Saldías
– Revista del Inst. J.M. de Rosas nº
22 1960 18 páginas 9.650
palabras
de la Confederación Argentina”
JOSÉ MARÍA ROSA
1. – La generación del 80.
Adolfo Saldías, nacido en Buenos
Aires en 1850, pertenecía a la llamada generación del 80; caballeresca y culta
hermandad de firmes convicciones liberales y convencimiento absoluto en los
destinos ascendentes de la Argentina – Carlos Pellegrini, Aristóbulo del Valle,
Lucio López, Joaquín González, Eugenio Cambaceres – consagrados a la política,
al foro, a las letras, y a veces a la historia. Advenidos tras los rezagos románticos de Caseros – Mitre, Adolfo
Alsina, Vicente Fidel López –, educados en las escuelas de Sarmiento y en la
Universidad de Juan María Gutiérrez, los jóvenes del 80 tenían la gran
responsabilidad de constituir la primera promoción del liberalismo triunfante
en 1852.
Saldías estudió derecho en la
Universidad de la calle del Perú, donde el colombiano Florentino González
dictaba Constitucional y don Manuel de Zavaleta, Economía Política. “Constitucional” era la exégesis de las
declaraciones, derechos y garantías del sagrado estatuto del 53 – en cuyo
códice original estaba la firma del Rector Gutiérrez –, y “Economía Política”
el postulado del dejar hacer liberal dentro del estado-gendarme ideal. En frases de trabajada retórica, tan grata
al gusto de la época, explicaban los maestros sus lecciones sin advertir – sin
que la miopía general pudiera advertirlo – que ese “dejar hacer” de los textos
europeos consolidaba el dominio económico de las empresas extranjeras, y esas
garantías individuales eran aplicadas exclusivamente por la respetada Suprema
Corte – donde distribuían justicia Salvador María del Carril y José Benjamín
Gorostiaga, constituyentes del 53 – cuando las empresas foráneas no querían
pagar los impuestos nativos.
Ya la Argentina del 80 había dejado
de ser de los argentinos, pero los jóvenes egresados de la Universidad no
podían saberlo. El dominio extranjero
penetró sutilmente, y antes de llegar al campo material se había apoderado del
espiritual. Las cosas concretas – patria,
pueblo, justicia – se expresaban en sus mentes atiborradas de retórica por
generosas abstracciones: Libertad, Humanidad, Civilización. Creían habitar un país “en marcha
continua hacia los grandes destinos que se diseñan en el horizonte” como
recitaban los discursos del Rector en los aniversarios cívicos. No podían advertir que las frases y símbolos
tapaban una pobre realidad sin patria, ni pueblo, ni justicia. Si atinaron a comprender más tarde la
tragedia de la Argentina, ya habían llegado las responsabilidades de la edad
madura y callaron con prudencia para no abdicar una posición económica, una
situación política o un rango social imprescindibles: fueron gobernantes,
periodistas, jueces y abogados del capital foráneo, y llegados a las cátedras
repetirían, sin convicción, las frases aprendidas de sus maestros.
2 – Le Argentina del 80.
La Argentina, la Argentina visible y
audible que era “todo el país” en el pensamiento de los contertulios del Club
del Progreso y en las gacetillas y editoriales de los diarios políticos o
independientes, era una parte cuantitativamente reducida de quienes habitaban
la República. Eran tan sólo una clase
de la sociedad; pero que pensaban y sentían como si fuera la sociedad
entera. Sus integrantes se repartían
exclusivamente los cargos públicos en un juego electoral de oficialistas y opositores
de salón – alsinistas y mitristas – alternativa o conjuntamente partícipes del
poder. A veces se daba colorido a esta
oposición con la muerte de algunos chinos arrastrados por lealtad criolla a los
combates de los atrios electorales o de los cantones revolucionarios; pero
enseguida llegaba el “acuerdo” o la “conciliación”, y Mitre y Alsina se daban
un abrazo histórico y distribuían fraternalmente las posiciones
públicas. De esa única clase salían
también los abogados de los bancos extranjeros que regulaban el crédito y daban
valor al peso, o los asesores de las grandes empresas con directorios en
Londres que se iban quedando con los ferrocarriles fiscales, los saladeros y
aún las estancias. Para lectores de esa
clase única se editaban los diarios de la época ayudados con los avisos y
suscripciones de los bancos y las empresas. O se escribían poemas “nativos” donde gauchos del Bragado
narraban óperas de Gounod.
Era una clase y no una casta. Abierta a quienes compartieran la convicción
de ser “todo el país”, y sirvieran lealmente los ideales generosos de la
Libertad, no excluía a nadie por razón de nacimiento ni posición
económica. La unidad la hacía la
conciencia, y de manera alguna la sangre (repudiada en una República) o el
dinero: aunque mansamente la derrota (“el que gana su comida / güeno es que en
silencio coma”) o medrar con la protección de los poderosos en esa
Argentina que ya no era de ellos
(“hacete amigo del juez / no le des de que quejarse / y cuando él quiere
enojarse / vos te debés encoger”).
El pueblo criollo, reducido a los
Vizcachas acomodados o los Picardías malandrines, ya no contó en la
sociedad. La libertad de comercio del
53 trajo la invasión de manufacturas inglesas que significó el cierre de los
talleres artesanales protegidos hasta entonces por la política aduanera de
Rosas; los carreteros y troperos quedaron eliminados o poco menos por la
competencia desigual del ferrocarril; desaparecieron ¡milagros del crédito
hipotecario y la usura rural! Las “suertes” de pequeñas propiedades de los
tiempos de Rosas, como también el régimen de aparcería de los arrendamientos
pastoriles. Y poco a poco los rezagos
de la población criolla, los nietos de los forjadores de la Conquista, los
hijos de los héroes de la Independencia, los bravos de la Restauración, se
refugiaron a malvivir en el ocio de las orillas de las ciudades como una masa
extranjera en la tierra que había sido de sus mayores. Allí – repito palabras de Scalabrini Ortiz –
“con frases capciosas sus virtudes fueron tergiversadas en vicios; su valor en
compadrada; su estoicismo en insensibilidad; su altivez en cerrilidad”. Ya no fueron un problema político: solamente
de policía y de cárceles.
Cumplíase el ideal de Caseros: una
Argentina donde una clase “educada y racional” fuera todo el país. No quedaban masas populares con sus
absurdas reivindicaciones, temibles montoneras o incómodos caudillos. Lo quisieron, invocando a la Constitución
triunfante, los intelectuales del 52: Alberdi lo había enseñado en sus Bases
(“Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema
de gobierno para la población... necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces
para la libertad”), y Sarmiento advertido en sus sinceros – y hoy olvidados con
prudencia – Comentarios a la Constitución (“Son las clases educadas las
que necesitan una constitución que asegure sus libertades de acción y de
pensamiento. Una constitución no es
para todos los hombres: la constitución de las clases populares son las leyes
ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad.”)
4. – Los gringos.
Pero una sociedad no puede vivir sin
una clase laboriosa: sin brazos que levanten las cosechas, manos que salen la
carne, ojos que vigilen las máquinas, músculos que muevan las fraguas. Era necesario una masa popular – como para
los patricios de Roma cuando la retirada al Monte Sacro – que cumpliera las
funciones inferiores pero imprescindibles de la convivencia humana.
Llegaron entonces los “gringos”.
La Argentina de Caseros, “para
realizar la República ciertamente”, había llamado a los anglosajones por la
pluma del perdí de las Bases: si “la libertad era una máquina que como
el vapor requiere maquinistas ingleses”, el gobernar es poblar exigía
una repoblación con “las razas viriles del norte de Europa”, después de la
previa e imprescindible despoblación de criollos “incapaces de libertad”.
