De Urquiza
José María Rosa
Digitalizado en base a la 1ra edición hecha por la colección “La Siringa”
EDICION GRATUITA - Noviembre del 2002
Digitalizado por Eduardo Rosa y Nancy Madariaga – Armado por Eduardo Rosa
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Indice
Capítulo I – LA CONFEDERACIÓN Y EL
IMPERIO
2da. Guerra con
Brasil - O
Rosas o el Imperio - El Milagro de la casa de la casa de Braganza
Capítulo II -- EL COMANDANTE DEL
EJERCITO DE OPERACIONES
El Militar y el
Comerciante - Rosas interrumpe el “Tráfico irregular”
(1849) – Antonio Cuyás y Sampere – “¿Cómo ha creído, pues, el Brasil que el General Urquiza será
traidor?” (20/04/50) – “Deixemosle e esperemos” (07/50)
– “¿Urquiza estará con nosotros o contra nosotros (01/51)
– Conjeturas
Capítulo III – ACERCAMIENTO A BRASIL
El “Golphinho”
– La negociación de Cuyás (24/01/51) – En Entre Rios (en/feb 51)
Capítulo IV – BRASIL ORDENA EL
PRONUNCIAMIENTO
El “Plan de
Alsina” (11/50) – En Río de Janeiro (02/51) – Vamos a corresponder a Urquiza a condición que se declare y
rompa con Rosas (11/03/51) – Otra vez el “Golphinho”
- La circular
escondida (3/04/51) – Le llegan a Urquiza las
instrucciones de Paulino (6/04)
Capítulo V – EL TRATADO SECRETO
“¡Satisfacción de S.M. el Emperador y de
todo el Gabinete!” (abr/51) – Un balde de agua fría
(18/04) – Se empieza a redactar el tratado de Alianza
(16/04 a 2/05) – “Mientras la niña se enamora todo se
concede” (2/05/51) – Llega la escuadra Brasilera (26/04
al 4/05) – La “Contrata secreta” (13 de mayo)
Capítulo VI – EL PRONUNCIAMIENTO
“Não pareça que o pronunciamento de
Urquiza foi uma condição que lhe impuzemos” – Oportunidad
para pronunciarse – El “pronunciamiento” oculto
(¿18/05?) - ¿Popularidad
del “pronunciamiento”? - La república independiente de Entre Ríos - ¿Qué fue en realidad el “pronunciamiento”? – El pronunciamiento en Brasil – El
pronunciamiento en Bs.As.
“Yo he permanecido dos meses en la
Corte del Brasil, en el comercio casi íntimo de los hombres de estado de
aquella nación, y conozco todos los detalles, General, y los pactos y
transacciones por los cuales entró S.E. en la liga contra Rosas. Todo esto, no
conocido hoy del público, es ya dominio de la Historia, y está archivado en los
ministerios de Relaciones Exteriores del Brasil y del Uruguay.”
SARMIENTO a URQUIZA.
carta de Yungay, de 13 de octubre de
1852.
I
El 30 de septiembre de 1850 quedaron
rotas las relaciones entre la Confederación Argentina y el Imperio de Brasil.
Ese día el ministro de Negocios Extranjeros brasileño, Paulino Soares de Souza,
entregaba –a su pedido- los pasaportes al ministro plenipotenciario argentino,
general Tomás Guido. Dos días después, Guido y el personal de la Legación
abandonaban Río de Janeiro.
La ruptura culminaba una tensa
situación entre la Confederación gobernada por Rosas y el Imperio de Pedro II.
Desde 1843 sabían perfectamente los sagaces hombres de estado brasileños que “o
el Imperio terminaba con Rosas, o Rosas terminaba con el Imperio”. Pues la
presencia en Buenos Aires de un gobernante como Rosas –patriotismo, energía,
astucia, coraje- significaba la consolidación de la nacionalidad argentina, y
por lo tanto el límite o el retroceso para la política de expansión brasileña
hacia el sur. Límite, por cuanto la decidida defensa que hacía Rosas del Estado
Oriental gobernado por Oribe, impediría todo propósito brasileño de someterlo
a su influencia; y retroceso, porque Rosas reclamaba la devolución de las
Misiones Orientales ocupadas ilegalmente por los lusitanos desde 1801.
No solamente eso. La política
exterior de Rosas –el “sistema americano” como la llamaba- tendía a estrechar
los vínculos entre las distintas hijuelas de la herencia española en América,
o por lo menos entre aquellas que formaron el Virreinato del Plata, creado en
1776 precisamente como muro de contención al expansionismo lusitano. A su vez,
la política brasileña había consistido en dividir al vecino (el Estado
Oriental, independizado en 1828, como consecuencia de la primera guerra
argentino-brasileña; la República del Paraguay cuya formal declaración de
Independencia había incitado en 1842 y reconocido en 1844)encontrando en esta
tarea disgregadora la ayuda poderosa de Gran Bretaña, empeñada en atomizar el
antiguo dominio es pañol en América como medio de manejarlo económicamente.
El “divide et impera” de los británicos en la herencia española en América,
coincidía con el interés brasileño de mantener en Sudamérica un imperio fuerte
y u nido, rodeado por diez o más republiquetas españolas, sin sentido
nacional, anarquizadas y rivales entre ellas.
Pero Rosas se había impuesto en el
Plata, y su sombra amenazaba al Imperio. Del mosaico de provincias enemigas
dejado por los “unitarios” (la oligarquía argentina) había emergido la fuerte
realidad de la Confederación de 1831, liga de gobiernos populares orientada
por la firmeza del Restaurador porteño. No solamente era un peligro político
para el Imperio, sino una amenaza social. La consolidación de Rosas era el
triunfo de las masas populares, pues su figura tenía prestigio entre los
demócratas y abolicionistas de Brasil.
Rosas había sabido imponer su
“sistema americano”. Hizo la unidad de las catorce provincias argentinas (la
porción remanente del escindido virreinato) con el Pacto de 1831 y sobre todo
con su dura mano para hacerlo cumplir. Consiguió luego, por la Ley de Aduana de
1835, el florecimiento industrial de su pueblo en decadencia desde que los
ingleses establecieron el librecambio de 1809. Defendió con gallardía la
soberanía argentina contra la intervención francesa de 1838-40 y sus
complicaciones internas de ejércitos “libertadores”, “libres” del sur,
coaliciones del norte, estimuladas y pagadas por el almirante interventor. Y
acababa de triunfar –por los tratados con Inglaterra de noviembre de 1849, y
con Francia de agosto de 1850- de la segunda y temible intervención de ambos
poderes mercantilistas coaligados.
Ahora, arrojados del Plata los
europeos disgregadores, Rosas iría necesariamente a la unidad preconizada por
su “sistema americano”.
¿Qué se proponía Rosas con el
“sistema americano”? Haría la unidad del Plata como hizo la unidad argentina:
sin prepotencias, sin herir susceptibilidades, por propia y decidida voluntad
de los platinos. Tal vez –y eso temían en Brasil- un Congreso Oriental,
legítimamente oriental, se reuniese en Montevideo liberado de extranjeros y
extranjerizantes y suscribiese el Pacto Federal. O se formase una nueva
Confederación tripartita entre la Argentina, el Estado Oriental de Oribe y la
República de Bolivia, donde Manuel Isidoro Belzu, caudillo de fuerte naturaleza
popular, simpatizaba abiertamente con el
“americanismo” de Rosas. ¿Quién podría impedirlo?... ¿Inglaterra?...
Acababa de ser ex pulsada del Plata y en el tratado de 1849 Rosas le había
impuesto el reconocimiento del libre derecho de la Argentina y el Estado
Oriental para conducir su política interna y exterior... ¿Francia?... Se
encontraría en la misma situación, si el convenio de paz firmado por Lepredour
en agosto de 1850 fuese ratificado por su Asamblea Legislativa.
Solamente quedaba Brasil.
Esta unidad del Plata bajo el
“sistema americano” - gobiernos populares, identidad de propósitos, ideales
patrióticos- era mortal para el Brasil aristocrático de Pedro II. Aunque
alentaba las esperanzas ocultas de otro Brasil, democrático y abolicionista (1). Pero
la aristocracia del café y del azúcar, basada en la obra de mano servil,
¿podría obstar a esa unidad de los escindidos vecinos, a hacerse bajo el signo
de gobiernos populares e igualdad de todos los hombres? Por lo menos debería
jugarse la carta desesperada de una guerra en el Plata. Y como esa guerra no
estaba Brasil en condiciones de llevarla contra el poderoso Rosas, toda su
política desde 1844 en adelante había sido pro curarse la alianza de los
interventores europeos. Tras el desengaño de los proyectos de convenios de
Southern y Lepredour en junio de 1849, alentó una sola y desesperada esperanza:
que la Asamblea Nacional francesa, burguesa e intervencionista, donde era
predominante la influencia de Luis Adolfo Thiers, no ratificase el tratado de
Lepredour que hería la susceptibilidad patriotera de los galos; y buscase –como
lo había anunciado el mismo Thiers en enero de 1850- (2) la alianza de Brasil.
Era una esperanza desesperada, pues
la intuición política del Canciller Paulino le hacía temer el completo abandono
de Francia a toda otra aventura en el Plata después de la lección severa
recibida en la Vuelta de Obligado. De allí que el mismo día –30 de septiembre-
en que Paulino entregó los pasaportes al general Guido, escribía a José María
de Amaral, Encargado de Negocios de Brasil en Francia, explicándole el alcance
del paso dado y la necesidad para el Imperio de cesar todo motivo de rozamiento
con Inglaterra en la grave cuestión del tráfico de esclavos:
“...El pobre
Brasil teniendo en sí tantos elementos de disolución, tal vez no pudiese
resistir a una guerra en el Plata...” (3)
Desde que en setiembre de 1848 se afirmó
en Brasil la política de represión contra la ola revolucionaria social que
llegaba desde Europa, a nadie escapó que la consecuencia internacional de esa
represión podría llevar a una guerra contra Rosas. El 29 de septiembre de 1848
tomó el gobierno el partido conservador brasileño (conocido generalmente por
partido saquarema) con el vizconde
Olinda, antiguo Regente, en la jefatura del gabinete: su misión era postergar
todo conflicto con Rosas, mientras yugulaba la grave revolución de los praieiros –republicanos y hasta
socialistas- de Pernambuco y establecía la ley marcial en los puntos
neurálgicos del desunido Imperio. El astuto vizconde –o Maquiavelo da rúa do Lavradío- cede sumiso a las arrogancias de
Rosas, hasta dejar poco menos que en jirones el honor imperial (4). No era cosa de
enzarzarse en una guerra internacional con el frente interno en pedazos.
Tampoco Rosas podía ir a la guerra
contra Brasil en 1848, sin acabar de solucionar sus problemas con Inglaterra y
Francia. Pero la preparaba cuidadosamente, mediante el armamento y
adiestramiento de los dos fuertes cuerpos militares de los Estados del Plata:
el Ejército de Operaciones de la
Confederación Argentina acantonado en Entre Ríos y Corrientes bajo el mando
del general Urquiza, que podía poner entre 15 ó 16 mil hombres sobre las armas.
Y el Aliado de Vanguardia, de un
número aproximado de combatientes argentinos y orientales, comandado por el
general Oribe, presidente de la República Oriental.
En octubre de 1849, la noticia en
Brasil de la ratificación del proyecto Southern por Inglaterra y en
consecuencia su elevación a tratado, obliga al Imperio a ponerse en mejores
condiciones para la guerra. La revolución democrática ha sido extinguida, y el
vizconde Olinda deja la presidencia del gabinete: el 8 de octubre (de 1849) lo
reemplaza en la cartera de Negocios Extranjeros uno de los más tenaces y
hábiles diplomáticos del Imperio, Paulino José Soares de Souza, más tarde
vizconde de Uruguay. Su propósito, como lo dice Andrés Lamas en sus cartas a
Montevideo (5) era
disponer sem bulha las cosas para
una guerra inevitable.
Por once meses, Paulino retardará la
contienda (de octubre de 1849 a setiembre de 1850) mientras espera la decisión
final de Francia en el proyecto convenido en junio de 1849 entre Rosas y el
almirante francés Lepredour (al mismo tiempo que convenía el proyecto inglés
con Southern). Inglaterra había acabado por resignarse a la imposición de
Rosas, y aceptado –noviembre de 1849- que Southern la elevase a tratado. Pero
no era la misma la posición de ambas potencias agresoras. Lord Palmerston podía
presentarse al Parlamento inglés y decir que se había perdido una guerra
colonial, porque la tenaz resistencia de los nativos la hacía muy costosa, y
seguirla resultaba un mal negocio. Sin que por eso se estremeciera el Imperio
Británico.
Pero Francia era otra cosa. No podía
anunciar el ministro Rouher a la Asamblea Legislativa que la guerra en el Plata
se había perdido y era imprescindible allanarse a las imposiciones de Rosas,
sin que cayera el ministro, el gabinete, el presidente de la República y hasta
se erizaran de barricadas las calles de París. El “imperialismo” francés no
tenía los móviles comerciales del inglés: era el ansia de volver a antiguas
glorias perimidas, de creerse todavía la Francia poderosa de Napoleón o Luis
XIV. O una Francia mejor, campeona de la “civilización”, de la “humanidad”, de
la “libertad” y otras bellas palabras. Jamás aceptaría la afrenta infringida
por un gaucho bárbaro, sobre todo después que las banderas de Obligado habían
sido paseadas victoriosamente por las calles de París y llevadas a reposar como
trofeos (sino gloriosos, por lo menos logrados) en el panteón de los Inválidos.
Por un momento (enero de 1850) el
voto adverso de la Asamblea Legislativa al proyecto Lepredour, y el envío de
una fuerza armada “para amedrentar a Rosas” y hacerle aceptar otro tratado
“digno del honor de Francia”, hace despertar el optimismo brasileño. No era
Rosas hombre de amedrentarse, y por lo tanto la guerra era inminente. Se había
hablado en París claramente de una guerra, en caso de no allanarse Rosas: el
almirante orleanista Lainé había clamado contra “ese gaucho ensoberbecido que
escupe la tricolor”, el legitimista Larochejaquelin se había mofado de los
orleanistas y republicanos jaqueados por un "jefe de pandillas”; el
bonapartista conde Daru había dicho que “el tratado Lepredour no es un tratado:
es una desconsideración”, y Thiers, más arrogante que nunca, después de leer
algunos capítulos de las indispensables “Tablas de Sangre” de Rivera Indarte
(confeccionadas y pagadas para servir a esos menesteres) había atacado
duramente al gobierno “por querer abandonar la Causa de la Humanidad tan sólo
porque un monstruo cruel, pero tenaz, se mostraba in tratable”, agregando “que
a falta de Inglaterra podríamos encontrar otros aliados”: allí estaba el Brasil
“amenazado por Rosas con sublevarle sus inmensas poblaciones de esclavos”, que
se prestaría a auxiliar a Francia; allí estaban también los jóvenes “educados a la francesa, que querían y
admiraban a Francia” prontos desde Montevideo y Chile a ayudar como en 1838 al
país de sus preferencias en la victoria de la Civilización contra la Barbarie (6).
Llegó a mediados de abril (de 1850)
la expedición armada francesa al puerto de Montevideo. Con ella, tremendas
instrucciones al almirante Lepredour de hacer otra paz digna del honor de Francia, suavizadas en caso contrario con la
orden de “esperar la decisión del gobierno”. El almirante sabe que Rosas no
habría de amedrentarse y ordena que la es cuadra no pase de Montevideo para no
irritar lo y hacer imposible una negociación. El solo, se adelantará a tratar
con el intratable Jefe de los argentinos; conoce a Rosas, y sabe que se le hace
hacer un “paso ridículo, un paso vergonzoso”(7).
Acompañado de Southern visita al
Restaurador, e impasible oye la descarga del terrible mal humor de Rosas que
sin consideración diplomática se acuerda de las madres de Thiers, de Rouher y
del mismo almirante (8). El trémulo marino lo oye con resignación:
está acostumbrado a las explosiones del carácter de Rosas. Este no solamente no
le a floja una coma en el proyecto de 1849, sino que logra, con paciencia,
astucia y sobre todo energía, hacerlo aún más favorable a la Confederación. El
31 de agosto se firma el tratado definitivo, que el gobierno francés (por lo
menos la Asamblea patriotera) no podría aprobar sin mengua del “honor de
Francia”. A lo menos eso cree Paulino. Pero Rosas está perfectamente informado
de que el Presidente de Francia –Luis Napoleón Bonaparte- no va a crearse
complicaciones internacionales en momentos en que debe preparar el golpe de
estado que habría de llevarlo al trono imperial como Napoleón III. Entonces los
franceses, pueblo de conversadores, tendrían muchas cosas de qué hablar para
hacerlo de una guerra contra la Argentina.
El 31 de agosto se firmaba, pues el
tratado Lepredour - Arana que ponía fin a la intervención francesa; el 30 de
setiembre Rosas rompía relaciones diplomáticas con Brasil. Según Herrera y
Obes, Rosas, ante los preparativos imperiales de guerra, habría dicho “¡Pobres brasileros! de su emperador voy a
hacer mi mayordomo”(8 bis). Y el mismo 30 de setiembre, día en que
Paulino entregaba en Río de Janeiro los pasaportes diplomáticos al general
Guido, el Canciller del Imperio escribía al Encargado de Negocios de Brasil en
Francia, José María de Amaral, esas palabras traducidas más arriba: “O pobre Brasil, tendo em si tantos
elementos de disolução, tal vez não podesse resistir a uma guerra no rio da
Prata...”
EL MILAGRO DE LA CASA DE BRAGANZA.
Cuenta la historia de Prusia que,
acorralado Federico II en la guerra de los Siete Años, iba a librar la batalla
definitiva contra los rusos: el ejército estaba extenuado, la desproporción con
el enemigo era grande y la posición estratégica comprometida. Los generales
prusianos, convencidos de la derrota, le aconsejaban la capitulación. “¿No
habría medio de vencer?”, preguntó Federico; “Tan sólo un milagro, majestad”.
“Pues bien: esperemos el milagro de la Casa de Brandeburgo”. Y esa noche llegó
a la tienda de campaña de Federico un mensajero del zarevitch Pedro de Rusia trayendo
los planes secretos del Estado Mayor ruso para la batalla; el zarevitch,
general enemigo, torpe de inteligencia y admirador de Federico, se los
obsequiaba. Federico reúne a los suyos, les entrega los documentos que
significaban la victoria prusiana, diciéndoles alborozado: “He aquí, señores,
el milagro de la Casa de Brandeburgo”. Triunfó al día siguiente, y ganó la
guerra perdida.
A Pedro II de Brasil le ocurriría
algo parecido. En momentos en que su pariente Francisco José de Austria le
aconsejaba –en una carta del Canciller Schwarzenberg al Canciller Paulino-
rehuir a cualquier sacrificio la guerra con la Confederación Argentina “pues,
según la opinión de oficiales franceses informados in locum, la balanza se inclinaría a favor de Rosas” (9), le llega en febrero de
1851 una nota del Encargado de Negocios brasileños en Montevideo, informándole
que un agente del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones argentino lo
había visitado para hablarle de la posibilidad de “neutralizar” a ese ejército.
Paulino alborozado redacta las instrucciones (fechadas el 11 de marzo) a
llevarse verbalmente al general argentino. En abril está convenido y
garantizado el pase de éste y de su ejército; en mayo se hace el público
pronunciamiento y la alianza comprometedora y finalmente en febrero de 1852
ocurre la derrota de la Confederación.
Paulino pudo contestar en 1851 a
Schawarzenberg para que tranquilizara a Francisco José de Austria sobre la suerte
de su primo de Brasil: se había producido el milagro de la Casa de Braganza: “Le feu a pris a la maison de notre voisin,
quand il songeait a le méttre a la notre...(10).
El zarevitch que entregó los planos
para derrocar a su propio ejército, fue estrangulado por los suyos en la
fortaleza de Ropcha no obstante su deficiencia mental; su memoria quedó
proscripta de la historia de Rusia.
El general argentino sería más
afortunado.
II
DE OPERACIONES
Justo José de Urquiza era, sin duda,
el más capacitado jefe militar de la Confederación. Sus magníficas victorias en
India Muerta, Laguna Limpia y Potrero de
Vences, y la eficaz salvación de las tropas entrerrianas después de la
derrota de Echagüe en Caaguazú, así
lo acreditaban sobradamente. Era gobernador de Entre Ríos desde 1841, jefe del
Ejército Federal de la Reserva en 1845; en 1849, Comandante en Jefe del
Ejército de Operaciones que, considerablemente equipado y armado por Rosas,
sería la pieza maestra de la futura guerra con Brasil.
En aquellos años la provincia de
Entre Ríos vivía una gran etapa de prosperidad económica: los negocios de campo
se desarrollaban como nunca, corría el dinero en gran cantidad, progresaban sus
pequeños pueblos hasta transformarse en verdaderas ciudades; se instalaban
casas de comercio, astilleros, saladeros, etc. Hacia 1849 la prosperidad
entrerriana se traducía en mejoras edilicias, construcción de teatros,
escuelas, etc., costeados en buena parte por el peculio personal del
gobernador. Porque éste había crecido parejo con el de la provincia, tal vez en
mayor proporción: el general era un hábil militar y un firme gobernador, pero
también un consumado comerciante. No solamente era el hombre más rico de Entre
Ríos, sino también el distribuidor de la riqueza de los entrerrianos: nadie
podía faenar sin su autorización, nadie exportar una libra de carne sin su
visto bueno. Era el mayor propietario de campos en la provincia, el fletador de
los buques de cabotajes y monopolizador de los saladeros, y no había tenido los
escrúpulos de Rosas para cerrar sus negocios al llegar al gobierno.
El secreto del enriquecimiento
entrerriano estaba en el largo sitio de Montevideo, iniciado en 1843. La verdad
es que las estancias entrerrianas, más que de los saladeros riograndenses,
salía la carne consumida en la ciudad sitiada.
No era el solo rubro de su
enriquecimiento. Desde 1847 las balleneras de cabotaje (de propiedad o fletadas
por el gobernador en su casi totalidad), no solamente llevaban a Montevideo la
carne en forma de charque o de ganado en pie, sino traían en retorno
mercaderías de procedencia europea, reexpedidas inmediatamente a Buenos Aires.
Era un gran negocio comprar manufacturas europeas en Montevideo, llevarlas a
Entre Ríos y reexpedirlas a Buenos Aires: entradas como de “procedencia
interior” eludían las prohibiciones y altos aforos de la Ley de Aduana porteña.
