hay terror – a pesar de las afirmaciones
de Mitre y Vicente Fidel López – en las luches de Artigas contra el Directorio: sólo "guerras" con sus inevitable consecuencias durante el año 20. Tenemos
que llegar a los colombianos de López Matute, en 1826, para toparnos con saqueos, degüellos, violaciones e incendios. Los colombianos eran un regimiento de llaneros
venezolanos (Venezuela pertenecía a la Gran Colombia en aquel entonces), que después de desertar de las filas de Sucre fueron contratados por Rivadavia para integrar el
ejército presidencial que sostendría su política en el interior. Resultaron tan horrorosas sus depredaciones, que acuñaron el epíteto salvajes unitarios usado desde
entonces. Pero no le echemos la culpa a Rivadavia ni a Lamadrid (jefe del ejército presidencial) – que en sus "Memorias” se horroriza de lo que hacían los suyos, y confiesa no poder controlarlos –, ni atribuyamos a este terror el propósito político de
amedrentar o exterminar la inmensa mayoría federal. Los colombianos eran mercenarios y estaban lejos de su tierra: hacían lo de todos los mercenarios cuando se
encuentran en el extranjero y gozan de impunidad. Claro es que el terror engendra el terror y no debemos extrañar que Quiroga con sus gauchos no dejase un solo
colombiano con vida.
Tal vez por la eficacia
que tuvo el terror de los colombianos en las guerras de la presidencia, los unitarios lo restablecieron, fría y deliberadamente, como arma política en su revolución de
diciembre de 1828. Comprendemos (sin disculparnos por eso) que se trataba de una minoría que debía imponerse a una mayoría; la sola posibilidad era por la fuerza y con
el miedo. De allí que personas cultas, y descarto que bondadosas, como los clérigos Valentín Gómez y Julián Segundo de Agüero, el poeta Juan Cruz Varela, el
financista Salvador María del Carril, se nos presenten sanguinarios e implacables; "Este país se fatiga 18 años hace, en revoluciones sin que una sola haya
producido un escarmiento..., una, revolución es un juego de azar donde se gana la vida de los vencidos" escribe Carril a Lavalle aconsejando el fusilamiento de
Dorrego.
Varela piensa lo mismo:
en El Pampero escribe que "Lavalle debiera degollar a cuatro mil". He recordado antes la locura homicida que se apoderó de los más dignos unitarios en esos trágicos
años 1828 y 1829 (las cartas de Carril han sido publicadas por A. J. Carranza en su libro “El general Lavalle ante la justicia póstuma”).
El terror es
imprescindible para que una minoría pueda imponerse a una mayoría. En ese concepto, diremos político, lo usaron los unitarios en 1828 y 1829, y los volvieron a emplear
– con el pobre Lavalle otra vez de instrumento – en la trágica Expedición Libertadora de 1839 a 1841. Es comprensible: un puñado de mercenarios repudiados por el
pueblo entero sólo pedía accionar por el miedo que inspiraban:
"Se engañarán los
bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia – dice la proclama de Lavalle a los correntinos en 1839 –. Es preciso degollarlos a todos... Muerte,
muerte sin piedad"; en otra del 29 de noviembre de 1839 a sus tropas:
"Derramad a
torrentes la inhumana sangre, para que esta raza maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión". Mataba y hacía matar sin compasión a quienes no se
incorporaban a sus filas... ¿Vesania? ¡No! Política, tal como la entienden los grupos minoritarios. Como su esposa se
asustó al leer en Montevideo esas cosas, Lavalle le explicará: "La proclama me dio 2.000 hombres y llenó de terror al enemigo. Tú no puedes hacerte de esto un
juicio exacto porque estás muy lejos de aquí”. Cuando el mismo procedimiento no le dio resultado en la campaña de Buenos Aires, escribe a su esposa: "No te
hagas ilusiones sobre los triunfos de este ejército. No hace conquistas sino entre la gente que habla; la que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como
puede. Este es el secreto origen de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas, que nadie conoce hoy como yo”. Como su esposa temiera por su vida
"en medio de territorios sublevados o indiferentes, sin base, sin punto de apoyo", Lavalle le da confianza: “En estas tierras de mier... no hay quien me mate
gracias al terror que inspiramos”, (Las cartas de Lavalle a su esposa han sido publicadas por G. F. Rodríguez en su valiosa Contribución histórica y documental Bs.
Aires, 1922. Están en el Archivo Nacional).
Al terror unitario sucedió
al terror federal; al de arriba, el de abajo. Es comprensible. Después de las escenas sangrientas de Buenos Aires en el 28 y 29, Rosas había intentado un olvido
general. No pudo. Los unitarios tomaron como "piedra libre" el generoso perdón, y siguieron conspirando. Y aquí encontramos el "terror de Rosas”
durante su primer gobierno: el fusilamiento del chileno Montero (que debía múltiples favores a Rosas y se dejó ganar por sus enemigos), o el de los prisioneros de San
Nicolás al que me referí antes. En los años 39 y 40 – los años rojos de la historiografía académica –, la reacción
contra el bloqueo, contra el ejército "Libertador”, contra los “auxiliares" de los franceses, contra, los estancieros del sur que querían sacar a ese otro
estanciero del gobierno porque prefería obstinadamente la patria a sus ganancias de exportador de cueros y tasajo, contra los coaligados del Norte que asesinaron al
gobernador Heredia ("No era malo el indio Heredia / que sabia perdonar / ... que lo diga si no Alberdi / que lo diga Marcos Paz y hasta el mismo Avellaneda / lo podría
atestiguar” dice un viejo romance de tradición oral recogido por Carrizo), contra Marco Avellaneda que mantenía la Coalición por el terror, fue tremenda. Lo mismo
que Facundo en 1827 exterminando a los terroristas colombianos, los jefes federales no dieron cuartel ni perdón a quienes con tan mal resultado trataron de imponerse por
el terror. Los unitarios desenvainaron un arma que se volvió contra ellos. Digamos en su elogio, que lo hicieron con plena conciencia de lo que podía ocurrirles. Desde
luego hablo de los jefes militares; porque los doctores que estaban en Montevideo o en Valparaíso y daban máximas como las famosas de la Comisión Argentina de Chile en
1840 (“1º Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos; 2º Debe manifestarse un brazo de fierro y no tenerse consideración con nadie... etc. etc.
") se quedaron en el exilio.
El 5 de setiembre de l
840 Lavalle, en la forma que vimos, se acercó a Buenos Aires. Esperaba coordinar sus movimientos con la escuadra francesa de desembarco. No pasó de Merlo: el 6 supo que
los franceses no sólo no desembarcaría en Buenos Aires, sino harían la paz con Rosas, y debió retirarse en un largo, desordenado, trágico éxodo.
La tensión de la ciudad
por dos años de bloqueos, conspiraciones untarías, levantamiento de estancieros, amenazas de desembarcos franceses, informes de los horrores cometidos por el “Ejército
libertador”, sufrió una distensión de nervios. Los hombres, mujeres y niños que estaban en los “cantones" esperando el ataque francés y unitario se
encontraron repentinamente victoriosos. Ocurrió la explosión violenta, de algo largo tiempo comprimido. Manifestaciones federales recorrieron las calles abucheando las
casas de los unitarios más destacados y apedreando algunas. puertas y ventanas. No se asaltó ninguna todavía; no hubo muertos, aunque la ausencia de los serenos y
vigilantes a caballo (movilizados en Santos Lugares para formar el ejército que combatiría a Lavalle) les daba impunidad. Por orden de Rosas los miembros de la Sociedad
Popular Restauradora, (la mazorca) debieron cuidar el orden, responsabilizándolos, en lo posible, de la efervescencia popular.
No hubo muertos en
setiembre. Pero a principios de octubre a medida que llegaban a Buenos Airea las informaciones sobre los desmanes de los "libertadores" en la campaña, cobran
agresividad las multitudes porteñas. Unitario que encuentran en la calle, lo matan: cae así el doctor Saráchaga que fue ministro de Paz en Córdoba, el santafesino Sañudo,
el apoderado de Agüero Pedro Juan Varangot, un Lamadrid hermano del general, el coronel Sixto Quesada, el portugués Nóbrega y un tal Mones que contribuyeron a la
conspiración de Maza (y Rosas los había perdonado), y algunos más hasta completar veinte en todo el mes. Los siete nombrados no son figuras destacadas del unitarismo, y los otros trece, que completan la nómina
son gente de pueblo, federales a machamartillo. Todas las muertes ocurrieron de noche y, salvo la de Nóbrega, en la calle; agresiones colectivas a manera de los
linchamientos norte-americanos en los siete unitarios mencionados, que cometieron la imprudencia – contra las indicaciones dadas a la población – de salir de sus
casas después de la puesta del sol ("A mi propia hija – escribe Rosas al ministro inglés Mandeville – le he ordenado que de ningún modo esté en su quinta
después de ponerse el sol, porque si amanece degollada eso sería sin remedio... V.E. sale solo de noche (por qué hemos de pagar nosotros ese coraje temerario de V.E.)") Fuera de esos siete unitarios, a los otros trece federales exaltados restantes, se sabe que los ultimaron los mazorqueros. ¿Por qué? Años después de caído
Rosas se procesó a Ciriaco Cuitiño, Leandro Alem, Parra, Troncoso y Badía, integrantes de la mazorca. Cuitiño se hizo único responsable, diciendo que los demás
actuaron bajo sus órdenes, y si dieron muerte a esos trece en las noches de octubre de 1840 fue “porque S.E. el señor gobernador me había encargado defender el orden
en ausencia de la policía, y usamos armas contra los más exaltados". ¿Exaltados unitarios, o exaltados federales que querían entrar en las casas de aquellos a
cometer desmanes'? No abriré un juicio apresurado, ni teñiré de colores angelicales a los mazorqueros para no chocar más con los prejuicios corrientes. Pero aceptemos
que la explicación es viable.
Veinte muertos en treinta
noches del “octubre rojo”. Mucho menos que los 2.500 federales eliminados en Buenos Aires en 1828 y 1829 por los decembristas, que los 500 fusilados por Urquiza entre
el 3 y 20 de febrero de 1852, que los 20.000 (algunos suponen más) criollos masacrados por los ejércitos de Mitre que ocuparon el interior después de Pavón dispuestos
a "no ahorrar sangre de gauchos”. Al cotejar esas cifras me he preguntado muchas veces si no habrá algo de freudiano en este celeste horror de los antirrosistas
por los “crímenes del monstruo". ¿No estarán lavando culpas propias en la pileta ajena?
