Capítulo III

LA REFORMA (1)

"Era hombre de mucha labia,
con más leyes que un dotor.
Me dijo: "vos sos menor
y por los años que tenés
no podés manejar bien,
voy a nombrarte un tutor."


"CIVILIZACIÓN"

Toda civilización es unidad y continuidad espiritual. Pero los reformadores de 1821 a 1827 entendieron, por el contrario, que "civilizar" consistía en importar tradiciones ajenas y arraigar costumbres hechas para otros pueblos y otros climas.

Los civilizadores rivadavianos dieron en traer la filosofía sensualista de Condillac, la ética utilitaria de Bentham, el liberalismo constitucional de Constant. Y escondido tras de ellos el capital y el comercio extranjeros que consideraban el factor máximo para civilizar -en su bárbaro concepto de "civilización"- nuestra tierra tesoneramente criolla y ardientemente defensora de sus costumbres y de su economía.

Anteponiendo las garantías comerciales - que un contractualismo ya aventado rotulaba enfáticamente de "derechos individuales imprescriptibles"- a la Nación misma como entidad soberana e imperecedera, se cumpliría la total y definitiva civilización de la Patria. El principio básico de nuestro liberalismo, fue decretar la inercia de la Patria ante la intromisión foránea.

Creábase, conscientemente; una civilización de factoría extranjera y se le daba, con el régimen constitucional a lo Constant el arma para afianzarse contra cualquier resistencia autóctona.

La historia de la reforma rivadaviana es, así, la historia de la fracasada tentativa de imponer el coloniaje económico disfrazado de mejor conveniencia institucional.

La civilización comercial británica, tras la apariencia de un liberalismo político a la europea.Una mención detallada de toda la obra económica de la Reforma excedería los límites de este trabajo. Destacaré únicamente sus principales aspectos, al solo objeto de comparar esta política con la de la Restauración (2).

EL PRIMER EMPRÉSTITO

Por leyes del 19 de agosto y 28 de noviembre de 1822, la Legislatura de Buenos Aires autorizó al gobierno a contratar un empréstito externo de 5 millones de pesos fuertes (un millón de libras esterlinas), ¿Con qué objeto? No existían imperiosas necesidades financieras, ni urgentes motivos militares. El pretexto que se dio fue la necesidad de construir un muelle en Buenos Aires, realizar algunas otras obras públicas, y fundar varios puertos en el litoral.

El ministro Rivadavia marchó a Londres en 1824, al mismo tiempo de negociarse allí el empréstito (3). No lo concertó él, interviniendo en los trámites John Parish Robertson y Félix Castro. El primero era apoderado del Perú para una idéntica operación por otro millón de libras.

El 1º de julio se firmaba el Bono General a favor de la casa de banca Baring Brothers (4).

El préstamo se obtenía al tipo de 70% es decir, que Baring entregaba solamente 700.000 libras, pero Buenos Aires quedaba obligada por un millón. Además la provincia daba como "garantía", toda la tierra pública, todas sus rentas, bienes y territorio: es decir, quedaba hipotecada totalmente hasta la definitiva cancelación del extraordinario préstamo. Pero no siendo suficiente esta garantía, los acreedores retuvieron cuatro semestres adelantados de intereses y amortizaciones; cargando también sobre el monto a girar las 7 mil libras de "comisión" que correspondían a Parish y Castro, y las 3 mil libras "gastadas" por éstos en los trámites de la operación.

En total: Buenos Aires recibiría solamente 560.000 libras, quedando hipotecada por un millón ; debiendo girar anualmente 65 mil libras por intereses (6% ), y amortización ( 1/2 % ) . Que no tenía materialmente de dónde sacarlos.

Pero hay más: necesitábase metálico, pues el oro y la plata existentes habían ido desapareciendo con la libertad de comercio. No obstante las promesas favorables, los banqueros prestamistas no enviaron las 560.000 libras en oro contante, sino en letras de cambio, la mayor parte sobre comerciantes ingleses aquí radicados.

Buenos Aires tuvo que resignarse a pagar un millón en oro, con sus intereses, por 560.000 libras recibidas en papeles de comercio girados contra su propia plaza.

¿Qué hizo el gobierno con ese dinero? Ni construyó el muelle, ni realizó obras públicas, ni fundó un solo puerto. Tampoco lo empleó en la guerra con el Brasil declarada el 1° de enero de 1826. Precisamente procediendo como si no hubiera necesidades bélicas, a los seis días de declarada ésta -el 1 de enero- fundaba un Banco - el Banco Nacional - administrado por particulares con el objeto de "entretener productivamente" el empréstito con préstamos a los propios comerciantes extranjeros. Como luego veremos, éstos no solamente no reembolsaron jamás los préstamos, sino que el Banco se negó a financiar la guerra con el Brasil, cuando Dorrego - sucesor de Rivadavia - quiso emplear el dinero en ese destino.