Era un verdadero contrabando –tráfico
irregular, lo llama Herrera y Obes con eufemismo (11)- que perjudicaba a la
Confederación por la burla de la ley protectora de la producción artesanal
interna.
La salida de oro hacia el extranjero
por la puerta falsa de Entre Ríos, formaba el tercer renglón de grandes
ganancias irregulares. Rosas había prohibido en 1837 la exportación del oro a
fin de mantener una existencia que sostuviera el valor del peso e hiciera
elásticas las reacciones del mercado. Naturalmente, la ley de Rosas prohibía la
salida de oro de Buenos Aires al exterior, pero lo permitía hacia otras
provincias. Pero las goletas y balleneras del gobernador Urquiza, que llevaban
mercaderías europeas a Buenos Aires, retornaban con grandes cantidades de oro
que llevaba a vender a Montevideo; el precio del oro, debido a su prohibición
de exportarlo, era más bajo en Buenos Aires que en Montevideo (11 bis).
Si en la exportación de la carne entrerriana
a Montevideo tenía el gobernador la parte del león, en los otros dos tráficos irregulares (introducción de
mercaderías europeas y venta de oro) era el exclusivo beneficiario. Sus libros
de contabilidad demuestran que se valía de la gerencia o sociedad de dos
fuertes comerciante catalanes, Esteban Rams y Rubert en Buenos Aires (para la
colocación de las mercaderías europeas y la compra de oro) y Antonio Cuyás y
Sampere en Montevideo, encargado a su vez de colocar la carne y el oro y
adquirir productos europeos.
EL “TRAFICO IRREGULAR” (1849).
Nada podía importarle a Rosas que
Urquiza, o Entre Ríos, se beneficiaran económica o comercialmente, siempre que
no lo hicieran en perjuicio de la Confederación. Legislar sobre las formas del
comercio entrerriano es taba –por el sistema político vigente- fuera de su
jurisdicción: no podía impedir que el gobernador de Entre Ríos adoptase para su
provincia el sistema de librecambio e introdujera sin derechos mercaderías
extranjeras, como tampoco que permitiera la libre exportación de oro a
Montevideo. Cada provincia era dueña exclusiva de sus aduanas, tanto interiores
como exteriores. Pero no le haría gracia a Rosas que desde una provincia
argentina se alimentase a la ciudad sitiada por el ejército de la
Confederación, ni tampoco que el tráfico del gobernador de Entre Ríos
perjudicase a la Confederación extrayéndole su oro o abarrotando su mercado
interno de mercaderías europeas. Por eso ordenó a Capitán del Puerto de Buenos
Aires que negare licencia para cargar oro en buques con destino a Entre Ríos, o
descargar de buques de esa procedencia toda mercadería que no fuera de
producción nacional. Urquiza protesta invocando la “felicidad de esta
provincia” con las razones de toda prédica librecambista. Rosas queda
impasible. El 26 de octubre Urquiza reitera su protesta con mención de la gloria federal adquirida en India
Muerta, el Potrero de Vences, etc. Rosas da nuevamente la callada por
respuesta.
Ambas notas, conocidas en
Montevideo, hicieron suponer una ruptura de Urquiza con Rosas. Valentín Alsina,
director del Comercio del Plata de
Montevideo y activo jefe de los unitarios en la ciudad, escribe a Brasil el 18
de noviembre de “la necesidad de tantear
a Urquiza” (12).
Hacia febrero (de 1850) recrudece el
rumor de que Urquiza rompería con Rosas si éste no le devolvía sus negocios. Se
llegó a hablar de que el rompimiento había sido público. Silva Pontes, En
cargado de Negocios brasileño, pregunta a Herrera y Obes, ministro de
Relaciones Exteriores, el 14 de ese mes lo que sabía de cierto. Este no puede
contestarle “pues los periódicos de aquella provincia (Entre Ríos) hasta el 7
del cte., muy lejos de apoyar aquel rumor, siguen mostrando que Urquiza sigue
ligado en un todo a los principios de la política de Rosas” (13).
Se encontraba en Montevideo Antonio
Cuyás y Sampere, agente y socio de Urquiza. Se había convertido en un tremendo
antirrosista desde que las prohibiciones del Restaurador mermaran sus
comisiones en la venta del oro y adquisición de mercaderías europeas. No veía
el tiempo de restaurar las cosas al estado de antes, y hablaba en público de la
necesidad de abatir al tirano porteño que oprimía a la libertad comercial
entrerriana. Años después escribiría unos valiosos Apuntes sobre la parte que le cupo en la “gran política” (así la
llama) que desembocaría en el Pronunciamiento de mayo de 1851. Atribuye “la
conversión de Urquiza a la causa de la libertad” (la frase va por su cuenta) a
su ojo certero para hacerle ver sus mejores conveniencias.
En sus Apuntes, Cuyás dice con ingenua sinceridad que...
“...para ayudar al Gral. Urquiza a salir de
su atolladero y situación comprometida con respecto a Rosas, hacía yo una
activa propaganda para hacer olvidar a los pueblos sus yerros pasados, sus
actos de crueldad y tiranía; para presentarlo como Jefe de un gobierno paternal
y justiciero..." (14).
Escritos en 1888, cuarenta años
después de ocurridas las cosas, los Apuntes
de Cuyás tienen omisiones, confusiones y trastrueques explicables, pues el
autor había pasado largamente los 80 años. Pero están escritos con sinceridad y
con una noble admiración comercial por Urquiza (a quien elogia principalmente
por la habilidad en enriquecerse). Su valor, como documento histórico es
subsidiario, pero sirve para aclarar algunas lagunas de los documentos
diplomáticos.
Silva Pontes sabe la existencia de
Cuyás y sus palabras en marzo de 1850. En esa fecha escribe a Brasil:
“Afírmase
en secreto que Urquiza tiene aquí un agente, y que este agente asegura que él,
Urquiza, conoce perfectamente los riesgos de su posición, pero que podría salir
de ella apenas se convenza de poder hacerlo con buen éxito” (15).
Con inocencia o cinismo, Cuyás solía
decir a quienes le preguntaban sobre Urquiza:
“No tiene plan fijo. Obrará según las circunstancias se presenten y como lo
demanden los intereses de la provincia
y los suyos personales” (16).
El catalán visitaba a Valentín
Alsina, al ministro Herrera y a otros prohombres de la defensa. No tenía
relación, por entonces, con el Encargado de Negocios brasileño. Pero el
ministro informaba a éste de las sugerentes palabras del socio del general
argentino. Alguna vez, a principios de abril (de 1850), al tiempo de llegar a
Montevideo la “expedición armada francesa” que acompañaba la segunda visita de
Lepredour a Rosas, y parecer inminente una guerra franco - brasileña contra la
Confederación Argentina, solicitó Silva Pontes algo más explícito a Herrera.
Según Pontes no pasó de una simple pregunta al ministro de una ciudad protegida
por su gobierno, y que mantenía relaciones con agentes de generales enemigos.
¿En qué condiciones podría contarse con un “pronunciamiento” de Urquiza? Pero
Herrera y Obes –“la frondosa imaginación de Herrera” dirá Pontes a su gobierno
en su descargo- tomó la pregunta inocente por una en cuesta oficial del
representante del Imperio. El ministro montevideano llamó a Cuyás, y muy
seriamente en nombre del Brasil, le
formuló una cuestión absurda para ser sometida a un militar argentino: “En caso
de una guerra de la Con federación con Brasil y Francia, ¿podría contar Brasil
con la defección de Urquiza a sus deberes?” (17).
Herrera, hombre poco discreto, debió
exigir una contestación urgente, y Cuyás no es taba en condiciones de viajar a
Entre Ríos. Pues preguntas de esa índole se llevan verbalmente, sin dejar
rastros escritos. Lo cierto es que Cuyás cometió la indiscreción de deslizarla
en una carta enviada a Urquiza el 9 de abril:
“Me consta
de una manera positiva que el Encargado
de Negocios del Brasil en esta ciudad ha recibido órdenes de su gobierno para averiguar si, en el caso de
una guerra con los Estados del Plata, podría contar con la neutralidad de V.E.;
y en consecuencia de esta orden hace
tres días que ha estado en el Ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo las
explicaciones que ese gobierno pudiese darle a este respecto” (18).
El 11 Cuyás vuelve a escribir a
Urquiza para informarle de la llegada a Montevideo de la totalidad de los
buques de la expedición francesa. Y agrega, sugestivamente que habría de correr
abundante el oro como en 1838:
“Han
llegado a más – dice -, grandes
cantidades de dinero remitidas por el
banquero de París Rothschild, con el
intento de comprar las letras que los
agentes franceses giren contra el Tesoro de Francia, y pertenecientes
otras a la Caja de la División Expedicionaria. Las primeras se hacen subir a 40
mil onzas de oro, y las segundas a 10
mil.”
“Ayer salió el almirante (Lepredour) para Buenos Aires” (19).
“¿CÓMO HA CREÍDO, PUES, EL BRASIL QUE
EL GENERAL URQUIZA SERÁ TRAIDOR?”(20 de abril de 1850).
La respuesta de Urquiza sería
terrible. Agraviado como argentino y como jefe militar por la pregunta del
gobierno enemigo, escribe a Cuyás el 20 de abril:
“Si las
miras del gobierno francés fueran ambiciosas y de conquista ¡qué prepare y vaya
preparando sus francos y sus hombres,
persuadido que la lucha será terrible!”.
Entra luego al objeto de la carta de
Cuyás; lo indigna con estruendo la suposición del enemigo:
“Crea Ud.
que me ha sorprendido sobre manera que el gobierno brasilero, como lo asevera,
haya dado orden a su Encargado de Negocios en esa ciudad para averiguar si
podía contar con mi neutralidad...
”Yo, Gobernador y
Capitán General de la Provincia de
Entre Ríos, parte integrante de la Confederación Argentina, y General en Jefe
de su Ejército de Operaciones, que viese empeñada a ésta o a su aliada la
República Oriental en una guerra, en que por este medio se ventilasen
cuestiones de vida o muerte vitales a su existencia y soberanía... ¿Cómo cree,
pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e
impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte
de nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a
mi Patria, sin romper los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin
borrar con esa ignominiosa mancha mis antecedentes?
”El Gabinete imperial al expresarse así me
ha inferido una grave ofensa,
suponiéndome capaz de faltar a mis
santos y obligatorios deberes, olvidando que siempre los he llevado
del modo que mejor posible me ha sido, y que así lo verificaré... Debe el
Brasil estar cierto de que el General Urquiza con 14 ó 16 mil valientes
entrerrianos y correntinos que tiene a sus órdenes sabrá, en el caso que ha
indicado, lidiar en los campos de batalla por los derechos de la Patria, y
sacrificar, si necesario fuera, su persona, sus intereses, fama, y cuanto
posee” (20).
En la misma fecha – 20 de abril- el
secreta rió de Urquiza, de apellido Cabral, se dirige a Cuyás por separado
haciéndole saber que “por orden del Gobernador debe mostrar la carta de S.E. al
ministro brasilero” (21). Cuyás acusa recibo el 6 de mayo:
“Hace tres días que
recibí la apreciable de V.E. del 20 del cte. (sic) y juntamente con ella las del Sr. Cabral, de que me he
impuesto literalmente.
”De la V.E. no haré
ahora el uso que el Sr. Cabral me indica, por temor de que comprometiera mi
seguridad personal derramando la sospecha de ser un agente político de V.E.;
mas estaré a las miras de un momento oportuno para hacerla saber del Sr.
Encargado de Negocios del Brasil y demás personas influyentes en ésta, y entre
tanto procuraré que se traduzcan y generalicen sus pensamientos y miras
políticas tan abundantemente patrióticos” (22).
Lo de
abundantemente patrióticos es exclusivamente para Urquiza, pues en sus Apuntes
Cuyás lamenta la carta del 20 de abril donde “las esperanzas se desvanecieron,
sin quedar más que desengaños y aumentos de desconfianza”(23).
“DEIXEMOSLE E ESPEREMOS” (JULIO DE
1850).
Pero Urquiza quiere a toda que Silva
Pontes lea su carta. La publica el 6 de junio en El Federal Entre-Riano, de Paraná, callando el nombre del
destinatario. En el mismo periódico hace escribir un elocuente editorial,
posiblemente por la pluma del Dr. Severo González:
“Sepa el mundo todo, que cuando un poder
extranjero nos provoque, esa será la circunstancia indefectible en que se verá
al inmortal general Urquiza al lado de su honorable compañero el Gran Rosas,
ser el primero que con su noble espada vengue a la América...” (24).
Mucho es el desagrado de Silva
Pontes. La indiscreción del agente de Urquiza o del imaginativo Herrera, dejaba
a su país y a él en una poco cómoda posición. Redacta un formal desmentido, que
eleva en consulta a Río de Janeiro con la explicación de su conducta. Es
cierto: había hablado sobre una posible defección de Urquiza con el ministro
Herrera, cuya frondosa imaginación
pudo “entender que mi opinión individual se podría tomar por opinión del
gobierno Imperial”. El nombre de Cuyás aparece entonces por primera vez en la
correspondencia diplomática brasileña:
“Aquí hay un conocido agente de Urquiza. Es
un español de nombre Cuyás, que seguramente no es un Cujaccio. Acostumbra ver
con frecuencia a don M. Herrera. Es a este Cuyás que parece haber sido escrita
la carta de Urquiza” (25).
Paulino dará en esa oportunidad una
excelente lección a Silva Pontes de conducción diplomática. Debería pasar por
alto la carta de Urquiza no obstante sus injurias al Imperio:
“No me parece político –le
escribe- ocuparnos de Urquiza ni para decir
bien de él, ni para decir mal. Si decimos bien, lo ponemos en la necesidad de
practicar actos de dedicación a Rosas, que con ellos gana. Si decimos mal,
irritaremos a un hombre del cual, en tiempo oportuno, habremos de precisar, y
que en tiempo oportuno puede ayudarnos. Dejémoslo y esperemos” (26).
Con esta carta, Paulino acaba de
ganar la guerra.
O CONTRA NOSOTROS?” (enero de 1851).
Entre esa fecha y noviembre de 1850
el nombre de Urquiza desaparece de la correspondencia diplomática brasileña.
Solamente se lo menciona, como imaginativa esperanza, en la montevideana. El 14
de setiembre, Herrera dice a Lamas: “De Urquiza he recibido una visita muy expresiva (subr.) No tengo perdidas
mis antiguas esperanzas”. Tal vez una de las periódicas charlas de Cuyás, o la
visita de un joven oriental –Manuel N. Muñoz- que, como correo comercial y
portador de dinero entre Urquiza y su socio catalán de Montevideo, hacía
continuos viajes de Concepción del Uruguay a Montevideo.
A fines de octubre se sabe en
Montevideo (e inmediatamente en Brasil) que una misteriosa conferencia ha
tenido lugar el 23 de setiembre entre Urquiza y el gobernador Virasoro de
Corrientes; ha sido en Concordia con motivo o pretexto de unas carreras de
caballos. Atentos a todos los pasos de Urquiza, renacen las esperanzas de los
enemigos de la Confederación. Valentín Alsina informa a Lamas que Virasoro
habría dicho al regresar de Concordia “que su provincia, Entre Ríos y el
Paraguay serían repúblicas independientes” y añade: “lo que me gusta” con el
particular sentido del patriotismo de los unitarios (27).
Como nada ocurre tras la conferencia
de Concordia, Alsina empieza a desesperar. En cambio Herrera cree –y así
escribe a Río de Janeiro- que: “Urquiza parece firme en no tomar parte en la
guerra si llega a tener lugar” (28).
A principios de enero el dubitativo parece del montevideano se trueca en un
asertórico tengo la seguridad. Escribe
a Lamas como post-data de una carta el 13 de enero:
“Diré a Ud. en suma reserva que al fin he logrado contestación de Urquiza a mis
aperturas y proposiciones. Estoy contentísimo: ella no podía ser mejor. Por lo pronto
tengo la seguridad de que en el caso de una guerra con Brasil; Entre Ríos y
Corrientes serán neutrales. Es decir, estarán con nosotros, porque Ud. sabe que
Rosas no es hombre de admitir esas posiciones medias” (29).
¿Hubo realmente una respuesta afirmativa de Urquiza a las
“aperturas y proposiciones” de Herrera, trasmitidas verbalmente por el joven
Muñoz o por don Antonio Cuyás y Sampere? La correspondencia de Herrera no
permite admitirlo, y menos la actitud que tomará inmediatamente Urquiza.
Como en enero de 1851 no estaba en
Montevideo Cuyás y Sampere, y en cambio acababa de llegar (alrededor del 10 u
11) el joven Muñoz, puede conjeturarse que el presunto mensajero de Urquiza
recibido por Herrera sería este último. No puede aceptarse que trajo algo serio
–una carta, un mensaje, unas proposiciones concretas- como para que el
montevideano se pusiera contentísimo.
A lo menos no hay rastros en su archivo, ni huella en su correspondencia. Debió
tratarse de una visita de Muñoz donde se habló de Urquiza, y el joven
correveidile habrá repetido –por su cuenta, o para hacer el juego de Urquiza-
la posibilidad de una “neutralización” del ejército de operaciones.
La frondosa imaginación de Herrera (como decían los brasileños) hizo
lo demás. No estaba desacertado al creer que Urquiza daría un paso firme hacia
el enemigo. Pero las palabras posibles de Muñoz no eran aún ese paso, aunque lo
prometían; Urquiza no habría de valerse de los instrumentos montevideanos para
acercarse a Brasil. Cuando llegase el momento, lo haría directamente.
Alsina, en cambio, no espera ya
tanto de Urquiza. Ha pasado demasiado tiempo desde la misteriosa conferencia de
Concordia y la actitud de Urquiza no se ha traducido en nada palpable. Tampoco
Brasil se ha acercado al general argentino. Y sabe por su servicio de
informaciones en Buenos Aires...
“...que Rosas está gastando mucho dinero para saber noticias y secretos. Item: que Rosas se ha dejado decir -¿serán bolazos?- que para marzo armará grita en la Sala para declarar la guerra (a Brasil) venga de Europa lo que venga (la ratificación o rechazo del tratado Lepredour). Y que siendo contra brasileros cree que Urquiza, a pesar de su indiferencia actual, lo ha de ayudar porque lo detesta...” ...escribe a Lamas a Río de Janeiro el 14 de enero (30).
¿Qué ha ocurrido para que, en el
momento mismo de romperse relaciones con el Imperio y prepararse la guerra, el
general del Ejército de Operaciones pareciera asumir una actitud de
indiferencia, y no se encontrare plenamente dispuesto a “sacrificar por los
derechos de la Patria su persona, intereses, fama y cuanto poseía”, como lo
expresaba en su carta del 20 de abril? (31). ¿Por qué ha sugerido al gobernador
de Corrientes una imposible “independencia” de sus provincias, si no ha mentido
el corresponsal de Alsina? ¿Cómo podría ser “neutral”, como lo cree Herrera, en
una guerra “donde se juega nada menos
que la suerte de nuestra nacionalidad”? ¿Por qué, para decirlo con las crudas
palabras del mismo Urquiza el 20 de abril –¡hace tan poco!- su conducta deja
entender que estaría dispuesto a “traicionar a su Patria”, a “borrar de un
plumazo todos sus antecedentes”?
Uno de sus secretarios –Nicanor
Molinas- lo explicará años después, y en su elogio, por móviles mezquinos:
“Al pronunciamiento se fue porque Rosas
no permitía el comercio del oro por Entre Ríos” (32). El brasileño Duarte da Ponte Riveiro al
informar al Canciller Paulino del posible objeto de la conferencia de Concordia
del 23 de setiembre entre Urquiza y Virasoro, explica que...
“...(Rosas)
não permitiu que a Entre-Rios vao navios estrangeiros, nem que dai saiam para ultramar. Não
concedeu tambem que passem metais para Entre-Rios. Urquiza não só é Governador,
senão também o primeiro negociante de seua Provincia, e as negativas de
Rosas... o perjudicam enormemente como negociante...” (33).
Muchos historiadores argentinos, aun
para enaltecer a Urquiza, encuentran en su reacción de comerciante perjudicado
el móvil de lo que llaman gran política.
Preferiría, por Urquiza, suponerle otros motivos. Preferiría encontrarle
escrúpulos liberales o constitucionales, no exteriorizados hasta entonces;
quisiera creer que cambió repentinamente la idea sobre las condiciones de Rosas
para dirigir la Confederación, o sobre sus procedimientos para mantener el
orden interno y el respeto externo. Todo, antes de admitir que sus
resentimientos de comerciante pudieran llevarlo al “crimen de los crímenes” de
las leyes antiguas.
Cualquiera fuese el motivo de su
actitud, de confirmarse las suposiciones de Herrera, Muñoz y Cuyás, esa
conducta en el momento mismo de iniciarse la guerra con el Brasil –póngase
todos los atenuantes y explíquese por los móviles más nobles y elevados que se
quiera- no tiene perdón en un argentino, y menos en un jefe militar comandante
del ejército destinado precisamente a invadir a Brasil. Si buscó con sinceridad
liberal acabar con la tiranía o se había convertido a la prédica de quienes
querían “una constitución” –como lo explicaría dentro de poco- debe reconocerse
que la oportunidad elegida para exteriorizarlo era sencillamente alevosa para
la patria para darle el más suave de los calificativos.
Quiero creer, y existen abundantes
presunciones, que Urquiza tomó el camino del retraimiento y amagó con “pasarse”
a Brasil, a fin de hacerse valer ante Rosas. Supongo –como lo creyó Rosas- que
Urquiza quiso aprovechar su condición de Jefe insustituible del Ejército
argentino de Operaciones y la proximidad de la guerra, para recobrar sus
privilegios de comerciante irregular. Sin el Ejército de Operaciones y sin su
Comandante en Jefe, la guerra estaba perdida para la Confederación. Debió creer
que Rosas le devolvería sus negocios aduaneros como premio por quedarse en las
filas argentinas: el Restaurador no podía arriesgar la victoria definitiva de
su política a un simple escrúpulo de moral administrativa. Al fin y al cabo el
precio pedido no era alto –un poco de tolerancia y de vista gorda en los
negocios aduaneros- y retribuido ampliamente con el triunfo sobre el Imperio y
la consolidación en el continente de la política americanista.
Urquiza demostró no conocerlo a
Rosas; no era éste hombre de tolerar negociados ni amenazas. ¿Hizo mal,
tratándose de semejantes y gravísimas circunstancias? El problema evade el
ámbito político para entrar en el moral. Si el Jefe de la Confederación hubiera
sido más flexible; si hubiese sabido dejar de lado escrúpulos y no tuviera un
sentido tan recto de la justicia, el beneficio habría sido superlativo para la
Argentina. Pero, ¿puede en rigor de verdad, condenarse a Rosas por tener una
conciencia inflexible? ¿pueden, por otra parte, condenar a Rosas por eso
quienes absuelven a Urquiza por lo otro?