Queda una duda sobre las
matanzas de octubre: sí Rosas no necesitaba del terror para gobernar, ¿por qué lo permitió? Dejo la palabra al mismo Rosas, que lo explicó a Mandeville: “No debe
extrañar a V.E. que un grupo de hombres desenfrenados persigan a sus feroces enemigos, los salvajes unitarios. No me crea con poder suficiente para reparar hoy esas
desgracias; pensar así es no conocer al país ni a sus hombres, ni alcanzar las consecuencias terribles de la guerra actual. Una medida tal (ordenando el cese de los
desmanes), tomada hoy, causaría una mayor irritación, e inutilizaría el prestigio de la única garantía de orden que puede haber en su tiempo: el poder del gobierno,
en épocas como la presente, no puede exigirse como en los de profunda paz, tranquilidad y sosiego..." La orden se daría cuando fuese acatada. Y así ocurrió; el
31 de octubre, al tiempo de publicarse la capitulación de los franceses con el tratado Mackau, Rosas ordenó a la policía que volviera de Santos Lugares y reprimiese
("hasta con la muerte”) a quien "atacare la persona o propiedad de argentino o extranjero", considerándolo “'perturbador del sosiego público".
No puede hablarse de un
terror en 1839 cuando el complot Maza, la revolución de los estancieros del sur, etc. Ni tampoco de medidas violentas de represión; la mayor parte de los complotados
con Maza fueron liberados con notas infamantes para conspiradores ("Póngase en libertad al joven Carlos Tejedor – dice una de ellas del 25 de julio de 1839 –
entregándoselo a su padre a quien se le prevendrá cuide que su hijo no se relacione con salvajes unitarios"). ¿Esto es vesania, o paternalismo?.
Otro episodio de
“efervescencia popular", parecido al mes rojo ocurrió en abril de 1842, aunque de menor duración (8 días) pero mayor intensidad (38 muertos). No creo que lo de
abril – lo digo en algún libro mío – fuese tan espontáneo como lo de octubre; me parece un “terror político”, deliberado de Rosas para que los unitarios se
quedasen quietos en vísperas de la intervención anglofrancesa. El restablecimiento del cántico de los serenos: "¡Mueran los salvajes unitarios!" en esa época
debió tener el mismo objetivo: anular, por el miedo, un posible frente interno en momentos de empezarse una difícil guerra internacional.
Como Rosas acabó por comprender que era imprescindible contestar al terror con el terror – "la sangre argentina correrá en porciones” dijo al saber la muerte de Quiroga, como vimos –, quedó señalado como el monstruo por antonomasia. Porque se puede aconsejar la muerte de gauchos o ejecutarla desde el gobierno sin que esto obste – al contrario – al procerato y a las estatuas. Pero matar o dejar matar a personas de rango social en defensa de los gauchos, eso no entra en el juego correcto de las minorías. Por eso Rosas tuvo "mala prensa"; por eso, tal vez, la tiene aún.
El terror de Rosas fue un
magnifico pretexto para los interventores extranjeros. Porque los imperialismos no guerrean en nombre de sus
intereses materiales sino invocando generosos objetivos: la libertad, la humanidad, la civilización. En 1845 vendrían los buques ingleses y franceses a sacarnos
a Rosas en "nombre de la humanidad y del comercio libre” ("finalidades – dice el inglés Ferns – que nunca parecen estar en desacuerdo"), previa una
intensa campaña de prensa en toda Europa sobre los horrores del monstruo sudamericano.
A un periodista de
turbios antecedentes (basta leer lo que dice de José Rivera Indarte, Vicente Fidel López en su Autobiografía) le encomendó la casa inglesa Lafone un record de
"todas las muertes, posibles muertes y atentados contra la humanidad” que hubiera hecho Rosas, pagándole a “un penique por muerto" (denuncia del Atlas de
Londres, corroborada por La Presse de París). Rivera juntó 480 muertos atribuyéndole a Rosas todos los crímenes habidos en la Argentina, aun el de Quiroga y su
comitiva, de Heredia, Villafañe, etc., variando los procedimientos: desde fusilamientos a envenenamientos (estaban en boga los novelones de la época de los Borgia). En
total, 480 cadáveres para Rosas, 480 peniques – dos libras esterlinas redondas – para Rivera Indarte. No paró ahí el taimado periodista: sus relatos sobre los
incestos de Rosas con su hija Manuelita, y las macabras ceremonias a las que se habría entregado ante los catafalcos de sus padres completaban la imagen del monstruo que
Europa nos venia a extirpar. Las Tablas de Sangre fueron publicadas en folletín por el Times de Londres para estremecer de horror a los flemáticos victorianos, y por Le
Constitutionelle de París para quitar el aliento a los buenos burgueses de Luis Felipe. Roberto Peel, que aprobó el gasto de la Casa Lafone, lloró al leerlas en la
tribuna de los Comunes pidiendo se aprobase la intervención, y Thiers (a quien el destino llamaría a cometer horrores más grandes en 1871) se estremecía por "el
salvajismo de esos descendientes de españoles” al citar Las Tablas acoplando a Francia a la intervención británica.
La literatura
antirrosista hace hincapié en el caso de Camila O'Gorman, fusilada con el sacerdote Uladislao Gutiérrez en Santos Lugares el 18 de agosto de 1848.
Analicémosle. No es un
hecho político, sino una sentencia dictada en uso de atribuciones legales; una estricta aplicación de la ley, a la que podrá criticarse su carácter de
"estricta", pero nunca de violatoria de la legislación vigente.
Camila O'Gorman, de
familia federal y amiga de Manuelita, y el cura del Socorro Uladislao Gutiérrez, sobrino del gobernador de Tucumán, general Celedonio Gutiérrez, habían incurrido en
algo – escándalo canónico y robo sacrílego –, que repugnaba a las costumbres severas del Buenos Aires de entonces y era castigado por las leyes vigentes con pena
de muerte: "La ley ordena la pena de muerte por el "sacrilegio" dice el conocido Diccionario jurídica de Escriche, anotando las Partidas 1 4-71, I 18-6 y
VII 2-3 aplicables al caso.
La filiación política,
y situación social de los románticos amantes fue explotada por la prensa opositora. Florencio Varela publicaba en El Comercio del Plata de Montevideo, del 5 de enero de
1848: "El crimen escandaloso cometido por el cura Gutiérrez es asunto de todas las conversaciones. La policía de Buenos Aires aparentaba (subrayado) y no hacía
realmente gran empeño por descubrir el paradero de aquel malvado y su cómplice (... ) ¿Hay en la tierra, castigo bastante severo para el hombre que así procede?”.
"Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata – decía a su vez El Mercurio de Chile del 3 de
marzo de 1848 – que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna
contra estas monstruosas inmoralidades”.
Comercio del Plata y
Mercurio batieron el parche varios meses: "Se sabe que los gobiernos extranjeros han pedido al criminal gobierno de la Confederación Argentina seguridades para las
hijas de los súbditos extranjeros, que no tienen ninguna para su virtud” dice – uno más entre comentarios cotidianos – Comercio del Plata del 27 de abril.
Camila y Uladislao fueron
apresados en Goya (Corrientes), y remitidos a Buenos Aires. Muchos años después, Rosas escribía a Pepita Gómez: “Todas las personas del clero me hablaron o
escribieron sobre el atrevido crimen y la urgente necesidad de un castigo ejemplar para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo y siendo mía
la responsabilidad ordené la ejecución. Mientras presidí el gobierno de Buenos Aires con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia; soy, pues, el único
responsable de todos mis actos, de los buenos como de los malos, de mis errores como de mis aciertos." (6 de marzo de 1867).
Como Rosas no era hombre
de derecho, consultó con el Tribunal de Recursos Extraordinarios formado por cinco abogados destacados de la matricula (entre ellos Vélez Sársfield) la pena a aplicar.
Esta, ya lo hemos visto, era la fijada por las Partidas.
Me hubiera gustado que
Rosas, después de sentenciar como juez que correspondía la pena de muerte, como gobernador dejase a la infortunada Camila y su desdichado amante vivir su romance.
Contra el rigor de las leyes, existe el derecho de gracia, de los jefes de estado. Manuelita trató de inclinarlo a ello, pero chocó con la inflexibilidad de su padre.
Rosas tenía un sentido estricto de la justicia: si perdonó algunas veces a sus enemigos políticos (el general Paz, los conspiradores de 1839, el coronel Pedro Díaz
etc.), no lo hizo con nadie por delitos comunes y menos tratándose de correligionarios o familiares a quienes creía, obligados a respetar las leyes más que otros
(Rivera Indarte, que fuera federal y mazorquero y se hizo unitario porque no se le disimularon algunos latrocinios, podría decirlo).
Antonino Reyes secretario
de Rosas, cuenta en sus Memorias la cristiana conducta de Manuelita con su amiga en desgracia y sus gestiones para salvarle la vida. Le escribió "lacerada por la
doliente situación" de Camila, rogándole entereza "a fin de que yo pueda con mis esfuerzos dados la última esperanza"; compró muebles y un piano para
la habitación que ésta tendría en Santos Lugares; le sugirió, por intermedio de Reyes, dijese encontrarse encinta para conmover a Rosas. No dio resultado – dicen
las Memorias de Reyes – "porque no lo manifestaba en el cuerpo de la joven, ni se advertían indicios de semejante preñez". Por lo tanto debió cumplirse la
sentencia. Esto fue lo que dio origen a la leyenda de encontrarse Camila próxima a dar a luz.
Por supuesto, la ejecución
de Camila y Uladislao no dejó de ser aprovechada por los diarios unitarios, en sentido opuesto a lo dicho hasta entonces. Volcaron ríos de tinta contra el tirano, el
monstruo “que no respetaba los fueros inviolables del amor” (Mercurio), y "condenaba al patíbulo a una inocente madre con el fruto de sus amores en el noveno
mes de su gestación”. (Comercio del Plata).
La Intervención Anglo - Francesa
(1845 - 1850 )
El convenio Mackau fue un
gran triunfo argentino: Francia reconoció la soberanía de 1a Confederación y se avino a tratar de igual a igual con sus
autoridades. Por esto, y nada más que por esto, se había luchado más de dos años. Desde la primera nota con Roger en 1837, Rosas aceptó que daría a los franceses lo
que en justicia pudiera corresponderles (trato igual con los ingleses, pago de sus créditos contra el gobierno), pero cuando llegase un diplomático con poderes en forma
para concluir un tratado de obligaciones recíprocas. Lo que no aceptaba – "aunque nos hundiéramos entre los escombros" – era la prepotencia de Roger, la
escuadra de Leblanc y las letras de cambio de Baradére. Luchaba por la soberanía, y ganó la guerra cuando vino Mackau con poderes formales para firmar un tratado. Algunos historiadores se niegan a ver un triunfo argentino, tal vez porque no han reflexionado sobre la soberanía y creen que
Rosas fue a la guerra con los franceses para no pagar unas chirolas a Blas Despouys o mantener a Pedro Larré en la milicia lujanera. Explicarles lo de la soberanía (es
decir: el derecho de todas las naciones a ser tratadas de igual a igual), que ganó en la desigual y alevosa guerra de 1838 a 1840, me parece tarea ociosa.