Los servicios de intereses y amortizaciones se pagaron en dos ocasiones con remesas en metálico, logradas a costa de ingentes sacrificios. Nunca dieron, ni podían dar, los presupuestos el margen necesario para cubrir estos servicios con rentas generales.

En 1826 deben pagarse los primeros servicios. Tal conciencia hay en Londres de las dificultades para el pago, que la cotización de los títulos había bajado en la bolsa a 58 1/4 (llegaron a estar a 97).

Se mandaron - no obstante la guerra - 65.000 oro para cumplir por un año. No subió la cotización. En 1827 hubo que recurrir a sacrificios dolorosos: empezó a venderse la escuadra - la guerra con Brasil no había terminado- y se enajenaron las fragatas Asia y Congreso. En 1828 se declaró la moratoria. La cotización desapareció de la Bolsa de Londres.

¿PARA QUÉ SIRVIO EL EMPRÉSTITO?

El gobierno inglés no pudo hacerse ilusiones sobre el pago del empréstito.

Pero el objeto de la política de "empréstitos" iniciada en larga escala por Canning en América Española (hubo diez empréstitos en conjunto, a México, Colombia, Perú, Chile, Buenos Aires y Centroamérica, entre 1822 y 1825, por un total de 18.542.000 libras) no era que los pequeños ahorristas ingleses gozaran de una renta del 5 ó 6 % anual en sus inversiones. Poco le interesaban los pequeños ahorristas ingleses a Cánning, cuya clientela electoral tory estaba en otras clases de la población. Su objeto era atar a los nuevos estados americanos por obligaciones que no podían cumplir, garantizando con toda su renta y a veces (como entre nosotros) con toda la tierra pública. La amenaza de una intervención armada para ejecutar "las garantías" por la fuerza pendería sobre los nuevos Estados como una espada de Damocles. A menos, claro es, que sus gobernantes fueran solícitos con los acreedores, pues Inglaterra era generosa con sus amigos.

En 1833, Balcarce quiso romper relaciones con Inglaterra por el apoderamiento de las Malvinas.

La nota Argentina del ministro Moreno fue rechazada desdeñosamente por el canciller Palmerston porque un deudor no puede romper con su acreedor sin pagar antes su deuda.

En 1835, Rosas ocupa el gobierno con la suma de poderes. Está resuelto a una lucha contra el imperialismo ("los intereses europeos" lo llamaba), y empieza por la Ley de Aduana y el apoderamiento del Banco. En 1838 se inicia el bloqueo francés, disimuladamente favorecido (hasta 1840) por Inglaterra. Rosas se vale en la desigual lucha de las contradicciones del imperialismo: hace mover a su favor a los comerciantes ingleses de Buenos Aires perjudicados y anuncia en 1839 que "si no fuera por el bloqueo" reanudaría los servicios del empréstito.

Provoca una conmoción en la City: se forma un "Comité de Tenedores de títulos Hispanoamericanos" que inicia una campaña contra el bloqueo. El poderoso diario Times, órgano de los pequeños ahorristas, se hace eco.

La Casa Baring envía un comisionado ante Rosas, llamado Falconnet.

En 1840. el partido liberal inglés gobernante, está ganado por los comerciantes y los ahorristas, y Palmerston poco menos que ordena a Thiers - mayo de 1840 - el cese de la intervención francesa. En su consecuencia, Francia retira el bloqueo en el tratado Mackau-Arana de octubre de ese año.

Pero Rosas no puede, o no quiere, reanudar los servicios. Entretiene a Falconnet hasta 1842 con las "necesidades de guerra", que diferían sus buenas intenciones hasta la terminación de la misma. Ante las exigencias de Falconnet -afirmadas con la conducta del almirante inglés Purvis en Montevideo el ministro Insiarte le insinúa que podía cumplirse totalmente los servicios atrasados y pendientes si Inglaterra compraba las Malvinas, pero, claro, reconociendo previamente la argentinidad de las islas.

Falconnet escribe entusiasmado a Londres, pero el Foerig Office descarta la posibilidad: Inglaterra no podía reconocer la "argentinidad" de las Malvinas, ni estaba dispuesta a adquirir lo que consideraba suyo. Con eso Rosas gana dos años más.

En 1844 gobiernan los conservadores a Inglaterra, y Lord Aberdeen está al frente del Foreign Office. La intervención conjunta de Inglaterra y Francia es ya un hecho. Rosas se prepara para resistirla, y como pronta medida entrega a Falconnet cinco mil pesos plata mensuales destinados a los servicios del empréstito. No pagaba ni la quinta parte de los intereses anuales, pero algo era. Los tenedores de títulos se llenan de alegría.