La verdad es que Rosas no creyó
(hasta encontrarse frente a la evidencia) que la actitud de Urquiza
desembocaría en la traición a la patria. Esperó con obstinación que al
iniciarse la guerra –contra Francia, contra Brasil, o contra ambos- el
entrerriano dejando para otra oportunidad sus ambiciones o apetencias, correría
a tomar su puesto de honor en las filas argentinas: lo creía apegado a la
tierra, criollo de corazón y pensamiento, descreído hacia ideologías liberales
de importación extranjera. No, no era un unitario, Justo José de Urquiza,
gobernador de Entre Rios y Comandante del Ejército de Operaciones. Quería
aprovechar una oportunidad comercial, solamente: pero no podría llegar nunca a
la traición. Todo era cosa de esperar sin expresar resentimiento, ni aflojarse
tampoco en las irregularidades que exigía. Cuando las cosas apretaran “esa será
la circunstancia en que se verá al inmortal Urquiza al lado del Gran Rosas, ser
el primero que con su noble espada vengue la América” como había dicho en el
mes de junio.
No creía Rosas que ciertos deberes,
como la lealtad a la patria, pudieran ponerse en el platillo de la simbólica
balanza. Hasta abril de 1851, esperó que el patriotismo de Urquiza se
sobrepondría a sus apetencias. Fue el más grande, y el más catastrófico error
cometido por Rosas en su vida. Si al poner precio a su participación en la
guerra, Urquiza demostraba no conocerlo a Rosas; al negar ese precio y confiar
en su reacción patriótica, Rosas a su vez demostró no conocerlo a Urquiza.
III
Tenía la Legación brasileña en
Montevideo un buquecillo de vapor sumamente veloz para la época: el Golphinho (delfín) destinado a las comunicaciones
urgentes entre Montevideo y Río de Janeiro. En condiciones normales hacía el
viaje en siete días, y forzadas las máquinas podía reducirlo a seis o menos.
Fue en el Golphinho que Herrera envió a Lamas la carta mencionada del 13 de
enero, con la post-data sobre la optimista contestación de Urquiza a “mis
aperturas y proposiciones”. El 20 llega el vapor a Río de Janeiro; la
correspondencia es distribuida con suma lentitud a causa de la epidemia de
fiebre amarilla. Lamas no está en la capital, sino en las alturas de Petrópolis
libres de la peste; allí recibe el 21 la carta de Herrera. No obstante la suma reserva pedida por su superior, se
apresura a transcribir el párrafo a Paulino, que se encuentra en la chacra del
“Macaco” fuera del foco de la epidemia:
“Es mi deber comunicarle a V.E. el siguiente
período de la carta del Sr. Ministro Herrera del 13 del cte. Dice así: ”Diré a
Vd. en suma reserva que al fin he
logrado contestación de Urquiza a mis aperturas y proposiciones, etc.,
etc... ”
”V.E. me permitirá
decir que no me sorprende este resultado... Hoy tiene confirmado mucho de lo
que le he dicho... Ahora, en estos momentos, un simple paseo militar con menos,
con mucho menos, de lo que hay en Río Grande (cuartel general brasileño para la
próxima guerra) acaba la cuestión en pocas semanas... lo veo, lo toco...” (34).
¿Qué movió a Andrés Lamas a poner la
intriga en manos brasileñas? Más tarde explicará a Herrera haber supuesto que
el Golphinho trajo idéntica noticia
a Paulino, “y para disminuir la malísima figura que haría si me callara la
boca” (35) optó
por hacer saber al gobierno brasileño el informe dado en suma reserva por el suyo.
De Andrés Lamas puede esperarse
todo, menos un traspié semejante. Por sus actitudes anteriores (y más todavía
por las posteriores) demuestra ser un hombre de Brasil en cuerpo y alma. Quiso
poner la “negociación Urquiza” en manos que supieran administrarla mejor que
las inhábiles de Herrera. Se la retransmite, por lo tanto, a Paulino. Y aprovecha el momento (la frase está en
la carta de Lamas a Paulino) para rogar una vez más la concertación de firmes
tratados que unieran a la República Oriental –una vez eliminados del Plata
Rosas y Oribe, por supuesto- con el Imperio de Brasil. “Hay que aprovechar el
momento, este momento”. También urge por algunos pesos, de los cuales estaba
siempre necesitado.
Paulino esperaba que Urquiza
golpease las puertas de Brasil, y por eso no dio mayor importancia al párrafo
de Herrera. Se limitó a despachar al Golphinho
de regreso al 27, con un mensaje a
Pontes: “Herrera tuvo respuesta satisfactoria de Urquiza con quien abrió
comunicación. Vea si pesca lo que hay, para informarme” (36).
No era necesario. Mientras Paulino
leía el párrafo de la carta de Herrera trasmitida por el complaciente Lamas,
algo de mucha trascendencia para Brasil ocurría en Montevideo. La noche del 24
de enero, a altas horas a fin de eludir indiscreciones, don Antonio Cuyás y
Sampere que acababa de llegar esa tarde de Entre Ríos, iba a golpear la puerta
de la Legación Imperial de la calle Ituzaingó. Muy en secreto y “como cosa suya” venía a proponerle al
representante brasileño un plan que llevaría a la defección de Urquiza de la
causa argentina y que él (Cuyás) se ofrecía a llevar ante el general como
“propuesta formal del Imperio” (37).
Era lo esperado, y Silva Pontes no
se extrañó mayormente, aunque tuvo –como veremos- sus dudas de que un general
argentino pudiese hacer algo así. Bien claro le había dicho su Canciller en
junio pasado: a Urquiza deixemos-le é
esperemos; que un agente suyo vendría, tarde o temprano, a llamarlos si
estaba resuelto, pese a sus escrúpulos de la carta del 20 de abril, a entrar en
negociaciones con el Imperio enemigo.
LA NEGOCIACIÓN DE CUYÁS (24 de enero
de 1851).
Cuyás habló extensamente a Silva
Pontes. Repitió una y cien veces, pidiendo un sepulcral silencio, que sus palabras “eran cosa suya”, que “Urquiza
nada sabía”, que “él obraba por su cuenta”. Pero Pontes no era hombre de
engañarse. Ni menos Paulino. Tanto éste como aquél, escriben sobre esta
conferencia de Cuyás como si el mismo Urquiza hubiera entrado en persona
aquella noche de enero en la Legación de la calle Ituzaingó.
Tampoco podemos ponerlo en duda los
historiadores. Cuyás no se habría arriesgado a someterle a Urquiza “en nombre
del Imperio” y personalmente, un plan rechazado con tan terribles palabras al
serle llevado por el mismo Cuyás, en su carta de abril del año anterior. Además
su visita al brasileño a las diez de la noche ("altas horas” dicen los
Apuntes del catalán, y a la verdad que esa hora era alta en el régimen de la
ciudad sitiada), la misma tarde de llegar de Entre Ríos, no puede tener otra
explicación que el cumplimiento de un encargo dado por el mismo Urquiza.
Pero hay algo más, y definitivo. Al
día siguiente –25 de enero- Cuyás despachó a Muñoz a Entre Ríos, con una carta
a Urquiza diciéndole escuetamente: “Los encargos que me hizo he principiado a
cumplirlos y seguiré haciéndolo. Cuento que todo se hará de acuerdo a nuestros
deseos” (38).
Solamente que por una elemental precaución no puso este mensaje sibilino bajo
cubierta a Urquiza, sino en la del secretario de Urquiza, Juan Francisco Seguí.
Después de hablar largamente con
Pontes esa noche, Cuyás visita al ministro Herrera y le presenta el mismo plan
–“seguiré cumpliendo sus encargos” ha escrito a Urquiza el 25-: llevarle a
Urquiza “como cosa suya (de Herrera) la propuesta de que Urquiza “como cosa
suya (de Herrera) la propuesta de que Urquiza mediara en el conflicto”. Nada
dice a Herrera de su anterior conferencia con Pontes (39).
El 27 sale el vapor mensual de la
carrera entre Buenos Aires-Montevideo-Río de Janeiro. Es el Esk, buque inglés, y Pontes sabe que
los espías de Rosas se enteran de toda la correspondencia que no sea llevada a
mano. No puede arriesgarse a informar por el Esk a su gobierno de las proposiciones de Cuyás; se limita a
escribir por el paquete inglés que tenía importantes nuevas “que no mandaba
inmediatamente por cautela” (40). Aún no había llegado el Golphinho de Río de Janeiro (salió el mismo 27 de la capital
brasileña) con la orden de Paulino de que pescara lo que hubiera entre Urquiza
y Herrera.
El 31 zarparía un vapor brasileño,
el Paquete do Sul, donde Pontes
podría remitir su informe con garantías de seguridad. Aprovecha los cuatro días
que quedan para sonsacarle algo a Herrera, pues presume que el catalán ha
hablado también con el ministro; lo visita el 29 y confirma que ha hablado con
Cuyás, pero Herrera le resta importancia: no es por Cuyás cómo se entiende con
Urquiza, y trata de despistarlo diciéndole que “las negociaciones las tiene
emprendidas por vía de Río Grande”. Ambos se ocultan mutuamente al catalán.
El 30 escribe Pontes un largo
informe a Paulino de la entrevista de Cuyás y las proposiciones que éste se
ofrecía a llevar a Urquiza “en nombre del Imperio”. Lo despacha a Río de
Janeiro el 31 por el Paquete do Sul.
“Existe
actualmente en esta ciudad un agente del general Urquiza de nombre Cuyás. Me
parece que ya tuve ocasión de mencionar a V. Excia. el nombre de este
individuo...
”De lo comunicado por éste hace pocos días,
puedo deducir que el general Urquiza no desea ir a la guerra contra Brasil... y
que se prestaría de buen grado, no solamente a permanecer neutral,
circunstancia que impediría a Rosas entrar en campaña, sino también a promover
la caída de Oribe y la elevación de Garzón para la presidencia, asegurando que
éste daría a Brasil todas las satisfacciones y reparaciones que le son
debidos”.
El brasileño se extraña. Urquiza,
jefe del ejército que entraría en campaña contra Brasil ¿podría dejar de lado
de esa manera sus deberes, y renunciar a la defensa de su patria, y hasta
promover los intereses brasileños en el Estado Oriental por la imposición de un
presidente “que daría a Brasil todas las satisfacciones y reparaciones que le
son debidas”? Es decir: las Misiones discutidas, los límites, la navegación de
los ríos, la influencia preponderante.
De allí que se pregunte:
“¿Pero
obrará Urquiza, en efecto, de buena fe?... ¿No será una comedia entre él y
Rosas (para precipitar a Brasil en una guerra)?
”Una tal perfidia sería en verdad atroz:
¿pero no siguen los caudillos la máxima propalada por el dictador de que es
lícito armar lazos para cazar tigres?...
”Hago estas
indicaciones por el interés natural que debo tomarme en que el Gobierno
Imperial no sea sorprendido; y porque personas con experiencia en nuestros
negocios y conocedores de los hombres de éstos países, piensan que los
movimientos, posición y marcha actual de Urquiza, siempre que no sean una pura
comedia, tienen por exclusivo fin conseguir de Rosas que le beneficie con menor
yugo, sin tener ninguna intención seria de romper con el Dictador...”
O una comedia urdida con Rosas para
precipitar a Brasil en una guerra demorada, o simples maniobras de Urquiza para
hacerse valer ante Rosas y recobrar sus negocios fluviales. Pero, por las
dudas, sigue el brasileño:
“Quiero
suponer, empero, que Urquiza proceda de buena fe... Pretende Urquiza que, antes
de hacer el Brasil el menor movimiento sobre el Estado Oriental, le avise lo
que pretende hacer, los motivos que lo llevan a ello, y las satisfacciones que
espera tener de la guerra.
”Si Brasil
acepta esta exigencia, don Justo está dispuesto a presentarse como mediador, y
concurrir para que salgan del Estado Oriental las tropas argentinas, y a influir
de manera tal en la elección del futuro Presidente que el electo sea el general
Garzón.
”Si el
Brasil, sin hacer eso, hace entrar fuerzas en el Estado Oriental, el general
Urquiza tomará parte en la guerra contra el Brasil, y arrojará en la balanza el
peso de su ejército con el que amenaza a la tierra, al cielo y al mundo.”
¿¡Y eso proponía nada menos que o general dos exércitos da Confederacão
Argentina!?
“Ante una
tal manera de argumentar, y receloso de despertar las desconfianzas en Urquiza,
guardé para mí las reflexiones que naturalmente me ocurrieron, nacidas de ver a
Urquiza con pretensiones iguales a las que podría tener el Jefe de un Estado
independiente de la Argentina, y que fuese reconocido como tal, y también de la
simplicidad con que el general de los Ejércitos de la Confederación Argentina
exige del gobierno que va a romper hostilidades con el suyo ¡¡la declaración
previa de que va a hacerlo!!” (41).
Si el plan sometido por Cuyás no era
aceptable, “alguna coisa ha importante”
en el hecho de que Urquiza iniciase conversaciones con el enemigo. Por eso
Pontes solicitaba de Paulino una respuesta para ser llevada al general
argentino, pues...
“...recelo
que los sucesos se precipiten antes de llegar a un acuerdo y en el acto de
Urquiza nos será hostil. Para lamentar será eso.
”Urquiza,
si no aliado, a lo menos neutralizado con su ejército, podría concurrir mucho
para la mejor y más pronta solución de nuestros negocios.”
El plan de Urquiza que Cuyás
“transmitiría al general” era: 1º) advertencia de Brasil a Urquiza de una
invasión al Estado Oriental; 2º) Urquiza se presentaría entonces como
“mediador” entre su patria y el enemigo; 3º) rechazado por Rosas, como habría
de serlo, concurriría con los brasileños a expulsar a las tropas argentinas que
sostenían a Oribe; 4º) influiría en la elección del sucesor de éste,
asegurándole la presidencia al general Garzón; 5º) Garzón se comprometería a
arreglar a gusto de Brasil los problemas que el Imperio tuviese.
Era pueril. Pero convenía seguir las
negociaciones. Urquiza había dado el primer paso en el camino, y el primer paso
es el que cuesta.
EN ENTRE RIOS (enero, febrero de
1851).
El 5 de enero (de 1851) el oficioso
de Concepción del Uruguay La
Regeneración, dirigido por el joven porteño Carlos de Terrada (42), publicaba
un artículo resonante titulado El Año
1851: el año 1851 no sería el de la guerra triunfante contra Brasil, ni de
la victoria del sistema americano, sino “de la paz completa y la organización
constitucional”.
Organización llamaban
los unitarios a una constitución nacional “escrita” en forma de código. Como
Rosas, con sumo acierto, la pospusiera a la unidad real de la nación, o le
bastaba con el Pacto Federal (donde las constituciones eran provinciales), o
simplemente porque no creía en el valor mágico de los cuadernitos como dijo alguna vez, era de ley que cada vez que se
enzarzaba en una guerra exterior, algún general se pasaba al enemigo llevado
por el patriótico propósito de darles una “organización constitucional” a los
argentinos. Así había ocurrido con Lavalle en 1839, y con Paz en 1845. Así
parecía que iba a ocurrir con Urquiza en 1851.
No contesta ni rectifica Rosas en
sus periódicos de Buenos Aires al artículo de La Regeneración; nada tampoco hace ostensiblemente Urquiza,
mientras sus emisarios van y vuelven de Montevideo con mensajes a Brasil. Pasan
los días, mientras Urquiza espera la reacción de Rosas. Finalmente recibe una
carta del joven doctor Rufino de Elizalde, fechada el 15 de enero, dirigida a
su hijo Diógenes (compañero de estudios de Elizalde) “o a su padre en su
ausencia”.
A Elizalde no le había gustado el
artículo de La Regeneración y
esperaba que el mismo periódico lo rectificase: lo aconsejaba al joven Diógenes
para que influyera ante su padre. El año 1851 no podía ser el de la
organización, porque la Confederación estaba perfectamente organizada por el
Pacto Federal desde veinte años atrás; tampoco era el momento de planear
reformas políticas, encontrándose el país ante una guerra donde el general
Urquiza estaría llamado a la gloria de conducir el ejército argentino. Y
expresa a Diógenes el disgusto habido en Palermo, y desde luego en Rosas,
cuando se enteraron del mismo.
Urquiza creyó que el mismo Restaurador
le dirigía los reproches esperados a través de la pluma de un joven muy
vinculado a Palermo. Su política de hacer suponer la posibilidad de una posible
conversión hacia el enemigo, daba los esperados frutos. Por eso contesta
personalmente la carta al joven Elizalde el 22 de febrero, como si lo hiciera
al mismo Rosas. La dirige a Elizalde, pidiéndole la reservara para todos “con
la única excepción del señor general Rosas”.
Se queja de que la Gaceta Mercantil “pierde hasta de vista
los méritos del glorioso ejército entrerriano” al atribuir exclusivamente la
victoria de Arroyo Grande a Oribe y
Pacheco en los aniversarios de la batalla; que no se lo hubiera nombrado en el
discurso de don Baldomero García en la Junta de Representantes el pasado 2 de
noviembre “junto al ínclito general Oribe y al intrépido general Pacheco” entre
los héroes mayores de la Confederación; que el coronel Larrazábal lo ha
detractado en el Cuartel de Serenos. Y sobre todo que “Entre Ríos ha prodigado
el oro de su provincia y la sangre gloriosa de sus soldados en sostén y
mantenimiento de la Causa Federal y de la tranquilidad de los Pueblos” sin
haber encontrado apoyo en la política aduanera de Buenos Aires, “siendo desoída
cada vez que reclama en nombre de su perfecto derecho y de su natural interés,
como ha sucedido y está sucediendo en la extracción del oro”. Está muy conforme “con la dirección de los
negocios exteriores que reasume el señor
General Rosas, pero con la lealtad
de un soldado republicano quisiera decirle a Rosas que...
”...no me resolveré a
que La Regeneración refute su propio
artículo con el tacto que Ud. sugiere... mientras no se haya desmentido La Gaceta, satisfecho el Dr. Baldomero
García, reprimido pública y ejemplarmente a los insolentes detractores del
gobernador de Entre Ríos. y suprimida la
declaración que el Capitán del puerto toma a todos los patrones de buques que
van de esta provincia, como si fuera considerada enemiga de los principios de
la causa nacional” (43).
Cinco días más tarde, el 27 de
febrero, Urquiza para reforzar su posición interesante ante Rosas, hacía
publicar dos remitidos en El Federal
Entre-Riano, de Paraná que llamaron mucho la atención: (44) uno, firmado por Un enemigo de la mentira llamaba a
Rosas, como sin querer, “encargado de
entretener las relaciones exteriores” en vez de Jefe de la Confederación; el
otro, suscripto por Unos federales de
hacha y tiza calificaba fuertemente al comandante porteño Juan Manuel de Larrazábal
–hombre de la confianza de Rosas- por haberse expresado contra Urquiza en el
Cuartel de Serenos de Buenos Aires.
Quedó a la
espera de la respuesta del joven Elizalde, que traería seguramente el esperado
achicamiento de Rosas. Pero resultó que Elizalde había escrito a Diógenes
Urquiza por su cuenta, y no se creyó autorizado a mostrar la carta del padre al
Restaurador. Ni es de suponer que aun haciéndolo, Rosas hubiera modificado su
actitud.
La carta a Elizalde es sobradamente
expresiva sobre los móviles de Urquiza. Amor propio porque no se le daba el
tratamiento que entendía merecer, y amenazas porque no se le permitía el
tráfico irregular que tan considerables ganancias le había dado. Modificaría su
posición, si Rosas cambiaba estas cosas.
Alcibíades y Coriolano combatieron
contra sus patrias movidos por el despecho y el amor propio. Urquiza confiesa
iguales pasiones en la primera parte de sus agravios contra Rosas. De ser las
únicas de su actitud, si no disculparla, le hubieran merecido un paralelo con
los traidores de la historia clásica. Lástima que otras mezquinas empequeñezcan
su acto. Plutarco había desechado su biografía.
IV
BRASIL
ORDENA EL PRONUNCIAMIENTO
EL "PLAN DE ALSINA” (noviembre
de 1850).
Muñoz volvió a Montevideo el 20 de febrero trayendo un recado verbal de Urquiza a Cuyás para que solicitara de Silva Pontes se encontrase munido de las instrucciones de su gobierna para negociar con Urquiza. Pues el 22, escribe Pontes a Paulino apurando la remisión de órdems e instrueçôes para contestar uma pergunta que en nombre de Urquiza habría de formularle en breve Cuyás (45).
En el juego
político que se le daba a Brasil, el naipe Urquiza significaba el
triunfo. Mejor dicho, la sola
posibilidad de triunfo. Pero había de
jugarse con cautela, pues los antecedentes del posible converso no eran muy
recomendables para confiar en su palabra y hacer fe en sus agentes: el recuerdo
de Alcaraz, estaba presente en los hombres de estado brasileños.
Solamente
con la certeza de un público e irreversible “pronunciamiento” de Urquiza contra
Rosas, y previo compromiso formal y garantizado de dar al Imperio los gajes de
la victoria (Misiones Orientales, libre navegación de los ríos, Garzór en la
presidencia de la República Oriental, tratados que significaran el protectorado
brasileño en el Uruguay, reconocimiento de la independencia paraguaya para que
cayera igualmente en la órbita del Imperio, pudiendo quedarse Urquiza con los
restos del naufragio de la Argentina) se arriesgaría Brasil a apoyarlo
públicamente.
Con el naipe
Urquiza en su poder, Paulino sabría jugar su juego. Nada de declarar la guerra a la
Confederación que Inglaterra podría obstar (o pedir una participación) en virtud
de la cláusula famosa del art. 18 de !a Convención de 1828 (46). Además no convenía ni por Urquiza, ni por el Imperio, ni
por los eficaces argentinos del Comercio del Plata (47). Solamente
una alianza del Brasil y Urquiza contra Oribe para vengar el cobro de impuestos
a los ganaderos brasileños que hacía el Estado Oriental, o los atropellos de la
guardia de fronteras uruguaya contra los aprovechados californios del Imperio y
sus eficaces auxiliares unitarios (48). En esa guerra del Imperio y el
Ejército argentino de Operaciones contra Oribe, necesariamente vendría a
envolverse Rosas en apoyo de su aliado oriental. De esta manera no sería Brasil quien declarase la guerra contra
la Confederación Argentina, sino Rosas, quien lo hiciera contra el Imperio ya
adquirido por éste el Ejército
de Operaciones y su general.
