Posiblemente Inédito. – Reconstruído y terminado por Eduardo Rosa

6 pág 3.050 palabras

 

Volver a índice de artículos

 

       LA PLAZA MAYOR DE UNA CIUDAD CASTELLANA

                       

Como no tiene asterisco en la guía Michelin, los turistas pasan de largo.

No haremos eso.  

Siéntate conmigo en este café que voy a mostrarte la Plaza Mayor.

No es vistosa, pero pasaron en ella cosas memorables y bajo sus soportales discurrieron personajes famosos: Es un milenio de historia de España encerrado en pocas varas de piedra.

Perdona si al hablar cierro los ojos:  No se mira a la Historia, obra de Dios, como a una catedral, un palacio o un cuadro hecho por los hombres.

Nació mercado como todas las plazas mayores de las ciudades castellanas. 

Allí, donde se alza el Ayuntamiento estaba hace mil años la muralla de los árabes: es fácil seguir su huella en la calle ancha y curva que rodea al patio viejo.

En aquella esquina se abría el postigo del trigo por donde los proveedores entraban los alimentos.

El mercado quedaba fuera de los muros, a la manera musulmana.

La ciudad era pequeña, apenas una atalaya contra los cristianos del norte.

Dos ferias anuales - las mismas que subsisten en abril y septiembre -, se hacían en el descampado junto al postigo.

Con los mercaderes llegaban los artesanos: obrajeros del cuero, barro o lienzo que pregonaban sus productos sentados en esteras.

Pasadas las ferias, los mercaderes se llevaban sus tiendas pero los artesanos y proveedores quedaban.

En el siglo X la enseña del león sustituyó al estandarte blanco del Profeta en lo alto del alcázar.    La villa islámica pasó a ser cristiana sin transformarse mucho: había sido una avanzada de la media luna contra la cruz, ahora lo fue de esta contra aquella. Continuaron habitándola guerreros y mandando capitanes; los mercaderes, menestrales y despenseros siguieron en el descampado como si nada hubiese ocurrido.

En el XI Alfonso VI dio la villa en feudo al conde Ansúrez como premio por su coraje en la toma de Toledo.

Fue Ansúrez un gran señor "leal, valiente esforçado", como dice su epitafio en la Catedral. Otorgó generosos fueros y llegaron a la villa cristianos huidos de las guerras de Taifas; también mudéjares y judíos se acogieron a su protección vigilante.

El Conde dio el despoblado del trigo a las monjas Clarisas para que lo labraran, pues quiso llevar el mercado a la puerta del naciente, frente a su palacio.  Pero las cosas no obedecen siempre a la voluntad de los hombres: los mercaderes y artesanos prefirieron quedarse en el despoblado pagando un derecho a las monjas, que para mantener el dominio, araban simbólicamente la plaza una vez al año.

Los proveedores elevaban sus tiendas en el centro mientras que los artesanos construían en su redor talleres de madera y luego ladrillo.

Así nació la Plaza Mayor.

El ayuntamiento, que reemplaza a los Condes en el gobierno de la villa, veló por la correcta disposición de los edificios y dispuso soportales para los días de mal tiempo.

Se derrumbó la muralla árabe y otra más sólida completó el linde del poblado.

Hacia el XIII la villa era una gran ciudad. La Plaza vino a quedar en su centro.

Empezó a llamársela Plaza Mayor. 

Por ella se deslizaba toda la vida urbana. Sus talleres, no tan afamados como los de Toledo, fueron más numerosos.

En esta acera, los lorigueros trabajaban el ante para jubones y guanteleria, en esa, odreros, lenceros y cabestrantes tenían sus talleres que pasaban de padres a hijos junto con los secretos del arte.  Allí, en el ochavo los espaderos templaban las armas; mas allá, junto a la Fuente Dorada, orífices y plateros tallaban sus joyas. Esa acera de enfrente se llama todavía "de registreros" porque los escribanos redactaban sobre mesas de pino cartas y peticiones. En la rinconada, el piafar de los caballos apretados señalaba los mesones: Los viajeros cataban el dulce hipocrás de la tierra o los crudos del Duero tan famosos. En el centro se instalan las mesas donde los carnezeros tajaban la carne, los hortelanos exponían las verduras. En la Red, junto a la rinconada se olían las anguilas y besugos de los pescaderos.

En la feria, dos veces al año, la plaza adquiría animación.   Corrían el dinero y el hipocrás en abril y septiembre. 