Alejados los franceses,
quedaban sus "auxiliares". Rosas aceptó una amnistía para los civiles y tropas, que entendió sólo se extendería a los generales y comandantes de cuerpo que hubiesen
guerreado contra su propia patria - cuando por "sus hechos ulteriores se hagan dignos de clemencia y consideración del gobierno". Mackau quiso salvar a Lavalle
y le ofreció dinero en efectivo y un grado en el ejército francés: Lavalle ("el cóndor ciego” lo he llamado en algún libro) rechazó indignado la oferta, y
tal vez entonces comprendió dónde estaba la patria y sus deberes de patriota trastocados por los doctores (Varela, Carril) que lo sacaron de su retiro. Porque la patria
no premia a sus servidores con dinero francés y grados en los ejércitos extranjeros. Leyó, posiblemente, la carta de San Martín sobre quienes se unían con el
extranjero, que "ni con la tumba pagarían su indigna acción". Sin ilusiones y con el espíritu lacerado buscó la muerte en combates homéricos, sin
encontrarla; hasta que los suyos lo hallaron en una casa de Jujuy, con el corazón atravesado por un balazo el amanecer del 9 de octubre de 1841.
Lamadrid tampoco pudo
hacer pie en Mendoza, y debió interponer la cordillera, refugiándose en Chile; Paz, que por un momento y debido a sus buenas condiciones de táctico, consiguió
imponerse a Echagüe en Caaguazú el 29 de noviembre de 1841, vio su tropa desmoralizada y desbandada y debió escapar a Montevideo.
No obstante, Rivera y
Ferré, unidos al santafesino Juan Pablo López disgustado con Rosas porque no le dio el mando del ejército, y a los revolucionarios farrapos de Río Grande, quisieron
mantener la resistencia. ¿Por qué? Porque nadie creía – y Rosas menos – que el tratado Mackau terminaba en forma definitiva la intervención extranjera. Francia
había debido retirarse, pero quedaba Inglaterra. Que con Francia, o sin Francia, haría lo posible para que el sistema americano de Rosas no cristalizara en la soberanía
de las pequeñas hijuelas de la herencia española.
Inglaterra estaba
gobernada por el gabinete liberal de lord Melbourne, donde la gran figura era el canciller Palmerston. Enfrente tenían a los conservadores arrastrados por las dotes de
Roberto Peel. Liberales y conservadores eran igualmente imperialistas. Ambos buscaban la grandeza de Inglaterra, pero los separaba el método para conseguirla: los
liberales, más cautos, recurrían a imposiciones coercitivas sólo cuando tenían todas las de ganar; los conservadores se arriesgaban más, porque les sobraba confianza
en el imperio y tal vez no comprendían como aquéllos la resistencia que podían ofrecer los nativos contra un coloniaje prepotente.
Ejemplo de la disimilitud
de procedimientos de liberales y conservadores es la guerra del opio contra China, llevada al mismo tiempo de los conflictos con Rosas. El emperador chino había
prohibido la introducción de opio que hacían los ingleses en Cantón, y Palmerston, invocando "la libertad de comerciar", bloqueó Cantón en junio de 1840,
posesionándose de algunos puntos de la costa. Nada más, a la espera de que la angustia económica y algunas revoluciones “libertadoras” de nativos convenientemente
movilizadas, obligaran al Hijo del Cielo a aceptar la libertad de drogarse. En septiembre de 1841 llegan los conservadores ingleses al poder con Peel de premier y lord
Aberdeen como canciller. Toman medidas más drásticas contra los chinos: una escuadra de 15 buques con 6.000 marines de desembarco remonta el Kiang, se apodera de
Shangai y amenaza Nanking. El emperador se vio obligado a ceder: por el tratado de Nanking del 29 de agosto de 1842 permitió la libre introducción y venta del opio,
indemnizó a los traficantes perjudicados con la prohibición, pagó los gastos de guerra (21 millones oro) y cedió la isla de Hong Kong y factorías de otros puntos
para almacenar las mercancías traídas por los ingleses. A poco los franceses obtuvieron igual trato para sus misiones religiosas, cementerios católicos y escuelas,
bases de su penetración cultural.
El buen resultado de la
guerra del opio fortaleció la alianza anglo-francesa en el Plata. Palmerston había actuado en América, como en China, con demasiadas contemplaciones, y la mejor política
ultramarina seria llevarse todo por delante. Así les pareció a Peel y Aberdeen. Y, desde luego, al francés Guizot.
Derrotado Rivera por
Oribe en Arroyo Grande (Entre Ríos) el 6 de diciembre de 1842, el ejército aliado oriental-argentino de éste se dispuso a cruzar el Uruguay y arrojar a Rivera y los
suyos de Montevideo (que habían sido puestos allí por los interventores franceses en octubre de 1838). Y aquí viene la coercitive mediation anglo-francesa "para
hacer cesar la guerra”, dispuesta por Aberdeen y Guizot invocando las indispensables razones de humanidad. El representante inglés en Buenos Aires había recibido –
desde antes de Arroyo Grande – la orden de presentar juntamente con su colega francés – De Lurde – un pedido de que "cesara la guerra en justa consideración
por los intereses comerciales"; si Rosas "persistiera”, se le haría saber que "el gobierno de S. M. (británica) y de S. M. el rey de los franceses podría
(may imposse) recurrir al empleo de otras medidas" (12 de marzo de 1842). Mandeville recibió la nota, y conociendo a Rosas trató de almibararla rebajando la
mediación coercitiva a simple pedido de buenos oficios (30 de agosto). Que Rosas, por pluma de Arana, desechó “hasta concluirse la guerra a satisfacción de
argentinos y orientales" (18 de octubre). Y ese año 1842 hizo festejar – por primera vez desde 1810 – la Reconquista el 12 de agosto de 1806, oyéndose en
Buenos Aires algunos gritos – que alarman a Mandeville y éste transmite a Aberdeen – de ¡mueran los ingleses!.
La cautela de Mandeville
no gustó a Aberdeen, que le ordenó (5 de octubre: es decir sin saber aún la respuesta argentina) "aconsejase a Rosas un allanamiento inmediato, porque era intención
de ambos gobiernos (Inglaterra y Francia) adoptar las medidas que considere necesarias". La instrucción le llegó a Mandeville ya producida la batalla de Arroyo
Grande y disponiéndose Oribe a cruzar el Uruguay con el ejército aliado. Con el representante francés De Lurde intimó a Rosas que el ejército no atravesase el río
bajo la "prevención de las medidas consiguientes" (16 de diciembre). Rosas dio la callada por respuesta a los diplomáticos "porque en las cosas
argentinas y orientales sólo intervienen los orientales y argentinos", y reiteró la orden de cruzar el Uruguay. Oribe así lo hizo y el 16 de febrero de 1843
empezaba el sitio de Montevideo, defendida por los cañones y marineros del almirante inglés Purvis.
El gran talento político
de Rosas se revela en esta segunda guerra contra el imperialismo europeo: su labor de estadista y diplomático fue llamada genial por sus enemigos extranjeros, aunque por
razones obvias no ha encontrado en su patria el reconocimiento que merece.
Analicemos la táctica de
Rosas, empezando por comprender que el gobernante de 1842 no es el mismo de 1829, ni siquiera de 1838, cuando la intervención francesa. Ahora ha comprendido al
imperialismo y sabe los medios de que se vale; también que no puede contar con todos los argentinos, y una buena parte de ellos – precisamente los de mayor gravitación
social y económica – estarán con el invasor y con sus libras esterlinas y francos formarán ejércitos libertadores, libres del sur, del norte, etc., invocando la
“humanidad”, la “constitución” o lo que se quiera. ¿Cómo vencer a los interventores y sus auxiliares en una situación tan desventajosa? ¿Cómo imponerse un
país chico y desunido contra otro grande (en este caso, dos grandes) con fortísimos auxiliares internos... ? Es posible, pero a condición de cumplirse ciertas reglas:
1) Presentar un frente interno unido, sin resquicios para las libras y francos del enemigo, y 2) trabajar con habilidad las contradicciones internas de éste. Algo
semejante – valga el símil – al judo japonés, donde el pequeño vence al gigante al no dejarse agarrar, y se vale de las fuerzas del adversario para dar en tierra
con éste.
Es lo que hizo Rosas en
una habilísima labor empezada desde que no le cupieron dudas de la intervención extranjera. No había una Argentina unida, pero debía darse la apariencia de tal. Si no
era posible eliminar a todos los unitarios, podía aquietárselos con un susto mayúsculo. Empezó por tener buena policía (descuidada hasta 1840), que le informaba, por
sus clasificaciones de las actividades de sus enemigos; interceptó su correspondencia; restableció el grito de los serenos "¡Mueran los salvajes unitarios! y hubo
estrepitosas visitas domiciliarias a los más comprometidos que no respetaban las vajillas celestes y afeitaban en seco las barbas en U de los discípulos de Echeverría.
Imaginémonos el Buenos Aires en esos tiempos sin radio, ni televisión, donde se aguardaba la voz del sereno para saber la hora y el estado del tiempo. Los unitarios oían
el pregón constante: “¡Viva la Confederación Argentina - mueran los salvajes unitarios - las nueve han dado y sereno (o nublado, lloviendo)!" Oían eso y
quedaban muertos de miedo. Agreguémosle el recuerdo de las escenas de octubre de 1840 y abril de 1842, y el eco de algunas visitas de los vigilantes de chiripá rojo,
gorro de manga, grandes bigotazos federales y pesados sables de caballería, que a los gritos de "¡Viva el ilustre Restaurador!" revisaban la correspondencia,
rompían las vajillas comprometedoras y afeitaban las barbas sospechosas. Comprenderemos entonces por qué no hubo conspiraciones entre 1840 y 1852, ni complots a lo
Maza, ni “libres” del sur, ni "coaligados” del norte, pese a la agresión anglo-francesa. Y por qué Guizot pudo decir "ahora son inútiles nuestras
letras de cambio". Y no nos extrañará que Rosas pudiera ganar la guerra.
Conseguida la unión
interna por esos medios (que deben reconocerse los únicos posibles en un país tan dividido), Rosas trabajó las contradicciones del adversario. Empezó por formar el
mejor cuerpo diplomático jamás tenido por la Argentina: Sarratea en París, Manuel Moreno en Londres, Guido en Río de Janeiro, Alvear en Nueva York. Más que enviados
ante los gobiernos, cumplieron la misión de atraerse las grandes fuerzas económicas y obrar sobre la opinión pública por medio de la prensa. Una bien montada oficina
de propaganda, cuyo eje era el Archivo Americano redactado por Pedro de Angelis con correcciones del mismo Rosas, distribuía por el mundo entero lo que interesaba se
publicase, y un bien provisto fondo de reptiles subvencionaba los periódicos extranjeros. Como la guerra que nos hacían los gobiernos inglés y francés no era una
guerra nacional movida por el odio, la rivalidad o la defensa, sino una guerra imperialista – “comercial” la llama Rosas – y ni ingleses ni franceses nos odiaban,
bastaría mostrarle al público las cosas como eran para que éste, que siempre está con el débil contra los fuertes, apoyase a Rosas. Como sucedió.