Podría aceptarse entonces ese estado de guerra, sin mella de la honra de
los aliados nativos.
Era un plan expuesto en noviembre de
1850 por Valentín Alsina a Andrés Lamas, a fin de que el diligente montevideano
lo sugiriese a Paulino. En carta del
18 de noviembre, dice Alsina:
“¿Por qué el Brasil desde que se asegure a Urquiza, no aprovecharía ese
estado de cosas, haga la Francia lo que haga? No tendría que hacer una
declaración de guerra a Rosas ni a nadie, sino dirigirse solo a Oribe, que se
ha negado a sus demandas y a quien no mira como entidad política. Rosas vendría en auxilio de Oribe, y desde ese
momento él seria el primero en obrar contra el Brasil, y no éste en declararle
la guerra a él?” (49).
Una franca
guerra entre el Imperio y la Confederación, pondría a los argentinos aliados de
Brasil (los unitarios de Montevideo, y ahora Urquiza), en una postura desairada
y poco explicable moral y patrióticamente.
Porque – y la palabra va por cuenta de Alsina – lo de Urquiza sería
llamado por la historia una apostasía y no una conversión a la causa de
la libertad... (50). ¿ Y lo suyo?.
“Mi
posición como escritor argentino es delicada”, explica Alsina a Lamas (51) instándole a que el Imperio no
declarase, ni aun con el naipe Urquiza en su poder, una guerra lisa y llana a
la Confederación Argentina. El 22 de
noviembre, en postdata a una carta a Lamas de esa fecha, el jefe de los
unitarios de Montevideo aclaró a Río de Janeiro su pensamiento:
“Para mí, amigo - Alsina escribe a Lamas - esto es evidente (la apostasía próxima de Urquiza). Por lo mismo el Brasil debiera apresurarse a aprovechar la ocasión, a la que pintan calva, y dar a Rosas un golpe de sentido, con posibilidades y sin peligro, en el Estado Oriental” (52).
Lamas debió
someter el plan de Alsina a Paulino, no bien recibidas las cartas de
aquél. Pero lo indudablemente cierto
es que el Canciller brasileño compartía el pensamiento del tenaz unitario al
recibir la nota de Silva Pontes donde le informaba la grata visita de Cuyás “a
nombre propio” la noche del 24 de enero.
Esa carta
de Pontes, remitida el 30 de enero en el Paquete do Sul, debió recibirla
Paulino entre el 10 y 16 de febrero.
Pero circunstancias ajenas a su voluntad demoraron cerca de un mes el
envío de las instrucciones que Pontes debería encargarse de hacer llegar a
Urquiza. No obstante la premura de
Pontes y de Urquiza.
EN RÍO DE JANEIRO (febrero de 1851).
Porque la
terrible epidemia de fiebre amarilla tenía atemorizada a la capital
brasileña. Nadie, por lo menos nadie
con medios para escapar de la peste, vivía en sus estrechas calles donde se
recogían diariamente decenas de cadáveres ese tremendo verano de 1851. Lamas se encontraba a cubierto en las
saneadas alturas de Petrópolis, y Paulino habitaba en una lejana quinta de
nombre O Macaco.
Al Macaco
trasladó Paulino la oficina del ministerio de
Negocios Extranjeros. No eran
muchos los empleados, porque el brasileño sabía que el eficaz sistema de
espionaje de Rosas penetraba en los secretos más cercanos de su
Cancillería. Las cosas de índole muy
reservada, como serían las instrucciones que Brasil daría a un general
argentino, Paulino prefería hacerlas por sí solo. Un amigo suyo, Pereyra
da Silva, cuenta el incesante laboreo y el esfuerzo demandando al Ministro de
Negocios Extranjeros en esas horas cruciales en que se jugaba el destino del
Imperio:
“En su casa y por su letra, redactaba y después copiaba lo que escribía y recomendaba a sus agentes en el Uruguay y Paraguay. Misteriosa y cautelosamente enviaba sus notas y órdenes por agentes secretos y jamás por el correo. Guardaba las copias en un cofre particular que poseía en su gabinete de trabajo. Escapaba de esta manera a la vigilancia que sabía ejercida por los hombres de Tomás Guido. Nada iba para la repartición, nada sabía tampoco ningún empleado de la secretaría” (53).
Solamente
una pequeña corrección, o mejor aclaración, merece este párrafo elocuente de
quien tuvo la amistad del gran Canciller brasileño. Tomás Guido no estaba en Río de Janeiro en enero-febrero de
1851. Pero había dejado montada la
oficina de informaciones y de propaganda de la Confederación Argentina en el Brasil. Pues Rosas no era hombre de descuidar estos
menesteres, ásperos pero necesarios, de la política internacional. Al frente del servicio (que comprendía la
oficina de informaciones, la confección de un diario brasileño O Americano,
la compra de armas e implementos y la distribución de artículos y dinero a los
periódicos opositores) que el general Guido había montado, dejó a su hijo
Carlos Guido y Spano al tener que alejarse de Brasil por la ruptura de
relaciones. Descubiertas a mediados de
1851 las actividades de Carlos, fue apresado y finalmente expulsado del
Imperio.
Pero vuelvo
a la confección de las “instrucciones para el pronunciamiento de Urquiza” por
el Canciller Paulino en su quinta del Macaco, entre el 15 de febrero y el 11 de
marzo de 1851.
Un
documento de la importancia de estas “instrucciones”, que daría el triunfo a
Brasil, debería laborarse con cuidado.
En el Macaco lo estuvo trabajando Paulino en ese abrasador mes de
febrero de 1851, mientras la fiebre amarilla rondaba por Río de Janeiro, y le
dejaban tiempo las demás actividades de su ministerio. La proximidad de la guerra le exigía un
esfuerzo agotador. Había que enviar un
comisionado a las repúblicas hispanoamericanas del Pacífico (que sería Duarte
da Ponte Ribeiro), para que éstas no se plegaran a la Confederación Argentina
en la guerra; mover a Paraguay, aliado desde diciembre; contentar a Inglaterra,
la cual, como siempre, exigía su precio.
Y todo eso debería hacerlo solo, sin ayuda de empleado alguno:
redactando los borradores, pasándolos en limpio con su letra clara e
inconfundible, tomando las copias necesarias, etc.
A
principios de marzo tuvo concluido el importantísimo documento. Acababa de llegarle la carta de Silva
Pontes del 22 de febrero, donde urgía la remisión de las órdens e instrucçôes
pues Cuyás debía formularle una pregunta en nombre de Urquiza. Llama entonces Paulino a Lamas; pero le es
difícil encontrarlo: Lamas, muy aprehensivo, no quiere salir de la cama donde
se ha metido porque cree haberse contagiado la fiebre. No lee cartas, ni recibe a nadie. El tiempo urgía, pues Paulino tiene la
intención de enviar las “instrucciones” a mano, por un agente seguro que
partiría en el vapor Esk a zarpar el 18 de marzo (el Golphinho no estaba en Río
de Janeiro). Finalmente saca a Lamas
de la cama y lo hace llegarse al Macaco: es el 11 de marzo.
Paulino le
lee dos importantes documentos que ha preparado: una carta que será llevada
hasta Asunción a Carlos Antonio López, explicándole el pase de Urquiza a
Brasil y las características peculiares que va a tomar la guerra de
acuerdo a la sugestión hecha por Alsina:
“Vamos a corresponder a las aperturas de Urquiza dice esta primer carta
– a condición de que se declare y rompa con Rosas de una manera clara, positiva
y pública.
”Si este rompimiento se verifica, Rosas está perdido... La deelaración de Urquiza es, por lo tanto,
de la mayor importancia. Va a
debilitar a Rosas extraordinariamente, facilitar y asegurar las cuestiones del
río de la Plata en la forma que conviene a Brasil, a Paraguay, a la Banda
Oriental y aún al interés bien entendido de las provincias argentinas... Pues Rosas es el principal obstáculo para
la paz y la tranquilidad de las fronteras del Brasil, y el principal obstáculo
a la independencia, paz y prosperidad de las Repúblicas del Paraguav y el
Uruguay, y a la apertura del río de la Plata a la navegación de las naciones
ribereñas.
”A Urquiza le diremos, muy positivamente, que en cualquier arreglo no prescindiremos del mantenimiento de la independencia de las Repúblicas del Paraguay y Uruguay... Con él, arreglaríamos fácilmente, y de una manera permanente, todas las cuestiones del Plata...
”Unámonos, Excmo. señor,
marchemos de acuerdo, aliémonos con todos aquellos que tienen intereses comunes
con nosotros, y el menos tiempo y con seguridad conseguiremos nuestro fin” (54).
“VAMOS A CORRESPONDER A URQUIZA A CONDICIÓN DE QUE SE DECLARE Y ROMPA CON ROSAS DE UNA MANERA CLARA, POSITIVA Y PUBLICA” (11 de marzo de 1851).
El otro
documento leído por Paulino a Lamas en el Macaco (con omisión de algún
párrafo ofensivo “a esa ingrata gente de Montevideo”) es una carta confidencial
a Silva Pontes conteniendo las órdenes e instrucciones que el Encargado
de Negocios brasileño haría llegar, en forma segura, al general del Ejército de
Operaciones.
En ella
dice Paulino que le remite copia de la carta a López (mencionada más arriba)
recomendándole “la queme después de haberla leído”. Toda precaución era poca, tratándose de una negociación de
semejante gravedad. Y luego expresa:
“Si López conviene, como espero, y Urquiza se declarase, entraremos en
la lucha, que entonces será poco duradera...
”Si Urquiza se declarase, y se resolviera a apoyar la candidatura de
Garzón, golpe terrible y crimen de lesa majestad para Rosas, nosotros
romperemos con Oribe invocando los agravios que tenemos. Y auxiliados por Urquiza nos será fácil
expulsar a las tropas argentinas del territorio oriental.
”Si conseguimos eso... Rosas se ha de ver en la imposibilidad de luchar. Ha de desandar rápidamente la rueda de su fortuna.
”Garzón y Urquiza, no tendrán otro remedio que apoyarse en el Brasil y
serles leales. Las cuestiones internas
que nacerán para ellos de estas novedades (las caídas de Oribe y Rosas) han de
ocuparlos y molestarlos bastante, para que se acuerden de complicarse con
nosotros. Será entonces fácil dar una
solución definitiva y ventajosa a nuestros problemas, que pueda asegurarnos
para el futuro.”
Garzón y
Urquiza llevados a los gobiernos de Montevideo y Buenos Aires por las
tropas brasileñas, y advenidos tras caudillos del prestigio y de la popularidad
de Oribe ; Rosas, tendrían necesariamente que apoyarse en los imperiales para
mantenerse en el poder. Garzón, sería
jaqueado no solamente por los oribistas decididos, sino por los colorados;
Urquiza tendría en contra suya no solamente a los unitarios y liberales de
Buenos Aires, sino también a los rosistas de todo el país. Para ambos, la necesidad de encontrarse en
buenas relaciones con el Imperio sería vital.
Brasil aprovecharía esa circunstancia para arreglar “definitivamente”
todos sus problemas en el Plata: límites, libre navegación, influencia
brasileña en el Paraguay y Uruguay, arreglos económicos, etc.
Sigue el
documento:
“Sin declararle la guerra a Rosas, le daremos un golpe mortal por baranda
(tabella dice el original brasileño: intercalación mía).
”Entrando Urquiza en este plan: presentado Garzón como candidato a la presidencia, y aceptado esto por los orientales y aún por los hombres de la plaza (Montevideo), quedará removida toda causa de celos y sospechas contra Brasil, y tranquilizada la susceptibilidad española. Tendremos también que hacer mucho menos sacrificios, porque la guerra no pesará solamente sobre nosotros. Y tendremos muchos que nos ayuden.”
“Tranquilizada
la susceptibilidad española” con la presencia de Urquiza y Garzón, se aseguraba
la expansión portuguesa. Y además se
ganaba la guerra, que de otra manera estaría perdida.
“Este plan – sigue el documento –, desde luego, descansa todo en la
suposición de que Urquiza acceda y se declare.”Vale la pena intentarlo, en
vista de las buenas disposiciones de Urquiza.
Si él no se prestase o exigiese cosas inadmisibles, nos tendríamos que
pasar sin él y seguir otro camino.
”Las primeras proposiciones de Cuyás, que V.E. refiere en su carta del
30 de enero, son inadmisibles. Según
ellas, no debería Brasil hacer movimiento alguno sobre el Estado Oriental sin
advertir previamente a Urquiza sus intenciones. Entonces él se presentaría como mediador entre Brasil y
Rosas, y concurriría, para que salieran
del Estado Oriental las tropas argentinas.
”¿Concurriría cómo? ¿Por mediación, buenos oficios? ¡¡Ante Rosas!! ¡Esto
no lo esperaba yo! ¿Rosas, que resiste a Francia e Inglaterra y a tantos
negociadores, habría de ceder ante Urquiza? Lo declararía traidor y
rompería abiertamente. ¿ Y acaso,
podría el emperador airosamente aceptar la mediación ofrecida por Urquiza?
¿Puede un general argentino, considerado todavía como tal, ser mediador entre
un gobierno extranjero y el suyo?”
“¿Puede un general argentino, considerado todavía
como tal .. ?” escribe la pluma de
Paulino: ¿Pode um general argentino, considerado ainda como tal, ser
mediador entre um governo estrangeiro e o seu? ... La finura de Paulino cuidaba a Urquiza ante
la historia. No. Había que buscar el otro medio: el sugerido por Alsina, más cuidadoso de su papel
que el entrerriano. Este se presentaba
al brasileño como un condotiere sin mayores escrúpulos para hacer las cosas. No tenía la elegancia de Alsina en menesteres
tan delicados.
"¿Si
no fuesen las cartas posteriores de V.E. en las cuales me dice que la posición
de Urquiza se está haciendo cada vez más clara – sigue el documento –, si yo no
viese que con Rosas no hay términos medios : u obediencia ciega y absoluta, o
rebelión abierta; si no viese que Urquiza, que nunca nos buscó, nos busca
ahora, y últimamente Cuyás mostró deseos de que V.E. se encontrase preparado
con órdenes, instrucciones, etc. Si yo no estuviese convencido que la adhesión
y cooperación de Urquiza ha de desmoralizar completamente el poder de Rosas y
facilitar nuestra tarea, sería de parecer que se dejara de mano completamente
la negociación iniciada por Urquiza.”.
Hubiera
sido más digno para un Imperio luchar franca y abiertamente contra el
enemigo. Pero las circunstancias no
permitían hacerlo. Era necesario
asegurar la victoria, de la manera más fácil; y la paz posterior, de la manera
más firme. Urquiza era necesario,
mejor dicho: imprescindible. Por lo
menos ahora. Después se vería.
“Conviene
por lo tanto – sigue la carta – que V.E., correspondiendo a las aperturas de
Urquiza, procure cuanto antes entenderse con él por medio de un agente suyo si
lo pudiera encontrar completamente seguro (para lo cual podrá pagarle el dinero
necesario), o mismo por un agente de Urquiza que diese pruebas ciertas de que
está autorizado por el mismo Urquiza.
”V.E.
"se entenderá con Urquiza, bajo los principios y bases siguientes :
”1º) Que
Brasil, con o sin la adhesión y cooperación de Urquiza, está resuelto a acabar
con este estado de cosas, y obtener seguridad y tranquilidad en el futuro. Para eso cuenta con las fuerzas de mar y
tierra que tiene preparadas y está preparando; con las tropas que mandó enganchar
en Europa; con la alianza del Paraguay (puede afirmarle a Urquiza que existe un
tratado de alianza) ; con las fuerzas que hay en la plaza de Montevideo; con
las que ha de traer de Europa Pacheco y Obes, y con los emigrados argentinos
que están en Río Grande.
“Com ou sem
Urquiza”, que el general argentino lo entendiera bien. Como amigo o enemigo tendría que vérselas
siempre con Brasil.
Con
Urquiza, sin Urquiza, o contra Urquiza: poco después Andrés Lamas las repetirá
a Herrera (55), para que Urquiza aventase
sus últimas dudas y se decidiera.
También Sarmiento, enterado de esta carta en su estada en Río de Janeiro
en junio de 1852 (después de la caída de Rosas), las recuerda cruelmente a
Urquiza en su áspera carta de Yungay: “Con S. E., sin S. E, o contra S. E.
¿se acuerda, general, de estas palabras?” (56). Y Pedro Lamas, hijo de Andrés, debió estar informado a través de
su padre – después de Caseros, se entiende – del secretisimo documento, porque
dice en su libro Etapas de una gran política :
“A Urquiza, en un momento dado, ante sus reticencias y ambigüedades, se
le dijo con usted o contra usted.
Se le dijo también, seguramente al oído, en ese o en otro momento de
la negociación con usted y para usted, aunque otra cosa se
pensará. Lo esencial era derrocar a
Rosas, después se vería.
”Y así fue cómo, porqué y para qué se fue a la alianza” (57).
Pero
volvamos al documento del 11 de marzo.
Si la guerra con la Confederación era inevitable para Brasil con S.
E., sin S. E. o contra S. E., bien sabía el Canciller brasileño que
solamente con S. E.. podría terminar en victoria para su Imperio. Que contra S. E. o sin S. E. sería
un total desastre. Era jactancia
inútil ese desfile imaginativo de los 12 ó 13 mil reclutas juntados malamente
en el campamento de Río Grande, de los 8 mil mercenarios indisciplinados
contratados por el ex ministro de Guerra Sebastian do Rego Barros en Alemania,
los 3 mil garibaldinos que traería de Génova Melchor Pacheco y Obes y para lo
cual se le había dado más de un millón de francos (solamente llegaron 172, pues
Melchor, desprendido y manirroto, se había gastado el resto de la plata en
París), y finalmente de los emigrados argentinos en Brasil, ninguno de los
cuales – el general Paz entre ellos – estuvo en Caseros.
Urquiza,
con su ejército de 14 a 16 mil veteranos y su indiscutible capacidad militar,
era el solo factor del triunfo brasileño.
Sigamos con las instrucciones. Base Segunda :
“2º) El Gobierno Imperial cree que la presidencia del general Garzón podría reunír a todos los orientales y restablecer la paz y prosperidad de esa República, afirmando su independencia...
¡Un
presidente impuesto por Brasil y Urquiza afirmaría la independencia oriental!...
“...pues él (Garzón) se entendería de muy buena voluntad y amigablemente en la solución de todas las cuestiones que pueden suscitar dificultades en el futuro, a fin de asegurar la armonía y una paz permanente entre Brasil y el Estado Oriental.”
Desde luego
que con Garzón en la presidencia uruguaya, Lamas en la Legación oriental en Río
de Janeiro, el ejército de Caxias ocupando la República Oriental, y sobre todo
Rosas y Oribe desplazados de su gobierno y alejados de América, y Urquiza muy
ocupado en combatir a las unitarios porteños después de haber contribuido a la
instauración del nuevo orden, estaba completamente assegurada a harmonía
e uma paz permanente entre o Brasil e o Estado Oriemtal. ¿Quién puede suponer lo contrario?
Sigue lo más importante de la base segunda:
“Garzón deberá comprometerse a arreglar amigablemente con Brasil las
cuestiones pendientes.”
“¡Hay que
aprovechar el momento, este momento!”, escribía Lamas en Río de Janeiro a
Paulino: (58) hacer tratados que ataran
bien fuertes a lo que quedase del Estado Oriental con el Imperio vencedor.
Y entra el
documento en la base tercera :
“3º) Es preciso, antes que nada, que Urquiza se declare y rompa con
Rosas de una manera clara, positiva y pública. Que se comprometa a concurrir para la expulsión de Oribe y
las tropas argentinas del Estado Oriental, y para la presidencia de
Garzón. El Gobierno Imperial hará
entrar tropas en el Estado Oriental.”
Tales las
tres bases que deberían llevarse hasta Urquiza. Lo demás que sigue, es para Silva Pontes:
“Todos los puntos serán desenvueltos en mayor extensión, cuando Urquiza
y Garzón accedan. Lo que es
indispensable es que Urquiza se declare contra Rosas.
”Haga V.E. las convenientes aperturas en ese sentido a Urquiza (siempre
con mucha cautela), y comuníqueme inmediatamente lo que ocurre. Para que lo pueda hacer con la rapidez que
el caso requiere, serán dadas órdenes al jefe de las fuerzas navales".
”Es preciso mucha brevedad y decisión en todo esto” (59).
OTRA VEZ EL “GOLPHINHO” (17 de marzo).
Lamas
intenta alguna protesta. No está de
acuerdo con la idea de Alsina – ahora tomada por Paulino – de no hacerle una
guerra directa a Rosas, sino darle un “golpe por baranda” atacando a
Oribe. Si Brasil llevase la guerra a
Oribe, era por reconocerle personalidad internacional. Entonces, ¿cómo quedarían los hombres de la
Defensa de la Montevideo?... Además la
presidencia de Garzón no le gusta: es hombre del partido blanco, y Lamas como
los defensores de Montevideo son colorados.
Pero Paulino no se va s echar atrás : no lo ha llamado a Lamas al Macaco
para pedirle consejo, sino para notificarlo.
Finalmente el montevideano se contenta con un documento del gobierno
brasileño que protegiera a los hombres de la Defensa. Y además con algunos dineros para las siempre exiguas arcas de
la Legación. Paulino se los promete,
pero diciéndoles que “serán los últimos pesos”. En cuanto a la garantía, Lamas se encarga de su redacción. Al día siguiente – 12 – lleva al Macaco el
borrador de un impresionante documento por el cual Montevideo quedaría
“bajo la protección” de Brasil.
Paulino lo rechaza “por falta de cautela” (60).
Se demora
la salida de las instrucciones, que no pueden hacerlo por el Esk el 13. El emperador está en Petrópolis, y Paulino
debe someterlo a su aprobación y la del Consejo Imperial, dispersado por la
fiebre amarilla. Finalmente consigue
su aprobación y las instrucciones salen en el Golphinho el 17, que a máquinas
forzadas las lleva a Montevideo.
LA CIRCULAR ESCONDIDA (3 de abril de 1851).
