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Rivadavia y el Imperialismo financiero - José María Rosa
EDICION GRATUITA – Mayo 2001

Comentarios y sugerencias a Eduardo Rosa eduardorosa@pensamientonacional.com.ar

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VII

REFLEXIONES SOBRE EL IMPERIALISMO

 

Voluntad de coloniaje.

 

"Imperialismo -dice el Diccionario de la Academia es el dominio de un Estado sobre otro por medio de la fuerza". No es la acepción empleada entre nosotros. La acción del Estado dominante es indirecta y sutil, y se apoya en la voluntad de los dominados o por lo menos de una parte destacada de ellos. No es tanto una imposición desde afuera; es sobre todo una aceptación desde adentro.

En apariencia el Estado sometido tiene las formas exteriores de la soberanía. La Argentina de Rivadavia ha declarado su independencia, posee un gobierno reconocido en el exterior y un orden jurídico aparente, usa bandera, escudo, himno nacional, y demás símbolos nacionales y tiene sus contornos delineados en los mapas con colores propios. Pero no podemos considerarla nación soberana porque no maneja su destino y su quehacer no se dirige a las conveniencias de la propia comunidad. Es una verdadera colonia manejada por una metrópoli; pero pocos tienen conciencia de este sometimiento. Ni siquiera los federales, el partido nacionalista, que tardarán en darse cuenta del vasallaje.

La relación imperialista entre una colonia y su metrópoli poco tiene que ver con la debilidad de ésta y la fortaleza de aquélla. Un país puede ser pequeño, económicamente subdesarrollado, y aún encontrarse sometido por las armas, sin dejar de ser una nación si tiene una mentalidad nacional y obra, dentro de sus posibilidades, con la voluntad de manejarse a sí mismo y la finalidad de sus exclusivas conveniencias.  Tampoco caracteriza a una colonia el hecho de producir materias primas o víveres o aceptar el capital foráneo, si los intereses mercantiles o financieros extranjeros no tienen el control de su política. El ejemplo es Brasil en 1826 colonizada económicamente por Inglaterra, pero que tiene una mentalidad nacional expresada, entre otras cosas, por el conocimiento de este sometimiento material y la voluntad de liberarse.

Solamente un país es colonia cuando quiere serlo; cuando hay una voluntad de coloniaje en sus gobernantes y en la clase social que los apoya. La fuerza no construye nada durable, ya lo advertía Castlereagh al iniciar en 1809 la política del imperialismo mercantil británico. El dominio de la metrópoli sobre la colonia se basa en una coincidencia de intereses entre las metropolitanos y la clase gobernante indígena: aquellos producen manufacturas y éstos víveres, o aquellos exportan o controlan capitales que éstos administran. También hay corrupción, como lo he demostrado en los capítulos anteriores. Pero no basta ese acuerdo de intereses ni la corrupción de los gobernantes para establecer el coloniaje; es necesaria una coincidencia de mentalidades.  Que a la voluntad imperialista, dominante, de la metrópoli se pliegue una voluntad de vasallaje, dominada, en la colonia que haga aceptar a los nativos – y aún reclamarla- la ingerencia foránea.

 

El liberalismo.

 

La finalidad imperialista es, en una primera etapa, sacar beneficios de la colonia por la preeminencia de su posición económica. Cuando Inglaterra es el monopolio productor de maquino-facturas, necesita el libre cambio para introducir sus producciones abundantes y baratas que barren la industria artesanal nativa. Para eso debe hacerles comprender los "beneficios de la libertad", y antes de exportar sus hilados y tejidos, les enviará libros de Adam Smith y Ricardo. Inglaterra no va a imponer el liberalismo, aunque a veces necesite alguna pequeña presión diplomática como en el tratado Apodaca-Canning de 1809. Para ser permanente y eficaz éste debe germinar en la mente de los mismos nativos.

