Salvador María del Carril - Rev. Inst. J.M.Rosas nº 15-16 1951
15 pag. 7.170 palabras
Pequeña Biografía de Salvador María del Carril
P O R MARTÍN PINCÉN
Martín Pincén,
Desde la Pampa escribe este estanciero que lleva en sus venas sangre de
caciques ranqueles. Se ha especializado
en el Congreso Constituyente del 52 y prepara desde hace años un libro
que llevará por titulo La Alfajorería
de Merengo. A este libro pertenecen las
biografías de Juan María Gutiérrez
(publicada en el No 12 de la Revista) y de Salvador María del
Carril que ahora damos Pincén no cree hacer historia, sine “pequeña historia”:
destacar los aspectos humorísticos de las "figuras históricas, sin
apartarse de la verdad. Los trabajos de
Píncén son meticulosos y muy precisos en referencias documentales.
Alto, solemne, desdeñoso, mirando fijamente
con sus ojos negros “que ni más ni menos que una sonda penetraban en el alma
apretando la boca para que no se escaparan sus secretos”, (1) Salvador María
del Carril pasó por el Congreso del 52 dejando la impresión de una extraña
personalidad: “Era el que más sabía” dicen unánimemente los biógrafos
del Congreso; "este viejo vale mucho” lo pondera – cosa rara – el padre Lavaisse escribiendo a Taboada. (2) La tradición quiere verlo – en tan
hermética figura todo son tradiciones – como un ‘ erudito en derecho público
norteamericano enseñando el Evangelio de Filadelfia a los diputados constituyentes. Pero debió ser en el diálogo apagado de las
antesalas o en el recato de las correcciones subrepticias, pues jamás se oyó en
el recinto el tono de su voz ni quedó en
los archivos muestra alguna del tipo de su letra. José María Zuviría, el
secretario del Congreso, lo describe “calculador, frío y reservado, pero apto
para el hábil manejo y la diplomacia del silencio”. (3) Mansilla que fue en Paraná su secretario privado dice que
“prefería la penumbra a la exhibición teatral”, y nos confiesa que “no redactó
como Vicepresidente nada, ni después como Ministro de la Corte Suprema borroneó
una sola cuartilla ni fundó un voto en disidencia por escrito”. (4) Y Sarmiento en su áspera carta del 56 le
dice: “Permítanos el señor Carril que no habiendo oído nunca su voz ni leído
jamás una página suya sobre cuestiones argentinas, busquemos en otra fuente que
en su juicio propio las ideas que presenta a los pueblos bajo su firma”. (5)
Ceremonioso e inaccesible Salvador María del
Carril sentía correr por sus venas la sangre de bronce de las estatuas. Se sentaba en las poltronas del Congreso
con apostura de prócer de plaza pública en su escaño de granito. No descendía jamás al nivel de los demás
mortales, y cuando las exigencias
sociales lo obligaban a dar la mano condescendía con desdeñoso ademán:
el agraciado “sentía frío al tocar esas manos, frío que venía de muy adentro.”
(6) Era el unitario típico de la descripción dejada por Sarmiento en Facundo,
que no daba vuelta la cabeza ni aunque sé desplomara un edificio: “Caminaba
– dice Quesada – con aire pretencioso, como agobiado por la profundidad del
pensamiento”. (7) Y cuando hablaba –
nunca en público – lo hacía en sentencias enfáticas y breves acompañadas de
terminante ademán. Pero no habló nunca
en los debates de la Constitución, y entre tan inexorables oradores como los
del 52 debió parecer una lechuza muda y atenta, siguiendo el parloteo de una
bandada de cotorras.
Tampoco escribió mayormente: la poca
correspondencia suya que nos ha llegado tiene carácter de reservada, y
su publicación ha sido en todo caso una infidencia. Sus contados artículos periodísticos son de los años
jóvenes. No escribió nunca un libro; no
dictó jamás una cátedra.
¿ Qué clase de enigma fue del Carril? ¿Un hombre de genio pero sin
coraje para actuar? ¿Un escéptico que no creía en nada ni en nadie? ¿Una eminencia
gris moviéndose en las sombras sin comprometerse en público? ¿O su talento
fue como aquel enorme de Alves Pacheco, el personaje de Queiroz, que nunca encontró ocasión de revelarse pero que
todo Portugal
admiraba en la prestancia arrogante y el
prudente silencio?.
Tenía 65 años en 1852, pero
venía de muy lejos: de los viejos tiempos de Rivadavia. Treinta años de historia Argentina – ¡y
qué treinta años! – se escondían en los pliegues de su frente ancha y
abovedada. Había vivido todo: la
Reforma, la Carta de Mayo, la Presidencia, el 1º de diciembre, la Comisión
Argentina, la Nueva Troya, la proscripción.
Si no protagonista principal, había sido en todo caso la figura más importante
de segundo plano en la tragicomedia unitaria.
La aldea natal había cambiado
mucho cuando el joven Salvador María regresó en 1823 con su flamante título de
abogado. Ahora San Juan era nada menos
que una provincia – una “República” decían los papeles oficiales – que
precisaba gobernadores, ministros, jueces, diputados. Pero sobre todo precisaba un programa de acción, ya que los
magistrados del nuevo Estado no iban a seguir con el recuento de los propios y
arbitrios comunales o el otorgamiento de permisiones o licencias
como en los tiempos coloniales.