Mientras
tanto ha llegado a Montevideo el joven Muñoz con urgentes recados de
Urquiza. El general está al borde de la
desesperación, pues Rosas – perfectamente enterado de que en algo anda su
Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones – no le ha aflojado todavía en
“las cosas económicas”. ¿No tendría
más remedio que “pronunciarse” y sin haber llegado a un entendimiento? Y ¿en
una guerra de Brasil contra la patria? Los escrúpulos del entrerriano han
vuelto a surgir como en el pasado 20 de abril del año anterior. Deberían encontrar en Montevideo y en Río
de Janeiro, y rápidamente, una forma que dejase a salvo la honra del
general. Muñoz busca al ministro
Herrera – a la hora exacta de desembarcar – para decirle en nombre de Urquiza
que “aunque está decidido a unirse con nosotros”, “cuida su posición honrosa”. escribe Herrera a Lamas el mismo 12,
informándole los escrúpulos de Urquiza para que “eso no aparezca como una
traición” :
“El hombre está decidido a unirse con nosotros – escribe Herrera a Lamas
el mismo 12 de marzo – pero no quiere ni conviene que eso aparezca como una
traición... por consiguiente exige
aquello (el previo aviso de Brasil) y que se lo coloque en una posición
honrosa, buscándolo con la proposición de lo que el Brasil quiere obtener y
se propone hacer. En ella dice que se
apoyará para dirigirse a Rosas en términos que no le dejarán elección sino
entre perecer o ceder.
”Valga lo
que valga el recado, creo necesario que usted lo ponga en conocimiento de ese
gobierno” (61).
Muñoz ha
traído el mensaje verbalmente. Herrera
escribe a Lamas ese día, y también empieza a redactar un Memorial destinado a
convencer a Urquiza de que no puede haber traición en su patriótica actitud de
ponerse al lado de la civilización contra la barbarie. Todo eso de patria, de Confederación
Argentina, etc., son pamplinas.
Además, piensa y escribe el original constitucionalista Herrera ¿por qué
habría traición en que el gobernador de Entre Ríos se separase del gobernador
de Buenos Aires en el problema de Brasil? ¿No eran ambos, jefes de dos
provincias “independientes” por el sistema federal que regía en la Argentina? (62).
El 19
termina el Memorial:
“La coalición que se prepara entre la Francia, el Brasil, el Paraguay y Montevideo – dice el optimista incurable que es Herrara – para nadie puede ser un misterio... Este hecho es la obra exclusiva de Don Juan Manuel de Rosas, cuya pertinacia en sus arrogantes y atentatorias exigencias, no sólo han privado a la República Argentina de las pingües ventajas con que le han brindado aquellos Estados en obsequio de la paz... no tiene de su parte ni la razón, ni la justicia, ni los medios de vencer...”
Después de
explicar al general del Ejército de Operaciones que no era patriótico oponerse
a esa formidable coalición de naciones, sigue...
“... ¿por qué renunciarían
(Urquiza y el Ejército de Operaciones) a la brillante ocasión que les
ofrece la fortuna de romper la sangrienta solidaridad con que el Gobernador de
Buenos Aires quiere ligarlos a los
actos exclusivos y puramente formales de su
gobierno?
”Para acometer esa empresa, nadie está felizmente caracterizado como el
general don Justo José de Urquiza...
Si por uno de esos decididos y enérgicos movimientos que tanto
embellecen su historia, se resuelve a despedazar las enrojecidas y vergonzosas
cadenas con que un hombre lo conduce al precipicio, todo está conseguido.
”Elija, pues, el general Urquiza. De esta elección dependen los destinos de estos países” (63).
Entrega el Memorial
a Muñoz. Nada dice a Silva Pontes para
reservarse la gloria exclusiva de haber logrado la defección de Urquiza, pues
nada sabe de la negociación de éste con Brasil. Pero Muñoz no quiere salir de Montevideo sin que le entreguen
previamente 200 patacones para honorarios, y además el flete de una embarcación
“pues ya sabe Ud. que se originan gastos para hacer las cosas con actividad” (64) dice el aprovechado correveidile. El ministro no tiene tanto dinero:
solamente el 22 se hace con los pataeones, y a las 4 de la tarde Muñoz sale
para Entre Ríos con la ballenera Paulita, los doscientos patacones y el Memorial.
El 26 está
en Entre Ríos, el 27 Urquiza se hace leer el Memorial. Llama inmediatamente a su palacio de San
José a consejo al doctor Manuel Leiva (que está en Paraná). Pero Leiva no puede o no quiere ir: el 9 de
abril, con enorme demora, contestará la carta de Urquiza excusando su
ausencia (65). Sin la pluma veterana
de Leiva, Urquiza debe reducirse a la adjetivante del joven Nicanor Molinas: le
hace redactar un pronunciamiento claro como le pide Herrera; revestirá
la forma de una circular a los demás gobernadores de provincias haciendo
conocer el gran movimiento por la libertad que existe contra Rosas, y
del cual Urquiza ha resuelto “ponerse a la cabeza”. No pide ayuda a los gobernadores;
simplemente los notifica pues las lanzas del ejército de Entre Ríos y la de
sus amigos y aliados bastan para derribar el poder ficticio del gobernador de
Buenos Aires. Lleva fecha 3 de
abril (66).
El Ejército de Operaciones
de la Confederación, pasaba a ser el Ejército de Entre Ríos: a sus
lanzas montieleras (callados los fusiles, cañones y coheteras mandados desde
Buenos Aires) agregaba las bayonetas brasileñas “vencedoras en la parte
oriental y occidental del Plata”.
Aquello
sonaba como una fanfarria de guerra.
Era el esperado “pronunciamiento”, pedido y rogado por los gobiernos
enemigos de Argentina. ¡Por fin!.
Pero aunque
era positivo y claro, no era público.
Solamente le hizo llegar un ejemplar a Virasoro el gobernador de
Corrientes, por medio del joven Molinas; después éste seguiría viaje a Paraguay
a fin de darle otro ejemplar a Carlos Antonio I.ópez. Nada más. Ninguna
misiva salió para la orilla occidental del Paraná; no fuera cosa de
comprometerse antes de tiempo.
Dio, eso
sí, ejemplares a Muñoz para llevarlos a Herrera y a Brasil, rogando a aquél “la
correspondiente reserva” ¿Para qué reserva en una circular destinada por
su índole a una gran resonancia?.
Es que no
estaba destinada precisamente a una gran resonancia. La circular quedó escondida: su objeto era solamente impresionar
a Montevideo, a Río de Janeiro y a Asunción.
Que allí lo creyesen lanzado a la guerra contra Rosas y apuraran las
cosas. Pero sin que Rosas lo supiera,
y ante el estado de guerra, acabase por tenderle la mano. Ultimo lance para acercarse a Rosas.
LE LLEGAN A URQUIZA LAS INSTRUCCIONES DE PAULINO (6 de abril).
El Golphinho,
salido de Río de Janeiro el 18 (de marzo), llegó el 26 a Montevideo. Silva Pontes se entera de las
“instrucciones” que debe hacer llegar – verbalmente – a Urquiza. Busca al comisionado, pues quisiera
desprenderse de Cuyás. Invita al Dr.
Luis José de la Peña, amigo personal de Urquiza, pero al doctor no lo tienta el
peligroso viaje, ni tal vez la misión.
Como Pontes debe proceder con muita brevidade e decisão se
resuelve a emplearlo a Cuyás. Instruye
personalmente al catalán lo que debe decirle a Urquiza “en nombre del gobierno
de Brasil". Son tres cosas:
1º Antes
que nada, que Urquiza rompa con Rosas de una manera clara, positiva y pública
(Pontes ignora aún la circular escondida, pues Muñoz la traería el 9 de abril).
2º Que se
comprometiera con el Ejército de Operaciones para guerrear en la Banda Oriental
contra Oribe y las tropas argentino-orientales mandadas por éste, auxiliando al
Ejército brasileño.
3º Que
vencido Oribe, fuese elegido el general Eugenio Garzón presidente de la República
Oriental, siempre que Garzón se comprometiera a su vez a “arreglar
amigablemente las cuestiones pendientes con Brasil a fin de asegurar la armonía
de una paz permanente”.
Cuyás
acepta. Después de aprenderse de
memoria – “lo mejor que puede” dirá Pontes a Paulino – las “instrucciones”, el
catalán es explícito con el brasileño:
"Cuyás se mostró persuadido de que Urquiza aceptará las bases
propuestas – escribe Pontes a Paulino el 4 de abril – y acredita que romperá
con Rosas reasumiendo los derechos de Jefe de una Nación libre y soberana.
”La parece a Cuyás que Urquiza nada teme de Rosas por el lado de tierra : pero que teme que el Restaurador pueda enviarle corsarios sobre el comercio de Entre Ríos... Le parece a Cuyás que Urquiza ha de exigir, y muy expresamente, el auxilio y la protección de las fuerzas navales brasileñas... Convendría también, según Cuyás, la ocupación de isla de Martín García.
”Espero que V. E. me de instrucciones precisas” (67).
También
quiere Cuyás, como Muñoz y Lamas, aprovechar el momento. No es cosa de ir y venir por los ríos
arriesgándose a caer en manos de Rosas, sin sacar algo contante y sonante:
“Para resolverlo a partir cuanto antes” (escribe Pontes a Paulino en la carta
mencionada del 4) le fleta una ballenera y le entrega dieciocho onzas de
oro. El catalán, más ducho que Muñoz,
se hacía pagar mejor el corretaje.
El 3 de abril
sale Cuyás en su ballenera, con las dieciocho onzas de oro en el bolsillo, y
las “instrucciones” en la cabeza. Se
cruza con Muñoz que viene de regreso.
El día 6, al anochecer, llega al palacio de San José: Urquiza se
encuentra cenando, y el catalán muy ufano, se hace anunciar – con sobresalto de
Urquiza que por un momento cree en una invasión – como el Representante del
Gobierno brasilero. Antes de
recitarle las tres bases, asegura a Urquiza “que la alianza ofensiva y
defensiva entre V.E., el Brasil y el gobierno de Montevideo está realizada de
hecho: sólo faltan las formalidades” (68).
El catalán
traía una seguridad más firme que las gerundiosas frases del Memorial de
Herrera:
Tras él
estaba el Imperio con sus buques de vapor cuidándole el tráfico de ganado,
mercaderías y oro; el Imperio - con sus doce o quince mil hombres puestos en la
frontera de Río Grande; con su enorme prestigio en Europa: con su provisto
arsenal de armas, y sobre todo con sus grandes reservas de bueno y contante
oro.
Vuelve a
llamar a Leiva para que lleve su respuesta a Montevideo. Pero don Manuel se disculpa: “Angelita
sigue enferma” (69). ¡Extraño motivo para
tan histórica circunstancia! Urquiza debe valerse otra vez del catalán, aunque
no le inspira mucha confianza por sus indiscreciones, y posiblemente le saque
también sus buenas onzas de oro. Y
"sí don Antonio Cuyás y Sampere, comerciante catalán, ex corsario durante
la guerra de Brasil, socio en turbios negocios de contrabando, correveidile a
18 onzas del Encargado de Negocios brasileño en Montevideo, resultó investido
muy seriamente de Plenipotenciario del Estado Libre de Entre Ríos. Aunque todavía ningún acto había
exteriorizado la independencia de la nueva República.
El 12
retorna Cuyás a Montevideo. Lleva un
documento de puño, letra y firma de Urquiza – la “carta de crédito” la llama en
su lenguaje comercial – dirigida a Silva Pontes : “espero que Ud. de pleno
crédito a lo que en mi nombre le comunique el portador” (70). El 16 de abril con su ballenera empavesada
como navío de guerra y gallardamente izada al tope la bandera de Entre Ríos,
llega majestuosamente al puerto de Montevideo: trae la respuesta afirmativa de
Urquiza a las tres cuestiones propuestas por Paulino, y la orden de concretar
cuanto antes un tratado formal de alianza que protegiera el comercio de Urquiza
de los corsarios de Rosas, y asegurase a éste de todo riesgo en la próxima
guerra contra Oribe.
V
“¡SATISFACCION DE S. M. EL EMPERADOR Y DE TODO EL GABINETE!” (Abril de 1851.)
Al tiempo de
ir Cuyás de Montevideo a Entre Ríos, Muñoz regresaba de Entre Ríos a
Montevideo: llegó a su destino el 9, y corrió al Fuerte y a la Legación
Imperial para mostrar la “circular” vibrante de Urquiza.
No obstante
la reserva pedida por el general “hasta que llegase a descorrer
completamente el velo”, no condescendía con la seriedad de un documento
necesariamente público, ni Herrera ni Pontes maliciaron que la circular había
quedado traspapelada en el palacio San José.
Quizá se asombró el brasileño de que Urquiza contestara, sin haberse entrevistado con Cuyás, con
tanta precisión al pensamiento imperial.
Curiosa telepatía; pero no era cosa de ponerse a cavilar. Había que hacerla llega inmediatamente a
Río de Janeiro.
En el puerto
estaba el Golphinho a la espera de llevar a la corte la respuesta de
Cuyás. Pero si Urquiza había hecho el
8 el “pronunciamiento claro, positivo y público” exigido por Brasil, no era
cosa de demorar el notición. El 11 de
abril manda al vapor a la capital con un ejemplar de la circular y una carta
explicativa: “as cousas vao amadureçendo com rapidez” (71).
A marchas forzadas salva el
Golphinho la distancia: el 17 está a la vista de Guanabara; el 19 “el
pronunciamiento” es leído con avidez por Paulino al emperador y al gabinete
reunido en pleno. ¡Es el triunfo! Ese
19 de abril de 1851 en que Pedro II se enteraba de la “circular” de Urquiza en
su palacio de verano de Petrópolis, ningún gobernador argentino – ni aún
Virasoro, pues Molinas se la entregará el 28 – sabia su contenido. Pero el documento producía su único efecto,
que era impresionar a la corte imperial.
Alborozado, Paulino escribe a Pontes
el 22, despachando la respuesta en el Golphinho:
"Las noticias que V. E. da, son en verdad excelentes, y causaron
satisfacción a Su Majestad el emperador y a todo el ministerio. Aunque aún no tengamos una inteligencia
directa y terminante con Urquiza, por lo cual espero con impaciencia el regreso
de Cuyás con la respuesta que ha de traer a V. Excia.
”El portador de la carta de Urquiza (Muñoz) dice que éste desea que el
gobierno de Brasil coopere colocando su ejército sobre la frontera, y
cohibiendo por medio de su escuadra los esfuerzos de Rosas para hostilizar a
Urquiza por los ríos interiores...
¡Las
“lanzas entrerrianas”!.
“Ninguna duda tenemos en hacerlo, pero es preciso que preceda alguna inteligencia y arreglo directo con Urquiza... Nada podemos determinar sin saber lo que Urquiza quiera hacer. Pero puede usted asegurarle la cooperación de nuestro ejército... puede también asegurarle la de nuestra escuadra... Siempre que Urquiza haya marchado sobre Oribe para expulsarlo de la Banda Oriental, y que Rosas envíe fuerzas por los ríos del interior o por el río de la Plata para hostilizar a Urquiza y socorrer a Oribe” .(72).
UN BALDE DE AGUA FRÍA. (18 de abril.)
Eufóricos
por el “pronunciamiento” de Urquiza se encontraban Silva Pontes y Herrera en
Montevideo, cuando la llegada de Cuyás el 16 de abril vendrá a echarles un
balde de agua fría. No había habido
tal “pronunciamiento”; la circular del 3 de abril había sido, efectivamente,
escrita por Urquiza, pero fuera de los ejemplares llevados por Molinas a Corrientes
y Paraguay, ningún otro salió para la Confederación. Ni había habido tal “pronunciamiento” ni lo habría hasta que
Urquiza no se encontrase protegido en Entre Ríos por la escuadra imperial en el
río de la Plata. Para entonces,
solamente, mandaríanse los ejemplares de la circular.
Cuyás
explica a Urquiza – en carta del 17 – entre informaciones más optimistas que
doy más adelante, por qué creyó conveniente negar el envío de la circular. Lo hizo por su buen e infalible instinto de
comerciante:
“Conviene que V. E. no dé la cara de frente hasta que se asegure los
elementos con que debe contribuir cada uno de los Estados de la coalición en un
tratado o convención. No sea que
después de verlo comprometido quisieran sacar ventajas de los embarazos que la
precipitación suscitara a V. E.
”Hoy estas ventajas puede sacarlas V. E., porque necesitan su
cooperación” (73).
Pontes,
dolorido, debe explicar a Río de Janeiro la pifiada del falso “pronunciamiento”
del 3 de abril:
“Llegó Cuyás el 16 del corriente.
Asegura que Urquiza y Garzón aceptan de buen grado las tres bases
indicadas por V. Excia. Con todo, no
dejó de dísgustarme la noticia de que la circular del 3 de abril todavía no ha
sido enviada ... ¿Cuál será la determinación
de Urquiza? No me atreveré a levantar sospechas.
”Entiendo, no obstante, que si no tuvo lugar la remisión de la circular,
no debemos por eso interrumpir o hacer cesar nuestra negociación. Sino insistir en que se remita dicha
circular, o que se adopte cualquier otra forma de acto consumado, que
constituya de manera positiva y categórica el deseado rompimiento” (74).
SE EMPIEZA A REDACTAR EL TRATADO DE ALIANZA. (16 de abril a 2 de mayo.)
La
situación de Urquiza era cada día más comprometida. El 16 de abril, Rosas – al tanto de las idas y venidas de
misteriosos viajeros entre Entre Ríos y Montevideo, y presumiblemente al cabo
de la intriga – ha cerrado toda comunicación con Entre Ríos. Las últimas cartas recibidas por el general
desde Buenos Aires, son de su hermano Juan José y del coronel Vicente González,
el respetado Carancho del Monte.
Juan José
Urquiza, ferviente rosista y diputado en la Junta de Representantes porteña le
aconseja poner a buen recaudo sus bienes, pues “la suerte de las armas es
variable y el poder de Buenos Aires es muy fuerte; y de aquí puede resultar que
pierdas tus intereses porque debas ausentarte de la provincia” (75). La del Carancho del Monte más lacónica formula
un ardiente voto de sincero creyente: lleva fecha 15, el mismo día de cerrarse
la correspondencia: “Que La Que Fue Concebida Sin Pecado Original, lo ilumine,
para desvanecer las criminales noticias que corren sobre su persona”. (76).
El 17,
Muñoz es devuelto por Pontes a Entre Ríos para llevar la carta de Cuyás del 16
y decirle a Urquiza que un tratado de igual a igual con Brasil y el gobierno de
Montevideo, exige la necesidad de asumir las facultades de Jefe de Estado soberano. Debe declarar públicamente, aunque sea
provisoriamente, la independencia nacional de Entre Ríos.
Muñoz no
quiere cruzar el río: el tránsito se ha hecho peligroso, después de cerrarse
toda comunicación con Urquiza. Pero
Pontes tiene urgente necesidad del viaje: los poderes de Urquiza a Cuyás deben
remitirse en forma, y dados por el Jefe soberano de un Estado libre... Además quiere que Urquiza le aclare el
extraño misterio de la circular traspapelada.
No le fletará esta vez una ballenera: Muñoz quiere mayor seguridad. Lo envía en un buque de guerra brasileño –
el Euterpe – para depositarlo en Martín García; de allí seria fácil
arribar a la costa entrerriana en alguna canoa o bote.
El viaje de
Muñoz resulta una odisea. El Euterpe
no encuentra agua suficiente y debe trasbordar a un bergantín brasileño de
menos calado, el Eolo. El
trasbordo, con desesperación del agente se tiene que hacer frente a Buenos
Aires: el correveidile no quiere abandonar el Euterpe, pues ha sabido
que sus pasos son vigilados y teme que Rosas lo aprese y le dé la pena
merecida. Pero los brasileños lo
obligan a seguir a Martín García. De
allí cruza rápidamente a Entre Ríos, entrega las cartas a Urquiza, recibe la
correspondencia de éste y vuelve con apresuramiento a la isla donde el Euterpe,
que ha encontrado aguas suficientes, lo está esperando con los fuegos
encendidos. Rápidamente viaja a
Montevideo, distribuye la correspondencia y los mensajes, cobra las comisiones
e inmediatamente renuncia a los viajes.
No ganaba para sustos.
Mientras
tanto Cuyás se ha puesto a conversar con Pontes y Herrera sobre las cláusulas
del tratado de alianza. El 24 entrega
su proyecto: alianza ofensiva y defensiva secreta.; Entre Ríos se separaría del
Pacto Federal, se declararía “independiente” y por medio del Ejército de Entre
Ríos intimaría el retiro de las fuerzas argentinas de la Banda Oriental; en
caso de que Rosas le moviera guerra, Brasil se obligaba a emplear su ejército y
escuadra en su auxilio. También Brasil
vigilaría los ríos Plata y Paraná para custodiar el tráfico comercial de
Urquiza con Montevideo; y por artículo reservado (inútil, pues el
proyecto ya era de un tratado reservado), Garzón sería el Jefe de todas
las fuerzas orientales hasta su elección como Presidente constitucional de la
República (77).
Pontes
aprueba conversar sobre esas bases.
Carece de instrucciones, pero...
“Acepté esta idea (la de conferenciar con Cuyás y Herrera) en gran parte para conocer el pensamiento de nuestros futuros aliados, y para no disgustar principalmente a Urquiza, con el cual es necesario tener todas las contemplaciones posibles a fin de que no dispare campo afuera” (78).
Que, naõ
dispare campo fóra...
El futuro aliado recibía de Pontes el tratamiento de un
animal a quien se había conseguido encerrar en el corral después de esforzadas
maniobras. No sería la única vez.
Empiezan
las conferencias. Pontes demora
comprometer a Brasil, hasta que Urquiza haga el acto publico del
“pronunciamiento”, mediante el envío efectivo de la circular demorada, o
cualquier otro hecho irreversible que signifique el rompimiento efectivo con
Rosas.
También
porque no ha hecho llegar su declaración de la “soberanía” de Entre Ríos. Sin ese requisito no podría haber tratado
de potencia a potencia.
“MIENTRAS LA NIÑA SE ENAMORA TODO SE CONCEDE”. (2 de mayo de 1851.)
Cuyás le
recuerda esto último en carta del 2 de mayo.
Vuelve a decirle a Urquiza la causa de que negara el envío efectivo de
la circular del 3 de abril. Lo hace en
estilo de comerciante: (79)
“A la llegada del Sr. Muñoz a este punto (el 9 de abril, con la copia de
la circular: intercalación mía), se escribió al Río de Janeiro
incluyendo los documentos de V. E., y como Muñoz asegurase que V. E. le había
dado curso ya, estos señores anunciaron esto mismo. De suerte que aquellos hombres deben contarlo empeñando ya en el
nuevo giro por sí solo. Yo he negado
este hecho, asegurando que V. E. no despacharía sus buques sin que la contrata
estuviera firmada, porque entiendo que mientras la Niña se enamora todo se
concede, y después que ha cedido la ilusión disminuye y falta la voluntad de
cumplir las ofertas.