Sobre todo estaban los
intereses económicos. El bloqueo de Buenos Aires perjudicaba a muchos extranjeros: los exportadores e importadores de aquellos productos permitidos por la ley de aduana,
los propietarios ingleses y franceses de tierras argentinas, en Francia los manufactureros de tejidos finos, vinos caros, sederías, que no tenían símiles en la
fabricación criolla, los banqueros que les daban crédito, etc. Todos esos intereses, hábilmente coordinados por Sarratea y Manuel Moreno, jugaron a favor del triunfo
argentino.
Una gran arma a favor del
país fue la constituida por los tenedores de títulos del empréstito inglés contratado en tiempos de Rivadavia, cuyos servicios no se pagaban. Hasta que Rosas, con
criterio político, reanudó el pago de una parte (5.000 fuertes mensuales) en mayo de 1844 "mientras pudiere hacerlo” (es decir: mientras no le bloquearan el
puerto). El gesto de Rosas fue saludado con entusiasmo por los bonoleros (así llamaba Rosas a los bondholders,
“tenedores de bonos"), que creyeron ver en su actitud un ejemplo para los gobiernos morosos. Y apreciarse un papel que no valía nada. Cuando llegó la intervención
y se bloqueó buenos Aires en septiembre del año siguiente, Rosas dejó de pagar a los bonoleros, que reaccionaron contra el gobierno conservador de Peel y Aberdeen.
Como tocar a un ahorrista es tocar a todos los ahorristas – como dañar a un obrero es dañar a todos – la Bolsa entera de Londres se puso contra el bloqueo
arrastrando al diario Times, no obstante su militancia conservadora, porque ante todo quería seguir siendo el órgano de los ahorristas.
Este desbarajuste interno
fue aprovechado en inglaterra por los liberales, esperanzados en recobrar el gobierno. Para remachar el clavo, Rosas atinó a usar el empréstito, que había sido
concertado como arma de dominación, empleándolo como arma de liberación. Hizo suponer a los bonoleros que se les podía pagar totalmente si Inglaterra indemnizaba la
agresión cometida contra las Malvinas: hubo gestiones del Committee of Bondholder ante Aberdeen, naturalmente rechazadas. Los bonoleros, la Bolsa, el Times se movieron
con más encono que nunca contra el gabinete. Quien acabó por perder las elecciones, reemplazado por los liberales que hicieron la paz con Rosas.
Algo semejante – con características propias – pasaría en Francia. No fue poca la intromisión de Sarratea en el estado de cosas que produjo en febrero de 1848 la caída de Luis Felipe; siendo el ministro argentino el primero en reconocer la Segunda República.
Además de todas esas medidas diplomáticas, Rosas tomó las prevenciones militares correspondientes. Aunque resistir una agresión de la escuadra anglo-francesa formada por acorazados de vapor, cañones Peyssar, obuses Paixhans, etc., parecía una locura, Rosas lo hizo. No pretendía con su fuerza diminuta – cañoncitos de bronce, fusiles anticuados, buques de madera – imponerse a la fuerza, grande, sino presentar una cumplida resistencia, que "no se la llevasen de arriba los gringos". Artilló la Vuelta de Obligado, y allí es dio a los anglo-franceses una bella lección de coraje criollo el 20 de noviembre de 1845. No ganó, ni pretendió ganar, ni le era posible. Simplemente enseñó – como diría San Martín – que "los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”, al comentar precisamente, la acción de Obligado.
Cuando los interventores
comprendieron que la intervención era un fracaso; que fuera de las ocho cuadras fortificadas – y subvencionadas – de su base militar en Montevideo, no podían tener
nada más; cuando los vientos sembrados por los diplomáticos de Rosas en París y Londres maduraron en tempestades;
cuando el mundo entero supo que los países pequeños y subdesarrollados pueden ser invencibles si una voluntad firme e
inteligente los guía, ingleses y franceses se apresuraron a pedir la, paz.
En 1847 vinieron Howden y
Waleski para envolver a ese “gaucho” en una urdimbre diplomática. Se fueron corridos, porque Rosas resultó mejor diplomático que ellos. En 1848 llegaron Gore y
Gross; ocurrió lo mismo. Hasta que en 1849 Southern por Inglaterra y en 1850 Lepredour por Francia, aceptaron las condiciones de Rosas para terminar el conflicto. Hasta
la cláusula tremenda de humillar los cañones de Trafalgar y Navarino ante la bandera azul y blanca – que de esta manera se presentó al mundo asombrado –,
reconociendo haber perdido la guerra.
"Debemos aceptar la
paz que quiere Rosas, porque seguir la guerra nos resulta un mal negocio” dijo Palmerston en el Parlamento pidiendo la aprobación del tratado Southern. Y el Reino
Unido no se estremeció por ello. Algo distinto pasaría en la patriotera Francia, pero finalmente Napoleón III, debió resignarse a la derrota.
Así Rosas dio al mundo
la lección de como los pequeños pueden vencer a los grandes, siempre que consigan eliminar los elementos internos extranjerizantes y atinen a manejar con habilidad y
coraje sus posibilidades.
La caída de Rosas
(1850 - 1852)
En 1850 parecía, Rosas más
fuerte que nunca. El parlamento inglés, pese a la oposición de Disraeli ("La Confederación Argentina, una colonia de segundo orden... ha repelido seis misiones,
algunas del más alto rango, y ahora hace ultraje a Inglaterra al no recibir su ministro y rechazarlo poco menos que con insultos"), aprueba el tratado Southern del
24 de noviembre anterior, y Francia no obstante el patrioterismo de Thiers ("¿Y después de haber luchado por la causa de la humanidad la queréis
olvidar vosotros, franceses, que no os atrevéis solos, sin la Inglaterra, a enfrentar a Rosas... ?") ha dado poderes al almirante Lepredour para una paz con la
Argentina como la quería Rosas, el 31 de agosto de 1850.
Sin el subsidio de 40.000
oro mensuales de los interventores se desmoronaría la Nueva Troya, porque los mercenarios de la Defensa no combatían gratuitamente, y Manuel Oribe – "Presidente
legal de la República Oriental" en los documentos argentinos – entraría en Montevideo para hacer bien firmes los lazos entre ambas márgenes del Plata. En
Bolivia, Manuel Isidoro Belzú el "Mahoma del altiplano", caudillo de masas populares, se había impuesto al aristocratismo de Ballivián y estrechaba con Rosas
una firme alianza. El "sistema americano" del Restaurador argentino uniendo a los pequeños estados del Nuevo Mundo contra la prepotencia de las "naciones
comerciales" y sus auxiliares nativos, estaba próximo a dar sus frutos. Hasta en Chile, Perú y el mismo Brasil "la gigantesca sombra del Dictador se
proyectaba con dimensión continental... Si tenían que defenderse contra Europa, convocarían al Caballero de la Pampa" reconoce el brasileño Pedro Calmon.
En el orden interno la
paz había sucedido al estruendo de la expedición libertadora de Lavalle diez años atrás, y pasada la reacción de abril de 1842 – y sobre todo, levantado el bloqueo
por los ingleses en 1847 – la Confederación crecía en calma y trabajo por las sabias medidas de la ley de Aduana. "Buenos Aires está en un pie de prosperidad
admirable; en un auge y preponderancia que sorprende" confesaba en marzo de 1849 el ministro de la Defensa de Montevideo, Herrera y Obes. La mayor parte de los
emigrados políticos habían vuelto, acogidos a la amnistía.
Pero quedaba frente a
Rosas el más enconado y hábil de los enemigos: el Brasil. No todo Brasil, desde luego, sino la aristocracia esclavista que gobernaba con Pedro II, recelosa del eco
argentino en los círculos republicanos y senzalas de esclavos. "O Rosas, o el Brasil" había sido la voz de orden de las elecciones de 1848 que dieron el poder
a los conservadores. Si el "sistema americano” llegaba a unir a Sudamérica en una confederación de estados populares sin clases dominantes ni ataduras
imperialistas ¿qué ocurriría con la aristocracia brasileña, sus recuas de esclavos y su café barato? Si la política de Rosas unía a la Argentína, República
Oriental y Bolivia en un nuevo Virreinato del Plata, ¿qué quedaría de la expansión brasileña?.
Brasil había querido
unirse en 1844 a los interventores anglofranceses, pero no pudo hacerlo. Todos sabían que a Rosas "quien se la hace, se la paga" (expresión suya), y que el
gobernante argentino subvencionaba periódicos republicanos, antiesclavistas o localistas, y agentes suyos alentaban a los riograndenses del sur y pernambucanos del norte
a revoluciones "emancipadoras". Al fin y al cabo pagaba a los brasileños en la misma moneda usada por ellos al proteger la segregación del Uruguay y Paraguay.
En 1850 no era un misterio para nadie – y menos para los sagaces políticos del Imperio – que apenas la Asamblea francesa aprobase el tratado Lepredour (concluyendo
por lo tanto el subsidio que mantenía a Montevideo, y Oribe pudiese entrar en su capital), Rosas y sus aliados se lanzarían a una guerra definitoria – y definitiva
– contra el imperio vecino.
Una guerra ganada de
antemano. Dos fuertes ejércitos estaban preparados desde 1850 para alentar la insurrección republicana, segregacionista y antiesclavista que bullía en Brasil: el de
Operaciones con 8 a 10 mil hombres al mando de Urquiza en Entre Ros, y el Aliado de Vanguardia que, con otros tantos, sitiaba Montevideo, comandado por Oribe.. Era tropa
veterana con jefes de capacidad probada y excelente armamento, porque terminado el bloqueo en 1847 el dinero entró a raudales en las arcas públicas, y la Ley de Aduana
creado una considerable riqueza interna.
Contra ellos ¿qué podía
oponer Brasil? Era sin duda el Estado más rico de Sudamérica, pues su café barato producido a mano servil abastecía gran parte del consumo mundial; tenía una
aristocracia, todo lo monárquica y esclavista que se quiera, pero honradamente patriótica que le daba brillantes equipos de estadistas (mientras que la clase ilustrada
de Buenos Aires y Montevideo sólo proporcionaba enemigos de su patria). Con dinero podía comprar armas, equipos de mercenarios y buques de guerra; podía también (como
ocurrió) adquirir la base de operaciones que era Montevideo sustituyendo a los europeos en el pago del subsidio; podía también corromper... pero esto parecía difícil
en la Argentina de Rosas conducida por mano férrea.
En 1850 era evidente para
todos que Brasil con su ejército de 8 a 10 mil enganchados bisoños, 4 mil reclutados alemanes sin moral ni escrúpulos, no resistiría la invasión de Rosas que dictaría la paz en Río de Janeiro después de liberar a los
esclavos y apoyar gobernantes "americanistas" amigos.
ROMPIMIENTO DE RELACIONES (30 DE SETIEMBRE DE 1850)
Firmado el 31 de agosto
el tratado Lepredour que le aseguraba la paz con Francia, Rosas ordenó a Guido – ministro en Brasil – romper relaciones, preliminar de la guerra; sobraban los
motivos, porque la conducta del gobierno brasileño no había sido precisamente amistosa durante la intervención anglo-francesa. Así lo hizo Guido el 30 de setiembre.