Al producirse la agresión anglo francesa de 1845, Rosas cesa el pago alegando el bloqueo y la actitud inamistosa del gobierno de Aberdeen. Los tenedores, el "Comité" y el Times gritan contra Aberdeen; también los comerciantes ingleses de Buenos Aires y sus proveedores de Londres.

Al mismo tiempo de haber eliminado su frente interno (después de las duras lecciones de 1840 y 1842, ya no hubo conspiraciones en Buenos Aires), Rosas trabaja el frente interno del enemigo. Por eso obtuvo la victoria.

La caída de los conservadores del poder en 1846 se debió en alguna parte a la puja de los intereses movidos por Rosas. Vuelve Palmerston al Foerign Office, y, tras los tironeos de las misiones de Howden, Gore y Southern, acaba por hacer la paz. El "Comité" y la casa Baring quieren que en el tratado Southern se establezca un pago ajustado de los títulos, pero Rosas se opone. Pagará lo que el pueda: no más de los cinco mil pesos plata mensuales convenidos en 1844 con Falconnet. Palmerston cede ante la tenacidad de Rosas.

En 1850 y 51 se abonan los cinco mil pesos mensuales. La noticia de la caída de Rosas hace subir los títulos en la bolsa de Londres, que saltan a 70. Se espera que el nuevo gobierno sea más dócil a Inglaterra. Y efectivamente el ministro de Hacienda de la Riestra concierta el arreglo "de los bonos diferidos" por el cual se entregaban títulos por 15 millones en pago del millón contratado en 1824 y sus intereses atrasados, e intereses de intereses etc. etc..

En 1904 se acabó de pagar totalmente la obligación de Rivadavia. Habían sido abonados 23.734.706 pesos oro por 3 millones realmente recibidos (5) y en papel.

LA TIERRA PÚBLICA

En 1821, una disposición gubernativa garantiza con hipoteca sobre la tierra pública la emisión de Fondos Públicos para saldar la deuda interna. Esta deuda, misteriosamente, había ido a pasar en buena parte a manos inglesas como dice Ferns (6).

Como la provincia quedó inhibida para disponer de su tierra, buscó arrendarla. Esta es la explicación de la tan mentada "enfiteusis", que no fue una política colonizadora, ni una reforma social; solamente un expediente financiero.

La primera ley de enfiteusis del 1º de julio de 1822 (dictada en consecuencia de la hipoteca de la tierra pública) dice que esta se entregaría "a quien la denunciare" en arrendamiento mediante canon a convenirse. Nada dice de la extensión máxima, ni del plazo del "arrendamiento".

En decreto de 27 de septiembre de 1823 fija no el máximo, sino el mínimo de extensión a concederse: una "suerte de estancia" de media legua por legua y media, no fuera a crearse un proletariado rural.

El bono del empréstito firmado en 1824 confiere una "segunda hipoteca" sobre la tierra pública como garantía del empréstito. Al misma tiempo se ganan nuevas tierras a los indios, corriéndose la frontera desde el Salado hasta el Cabo Corrientes, Tandil y Federación (Junín) y con posibilidades de llegar al Fuerte Argentino (Bahía Blanca).

Esta tierra ganada se da en enfiteusis en porciones que llegan a 100 leguas. Resultó favorecida la Sociedad Rural Argentina, fundada en julio de 1826, a quien Rivadavia - dice su panegirista y biógrafo Ricardo Piccirilli - "no escatimó su apoyo". Tuvo 122 leguas, las mejores.

Era "un pulpo agrario cuyos tentáculos se extendías a varios partidos" (7). En la testamentaría de Rivadavia, según documenta Piccirilli, se descubrió que era fuerte accionista de la Sociedad Rural Argentina (8).

La Ley de Enfiteusis del 18 de mayo de 1827 estabilizó las concesiones. Previamente - el 16 de abril - se dispuso "desalojar a quienes ocupen terrenos solicitados o concedidos en enfiteusis".

Se expulsaba al poblador gaucho, en beneficio de la Sociedad Rural y los demás tenedores de muchas leguas de tierras.

Nunca fue pagado el cánon. En 1838 Rosas lo exigió debido "a las condiciones del erario por el bloqueo", y la respuesta fue el levantamiento de los enfiteutas, y algunos estancieros, en la revolución llamada de "los libres del Sur".

Poco antes Rosas había anulado el gravamen a la tierra, y la provincia volvió a disponer de ella - con protesta de los ingleses acreedores - entregándola en propiedades que iban de seis a un cuarto de legua con "obligación de poblar ".