Bajo el signo de la "libertad" nace el imperialismo británico: la "libertad mercantil", significa una igualdad en el trueque, a pesar de la desigualdad en los modos de producir, que pone todas las ventajas de su parte. No otra cosa es el liberalismo que la ventaja de los fuertes: quitadas las trabas aduaneras la industria manufacturada queda a merced de la maquinofacturada. Poco le interesan los talleres artesanales a la burguesía nativa que piensa como "clase" y deja de lado la "nación". Esa clase toma la libertad como culto nacional: adopta el liberalismo en su beneficio pues ha comprendido que la libertad favorece a los fuertes, y la burguesía será la fuerte en el medio nativo. Sostiene el liberalismo político que significa su preeminencia interna, apoyada naturalmente en el liberalismo económico que favorece a los foráneos. Con ambos liberalismos nace la colonia del siglo XIX. El Estado dominante que ya podemos llamar metrópoli favorecerá el liberalismo político que deja el gobierno y la preeminencia interina en manos de una clase sin mentalidad nacional, y garantiza con eso la permanencia del liberalismo económico exterior.

 

La metrópoli: imperialismo mercantil y financiero

 

Inglaterra se convierte en el monopolio de mercaderías elaboradas mientras los países que adoptaron su liberalismo producirán exclusivamente, o casi, materias primas y víveres. Ha tenido su gran triunfo al extender más allá de su isla sus mercados de consumo. Pero no se detiene allí. Debe vigilar y cuidar a sus aliados nativos propensos a extralimitarse en el abuso de la recién conquistada libertad como niños que juegan con armas de fuego. "No debemos librar a su fantasía tan amables compañeros", decía Canning en 1825 porque recelaba que matarían a la gallina de los huevos de oro -el "culto a la libertad" - con sus intemperancias de dominación que podrían llevar a un levantamiento de las masas y el consiguiente despertar nacionalista. A los gobernantes nativos debería embretárselos y trazárseles el rumbo, claro es con tino y habilidad para no despertar recelos en otros: "Hispanoamérica es libre, y si sabemos dirigir bien el negocio es inglesa", decía el mismo Canning: "el Nuevo Mundo establecido, y si nosotros no lo echamos fuera ¡nuestro!".

Tras el imperialismo mercantil, llega el financiero en forma de exportación de capitales o control de los capitales nativos. Lenin habla de él como etapa iniciada a fines del siglo XIX porque entonces se desenvolvería ininterrumpidamente y en gran escala (1). Pero desde el segundo decenio del siglo pasado hay en Hispanoamérica una penetración de capitales ingleses en forma de monopolios bancarios, empréstitos, empresas mineras colonizadoras, etc. Su objetivo material es obtener una ganancia distribuida juiciosamente entre concedentes nativos y concesionarios ingleses, pero está presente en todo momento el interés político del Reino Unido. Con los monopolios bancarios y los empréstitos se trata de atar las nuevas repúblicas al dominio británico; pero la acción fracasa (2) pues la codicia de nativos e ingleses bordea la estafa. La desaprensión de Rivadavia al manejar los intereses de sus empresas, sobre todo la Mining, lleva a una crisis que arrastra de contragolpe la influencia británica. Se levantan las masas - como había sido previsto - y ocurre el despertar nacionalista con Dorrego en 1828, aún impotente para comprender y sacudir el dominio extranjero. Tras una agonía de siete años se liquida la ingerencia británica, mercantil y financiera en el segundo gobierno de Rosas (ley de aduana de 1835, apoderamiento del Banco en 1836, desgravación de la tierra pública en 1838, etc.) , y la penetración imperialista se ve obligada a recurrir al peligroso recurso de las intervenciones armadas. Que Rosas hace fracasar. Solamente podrá restablecerse después del aniquilamiento del gobierno popular en Caseros en 1852.

 

El imperialismo como seguro social.