Pero el gran tucumano resultó un
gran ingenuo. No vinieron “los obreros
ingleses que trabajan, consumen, viven digna y confortablemente” a hacer una
república anglosajona apta para el funcionamiento correcto de las instituciones
políticas adoptadas. Ni siquiera con la
promesa de consentirles “hasta el encanto de nuestras hermosas y amables
mujeres” que serían mejor fecundadas por ellos que por nosotros. La inmigración sajona en masa, soñada por
los hombres del 53 no se produjo y vinieron tan sólo gerentes y técnicos. Las instituciones políticas sajonas,
establecidas para recibirlos, quedaron en el aire.
En cambio aprovechó las franquicias,
y se coló sin invitación por los puertos de Buenos Aires y Rosario una
muchedumbre famélica y laboriosa de napolitanos y gallegos. Ante el estupor racista de Alberdi que
clamaba en 1871 contra la tergiversación del gobernar es poblar (“poblar
es apestar, corromper, embrutecer cuando se puebla con las emigraciones de la
Europa atrasada” bramaba en Peregrinación de Luz del Día.) Pero si no
eran los hombres “viriles del norte” llamados para desalojar a los argentinos
de la República constitucional, estos meridionales – sin conciencia de formar
un pueblo, sin aspiraciones de ocupar un sitio en la política, sin jefes que
pudieran inflamarlos y conducirlos –, cumplirían en cambio admirablemente las
funciones proletarias en una Argentina necesitada de trabajadores que fueran
solamente trabajadores, sin más preocupación que ganarse el jornal, laborando
en silencio y agradecimiento. No podían
servir para eso los Picardías ventajeros, ni los Vizcachas aprovechadores del
remanente criollo.
Tal era la fisonomía social de la
Argentina del 80. No puede llamársela
una nación, porque le faltaban conciencia, cultura y pueblo
nacionales. Era una colonia. Una colonia próspera y feliz, con la
prosperidad de los imprevisores y la felicidad de quienes ignoran. Una colonia menos independiente y personal,
pero muchísimo menos, que la española anterior a 1810. Con dueños de ultramar más poderosos e
invisibles, “clase principal” más desarraigada del suelo y complaciente con los
dominadores; sin gauderios, orilleros o menestrales que formaran en los alardes
o reseñas de las milicias comunales o acudieran a la plaza al llamado del Caudillo
si “la patria estaba en peligro”; con nativos reducidos al ocio en
reducciones y encomiendas más miserables que las indígenas del siglo
XVIII. Y donde una multitud de esclavos
blancos, tan bozales como los africanos y más ausentes de la sociedad que
ellos, cumplía con maña y tesón y sin dar preocupaciones, su papel de clase
inferior y laboriosa.
Una colonia para una o
dos generaciones, pues nacerían los hijos de los gringos y... pero es
otro capítulo que no pertenece a la descripción de la confiada sociedad porteña
del 80, donde el joven abogado Adolfo Saldías se iniciaba con ardiente fe
liberal, en la profesión, el periodismo, la política y las letras.
5. – La enseñanza de la historia.
El gran instrumento
para quitar la conciencia nacional de los argentinos y hacer de la Patria de la
Independencia y la Restauración la colonia adiposa y materialista del 80, había
sido la falsificación consciente y deliberada de la Historia.
No bastaba con la
caída de Rosas, ni con las masacres de Pavón.
Era necesario, imprescindible, dotar a la nueva Argentina de una idea de
patria que no fuera la tierra, los hombres, la tradición, o alguna de esas
cosas que dan a toda patria su fisonomía particular y constituyen su razón de
ser. Se enseñó que la Argentina eran
las “instituciones” (las instituciones copiadas), la libertad, la civilización,
o cualquier abstracción universal. Los
argentinos tendrían al “amor a la libertad” (libertad para pocos) como el
fundamento único de la argentinidad.
Quienes fueran enemigos de esa “libertad” – si llegaba a ocurrir el
absurdo – serían infames traidores a la patria, como lo decía la constitución,
y merecedores de los cuatro clásicos tiros por la espalda.
Pero la historia
mostraba otra cosa. Era el relato del
nacimiento, formación y defensa de una nacionalidad: había en ella hálito de
pueblo, traiciones de oligarquías, coraje de grandes caudillos, gestos de
auténticos patriotas, que no se avenía con el liberalismo triunfante en
Caseros. Por eso la preocupación
primera de los hombres de Caseros, aun antes de pensar en la Constitución para
copiar y en los hombres para poblar, fue la falsificación de la historia. La historia es la conciencia de los pueblos,
y una nueva conciencia estabilizaría el triunfo eventual de la oligarquía y
haría innecesarias más medidas de represión.
Dotar a la Argentina de una historia “arreglada” (la palabra es de
Alberdi), de “mentiras a designio”; (la frase es de Sarmiento) que se
interpusieran como una muralla china entre los argentinos y su pasado.
Se amañó la historia en
consecuencia. Se adaptó (como en toda
América) la leyenda negra de la conquista española, preparada por los enemigos
de España, como si fuera el Evangelio mismo: Juan María Gutiérrez habló en sus
libros de los crueles conquistadores y lujuriosos frailes que
España nos enviara para nuestro mal a poco del descubrimiento casual de
Colón. Se mostró a la Revolución de
Mayo como un complot de doctores ansiosos de libertad de comercio y libertad
individual; para llevar sus beneficios había ido Belgrano al Paraguay y al Alto
Perú y San Martín a Chile y al Perú. No
había amor a la tierra y a las tradiciones, no había eclosión turbulenta y
magnífica de un pueblo, no había jefes populares ni defensa de la independencia
por la independencia misma. Todo pasaba
en una sola clase social: todo por móviles extranacionales. Don Bernardino Rivadavia, de vinculaciones
sospechosas con empresas británicas, que gobernara de espaldas a la realidad,
dislocase en cuatro porciones insoldables el antiguo virreinato, e hiciera
dictar una constitución donde no votaban los jornaleros ni peones (unánimemente
rechazada por el país entero) fue tenido por “el más grande hombre civil de la
tierra de los argentinos”.
El amaño fue relativamente fácil
hasta allí. Pues la “leyenda negra”
había sido confeccionada en Inglaterra y Estados Unidos sirviéndose de
auténticos materiales españoles, inteligentemente dispuestos e interpretados; y
la concepción oligárquica y extranjerizante de la Revolución existió realmente,
sino en los hombres de 1810, por lo menos en los mayos de 1838 con
Echeverría a su frente.
Era cuestión entonces de ocultar
simplemente la existencia de un pueblo o negarlo como “montonera” cuando
irrumpió en el año 20, y expulsar de la nacionalidad como anarquistas a los
jefes populares con Artigas a la cabeza.
San Martín y Belgrano no serían presentados como hombres de pensamiento
político definido, ni expuestas sus opiniones sobre las cosas y los hombres de
la tierra, sino como héroes de alto, pero único, valor militar.
Con esos materiales se podía
fabricar la “historia” de la primera década independiente, y tal vez avanzar en
la segunda hasta el fracaso de Rivadavia en 1827 “por las ambiciones y barbarie
de los caudillos”. Fue lo que hicieron
– con abundantes pruebas documentales -aquél, y una fértil y poderosa
imaginación éste – el general Mitre y el doctor Vicente Fidel López. Aquél en su Historia de Belgrano y la
independencia Argentina que llegaba a la muerte del héroe epónimo en 1820;
y éste en su Historia de la República Argentina con el alcance hasta
1828.