San Juan ofrecía muchas
facilidades a la ambición del joven letrado: era un Carril emparentado
por rama materna con los Larrosa v los Godoy de antigua raigambre
lugareña, lo que casi le permitía tutearse con los Jofre y los Cano
de Carvajal troncos de la hidalguía cuyana. Eso era muy importante para la aristocrática ciudad que mantuvo
más que otra su distinción andina entre caballeros y rotos. Pero además llegaba de Buenos Aires donde se
había codeado con los hombres de las luces, y trabajado – aunque en
modesta esfera – en el porvenir maravilloso que cotidianamente daba Rivadavia
en los decretos del Registro Oficial.
El gobernador Uridininea
despachó a su ministro – Narciso Laprida que había sido presidente del Congreso
en Tucumán – y lo reemplazó por el joven del Carril que tanto prometía. Pero ¿qué hacer en esa ciudad de largas
siestas y de interminables comadreos? Su pariente Larrosa, delegado de San
Martín en 1817, había abierto calles, plantado árboles, construido
caminos. fundado pueblos y muchas otras
cosas. Además no había sido escasa la
contribución sanjuanina al ejército de los Andes. Pero, justamente por todo eso, sus comprovincianos, cansados de
trabajar y pagar impuestos lo habían echado poco menos que a empujones
tildándolo de tirano.
Con instinto alerta el joven
del Carril se limitó a darles un atracón de literatura, burocrática a sus
paisanos. Hacer el porvenir
maravilloso por decreto tenía su ventaja: no molestaba a nadie, no exigía,
expropiaciones ni contribuciones y además el ministro sentaba fama de
inteligente. Y allá fue el Registro
Oficial de Buenos Aires adaptado a las modalidades andinas: se suprimió el
Cabildo, institución anticuada y reaccionaria, y sus integrantes pasaron a
formar la Honorable Junta de Representantes con idénticas atribuciones;
se suprimieron los Alcaldes que distribuían justicia ignorando el derecho, y en
su lugar quedaron establecidos los Jueces de Primera Instancia que por
el momento quedarían legos; se extinguió la milicia comunal, resabio de los
tiempos coloniales que compulsaba a incruentos ejercicios, y se formó la Guardia
provincial donde los ciudadanos acudían gustosos a manejar armas; se abolió
el oscurantista “diezmo” eclesiástico reemplazado por un impuesto destinado
al sostenimiento del culto.
Tan contentos quedaron los sanjuaninos que a
la renuncia de Urdininea – llamado por San Martín – del Carril fue elegido
gobernador por unanimidad. Su primer
decreto fue para dar lustre al cargo ordenando que la guardia le
sirviera de escolta en sus paseos por la ciudad.
Libérrima fue la Carta de Mayo,
“bill of wrights que se adelantaba a su tiempo” como dice Vedia y Mitre,
(8) y que daba a los sanjuaninos todos los derechos posibles aún algunos que
escaparon a las declaraciones del Capitolio de Virginia o de la Legislativa
Francesa. Por ejemplo el art. 4º
otorgaba muy seriamente “la libertad de pensar, formar juicios y sentir libremente”
sin otra limitación que la capacidad, intelectual de los ciudadanos, que
no eran “responsables a nadie de sus pensamientos”. Ese derecho de pensar según su
capacidad intelectual estaba acompañado de la correspondiente libertad
absoluta para “callarse sus pensamientos”.
“Todo hombre en la provincia de
San Juan es el único dueño y propietario de su persona. Nadie puede venderse a si mismo”,
decía el art. 2º impidiendo prodigalidad tan peligrosa. “Nadie es esclavo en San Juan” añadía a
renglón seguido y “esta primera libertad no padece excepciones sino en los
esclavos negros y mulatos
que aún existen”. Nada más claro; todos eran libres menos los
que no eran libres. Como todos tenían
el derecho de pensar menos los que no tuvieran capacidad, y el derecho de
callarse, salvo los que no quisieran hacerlo.
Siempre que sus palabras no pusieran “en impotencia a los que tienen
alguna parte de autoridad o poder público” en cuyo caso caería sobre ellos todo
el peso de la ley. (art. 10º).
La democrática Carta de Mayo – el
término va por cuenta del Dr. Vedia y Mitre – afirmaba en su art. 1º que “toda
autoridad emana del pueblo” ratificando este amplio principio en el art.
11º: “La ley en la provincia es la expresión de la voluntad general”. Pero claro está que esa voluntad general sería
“manifestada solamente por los hombres libres y aptos” es decir, por las veinte
familias de la aristocracia lugareña.
Esta prudente carta que declaraba todos los
derechos y libertades posibles, pero manteniendo cuidadosamente la realidad
colonial, tropezó impensadamente con el escollo de la incomprensión
religiosa. Se ignoraba por casi todos
que el tratado con Inglaterra había permitido el ejercicio de los cultos
disidentes, y que la disposición del art. 17 de la carta tolerando ese
ejercicio era redundante e inocua.
Redundante porque la provincia no podía otorgar lo que ya había dado la
Nación, inocua porque el único disidente de San Juan – que era el boticario
norteamericano Amán Rawson – leía tranquilamente los domingos su Biblia
evangelista, sin que a nadie se le ocurriera provocarle conflictos religiosos.
Pero el grito de las sacristías ante la
mezquina tolerancia de cultos – exagerada como diabólica libertad religiosa
– fue amplió y resonante.
Inútilmente del Carril trató de contener la marea estableciendo que “la
religión santa católica, apostólica y romana se adopta voluntaria, espontánea y
gustosamente como su religión dominante.
La ley y el gobierno pagarán como hasta aquí, o más ampliamente a
sus ministros” (art. 16º). Inútil que
asistiera diariamente a misa; inútil que fundara un periódico “El Defensor
de la Carta de Mayo” para demostrar el ningún alcance práctico de la
discutida disposición. La campaña de
novenas y rosarios ganó a las señoras de la aristocracia pueblerina, y entre un
revoleo de faldas y sotanas el joven gobernador tuvo que renunciar mientras su
Carta de Mayo era quemada en la plaza por mano del verdugo.