Esas pequeñas propiedades desaparecieron a la caída de Rosas, y se reconoció nuevamente el derecho de los enfiteutas "inicuamente despojados por el tirano". No ya en enfiteusis, sino en propiedad, pues se había convenido el pago (cuantioso pago) del empréstito.

Y con el pago de los "intereses atrasados durante la tiranía" los enfiteutas rivadavianos se hicieron dueños de casi toda la provincia de Buenos Aires.

Ese es el origen de la mayor parte de los latifundios bonaerenses.

LA INMIGRACIÓN INGLESA

Durante la estada de Rivadavia en Londres se crea una sociedad - la Agricultural Rio Plata Association - encargada de traer colonos británicos a la Argentina. La forma Mr. Barker Beaumont y da acciones de fundador a Félix Castro, Sebastián Lezica (socio de Rivadavia) y otros. No obstante la ley de enfiteusis vigente, y el gravamen sobre la tierra pública, Rivadavia le otorga a perpetuidad el campo del secularizado convento de San Pedro. Más tarde la Sociedad obtiene un campo en Entre Ríos.

Se esperaba que el trabajo de los colonos valorizara la tierra, que la Sociedad vendería entonces a buen precio. La colonización era un gran negocio. Pero fracasó, porque los inmigrantes (que resultaron en mayoría "agricultores" reclutados en los suburbios de las grandes ciudades) se negaron a trabajar la tierra y preferían permanecer en Buenos Aires donde los salarios eran elevados.

La Agricultural acabó por ir a una estrepitosa quiebra, por la cual Barber acusó a las imaginativas "especulaciones" de Rivadavia (9).

EL BANCO NACIONAL

En 1822, bajo los auspicios del gobierno, se constituyó la comisión presidida por el comerciante inglés Guillermo Cartwright e integrada, entre algunos nombres criollos, por Brittain, Handist, Bayley, Harrar, Montgomery, Horn, Robertson, Miller, Thwaites, que estableció las bases del "Banco de Buenos Aires" llamado comúnmente Banco de Descuentos.

Junto con el monopolio bancario por 20 años, la Legislatura le entregó la facultad de emitir billetes, algunas prerrogativas judiciales y penales, como así también exención de impuestos, etc. "De hecho y de derecho -dice Oliver (10) - esa sociedad se convertía en reguladora del crédito y economía de la provincia".

El capital suscripto fue de un millón de pesos nominales. Es curiosa la manera de suscribir este capital: los accionistas pagaron solamente el 20% del capital, y con pagarés, que luego cancelaban con billetes emitidos por el Banco, y este mismo les prestaba.

Los originales capitalistas eran comerciantes ingleses en gran proporción (11), aunque figurando al frente los infaltables José Pedro García, Félix Castro y el propio ministro de hacienda Manuel José García.

Es curioso que estos mismos comerciantes emisores de billetes se negaron después a aceptarlos en sus transacciones comerciales (12).

El Banco - como el empréstito, la hipoteca sobre la tierra y, en parte, los negociados de minas - formaba parte de la estructura imperialista británica.

El monopolio del crédito lo hacía el árbitro de la economía de un país, la emisión de moneda consolidaba su dominio total y le hacía dueño de las reservas de metal (que exportó a Inglaterra); y su influjo en la política le permitía realizar una acción antinacional en beneficio de los intereses extranjeros.

Así, financió en 1842 la consolidación del dominio portugués en la Banda Oriental, y más tarde su sucesor - el Banco Nacional - se negó a continuar la guerra con Brasil en 1827 y dio los fondos necesarios para la revolución unitaria del 19 de diciembre de 1828.

La extracción del metálico fue uno de los objetivos del Banco, aunque aparentara esfuerzos por traer oro. Los accionistas canjeaban el papel que se hacían prestar por oro sonante, que exportaban a Londres.

Los ingleses residentes en Buenos Aires, que formaban la mayoría de accionistas, cedieron sus acciones hacia 1825 a comerciantes de Londres: en la asamblea del 9 de enero de 1826, sobre un total de 836 acciones representadas, más de la mitad - 434 son de accionistas londinenses representados por Mr. Amstrong. Esta emigración de acciones es denunciada por el ministro Manuel José García en la Sala. No con indignación patriótica, ni acento dolorido, ni para quitarle al Banco sus privilegios; ni siquiera para poner un dique a la fuga del oro. Lo denuncia (el 26 de enero de 1826) para que los diputados lo tuviesen en cuenta al disponer del destino del Banco pues "el país" necesitaba dejar contentos a los ingleses (13).

El Banco comenzó sus ejercicios repartiendo pingües intereses que alguna vez llegaron al 19 1/2 %(14). Intereses que no eran realmente índice de prosperidad, pues a los pocos años el Banco se encontró abocado a la bancarrota: el 8 de enero de 1826 pidió al gobierno que estableciera curso forzoso a sus billetes.