Los domingos se quitaban las mesas, cercándose la plaza con un vallado para alancear toros o arriesgar volatines.  Menestrales y villanos se agolpaban allí mientras los próceres miraban desde los balcones las hazañas de sus iguales, pues toros era faena de caballeros con brazo fuerte y monturas ágiles, aunque en ocasiones algún plebeyo saltaba el vallado para ir contra la fiera con la sola protección de una capa y una espada. Los alguaciles se mostraban severos con estas transgresiones a las leyes del arte y una ordenanza de Alfonso IX castigaba al espontáneo con el comiso de la espada y algunos días de cárcel sin evitar que el lance se repitiera el próximo domingo. ¡Porque esta fue siempre tierra de valientes!, Los artesanos y menestrales tenían espíritu de señores y el coraje, la hidalguía y la fe valían para ellos tanto o más que las virtudes burguesas del trabajo, el ahorro o la templanza. 

También con las ferias llegaban los juglares que por algunas monedas cantaban romances en lengua popular, despreciados por los cultos apegados al latín medioeval, pues aquí, en la plaza nació nuestra lengua castellana, en transacciones de mercaderías y se mantuvo en los corrillos de compradores y vendedores.

Un habla ríspida que los juglares musicalizarían con armonías y asonancias.  Del mercado no tardó en pasar a los hogares, luego a las sacristías para subir finalmente a los palacios. 

Tal vez en los mesones de la rinconada, Gonzalo de Berceo, de jornada por aquí, cambió sus letrillas de curso rimado por un vaso del buen vino de la tierra. 

A veces llegaba una carreta de comediantes a representar en un tinglado sus pasos y farsas de trama ingenua, como aquella carreta de la muerte que produjera el espanto de Don Quijote al encontrarla en un camino de la Mancha.

Un cortejo de monos amaestrados o de osos bailarines seguía a los cómicos, haciendo las delicias de chicos y grandes. Nacía así el teatro.

No todo era alegría en la plaza: malatos y baldados conmovían la caridad de este pueblo generoso con sus llagas y defectos.  De noche se hacinaban en los soportales.  Mezclados con ellos, los hermanos Franciscanos mendigaban por quienes tenían vergüenza de hacerlo.

Al valor coraje de los señores y al valor trabajo de los menestrales, Francisco de Asís había opuesto otra moral basada en el valor de la bondad repercutiendo hondamente en el alma generosa de este pueblo.

En 1240, la reina doña Violante no quiso que los frailes durmieran bajo los soportales y les construyó un monasterio en esta misma acera. Por eso se llama de San Francisco. Aquí tuvieron su iglesia, sus celdas su escuela y su asilo.

San Francisco puso en el XIII una nota severa y gótica en la algazara del zoco.

Los regidores edificaron la Casa Capitular junto al monasterio.

La plaza se hacía monumental. Era el centro de la ciudad y la ciudad el corazón de Castilla.

En 1217, frente a una sencilla mesa guarnecida con las armas del reino, allá junto a la acera de registreros, doña Berenguela abdica en su hijo Fernando el Santo.

Durante las fiestas por el nuevo Rey y supongo que el futuro conquistador de Córdoba y Sevilla se alancean toros con pulso firme y nervios templados.

En el XIV, María de Molina, además de reina regente de Castilla era señora de la ciudad y aquí residía. 

El XV sería el siglo de mayor esplendor para la villa. 

En una casona de la calle Teresa Gil vivieron los Trastamara, reyes de Castilla y de León: Juan II y Enrique IV nacieron en ella. 

En esos tiempos, anunciadores del renacimiento, las fiestas fueron suntuosas. 

Una sobre todo dejó memoria perdurable y has oído mencionarla.

Ocurriría en septiembre de 1427 en ocasión de pasar doña Leonor de Aragón, hermana de la reina de Castilla, para casarse con el infante Don Duarte.

Acompañaba a doña Leonor una gran corte de damas y caballeros y con ellos sus hermanos don Juan y don Enrique, famosos en los torneos y en la guerra. 

Para tenerlos propicios, el poderoso Válido don Alvaro de Luna, Condestable de Castilla y Maestro de Santiago, ordenó justas de lanzas y poesías.

Allí, junto a la acera de los lenceros, estaba el palacio regio guarnecido de armiño, donde las reinas de Castilla y Portugal premiaron con flores naturales a los poetas y vieron quebrar lanzas a sus hermanos con el Rey Juan y el Válido Luna. 

Desde el balcón del ayuntamiento, adornado con las cinco lenguas de fuego del pendón concejil, don Rodrigo Manrique conde de Paredes presidía los lances; junto a sí un niño, su hijo de diez años miraría la fiesta con ojos memorables porque después añoraría:

 

        ¿Que se hizo el Rey don Juan?

        ¿Los infantes de Aragón

        que se hicieron?

        ¿Que fue de tanto galán,

        que fue de tanta invención

        como trujeron?