“El pobre Brasil – confiesa el canciller brasileño Paulino Soares de Souza ese día – teniendo tantos elementos de disolución, tal vez no pudiese resistir una
guerra en el Río de la Plata” (nota al ministro Amaral, en París, de 30-11-850). Sólo le quedaba un recurso: trabajar los elementos de disolución argentinos, antes
que Rosas acabare de valerse de los brasileños.
Justo José de Urquiza,
gobernador de Entre Ríos desde 1841, y comandante en jefe del Ejército de Operaciones de la Confederación, era el mejor hombre de armas de Rosas: sus victorias en
India Muerta, Laguna Limpia y Vences y la eficaz salvación del ejército federal después de la derrota de Echagüe en Caaguazú lo acreditaban sobradamente. Desgraciadamente – dejo la palabra al gran historiador brasileño Pandiá Calógeras – "no obstante ser
inmensamente rico tenía por el dinero un amor inmoderado... Brasil resolvió servirse de él" (Formaçao Historica do Brasil pp. 277 y 282). Los pormenores de cómo
consiguió Brasil la conversión del general argentino, que se pasó con su ejército al enemigo, lo he documentado hasta la minucia en varios libros. (La Caída de
Rosas. El Pronunciamiento de Urquiza, Historia Argentina tomo V). Me limitaré a transcribir palabras de un tremendo antirrosista – Domingo F. Sarmiento – oídas a
Honorio Hermeto Carneiro Leao, jefe del partido gobernante brasileño, refiriéndose a Urquiza: "¡Si, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar
a Rosas! Todavía después de entrar en Buenos Aires quería que le diese cien mil duros mensuales" (Carta de Yungay). Reconozcamos la imprudencia en Rosas de
lanzarse a una guerra contra Brasil con semejantes elementos, y aceptemos su ingenuidad al negarse a creer – en 1850 como en 1838 – que pudiera haber argentinos, y
menos militares argentinos, de esa índole.
La primera tentativa
brasileña de captación del jefe del ejército de Operaciones ocurrió en abril de 1850, antes de la ruptura de relaciones, y fue un fracaso. El ministro brasileño en
Montevideo, Rodrigo de Silva Pontes, hizo preguntar a un agente comercial de Urquiza, Antonio Cuyas y Sampere, “si en el caso de una guerra entre Brasil y la Argentina,
el Ejército de Operaciones podría permanecer neutral" (9 de abril). La indignada respuesta de Urquiza fue publicada en su periódico El Federal Entre-Riano: "¿Cómo
cree, pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de la contienda en que se juega nada menos que la suerte de
nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi Patria, sin romper los indisolubles compromisos que a ella me unen, y sin borrar con esa
ignominiosa mancha todos mis antecedentes?” (20 de abril de 1850).
El Canciller Paulino,
tenaz y astuto, no perdió por eso su optimismo; “Deixemos-lo (a Urquiza) é esperemos”, alentó al atribulado Silva Pontes.
EL PRONUNCIAMIENTO (MAYO DE 1851)
Rotas las relaciones con
Brasil, la guerra debería demorarse seis meses conforme al Convenio de Paz de 1828. Durante ese lapso la actitud del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones
argentino, no pareció clara. Sus periódicos, en vez de entusiasmarse con la próxima contienda y la gloria del triunfo, desconcertadamente hablaron de constitución.
Eso era sospechoso, porque como Rosas no quería una constitución escrita en el orden nacional, cada vez que se enzarzaba en una guerra internacional no faltaba algún
general argentino que se aliaba patrióticamente al extranjero para darles una constitución escrita a los argentinos. Así lo hizo Lavalle en 1839, Paz en 1845, y parecía
que quería hacerlo Urquiza en 1851.
No era un afán
constitucionalista lo que movía a Urquiza; eran propósitos de otro orden. Su posición como gobernador de una provincia limítrofe y sobre todo como general del ejército
de Operaciones le daba una situación decisiva en la guerra inminente. Los brasileños habían querido adquirirlo, y se negó (no podría recompensárselo por eso permitiéndole
introducir mercaderías a Buenos Aires contra la ley) Lo había pedido a Rosas, y éste – muy estricto en esas cosas – se lo negó (julio de 1849). El 22 de febrero
de 1851 escribe a Rufino de Elizalde (solicitando "muestre la carta al señor general Rosas”): "No me resolveré a que la Regeneración refute su propio artículo
(donde se hablaba de la constitución: intercalación mía)... mientras no se suprima la declaración que el capitán del Puerto toma a los patronos de buques que van de
esta provincia”. Pero Rosas quedó callado. No creía que la lealtad a la patria pueda ponerse en el otro platillo de la simbólica balanza. ¿Hizo mal?
Desde poco después de
escribirse en La Regeneración sobre constitucionalismo, Urquiza había entrado en inteligencias con el enemigo. El 24 de enero su agente privado, Cuyas y Sampere, que acaba de llegar de Entre Ríos, entrevista "a altas horas" (dice éste) al ministro brasileño
en Montevideo, Silva Pontes. Viene a proponer – "como cosa suya, y en el más sepulcral secreto” – un plan para "neutralizar" al ejército de
Operaciones. El brasileño un tanto asombrado (¡“O general dos exercitos da Confederaçao Argentina... com pretençoes que podería ter un Governante independente e
reconhecido como tal!” Dice en el informe a su gobierno del 25), a quien no se le oculta que el agente habla en nombre de Urquiza, lo retransmite al Canciller Paulino
con toda urgencia. Este le manda el 11 de marzo las instrucciones "para entenderse con Urquiza" aceptándole las condiciones que quiera, pero siempre “que se
declare y rompa con Rosas de una manera clara, positiva y pública... Es necesario mucha brevedad y decisión en todo eso". Urquiza acepta pronunciarse contra Rosas
con su ejército cuando "se le aseguren los elementos", mientras tanto – y “no le custodiasen los ríos" con la escuadra brasileña – "no daría
la cara de frente" (correspondencia de Cuyas y Sampere, obrante en el Archivo Urquiza). En los primeros días de mayo la escuadra brasileña ocupa el río de la
Plata, y el 9 Urquiza – como gobernador de Entre Ríos y no como jefe del ejército de Operaciones – da estado público a un documento redactado el 1º asumiendo
'“las facultades inherentes a su territorial soberanía..., quedando en aptitud de entenderse con todos los países del mundo”. El 29 de mayo Cuyas, como Encargado de
Negocios del Estado de Entre Ríos, firma la alianza con Brasil, que venía elaborándose desde el 16 de abril.
Lo triste no es tanto la
conducta de Urquiza (al canjear este tratado, dice el canciller Paulino: “En él confiesa Urquiza que su pronunciamiento fue por imposición nuestra, y sólo se
pronunció cuando tuvo segura nuestra protección"), ni la "independencia", aunque momentánea, de Entre Ríos que era y sería irrevocablemente argentina.
Es que el Ejército de Operaciones dejaba de ser argentino, y ahora como fuerza militar de un Estado ficticio se pasaba al enemigo con su general a la cabeza.
DECLARACIÓN DE GUERRA AL BRASIL
(18 DE AGOSTO DE 1851)
La ocupación de los ríos
argentinos por la escuadra brasileña motivó la formal declaración de guerra al Brasil el 18 de agosto de 1851 (la Historia Argentina "oficial" está tan
tergiversada, que oculta nada menos que guerras internacionales). Urquiza invadió el Uruguay por el oeste, mientras el ejército brasileño lo hacía por el norte.
Oribe, imposibilitado de presentar resistencia, debió capitular (8 de octubre). Cuatro días más tarde (12 de octubre) Brasil se hacía dar el premio de la victoria:
dominación política, militar, financiera, y económica sobre el Uruguay, y se quedaba con gran parte de su territorio. También se incorporaba las Misiones Orientales,
argentinas de derecho.
Urquiza, después de
Caseros, lo ratificaría en nombre de la Argentina.
Los dos ejércitos de
Rosas habían desaparecido: uno por traición (no encuentro palabra más suave), otro por capitulación. No obstante no quiso "que los brasileros se la llevasen de
arriba" y preparó como pudo un tercer ejército con reclutas, donde lo único efectivo era la artillería y su regimiento Escolta. Que puso al mando de dos jefes
unitarios, pero que antes que unitarios eran patriotas: los coroneles Martiniano Chilavert y Pedro José Días.
ESTADO FÍSICO DE ROSAS EN 1852
Dos años atrás – en 1850 – Rosas había insistido en alejarse del gobierno
"por el estado de su salud". Se ha tomado esa renuncia por un pretexto a fin de patentizar su enorme popularidad: hubo manifestaciones populares,
pronunciamientos de la sala, etc., no sólo en Buenos Aires sino en toda la Confederación pidiéndole que no se alejase del gobierno.
Lo cierto es que Rosas
estaba físicamente agotado, como lo había previsto en 1835 al asumir la suma de poderes. No era tarea para un hombre solo sino para un equipo gobernante, y no lo había
en la Argentina con las suficientes condiciones de patriotismo para llevar adelante la obra emprendida. La verdad es que la poderosa personalidad de Rosas tenía que ser
toda la administración, pero ¿cuánto tiempo podría durar eso? “El señor gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la p... que nos parió –
escribe Pedro de Angelis al general Guido el 12 de abril de 1849 – Es el único hombre puro, patriota y de buena voluntad que tenemos. Si él falta, todo se lo lleva la
trampa (...) ¿Qué sería de este país? " (Archivo de Guido, en el Archivo General de la Nación).
El sistema de trabajo de
Rosas era agotador. Laboraba de mediodía hasta las tres de la mañana sin pausas ni descansos. Fatigando tres turnos de cuatro escribientes cada uno, en un dictado
continuo, interrumpido apenas por la lectura de la correspondencia o los expedientes. Todo pasaba por sus manos: informes diplomáticos, notas de gobernadores, prueba de
los artículos de periódicos, resoluciones administrativas, consultas de la aduana, policía o jefe del puerto, trámites militares, servicio de postas, peticiones
particulares. Quince horas de jornada continua, mientras su hija Manuelita atendía las “relaciones públicas” en su nombre. Con los ministros se entendía, por
escrito, y solo los veía de tarde en tarde.
Era un recluso el hombre
que hacía estremecer al continente.
Esa labor sedentaria en
alguien acostumbrado a la vida del campo, su antihigiénico sistema de alimentarse una sola vez al día – a las tres de la mañana –, falta de ejercicios porque acabó
olvidando las pausas de los domingos, contribuyó a minarlo física y mentalmente. En 1852 no era un anciano con sus"
59 años, pero estaba obeso, fofo y le fatigaba dar unos pasos.