Ese mismo año 1826 el gobierno acudiría en su ayuda de manera mucho más eficaz.

Con los tres millones efectivos del empréstito Baring y con el escaso remanente del Banco de Descuentos, fundó el Banco Nacional.

La integración del capital de éste parecería asombrosa, si algo pudiera asombrarnos en las gestiones administrativas de los reformistas: el capital reconocido fue de 10 millones, pero solamente se integraron cinco: computándose los 3 del empréstito y reconociéndose 1.400.000 a los accionistas del quebrado de Descuentos. Solamente 600 mil pesos dio la suscripción de nuevas acciones.

Los fondos del empréstito - en su mayoría letras de comerciantes, que a su vez eran accionistas y directores del Banco - fueron entregados a éstos a cambio del papel inconvertible, por el medio simple de otorgarse préstamos ellos mismos. Eso cuando cancelaban sus deudas, que era en casos excepcionales, pues los comerciantes acogiéndose a las disposiciones sobre "quitas y esperas" de las leyes comerciales en vigencia, saldaban sus cuentas con el medio simplísimo de presentarse en convocatoria, y obtener del Banco acreedor, controlado por ellos, la remisión de sus deudas.

Así se esfumó el empréstito, quedando el país con el saldo de una enorme emisión inconvertible. Pero no para aquí la historia del Banco Nacional. Sus directores británicos obligaron al gobierno a firmar la paz con el Brasil negándole a Dorrego todo crédito para seguir la guerra.

Negándole consciente y deliberadamente, en cumplimiento de instrucciones de Lord Ponsonby, quien, de acuerdo a los intereses de Inglaterra, trabajaba por la segregación del Uruguay "No vacilo en manifestar a Vd. - escribía Ponsonby a Lord Dudley que creo ahora que Dorrego está obrando sinceramente en favor de la paz. Bastaría una sola razón para justificar mi opinión: que a eso está forzado ... por la negativa de proporcionársele recursos, salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas (15).

Rosas, en el gobierno con la suma de poderes en 1836, terminó con el Banco Nacional y creó el Banco de la Provincia de Buenos Aires, entidad fiscal conocida por Casa de Moneda (dada su facultad de emisión), el que fue administrado con honestidad y patriotismo.

El mismo Rosas, en el año en que sacó de manos foráneas a la entidad de crédito oficial -1836- suprimió las quitas y esperas de que tanto había aprovechado el comercio inescrupuloso (16). Los deudores de sospechosa fe viéronse obligados a pagar el total de sus deudas, o ir directamente a la quiebra.

LA "MINING RIO DE LA PLATA ASSOCIATION"

Rivadavia, ministro de Rodríguez, dictó un decreto el 24 de noviembre de 1823, autorizándose a sí mismo para "promover la formación de una sociedad en Inglaterra, destinada a explotar las minas de oro y plata que existían en las Provincias Unidas" (17), no dando importancia al hecho de que por ser el ministro y Rodríguez gobernador de la Provincia de Buenos Aires, mal podían especular sobre las minas de las Provincias Unidas.

Poco después se publicaba en algunos prospectos como el que transcribe J. A. Beaumont en su libro Travels in Buenos-Aires and the adjacent province of the Rio de la Plata - Londres, 1828 -, en donde se describía la enorme e inexplotada riqueza minera de Sud América, especialmente del cerro Famatina. Júzguese el entusiasmo que despertarían párrafos como éste: "podemos afirmar sin hipérbole que estas minas contienen la más grande riqueza del universo. Basta con esta aserción afirmada por muchísimos testigos: en algunos lugares el oro fluye con la lluvia; y en otros, las pepitas ruedan de los cerros" (18).

Como ministro plenipotenciario, Rivadavia va en junio de 1824 a Londres. Allí forma con los banqueros Hullet Brothers tres compañías para explotar las riquezas argentinas (llamadas: Buldings Rio Plata Association; Rio Plata Agricultural Association y Rio Plata Mining Association), destinada esta última a explotar las fabulosas riquezas del Famatina. Y acepta el cargo de presidente del directorio con 1.200 libras de sueldo, reteniendo acciones de fundador (19). La Mining, adquirió inmediatamente la concesión del monopolio minero en el Río de la Plata, pagando 35 mil libras a Hullet Br., agentes financieros de Rivadavia (20).

Vuelve Rivadavia a Buenos Aires en octubre de 1825 y "como encuentra que el orden provincial, la ley fundamental y el gobierno del general Las Heras son un obstáculo insalvable a la realización de lo que trae proyectado - él mismo lo dice - derroca por confabulación y por medios irregulares al régimen provincial, la ley fundamental y al gobernador Las Heras, dando cuenta a los señores Hullet Hermanos de que ahora ya tiene en sus manos cómo hacer efectivo lo convenido" (21).