 

Las ganancias provenientes del imperialismo mercantil o financiero, se distribuyen en forma de beneficios a los capitalistas reales o ficticios. Hasta el Banco de Inglaterra obtiene ventajas, pues ve aumentada su existencia de metálico cuando la circulación de onzas y patacones es reemplazada en la Argentina por billetes de papel. Pero desde mediados de siglo y sobre todo en la segunda etapa del imperialismo inglés (aquella que se inicia después de Caseros) estas ganancias se emplearán en satisfacer las demandas de aumento de salarios, mejor condición del trabajo y aspiraciones a una elevación de vida de las clases obreras inglesas. De esta manera el imperialismo obrará como seguro contra los desórdenes sociales de la metrópoli. El alto nivel de la vida obrera en la metrópoli -en todas las metrópolis imperialistas se paga con el bajo de las colonias. El obrero metropolitano consigue bienestar - y por lo tanto lo satisface el sistema capitalista- a costa de la miseria del trabajador colonial.

Este seguro social llegará a ser la causa principal para mantener la hegemonía imperialista en el siglo XX. La estabilidad del régimen capitalista en la metrópoli se consigue con el medio de descargar los problemas sociales en las colonias.

 

El Estado-satélite.

 

El control de la metrópoli sobre las colonias no se reduce a conseguir ventajas materiales ni estabilidad social. El viejo imperialismo territorial se mantiene latente bajo las formas indirectas que toma la dominación internacional desde comienzos del siglo XIX. Hay una penetración política paralela a la penetración económica: una colonia debe conducir su política interna y exterior según el rumbo trazado por la metrópoli. No puede separarse de él; como un satélite sin luz propia debe necesariamente girar en la órbita del dominante.

En el caso de Inglaterra, maestra de metrópolis, la dominación política es sutil e indirecta. No se dan órdenes, o se dan por excepción (como lo hacía Ponsonby) , sino meras y diplomáticas insinuaciones que la mentalidad colonial nativa se adelanta a comprender. A veces los nativos van mas allá de los propósitos metropolitanos: ocurrió con Alvear en 1815 al ofrecer el coloniaje a Strangford y Castlereagh, y más tarde con Florencio Varela en su misión ante Aberdeen en 1844.

Pero las demás metrópolis -Francia o Estados Unidos- no poseen la habilidad inglesa ni los años de experiencia en la sutil política de dominación imperialista. Valga el ejemplo del bloqueo francés fracasado en 1840 en el Plata, o el de los diplomáticos norteamericanos y la difícil estabilidad de su imperio colonial en la segunda mitad del siglo XX.

 

La colonia; la “mentalidad colonial”.

 

Para que un Estado con los atributos exteriores de la soberanía se encuentre reducido a la condición de colonia, es imprescindible que su clase gobernante tenga mentalidad colonial. El solo hecho de una imposición guerrera, o aún económica, no significa coloniaje cuando no está acompañada de la correspondiente voluntad de vasallaje. Brasil permitiendo a Inglaterra los leoninos tratados de comercio y esclavatura en 1825 y 1827 no se constituye en colonia británica pues lo hace consciente del despojo. Debe ganar la guerra a la Argentina y soborna al árbitro. Hipoteca su soberanía por quince años para recuperarla después. Es que la clase gobernante brasileña no tiene mentalidad colonial: es una aristocracia - en la acepción aristotélica del vocablo - que actúa con plena conciencia de ser conductora de una nación. Su patriotismo es firme y no se diluye en frases de retórica.

Entre nosotros no ocurre lo mismo. La clase dirigente nativa no tiene madurez política y por lo tanto carece de mentalidad nacional. La reemplaza una mentalidad colonial donde la noción del patriotismo está subvertida. La Patria no es "la tierra y los muertos" de la conocida definición, ni el culto de las propias tradiciones, ni el orgullo de las virtudes vernáculas ni nada de aquello que identifique al hombre con su medio. No se siente la patria como una hermandad que habita un mismo suelo y tiene en común una historia. Para el unitario serán bárbaras las modalidades propias y civilizadas las foráneas.