A fines de 1824 los caudillos depusieron sus recelos
hacía Buenos Aires y mandado diputados al Congreso; había sido la obra de Las
Heras que, como encargado del Poder Ejecutivo Nacional, preparaba con habilidad
y tino la reconquista de la provincia Oriental incorporada por Brasil en 1822,
mientras Rivadavia estaba muy ocupado con sus reformas. Ibase a la guerra contra el Imperio pero que
había seguridad de terminarla victoriosamente: la República unida, la
sublevación oriental de 1825, sus resonantes triunfos en Rincón y Sarandí, y el
fuerte ejército de observación formado con oficialidad experta y tropa
veterana aseguraban este optimismo.
Además, acababa de llegar el empréstito Baring cuyos tres millones y
pico bastaban para los gastos esenciales de la guerra. En cambio don Pedro I tenía que contratar
mercenarios en Alemania y difícilmente se sostenía ante las constantes
sublevaciones republicanas y localistas de Pernambuco y Minas.
La guerra con Brasil estaba ganada antes de
declararse. Pero los unitarios – que no
Las Heras – llevados por el excelente propósito de unificar más la República se
dedicaron a voltear las situaciones provinciales con los propios reclutas que
los caudillos mandaban para reforzar él ejército nacional. A fines de 1826, Lamadrid se apodera del
gobierno de Tucumán e intenta eliminar de sus provincias a Quiroga, Bustos e
Ibarra; pero estos con notable falta de patriotismo – así lo dice Piccirilli –
provocaron la guerra civil al resistirse.
En enero del 26 la guerra con Brasil quedaba
formalmente declarada mientras Las Heras hacía un intento para contener la
guerra civil desautorizando a Lamadrid.
El Congreso solucionó el conflicto reemplazando en febrero a Las Heras
por don Bernardino Rivadavia que acababa de llegar de Europa. “Para dar una conducción más eficaz a la
guerra” quitaba de enmedio al general de los Andes y héroe de Chile, que había
preparado el Ejército de Observación sustituyéndolo por el más grande hombre
civil de la Argentina. Otra medida de
importancia tomó el Congreso en el mes de enero, apenas iniciada la guerra:
para “entretener productivamente” los tres millones del empréstito fundó un
Banco – el Banco Nacional – con directorio británico. Tal vez como prenda de confianza hacia Inglaterra, secular aliada
y protectora de Portugal y Brasil, y como medida de economía para impedir que
se despilfarrara el dinero en inútiles gastos bélicos.
Graves cuestiones embargaron el ánimo de
Rivadavia al hacerse cargo de la Presidencia.
No se trataba de la guerra con Brasil, precisamente. Poco antes de su elección escribía a
Londres: “El negocio que más me ha ocupado, que más me ha afectado, y sobre el
cual la prudencia no me ha permitido llegar a una solución es el de la Sociedad
de Minas... con el establecimiento de un gobierno nacional todo cuando debe
desearse se obtendrá”. (9) Ah, a que es
gobierno nacional espera obtener lo que desea.
Lo trajo a del Carril como ministro de
Hacienda. Su designación fue juzgada un
acierto: había nacido y gobernado una provincia minera y por lo tanto se
presumía que debería entender de oro y de plata. Además había sido el único gobernador que sin preocuparse de los
mezquinos intereses locales, puso todas las minas de su provincia a disposición
de la Sociedad minera que Rivadavia fundara en Londres.
La Presidencia inició su gestión financiera
con la Ley de Consolidación de la Deuda medida protectora de los acreedores del
empréstito que extendió la garantía “a todas las tierras y demás bienes
inmuebles provinciales”, como si no fueran suficientes las otorgadas al
contratarse. Posiblemente no hay en la
historia financiera universal una ley más altruista que ésta: el deudor
graciosamente se obligaba con mayores garantías de las convenidas con el
acreedor. Además estas tierras y
demás bienes inmuebles serían administrados por la Nación y por lo
tanto el Famatina entraba en la jurisdicción de Rivadavia: alborozado el
Presidente escribió a Hullet Brothers: “Las minas son ya por ley - propiedad
nacional, y están exclusivamente bajo la administración del Presidente de la
República”. (10)
Pero Quiroga se negó a entregar el
Famatina. fue un alzamiento contra la
autoridad nacional “imperdonable en tiempo de guerra” como comenta el doctor
Vedia y Mitre. Y el Banco, que no daba
recursos para la guerra internacional facilita generosamente dinero para armar
a Lamadrid y al ejército presidencial del interior. (11) A pesar de las letras de cambio y de los famosos colombianos de López
Matute pagados con ellas, Lamadrid será derrotado y la Compañía de Minas no le
quitó el Famatina a Quiroga.