Son curiosas las cartas que Rivadavia envía, por entonces, a los banqueros Hullet. No son documentos desconocidos, pues se encuentran en la "Historia" de López (22). El 6 de noviembre de 1825, escribe: "El negocio que más me ha ocupado, que más me ha afectado y sobre el cual la prudencia no me ha permitido llegar a una solución, es el de la Sociedad de Minas . . . a vuelta de un poco de tiempo más, y con el establecimiento del gobierno nacional, todo cuanto debe desearse se obtendrá".

Las preocupaciones de Rivadavia las motivaba la circunstancia que, desde 1824, una compañía criolla explotaba los yacimientos - no muy florecientes por cierto - del cerro Famatina (23). Y que la Ley Fundamental dictada durante su ausencia, al mantener el régimen federal, permitía a La Rioja disponer de sus riquezas (24). Era prudente no precipitar la entrega del cerro. Pero con el establecimiento de un gobierno nacional con jurisdicción sobre las minas de La Rioja, y facultad para disponer de ellas, todo cuanto debe desearse se obtendría.

Los compromisos con los banqueros ingleses lo obligaban por lo tanto a trastrocar el régimen político del país, a fin de que la compañía en la cual se hallaba interesado pudiera explotar al Famatina. Nada se le importó de sus propias declaraciones federales en el Congreso de Córdoba de 1821, nada del tratado cuadrilátero de 1822, nada de la ley fundamental basada en el federalismo: para retener el hilo de sus negociaciones con los banqueros ingleses era necesario volver al centralismo directorial. Y volvió.

Es curioso, como lo dice el propio López, que el 6 de noviembre de 1825, absolutamente nada había trascendido aún sobre el establecimiento de un "gobierno nacional", y menos sobre el régimen unitario. Los únicos que sabían su próxima implantación eran Bernardino Rivadavia y la Hullet Brothers.

El 27 de enero de 1826 (diez días antes de su elección presidencial), Rivadavia, quien, según López, había "removido los elementos inquietos que bullían en el nuevo Congreso", escribe a sus corresponsales ingleses: "Ya no puedo demorar por más tiempo la instalación del gobierno nacional... y luego que sea nombrado procederé a procurar la sanción de la ley para el contrato de la compañía (25).

Se hace elegir presidente el 6 de febrero y otorga inmediatamente la ley que declara propiedad nacional "las tierras públicas y demás bienes inmuebles" (26).

Alborozado, escribe entonces a Hullet Brothers, el 14 de marzo, al poco tiempo de promulgar la ley: "Las minas son ya, por ley, propiedad nacional, y están exclusivamente bajo la administración del presidente" (27).

FRACASO DE LOS REFORMISTAS

Famatina fue concedida a la Mining.

Pero cuando los ingenieros ingleses llegaron a La Rioja para iniciar sus trabajos, se encontraron con Facundo Quiroga que desconocía y desacataba las resoluciones presidenciales. Ese alzamiento contra su autoridad indignó a Rivadavia, ¡tanto trabajo, tantos viajes, tantos arreglos institucionales para que un caudillo bárbaro le impidiera coronar su obra!.

Y se hizo dictar una ley, que lo autorizaba a disponer de 50.000 pesos (28), para ayudar al "ejército presidencial" de Lamadrid - que se había apoderado de Tucumán - a tomar al Famatina y derrocar a Quiroga.

Claro está que en el texto de la ley se decía otra cosa; "que era para hacer las diligencias necesarias a fin de averiguar si es realizable la empresa de establecer una comunicación permanente por agua desde los Andes hasta esta Capital". Pero a nadie se le ocultaba el verdadero destino de esos fondos: López, haciéndose eco de "una persona que actuó mucho en esa época" - indudablemente su padre -, cuenta la verdad sobre el fantástico proyecto del canal a los Andes (29), que consistía simplemente en disponer de los fondos suficientes para quitar a Quiroga de enmedio.

Pero de cualquier manera, don Bernardino logró con esa ley dos objetos: arbitrar los medios para apoderarse del Famatina, y dejar un proyecto más para entusiasmo de quienes juzgan la historia por la exterioridad de los documentos oficiales.

No obstante todo se vino abajo.

Los ingenieros ingleses, en su rápida incursión al Famatina, habían comprobado que allí "el oro no afloraba con la lluvia", que sus riquezas eran bien ilusorias y no era fácil tratar con los nativos como Facundo.

Por otra parte la guerra con el Brasil seguía, mientras el presidente empleaba las tropas nacionales en voltear situaciones "federales" del interior, como lo hizo Lamadrid en Tucumán.