 

Tras esa fiesta se va la edad media. La escena cambia, ya no se vio un palco de honor, sino un patíbulo alzado en un extremo de la plaza aquel 2 de junio de 1453.

Por la costanilla llega la lúgubre comitiva que trae a don Alvaro de Luna a morir en el cadalso.

El condestable va altivo y sereno a la muerte deshonrosa, su cabeza quedó colgada muchos días en la boca de un león de piedra que estuvo allí, donde ahora se levanta aquel hotel, para ejemplo de la mudable fortuna de los favoritos y la difícil privanza de los poderosos.

Ocho años después del ajusticiamiento del condestable, un inmenso fuego destruiría la plaza.

Renacería más hermosa. 

Los edificios fueron de piedra y de cuatro pisos en uniforme estilo; se puso una fuente y en la torre del reconstruido San Francisco colocóse un reloj, el más grande de entonces.

Para el casamiento de Isabel y Fernando, bendecido en el palacio de Vivero, no hubo fiestas: eran tiempos de guerra y los futuros Reyes Católicos querían ocultarse del Rey Enrique.

Pero a poco retornará el esplendor al terminarse la reconstrucción de la Plaza, pues llegarán 

años gloriosos para España: habían terminado la reconquista y el León y el Castillo saltaban a Indias mientras los peces del mediterráneo llevaban las barras de Aragón.

Un día de 1493 Cristóbal Colón pasó por la ciudad de jornada hasta donde los reyes aguardaban el relato de su descubrimiento.

La ciudad le recibiría con grandes fiestas en la plaza, tirando por adelantado las fabulosas riquezas que vendrían de occidente. En esta plaza pronunció su frase: "Por palos, picas y azadones: cien millones".

Otro día el gran capitán trajo a Fernando las cuentas pródigamente españolas de la conquista de Italia.

Se vivía un sueño de tesoros inagotables, las fiestas en la plaza fueron cada vez más lujosas. 

En enero de 1506, en ocasión de reconciliarse el Rey Fernando con su yerno, el archiduque Felipe, el agasajo fue memorable: descolló el volatinero Juan Inglés danzando en la cuerda, armado con todas las armas y entre fuegos de artificio.

Junto a los concurrentes debió estar Colón, viejo y olvidado, venido a gestionar de los nuevos reyes algo del favor perdido con la reina muerta. 

En noviembre nuevas fiestas celebraron la coronación de Juana y Felipe en la catedral.

Ya no pudo presenciarlas el triste almirante, había muerto en mayo a la espera de una siempre diferida audiencia y no se sabe con certeza donde murió. Supongo que, como viajero de tránsito debió ser en uno de los mesones de la rinconada o en las casas de hospedaje de estos soportales. Su última mirada sería a la Plaza donde tanto se le agasajara en 1493.

Corrieron vientos de rebelión.

Hubo algazara al alejarse Carlos V para ceñirse la corona de Alemania, comprada con el dinero de las Indias. Los motines madurarán en insurrección y del ayuntamiento se extrae el pendón de las cinco lenguas de fuego para enfrentarlo a la prepotencia del estandarte imperial del águila bicéfala; los procuradores en cortes fueron arrastrados por las piedras de la plaza y arrojados al río.     

Pero todo se diluirá como tormenta de verano después de Villalar y el emperador, a pedido de Fadrique Enriquez, no quiso castigar a la ciudad como lo hiciera con Toledo y Segovia.      Una inscripción en aquella acera recordará por mucho tiempo el gesto aquel.

Carlos amaba a la ciudad porque aquí fueron coronados sus padres y vivieron sus abuelos.

Residió en ella con preferencia a Toledo; en el palacio de los Pimenteles nació su hijo Felipe II; imagino los regocijos consiguientes del César aficionado a los torneos, luciendo sobre estas piedras su garbo de campeón famoso.

Tu has visto en la armería de Madrid las armaduras de Carlos V cinceladas por Benvenuto Cellini, con las gualdrapas decoradas de castillos, leones, águilas, barras, lises y cadenas de sus muchos dominios.

Y lo imagino años después de paso por la ciudad para recogerse en el monasterio de Yuste.

Conocería aquí a su nieto que llevaba, con el nombre de su abuelo, la locura incurable de la bisabuela.

Por esos años, a un siglo del primer incendio, otra conflagración borraría para siempre a San Francisco, a las casas del ayuntamiento y a los edificios del contorno.

Felipe II quiso reconstruir la plaza pero ya no sería la misma.

Tampoco España lo era.    Felipe encomendó a Herrera el trazado de los palacios y monasterio; pero el arquitecto fue llamado al Escorial para hacer otro sueño de piedra.

Eran tiempos de sueños.