La otra gestión financiera de la Presidencia
ha quedado famosa: es una ley que obligó al curso forzoso de los billetes del
Banco permitiendo su canje por lingotes de oro y plata. Ante la grita de los opositores el
Congreso aprueba el proyecto defendido por el ministro de gobierno Agüero, pues
del Carril – presente en la sesión – apenas si musita dos palabras. El Banco sirve así de intermediario para que
los exportadores se lleven el poco metálico que, todavía circulaba: a del
Carril le quedará el remoquete de Doctor Lingotes que le aplicarán para
siempre los periódicos federales. (12)
Mientras el oro se esfuma, la guerra civil –
no obstante las letras de cambio – prende en todo el interior, y las provincias
anárquicamente van desconociendo una tras otra a las autoridades
nacionales. Pero el Congreso afronta la
terrible crisis debatiendo en luminosas sesiones una Constitución
unitaria: Valentín Gómez, Manuel Antonio Castro y Manuel Bonifacio Gallardo
agotan la literatura política y demuestra ilevantablemente que el régimen
centralizado a lo Benjamín Constant es el desideratum que hará la
felicidad común. A veces interrumpen
sus discursos los cañonazos de Brown que defiende el río contra las fragatas
imperiales. Finalmente se sanciona la
Constitución que el Congreso resuelve remitir a los caudillos federales con delegados encargados de
“convencerlos”. Vélez Sarsfield,
delegado ante Quiroga, no se anima a ir y se la manda por correo; Tezanos Pinto
se llena de horror porque Ibarra lo recibe en calzoncillos y devuelve el librito
sin leer. (13)
Como a pesar de todo Dios es criollo se gana
en febrero del 27 Ituzaingó y Juncal, y en abril Pozos. Pero no hay plata para pagar al ejército
ni a la escuadra, que no cobran desde el año anterior. No importa: se hacen dispendiosas fiestas
para el 25 de Mayo, se crean muchos cargos burocráticos y se proyecta erigir en
la plaza de la Victoria una fuente de bronce.
En mayo va García a Río de Janeiro a pedir “la paz a cualquier precio”
para que vuelva el ejército y haga la unidad a palos como quiere
evangélicamente el padre Agüero. La
obtiene al precio de perder la guerra, pero el pueblo de Buenos Aires no
interpreta el tratado García y pide a gritos la renuncia del Presidente. Inútilmente Rivadavia desautoriza a García y
el Congreso rechaza el tratado. Dorrego
le dará el golpe de gracia publicando en “El Tribuno” del 26 de junio la
documentación entera del negociado de minas, que acaba de conocer por la
quiebra de la sociedad londinense.
Rivadavia renuncia al día siguiente en medio del caos más indescriptible
y el Congreso unitario se
disuelve, esperando momentos más propicios.
Vicente López se hace cargo interinamente de
la presidencia el 9 de Julio (Rivadavia se ha retirado el 8), y el meticuloso
Tomás Manuel de Anchorena lo acompaña como ministro de Hacienda. Este comprueba que no ha quedado en
Tesorería ni una onza de oro, ni un peso de plata ni un billete de Banco. No hay nada; absolutamente nada: hasta los
muebles de la Casa de Gobierno se los ha llevado Rivadavia. Solamente hay deudas: al ejército no se le
paga desde 1826, al Banco se le deben once millones, hay letras protestadas de
otros acreedores por más de dos millones, se deben los últimos servicios del
empréstito. Y comprueba que del Carril,
después de la salida de Rivadavia, ha hecho libranzas contra el Banco por
millón y medio de pesos que éste no alcanzó a pagar. Anchorena anula estas letras, suspende los trabajos públicos y
suprime la mitad de los empleados de gobierno.
Es la tiranía que empieza. (14)
Dorrego gobernador trata con duros términos
las gestiones económicas de Rivadavia y de del Carril. En su mensaje del 18 de septiembre de 1827 a
propósito del asunto de las minas denuncia “la conducta escandalosa de un
hombre público del país, que prepara esta especulación, se enrola en ella y es
tildado de dividir su precio”.
Rivadavia y del Carril intentan su defensa en una Respuesta al
Mensaje de poca habilidad y que da lugar a una Refutación a la
Respuesta de 200 páginas, y donde según López “con una prolijidad maligna”
se transcriben los detalles de la operación.
(15)
Pero en 1828 Lavalle hará la ansiada unidad a
palos con el ejército sublevado. La
noche en que se sabe la prisión de Dorrego – el 12 de diciembre – del Carril
escribe a Lavalle una larga carta porque teme que el jefe revolucionario no
obre como corresponde: le dice que es un “hombre de genio y debe tener firmeza
para prescindir de los sentimientos”. Es
necesario que “las víctimas de la batalla de Navarro no queden sin venganza”
porque la culpa de Navarro es exclusivamente de Dorrego que resistió a la
revolución. Por otra parte “una
revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los
vencidos” y le aconseja “que
aborde la cuestión a sangre fría”.
Lavalle lo fusila a Dorrego inmediatamente, pero la noticia no llega
a Buenos Aires hasta el 14. Del Carril
teme que Lavalle a pesar de su genialidad no lo haya comprendido, y vuelve a escribir llamando las cosas con su
nombre: “Hemos estado de acuerdo con la fusilación de Dorrego antes de
ahora. Ha llegado el momento de
ejecutarla”. En todas las
anteriores revoluciones se ha procedido demasiado caballerescamente “ahora
hay que ensayar un nuevo modo, hay que innovar por qué entre los que han
combatido por el poder ninguno ha sido sacrificado hasta ahora”. Los amigos de Buenos Aires “esperan
una obra completa que si no viene de la omnipotencia de la espada la
omnipotencia de Dios no se dignará hacerlo”.
La noticia de la fusilación llega el
mismo 14. ¡Este bárbaro de Lavalle
había fusilado a Dorrego por su orden apelando tontamente a la historia!
Rápidamente del Carril vuelve a escribir: “Es conveniente que recoja Ud. una acta del consejo verbal que debe
haber precedido a lo fusilación.
Un instrumento de esta clase redactado con destreza será un
documento muy interesante para su vida póstuma... El Sr. D. J. A. (don Julián Agüero) y Don B. R. (Bernardino
Rivadavia), son de esta opinión y creen que lo que se ha hecho no se completa
sino se hace triunfar en todas partes la causa de la civilización contra el
salvajismo”. Es el gabinete
presidencial en pleno quien aconseja el fusilamiento civilizador, levantando
actas en que conste el salvajismo de los gobernadores.