 

La patria de los coloniales

 

Los hombres de Mayo habían sentido la patria, aunque no atinaron a expresarla. Moreno acuñó la frase de "la nacionalidad americana oprimida tres centurias" que trasladaba la patria al imperio de los Incas; los coros de niños entonaron ante la pirámide la Canción Patriótica aprobada por la Asamblea del XIII: "se remueven del Inca las tumbas / y en sus huesos revive el ardor / lo que ve renovando a sus hijos / de la patria el antiguo esplendor", y los diputados de Tucumán votaban el 9 de julio la resurrección legal de la patria de Atahualpa al "romper los violentos vínculos que ataban a España, y recuperar los derechos de que fueran despojados”, mientras buscaban un descendiente de los Incas para restaurarlo en el Cuzco. Aquello era artificioso pero traducía un sentimiento nacionalista aunque ingenuo y equivocado, y, sobre todo -cualidad excelente para roussonianos - justificaba la Revolución en el Contrato Social por que los españoles no habían preguntado la opinión de los indios al hacer la conquista como hubiera sido lo roussoniano correcto. Pero en los unitarios de Rivadavia la patria eran las luces que solamente ellos poseían, la libertad (para pocos) , la constitución que quitaba el voto a los asalariados y jornaleros; y opuestos a la patria eran los desprovistos de luces, los montoneros seguidores de caudillos, los federales enemigos de la constitución. La patria rivadaviana no sólo era compatible con el dominio imperialista; necesitaba la ayuda extranjera para mantenerse contra la antipatria nativa. A través de esas abstracciones el unitario sentía a la patria como la exclusividad política y económica de su clase social, como la sienten los coloniales de todo el mundo y en todas las épocas. El pueblo no cuenta, o cuenta como factor negativo que debe mantenerse en forzado alejamiento hasta que adquiera "mentalidad patriótica" y se resigne mansamente a una situación deprimida política y económica. Sarmiento, que empezaba a usar la palabra democracia, llamaba a esto -sin ironía-, "educar al soberano" (3).

 

La "historia" de los coloniales.

 

Como la patria de los coloniales es exclusivamente una clase social privilegiada, su "historia" no puede contener el ingrediente pueblo y debe necesariamente tratar a los jefes populares como tiranos enemigos de la patria.  Con mayor razón si bregaron, como Rosas, por la liberación nacional resistiendo -y venciendo- hasta las intervenciones armadas de los países dominantes.

La historia de los coloniales debe ser un instrumento para crear o fortalecer la mentalidad de vasallaje. No debe hablar de movimientos populares sino para condenarlos como montoneras, fuerzas anarquistas o apoyos de tiranía. Debe enseñar que la patria es la "libertad"; sus mejores próceres quienes hicieron posible su advenimiento, y su natural enemiga la barbarie e incomprensión nativa. La acción de los imperialismos debe borrarse, o disimularse, como una altruista cooperación extranjera en beneficio de la patria liberal. Claro que esta labor exige un amaño o tergiversación del pasado, pero la misión patriótica que cumple perdona estos pecados. La historia debe tener "falsedades a designio", como decía Sarmiento: enseñarse "preparada para el pueblo", como quería Alberdi.

 

La oligarquía.

 

Como la clase privilegiada de una colonia se entiende a sí misma como la patria y gobierna en exclusivo beneficio de sus intereses de clase y sus mandantes de ultramar, no puede ser llamada aristocracia. Carece de la "virtud política", que quería Aristóteles, de interpretar a la comunidad íntegra. No es una clase dirigente porque nada dirige; simplemente medra. Por eso la he llamado privilegiada y no dirigente.  No es una aristocracia, sino una oligarquía dentro de la clasificación aristotélica de los gobiernos: la "aristocracia del dinero" - la llama Dorrego en las sesiones del Congreso Nacional- "que pueden poner en giro la suerte del país y mercarlo".

Pocas veces encuentra la oligarquía defensores teóricos (pues se prefiere defender los abstractos conceptos de la "libertad" o de la "democracia" formal. Pero algunas veces los hubo. Manuel Antonio de Castro contestaba a Dorrego que "nunca puede dejar de haber esta aristocracia (la del dinero) que se quiere hacer aparecer como un monstruo . . . es la que hace conservar el orden y la sociedad . . . la aristocracia del dinero nace de las naturalezas de las cosas: cada uno debe tener tanta parte en la sociedad cuantos son los elementos (con) que entra en ella" (4). Y en 1853 escribía Sarmiento en defensa de la constitución dictada en Santa Fe que "son las clases educadas las que necesitan una constitución que asegure las libertades de acción y de pensamiento: la prensa, la tribuna, la propiedad . . . una constitución no es la regla de conducta pública para todos los hombres: la constitución de las masas populares son las leyes ordinarias los jueces que las aplican y policía de seguridad" (5).