Sobrevino la desconfianza de los caudillos.

Luego del tratado García, el 23 y 26 de junio de 1827, Dorrego publicó en El Tribuno la memoria del capitán Head (30), presentada en la quiebra de la Mining (en la cual se probaba la hasta entonces desconocida participación de Rivadavia).

El 27 renunciaba Rivadavia a la presidencia, en medio del escándalo consiguiente (31).

La Mining había quebrado y sus síndicos demandaron daños y perjuicios al gobierno nacional por la suma de 52.520 libras. Dorrego, al dar cuenta de esta demanda en su mensaje a la Legislatura, lo hizo con bien graves palabras: "El engaño de aquellos extranjeros, y la conducta escandalosa de un hombre público del país, que prepara esta especulación, se enrola en ella y es tildado de dividir su precio, nos causa un amargo pesar, más pérdidas que reparar en nuestro crédito", sin imaginarse quizá que diciendo eso dictaba su sentencia de muerte si otra vez los Agüero, los del Carril y los Varela (es decir: el círculo rivadaviano) volvían a encontrarse en el poder.

¿QUE FUE REALMENTE EL NEGOCIO DE LAS MINAS?

Son tan claras las pruebas del cohecho en el negocio de la Mining; tan evidentes, tan precisas, tan concordantes las presunciones de cargo, tantas las cartas comprometedoras que se escriben, tan grave que el presidente de la República acepte cargos rentados en compañías destinadas a tratar con el gobierno que preside y cuya concesión se denuncia que ha vendido en 35 mil libras esterlinas, que todo ello produce el paradójico efecto de eximirle de responsabilidad.

No, evidentemente no es ésa la técnica de una estafa.

El hombre que quiere obtener un provecho personal empleando su posición de gobernante no procede así.

Ni se hace elegir director de la compañía, ni se nombra a sí mismo representante, ni escribe esas cartas acusadoras, ni realiza gestiones que pudo entregar a un personero.

La estafa existe, pero el estafador no parece el señalado por las apariencias; diríase en cambio, que agentes duchos en este género de negocios se han encargado de disponer las circunstancias para que llegado el momento todo acusare a determinadas personas. Esos agentes duchos deben estar muy cerca de Hullet Brothers (o de Baring Brothers tal vez) y sin duda mueven desde Londres a los ingenuos fantoches americanos usándolos para realizar el negocio - por otra parte habitual entre los banqueros londinenses de 1825 - de fundar compañías fantásticas para quedarse con el dinero de los confiados accionistas.

Casos de negociantes explotando la ingenuidad de pequeños capitalistas ingleses, y valiéndose para ello de algún personaje exótico, hueco e hinchado, son muy comunes en el período 1820 -1825 de la historia bancaria inglesa. Es que la plaza londinense se prestaba en esos años a tales cometidos: la conversión de la deuda inglesa de 5 y 4 %, a 4 y 2 1/2 %, por un total de 215 millones de libras, había despertado una enorme fiebre de especulación; todos los antiguos tenedores de títulos buscaron colocar su dinero a un interés más alto que el ofrecido por la Deuda.

Y ello puso en movimiento las malas artes de quienes supieron aprovechar bien tal estado de espíritu.

Se habló, se escribió, se hizo una enorme propaganda respecto a las riquezas de la américa española. Se pintó ésta como un mundo, cuyas posibilidades económicas habían quedado vírgenes por la indolencia de españoles y nativos; y solo esperaba la llegada del capital inglés para entregarse totalmente a éste (32).

Una vez preparado el ambiente por medio de la prensa, los banqueros ingleses gestionaban la llegada de algún personaje americano, que después de ser vestido en Bond Street y agasajado en el West-End, era objeto de reportajes por los cronistas del Times.

Y el indiano hinchado, convencido de su propia importancia, del interés de Inglaterra por América Latina, y juzgando que su destino era pasar a la historia como el civilizador de su bárbara América nativa, hablaba y hablaba de más.

Inmediatamente la propaganda distribuía por toda Inglaterra sus opiniones considerablemente optimistas.

Acto seguido la compañía se constituía, claro es, con el americano en el directorio: serviría como señuelo para la especulación, como garantía de la existencia de esas riquezas fabulosas y también de "chivo emisario" cuando llegara la bancarrota inevitable. Las empresas más absurdas se formaron por esos años: hubo compañías para la apertura del Canal de Panamá y otra para le pesca de perlas en Colombia. Las acciones fueron literalmente arrebatadas por el público: dice el Annual Register de 1825: "Los príncipes, los aristócratas; los políticos, los funcionarios, los abogados, los médicos, los eclesiásticos, los filósofos, los poetas, los jóvenes, las mujeres casadas y las viudas se precipitaron a colocar su dinero en empresas de las que nada conocían, a no ser el nombre" (33).