Pero Lavalle no entiende. ¿Si era un acto de patriotismo fusilarlo a
Dorrego, por qué retacearle la gloria del por mi orden?. Del Carril vuelve a insistir en carta
del 20 en un último intento de convencer a esa espada sin cabeza de no
apelar al juicio de la historia sin tomar precauciones: “Incrédulo como soy de
la imparcialidad que se atribuye a la posteridad... la posteridad consagra y
recibe las deposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y
sobrevivió... Yo no dejaría de hacer
algo útil por vanos temores. Si para
llegar siendo digno de un alma noble es necesario envolver la impostura
con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la
posteridad se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”.
Pero Lavalle sigue sin entender y carga con la responsabilidad exclusiva del fusilamiento (16).
Corrió el año 29 en que debió lograrse la unidad
a palos; y del Carril – ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores
de Lavalle – asiste imperturbable a la ruina de sus ilusiones. Inútilmente cayeron tras la de Dorrego las
cabezas de Cabello, de Meza y de tantos más; inútilmente se estableció el
terror (1829 es el único año en Buenos Aires, en que las defunciones superaron
a los nacimientos) (17), el gobierno unitario no se consolidaba. En junio Lavalle pacta con Rosas en un
último intento de elegir un gobierno que satisfaga por igual a ambos partidos;
pero del Carril y el partido unitario no cumplen el pacto y llevan a los
comicios una lista puramente unitaria, produciéndose el fraude más sangriento
que registra nuestra historia cívica.
Lavalle lo desautoriza y harto de sus amigos se entrega totalmente a los
federales en el nuevo pacto de Barracas.
Del Carril renuncia el ministerio y prudentemente fija su domicilio en
el Uruguay. Empieza el largo exilio que
habría de durar hasta 1852.
Es amargo el pan del destierro en los
primeros diez años de la emigración, pero las cosas mejoran en 1838 cuando se
crea la Comisión Argentina aliada del almirante Le Blanc en su conflicto
contra la Confederación: del Carril la integra con mejores títulos que nadie, y
la Comisión gasta en poco tiempo dos millones de francos oro para hacer
propaganda por la civilización
francesa contra la barbarie americana (18).
Después obtiene el cargo de Comisario de abastecimientos de la escuadra
bloqueadora y establece su residencia en la fragata Bordelaise. Hasta que el tratado Mackau lo arroja a
Río Grande, ya que los cañones del Cerrito hacían muy peligrosa la estada en
Montevideo.
Después de Caseros se puso la divisa punzó en
la solapa – pues el ex-ministro de Rivadavia confesó haberse convertido al
federalismo leyendo La Democratie en Amerique de Tocqueville – y se hizo
infaltable a las reuniones de Urquiza en el caserón de Palermo. Ya no rezaba con él “ese renombre odioso de
salvajes unitarios que perturbaron la tranquilidad de la Patria y
comprometieron su independencia” de la proclama de Urquiza del 21 de febrero
obligando al uso del cintillo punzó. En
los salones de Palermo era escuchado con respeto pero sin convicción:
"Sentencioso en el hablar, enfático en la acción y de aspecto imponente –
así lo vió Quesada – cuando no se hallaba en presencia del general Urquiza
parecía la estampa de un hombre de estado.
Pero toda esa gravedad magistral se convertía en dúctil cera en
presencia de Urquiza. Yo me sentía
avergonzado de esa perpetua aquiescencia para todo lo que decía o hacía el
general: sumisión en el fondo y en la forma, especie de servilismo” (19). Urquiza lo hizo Consejero de Estado primero,
junto a Nicolás Anchorena y Felipe Arana – los grandes amigos de Rosas – y más
tarde diputado por Buenos Aires al Congreso de Santa Fe.
Se embarcó con Urquiza a bordo del vapor
inglés “Countess of Londsdale” el día 9 de septiembre rumbo a Santa Fe.
Los diarios porteños despidieron al Libertador
y a los esclarecidos representantes, sin perjuicio que al
amanecer del 11 como dice Groussac, trocaran en tirano al Libertador y
en alquilones a los esclarecidos representantes a las primeras dianas de
la revolución triunfante. Del Carril se
quedó de a pie con la revolución, pues una de las primeras medidas del gobierno
de Alsina fue anular su acta “por haberse realizado la elección sin
concurrencia de pueblo.
Pero estaban vacantes las bancas de San Juan, ya que Benavídez había anulado una primera elección hecha a favor de Sarmiento, cuya ruptura con Urquiza hizo necesaria su exclusión del Congreso. Y del Carril, venciendo su repugnancia a dirigirse a una “de las cabezas de hidra del caudillismo” le escribe a Benavídez una larga carta el 4 de octubre, hablándole de la necesidad de nombrar en San Juan constituyentes dignos y de experiencia, carta que termina con un sugestivo “tengo el gusto de ofrecerme” (20). Benavídez le remite a vuelta de correo un acta de diputado, para cuya elección había tenido que reformar la ley de la provincia que exigía la condición de vecindad en los electos.
Esta designación desconcertó a sus coterráneos. “¿El señor Carril, el liberal de 1824, el autor de la Carta de Mayo, el sanjuanino ilustrado, soportará paciente esta injuria que se hace a sus antecedentes patrióticos?” – escribía Tadeo Rojo, y Mitre publicaba la carta en su periódico (21). Hacía más de un cuarto de siglo que los unitarios de San Juan esperaban el regreso de del Carril, y he aquí que el Mesías llegaba en compañías poco claras.
