Revista del
Instituto de Investigaciones Históricas JUAN MANUEL DE ROSAS - Número 10 -
Julio-agosto de 1942
15 pág. 6.840 palabras
por José
María Rosa (h.)
LOS HOMBRES DEL FRAQUE
Fue por la primavera del 52 que
empezaron a llegar a Santa Fe, vieja ciudad de caudillos, unos señores
estirados, graves y solemnes; que pusieron con sus fracs europeos y sus
labios rasurados al estilo unitario, la nota exótica en la tranquila y
somnolente calma de la vida provinciana Discurrían con ademanes ampulosos sobre
“los pueblos” señalando el desierto que empezaba a pocas cuadras de la plaza
Mayor, y hablaban con difícil y encendida prosa sobre “la libertad” mientras
los amplios corbatones y las camisas de plancha los mantenían sudorosos y
oprimidos, pues no eran esas prendas las más apropiadas para Santa Fe y para el
cálido mes de noviembre. Pero ellos querían demostrar que la civilización es
sólo una, y no conoce geografía ni termómetro.
Los criollos, que calafateaban en la Ribera
las famosísimas goletas santafecinas (1), los veían pasar, solemnes
y despreciativos, depositarios de la fórmula mágica que traería el “bienestar
general”; mientras las habilidosas mujeres, tejiendo las fuertes telas del
litoral “toscas tal vez, pero que duraban toda la vida” (2),
comentaban alegremente las vestimentas de colores extraños y desteñidles usadas
por quienes querían vestir la Patria con ropaje constitucional. Los veteranos blandengues del Patriarca, que
corrieran media Confederación en el ejército del Brigadier invicto, y que pocos
años atrás habíanse batido como bravos junto a Mansilla y Santa Coloma en el
Quebracho y San Lorenzo, trataban de penetrar el sentido de alguna frase
difícil, como, esa de “proveer a la defensa común”, oída al paso de alguna
atildada y enfática pareja de congresales. Junto a la puerta de la Aduana, el
viejo Bustamante miraba asombrado los “fraques”, que venían a hacer Patria, mientras
acariciaba entre sus manos quemadas por cuarenta años de guerras, el, tambor
que Belgrano le diera en Tacuarí, y con el cual repetía continuamente
los compases de la carga famosa de su niñez.
Llegaban los diputados de todos los rincones
del país, Allá por el extremo norte de la ciudad - en la Plaza de las Carretas (3)-
donde terminaba el camino “del norte”, arribaron los ya ancianos clérigos Pedro
Zenteno y Manuel. Pérez, representantes de Catamarca y Tucumán respectivamente,
unidos ocasionalmente por el accidente del viaje, pero cuyo vínculo amistoso
estrecharíase en el Congreso por afinidad espiritual y comunidad de miras
políticas; los acompañaba el atildado doctar Salustiano Zavalia, también
diputado por Tucumán, que por un milagro de técnica elegante llegaba tan
compuesto, blanco y perfumado como diez días atrás, cuando partiera de su
ciudad nativa.
Por “el paso del Sa1ado” - el camino a
Córdoba y a la villa del Rosario - llegó una mañana el doctor Facundo Zuviría,
presidente de la Legislatura de Salta y diputado por esta provincia, muy
contento que el destino le entregara como compañeros de viaje a los silenciosos
y resignados jujeños Manuel Padilla y José de la Quintana, fáciles victimas
para su locuacidad desbordante. y temible; en la misma tropa venían el padre
Benjamín Lavaisse, parroco de Tulumba y diputado por Santiago del Estero, que,
mientras escuchaba sonriendo las peroratas constitucionales del salteño,
rumiaba los adjetivos con que habría de calificarlo en cartas “muy reservadas” a su gobernador (4);
adjetivos de los cuales no habría de escaparse ni su otro compañero de viaje -
el suave doctor cordobés Juan del Campillo (5) – y ni siquiera los
compañeros de religión que encontraría en el Congreso (6). En una
tropa de pesadas carretas cuyanas, que transportaban harina y alcoholes llegó
al mismo punto el joven mendocino Martín Zapata, en viaje de bodas que su
suegro el gobernador Segura facilitara con el acta de constituyente.
Por el puerto tomaron pie en la ciudad el discreto y exactísimo doctor Luciano Torrent, que junto al viejo Pedro Díaz Colodrero, antiguo ministro de Berón de Astrada, representaban a Corrientes. Don Manuel Leiva, ministro de gobierno de Santa Fe y diputado por esta provincia les dio la bienvenida en su triple carácter de colega, dueño de casa y viejo compañero en la administración correntina. El problema de los alojamientos era la principal preocupación para el diligente santafesino, y bien que mal había logrado habilitar algunas celdas de los franciscanos – las habitaciones mejores y más frescas de toda la ciudad –, y algunos cuartos del abandonado Convento de la Merced; además de la casa de las señoritas Foster – que aceptaban pensionistas “correctos” –, y los altos de la Alfajorería de Merengo, en la calle del Cabildo esquina a San Gerónimo, para hospedaje de quienes no podían por sus ideas modernistas y propósitos sobre la “libertad de cultos”, aceptar la cómoda reclusión de las centenarias celdas de la Compañía y San Francisco.
No eran, desde luego, los
mencionados los únicos diputados del Soberano Congreso Constituyente. Pero el
general Rudecindo Alvarado postergó su viaje por enfermedad, y no llegó
entonces – ni llegaría nunca –, a ocupar su sillón por Salta. Tampoco San Juan
mandó con premura sus diputados, pues los elegidos por unanimidad durante
el interinato de Yanzi - y entre los que se contaba Domingo F.
Sarmiento – acababan de ser destituidos por haberse realizado la elección “sin
concurrencia de pueblo” (7).