”En fin, se espera la llegada de un buque de aquel destino para ponernos completamente de acuerdo.”
No es
difícil comprender lo que quiere decir Cuyás.
Por hábito, o por disimulo – si la carta era interceptada por Rosas –
empleaba frases de uso comercial en su gestión diplomática :
Se escribió
al Río de Janeiro incluyendo los documentos de V. E.: Pontes
envió a Paulino la copia de la circular de Urquiza del 3 de abril.
Que V.
E. les había dado curso ya: que la
circular había sido efectivamente enviada a los gobernadores.
Estos
señores anunciaron esto mismo: Pontes y Herrera, creyeron a
Urquiza pronunciado contra Rosas.
Aquellos
hombres deben contarlo empeñado en el nuevo giro: En Río de
Janeiro creyeron lo mismo.
Por sí solo: sin mediar
una previa alianza con Brasil.
Que V. E.
no despacharía sus buques: Que Urquiza no se “pronunciaría”.
Sin que la
contrata estuviera firmada: sin que mediara la previa alianza con el Imperio.
Mientras la
Niña se enamora todo se concede: mientras Urquiza no se
“pronunciase” públicamente, podría sacar a Brasil todas las ventajas.
Y después
que ha cedido, la ilusión disminuye: Con Urquiza ya públicamente
“pronunciado”, Brasil no tendría interés en concederle mayores ventajas.
Sigue la interesante
carta:
“Entre tanto nos hemos pasado nuestros mutuos borradores y sólo
disentimos en algunas pequeñeces.
Muy pronto podré enviarle el citado borrador discutido y aprobado por
todos, para que lo examine y haga en él las correcciones que estime necesarias,
pues yo he declarado que no tenía la autorización de V. E. para concluir
definitivamente por ahora.”
Nuestros
mutuos borradores: los anteproyectos del tratado de alianza.
Muy pronto
podré enviarle el citado borrador, discutido y aprobado por todos: El
proyecto definitivo sería llevado a Urquiza antes de elevarse a tratado.
Continúa la
carta de Cuyás:
“Mi punto de partida en este negocio, en lo que alcanzan mis limitadas instrucciones, se dirige a garantir sus intereses a cualquier evento.”
En este
negocio: en el tratado.
Garantir
sus intereses a cualquier evento: Sacar a Brasil todas las ventajas
posibles para Urquiza.
Sigue
Cuyás:
"Si V. E. tuviera a bien autorizarme para concluir aquí, después de visto y aprobado el citado borrador por V. E., será indispensable que la autorización sea a nombre de los dos; y en este caso debe incluirme el poder en que se autoriza a V. E. a mandarme el otro, por separado, porque esta gente obra con mucha formalidad como es natural.”
Si V. E.
tuviera a bien autorizarme para concluir aquí, después de visto y aprobado
el citado borrador por V. E.: Si Urquiza quisiese, Cuyás como
representante del “estado Libre de Entre Ríos” firmaría el tratado
definitivo, después de aprobar el proyecto que se le remitiría desde
Montevideo.
Será
indispensable que la autorización sea a nombre de los dos: De Urquiza
como Jefe del Estado “soberano” de entre Ríos, y de Cuyás como su representante
diplomático.
Debe
incluirme el poder en que se autoriza a V. E. a mandarme el otro: Urquiza
debería mandarle el documento en que Entre Ríos declarase su “soberanía”, y por
lo tanto podría destacar representantes diplomáticos para que firmasen tratados
de alianza con otros estados soberanos.
Por
separado: En un documento la declaración de “soberanía” de Entre
Ríos; en otro el nombramiento de Cuyás como plenipotenciario con facultades
para concertar el tratado.
Y
finalmente:
“Todo lo demás lo tengo presente. Mas por ahora yo sigo el plan de mostrar que V. E. no está todavía decidido a entrar en la negociación, y que será fácil que la deje si el contrato no se concluye de la manera por mí indicada” (80).
Todo lo
demás lo tengo presente: Posiblemente las recomendaciones de Urquiza de
sacarle el mejor provecho posible a la situación de Brasil.
Que V. E.
no está todavía decidido: que Brasil debería subir las ofertas, pues la
conversión de Urquiza era aún dudosa.
Será fácil
que la deje: Urquiza aún estaba a tiempo de reconciliarse con Rosas.
Si el
contrato no se concluye de la manera por mi indicada: Si en el
tratado no se contemplaban las conveniencias de Urquiza.
Despacha la
carta el 3 de mayo con el Dr. Diógenes de Urquiza, hijo del general, quien
llega a Entre Ríos entre el 6 y 7 de ese mes.
(26 de
abril a 4 de mayo).
Desde que el
Golphinho llegara a Río de Janeiro el 18 de abril con la falsa noticia del
“pronunciamiento” de Urquiza mediante el envío de la circular a los
gobernadores, el gabinete imperial tomó las medidas militares para proteger a
Urquiza e iniciar las hostilidades. Se
ordenó la movilización del ejército en la frontera, cumplida el 28 de abril; y
dispuso la salida de toda la escuadra – recientemente adquirida – hacia
Montevideo.
El 26
llegan los primeros buques de guerra a Montevideo: el 4 de mayo arriba el vapor
insignia Affonso con el almirante Grenfell, quien trae las instrucciones y
poderes para que Pontes pudiera firmar el proyecto que sería sometido a
Urquiza. Paulino previene en ellas al
Encargado de Negocios:
“Conviene que V. E. use de la autorización que le da la reservadísima
y ponga por escrito lo que hubiere acordado, solamente en el caso de que
nada pueda conseguir de otra manera, por cuanto convendría por ahora mientras
Urquiza no se declare por hechos positivos, que el primer acuerdo fuese
verbal” (81).
Ya tiene
Pontes los poderes suficientes. Pero
espera el “pronunciamiento público” de Urquiza para reducir a escrito el
proyecto de tratado conforme se le advierte.
Por su parte, Cuyás está firme en que la Niña no cediera sin previa y
formal alianza. Hay un forcejeo de
varios días. Finalmente, dada la
premura, transan en una solución: se confeccionaría el compromiso por escrito,
incluyéndose dos artículos exigiendo el previo “pronunciamiento” público “para
que tuviere valor”.
Así se
concluye la contrata secreta en la mañana del 13 de mayo. Por la tarde Cuyás se embarca en el
Golphinho para llevarla a Urquiza.
Herrera quiere acompañarlo – Urquiza se lo ha pedido en carta recibida
por aquél el 4 de mayo – pero Pontes no le concede camarote en el buque
brasileño. No quiere que el
montevideano hable con Urquiza: éste pertenece solamente a Brasil. Pontes masca su indignación, que desahoga
en una violenta carta a Lamas: “Aún no hemos empezado, y ya se me trata a
puntapiés, como un feitor maneja allí sus esclavos” (82). Pero debe resignarse, y quedarse. ¡Qué lamentablemente
triste era ser “Ministro de Relaciones Exteriores” de un Estado artificial!
LA “CONTRATA SECRETA” (13 de mayo).
Aquello
llamado por Cuyás la “contrata” es un tratado secreto de alianza entre el
Imperio de Brasil, el “Estado de Entre Ríos” y el gobierno de la Defensa de
Montevideo, aparentemente para guerrear contra Oribe y en realidad para hacerlo
contra la Argentina.
Su objetivo
aparente es “mantener la independencia y pacificar el territorio de la
República Oriental haciendo salir al general don Manuel Oribe y las fuerzas
argentinas que manda” (art. 1º) ; el real es llevar la guerra a la
Confederación, pues “...si por causa de esta misma alianza, el gobierno de
Buenos Aires declarase la guerra a los aliados, individual o colectivamente, la
alianza actual se tornará en alianza común contra dicho gobierno” (art.
15º). Garzón, “general en Jefe del
ejército Oriental”, sería el director de la guerra (art. 6º) ; y con él
deberían ponerse de acuerdo los jefes brasileño y entrerriano “siempre que
fuera posible y no perjudique la libertad de acción de las fuerzas imperiales”
(art. 9º). El comercio de cabotaje de Urquiza sería protegido eficazmente por
la escuadra brasileña, como lo quería Cuyás (arts. 10º y 18º).
Brasil
sacaba el premio de sus viejas aspiraciones territoriales y de navegación
fluvial, y tal vez de una mayor disgregación del Plata: por el art. 17º los
Estados contratantes “se afianzaban mutuamente su respectiva independencia,
soberanía e integridad de sus territorios, sin perjuicio de los derechos
adquiridos“.
¿Qué soberanía
e independencia garantizaba Brasil a Entre Ríos, no obstante llamarlo
Estado?, y ¿qué significado serio podía tener la garantía entrerriana a la
independencia y soberanía de Brasil? Lo realmente garantizado por Urquiza era
el párrafo que he subrayado del art. 17º: los derechos adquiridos por
Brasil “en perjuicio” de la integridad de los territorios de los
contratantes. Estos derechos
adquiridos que iban más allá de “la integridad de los territorios”
garantizados, eran los que tenía Brasil por la ocupación de hecho de las Misiones
Orientales. De esta manera Urquiza
y el gobierno de Montevideo renunciaban a reivindicarlas del Imperio.
En cuanto a
la navegación fluvial, se declaraba “libre” la del Paraná, antigua aspiración
brasileña (art. 18º).
Y, sobre
todo, el tratado no tendría vigencia hasta tanto se efectuase el “público
pronunciamiento” de Urquiza. Decían
así los arts. 2º y 3º:
“Art. 2º: Para que este convenio tenga efecto, se hace necesario
que el Excmo. Señor Gobernador del Estado de Entre Ríos, en virtud del derecho
de independencia nacional que le son reconocidos por el tratado del 4 de enero
de 1831 (83), reasuma por su parte la
facultad concedida al Gobernador de Buenos Aires para representar a la
Confederación Argentina en lo que respecta a las relaciones exteriores; y lo
verificará realizando el envío de la circular del 3 de abril próximo pasado en
el caso de que tal envío no haya tenido lugar, o publicando un manifiesto o
practicando cualquier acto público y consumado que importante y decidido
rompimiento de relaciones políticas con el gobernador de Buenos Aires.
”Art. 3º: Si el gobierno, de Corrientes, o cualquier otro en
idénticas circunstancias, desea hacer parte de la presente alianza, deberá
declararse previamente de un modo análogo al que se ha determinado en el
artículo anterior” (84).
Vl
“NÃO PAREÇA QUE O
PRONUNCIAMENTO DE URQUIZA FOI UMA CONDIÇAO QUE LHE IMPUZEMOS”.
El 13 sale Cuyás
en el Golphinho, el 14 a la noche está en Martín García : más allá no hay aguas
suficientes para el buque brasileño y debe transbordar a un bote que lo lleva a
la costa de Entre Ríos, mientras el Golphinho queda esperándolo en la isla. El 16, Cuyás llega al palacio San José.
Urquiza no
encuentra objeciones. Pero, contra el
parecer de Cuyás que había prometido volver inmediatamente con el “borrador”
aprobado o corregido, Urquiza lo remite en consulta a su ministro Galán que
está en Paraná. Eso demora el
regreso. Galán lo devuelve el 20:
“estoy de acuerdo” (85) ; y el 22 por la
tarde llega el “borrador” al palacio San José desde Paraná; a la noche Cuyás
sale para Martín García en bote.
No
encuentra al Golphinho. El buque lo ha
esperado cuatro días (como Cuyás lo había indicado), y juzgando su comandante
peligroso permanecer en la isla expuesto a un golpe de la escuadrilla
argentina, resolvió volverse sin más trámite a la base de Montevideo,
abandonando al comisionado. Pero
Grenfell, desde Montevideo, vuelve a despachar al Golphinho para no dejar al
catalán y a la “contrata” en medio del río.
Con mala suerte: el capitán, poco práctico del río o tal vez engañado
por los prácticos, encalla en un banco.
Sabido por Grenfell, hace salir al Affonso, que también encalla. La situación se hacía peligrosa para Cuyás,
cuando una creciente hace zafar al Affonso que recoge al amedrentado catalán
cuando estaba dispuesto a volverse en su bote a Entre Ríos. El 28 por la noche entra a Montevideo.
Llegaba
investido del cargo de Enviado Extraordinario y Ministro
Plenipotenciario del Estado Libre de Entra Rios, (“¡Ave María Purísima!”
comenta Alsina en carta a Lamas (86). Además de traer la “contrata” aprobada, aun en sus arts. 2º y 3º
innecesarios porque ya era público el “pronunciamiento” de Urquiza (ignorado a
la fecha de salir Cuyás con el “borrador”; pues como veremos el
“pronunciamiento público” no ocurrió el 1º de mayo), el novel Ministro Plenipotenciario
traía una carta autógrafa de Urquiza fechada el 20 de mayo para que Pontes la
hiciera seguir al emperador:
“Si Brasil, que tiene tan justos motivos para hacer la guerra a Rosas, me custodia el Paraná y el Uruguay, yo le prometo por mi honor derribar a ese monstruo político, enemigo del Brasil y de toda nacionalidad organizada” (87).
Ya es Jefe
de un Estado soberano, separado de la Confederación Argentina y
públicamente “pronunciado”. Ya puede,
por lo tanto, Cuyás firmar el tratado definitivo de alianza. Y así lo hace con premura al día siguiente
– 29 de mayo –, el tiempo indispensable para poner en limpio el “borrador” y
reunir a los firmantes. El Golphinho
lo lleva con premura a Río de Janeiro para que lo ratifique el emperador. El 10 de junio, el vapor brasileño llega a
la capital, dadas sus excelentes condiciones marineras para atravesar el golfo
de Santa Catalina y el mar abierto.
Solamente fallaba en el río de la Plata.
Llega en
mal momento. Poco antes se ha sabido
en Brasil el “público pronunciamiento” de Urquiza, y los liberales opositores
han hecho inesperadamente un arma contra el gobierno, Hollanda Cavalcanti de
Alburquerque, senador liberal por Pernambuco, acusa al gabinete de andar
descaminando os gobernadores de nossos vezinhos (88), lo cual no le parecía ni muy correcto ni muy honorable
para todo un Imperio. También Manuel
de Assis Mascarenhas, el talentoso senador mulato por Río Grande del Norte, se
queja de “que Brasil no declara a Rosas una guerra franca leal”, mereciendo del
senador conservador por Minas Geraes, el brusco Honorio Hermeto Carneiro Leão,
la afirmación cínica e injuriosa de que “Si o nobre Senador piensa aasim, o
nobre Senador e louco" (89).
Estos
debates, y una campaña de los diarios opuestos a “igualar al emperador con un
rebelde en la firma de un tratado” llevaron a la inesperada reticencia de Pedro
II. No quiere ratificar la alianza tan
duramente conseguida; y todo amenazaba llevárselo el diablo.
Paulino se
encuentra ante un arduo problema. Ya
Urquiza ha ratificado, sin importarle mayormente dejar para la historia en los
arts. 2º y 3º la huella de que Brasil
lo había obligado a pronunciarse. Y
ahora resultaba que el obstáculo estaba en el propio emperador. Como Pedro II se obstina en “no mezclar la
púrpura imperial” en asuntos tan turbios, Paulino debe ingeniarse para
someterle una fórmula de conciliación.
¿Si se suprimieran los artículos 2º y 3º? Entonces no aparecería el
emperador descaminando os governadores de nossos vezinhos, sino tratando
de igual a igual con jefes de Estado plenamente soberanos, cuya soberanía había
sido lograda por actos previos al acuerdo con Brasil. Además, esos artículos no eran necesarios, pues Urquiza ya
estaba públicamente “pronunciado”.
El 17 de
junio, Paulino escribe a Pontes:
“Conviene, y mucho, eliminar los arts. 2º y 3º, en lo cual Urquiza no
puede dejar de convenir. No parezca
que Urquiza obró por instigaciones nuestras, y que su declaración fue una
condición que le impusimos. Aunque
así sea, que no aparezca en el convenio...
V. Excia. hizo muy bien en poner eso en el proyecto para asegurarse,
pero hecho el edificio deben tirarse los andamios” (90). (Cursiva mío.)
Interesa a
Lamas para que gestione de Urquiza la supresión. ¿ Quién más interesado que el mismo Urquiza en hacerlo? Lo malo
es que Urquiza ya ha ratificado, pero en la flamante Cancillería entrerriana podían
prescindir de formalidades. Con echar
al fuego el tratado ratificado, y ratificar otro sin las cláusulas
comprometedoras, todo estaría arreglado.
Lamas
destaca a su secretario, Andrés Somellera, para que explique a Herrera la
necesidad de la supresión, y que a su vez Herrera la explique a Urquiza. Va con ello el tratado, y por lo tanto la
victoria. Somellera se embarca el 19
en Río de Janeiro para Montevideo, con precisas instrucciones de Lamas:
“Usted (Somellera) lo conoce todo, sabe cuanto repugna al emperador ratificar un convenio con Urquiza, sabe la tormenta que se levantó en el Senado a la sola sospecha de que se trataba con él; sabe, en fin, el compromiso en que estoy de sostener la capacidad internacional de Urquiza. Asegúrele a Herrera la ratificación del convenio (corregido) y que él la asegure a Urquiza” (91).
Herrera
escribe a Urquiza acompañándole las instrucciones de Lamas a Somellera: “Nada
tengo que agregar a lo que dice Lamas”, le explica; “es muy conveniente a los
intereses de V. E. que esos artículos no aparezcan en el tratado
definitivo”. Se interesa por el papel
de Urquiza ante la Historia, que estaba deslustrado por esa impremeditación (92).
Urquiza, no
obstante su ratificación hecha el 23 de junio, accede a ratificar otro ejemplar
sin los artículos que lo incitaban al “pronunciamiento”. Agradece la molestia tomada por sus aliados
para “salvarlo ante la Historia”.
Se
confeccionan los nuevos ejemplares en Montevideo, firmados por Pontes, Herrera
y Cuyás, como si fueran el primitivo texto del 29 de mayo. Y Pontés puede escribir a Paulino:
“Levanté los andamios, como dice V. Excia. en su estilo conciso y expresivo: hecho el edificio, se tiran los andamios” (93).
El
emperador ratifica entonces. El
tratado ya no tendrá los 26 artículos, sino 24: se corre la numeración del lº
al 4º.
Paulino
vuelve a escrihir a Pontes – el 5 de noviembre – sobre la conveniencia
histórica de la supresión, pues:
“En esos artículos confesaba y declaraba Urquiza que le impusimos como condición su Pronunciamiento, y que solamente se pronunció después que tuvo segura nuestra protección” (94).
Así, por
deseo de Brasil y no de Urquiza, quedaron suprimidos los arts. 2º y
3º.
Vimos que
el 21 de abril Urquiza había recibido por Muñoz la carta de Cuyás del 17:
“Ayer a mediodía he llegado a este punto (Montevideo) y ayer mismo he
conferenciado largamente con aquellos dos señores (Pontes y Herrera: intercalación mía).
”En estos momentos
acaba de visitarme él, a quien V. E. dirigió la comunicación de crédito
(Herrera: in. mía). Todo parece arreglado y espero que no habrá dificultad
alguna...” (95).
De Pontes había traído también Muñoz
el recado verbal de urgir la asunción por Urquiza del mando “soberano” de Entre
Ríos a fin de firmarse el tratado de alianza con Brasil.
La carta daba una gran alegría a
Urquiza que venía sumarse a la causada por Cuyás al llegar a su palacio el 4 al
anochecer, diciéndole “que la alianza era un hecho”. No repararon, ni Urquiza ni su secretario Seguí, en los últimos
párrafos (transcritos en la nota 73) de la carta de Cuyás que aconsejaban prudencia.
Al día siguiente – 22 – escribe al
coronel Lucas Moreno, jefe de Oribe, invitándole a levantarse contra sus
superiores; y hace escribir por Seguí al comandante Hernández, de Santa
Fe, explicándole “que la República está gobernada por un imbécil que no tiene
una chispa de inteligencia en la cabeza, ni una chispa de patriotismo en el
corazón” (96). Invita a grandes
fiestas en Concepción del Uruguay a los generales Garzón y Virasoro, gobernador
éste correntino. Una de esas fiestas,
ocurrida el viernes 2 de mayo parece estrepitosa. La describe La Regeneración del 4 como una serenata
nocturna “organizada súbitamente” por dos bandas militares, que recorrió las
principales calles al son de ¡ vivas! a Urquiza y ¡mueras! “al
tirano”, aunque sin nombrarlo aún.
“...llevando
en el centro, simbolizando el corazón de un gran pueblo inmenso – escribe la
pluma de Terrada – al invencible, glorioso, predestinado a la obra providencial
de la restauración de los principios sociales y cristianos en las Provincias
del Plata, al invicto general Urquiza” .
Esto ocurría el viernes 2 de mayo,
pues La Regeneración del domingo 4 de mayo da la información como
ocurrida “el pasado viernes entre 7 y 11 de la noche”.
¿El “pronunciamiento” por fin?... No; el “pronunciamiento” todavía no, pues
éste consistiría en la pública lectura de los decretos, que el Secretario Seguí
redactara quitando a Rosas la encomienda de las relaciones exteriores, y donde
Urquiza reasumía “su aptitud para entendese con todos los gobiernos del
mundo”.
Esta serenata nocturna que algunos
historiadores inadvertidos confunden con el “pronunciamiento”, sin fijarse ni
en la fecha, ni en la hora, ni en su objeto, era un acto privado, más o menos
entusiasta (es sospechosa la pluma bombástica de Carlos de Torrada) para
exteriorizar la alegría de la alianza con Brasil.
Pero tras la euforia del primer
momento, Urquiza pasa a la vacilación.
Había creído terminada la alianza y custodiados los ríos fronterizos por
la escuadra brasileña. Y en vez de eso
las noticias de Montevideo le informaban que aún no había tratado de alianza,
pues el representante brasileño ni siquiera tenía poderes para hacerlo; que no
había tal escuadra imperial en los ríos, y que Rosas acababa de cortar toda
comunicación con Entre Ríos hecho que significaba la ruptura con el Jefe de la
Confederación.
Dio entonces una prudente marcha
atrás. Los agasajos a Virasoro y
Garzón cesaron; aquel se volvió en silencio a su provincia, y éste a su
guarnición; Urquiza retornó a San José.
Pasó un tiempo sin que los Comandantes de los departamentos organizaran
otros actos “espontáneos”. Lo explica
Herrera a Lamas:
“Al ver (Urquiza) la apertura de Pontes y dando la cosa por hecha, se lanzó por esos mundos de Dios a rienda suelta. Pero sabe que no era así, y despechado o creyéndose burlado el hombre ha mordido el hierro, y me cuesta lo que Ud. no tiene idea sujetarlo...” (97).