El problema para del Carril era grave: por un
lado le era absolutamente necesario quedarse junto a Urquiza en Santa Fe, y
decorosamente no podía hacerlo sin un cargo que justificara su presencia. Por el otro, su vinculación con Benavídez
iba a quebrar el culto de sus familiares y partidarios celosamente mantenido en
los años de emigración. Lo resolvió
quedándose con el pan y la torta: el 20 de enero de 1853 escribe a Benavídez quejándose
de que “en San Juan haya habido elecciones más o menos irrisorias, las cuales
he visto con amargo sentimiento mezclado
mi nombre”. Le aconseja que renuncie
porque "la situación de San Juan mortifica y alarma, y un imperio no vale
una gota de sangre, una lágrima ni un remordimiento”. Pero claro que él venciendo su amargo sentimiento, se
quedaba por patriotismo con la banca conseguida en esas elecciones más o menos
irrisorias, donde había visto mezclado su nombre.
La contestación de Benavídez fue terrible:
“Un acíbar experimento al no poder excusarlo, y al tener que someter al fallo
de la opinión pública los cargos que me dirige”. Aludiendo a los viejos tiempos de la Carta de Mayo le
dice: “Se acabó la época en que el pueblo de San Juan, con mengua de su
integridad, derechos y soberanía, tenía que humillarse al capricho de los
ambiciosos y a la influencia de la aristocracia”, y recordando la guardia
personal que usaba del Carril: “el gobernador se pasea a solas a cualquier hora
del día o de la noche por la ciudad y suburbios, sin un solo ordenanza, porque
entre él y sus compatriotas hay una confianza recíproca”. Hizo publicar esta correspondencia en un
folleto titulado: Serie de cartas particulares, notas oficiales y
otros documentos cambiados entre S. E. el Gobernador de San Juan y los diputados
al Congreso General Constituyente entre las cuales aquella de del Carril en
que “se ofrecía” –. Pero el
constituyente no se sintió inmutado para cumplir su misión histórica en Santa
Fe.
Después del Congreso su carrera política y su
fortuna personal tomaron un camino de franco ascenso. Triunviro en 1854;
Vicepresidente de Urquiza, ejerciendo la efectividad presidencial casi todo el
período; jefe indiscutido del grupo de porteños que disputaban a la facción
cordobesa de Derqui el favor de Urquiza y el manejo de la Confederación; la
vida de del Carril en Paraná fue constantemente dedicada al servicio de la
Patria: “¿ Qué hacía Carril en tiempos de Urquiza ? – se pregunta
Mansilla parodiando a Sieyes – vivir... y aumentar su caudal” La vejez
se acercaba y la suerte de la política, lo sabía por experiencia, era muy
variable. “Volvía de la emigración –
dice Quesada – con la resolución decidida que no ocultaba a sus íntimos
de no emigrar otra vez con los bolsillos vacíos Emigrado y pobre vivía
en modestísima situación... todos hemos conocido aquí (Buenos Aires, 1885),
al señor del Carril que ha muerto muy anciano, millonario y convertido
al seno de la Iglesia Católica, apostólica y romana después de haber profesado
teorías volterianas y aun ateas.” El cauto José María Zuviría, en el
ditirambo que ha dejado de los constituyentes del 53 se extraña de que el
antiguo unitario concluyera “por perder de vista el punto honesto de
partida" y que hubiera “modificado un tanto las altas ideas
de probidad y entereza de carácter para lanzarse en las rutas
extraviadas de un vulgar y apasionado anhelo por alcanzar de cualquier
costa bienes de fortuna que lo salvasen en lo futuro del trabajo y la
pobreza del pasado”. Su indiscreto
ex-secretario Mansilla lo pinta en un rapto de sinceridad exclamando ante la
casa de Urquiza frente a la plaza de Paraná: “¡He estado emigrado tantos
años! He pasado tantas miserias (ni he podido educar a mis hijos
debidamente) que tengo horror a la pobreza... ¡y estoy en manos de esa
fiera...!" (22)
En 1860 quiso ser Presidente, pero el favor
de Urquiza se inclinó ante el sencillo y modesto Derqui, que al poco tiempo el
círculo de del Carril supo indisponer hábilmente con el poderoso castellano de
San José. La crisis de Pavón no lo tomó
desprevenido – ¡que había de tomarlo! – y fue él quien negociaría con Mitre la
caída de la Confederación y la salvación de Urquiza. En premio, Mitre lo llevará a la Suprema Corte en 1863,
jubilándose con sueldo íntegro en 1877 durante la presidencia de Avellaneda
(23).
Rivadavia había muerto en 1845 en Cádiz solo
y pobre, pidiendo como un último favor que no lo enterraran en Buenos Aires “y
menos en Montevideo”. Rosas acababa de
extinguirse, también pobre pero nunca amargado, en su exilio de
Southamton. Derqui había muerto en
Corrientes, olvidado y tan extraordinariamente pobre, que el cadáver permaneció
tres días insepulto porque no había con qué pagar el entierro. Solamente sobrevivía del Carril único
testigo de esa época heroica y desinteresada.
Moriría en 1888 casi nonagenario. Sarmiento, su coterráneo y enemigo habló en
el entierro y allí, sin que nadie se asombrara, reconoció en una de sus
genialidades haberse equivocado cuando la segregación de Buenos Aires: “A
Carril debemos ser hoy argentinos” – dijo borrando la Carta de Yugay, la
polémica con Alberdi, el
ministerio con Mitre – “en 1852 tomó el camino que le indicaban su mayor
experiencia y sus vistas de hombre de estado” (24).
Su muerte fue un duelo nacional: los diarios
enlutaron sus páginas, y la bandera quedó muchos días a media asta.
(1) Víctor Gálvez (Vicente C. Quesada), Memorias de un Viejo, pág.