No se podía avanzar más allá. Porque más allá estaba Rosas. Y la época de Rosas era un problema muy
serio. En ella surgía, sin tergiversaciones
posibles, un pueblo imponiéndose a una oligarquía, una nacionalidad enfrentando
y dominando las fuerzas poderosas de ultramar, un Jefe de extraordinarias
condiciones políticas e invulnerable honradez administrativa. No se podía tergiversar la historia de los
tiempos de Rosas (como se había hecho con Artigas, por ejemplo) porque había
cosas que no admitían tergiversación: no se podía negar la unidad nacional del
Pacto Federal, la constitución de la Confederación Argentina, el entusiasmo y
participación populares y sobre todo la defensa de la soberanía contra
Inglaterra y Francia; no se podían separar tampoco los “ejércitos libertadores”
ni las “asociaciones de Mayo” de esas agresiones extranjeras y sus fondos de
reptiles, ni ocultar al cañón de Obligado, ni a la victoria definitiva de los
tratados de Southern y Lepredour. Ni el
hecho de que Rosas fuese vencido por Brasil al adquirirle el general (y con el
general el ejército) encargado de llevar en 1851 la guerra al Imperio enemigo.
No.
A la época de Rosas no se podía estudiarla. Era necesario negarla en bloque; condenarla sin juicio previo: tiranía
y nada más.
El problema se presentó a los
legisladores porteños en 1858 al dictar la ley que declaraba a Rosas reo de
lesa Patria. No lo hicieron porque
así lo sintieran. Lo hicieron con la
esperanza de que un fallo solemne impidiera una posterior investigación de
carácter histórico por el argumento curial de la cosa juzgada. Lo dijo el diputado Emilio Agrelo (“No
podemos dejar el juicio de Rosas a la historia ¿ qué dirán las generaciones
venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿ Que el general San
Martín le hizo donación de su espada? ¿ Que grandes y poderosas naciones se
inclinaron ante su voluntad? No, señores diputados. Debemos condenar a Rosas, y condenarlo con términos tales que
nadie quiera intentar mañana su defensa”).
Absurdo, pero así fue.
Para la enseñanza escolar o
secundaria bastaba rellenar los años posteriores a 1829 con los cargos contra
Rosas de los escritores unitarios al servicio de los interventores
europeos. Pues como Aberdeen, Guizot y
Thiers necesitaran presentar su empresa colonial como una cruzada de la
Civilización contra la Barbarie (como se presentan en todos los tiempos, todas
las empresas coloniales de todos los imperialismos), existía una abundante literatura
de horrores cometidos por Rosas, que iban desde el incesto con su hija a la
venta de cabezas de unitarios como duraznos por las calles de Buenos Aires,
pasando por rostros adobados con vinagre y orejas ensartadas en alambres que
adornaban su salón de Palermo.
La presentación del monstruo, que
tanto había impresionado a la clientela burguesa de Le constitutionelle de
Thiers, hasta arrancarle un apoyo a las intervenciones que llevarían la
civilización a los sauvuges sudamericains (no ocurrió lo mismo en
Inglaterra, pese al Manchester Guardian y a los discursos de Peel, tal
vez por el mayor sentido común de los británicos) serviría ahora para
adoctrinar a los niños argentinos en el horror al “tirano” y el repudio a sus
“secuaces”. Todo lo que pudo servir
contra Rosas (Tablas de Sangre, novelas como Amalia, poesías
condenatorias; alegatos de resentidos,
chismes de comadres) fue vertido en dosis educativas en los libros de texto
como definición de la “tiranía”. Contra
ella los auxilares del imperialismo lucharon veinte años con patriótico
desinterés, pues el Catecismo de la Nueva Argentina presentaba un gran demonio
rojo – Rosas – perseguido sin tregua por unos ángeles celestes. Finalmente el Bien se imponía sobre el Mal
como debe ocurrir en todos los relates morales.
En la Universidad el cuadro se
modificaba. Rosas seguía siendo el
monstruo y sus enemigos los hombres de bien. Pero el gran crimen del “tirano” había sido postergar con
argumentos fútiles por veinte años la ansiada constitución – objeto exclusivo
de la revolución de Mayo – hasta caer por uno de sus tenientes (Urquiza)
convertido oportunamente al constitucionalismo y la libertad. Llegó entonces la Constitución de 1853; pero
como Urquiza tenía resabios federales debió esperarse hasta su derrota en Pavón
para que los goces de la libertad se extendieran por toda la Argentina. El 12 de octubre de 1862, con la asunción de
la presidencia por Mitre, se detenía “la historia”. Más allá no había nada importante (fuera del corto epílogo del
Paraguay para abatir a otro “tirano” monstruoso en beneficio de su pueblo
oprimido) y solamente se registraba una galería de presidentes con fecha de su
ingreso y egreso y alguna frase final sobre “los grandes destinos”. Era cierto, ciertísimo que más allá de Caseros
no había historia: las colonias felices, como las mujeres honestas, carecen de
historia.
6. – El funeral por las víctimas de la tiranía.
(24 de abril de 1877)
En esa Argentina
fácil por fraguada y optimista por ignorancia, empezó a actuar el joven
Saldías, egresado de la Facultad de Derecho de Buenos Aires en 1874.
Su pensamiento era ardorosamente
liberal (¿cómo si no?). Quizá más que
el de sus compañeros, porque era sensible y emotivo. Tenía una profunda fe liberal y un celeste horror por las
tiranías y especialmente por “la tiranía”.
Creía en los “individuos” en Ciencia Política y en los “consumidores” en
Ciencia Económica: la libertad individual era la finalidad de todas las buenas
constituciones, y la libertad de comercio el objeto de toda política material
inteligente. No comprendía cómo
algunos reaccionarios y atrasados pudieran ponerlo en duda, y se lo
explicaba por afán de poder ú especulación egoísta. Amaba a la patria y estaba dispuesto a dar la vida por ella, ;
una patria de banderas, himnos, escarapelas, firmemente limitada por los
colores de los mapas. Amaba también las
bellas letras, sobre todo las clásicas que lo embelesaban. Y creía amar al pueblo – se definía
sinceramente como demócrata – porque respetaba todas las opiniones
vertidas en el Club del Progreso.
Con ese bagaje de ideas entró en la
política, previo el necesario ingreso en la masonería para facilitar la
carrera. Alsina lo lleva en 1877 a una
banca en la Legislatura de Buenos Aires.
Cultiva la amistad de Sarmiento (lo ayudó a escribir el prólogo de las
traducciones de Vélez Sársfield y Varela a La Eneida) y admira a
Mitre como historiador y patriota.
Un día – el 20 de abril de 1877 – el
correo de Inglaterra trajo la noticia de la muerte de Rosas en su modesto
retiro de Swanthling, cerca de Southampton.
El viejo gaucho acababa pobre y octogenario con las manos callosas por
el trabajo jamás interrumpido; con el aporte de algunos fieles amigos (y
también algunos que fueron enemigos) se había ayudado cuando la vista decayó y
los brazos se cansaron. Moría
calumniado pero no amargado. ¿ Qué
podían importarle los aullidos de la jauría al legatario de la gloria de San
Martín? Si alguna vez lo entristecieron las calumnias bastábale alzar la vista
y mirar el sable de Chacabuco, único adorno de su choza. Pero nunca dudó haber cumplido con
patriotismo su deber de argentino.
Algunos parientes y viejos amigos de
Buenos Aires contrataron un funeral piadoso en la iglesia de San Ignacio para
el 24 de abril. Y aquí fue la indignación
de todos: no había derecho a “ofender” a Buenos Aires con un funeral por el
“tirano”. Los tiranos no merecían ni
siquiera piedad, ni siquiera podía permitirse que otros tuvieran piedad. Los amigos y familiares de Rosas harían
mejor en ocultar esos lazos de afecto o de sangre que no los honraban.