Su caída en febrero de
1852 redundaría en su beneficio personal. Vivió al aire libre en Inglaterra; caminó, cabalgó y como resultado volvió a renacer. A los 73 años – en 1866 – se
describía a su corresponsal Josefa Gómez: "No estoy encorvado. Estoy más derecho, mucho más delgado y más ágil que cuando me vio la última vez (en Buenos
Aires). No me cambio por el hombre más fuerte para el trabajo y hago aquí, sobre el caballo, lo que no pueden hacer ni aun los mozos. Tiro el lazo y las bolas como
cuando hice la campaña a los desiertos del sur".
CASEROS (3 DE FEBRERO DE 1852)
Declarada formalmente la
guerra, Brasil anudó más su "alianza" con el Ejército argentino de Operaciones. Por el tratado del 21 de noviembre las fuerzas aliadas se partirían en dos:
el Ejército Grande con las tropas de Urquiza y una división brasileña invadiría por el lado de Entre Ríos; el Ejército Pequeño, exclusivamente de brasileños,
estaría en Colonia, dispuesto a pasar el río y tomar entre dos fuegos a las tropas que Rosas preparaba en Santos Lugares. Al primero lo mandaría Urquiza, aunque los
brasileños obrarían con autonomía; al segundo el conde de Caxias. La escuadra brasileña mandada por el comodoro Grenfell bloquearía a Buenos Aires. Urquiza fue
subvencionado con 100.000 patacones mensuales (cerca de dos millones de francos oro) para llevar la guerra a su Patria. No es un documento secreto: es la cláusula 6ª
del tratado del 21 de noviembre de 1851, que puede encontrarse en cualquier recopilación oficial.
La guerra se ha perdido,
y pesa en el Buenos Aires de los últimos días de Rosas la melancolía de que una gran política tocaba a su fin. El pueblo humilde, siempre fiel a su ídolo, pretendía
entusiasmarse con himnos de indignada resignación: “¡Alarma argentinos / cartucho al cañón / que el Brasil regenta / la negra traición! / Por la callejuela / por
el callejón / que a Urquiza compraron / por un patacón.
Tropas bisoñas que
apenas pudieron mantenerse cuatro horas dieron la batalla en Caseros cerca de Santos Lugares. Chilavert que combatió con gallardía, fue fusilado por la espalda por
Urquiza; ya empezaba a tergiversarse la historia: ahora defender la Patria resultaba traición.
Desde el Hueco de los
Sauces Rosas dio cuenta de la derrota de su política: “Creo haber llenado mi deber como mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en defensa, de nuestra
independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es que más no hemos podido". Y dolido por su Argentina ya sin gravitación internacional y presa de la
voracidad extranjera, por su pueblo castigado y exterminado, por la quiebra del sistema americano, moriría calumniado y pobre en su exilio de Southampton el 14 de marzo
de 1877.
Balance de Rosas
"Si el juicio de Rosas lo librásemos al fallo de la historia – decía en 1856, con indignada ingenuidad, Nicanor Albarellos al fundamentar en la Cámara de Diputados de Buenos Aires
la ley que declaraba al caído reo de lesa patria – no conseguiremos que sea condenado como tirano, y sí, tal vez,
que fuese en ella el más grande y glorioso de los argentinos... Juicios como éstos no deben dejarse a la historia. ¿Qué se dirá, qué se podrá decir, cuando
se viere que la Inglaterra le ha devuelto sus cañones tomados en acción de guerra y saludado su pabellón sangriento y manchado con sangre inocente con la salva de 21
cañonazos? ¿Que la Francia misma que inició la cruzada en que figuraba el general Lavalle, trató con Rosas y saludó su pabellón con 21 cañonazos?... ¿Que el
valiente general Brown, el héroe de la Marina de Guerra de la Independencia, era el almirante que defendió los derechos de Rosas? ¿Qué el general San Martín, el
padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso legándole su espada? ¿Se creerá dentro de 20 años, ó 50, todo cuanto digamos contra el monstruo,
si no lo marcamos con una sanción legislativa para que siquiera quede marcado por nosotros, voz del pueblo soberano? Se dirá que no ha sido un tirano; lejos de ello ha
sido un grande hombre. ¡Ese monstruo, señor!!” (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de Buenos Aires, año 1857, sesión del 1º de julio). Parece un despropósito,
pero se la condenó a Rosas – legislativamente primero y judicialmente después – “para que no se librase su juicio a la historia". Además de Albarellos, opinó
Emilio Agrelo que “nuestra historia puede poner en duda si el pueblo de Buenos Aires execró o no a. a Rosas después de su caída, y eso seria un deshonor, un baldón,
una fea mancha para las páginas que se escriban sobre los felices días de libertad en que vivimos” (misma sesión), y la mayor parte de los diputados menos Félix Frías
("Condenar a Rosas es inútil, y puede ser funesto") y Carlos Tejedor ("la tiranía no es un hombre, sino una época; y por lo mismo que en Rosas veo una
época, no quiero el juicio de Rosas") (ídem).
De allí arranca la
condena de Rosas, que no la hizo la historia, sino los poderes públicos advenidos después de su caída. Los historiadores que intentaron condenar a Rosas debieron
abandonar la tarea a medio camino como Ramos Mexía ("No reciba, como moneda de buena ley las acusaciones que se han hecho a Rosas en aquellos tiempos de combate y
de lucha”, le dijo Sarmiento en uno de sus frecuentes raptos de sinceridad... ), o pasarse entusiasmados a sus filas como Adolfo Saldías. "Rosas no ha sido
estudiado, ha sido novelado, y novelado en folletín – escribía en 1911 el mexicano Carlos Pereyra asombrado por la historia oficial que se enseñaba a los argentinos
–. Ningún otro personaje de América despertó tanto el entusiasmo de las comadres de ambos sexos” analizando las tablas de sangre, los díceres, pareceres,
suposiciones y alegatos de resentidos que formaban la historia de Rosas ofrecida a los niños.
Claro es que no todos
pueden juzgar a Rosas. Se necesita compartir su noción de patriotismo (“la patria es de todos, y no meramente de las gentes de posibles") comprender que la
libertad no es solamente para pocos, y las instituciones escritas sólo valen cuando traducen una realidad preexistente y "no son como los lienzos – la frase es de
Alberdi (Fragmento Preliminar) – que se traen de afuera". Quien no entienda el patriotismo, la libertad o la ley de esa manera, no podrá juzgar a Rosas; le
ocurrirá lo que a un ciego que quisiera apreciar el colorido de un cuadro. Se necesita también poseer lo que Alfonso el Sabio llamaba el arte del juzgador: separar lo
verdadero de lo falso (que es relativamente fácil), y lo fundamental de lo accesorio (que no es tan fácil). Porque no hay conocimiento si nos detenemos en lo secundario
desdeñando lo principal; si comemos el rábano por las clásicas hojas.
Quienes están
incapacitadas para entender a Rosas deben limitarse a odiarlo. Porque se ama lo que se comprende y se odia lo que escapa a nuestras posibilidades. Quizá sus contemporáneos
no odiaron tanto a Rosas como se enseñó a hacerlo a la posteridad. Hay cartas de Lavalle, páginas de Sarmiento, escritos de Echeverría, de Frías, de Tejedor,
memorias de Ferré, que demuestran una comprensión de la política de Rosas ausente por regla en los antirrosistas que vinieron después. No odiaban a Rosas, tal vez
porque a pesar de sus lecturas exóticas y razonamientos débiles latía en ellos un corazón argentino. ("Cuando lo veo proceder de ese modo – decía Herrera y
Obes a Andrés Lamas ante uno de los desplantes de Rosas con Inglaterra – créame que me reconcilio con él; porque al menos nos venga de las humillaciones, de las
injusticias y de las maldades de esos orgullosos poderes que son tan cobardemente guapos con los débiles". (Corr. de M. Herrera y Obes, tomo I, pág. 163). Como
excepción anoto a Mitre, que en 1887 amonestaba a Adolfo Saldías -- por escribir sobre Rosas prescindiendo “de los nobles odios a la tiranía" que el general se
preciaba de "guardar conscientemente” (carta del 15-X-87, en La Nación del 19-X-87).
El odio es impotencia.
Odian los débiles, los envidiosos, los resentidos, pero sobre todo – como dije – los que no pueden comprender. Cuando consiguió deformarse la historia argentina
(con "inexactitudes a designio” quiso Sarmiento; “preparada para el pueblo", pidió Alberdi) y pretendió crearse una conciencia de factoría para que no
volviesen gobiernos nacionalistas, sorprendió a muchos que los amigos de Rosas quisieran rezarle un funeral en San Ignacio al saber la noticia de su muerte en 1877. ¿Todavía
existían amigos de Rosas? Bramó Tribuna de los Varela: "Es un cartel de infamia... (hay) que invadir las naves de San Ignacio y arrojar por tierra, el túmulo que
se erija en justificativo de lo injustificable..., demostrar a los amigos de Rosas y sus defensores que maldecimos la memoria del déspota sanguinario y brutal"
(21-IV-77). El rector del Colegio Nacional, José Manuel Estrada, invitó a sus alumnos a la pueblada propiciada por Tribuna: "¡Ay de los pueblos que no tienen
memoria!...”, porque rezar por el alma de un tirano era poner en duda la condena divina recaída sobre ellos. El gobierno provincial – Carlos Casares – invocando la
ley de 1857 prohibió "toda demostración pública en favor de la memoria del tirano Juan Manuel de Rosas, cualquiera sea su forma”; en consecuencia no permitió
el funeral en San Ignacio e invitó a otro “por las víctimas de la tiranía de Rosas". Tanto se había llegado a odiarle.
Aunque históricamente el
gobierno de Rosas es más un problema de valoración que de conocimiento, me arriesgo a hacerle un balance.
Haber de Rosas
1)
La unidad nacional del Pacto Federal de 1831 que detuvo el proceso de disgregación del virreinato del Plata. Las catorce provincias unidas por el
Pacto, y sobre todo por la férrea energía de Rosas para hacerlo cumplir, constituyeron la Confederación Argentina, nuestra patria de hoy: en justicia, podría llamárselo
a Rosas su creador. De no haber sido por él habría continuado el proceso que llevó al Alto Perú, al Paraguay, a la Banda Oriental, a evadirse de la argentinidad y hoy
seríamos una Centroamérica de trece o catorce republiquetas independientes y enemigas.
2)
El orden interno, acepto que mantenido drásticamente. Desde mayo de 1810 se vivía en el desorden de continuas revoluciones y cambios de gobiernos.
Nadie acataba ninguna autoridad. Rosas, a veces con mano dura, consiguió hacerse respetar y pese a las formidables fuerzas coaligadas en contra suyo, puede decirse que,
fuera del huracán del ejército Libertador entre 1839 y 1841 y la situación de Corrientes hasta 1847, hubo un orden interno del que no se había gozado nunca. Y no se
gozó tampoco después de Caseros con el cisma de Buenos Aires, las guerras intestinas, la guerra del Paraguay, las guerras de indios y las continuas revoluciones
locales.
3)
La independencia económica de su ley de aduana protectora de las industrias nativas, y la independencia financiera del Banco de la Provincia de
Buenos Aires, sustituyendo en 1836 el establecimiento extranjero creado por Rivadavía que tuvo hasta 1836 la emisión del papel moneda y el monopolio del crédito.