Rienda
suelta, mordió el hierro, sujetarlo...
antes Pontes había temido que Urquiza “no dispare campo afuera”:
siempre las imágenes caballunas se presentaban a los hombres de
Montevideo al expresarse de Urquiza.
Hasta el 7
u 8 de mayo (conjeturablemente) en que llegó de Montevideo su hijo Diógenes trayéndole
la carta de Cuyás del 2 de mayo, y la noticia (esta vez cierta) de encontrarse
en el puerto la impresionante escuadra brasileña de vapores de guerra.
Ahora podía
“pronunciarse” públicamente sin riesgos.
Se decidió, pues, a dar estado público a unos decretos redactados por su
secretario Seguí el lº de mayo (a lo menos fechados ese día), mantenidos desde
su confección con prudencia – junto con los ejemplares de aquella circular que
no circuló – en una gaveta de su escritorio.
EL “PRONUNCIAMIENTO” OCULTO (¿18 de mayo?)
El
“pronunciamiento público” de Urquiza consistió en un acto donde fueron leídos y
promulgados dos decretos con fecha 1º de mayo: en uno se declaraba a Entre
Ríos Estado soberano provisorio “en aptitud de entenderse con los demás
gobiernos del mundo”; en otro se cambiaba el lema Mueran los salvajes unitarios por
Mueran los enemigos de la organización nacional.
Según lo corriente habría ocurrido el 1º de mayo, en la plaza General
Ramírez de Concepción del Uruguay, en presencia de Urquiza y de toda la tropa
formada. Después la tropa siguió al
pregonero que en cada esquina leía los decretos, mientras un cañón hacía
salvas.
¿ Ocurrió realmente el 1º de mayo, a
lo menos en la forma clara, positiva y pública exigida por el Canciller
brasileño?,
El jueves 1º de mayo nada pasó de
memorable en toda la provincia de Entre Ríos, a lo menos en forma pública. Ni en los informes de los Comandantes
departamentales ni en números posteriores de los tres periódicos de la
provincia – El Federal Entre-Riano de Paraná, Progreso de
Gualeguaychú y La Regeneración de Uruguay – se menciona, fuera de que
sopló un agobiador viento norte, nada de notable. Después, sí.
De los tres periódicos, uno (El
Federal Entre-Riano, el más serio y de mayor tiraje), nada comenta, tal vez
porque su director, el Dr. Evaristo González, disgustado por el sesgo que
tomaban las cosas, había pedido pasaporte para irse a Buenos Aires. En cambio La Regeneración de Carlos
de Terrada, en su número del 13 de mayo, se hace eco en crónicas, gacetillas,
remitidos, comunicados, de una “efervescencia popular” que al parecer existía
en la provincia, o por lo menos en Concepción del Uruguay; y en ese número
transcribe ambos decretos del lº de mayo.
Hace la crónica del “público pronunciamiento” ocurrido a las 10 de la
mañana en la plaza Ramírez, leyendo a continuación el pregonero sus
considerandos en cada esquina seguido por la tropa, mientras Ricardo López
Jordán hacía sonar un cañonazo a cada lectura por orden del gobernador. No dice que estuviera presente Urquiza, que
de estarlo no lo habría omitido. Ni
dice que “mañana” ocurrió.
¿ Qué día entre el 4 y el 18 de mayo
(entre los Nros. 46 y 47 de La Regeneración) se produjo el
público pronunciamiento cuya crónica hace el periódico de Terrada? Olvida
decirlo. Menciona en una gacetilla
fechada el 13 de mayo, publicada en la edición de ese mismo día, que después de
darse el bando se reunieron a las 8 de la noche algunas personas al pie de la
pirámide de la plaza Ramírez: allí, después de cantarse chapeau-bas
(será “chapeaux bas”) el himno nacional, el Dr. Diógenes de Urquiza – “joven
culto, aventajado y elegante” – tomó en sus manos una bandera nacional y
prometió culta y elegantemente “clavarla en el cráneo del tirano". Primer acto de intergiversable oposición a
Rosas (98).
El periódico Progreso de
Gualeguaychú, dirigido hasta entonces por José Ruperto Pérez, hace el 8 de mayo
una crónica de una serenata ocurrida “espontáneamente” tras la banda de música
local: en ella se vivó a Urquiza y se profirió algún denuesto contra Rosas en
una poesía alusiva recitada. Pero no
se leyeron decretos, y por lo tanto hasta esa fecha no debía haber ocurrido el
“público pronunciamiento” de Uruguay.
En un remitido de Progreso del 14 se habla de otra
serenata de Concordia el 11 de mayo “al conocerse la fiesta ocurrida en esa
ciudad (Uruguay) la noche del 2 del cte.”. No se leyeron decretos.
El “público pronunciamiento” tuvo
lugar, entonces, entre el 11 y el 18 de mayo en Concepción del Uruguay. Debió consistir en un acto tan mínimo, que
ni el eficaz Terrada – ni Pérez, ni nadie – recuerda la fecha exacta. En realidad el acto público fue la
edición de La Regeneración del 13 de mayo.
Por ella se conoció el “pronunciamiento” dentro y fuera de Entre Ríos (99).
De allí se
explica que Cuyás zarpara de Montevideo ese día 18 en el Golphinho, tan
ignorante del “pronunciamiento” de Urquiza, que iba a hacerle aprobar un
tratado en cuyo artículo 2º se lo incitaba a “practicar cualquier acto público
y consumado que importe indudable y decidido rompimiento con el gobernador de
Buenos Aires”, y que Urquiza y su ministro Galán no consideraran necesaria su
corrección. La noticia del público
“pronunciamiento” llegó a Montevideo en la goleta General Urquiza,
zarpada de Gualeguaychú el 15 con periódicos hasta esa fecha, y llegada
a Montevideo el 19. Un día antes – el
18 – los diarios entrerrianos trajeron a Buenos Aires la información del paso
dado por Urquiza. Rosas, según su
costumbre, no quiso ocultar nada y ordenó a su prensa que reprodujera
ampliamente todas las crónicas y gacetillas de La Regeneración y Progreso.
¿Qué ha
ocurrido con el “pronunciamiento”, cuyo estado público se ha demorado tanto
tiempo después de la redacción de los documentos? Porque nada permite suponer
que los dos decretos fueron redactados por Seguí y firmados por Urquiza en otra
fecha que la indicada en ellos: esto es, en el 1º de mayo.
Por lo
menos el día 4 estaba confeccionado el de “asumir la soberanía de Entre Ríos,
encontrándose en aptitud de entenderse con todos los países del mundo”, que el
6 remite Urquiza a Cuyás por la ballenera Paulita llegada a Montevideo el 9 (100).
De éste, se enteró Pontes, pero no le da trascendencia de “público
pronunciamiento” porque no lo tenía, y porque Urquiza lo comunicaba en la más estricta
reserva (101).
¿Por qué
demoró Urquiza el “público pronunciamiento” hasta el 11 ó 18 de mayo? Supongo
que por el prudente consejo de Cuyás a la niña enamorada: no ceder hasta
no formalizar o por lo menos asegurarse el compromiso. Lo ocurrido con ambos
"pronunciamientos” es idéntico: tanto la circular del 8 de abril como los
decretos del 1º de mayo, fueron demorados.
Pero los decretos tuvieron publicidad primero – el 11 de mayo, o a más
tardar el 13 – y por eso formaron el cuerpo del “pronunciamiento” contra
Rosas. La circular en cambio sólo
sería conocida por sus destinatarios, los gobernadores argentinos (Virasoro
aparte) al transcribirse en los periódicos entrerrianos del 25 de mayo de ese
año.
En ambos
“pronunciamientos” Urquiza obró de idéntica manera. Los hizo redactar y después los guardó en una gaveta: tan sólo remite
algunas copias a Montevideo “rogando reserva”. Solamente ante la exigencia de Brasil y cuando conoce por
su hijo Diógenes y por la carta de Cuyás del 2 de mayo, la presencia de la
escuadra brasileña en el Plata, se resuelve a despachar sus buques según
la gráfica expresión del catalán.
¿POPULARIDAD DEL “PRONUNCIAMIENTO”?
¿Fue un
acto emotivo de pueblo, el de la lectura de los decretos? A estar La
Regeneración y Progreso habría habido “efervecencia popular” y “delirante
entusiasmo” en las reuniones habidas en Uruguay, y en Gualeguayehú. El calificativo es sospechoso.
En la
copiosa correspondencia de Urquiza durante los meses de mayo y junio no hay
muchas cartas de gratulación por el o los “pronunciamientos”. Salvo las comprensibles de sus Comandantes
departamentales, o de algún vecino correntino asilado y decididamente enemigo
de Rosas (Berón - Ferre); casi por completo faltan las de sus coterráneos. Tal vez los de Concepción del Uruguay
fueran en persona a felicitar al general, pero no podría ocurrir lo mismo con
los vecinos de puntos más alejados. Da
la impresión de que los entrerrianos no comprendieron el trascendental
paso. O que ninguno que no fuera
empleado de gobierno se le ocurrió aplaudirlo.
Todo lo
contrario: Juan José Urquiza, hermano del gobernador y vecino de Buenos Aires –
que permaneció fiel Rosas – vuelve a aconsejarle fraternalmente el 28 de mayo
que ponga sus propiedades a buen recaudo “pues tendrás que peregrinar en países
extranjeros sin bienes” (102). El doctor Severo González, director de El Federal Entre-Riano
de Paraná, renuncia al periódico y se aleja de la provincia “por no tener fe”; (103) el coronel Hilario Lagos, jefe de
policía de Paraná, deja el cargo y se va a Buenos Aires a ponerse a las órdenes
de Rosas.
Años
después el entonces general Francia, que en 1851 fuera Comandante de Paraná y
debió como tal organizar y dirigir el “pronunciamiento” en esta ciudad,
confesaba a Antonino Reyes la “violencia con que cedieron al pronunciamiento de
Urquiza en 1851 los vecinos de Paraná”.
“Usted va a juzgar del estado de nuestro espíritu – escribe el 18 de
enero de 1885 el veterano comandante de Urquiza al viejo edecán de Rosas – el
día de la proclamación del bando y fijación de éste en las calles del Paraná,
por el siguiente hecho histórico e imponente de que fui testigo: Yo era Jefe de
las armas, y la orden se dio para la formación de todas las tropas que allí se
hallaban en número de 2.500 hombres.
La columna se puso en marcha y no se oía más que la voz del pregón
comunicando al pueblo la separación de la provincia de Entre Ríos y supresión
de la encomienda al gobernador de Buenos Aires en las relaciones
exteriores. En la tropa se oía el
mismo silencio durante la marcha. De
repente una sola y única voz (el Dr. Evaristo Carriego) gritó:
¡Muera el tirano Juan Manuel de Rosas! La columna
hizo un raro movimiento como de echar un paso atrás, toda ella, y nadie
contestó” (104).
LA REPUBLICA INDEPENDIENTE DE ENTRE RÍOS.
El
“pronunciamiento” consistió – como hemos visto – en la lectura pública por el
pregonero, seguido por la tropa formada, de ambos decretos que llevan fecha 1º
de mayo. De ellos el fundamental es
aquel en que Urquiza, en su carácter de gobernador de Entre Ríos en uso de
las facultades extraordinarias que inviste (es decir: por sí solo – para lo
cual se encantaba autorizado – y desde Uruguay y no obstante la existencia de
un gobernador delegado o un ministro en la capital de provincia que era Paraná)
acepta en términos irónicos una renuncia que habría presentado Rosas a
“cultivar” las relaciones exteriores de la Confederación “delegada en su
persona por todas cada una de las provincias que integran la República”, y en consecuencia, declara a la
faz de la República, de la América y del Mundo:
“1º) Que es la voluntad del pueblo
entrerriano reasumir el ejercicio de las facultades inherentes a su territorial
soberanía, delegada en la persona del Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General
de Buenos Aires, para el cultivo de las relaciones exteriores y dirección de
los negocios generales de paz y guerra en virtud del tratado cuadrilátero de
las provincias litorales fecha 4 de enero de 1831.
”2º) Que una vez manifestada así la libre
voluntad de la provincia de Entre Ríos, queda ésta en aptitud de entenderse
directamente con los demás gobiernos del Mundo, hasta tanto que congregada la
Asamblea Nacional de las demás provincias hermanas, sea definitivamente
constituida la república.”
Acompaña la firma de Urquiza (no puede
decirse que la “refrenda” porque no es ministro), la de su novel secretario el
doctor Juan Francisco Seguí, redactor material del documento.
Este decreto, legalmente, es falso y
nulo.
Falso, porque Rosas no había renunciado,
no podía hacerlo, a la encomienda de las relaciones exteriores de la
Confederación. Esta había sido dada en
1830 por tratados bilaterales y no por el tratado de 1831, que tampoco fue cuadrilátero
(Seguí lo confunde con el de 1822), por las provincias litorales al gobernador
de Buenos Aires; y por las demás provincias también al gobernador de Buenos
Aires mediante leyes de sus Juntas de Representantes dictadas entre 1831 y
1834. No estaba dada a la persona
de Rosas, sino a quien ocupara el cargo de gobernador de Buenos
Aires. No podía Rosas renunciar a las
mismas reteniendo la gobernación de Buenos Aires y Jamás lo hizo, por otra
parte. Seguí había tomado por el rabo,
deliberadamente o no, las consideraciones de Rosas a la Junta de
Representantes de Buenos Aires excusando en reelección en 1850 de gobernador
de la provincia, aduciendo entre otras consideraciones el estado de su salud
que le impedía “atender como se requiere el manejo de las relaciones
exteriores, delegado por todas y cada una de las provincias de la Confederación
Argentina en el gobernador de Buenos Aires”.
No renunciaba a la delegación irrenunciable de las relaciones exteriores
de la Confederación, renunciaba a ser reelecto gobernador por la Junta porteña
de Representantes.
Nulo.
Porque el gobernador de Entre Ríos quebraba el sistema de Confederación
al separar – aún provisoriamente – a su provincia del concierto de las demás
argentinas.
El sistema de Confederación se
encontraba establecido en la Argentina por el Pacto Federal de 1831 y por
diversos acuerdos interprovinciales y leyes provinciales. En ellos se delegaba permanente e irrenunciablemente
la soberanía exterior de las provincias a la entidad “Confederación
Argentina”. Un Pacto de Confederación
no puede denunciarse, ni los estados confederados tienen un imposible derecho
de secesión para romper a voluntad la unión federal. No es un tratado de alianza entre Estados soberanos para cumplir
objetivos determinados o temporarios; es el acto constituyente, irrevocable, de
una nacionalidad permanente. En una
alianza, la soberanía exterior permanece en los Estados aliados, y en todo momento
éstos conservan el derecho de denunciar el tratado de alianza y separarse de la
liga: en una confederación, la soberanía exterior reside en forma
irrevocable en el Estado constituido por la unión federal. La “alianza” de Estados pertenece al derecho
internacional, la “confederación” al derecho constitucional interno (105).
¿QUE FUE EN REALIDAD EL “PRONUNCIAMIENTO”?
Por el
decreto del lº de mayo de 1851, el gobernador de Entre Ríos declaraba la independencia
nacional de su provincia, limitada hasta el momento de reunirse “la
Asamblea de la República”. En virtud
de esa independencia nacional la autoridad de Entre Ríos estaba en condiciones
“de entenderse directamente con los demás gobiernos del Mundo”.
Hablando en
hechos, por ese decreto Urquiza se atribuía la facultad de Jefe de una nación
soberana a fin de que su Ministro Plenipotenciario firmase en Montevideo un
tratado de alianza con el Encargado de Negocios del Imperio de Brasil.
Lo malo, lo
monstruoso, es la dolorosa realidad que se pretende cubrir con el pabellón del
temporario Estado independiente de Entre Ríos. Es que el Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina,
preparado, armado y destinado precisamente a la guerra con el Imperio de
Brasil, dejaba desde ese momento de ser una fuerza argentina. Y con su general a la cabeza, cañones,
parque, etc., provistos por la Confederación, pasaba a pertenecer a un ficticio
Estado de Entre Ríos, aliado – por voluntad de su omnímodo gobernador – al
Imperio de Brasil en su guerra contra la Confederación Argentina.
Lo malo no
es la independencia temporaria de Entre Ríos, que al fin y al cabo era y
seguiría siendo irrevocablemente Argentina.
Lo malo era el escamoteo del Ejército de Operaciones de la Confederación.
La
defección del ejército de Urquiza significaba el triunfo de Brasil en la
guerra. Ni siquiera habría guerra, y
todo no pasaría de ser un paseo militar. El otro ejército – el de Aliado de vanguardia, que
con Oribe sitiaba Montevideo – no podría resistir el empuje triple de las
fuerzas brasileñas, “entrerrianas” y de la Defensa de Montevideo. Oribe estaba perdido, y lo mejor que podría
hacer sería capitular.
Sin
ejércitos aliados ni de operaciones, Rosas no podía resistir. Su fuerza en Buenos Aires era escasa y
bisoña, y fuera de la artillería y la División Escolta, incapaz de resistir el
embate que le llevarían los formidables aliados. De provincias podían llegar unos pocos milicianos, incapaces de
desempeñar un papel lucido en la emergencia.
También lo mejor que podía hacer Rosas, al igual que Oribe, era
capitular o escapar de Buenos Aires.
Por eso la
conversión de Urquiza fue recibida por el gobierno brasileño con un suspiro de
alivio. La guerra perdida, estaba
ahora ganada ¡y de qué manera!
El primer
efecto del “pronunciamiento” en Brasil, fue que el general, conde de Caxias,
aceptase el mando de los 16 mil hombres del ejército Imperial. Antes había sido inútil insistir en ello:
Caxias era demasiado celoso de su gloria para ir a una segura derrota. La presencia del anciano Mariscal Brown al
frente de las tropas acantonadas en la frontera era un triste presagio.
Pero llegado
el 10 de junio el Golphinho a Río de Janeiro con la noticia oficial del
“pronunciamiento” y el ejemplar del tratado del 29 de mayo, Caxias cambia de
opinión. Ahora, era segura la
victoria. Pide licencia al senado (era
senador) para aceptar el mando en jefe de las tropas, y el 18 queda
nombrado. Inmediatamente va a Río
Grande para ponerse a su frente.
Pero si el
“pronunciamiento” da la seguridad a los hombres de gobierno y a los de armas de
la victoria, a la gran masa le duele que el Imperio deba valerse de un
procedimiento semejante. El 27 de
mayo, como hemos visto, el senador Cavalcanti de Alburquerque expresa que “la
guerra debe hacerse noblemente” y no de esa manera; el 15 de julio, Manuel de
Assia Mascarenchas, se queja también en el Senado de “que el Brasil derrama su
oro para corromper antiguos servidores de Rosas... no le declara una guerra franca y leal” (106).
Hemos visto
antes los escrúpulos de Pedro II para ratificar el tratado del 29 de mayo con
las cláusulas 2º y 3º donde descaminaba os governadores de nossos vezinhos (las
palabras son de Cavalcanti de Alburquerque).
Debió
explicarse que Urquiza era un auxiliar indispensable y no un aliado del
Imperio. Y auxiliar podía ser
cualquiera. Por eso cuando, capitulado
Oribe en octubre, se anunció en Río de Janeiro que Andrés Lamas había llevado a
Pedro II saludos de Urquiza y “S.M. el emperador se dignó responder con
palabras sumamente lisonjeras para el noble general Urquiza” (del comunicado de
Lamas), la prensa brasileña puso el grito en el cielo. Correio Mercantil en su nº del 10 de
noviembre (de 1851) interpretando el sentimiento público dijo:
“Un rebelde no pudo ni debió merecer expresiones sumamente lisonjeras
(subr. orig.) de S. M. el emperador el Sr. Don Pedro II, tan ilustrado y
tan experimentado como es y todos lo reconocen. El sabe que se ama la traición, pero se aborrece a los
traidores. El Sr. Don Pedro II no
manchará la púrpura imperial usando expresiones sumamente lisonjeras hacía
un hombre cuyos hechos contemporáneos no son ignorados” (107).
Así ha
quedado Urquiza en los anales de Brasil.
Un gran historiador contemporáneo, recientemente desaparecido – Pandiá
Calógeras – en su Formaçao histórica do Brasil expone este concepto: “No
tenía Urquiza las condiciones de un hombre de Estado: no pasaba de ser un condottiere”
(108).
Contrasta este juicio del ilustre brasileño hacia un amigo de Brasil con
el merecido por Rosas, enemigo constante de su país: “Ciertamente no era un
Jefe blando o de manos leves: poseía un genio voluntarioso, un carácter incapaz
de doblarse, cruel como eran todos sus semejantes en aquella época de la
Argentina. Pero era también un
estadista, un patriota de ideales y de ejecución, cualidades que no se
encuentraa muy frecuentemente reunidas... (109).
El 18 de
mayo llegaron a Buenos Aires los periódicos entrerrianos con la noticia del
“pronunciamiento”. El 21 lo
reprodujeron todos los diarios porteños: “La Gaceta Mercantil”, “El Agente
Comercial”, “Diario de Avisos”, “Diario de la Tarde”. Luego el semanario “British Packet”; en su nº 25 del 23 de
julio, el “Archivo Americano” de Pedro de Ángelis, periódico de salida
irregular, informa plenamente de la “traición del loco, traidor, salvaje
unítario Urquiza” transcribiendo todos los artículos de los periódicos
entrerrianos y las cartas de Urquiza y Seguí a Moreno y Hernández. Empieza en ese número a publicar La vida
de un traidor: Justo José de Urquiza, de Federico de la Barra, también dado
en folletín por la “Gaceta Mercantil”.
La reacción
popular fue tremendamente agresiva contra el pasado Jefe del ejército de
Operaciones. En los festejos del 25 de
Mayo se gritó contra el loco traidor, y un cartel llevado por las gentes de los
barrios decía: ¡Muera el loco, traidor, salvaje unitario Urquiza! Quedó
colocado en la pirámide. Se llenan
después del 25 de Mayo los periódicos de “remitidos” de Federico Pinedo, Tomás
Iriarte, Rufino de Elizalde, Lorenzo Torres, Eduardo Lahitte, Adeodato de
Gondra, etc., denostando la actitud del general pasado. Los versos, serios o jocosos, de Navarro
Viola y Bernardo Echevarría zahieren con dureza al “pérfido vendido al vil oro
brasilero”. Se oye cantar por las
calles el peán dolorido:
“¡Al arma, argentinos!
cartucho al cañón;
que el Brasil regenta
la negra traición.
Por la callejuela,
por el callejón,
que a Urquiza compraron
por un patacón.
”¡ El sable a la mano
al brazo el fusil !