 

El pueblo y el caudillo.

 

La nacionalidad, como todos los valores sociales -religión, lenguaje, derecho- surge de abajo arriba, de las clases inferiores a las superiores. El pueblo pese a quienes quieran educar al soberano en el acatamiento colonial es fermento del nacionalismo y acaba por imponerse. Su nacionalismo puede ser informal sin plena conciencia, falto de conductor y de oportunidad, pero está latente como una sorda resistencia a la mentalidad foránea de la clase privilegiada. A veces es estrepitoso y revolucionario, llevándose por delante la "patria" colonial y el orden oligárquico cuando ha dado con un caudillo con espíritu del pueblo, que por sus palabras y gestos exprese el sentimiento colectivo. Si es un estanciero, como Rosas o Quiroga convivirá con los gauchos, y sentirá y obrará como ellos, si es un jefe militar como Dorrego o Estanislao López encontrará su apoyo en las milicias ciudadanas más que en los cuerpos de línea.

¿ Por qué hubo caudillos populares en la primera mitad del siglo XIX, y después desaparecieron ? El caudillo de la primera mitad del siglo es sobre todo, el estanciero; no el simple propietario de campos como podría serlo Anchorena o Martín Rodríguez, sino el patrón que trabaja personalmente su estancia y convive con sus peones y habla, viste, se expresa y siente como ellos. Estancieros son Ramírez, Quiroga, la mayoría de los caudillos; verdaderos jefes de esas pequeñas comunidades que son las estancias: gerentes de la empresa económica, jueces que imponían penas a las faltas de convivencia, legisladores que dictaban reglamentos camperos, sacerdotes que rezaban el rosario a la  caída de la tarde, bautizaban "de socorro" a los recién nacidos y casaban de apuro hasta que llegase el párroco distante; capitanes de la milicia formada por los peones en las horas de los malones o cuando había que irse en una patriada a la ciudad; Médicos que curaban con sus conocimientos empíricos y, sobre todo, patriarcas que sabían dar el consejo oportuno y sensato a los que necesitaban ayuda moral. Aunque su origen fuese ciudadano, se habían hecho gauchos, príncipes de los gauchos, como dirían los Robertson de Francisco Antonio Candioti, el primer caudillo santafesino. Nada hace que usasen poncho de vicuña y aperos de plata; lo importante es que usasen poncho y recado.

Eran los jefes. Sentían e interpretaban la comunidad, y puede decirse que la comunidad gobernaba a través de ellos. Eran "aristócratas" como los he llamado, con protesta de quienes no han leído a Aristóteles y no saben dar a la palabra su acepción correcta: por que un aristócrata es un auténtico representante del pueblo ,solo se da la aristocracia en función del pueblo gobernado. Cuando la minoría dirigente está de espaldas al pueblo o se encierra en su propio circulo y su exclusivo orgullo, no es una aristocracia sino una oligarquía.  La aristocracia poco tiene que ver con la sangre ni con el dinero, porque ni el dinero ni la sangre dan "la virtud política" de que hablaba Aristóteles: condición de anteponer los intereses de la comunidad a los propios intereses pero no he de seguir hablando de esto, que ya parece un diálogo entre sordos.  Aunque como última posibilidad de entendernos no les diré a los intelectuales del "izquierdismo" de folletos que los caudillos eran aristócratas, sino que eran "el sindicato de los gauchos", como con propiedad lo ha dicho Jauretche y espero que me entenderán. Siempre que no se me pierdan reflexionando que los señores feudales debieran ser también el sindicato protector e intérprete de los siervos de la gleba, pues encastillados en su progresismo de palabras rechazarán con suficiencia mi apreciación reaccionaria.

 

La religión y el nacionalismo.