4)
El respeto a nuestra soberanía impuesto formalmente a las grandes potencias europeas después de guerras desiguales y alevosas. Y con ello el
reconocimiento de la argentinidad de los ríos navegables.
5)
El sistema americano de mutua defensa de los pequeños países de origen español, exteriorizado muchas veces: al ayudar a los orientales a sacudirse
el gobierno títere impuesto en Montevideo por los interventores europeos; protestar contra la expedición del general Flores a Ecuador con la protección de Inglaterra y
España; protestar por la anexión de Texas a Estados Unidos en 1845 (aplaudida por los periódicos unitarios en nombre de la civilización), y el apoderamiento de vastos
territorios mexicanos en la guerra subsiguiente (las notas de Rosas en Archivo Americano, 1845 y 1848). Se dirá que la libre determinación oriental que Rosas estampó
en los tratados de Southern y Lepredour, no pudo cumplirse por la guerra con Brasil y definitiva derrota argentina, y que sus notas sobre Ecuador y México fueron líricas.
Pero empleando palabras de Rosas “si más no hemos hecho, es que más no hemos podido". Después, ni siquiera hubo derrotas gloriosas ni protestas líricas. Ni
“sistema americano”.
6)
El arreglo del problema del indio sin eliminar a éstos (como se haría después), cumplido con su campaña de 1833, ocupación del “camino de los
chilenos" y subvención a las tribus aborígenes. Política que se perdió al caer Rosas.
7)
Fue el único gobierno popular que tuvimos en el siglo XIX. Si democracia es gobierno del démos, la "tiranía de Rosas” fue el más democrático
de los gobiernos argentinos. En realidad, el único democrático.
8)
La mejora social de la clase popular, por la, política aduanera que protegió a los talleres artesanales, y por el incremento de los saladeros y
molinos de harina. Pese a las intervenciones europeas y los subsiguientes bloqueos al puerto, el progreso material alcanzó un ritmo notable. '"Buenos Aires vive en
un pie de prosperidad admirable – escribe el 22-V-49, desde Montevideo, Herrera y Obes a Andrés Lamas –. Es hoy el centro de todo el comercio del Plata... Su país
(de Rosas) prospera, su poder se afirma cada día más" (Correspondencia cit., II, 106). "Si digo que la República Argentina está próspera en medio de sus
conmociones – anota Alberdi en 1847 – asiento un hecho que todos palpan" (La Rep. Argentina 37 años después de la Rev. de Mayo). "Lo que hay de cierto –
afirmó el diputado socialista francés Laurent de l'Ardéche el 8 de enero de 1850 – es que el poder de Rosas se apoya efectivamente en el elemento democrático, que
Rosas mejora la condición social de las clases inferiores, y que hace marchar a las masas populares hacia la civilización dando al progreso las formas que permiten las
necesidades locales... La guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios de Montevideo representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el
monopolio extranjero, y encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo" (La Gaceta Mercantil de 20-1V-50, tomada de La Republique
de París del 9-1-50). Los socialistas franceses fueron en su Parlamento defensores inteligentes de Rosas y enemigos de continuar la intervención imperialista. Rosas,
según ellos, era un socialiste avant la lettre aunque la calificación lo hubiese desconcertado: en la Argentina gobernaba el pueblo, no había prácticamente esclavos,
la iglesia y el Ejército no tenían gravitación política; Rosas – sigo citando a Laurent de l’Ardeché – “hace todo eso sin necesitar revoluciones ni
barricadas, puesto que la soberanía popular es la única que lo ha elevado al poder donde lo mantienen la confianza, la gratitud y el entusiasmo de sus
conciudadanos" (ibidem).
Veamos ahora el Debe de Rosas:
1)
Gobernó con la suma de poderes. Pero no se ha demostrado que otra forma fuese posible por faltarle – como dije – una "clase ilustrada”
con conciencia patriótica, que pudiera acompañarle. Tampoco las grandes revoluciones – y el gobierno de Rosas fue una formidable revolución social, política, económica
e internacional – se hacen dentro de los moldes comunes. El drama argentino fue carecer de una clase dirigente. Un gran
jefe y un gran pueblo no bastan para construir un destino. Solamente con una categoría de hombres capaces, consagradas y plenamente identificados con su patria puede
cristalizarse una gran política. Un hombre solo, por grande que sea su laboriosidad, inteligencia o penetración de los negocios públicos no puede sustituir la labor
coordinada, metódica, dedicada, de un equipo. Descansó sobre el jefe argentino todo el trabajo administrativo; pero tampoco era posible otra forma de gobernar. Pedro de
Angelis escribe al general Guido el 27 de enero de 1850 comentando la renuncia de Rosas de ese año: "El general Rosas no puede sustraerse al peso que lo oprime.
Este es su destino, y por más duro que sea tiene que cumplirlo. Lo que él dice, es cierto: su salud desfallece y su vida misma esta amenazada. Todo el peso de la
administración en sus grandes y pequeños detalles descansa sobre sus hombros y, lo que es más, sobre su responsabilidad. Las faltas de los empleados, los abusos que
cometen, su misma ineducación, todo se pone en cuenta del gobierno y se atribuye a su descuido y hasta a su connivencia" (archivo Guido. Archivo General de la Nación).
En el Restauradar laborioso, leal, arrogante, temerario y justiciero se plasmaron las mejores posibilidades de la raza. Pero también los mayores defectos de los
argentinos: el personalismo que lo hacía asumir toda la tarea, la obstinación que le impedía retroceder "un tranco de pollo” según su conocida frase, y la pasión
por el azar que le hacia “jugarse entero" (también frase suya) en cada oportunidad. Nunca retrocedió un tranco de pollo, nunca dejó de jugarse entero contra los
enemigos más poderosos, y en todo momento se cortó solo, obstinadamente. Pudo triunfar contra las empresas coloniales de Francia e Inglaterra, pero no podría vencer a
la clase dirigente brasileña, inteligente, patriota y coordinada que, trabajando las contradicciones argentinas, logró vencerlo en Caseros.
2)
Empleó, a veces, no como sistema, el terror como arma política. Y eso era una trasgresión a los cánones habituales; al terror lo pueden emplear
los de arriba para imponerse a los de abajo; nunca los de abajo para aquietar a los de arriba.
3)
No exigió a Inglaterra la devolución de las Malvinas en el tratado Southern. Solamente el retiro del Uruguay dejando a los orientales libres para
resolver su destino por sí propios, la soberanía fluvial en el Paraná y el Plata, y el desagravio a, la bandera argentina. Nada de las Malvinas, cuya argentinidad seguía
reclamando en sus mensajes anuales. La política es el arte de lo posible, y tal vez no pudo hacer más; quizá comprendió que una cláusula sobre las Malvinas enconaría
la oposición del Parlamento inglés al tratado, ya suficientemente triunfal para los argentinos. O no creyó prudente tener ese puesto vulnerable sin escuadra de mar
para defenderlo; había ganado la guerra porque la situación de la Argentina la hacia invulnerable a medidas militares, y las cosas ya no serían las mismas con ese talón
de Aquiles en descubierto. Lo habrá dejado para después, cuando el triunfo sobre Brasil y la integración del “sistema americano" lo pusieran al frente de una
nacionalidad ofensivamente fuerte... Todas son conjeturas. En las dudas, le anoto la deuda.
No encuentro más debe. A lo menos que puedan sustentarse como cargos fundamentales y veraces.
Rosas fracasó. La
Argentina no fue la Confederación popular, dueña de sus destinos y con un ideal en América que se propuso el Restaurador. Fue otra cosa, de la que estamos saliendo
dificultosamente.
Rosas es un hombre que
lucha contra su tiempo. Parece más de la segunda mitad del siglo XX (tiempo de nacionalidades, de advenimiento de las masas, de defensas heroicas de la soberanía, de
lucha contra los imperialismos), que de la primera mitad del XIX que le tocó vivir cuando los imperios se extendían sin vallas, no gobernaban las masas y los
intelectuales se perdían entre las palabras del liberalismo. Mantenerse veinte años en esas condiciones tuvo mucho de milagro, y uno está por creer – como lo creía
Rosas – que la "Divina Providencia” se jugaba por él. Porque en definitiva no fue Brasil, ni Urquiza, ni los unitarios, ni su salud, quienes lo derrotaron. Lo
venció el tiempo.
Rosas lo sabía y por eso
no quiso el gobierno. Su aceptación de 1835 tiene mucho de resignado fatalismo, de “¡qué le vamos a hacer!” jugando su honra y fortuna a una carta imposible. Tardó
en perder, pero perdió como tenía que ocurrir. Marchó pobre pero sin amarguras ni rencores a un exilio que sabía definitivo. Era riquísimo cuando llegó al gobierno,
y salía de él a vivir poco menos que de la mendicidad, aun de quienes fueron sus enemigos. Mérito que he olvidado anotar en su haber.
No triunfó en 1852. Pero
nos dejó una lección insuperable de patriotismo, de genialidad política, de fe en los destinos de la Argentina, de energía conductora. Si la Argentina "será lo
que debe ser" según la frase sanmartiniana, retornará los carriles perdidos en Caseros. Dar un salto atrás no significa necesariamente un retroceso. Parece una
paradoja, pero nuestra Argentina estará a la altura del tiempo que vivimos cuando los valores que le quiso dar Rosas
– gobiernos de raíz popular, independencia plena, soberanía, integración continental, resistencia a las imposiciones – vuelvan a conducirnos.
Rosas murió pobre y
calumniado en su retiro de Southampton. La pobreza la aguantó estoicamente, y hasta los 84 años laboró duro en modestas faenas rurales. La calumnia no le importó; pasó
por alto los "horrendos crímenes” que le cargaba la ley de 1857; sólo protestó por el dicterio de ladrón ("En veinte años que la prensa del mundo sirvió
a mis enemigos – dice- su Protesta editada en Londres el 20 de setiembre de 1857 – a nadie se le ocurrió imputarme el de robador del tesoro público"). Jamás
le amargaron las calumnias, y supongo que si alguna vez pudo abatirse, le bastaría con mirar el sable de Chacabuco pendiente de su chimenea. ¡Qué podían importarle
los aullidos de la jauría al legatario de la gloria de San Martín!
Rosas, Nuestro Contemporáneo
¿SE PUEDE PRESCINDIR DE LA HISTORIA?
"Debemos mirar adelante y no hacia atrás" he oído decir a algunos; "dejemos en paz a los muertos que bastante trabajo nos dan los vivos", a otros. Según ellos las investigaciones históricas perturbarían con su revisionismo de juicios la unidad de los argentinos.
Es innegable que hoy por
hoy conviven dos historias, una que podemos llamar académica y la otra revisionista; cada una con su jerarquía de valores disímiles y hasta opuestos. Es consecuencia
de la revolución cultural que vivimos. Existen dos historias, como existen dos Argentinas: de un lado la minoritaria y extranjerizante, del otro la popular y
nacionalista. Como coexisten dos maneras opuestas de entender la patria: como culto a ciertos principios políticos o económicos, o como integración con la comunidad.