Bramó Tribuna de los Varela:
“Ese funeral sería la tumba de nuestra dignidad y la carta de ciudadanía para
todo tirano que encuentre llegado el momento”, y amenaza con “invadir
las naves de San Ignacio y arrojar por tierra el túmulo que se erija como
justificativo de lo injustificable: ¡la bárbara tiranía!”. El muy católico José Manuel Estrada exhortó
a sus alumnos del Colegio Nacional, inmediato a San Ignacio: “¡Demos gracias al
Cielo porque sabemos execrar a Rosas!...
Se ha hundido en la eternidad. ¿
Perdón? ¡¡No!! La caridad cristiana perdona al que se justifica en el
arrepentimiento y el dolor, y Rosas no lo ha hecho. Las generaciones argentinas maldecirán perdurablemente sus obras
y su tumba.”
El gobierno prohíbe el funeral “para
mantener incólumes y puros los sentimientos de amor a la libertad y de odio a
los tiranos”. No basta: Es necesario
desagraviar a Buenos Aires por la torpe intentona. Y el mismo 24 de abril en que debieron rezar los familiares por
el alma de Rosas, numerosas personalidades de la política, el foro y la
sociedad porteña invitan a un imponente funeral “por las víctimas de la tiranía
de Rosas” en la Catedral. Adhiere el
gobierno nacional (Avellaneda y Alsina), que dispone la bandera a media asta y
la presencia de los regimientos de línea; adhiere el gobierno provincial
(Casares, Quesada y Varela) que ordena la concurrencia de los empleados
públicos a la “solemne ceremonia” y el desfile del batallón de la provincia. En la Catedral, Mitre y Alsina necesitados
de una “conciliación” se dan un abrazo histórico hermanados en el horror al
“tirano” y la piedad por sus víctimas.
Se vive una jornada emocionante de civismo liberal.
Ajeno a su destino,
Adolfo Saldías firmaba la invitación a la ceremonia de “execración al tirano”.
7. – El “Belgrano” de Mitre y la
“Historia” de López.
Al año siguiente –
1878 – Saldías publica su primer libro Ensayo sobre la historia de la
Constitución Argentina, revista de los códigos políticos ensayados hasta
1853. No entraba, naturalmente, en los
tiempos de Rosas, porque el “tirano” no tuvo constitución escrita ni intentó
tenerla (no sabía aún que llamó cuadernitos a las constituciones
copiadas), y esa ausencia le hacía repetir la frase habitual sobre “la negra
noche de la tiranía”. Pasaba por alto
la creación de la Confederación Argentina, las leyes o constituciones locales
que dieron a cada provincia su personal fisonomía, la evolución del Pacto
Federal hasta el Supremo Poder de 1851.
Lo ignoraba tal vez; tal vez lo despreciaba por bárbaro. Pero con todo había un atisbo poco corriente
en un joven de 27 años que escribía en 1878: llamaba “pueblo” a los anarquistas
del año 20.
No se debió advertir,
porque el Ensayo fue recibido y aplaudido por todos. Mitre desde La Nación dio al joven
diputado alsinista (eran tiempos de “conciliación” y además Alsina acababa de
morir) el espaldarazo consagratorio. El
gobierno adquiere la totalidad de los ejemplares para distribuirlos como
lectura obligatoria en los colegios nacionales.
La buena acogida de
Mitre, lleva a Saldías a frecuentarlo.
Admiraba a Mitre y acreció ese sentimiento por el trato afable y
generoso del patriarca de la calle San Martín.
Acababa Mitre de publicar – en 1876 – la 3º edición de su Belgrano, primera
tentativa en nuestro medio de escribir historia en base a documentos.
El Belgrano, pacientemente
perfeccionado desde el gerundioso panegírico escolar de la “Galería de
celebridades argentinas” de 1858 (que fue su edición príncipe), constituía en
su 3º tirada una obra sólida y
erudita. Sirviéndole de eje la figura
del vencedor de Tucumán, Mitre estudiaba la génesis de la Revolución y el
desarrollo de la primera década de gobiernos patrios. Lo hacía con documentos, tal vez porque los alfilerazos de Vélez
Sársfield en 1864 – que le imputó carencia de información y exceso de
imaginación al tratar a Güemes en la 2º edición del Belgrano – lo
decidieron a coleccionar papeles y libros hasta tener en su casa (no
había entonces archivos públicos organizados) un repositorio imponente.
Con el Belgrano, Mitre
iniciaba la historia objetiva, documentada, científica, de los tiempos
argentinos. Hasta entonces la narración
adjetiva a lo Guizot con sus evocaciones y filosofías había sido la
imperante. Ahora la historia dejaba de
ser un género literario exclusivamente, para tomar, por lo menos, el método de
las ciencias. Pues como todas las
ciencias se proponía conocer y comprender una parte de la realidad; el de la
Ciencia Histórica era conocer el pasado social.
No puede decirse que el Belgrano fue
un modelo de historia objetiva: tiene insalvables lagunas de información y
fallas gravísimas de interpretación (como lo demostraría al poco tiempo Vicente
Fidel López) porque Mitre no era un historiador sino un político, o un general,
o un poeta, o un periodista, en sus múltiples actividades; cada una de cuyas
deformaciones profesionales deja su huella en el libro. Pero, con todo, era el primer ensayo serio
de hacer historia crítica.
Tan entusiasmado quedó Mitre con el
descubrimiento del método histórico, que en 1875, mientras elaboraba el Belgrano,
se había burlado sin piedad de Vicente Fidel López que escribía por
entonces – entre 1872 y 1875 – un estudio sobre La Revolución Argentina primera
forma de su posterior y monumental Historia de La República Argentina, en
diez tomos. López era la evocación
literaria llevada a sus últimas consecuencias: con el solo caudal de la memoria
frágil de su padre, venerable testigo de todo lo ocurrido en todos los gobiernos,
y algunos recortes de periódicos, reconstruía con trazos magistrales a los
hombres y las cosas del pasado íntegro; no necesitaba documentos, le bastaba la
imaginación (él la llamaba “filosofía”) para evocar y comprender todo lo
ocurrido. Era sin duda un escritor de
gran estilo, que sabía dar vida, colorido y movimiento a sus personajes. Solamente que nada tenían de reales.
Mitre, iniciado en los misterios de
la crítica histórica, quiso en 1875 apagar el entusiasmo del chileno Barros
Arana por los artículos de López, escribiéndole una carta (que Barros Arana
tuvo la poca generosidad o discreción de publicar) diciéndole: “este escritor
(López) debe tomarse con cautela... escribe la historia más bien según una
teoría basada en hipótesis, que con arreglo a un sistema metódico de
comprobación... su bagaje es muy liviano. Guiado por la brújula de su teoría afirma en cada página lo
contrarío de lo que dicen los documentos... todo es falso y arbitrario”.
López, que tenía con Mitre una vieja
deuda desde las jornadas de junio de 1852, esperó a que editase su Belgrano metódico
y científico para lanzarse implacable sobre el "método científico” que se
equivocaba más que él. Contestó Mitre
en sus Comprobaciones Históricas; replicó López en sus Rectificaciones;
aclaró Mitre en sus Nuevas Comprobaciones. Y quedó por cierto del estruendoso duelo que ambos tenían
razón: Mitre contra López al decir que la historia debería elaborarse con
documentos, y López contra Mitre porque el general no sabía manejarsé con
documentos.
8. – Génesis de “Rosas y su
época".
Saldías siguió atento y entusiasmado
esa lucha de titanes. Vio en ella la
discusión de dos maneras opuestas de escribir la historia, y tomó campo junto a
Mitre.