 

Volviendo a la Argentina de la primera mitad del siglo XIX, diré también a los izquierdistas y a muchos derechistas, que la defensa de la religión católica por las masas y los caudillos llevaba implícita una defensa de la nacionalidad. Se defendía el catolicismo porque era una manera de defender la propio cuando la nacionalidad no estaba todavía consolidada, porque los invasores eran protestantes en su mayoría, y en el grito "¡Religión o muerte!" de Facundo no había tanto una posición teológica sino una manera de combatir a los gringos herejes que venían a apoderarse de la patria. Como tampoco en la política religiosa de Rivadavia contra el clero regular hubo un propósito escatológico sino político: el liberalismo buscaba restarle fuerzas a las órdenes religiosas, porque su unidad y su riqueza podían perturbar la obra de la intromisión imperialista.  Por eso la masonería - punta de lanza de la invasión foránea - combatía la religión por todos los medios; por eso también, los caudillos y el pueblo la defendían.  Sus motivos no eran confesionales, o no lo eran tanto como nacionalistas.  Quiroga, el de “¡Religión o muerte!”, no era un practicante asiduo y es posible que sus continuas lecturas de la Biblia – su libro de cabecera - lo hubiesen arrastrado fuera de una ortodoxia católica. Pero eso no tiene importancia, como tampoco la tiene que Quiroga en su fuero interno prefiriese el unitarismo al federalismo como sistema político. Lo importante era que militase por nacionalismo en el partido federal, y comprendiese que la religión era un arma necesaria para luchar contra la penetración inglesa y que estaba encarnada en el pueblo, como también lo estaba el federalismo. Tampoco Rosas era un asiduo practicante católico, y pocas veces fuera de las festividades oficiales concurría a misa y nunca tomaba los sacramentos.   Pero veló por la religión y fomentó su culto porque la entendía en un sentido diametralmente opuesto al de Rivadavia. Que, ese sí, era practicante asiduo, y hasta se daba disciplinazos en la Casa de Ejercicios, sin perjuicio de combatirla en el quehacer político. Rivadavia tenía un concepto íntimo de la religión, y Rosas lo tenía político. Por eso, también, la subordinó a su gobierno y a su obra: defendió el patronato contra las pretensiones de Roma, hizo jurar a los obispos defender la "Santa Causa de la federación", veló porque la Iglesia militante mantuviese una actitud nacionalista, y llegó a expulsar a los jesuitas, a quienes antes había llamado, cuando le pareció que su enseñanza ortodoxamente católica no era tan ortodoxamente federal.

 

El odio.

 

La lucha por la liberación se hace entre un pueblo nacionalista y una minoría extranjerizada. A veces ésta se apoya en factores de poder de mentalidad colonial, como lo fue en 1828 la oficialidad militar, que antepuso las conveniencias de su clase y de su partido a los intereses permanentes de la Nación; o una jerarquía eclesiástica excesivamente romanista, y por lo tanto suficientemente antinacional, como pasaría más tarde. A veces puede ocurrir que domine en el ejército o la Iglesia la mentalidad nacional. De cualquier manera el conflicto entre nacionalistas y extranjerizados no es un conflicto de clases poseedoras y desposeídas como lo presentan algunos, o mejor dicho no se agota en un conflicto por el apoderamiento de la riqueza y su defensa. Hay algo más. Es una guerra entre dos maneras de sentir a la "patria", y por eso será tan cruenta y moverá rencores tan implacables. La patria es un culto, y quienes no lo comparten son tenidos por herejes dignos de la hoguera. La guerra adquiere las características de una guerra religiosa. Se odia lo que no se comprende y los extranjerizados odian la patria de los nacionalistas como éstos la de aquellos. Hay sus graduaciones: odian más los débiles, porque odiar es propio de impotentes; los fuertes no puede decirse que odian sino que ignoran al extranjerizado que ignora al pueblo todavía está fuerte en su "patria" colonial; cuando empieza a odiarlo es que se sabe débil.

Y entonces - cuando se odia al pueblo - es que la oligarquía se sabe débil, y está cercana la hora de la liberación nacional.