Pero esta dualidad es pasajera, y una de las dos Argentinas acabará por imponerse definitivamente: o seremos para
siempre una nacionalidad, o quedaremos eternamente en coloniaje mental, político y material.
Arraigado definitivamente
lo que debemos entender por "patria", no habrá revisionismo histórico posible. Pues este no descansa solamente en el conocimiento exacto de los hechos
transcurridos, sino – y primordialmente – en el criterio para valorarlos. Cuando no nos separa esta fundamental divergencia no habrá academicismo ni revisionismo, en
"lo grueso y principal" (como decía Alberdi) estaremos de acuerdo.
Dejo el tema para el
punto siguiente. Trataré ahora de la importancia de la historia para conocer y comprender a un pueblo.
Prescindir de la historia de un pueblo, es algo así como separarse del alma, de toda comunidad. Los pueblos no son máquinas construidas por voluntad del hombre ni pólipos reducidos a materia y
apetitos. Tienen un espíritu que se traduce en modalidades propias que los diferencian de otras comunidades; han vivido un proceso que los hizo surgir, crecer y
progresar.
Que los individuos que
componen un pueblo tengan un mismo espíritu social, distingue a las comunidades fuertes de las aglomeraciones fortuitas. Un pueblo es sobre todo una unión en el tiempo
– es decir: en la historia – y no una aproximación en el espacio. Acepto que una comunidad de raigambre tradicional y sólida fortaleza pueda prescindir del
conocimiento detallado de su pasado, por regla suplido con tradiciones que expresan su crecimiento y defensa. La historia es “idealmente contemporánea" se ha
dicho, y vive en nosotros en forma de modalidades, pensamientos y acciones elaborados a través de los siglos. Está permitido a un español, a un francés o a un inglés
desconocer la historia de sus pueblos, sin ser por eso menos español, francés o inglés. Le estaba permitido a un argentino de los tiempos de Rosas, que no necesitaba
saber por qué se batía en Obligado. Es dudoso que pueda decirse hoy lo mismo, después de más de cien años de una enseñanza carente de sentido nacional.
Somos lo de hoy por un
proceso vivido ayer y que nos llevará a mañana. Conocer y comprender ese proceso, es la manera racional de integrarse con la comunidad para nosotros, que hemos sido
despojados de nuestras tradiciones. Comprender el pasado, entreveer el futuro, iluminar el camino a recorrerse. Pueblo que sabe su historia, se ha dicho, sabe dónde va
porque no ignora de dónde viene.
¿ES POSIBLE UNA CONCILIACIÓN DE OPUESTOS?
Otros se alarman porque
coexisten dos historias con valores diferentes, y proponen una conciliación admitiendo a Rosas junto a Rivadavia, Urquiza o Mitre. "Todos han tenido sus virtudes y
defectos” se oye decir en apoyo del armisticio, y "al fin y al cabo todos fueron argentinos".
No se trata, de
premiarlos o condenarlos por sus calidades morales, ni contentarse diciendo que unos y otros, "aunque de líneas opuestas, pertenecen irrevocablemente a la historia
argentina”, como he leído por ahí. No se pretende arrancarlos de la historia, sino hacerles justicia distributiva: darles a cada uno lo suyo como dice la clásica
definición. Hacerles justicia en una historia argentina – plenamente argentina – es medir su grado de patriotismo a fin de presentarlos como ejemplo de argentinidad.
Cualquiera fueren las
virtudes domésticas de las figuras de nuestra historia, o las condiciones intelectuales o artísticas que poseyeron, su procerato lo dará el patriotismo demostrado en
su acción política. Patriotismo de patria – comunidad, si en definitiva predomina ésta; de patria – factoría si las cosas se resuelven de otra manera. Pero no
puedo explicarme cómo Rivadavia y Rosas, que tan opuestos criterio tenían sobre la patria, podrían presentarse juntos como ejemplos próceres.
He oído decir – a políticos,
no a historiadores – que la misma traición a la patria (a la patria-comunidad) de los unitarios que sirvieron de auxiliares a ingleses y franceses, o de Urquiza cuando
se pasó a Brasil con su ejército, se hizo de buena fe y con nobles propósitos pues tenían un concepto del patriotismo
distinto al nuestro.
Lo comprendo; pero de allí
a seguir considerándolos como ejemplo de patriotismo – de mi patriotismo – no lo creo posible. Puedo explicarme los errores que llevan a un delincuente al delito,
incluso puedo perdonarlo atendiendo a su falta de conciencia criminal, pero premiarlo por su crimen y mostrarlo a la consideración de la sociedad me parece absurdo e
inconducente.
A no ser que silenciemos
que Urquiza fue adquirido por Brasil en una guerra internacional, Lavalle pagado por los interventores extranjeros, y echemos al fuego casi todo lo escrito por Sarmiento
o Alberdi. Es decir: que mantengamos la falsedad de la historiografia con el agravante de hacerlo a plena conciencia, y con el solo propósito de no revolucionar más la
jerarquía de próceres, ni borrar sus nombres de las calles.
Es absurdo. El pasado no
es algo plástico que podemos amoldar al gusto de todos: existe fuera de nuestra voluntad y nuestros deseos. Podemos, si se quiere, ignorar o tergiversar los hechos históricos
como ha, ocurrido muchas veces entre nosotros, y en todas partes. Pero seguramente no podríamos impedir que alguien más informado o probo rectifique nuestro juicio.
El revisionismo argentino
no se propone, por otra parte, la reivindicación de determinadas figuras ni condena de otras, que personalmente poco nos interesan. Su objeto esencial es interpretar el
pasado con criterio nacionalista. No está demás aclarar que no es la causa, sino la consecuencia de la madurez nacional que hoy se advierte en nuestra tierra. La noción
de una patria-factoría apoyada en un relato histórico amañado, que intentó consolidarse después de Caseros y sobre todo después de Pavón, pudo mantenerse, y a
duras penas, mientras una sola clase social fue toda la Argentina como ocurrió en la segunda mitad del siglo pasado. El pueblo había sido perseguido, mediatizado,
rebajado, eliminado como valor político: aquel consejo de Sarmiento al día siguiente de Pavón, a Mitre de "no ahorrar sangre de gauchos" no fue – lo dije
alguna vez – une frase aislada y poca feliz del tremendo sanjuanino: fue la norma para construir la Nueva Argentina. No pudo es cierto, eliminarse a un pueblo integro
en esa masacre continua de criollos que va de 1861 a 1878 (de Pavón a la conquista definitiva del desierto), la página más negra de nuestra historia. Pero aquello que
quedó, no contaría: los hijos de Martín Fierro y del Sargento Cruz fueron educados “en las escuelas de Sarmiento a despreciar a sus padres por bandoleros y buscar el
perdón de su pecado original amoldándose mansamente a los dueños del cepo, los contingentes y la partida.
Cumplióse el ideal de
Las Bases una Argentina donde una clase racional fuese todo. No quedaron masas populares con conciencia de patria, montoneras para reivindicarla, caudillos para
conducirla. Las indispensables funciones proletarias fueron suplidas por inmigrantes sin conciencia de formar un pueblo, sin aspiraciones políticas ni jefes para
inflamarlas, que cumplieron admirablemente su papel en esa Argentina necesitada de trabajadores que fueran solamente trabajadores, sin más preocupación que ganar el
jornal laborando silenciosos y agradecidos. Esa fue la Argentina invisible. La audible y visible estuvo en el club del Progreso de Buenos Aires o en los similares centros
del interior.
Donde no hay pueblo no
hay patriotismo (como expresión de una comunidad). Lo reemplaza la hegemonía de una clase social, expresada retóricamente en generosas palabras de valor universal –
libertad, humanidad, civilización – de escasa aplicación interna. Esa fue la Argentina que escribió la historia que aún se enseña en los institutos y sobrevive en
el silencio de las academias oficiales. Pese a que la noción del patriotismo formal es mantenida hoy, exclusivamente por una minoría.
Porque es innegable que
ha crecido y madurado un alma popular, ausente de la Argentina desde los tiempos de Rosas. Ya sea porque los hijos de los inmigrantes se identificaron con la tierra, o
los hijos de los criollos sacudieron su logrerismo y complejo de inferioridad, o porque el impulso patriótico es inherente a todo pueblo y podrá comprimírselo por algún
tiempo pero nunca extirparlo del todo, lo cierto es que al empezar el siglo XX podía decirse que amanecía, un pueblo, con partidos populares, caudillos populares,
reivindicaciones populares y un vago, pintoresco, musical espíritu nativo. No fue proceso rápido ni fácil éste de encontrarse a sí mismos. Empezado en las clases
populares como ocurre con todos los valores sociales (que crecen de abajo hacia arriba, como las plantas), tardan en comprenderlo los de arriba, entre ellos los
“intelectuales” siempre reacios a entender lo que no llega desde afuera y escrito en libros.
Pero ocurrió, como no
podía menos de ocurrir, de allí el “revisionismo", al fin y al cabo un movimiento de intelectuales que interrogan la historia para saber por qué no somos dueños
de nuestros destinos y cómo podríamos volver a serlo.
Por eso he dicho que el
revisionismo histórico es una consecuencia, y no la causa del espíritu nacionalista predominante. Intentar anularlo con el silencio o la tergiversación, o desvirtuarlo
con una absurda conciliación de opuestos, lo considero a todas luces imposible.
Por algo Rosas ha sido señalado
como una figura nefasta por la historia liberal. La condena de quien fundó la Confederación Argentina, defendió su economía, y la hizo respetar por las naciones
imperialistas, no puede deberse a un desconocimiento de los hechos, ni a la exageración sobre las medidas preventivas tomadas contra los auxiliares de los invasores. Si
se ha enseñado a excecrar su nombre, no ha sido por rencor de sus contemporáneos ni por humanitarismo de quienes lo sustituyeron en el gobierno y emplearon el terror en
grado máximo.
Se debe a que Rosas
expresa una nacionalidad de la que se renegaba.
La condena de Rosas debe
meditarse, porque encierra la clave de nuestra definitiva recuperación como nacionalidad. El odio a Rosas – me dijo cierta vez un historiador extranjero – es el
mejor homenaje que se hace a su memoria. Porque se habla bien de los muertos, y mal de los vivos; y los historiadores del liberalismo consideran vivo a Rosas, porque
comprenden que la política de Rosas es contemporánea. Sus objetivos – una Argentina popular, dueña de sus destinos, insobornable a los imperialismos, sin clases
dominantes, e integrada en América Latina – son los de esta hora. Diriase que don Juan Manuel aún vive en Palermo y amenaza con el rigor de sus mazorqueros a los
salvajes que se venden al extranjero, o humilla con la burla de sus bufones a los lomonegros encumbrados.
La recuperación de la Argentina se conseguirá con el signo de Rosas, que más que nunca será el Restaurador. O no se conseguirá
de ninguna manera.