Sangre quiere Urquiza
balas el Brasil.
Por la callejuela,
por el callejón,
que a Urquiza compraron
por un patacón” (110).
Con una
parte del Ejército de Operaciones – 5 mil hombres – Urquiza cruza el Uruguay el
19 de julio. Los demás – alrededor de
10 mil – quedaron en la provincia para
cuidar la retaguardia. El 4 de
septiembre, los 16 mil soldados (13 mil brasileños y 3 mil alemanes) de Caxias
atraviesan a su vez la frontera.
Incapaz de resistir el doble embate, Oribe capitula el 8 de octubre.
Ya para
entonces, Rosas, en su carácter de Encargado de los Negocios de Paz y Guerra de
la Confederación Argentina, había declarado formalmente el estado de guerra con
el Brasil, mediante dos notas remitidas a la Legación británica el 18 de agosto
(de 1851) para que ésta las hiciera llegar al Imperio invasor: “La exquisita y
original declaración de guerra que nos hace Rosas – ironiza ahora Paulino en
carta a Pontes – nos permite tomar ante él una actitud más decidida y franca” (111). Y en virtud del tratado del 29 de mayo, los tres aliados – más
Corrientes que había delegado sus atribuciones en Urquiza – firman en
Montevideo el 21 de noviembre un nuevo convenio para “llevar la guerra al
gobierno de la Confederación Argentina” (art. 1º).
Urquiza,
comprometido a ayudar a Brasil contra todo quien se opusiera a la alianza (como
decía el tratado del 29 de mayo) debe hacer firmar por su hijo Diógenes – ahora
su representante, pues Cuyás se dedicaba a hacer negocios de proveeduria al
ejército y escuadra imperiales por cuenta del general argentino – el monstruoso
compromiso (si queda lugar para el adjetivo) de llevar la guerra contra su
propia patria en alianza con el Imperio enemigo. Pide el precio de 400 mil patacones (algo más de 2 millones de
francos oro) – por entregas de 100 mil mensuales – además de correr por cuenta
del Imperio la provisión de las armas de los ejércitos que llevarán la ofensiva
hasta Buenos Aires. Urquiza exige esos
patacones como condición sine qua non, y Caxias aconseja que se los den:
“Urquiza es muy despechado y orgulloso – escribe el 20 de octubre Caxias
al ministro de guerra, Souza é Mello – cualquier negativa de nuestra parte irritaríalo
mucho, siendo él, como sabe V. Excia.
Alguien a quien poco le falta para mudar de opinión de la noche a la
mañana. Hallándose hoy con un ejército
poderoso, por los refuerzos de las tropas argentinas que mandaba Oribe, no le
sería tal vez muy difícil arreglarse con Rosas mediante alguna concesión que
éste le hiciera, y ponerse en contra nuestra” (112).
La suma era
muy grande para aquellos tiempos. Hubo
reunión de gabinete en Río de Janeiro y se resolvió acceder; el 11 de noviembre
informa Paulino a Honorio Hermeto Carneiro Leão, destacado por el Imperio para
dirigir la guerra desde Montevideo :
'“En cuanto al auxilio pecuniario que Urquiza pretende, importa un mayor
sacrificio que acrece aquellos que hemos hecho con el Estado Oriental. Ya son muy abultados.
”Habría que dárselo, si no hay otro remedio, y obtenidas de Urquiza
todas las seguridades” (113).
Honorio Hermeto
prepara el plan de guerra. No conviene
“por las susceptibilidades del nacionalismo castellano” (114), que pase al oeste del Paraná un cuerpo brasileño. Urquiza con su Ejército de Operaciones,
acrecido con los restos del Ejército de Vanguardia incorporados por la fuerza
después de la capitulación de Oribe, debería caer por el norte sobre Buenos
Aires con un total de 20 mil veteranos.
Mientras Caxias y los 16 brasileños, serían transportados por la
escuadra brasileña y desembarcarían al sur de Buenos Aires. Entre ambos ejércitos, Rosas sería hecho
trizas. Es cierto que con esfuerzos
multiplicados el Restaurador había conseguido reunir 24 mil hombres: pero eran
bisoños, y fuera de la artillería y la División Escolta no valían de mucho en
el campo de batalla. No obstante había
que hacer lo imposible por resistir.
Urquiza no
quiere atravesar el Paraná sin el auxilio de un cuerpo brasileño (115). Honorio se lo regatea: finalmente concede (y
así se estipula en el tratado del 21 de noviembre) que la lª División Imperial,
con algo más de 4 mil infantes y artilleros, y a más algunos cuerpos de
caballería, irían con Urquiza.
Mientras el resto del ejército brasileño – cerca de 12 mil – ejecutaría
su movimiento por el sur de la capital Argentina.
Rosas se
adelanta a combatir en Caseros – 3 de febrero de 1852 – antes de que
desembarquen los brasileños de Caxias.
Sufre, como era previsto, una completa derrota. Da el parte de la misma a la Junta de
Representantes:
“Creo haber
llenado mi deber – dice su último documento – como mis conciudadanos y
compañeros. Si más no hemos hecho en
el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro
honor, es que más no hemos podido (116).
Brasil
consigue todas las ventajas del triunfo.
Por los cinco tratados de Montevideo del 12 de octubre (de 1851) el
generoso Andrés Lamas le había dado los derechos uruguayos a las Misiones
Orientales, la libre navegación de todos los ríos uruguayos, y sobre todo el
completo dominio económico, comercial, financiero, político y militar sobre la
República Oriental. La Cisplatina otra
vez. Tan monstruosos eran esos
tratados, que el gobierno oriental elegido constitucionalmente en marzo de
1852, no quiso ratificarlos y se preparó a resistir hasta con las armas. Urquiza pareció apoyarlo, y Honorio –
encargado brasileño de cobrar en el Plata el premio de la guerra – se cree ante
outro Rosas. Pero não era
Rosas – como escribe Honorio a Río de Janeiro – y previo pedido de cien mil
patacones (medio millón de francos oro) que el brasileño se apresura a librarle
“por la conveniencia de darle en las circunstancias actuales otra prueba de
generosidad” (117) Urquiza hace lo que
Brasil le ordena. Se declara en los
protocolos de Palermo, el 6 de abril “para alejar todo motivo de duda y
ansiedad, dando garantías efectivas a los poderes extranjeros... que sus compromisos (de Urquiza) revisten
un carácter obligatorio para la Confederación”. Y acto seguido ordena al nuevo presidente oriental Juan
Francisco Giró (Garzón había muerto en diciembre de 1851) “deponer su actitud
hostil contra nuestro amigo y aliado el Imperio de Brasil”, pues en caso
contrario las armas argentinas se emplearían conjuntamente con las brasileñas'
contra ellos (118).
Y en nombre
de la Argentina reconoce el 15 de mayo por pluma de su diplomático Luis José de
la Peña los “derechos adquiridos” por Brasil a las Misiones Orientales
Argentinas.
Pero, sobre
todo, el gran triunfo para el Imperio fue la caída de Rosas. La Argentina ya no volvió a hacerle sombra
en el continente. Una factoría
tranquila y adiposa (con una clase dirigente de gran bienestar y una popular
famélica y sin conciencia de nacionalidad: como ocurre en toda colonia)
sustituyó a la férrea Confederación Argentina de Juan Manuel de Rosas.
Un escritor
que tuvo acceso a las confidencias de Honorio en Buenos Aires y Montevideo, y
vivió luego dos meses en Brasil, se asombró mucho al tratar a los brasileños
porque ignoraba muchas cosas del “pronunciamiento”. Era un enconado antirrosista y había tomado parte en la campaña
del ejército Grande. Para él la
“libertad” estaba antes que la “patria”, pero sinceramente Creía que Brasil era
auxiliar de Urquiza (interesado desde luego, pero auxiliar al fin y al cabo), y
llegaba a saber ahora que fue y era Urquiza el auxiliar, instrumentado y pagado
del Imperio.
Vuelto a
Chile, donde tenía su casa, tomó la pluma y en un rapto de patriotismo y
sinceridad, desde su quinta de Yungay escribiría indignado a Urquiza el 13 de
octubre de 1852, las palabras que he puesto de epígrafe a este trabajo.
Y a
continuación :
”Tanta
aberración he visto en estos años, como si dijeran que el emperador ha sentado
plaza en el ejército de S. E. para corresponderle el servicio que le hizo S. E.
conservándole la corona que lleva en la cabeza, como tuvo S. E. la
petulancia de decirlo en barbas del Sr. Carneiro Leão, Enviado Extraordinario
del emperador.
”Se me caía
la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado referir la irritante escena y los
comentarios:
¡Sí, los
millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía,
después de entrar en Buenos Aires, quería que le diese cien mil duros
mensuales.”
Se llamaba
Domingo Faustino Sarmiento (119).
ACS-A – A Cuyás y
Sampére Apuntes para la historia de Entre Ríos (Mataró 18188).
AGN – Arch. Gen. Nac. Buenos Aires.
AGNM – Arch. Gen.
Nac. Montevideo.
AHI – Arq. hist. Itamarati Río Janeiro (Brasil).
AL – arch. de
Andrés Lamas. (en) AGNM.
AU – arch. del
general. Urquiza. (en) AGN.
JMR-CDR – J. M. Rosa La
caída de Rosas (Madrid, 1958).
MHO-DM – Correspondencia
diplomática de M. Herrera y Obes (cuatro tomos Montevideo
, Bs. Aires 1914/19).
NM-A N. Molinas Apuntes (Bs. As., 1897).
PSL-EGP – P. S. Lamas
Etapas de una gran política (Sceaux 1897).
SS-GU – J. A. Soares
de Souza O general Urquiza en Brasil (Rev. da Inst. Hist. e Geog.
Brasileiro v. 206).
SS-MP – J. A. Soares
de Souza A margen de uma política (1850-52). (Rev.
do Inst. Hist. e Geogr.
Brasileiro v. 221).
SS-VVU – J. A. Soares
de Souza Vida do visconde de UruguaI (s/f).
NOTAS
(1) “En Río de
Janeiro se sorprendió una revolución de negros, cuyos actores y promotores se
vio que eran agentes de aquel malvado (Rosas). Al mismo tiempo en Minas y Río
Grande se urdían dos más, una con aquel carácter y otra con aspecto político,
apareciendo en todas ellas la mano de Rosas” (M. Herrera y Obes a J. Ellauri,
13-9-48, MHO-DM[ER1] I - 192).
(2) Discurso de Thiers en la Asamblea
Francesa el 5-1-50 en Gaceta Mercantil 18-3-50 (extract. en JMR-CDR[ER2] 242.
(3) Paulino a Amaral 30-9-50: SS-GU [ER3]59, JMR-CDR[ER4] 281 (trad.
mía).
(5) Lamas a Herrera 15-11-49 MHO-DM[ER6] II 180/1, JMR-CDR[ER7] 225).
(6) Discurso en la Asamblea Francesa
30-12-49 Gaceta Mercantil 9/10-3-50 (Extrac. JMR-CDR[ER8] 240).
(7) Herrera a Lamas 28-4-50 (MHO-DM[ER9] II 272).
(8) Notas de Lepredour a Rouher 28-4 y
2-9 de 1850.
(8 bis) Herrera a Lamas 28-2-50 (MHO-DM[ER10] II 282).
(9) Paulino a Schwarzenberg, sin
indicación de fecha pero, presumiblemente, de abril o mayo de 1851: SS-VVU [ER11]343. Original en francés, traduc. mía.
(10) Ibídem y JMR-CDR[ER12] 334.
(11 bis) Beatriz Boseh (Los tratados de
Alcaraz. Bs. As. 1955 pp. 26/27) ha revelado los ardides de que se valía el
gobernador interino de Entre Ríos. Antonio Crespo, con el objeto de realizar
los tráficos irregulares.
(12) Alsina a Lamas 18-11-49 (AL[ER14] caj. 89 leg. 19) : citada JMR-CDR[ER15] 337.
(14) ACS-A [ER17]136, JMR-CDR[ER18] 332.
(15) Pontes a Pimenta Bueno -2-50: SS-VVU [ER19] 309, JMR-CDR[ER20] 240. (Trad.
mía).
(16) ACS-A [ER21] 138, JMR-CDR[ER22] 340.
(17) Reconstruido con las cartas
indicadas más abajo de Cuyás a Urquiza de
9-4-50 y Pontes a Paulino (cit.
esta última por SS-VVU [ER23] 305).
(18) Cuyás a Urquiza de 9-4-50, AU[ER24], año 1850, leg. marzo-abril. El original no coincide
con la versión de Cuyás en sus Apuntes.
(19) Ibídem 11-4-60 (AU[ER25], 1850,
marz/abr.), JMR-CDR[ER26] 341.
(20) En El federal Entre-Riano, de
Paraná de 6-6-50 el texto íntegro. No coincide con la versión de Cuyás en sus
Apuntes. Un extracto en JMR-CDR[ER27] 342.
(22) AU[ER29], 1850 marz/abr., JMR-CDR[ER30] 343.
(24) El Federal Entre-Riano 6-6-50, JMR-CDR[ER32] 343-
(25) Pontes a Paulino, sin indicación de
fecha pero presumiblemente de mediados de junio de 1850, SS-VVU [ER33] 305 : JMR-CDR[ER34] 345 en idioma
original, trad. presente mía.
(26) Paulino a Pontes, ibídem.
(27) Alsina a Lamas (post-data de 22-11
a su carta de 18-11-50) AL[ER35] c. 89 19, JMR-CDR[ER36] 347.
(28) Herrera a Lamas 24-11-50, MHO-DM[ER37] III 216, JMR-CDR[ER38] 353.
(29) Herrera a Lamas 13-1-50, MHO-DM[ER39] III 189, JMR-CDR[ER40] 353.
(30) Alsina a Lamas 14-1-50, AL[ER41] c. 89 . 19, JMR-CDR[ER42] 353.
(31) Ver nota 20.
(32) NM-A [ER43]4, JMR-CDR[ER44] 354.
(33) Duarte de Ponte Ribeiro a Paulino
4-11-50, SSMP 28 y agts. : JMR-CDR[ER45] 348.
(34) Lamas a Paulino 21-1-51, AL[ER46] c. 1, JMR-CDR[ER47] 347.
(35) Lamas a Herrera 23-1-51, MHO-DM[ER48] III 164 : JMR-CDR[ER49] 357.
(36) Paulino a Pontes 27-1-51 SS-GU [ER50][ER51] 23: JMR-CDR[ER52] 368
(traducción mía).
(37) De la carta mencionada luego de
Pontes a Paulino 4e 30-1-51, también ACS-A [ER53] 155 (traduc. mía).
(38) Archivo de J. F. Seguí en AGN[ER54], JMR-CDR[ER55] 358.
(39) Se desprende de la carta de Pontes
de 30-1-51, ACS-A [ER56] 155.
(40) Pontes a Paulino 27-1-51, SS-VVU [ER57] 310, JMR-CDR[ER58] 358 (traduc.
mía).
(41) La carta obra en AHI[ER59]; en JMR-CDR[ER60] 359/362 se
reproduce por entero en su idioma original. La traducción del texto es mía.
(42) Carlos de Terrada (alias : Lord Ponsomby
o Callejas), joven porteño de curiosos antecedentes, no prosperó mucho con
Urquiza. Este se negó a darle participación en negocios de tráfico de carne,
como puede verse en AU[ER61], 12-5-51 y 26-5-51 (año 1851, leg. may/jun.). Urquiza
entendió que Torrada “quería explotar la situación política” lo cual estaba reservado solamente al
gobernador.
Terrada se incorporó como Mayor al
Ejército Grande, pero no concluyó la campaña. Su actitud durante la sublevación
del Espinillo, que costara la vida al coronel Aquíno, fue deplorable. Y
sus costumbres íntimas traslucieron de tal modo durante la marcha militar, que
Urquiza se vio obligado a tenerlo preso, y luego remitirlo a la cárcel de Entre
Ríos por corrompido (Documentos relativos a la Organización
constitucional de la República Agentina. Fac. de Fil. y Letras. Bs. As.,
tomo II, p. 300 y 304, año 1911).
(43) AU[ER62], libro
copiador de cartas, AGN[ER63], .
(44) En los diarios mencionados y fecha
indicadas, fueron reproducidos por Gaceta Mercentranil de Bs. Aires el
21-5-51, Archivo Americano de Bs. As., Nº 25 de 23-7-51, etc.
(45) Pontes a Paulino de 22-2-51, (repr.
por SS-VVU [ER64] 310, SS-GU [ER65] 69 (en extenso), JMR-CDR[ER66] 366/68).
Trad. mía.
(46) El art. 18 de la Convención
Preliminar de paz con Brasil de 1828, .decía que los beligerantes no podrían
reanudar sus hostilidades hasta pasados seis meses de advertírselo
recíprocamente y advertir a la potencia mediadora, que era Inglaterra.
(47) Las actividades de Valentín Alsina
en contra de Rosas eran múltiples y eficaces. No solamente dirigía El
Comercio del Plata desde el asesinato de Varela en marzo de 1848 (tomó la
dirección en abril) órgano principal del antirrosismo, subvencionado hasta 1847
por Inglaterra (casa Lafone), de entonces a mediados de 1850 por Francía
(cónsul Devoize), y desde 1850 por Brasil (Evangelista de Souza). Tenía
montada, además, una eficaz oficina de espionaje cuyo principal informante en
Buenos Aires era el misterioso Corresponsal con acceso a los documentos
más secretos de Rosas
(48) En 1848 empezaron las expediciones
de fronterizos brasileños contra las estancias orientales de más acá del Cuareim,
que se conocen con el nombre de californias (debido a los grandes
beneficios que daba este pillaje) manera tan rápida de enriquecerse como el rush
del oro hacía California de ese año. JMR-CDR[ER67] 217/232.
(49) Alsina a Lamas 23-10-50, AL[ER68] c. 89 leg.
10, JMR-CDR[ER69] 351/2.
(50) Alsina a Lamas, ibídem.
(51) Alsina a Lamas, ibídem.
(52) Alsina a Lamas, ibídem
(post-data de 22-10-50), JMR-CDR[ER70] 352.
(53) Pereyra da Silva Os ditadores de
Americe, 210-11
(ref. de SS-MP [ER71]16). - Traduc. mía.
(54) Paulino a Carlos Antonio López
12-3-51, SS-GU [ER72] 74
y sgts. JMR-CDR[ER73] 382 (id. original), traduc. mía.
(55) “Pero con Urquiza o sin él, luchen o
no los ingleses, retirarándose o no la Francia, el Brasil no retrocederá, no
puede retroceder.” (Lamas a Herrera oficio
reservado de 17-3-51, Nº 210, en Papeles de Herrera y
Obes, AGNM[ER74], don Oliveres caj. 8, carp. 32, doc. 5. Lo
reproduzco en parte en JMR-CDR[ER75] 396).
(56) La carta de Yungay ha sido
reproducida como prólogo a Las Ciento y una en ediciones
conteanporáneas.
(57) PSL-EGP [ER76]83, repr. JMR-CDR[ER77] 391.
(58) En la mencionada carta de Lamas a
Paulino de 21-1-51 (nota 34).
(59) Este terminante documento obra en AHI[ER78]; . La Revista da Instituto Historico e Geographico Brasileiro lo
ha reproducido en fascímil en su Nº 206, de 1950, como apéndice a un estudio de
José Antonio Soares de Souza O General Urquiza e o Brasil. Anteriormente
Soares de Souza había dado fragmentos tomados del archivo particular de su
ascendiente, Paulino Soares de Souza, en su libro A vida do Visconde de
Urugnai. En La caída de Rosas
lo reproduzco por extenso. en su idioma original (pp. 384/388). La traducción
presente
es mía.
(61) Herrera a Lamas 12-3-51 (papeles de
Herrera en AGNM[ER80], Don. Oliveres caj. 10, carp. 37), JMR-CDR[ER81] 397/98.
(62) El articulo 1º del Pacto Federal del
4 de enero de 1831 garantizaba a las provincias argentinas signatarias de la
unión federal su “libertad, independencia, representación y derechos”. Se
entiende que independencia ha sido tomado como “autonomía interna”,
según el lenguaje de la época. No obstante Florencio Varela en sus estudios
sobre el Pacto, decía la enormidad de que cada provincia mantenía su
“independencia nacional” no obstante la existencia de la Confederación
Argentina. Veremos que, poco después, en esa interpretación de la palabra independencia
(tomada por Paulino y Pontes de los estudios de Varela) se sentó
jurídicamente el “pronunciamiento” de Urquiza y sus facultades para firmar una
alianza de poder a poder con el Imperio.
(63) El Memorial de Herrera de 19-3-51
ha sido reproducido varias veces. En extenso por Isidoro de María Anales de
la Defensa de Montevideo (Montevideo 1887) IV 197, en JMR-CDR[ER82] doy un extracto (p. 398/9).
(64) Esquelas de Muñoz a Herrera de
19-3-51 y 21-3-51 entre los papeles de Herrera en el AGNM[ER83], (don. Olivares caj. 15, carp.
56, doc. 15 y 16).
(65) M. Leiva a Urquiza 9-4-61, AU[ER84], año 1851 leg. mar/abr. También Urquiza llamó en consulta a Virasoro, que
se excusó por carta de 1-4-51 (mismo archivo).
(66) Es la fecha exacta. Como al
publicarse (el 25-5-51
en La
Regeneración) se incurrió en la errata de imprenta de sustituir el 3 por un 5, algunos
inadvertidos hablan de “la circular del 5 de abril”.
(67) Pontes a Paulino 24-4-51, SS-GU [ER85] 28 (en extenso p. 76). Traduc. mía.
(68) ACS-A [ER86] 174 JMR-CDR[ER87] 403.
(69) M. Leiva a Urquiza 15-4-51, AU[ER88], año 1851, leg. mar/abr.
(70) Urquiza a Pontes 10-4-51, SS-VVU [ER89] 340 (difiere del texto publicado en ACS-A [ER90]), JMR-CDR[ER91] 409.
(71) Pontes a Paulino 11-4-51, SS-VVU [ER92] 325. “Las cosas van madurando con rapidez.” (Traduc. mía.)
(72) Paulino a Pontes 22-4-51, SS-VVU [ER93] 334, SS-GU [ER94] 79 (en extenso), JMR-CDR[ER95] 406. (Traduc. mía.)
(73) Cuyás a Urquiza 17-4-51, AU[ER96], año 1851, leg. mar/abr. Fotocopia autenticada en mi archivo.)
(74) Pontes a Paulino 28-4-51, AVU (repr.
por SS-GU [ER97] en fotocopia 6), JMR-CDR[ER98] 415.