197.
(2) “Este viejo vale mucho.
Todos los documentos públicos y actos importantes del Congreso los
debemos a él. Es su principal autor”. (Lavaisse a Taboada, ag. 28 de 1853, en
“Gaspar Taboada”, Los Taboada, III, 93).
(3) José María Zuviría, Los Constituyentes del 53 (ed. 1889),
página 77.
(4) Lucio V. Mansilla. Retratos y Recuerdos, (ed. 1894),
pág. 40.
(5) D. F. Sarmiento, Obras completas, XVII, 89.
(6) Víctor Gálvez, ob. cit., pág. 197.
(7) Víctor Gálvez, ob. cit., pág. 198.
(8) Mariano de Vedia y
Mitre, Estudio constitucional sobre la Carta de Mayo, pág. 7.
(9) Carta del 6 de noviembre de 1825 tomada del proceso de quiebra de la
Mining Association en 1826. Esta
carta y las que cito a continuación fueron dadas a conocer en varias
oportunidades: por Dorrego en El Tribuno, el 26 de junio de 1821; por
Dorrego y Moreno en su folleto Refutación a la Respuesta (Bs. As.,
1827); por Vicente Fidel López en su Historia de le República Argentina, t.
X, págs. 272 y 273 (edic. de 1893); por José María Rosa en Defensa y pérdida
de nuestra independencia económica págs. 145 a 147. También la menciona
Pedro D’Angelis en su articulo del “Archivo Americano” (1ª época). El
general Rosas y los salvajes unitarios. El que no se ha enterado todavía de
ellas es el señor Piccirilli, autor de una exhaustiva historia de Rivadavia en
dos tomos, entiendo que premiada.
(10) Carta del 14 de mayo dé 1826 (Referencias en la nota 9).
(11) Son muchas las referencias a esta financiación de la guerra civil
por la propia Presidencia. Las notas
del ministro Agüero y de José Miguel Díaz Vélez, transcriptas en El Tribuno,
vol. II, págs. 221 y 241.
El rescripto de Quiroga devolviendo el ejemplar de la Constitución que
le mandaba Velez Sársfield: “No quiere tratar con un poder que le hace
la guerra”. La nota de Tezanos Pinto
sobre su comisión a Santiago del Estero: “El gobernador (Ibarra) dijo que el
Pte. de la República era el que hacia la guerra a las provincias. El Comisionado (Tezanos Pinto), contradijo
una aserción tan falsa como maliciosa y exigió las pruebas al
gobernador... Este abrió un cajón y presentó los libramientos girados
por los gobiernos de Salta y Tucumán contra la Tesorería Nacional".
A mayor abundamiento existe la confesión de
Lamadrid en sus Memorias. Pero, por
supuesto, nada de eso impide que el señor Piccirilli y el doctor Vedia y Mitre
sigan afirmando que la guerra civil no era fomentada por Rivadavia.
(12) Juan Manuel de Rosas le escribía a Quiroga en la Carta de la
Hacienda de Figueroa (dic. 20-1834). “¿Habremos de entregar la
administración general a ignorantes, aspirantes, unitarios y toda clase de
bichos?
¿No vimos que la constelación de sabios no
encontró más hombre para el
gobierno general que a don Bernardino
Rivadavia, y que éste lo hizo venir de San Juan al doctor Lingotes para el
Ministerio de Hacienda, que entendía de este ramo como un ciego de
nacimiento de astronomía?”
“La Ley de los Lingotes – observa
Vicente F. López, Historia, X. pág. 287 – es lo más absurdo que se haya
conocido y lanzado en país alguno”.
Una de, las tantas curiosidades de esta ley es
que el canje de los lingotes se hacía por la tercera parte de los
billetes presentados. Nada decía sobre
las otras dos terceras partes que es de suponer podían volver a canjearse al
día siguiente, obteniéndose una tercera parte de las dos terceras partes
de lingotes, y siguiéndose así hasta la suma total. Esta observación, hecha por Vidal al
discutirse la ley, quedó sin respuesta por parte del ministro.
(13) La recepción de Tezanos Pinto por Ibarra es aleccionadora.
El delegado del Congreso apenas llega a Santiago del Estero le pidió audiencia
solemne al Gobernador; éste le mandó decir que “pase cuando guste”. Tezanos Pinto fija su recepción para las dos
de la tarde del día siguiente (29 de enero), y vestido de frac se dirige con el
ejemplar de la Constitución y un discurso preparado a la Casa de Gobierno. Le extraña encontrar la puerta cerrada y que
no estuviera formada la guardia. Ante
su llamado le abre una china en chancletas que sin ceremonia alguna lo lleva
ante el gobernador, quien estaba “en un traje semisalvaje, una forma que choca
al pudor y al decencia”, en calzoncillos y con la camisa abierta. Debe convenirse que en Santiago del
Estero, a las dos de la tarde de un 29 de enero el traje de Ibarra era más
apropiado que el de Tezanos Pinto.
La conversación entre el Delegado del Congreso y el Gobernador –
descripta por el propio Tezanos Pinto en su Informe – no tiene
desperdicio. El Delegado habla de la
Constitución y de la gran obra legislativa hecha por el Congreso; Ibarra le
dice que no tiene objeción alguna que hacer a lo escrito, pero “que se
legislaba de un modo y se obraba de otro, pues el Presidente de la República le
hacía la guerra a las provincias”.