La especulación llegó a ser muy grande. Las acciones de la Cía. Anglo-Mexicana alcanzaron una prima de 128 libras, cuando el total de lo percibido fue solamente de 194. En la Cía. Real del Monte -destinada a explotar minas de oro en Méjico - la especulación alcanzó cifras fantásticas: acciones de las cuales solamente se habían suscripto 74 libras, llegaron a valer 1.350.

Banqueros sin escrúpulos fundaban estas compañías teniendo buen cuidado de atar fuerte y visiblemente a su frente a los desaprensivos indianos, mientras ellos levantaban fortunas colocando empréstitos que no podrían - salvo un milagro - amortizarse jamás, y especulando con valores de hipotéticas o imposibles explotaciones.

Rivadavia, con la ingenuidad de sentirse el "más europeo de los argentinos", debió caer en las garras de estos profesionales de la estafa bursátil: de allí la Minig; de allí la Agricultural, la Building, el empréstito, etc. etc.

"El señor Rivadavia - escribe Beaumont (34) - para que quedara establecida su independencia de criterio, al mismo tiempo que la confianza en los intereses de la sociedad (la Mining) aceptó el cargo de presidente del Board of Management con un adecuado salario" . ....¡Buena manera de dejar establecida su "independencia de criterio" !.

El paso en falso de Rivadavia consistió en haber tomado en serio el interés bancario por las riquezas americanas: a la postre el, y los engañados accionistas fueron los únicos que creyeron en ese oro que "afloraba con la lluvia".

Pero si este error lo exime de dolo no lo limpia de culpa. Culpable de buena fe, pero culpable al fin.

Lo malo, lo tristemente malo de esta negociación, no es la estafa en sí, que al fin y al cabo no perjudicó a la Argentina mayormente. Es que muestra la desaprensión de los rivadavianos por las cosas argentinas.

El régimen de propiedad quedó modificado a causa del inútil empréstito de un millón de libras con Baring Brothes; se nacionalizaron (a pretexto de la guerra) las milicias provinciales, que se hicieron servir para la guerra civil contra las propias provincias; se creó un banco inglés con el nombre del Banco Nacional, para movilizar a favor de los comerciantes ingleses los fondos prestados por la casa Baring a los seis días de declarada la guerra; y se inventó - esta es la verdad - un régimen unitario de gobierno para poder disponer de las minas de La Rioja.

Todo fue una cadena de engaños y negocios; y si Rivadavia había sido embaucado por los hábiles banqueros ingleses, a su vez consiguió que un grupillo de europeizantes lo tomaran en serio a él. E imbuido de poseer la "piedra filosofal'" para transformar en civilizada esta sociedad bárbara, arremetió contra su economía, sus instituciones, sus costumbres, sus creencias, su "ser" en general. No; evidentemente un especulador se hubiera comportado con mucho mayor tacto. Rivadavia no fue un especulador venal; fue, como le dicen algunos, un "visionario", pero cuya evidencia servía para enriquecer a quienes movían los hilos desde Lombard Street.

El globo hinchado estalló a fines de 1825; justamente cuando Rivadavia, lleno de impulso británico, se preparaba a asumir la presidencia de la República.

En octubre de ese año, cinco bancos de Londres liquidaron; y entre diciembre y enero del 26, setenta se declararon en "cesación de pagos" (35).

La crisis fue terrible. Quebraron casi todas las casas explotadoras, y todas las compañías sudamericanas fueron liquidadas: la Real del Monte, que había gastado un millón de libras en instalarse, vendió todas sus existencias en veintisiete mil.

La especulación de esos inexistentes valores desencadenó la crisis, aún antes de lo previsto.

Los accionistas, indignados, exigieron el procesamiento de los culpables, y como sucede siempre, los responsables verdaderos que habían embolsado las libras no se hallaban al alcance de la acción penal.

Como pasto para las fieras fueron entregados los ingenuos americanos que con gesto ampuloso habían hablado de esas "riquezas, las mayores del universo", y de la necesidad de "que el capital británico llevase la civilización a los desiertos".

Hubo procesos por estafa, para lo cual sobraban las pruebas. Pero hoy, a más de cien años del escándalo, podemos en estricta justicia, poner en el otro platillo de la simbólica balanza, la evidente irresponsabilidad de estos engañados como atenuantes de culpabilidad (36).


Defensa Y Pérdida De Nuestra Independencia Económica - José María Rosa
EDICION GRATUITA - Octubre del 2001
Comentarios y sugerencias a Eduardo Rosa eduardorosa@pensamientonacional.com.ar