Era un admirador del Belgrano (en
su metódica edición de 1876) que le pareció la obra fundamental de la
historiografía Argentina. Lástima
grande que se detuviera en 1820; tal vez incitó al general a continuarla. Pero Mitre prefería valerse de sus
documentos para escribir una Historia de San Martín, con alcance
prudente hasta 1824, al primer regreso del general a Europa. Ir más allá de 1820 ó 1824 exigía una nueva
cosecha de documentos, que no se sentía con fuerzas para recoger. Era tarea de jóvenes.
Lo cierto es que Saldías se dispuso
a continuar el libro del maestro, Veía la historia Argentina en tres etapas
perfectamente definidas: la independencia, la tiranía y la libertad. Mitre había desenvuelto la primera con su Historia
de Belgrano y la independencia Argentina; él seguiría con una Historia
de Rosas y la tiranía Argentina; después llegaría el libro cumbre Historia
de Mitre y la libertad Argentina. Belgrano,
Rosas y Mitre: el iniciador, el destructor y el reconstructor. Vishnú, Shiva y Brahama : la trinidad
Argentina.
Se puso a le obra.
Poco sabía de Rosas: los adjetivos
de rigor, las Tablas de Sangre, Amalia.
No podía hacer historia científica con chismes de comadres
unitarias, panfletos de propaganda política o novelas románticas de
imaginación, por más veraces que le parecieran las afirmaciones y más nobles
las intenciones de sus autores.
Diligente y curioso se puso a
compulsar periódicos de época.
Encontró las colecciones de la Gaceta
Mercantil de Mariño y del archivo Americano de de Angelis. La meticulosidad de los amanuenses del
“tirano” le facilitaban el trabajo: diríase que el mismo Rosas había previsto a
su historiador y allí estaban, sin omitirse ninguno, todos los documentos
oficiales: los de Rosas, los de sus enemigos, de los gobiernos extranjeros, los
comentarioes favorables de la prensa del mundo, los desfavorables
(cuidadosamente rebatidos), los debates sobre el Plata en el Parlamento de
Londres, de París, de Brasil; los debates de la Junta de Representantes de
Buenos Aíres; los mensajes, las notas a los gobernadores, las de éstos. Todo sin omitir una coma, sin cambiar una
frase. Para mayor garantía el Archivo
estaba escrito en tres idiomas: español, inglés y francés. Buscó también los periódicos y panfletos
unitarios.
Imagino el asombro de Saldías al
recorrer las hojas amarillentas.
Descubrir los tiempos de Rosas era penetrar en un mundo desconocido
donde todo era nuevo y sorprendente.
Allí estaba la Patria Vieja con sus gauchos y orilleros, sus “naciones”
de negros, sus milicias, sus colorados, sus serenos; allí la ciudad pintada de
rojo; allí don Juan Manuel, envuelto en su poncho punzó, agrandándose ante el
peligro y desafiando a las escuadras de Inglaterra y Francia.
Absorto leyó y meditó. Comprendió entonces lo que era “patria”, lo
que era “pueblo”, lo que era “soberanía”, lo que era “victoria”. Y supo también lo que era “traición”. Tuvo el orgullo y la vergüenza de sentirse
argentino. Comparó esos tiempos con los
suyos, y vio claras muchas cosas oscuras.
Ayer el entusiasmo de todo un pueblo, la energía de un gran Jefe, la
generosidad criolla, la verdad expresada a gritos, la afirmación vibrante, el
remedio heroico; hoy el “lucro ilegítimo, la mitad de la sociedad tributaria de
la otra mitad, la avaricia sórdida, la explotación vergonzosa, la mentira
erigida en sistema, la virtud puesta en ridículo” (palabras del capítulo 1º de
su libro). Ayer un Dictador con la suma
de poderes, pero por decisión unánime y entusiasta del pueblo que lo acompañaba
con su presencia en todos los momentos; hoy el fraude electoral, los gobernantes
señalados desde afuera, las órdenes de las cofradías o logias secretas (“el
pueblo – que es la nación – jamás toma la personería que le corresponde en esa
cuestión de gobierno que envuelve para él sus intereses más íntimos y vitales”,
escribiría en el mismo capítulo). Ayer
el desafío a los poderosos, el cañón de Obligado, los tratados Southern y
Lepredour; hoy los ruinosos empréstitos a comisión, los ferrocarriles
entregados a los ingleses, los diarios coloniales.
¡ Qué gran equivocación, qué tremenda
equivocación padecían todos con Rosas y su época! Saldías debió consultar a
Mitre. Pero el maestro debió colocarle
sus frases de retórica sobre el triunfo definitivo de Caseros y la
execración – que Saldías se empeñaba en compartir – a tenerse siempre por
"toda tiranía”. Debió hablar
también con Sarmiento, que le repetiría su frase a, Ramos Mexía: “Jovencito: no
tome como oro de buena ley todo lo que he escrito contra Rosas”.
Rosas habría sido un
“tirano” – no dudaba aún de en crueldad ¿ pero merecían otro trato los
traidores a la patria? –, mas también había sido un jefe muy popular, un
gobernante singularmente hábil y enérgico, y sobre todo un gran patriota,
aunque inexplicablemente todos creyeran lo contrarío.
9. – El archivo de Rosas.
Alguien – tal vez el doctor Bernardo de Irigoyen, que en la intimidad guardaba el respeto y la veneración por el Restaurador – le puso en la pista del archivo de Rosas.
La tarde de Caseros,
la gran preocupación del vencido había sido salvar sus papeles; como si comprendiera
que los vencedores los darían al fuego para rehacer la historia a su
manera. En varios cajones los hizo
llevar – su único tesoro – a la Legación inglesa de la calle Defensa, y de allí
al Conflict donde marchó al exilio.
Había cuidado esos
papeles con veneración. Por las noches
de Inglaterra, finalizadas las tareas de la chacra, clasificaba y ordenaba su
enorme y valiosísimo repositorio. Temía
que sus enemigos lo quemaran – tal vez no fueran aprehensiones – y con su
escaso peculio pagaba un sereno para que vigilase. Después de su muerte el archivo quedó en la casa de Manuelita en
un barrio del norte de Londres.
Saldías no lo pensó
más. Se embarcó para Londres y visitó a
Manuelita. No encontró inconveniente –
¡ por lo contrario! – y la hija de Rosas y su esposo Máximo Terrero no
solamente le dieron acceso al archivo de Rosas – que ocupaba todo el desván –
sino que lo acogieron en esa casa londinense con la vieja y generosa
hospitalidad de los porteños de antes.
Allí estaban, en
numerosos cajones, los documentos más valiosos de la Argentina; todas las
cartas recibidas por Rosas: de San Martín, Alvear, Palmerston, Belzu, Sarratea,
Oribe, etc. ; copia correcta y autenticada de todas las enviadas; los
borradores de las notas oficiales, de los mensajes, de las notas diplomáticas;
los informes reservados de sus ministros en Londres, París, Wáshington y Río de
Janeiro; los informes reservados de la policía. Todo cuidadosamente clasificado
por años y materias, en sus correspondientes carpetas y legajos, de acuerdo al
meticuloso orden de Rosas. Otra vez el
Restaurador – ya no lo llamaba “tirano” – le facilitaba la tarea.
Largas tardes de
Londres pasó escrutando y copiando el archivo de Rosas. Al tener su material completo – Manuelita
le regaló los documentos más importantes del archivo – editó en 1881, en París,
el primer tomo, en 1884 el segundo, y en 1887 el tercero de la Historia de
Rosas y su época.
10. – La “Historia de Rosas”.
Era la obra más importante de
historia Argentina, escrita hasta entonces.