España se adormecía en un sueño imperial ajena a un tiempo que ya no era el suyo.

El oro valía más que el honor y la gloria; corrían gruesos ducados acuñados en las cecas de Potosí o México y con el pretexto de lograrlos los artífices dejaron sus oficios.  Pretexto, pues en realidad les empujaba la emulación de los Amadises o Pentapolines de los libros de caballerías, tan hechos para el espíritu español. 

Los talleres quedaron desiertos, cerraron las barracas y vaciaron los soportales. 

La gran riqueza de las Indias trajo la pobreza inmensa de España.           

Quienes no podían soñar con las armas, aquellos negados para la lucha por su condición eclesiástica, faltarles un brazo o tener gambadas las piernas, - llamárese Góngora, Cervantes o Quevedo - dieron en escribir sus sueños.

Vino así el siglo de oro, contraste de grandes ingenios y grandes pícaros, de riquezas traídas de América en galeones y tremenda miseria que despoblaba a España: grandes sueños y pocas realidades.

Al empezar el XVII Felipe III aposentaría en la villa tras una larga ausencia de reyes. Quería fijar aquí su capital definitiva y ordenó un palacio fabuloso que no concluyó nunca.

Con la corte vinieron Cervantes y Quevedo, mendigos de favores, discurriendo sobre Novelas Ejemplares y Repúblicas de Letras a la espera de la gracia soberana.  

La plaza, sin artesanos y llena de postulantes, era imagen de la España que les tocaba vivir: la segunda parte del Quijote se compuso aquí.

Fue esa estada por ocho años de la corte, el postrer esplendor de la ciudad pues un día se marchó Felipe III regalando su palacio inconcluso al duque de Lerma.

Con el se fueron Cervantes, Quevedo y todos los proyectos.

Cayó el silencio en los soportales desiertos apenas interrumpido por las ferias semestrales o las procesiones de semana santa.

En las fiestas los toros fueron más mansos y no hubo torneadores ni volatineros de cartel.  

El chismorreo de los cotorros debió ser la sola voz de la plaza. 

En los cafés, abiertos por entonces, hombres pequeños y provincianos hablaban de una España imperial que no existía. 

Inesperadamente llegó el alboroto del siglo XIX. 

En 1808 vinieron los franceses; Napoleón aposenta en el Palacio Real como dueño de casa.

Pero los leones castellanos despertaron y en cada contertulio de café renacería el guerrero.  Payeses y rústicos empuñaron sus hoces.

Pudo aquella ser la resurrección de España.

Pero lo creyeron cosa de rótulos y se pusieron a la tarea de substituir palabras.

La Plaza es ejemplo de ese siglo desorientado y superficial: llamose "de la Constitución" en 1813. "Real de Fernando VII" en 1814, otra vez "de la Constitución" en los años de Riego para volver a "Fernando VII" cuando el cura Merino entrara con los suyos en 1823. Por tercera vez "de la Constitución" en los tiempos liberales de Isabel II y por unos días "de Carlos V" al tomarla Zufriategui con los carlistas en 1837.  Las carteleras cambiaban esperanzas mientras los edificios se venían al suelo y desaparecían los últimos restos de San Francisco por la desamortización de Mendizabal.

Hoy ha vuelto a llamarse MAYOR con previsión de eternidad.

Esta es la historia de la plaza que es síntesis de la de España.

Mil años pasaron por ella: los soportales y los edificios no son los mismos.

No está el reloj de San Francisco y el ayuntamiento es una barata y pretenciosa fábrica; hay un hotel donde pendiera en el siglo XV la cabeza de Don Alvaro de una argolla asida por un león de piedra y los automóviles cruzan las piedras que resonaron bajo los cascos del caballo de Carlos V.

No mires. Cierra los ojos y contempla la muralla árabe con el postigo del trigo; a los mercaderes de turbantes y babuchas sentados en el suelo sobre esteras; a las Clarisas arando la plaza; a San Fernando jurando los fueros de Castilla entre hombres de hierro y pendones morados; a Jorge Manrique absorto por las luces de los infantes de Aragón; a don Alvaro de Luna en su cortejo que llega por la costanilla; al pobre almirante de nuestra América esperando una audiencia siempre diferida.

La plaza es la misma para quien sepa sentirla.

¿No oyes en este silencio el golpear de los maestros ferradores?; ¿Aquella bruma no parece tener forma de una torre con reloj?; ¿Ese rumor que trae el viento no será Cervantes narrando la última aventura del Quijote?

- Tal vez quien pase dentro de mil años por Valladolid también lo oiga y también te vea a ti junto a los espectros de este café.

 

 José María Rosa

 

Recopiló:  Eduardo Rosa