Tezanos Pinto le exigió indignado pruebas de esa aserción tan falsa
como maliciosa, e Ibarra abriendo un cajón le muestra las libranzas que
había tomado a Lamadrid y que aparecían pagadas por la Tesorería Nacional de
Buenos Aires. Tezanos Pinto se enrieda
en las cuartas, explica que el Presidente no había hecho sino cumplir con la
más esencial de sus obligaciones al tratar de eliminar las situaciones
federales del interior. Pero dándose
cuenta lo difícil que era convencer a Ibarra de que él Presidente había hecho
bien en financiar una guerra contra él, se retiró a su casa. Al llegar lo alcanzó un soldado: “De parte
de S. E. que se ha olvidado el librito” y le entrega el ejemplar de la
Constitución. Antes de las 24 horas volvía a Buenos Aíres a dar cuenta del
desafuero cometido.
(14) “Fuera de estos cargos concurría también como millón y medio de
pesos fuertes en letras giradas por el señor Carril desde el 3 de julio (la
fecha debe notarse, pues es la de la separación del señor Rivadavia) contra la
Tesorería del Banco" (V. F. López, Historia, X, pág. 325).
Respecto a los muebles de la casa de gobierno, la referencia es de López
(X, 326): “Hasta la casa de gobierno había quedado desmantelada y sin menaje;
sus piezas estaban reducidas a paredes desnudas y deterioradas, pues resultaba
que todo lo amueblado, hasta el del despacho presidencial había sido de
propiedad del señor Rivadavia traído de Europa," y que antes de dejar el
poder había trasladado todo a su nueva habitación, conociendo la insolvencia
del nuevo gabinete para abonarle su valor”.
(15) V. F. López, Historia, X, pág. 351 (nota)
(16) Las cartas de del Carril y de Varela fueron dadas a conocer por
Angel Justiniano Carranza en “La Nación”, viviendo aún del Carril. En 1886 las recopiló en un volumen Lavalle
ante la justicia póstuma. Esta publicación
tuvo ribetes de escándalo, pues nadie sospechaba entonces la participación del
Presidente jubilado de la Suprema Corte en el fusilamiento de Dorrego.
Lavalle mostró estas cartas a Rosas en su entrevista de Cañuelas, “lamentando
amargamente su gravísimo y funesto error, quejoso y enfurecido contra los
hombres de la lista civil” como escribió Rosas en el margen de la carta de
Roxas y Patrón de sept. 2-1869 (Saldías, Historia de la
Confederación, II, 80, ad. 1945).
(17) Ver Eliseo F. Lestrade, Rosas, Estudio
demográfico sobre su época (Rev. del lnst. J. M. Rosas Nº 9). Hubo en 1829 – año de gobierno unitario –
4.658 defunciones, cuando en 1828 solo había
habido 1.788, y en 1827: 1.904.
Debe de tenerse en cuenta que en las solas elecciones del 26 de julio,
en la pequeña ciudad de entonces, murieron de muerte violenta, en un día, 76
personas, además de inumerables heridos graves. En la demografía de la prolífica Buenos Aires, qué ese año
del gobierno unitario, el único en que el número de fallecidos sobrepasó al de
nacimientos.
(18) Guizot (leyendo las instrucciones
dadas por Thiers a Mackau):
“Estaréis en presencia de auxiliares que no
habrán querido o no habrán podido cumplir sus promesas, para cuyo éxito han
pedido y recibido de nosotros socorros, sin retribuirnos, ni aún en leve
proporción, los servicios
que han recibido de nosotros”.
Thiers (interrumpiendo la lectura): Eso se dirigía a Lavalle... (Sesión
de la Cámara de Diputados francesa, de 29 de mayo de 1845. Transcripta por el Archivo Americano Nº
16).
Thiers (en la misma sesión): “El honorable Mr. Guizot puede ponerse
perfectamente de acuerdo con el Presidente anterior, porque los dos millones de
que ha hablado ayer, imputados a ministerio en 1840, y que se creía haber sido
gastados para los grandes sucesos de Oriente, esos dos millones han sido
gastadas en gran parte en Montevideo, y he dado esos dos millones según las
órdenes del Sr. Mariscal Soult para esa política de intervención que consistía
en ganar aliados en Montevideo” (Arch. Americano Nº 16).
J. B. Alberdi a S. Zavalia (Desde Montevideo, abri1-1840): “Aquí hay de
todo, plata, hombres, buques... ustedes pidan.
Estoy autorizado para escribir así”. (Saldías, Historia de la
Confederación, IV, 132).
(19) Víctor Gálvez (Vicente C. Quesada): Memorias de un viejo, pág.
198.
(20) Esta carta y otras que se citan más adelante figuran en la
publicación: Serie de cartas particulares notas oficiales, etc., cambiadas
entre S. E. el Gobernador de San Juan y los diputados al Congreso
Constituyente (San Juan, Imprenta Oficial, 1863).
(21) Cartas de Tadeo Rojo a “Los Debates” de Buenos Aires,
que Mitre publica bajo el seudónimo Un sanjuanino. La elección de Carril fue el 11 de diciembre y obtuvo la
unanimidad de los 806 sufragios registrados.
(Archivo Mitre, XIV, 120 a 126).
(22) Mansilla, Retratos y
Recuerdos, pág. 41; Quesada, Memorias de un viejo, pág. 196;
Zuviría, Los Constituyentes de 1853 (ed. 1889), pág. 74-75.
(23) V. F. López, Historia Argentina: “Después de muchos
años de pobreza en la expatriación, el señor Carril se adhirió al servicio del
general Urquiza. Algún tiempo después
regresó a Buenos Aires con una pingüe fortuna y pidió jubilación con sueldo
íntegro por haber sido Presidente de la Suprema Corte de Justicia” (t. X. pág.
440, nota).
(24) El discurso de Sarmiento figura en las Obras Completas, en
nota final a la áspera carta que le mandara en 1856 (t. XVII, pág. 89).