La aplicación del método histórico revolucionaba las ideas corrientes
sobre “una época – decía el capítulo lº – que no ha sido estudiada todavía y de
la cual no hemos tenido más idea que las de represión y propaganda”.
Saldías era liberal, seguía siéndolo
a pesar de todo: “no necesito demostrar mi odio a las tiranías” lo señalaba con
el ejemplo de su vida. Admiraba a
Rivadavia, a Echeverría, a Sarmiento, a Mitre. Pero como amaba a la libertad sinceramente, por eso amaba a la
verdad. “No se sirve a la libertad
manteniendo los odios del pasado... los viejos y estériles rencores”. No quiso
llevar ese odio a la historia anterior a Caseros: el historiador es un juez que
distribuye justicia sin pasiones partidarias.
No se colocó en el odio liberal a Rosas para juzgar su personalidad y su
época. Fue más alto: se colocó en las
conveniencias de la Argentina como nación y de los argentinos como integrantes
de una nación.
Como era sinceramente liberal,
condenaba al “liberalismo” advenido después de Caseros por más tiránico, feroz
e hipócrita que el autoritario pero sincero gobierno de Rosas. No era el de ahora sino un liberalismo de
frases de cuya génesis inexcusablemente excluía a los próceres liberales, que
habían servido para que los intereses materiales predominaran sobre los
intelectuales. Aquello de antes de
Caseros sería una nacionalidad bárbara, emotiva, apasionada si se quiere, pero
era una nacionalidad. Se la había
sacrificado a esa “ecuación del mercantilismo cuya incógnita era la nacionalidad
que nunca se encontró”.
Ahora no teníamos ni patria, ni
pueblo. Pese a los grandes hombres en
que todavía creía: Mitre, Sarmiento.
Quizá pudiéramos recuperarlos al descorrer el velo de “los viejos y
estériles rencores” que ocultaban al pasado.
El ejemplo de la Confederación y de su íntegro Jefe – depurados de
“errores” naturales de época – tal vez salvara a la Argentina.
Mandó el libro a Mitre ¿ quién mejor
podría juzgarlo y apreciarlo? Ignoro en qué términos redactó la carta de envío,
pero en ella lo llamaba “maestro”. Le
diría algo así: “Vea maestro qué tremendo error hemos cometido todos con Rosas
y su época; el método crítico que usted me enseñó ha restablecido la verdad:
los documentos de esos tiempos son de gran elocuencia. Rosas habrá sido un “tirano” es cierto, pero
hay momentos en que las “instituciones” deben ceder ante los intereses de la
patria misma. Pero fue también un
patriota y un hombre íntegro, como usted, como Rivadavia y Sarmiento, y además
tuvo la suerte de tener un pueblo tras suyo.
Usted actuó muy joven en su contra y mal informado como estaban todos en
Montevideo; si hubiera aplicado entonces su “método crítico” habría militado,
no lo dudo, en las filas de Rosas”.
11. – La carta de Mitre.
¡ Qué tremendamente ingenuo era
Adolfo Saldías! Mitre le contestó con una andanada retórica. Su carta del 15 de octubre de 1887, fue
reproducida con gran estrépito por La Nación del 19. Apabullante admonición del maestro al
discípulo descarriado. Está bien hacer
historia con documentos, método histórico, criterio imparcial. Pero no tanto. Olvidaba Saldías que Rosas había sido un “tirano”. “Cree usted ser imparcial, no lo es, ni
equitativo siquiera” tronaba indignado el maestro. Porque no se podía juzgar a Rosas y a su época con abrogación de
los nobles odios que todo buen liberal debe conservar siempre a la
“tiranía” (y Mitre se jactaba de “guardarlos conscientemente”). De otro modo se caía en la parcialidad de
equipararlo a un gobernante liberal: “su punto de partida que es la
emancipaeión del odio a la caída de Rosas lo retrotrae al pasado por una
reacción impulsiva”. Al dejar de
execrar al tirano, necesariamente llegaba a comprenderlo.
La asiduidad con los documentos y
papeles de Rosas había deformado la pura conciencia liberal del discípulo: le
habían impregnado el espíritu y el criterio de una época definitivamente muerta
y enterrada. Ponerse en el espíritu de
esa época era reaccionario y atrasado, era ponerse “en oposición al
espíritu universal que está en la atmósfera del planeta que habitamos”; era
tomar a los argentinos con prescindencia de “la libertad, las instituciones, la
moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que
pasan a la historia marcando los mis altos niveles en el gobierno de los
pueblos libres... ” Dueño del futuro, como lo era de la historia, el general
lamentaba que su ex-discípulo hubiera “desandado el camino que lo conduciría al
punto de vista en que se colocará la posteridad, colocándose en un punto de
vista falso y atrasado”. Juzgar a
Rosas con el criterio de un argentino de esa Confederación concluida en Caseros
era malo, muy malo; porque Caseros no se podía rehacer “como partida de ajedrez
mal jugada”, ya que era nada menos que “el punto de partirla de la época actual,
complementada por otra batalla también necesaria y fecunda” que el general no
nombraba por modestia, porque era Pavón y constituyó el único – aunque
sospechoso – triunfo militar de su carrera de guerrero. Las grandes batallas “no sólo vencen,
convencen” (¡vae victis!) ; contra la elocuencia del triunfo nada valían
lamentos o nostalgias. No pueden
investigarse – “rehacerse teóricamente” dice con eufemismo – “no se rehacen
porque son definitivas”. “Protestar
contra sus resultados legítimos... es protestar contra la corriente del tiempo
que nos envuelve y lleva a la Nación Argentina hacia los grandes destinos que
se diseñan claros en el horizonte cercano” ¡Ah!
Imaginamos a Saldías absorto,
dolido, tal vez con conciencia de culpa.
ante la andanada impresionante del maestro. Una caricatura del Quijote (la carta de Mitre dio que
hablar a “todo” Buenos Aires como era natural) lo presenta como un escolar
lloroso por la palmeta del maestro – que es Mitre – al haber llevado al aula un
retrato de Rosas: “¡Niño, eso no se hace!”.
Mitre era “el maestro”, así lo tuvo
siempre, y así lo había llamado al dedicarle su Rosas. Precisamente para continuar la
inconcluída trilogía iniciada por el Belgrano acaba de escribirlo. ¿ Podía contestar a Mitre?... No, no podía. Hubiera sido carecer sentido de las
proporciones, debatir con el patriarca respetado de la calle San Martín. Además ¿ cómo hacerlo? El general no le
corregía la verdad de un solo documento, ni objetaba el buen razonamiento
empleado. Se dolía de que llamara
“traidores, y por varias veces” a quienes se habían unido con el enemigo y
prestado ayuda y socorro. Respetaba su
dolor, pero no podía excusarlo. ¿ Cómo,
por otra parte, objetar la disculpa de Mitre ante el estigma de traidores a
los unitarios que “buscaron fuerzas concurrentes”, por la circunstancia de que
“lo mismo hicieron los federales que se alzaron contra Rosas?” ¿ Cómo aclararle
que la traición a la patria de Urquiza al auxiliar a Brasil no justificaba la
traición a la patria de los auxiliares de Inglaterra o Francia? ¿ Cómo
contestarle cuando llamaba ladrón a Rosas “porque así lo ha declarado la
justicia?” ¿De qué modo rebatir la firme fe del general “en que el pueblo luchó
cuarenta años (¿cuarenta?) contra el tirano”? ¿Qué pueblo? ¿Habría leído el
libro, o simplemente lo había ojeado, rechazándolo con desdén ? De otra manera
no se podía explicar su juicio sobre el motín de los estancieros del sur en
1839 y el levantamiento oligárquico de Corrientes con Berón de Astrada “las dos
revoluciones más populares de que haya memoria en los fastos argentinos” cuando
en el Rosas se demostraba con documentos precisamente lo contrario. ¿ Cómo responder, sobre todo, a esa frase de
que “el espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo
estrecho de acción a que subordina su teoría derivada del hecho, que es su
fórmula”, que por más que se empeñaba no conseguía entender.
19. – La conspiración del silencio.
Con todo, debía agradecer a Mitre la
oportunidad de que se hiciera algún alboroto en torno a la Historia de
Rosas. Porque después llegaría el
silencio. Los diarios cobraron una
repentina afonía, los críticos enmudecieron, los escritores callaron; en los
salones del Club del Progreso encontraba pausas rumorosas, o sonrisas irónicas
de quienes se regocijaban íntimamente de su paso en falso. Los amigos más queridos se volvieron
taciturnos, los compañeros y colegas se tornaron lacónicos; nadie hablaba,
nadie escribía, nadie comentaba el libro que él creyera iba a conmover a la
Argentina. No había ataques ni elogios:
quietud, reposo, distancia solamente.
De cuando en cuando le llegaba alguna anécdota como la comentada por el
mismo Saldías en febrero de 1898 en La Biblioteca de Groussac: Un
profesor lo había llamado “panegirista del tirano” en clase – ¿Usted ha
leído el libro de Saldías? – ¿ Yo? Yo no leo “eso”. No, no lo leían, no podían leerlo. Estaban instalados en la cómoda idea de la
historia oficial y no querían cambiar.
Pues todo cambio significaba molestias, meditar, abrir un juicio,
comparar lecturas, quitar del pedestal algunos próceres y poner otros. La ley del mínimo esfuerzo se cumple – y
sobremanera – en los esfuerzos intelectuales.
Eran argentinos, sinceramente argentinos, pero tenían su “idea” y todo
lo que chocara con ella los irritaba.
No tanto por ir contra esa “patria” formal recibida desde la niñez, sino
porque le señalaba un esfuerzo que no tenían deseos de tomarse. Mitre había hablado y se acabó – magister
dixit – la pretensión de rehabilitar tiranos.
Recurrió a los “hermanos” de la
logia; recibió acuses amable de recibo y la promesa “de leerlo en la primera
oportunidad”. Insistió ante los
periódicos ligados a la fraternidad: “El libro del doctor Saldías demuestra las
condiciones estimables de su autor para la narración histórica, que nos hacemos
un deber en señalar aún cuando no compartamos su juicio sobre la tiranía de
Rosas” decía Nacional. Frases de
favor de alguien que no leyó o no quiso leer, o no pudo hablar.
Del extranjero vino, en cambio, la
solidaridad de quienes no dependían de la tiranía literaria de La Nación o
de las conveniencias de las logias o las cofradías. René Moreno, desde Chile lo admira por haber perseverado en
editar los tres tomos, ya que “en torno suyo alentaba una conspiración de silencio.”
; Ricardo Palma, desde Lima, lo consuela por la caricatura del Quijote ya
que “ser preferible los picotones a que sobre su libro se haga la
conjuración del silencio”.
Tras la andanada de Mitre había
callado La Nación; calló también el Quijote, callaron todos. El joven promisorio de 1877 era el fracasado
de 1887. Debieran serle un gran
consuelo las cartas entusiasmadas de Manuelita escritas con sus trémulas manos
de anciana: “Realmente esa obra es ¡colosal! Estamos leyendo el primer tomo, yo
en alta voz para que mi pobre Máximo no pierda el hilo, la comprenda bien y no
fatigue su cabeza. Las verídicas
referencias a los antecedentes y hechos gloriosos de mi finado padre, bien me
han conmovido” le escribe desde Londres.
O el apoyo efusivo del viejo coronel Prudencio Arnold de Rosario, el
aliento de Antonino Reyes desde Montevideo o la simpatía con que Bernardo de
Irigoyen le hablaba, en el recato de su salón privado, del extraordinario valor
histórico de su libro, y el más extraordinario coraje de su autor al editarlo.
Nadie comentaba en público el Rosas,
pero desaparecía de los anaqueles. Al
año de ponerse a la venta el tercer tomo, ya no quedaba un solo ejemplar. ¿ Éxito genuino o maniobra de algunos para
hacerlo desaparecer? Por consejo de Irigoyen lo volvió a editar, cambiándole el
nombre: ahora se llamaría Historia de le Confederación Argentina. La palabra “Rosas” era todavía demasiado
fuerte para un libro argentino de historia.
18. – La “Historia de la
Confederación Argentina”.
También agotó la segunda edición en
poco tiempo. No obstante la barrera del
silencio, el libro producía su efecto.
Escaso en la Argentina: algunos débiles susurros, poco a poca elevados a
murmullos. Ya el coronel Arnold se
atrevía a escribir folletos en defensa “de S. E. el Excmo. Señor Restaurador de
las Leyes, Brigadier General don Juan Manuel de Rosas” apoyándose en los
documentos mencionados por Saldías, y en su autoridad como historiador.
Lentamente se iba conociendo la
verdad sobre Rosas ; una marea popular, libre de consignas “secretas” o de
prevenciones literarias, pero que no llegaba a las esferas superiores y menos a
la enseñanza. Un día – corrían los
tiempos de Juárez Celman – el Quijote publicó un dibujo de Stein: Rosas
alzándose de un sepulcro ante un borrico (Juárez Celman) ahorcado en un farol;
a su lado varios muertos (Cárcano en figura de mono, una oveja, etc.) con el
cartel “agiotistas, raspas, tramposos”.
Y como leyenda esta cuarteta: “Si se alzara de la tumba / ¡a cuántos
escarmentaría! / el país que hoy se derrumba / con un Rosas vencería”.
Pero el mayor efecto de la Historia
de la Confederación se producía fuera del país. Aquí resultaba difícil romper la barrera de intereses que impedía
conocer o juzgar al pasado. Pero donde
no llegaba La Nación, donde no tenían eco las consignas repartidas desde
las logias, donde a nadie se le importaba que el libro fuera “panegirista” de
éste o de aquel tirano y ofensivo para el prócer tal o cual, Saldías tuvo un
éxito completo y perdurable. En sus
páginas comprendió la verdad el mejicano Carlos Pereyra, que inicia su Rosas
y Thiers con esta frase apoyada en el libro de Saldías: "A Rosas
no se lo ha historiado ; se lo ha novelado.
Y se lo ha novelado en folletín.
Otros hombres públicos odiados y maldecidos, han tenido la fortuna de no
merecer en tan alto grado la atención preferente de las comadres de ambos
sexos, amantes de explicarlo todo por la fístula”. La conoció también el brasileño Pandia Calógeras al decir en su Formaçao
Histórica do Brasil (p. 205, trad.) : “la campaña (de Rivera Indarte y la Comisión
Argentina de Montevideo) de panfletos, artículos de diarios, de revistas,
de libros, abrazó América y Europa, y consiguió colocar a la Argentina, a sus
autoridades, y principalmente a su dictador, bajo el aspecto de una tierra de
monstruos inauditos... La honra de la historia exige que sean revisados tales
juicios difamatorios. Ciertamente no
era Rosas un jefe blando o de manos leves: poseía un genio voluntarioso, un
carácter incapaz de doblarse. Pero era
también un estadista, un hombre de ideales y de ejecución, cualidades que no se
encuentran tan frecuentemente como es de desear. Los principales autores de ese ambiente de exageración y
calumnias eran los miembros de la Comisión Argentina unitaria, de
Montevideo. Se hallaban entre ellos
hombres del más alto valor por la cultura, talento y coraje. Pero cegábalos la pasión partidaria. Es posible decir que traicionaron a su
patria llamando a la invasión extranjera y al oro francés para vencer a su propia
tierra natal. Rosas, en cambio,
defendía la libertad, independencia y respeto de la Confederación”. Idea que amplía, con documentación
brasileña, en su otro libro Da regencia a queda de Rosas (1831-1852).
.
Después el uruguayo Luis Alberto de
Herrera, quien acusa en sus obras históricas – principalmente Orígenes de la
guerra Grande. Por la verdad histórico
y La seudo-historia para el delfín – la influencia decisiva del libro de
Saldías en el conocimiento y comprensión de la guerra grande oriental.
14. – El siglo XX.
Tardó más tiempo en hacerse la luz
en la Argentina, porque era difícil sacudir la densa atmósfera dominante. Una brecha amplia abriría Ernesto Quesada
con su libro de 1898 La época de Rosas seguida por las monografías sobre
la guerra civil de 1840 confeccionadas en base al archivo de Pacheco Lamadrid
y la Liga del norte, Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, Pacheco
y la campaña de Cuyo, Acha y la batalla de Angaco
Vinieron en el siglo
XX nuevos tiempos para la patria de Rosas.
Los hijos de los gringos se sintieron identificados con la tierra y
reclamaron su lugar en ella; los hijos de los criollos de las orillas
sacudieron su logrerismo y su complejo de inferioridad. Al iniciarse el nuevo siglo podía advertirse
que amanecía un “pueblo” en la Argentina; y con el pueblo, partidos populares,
caudillos populares, reivindicaciones populares y también un vago, pintoresco,
musical, espíritu de nacionalidad que salpicó algo también a los de
arriba. Una parte de la clase dirigente
– la generación del Centenario – se replegó contra la “chusma
anarquista” en defensa de sus privilegios y sostuvo con encono, pero con menos
sinceridad que sus padres del 80, la convicción de que su clase era toda la
patria. Pero otra parte, más generosa o
comprensiva, quiso saber porqué la Argentina no era dueña de sus destinos y
cómo haría para volver a serlo.
Ya la oligarquía no
era la misma. Sus dirigentes –
Sarmiento, Mitre, Pellegrini, Roca – habían muerto y no eran reemplazados por
valores equivalentes. La colonia dejaba
de ser colonia, y un espíritu nacional afloraba por todas partes.
Empezaron los tiempos
del radicalismo, partido ya bastante popular conducido por un nieto de
mazorqueros – Hipólito Yrigoyen – a quien otro nieto de federales – Roque Sáenz
Peña – permitió el triunfo con su ley electoral. No podía pedírsele al jefe del radicalismo el cumplimiento
completo del “desagravio al honor de la Nación y la restauración de su vida
moral y política”, que fuera su programa de candidato en 1916, y que
necesariamente debería empezar por el desagravio y la restauración de la
historia Argentina. Era ya bastante que
hablara de “honor de la Nación” y de “Restauración” palabras federales. Algo más hubiera sido imposible en la
segunda década del siglo; una cosa era captar las inquietudes de la masa
popular, y otra muy distinta contar los hombres capaces, y convencidos para
llevar a cabo ese desagravio y esa restauración. Los intelectuales – como sucede por
regla en todos los países coloniales o semicoloniales – seguían
inconmoviblemente extranjerizantes. Los “inteligentuales”, al decir de Leonardo
Castellani, que son fruto de factoría y no pueden pensar ni escribir
como expresión de un pueblo.
Algo semejante al drama del radicalismo, movimiento popular
que no atinó o no pudo enraizarse en el pasado, y por eso careció de futuro,
ocurriría después con la segunda gran ola popular empezada en 1943. Por eso pudo ser contenida en 1955.
15. – El revisionismo histórico.
Llegó el día en que la Historia de
Saldías volvió desde México, Montevideo, Río de Janeiro o Madrid a su Buenos
Aires originario. En 1922 Carlos
Ibarguren tomaba con precauciones, pero evidente simpatía, la figura de Rosas
en su famoso curso sobre “Las dictaduras trascendentales” de la Facultad de
Filosofía y Letras, llevado al libro como Juan Manuel de Rosas, su historia,
su vida, su drama. Es cierto que
llamaba “tirano” a Rosas y aceptaba como oro de buena ley muchas cosas
de la historia falsificada, pero trasuntaba la grandeza del Restaurador y había
un aliento de patria. Después Ricardo
Caballero, en un intento desoído de entroncar al partido radical con el viejo
federalismo, alzaba en el Senado su voz admonitoria contra Mitre y Sarmiento y
mencionaba con unción a Rosas, sin que nadie intentare replicarla. Y Corvalán Mendilaharsu, Font Ezeurra,
Ramírez Juárez, Laseano (para mencionar algunos desaparecidos) publicaban sus
libros o monografías elogiosas de los tiempos de Rosas. En 1938; Alfredo Bello agitaba desde Santa
Fe la repatriación de los restos de Rosas, que puso una nota de escándalo –
pero paso una nota – en el medio refractario.
El 15 de junio de 1938, centenario
de Estanislao López, se fundaba en Santa Fe al llamado de Alfredo Bello, el lnstituto
de Estudios Federalistas “para luchar por una ya impostergable revisión
histórica”. El grito de Santa Fe iba
a encontrar eco por toda la república; el primero fue la fundación – el 5 de
agosto de ese año – del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones
Históricas de Buenos Aires con la presidencia del general Ithurbide.
Nacía el “revisionismo histórico”,
el movimiento intelectual más auténtico, de mayor trascendencia – y el único de
resonancia popular – habido en la Argentina.
Su propósito no era, solamente, reivindicar la persona y el gobierno de
Rosas en un debate académico ya ganado de antemano, pero que de antemano
sabíase que habría de rehusarse. Era
reivindicar a la patria y al pueblo – la “tierra y los hombres” – recobrando la
auténtica historia de los argentinos. A
la falseada noción del pasado, que nos había convertido y mantenido en un
estado de colonia espiritual y material, se opondría la verdad de una tradición
heroica y criollísima para que la Argentina se recuperase como nación. De paso derrumbaría con indignada iconoclasta
a los “próceres” de la antipatria que llevaron al coloniaje. Era combativo y apasionado, con pasión de
patria.
Como escuela historicista, el
revisionismo expuso su método de investigar y explicar el pasado. No tuvo que ir muy lejos: era el mismo de
Saldías (el que Mitre le achacaba a Saldías) para escribir su Historia de la
Confederación. Pero llevado a su
lógica consecuencia: el repudio del liberalismo. Primero una labor investigadora para reconstruir los hechos
históricos conforme al más severo método critico. Y luego una tarea de interpretación, juzgando esos hechos, no
desde la libertad, las instituciones, la humanidad ni las conveniencias de ésta
o aquella ideología – como quería Mitre –, sino desde la Argentina como nación
– una Argentina como parte de la hermandad hispanoamericana – y desde los
argentinos como integrantes de una nación.
Como germen de la Argentina soberana
de mañana, el revisionismo ganó fácil y triunfalmente a las capas sociales
inferiores: les trajo la conciencia de nacionalidad donde patria y pueblo eran
una sola y misma cosa; el culto de los auténticos héroes de un pasado escondido
por la oligarquía, y la certeza de que el pueblo es el autor principal de una
verdadera nación.
Y como la Argentina ya dejaba de ser
la colonia feliz del siglo pasado, el revisionismo pudo resistir triunfante a
todas las pruebas – conspiración del silencio, tergiversación, cesantías de
profesores y aún cárceles y exilios – de un liberalismo definitivamente
en retirada.