Los restantes llegaron en el
séquito de Urquiza, y a bordo del buque inglés “Countes Landsdale”.
Habíanse embarcado el 9 de septiembre en Buenos Aires, saludados por la prensa
con los habituales vítores al “Libertador” y a los “esclarecidos
representantes”, sin perjuicio que al amanecer del 11, como cuenta Groussac (8),
los diarios porteños trocaran en tirano
al “Libertador” y en alquilones los “esclarecidos representantes”,
cuando todavía el buque inglés navegaba por aguas de la provincia rebelada.
Con Urquiza viajaban sus tres secretarios:
Angel Elías, Juan Francisco Seguí y Ruperto Pérez; sus tres edecanes: Delfín
Huergo, Diego Alvear y Regís Martínez; sus dos ministros en el gobierno que
ejercía “de facto” en Buenos Aires: Juan María Gutiérrez y José Benjamín
Gorostiaga; sus partidarios: el Rector de la Universidad, José Barros Pazos; el
“delegado” de Tucumán, Adeodato de Gondra; el único diputado urquicista en la
disuelta Legislatura porteña, don Agustín Delgado; el “federal” Eduardo
Lahitte, ex miembro de la Sala rosista, y el “unitario” Salvador María del
Carril, que fuera ministro de Rivadavia. Todos traían diplomas de
constituyentes, que el Libertador había repartido graciosa y generosamente en
la Residencia de Palermo.
En Buenos Aires los llamaron “alquilones”
después del 11 de septiembre, porque ni Elías ni Martínez sabían donde quedaba
La Rioja, cuyos intereses representaban; ni Huergo ni Gondra podían señalar a
conciencia el sitio exacto de San Luis, que los había “elegido”; ni Gutiérrez
había pisado jamás Entre Ríos; ni Alvear, Catamarca; ni Lahitte y del Carril
eran nativos de Buenos Aires que los “enviaba”, ni tampoco Pérez de Entre Ríos;
mientras Seguí, Gorostiaga, Delgado y Barros Pazos faltaban respectivamente de
Santa Fe, Santiago, Mendoza y Córdoba desde sus años mozos y muy pocos los
reconocerían por allí, no obstante haberlos “votado”.
El elenco constitucional - salvo los
diputados de San Juan – estaba completo. Pero la revolución del 11 de
septiembre lo transformó un tanto: los representantes de Buenos Aires fueron
retirados porque “a la elección no concurrió el pueblo de la ciudad y campaña,
y se hizo bajo el imperio de la fuerza” ordenándose la inmediata cesantía de
“los individuos que llevan el nombre de diputados de la Provincia de Buenos
Aires” (9). Y junto con el cesante Lahitte, tomaron el camino de
regreso a la ciudad porteña, el joven Alvear, que renunció a su no desempeñada
representación catamarqueña; y Barros Pazos, quien, puesto a optar entre el
honor de dictar la Constitución y su remunerado cargo de Rector de la
Universidad de Buenos Aires, prefirió lo seguro en detrimento de lo glorioso.
En reemplazo de estos dos últimos llegaron a
Santa Fe por vía fluvial, el general Pedro Ferré, héroe de la oposición
correntina a Rosas, que habría de defender a Catamarca con aguda tonada
guaraní; y el doctor cordobés Santiago Derqui, también vecino arraigado de
Corrientes, quien, recogiendo el diploma tirado por un Rector temeroso de
perder su cargo, iniciaba una rápida carrera política que habría de llevarle
ocho años más tarde a la Presidencia de la Confederación.
Del Carril, no deseando quedarse de a pie por
la, anulación de su acta bonaerense, y venciendo la repugnancia de tener que
dirigirse a una de “las cabezas de hidra del caudillismo” (10) le
escribió a Benavídez, gobernador de su provincia natal ofreciéndose para
recibir a vuelta de correo la atención de un acta de diputado. Integró la
representación de esta provincia – en substitución de Antonino Aberastain, que
tomó el partido de Buenos Aires - el callado sanjuanino “tan cauteloso como
dañino” (11), al decir de Quesada, de Ruperto Godoy.
El artículo 7º del Acuerdo de San Nicolás
facultaba a los gobernadores de provincias a “emplear toda su legítima influencia”
en la elección de los diputados que integrarían el Soberano Congreso.
Esta recomendación fue entendida
perfectamente, quizás la mejor entendida de todo el Acuerdo, y seguida por
todos al pie de la letra. El 5 de julio, Urquiza escribía a su delegado en el
gobierno de Entre Ríos, don Antonio Crespo: “Deseando que la provincia de Entre
Ríos sea representada dignamente, he elegido al general José Miguel
Galán y a don Nicolás Anchorena pura que sean nombrados por ella” (12).
Ni Galán ni Anchorena eran entrerrianos,
y es probable que ninguno hubiera pisado jamás el suelo de la provincia cuya
representación, a juicio del Gobernador, habrían de ejercer tan dignamente.
Ni el uno ni el otro fueron electos en
definitiva. La voluntad del Libertador varió constantemente durante los treinta
días que mediaron entre esta carta y la fecha de la elección - fijada para el 5
de agosto -. En julio 16, una primera rectificación modifica el mandato
inicial: “En mi anterior decía a Ud. que el general Galán y don Nicolás
Anchorena eran mis candidatos, pero hoy he sustituido al primero por don
Ruperto Pérez, por consiguiente debe estar usted a esta resolución y no a
aquélla” (13). Diez días después – el 26 de julio – nueva variación
que elimina a Anchorena de la fórmula: “En la última indicaba a usted como
candidatos míos a don Nicolás Anchorena y don Ruperto Pérez, y como hoy he
variado de parecer respecto al primero, he dispuesto que esa
provincia sea representada en el Congreso por don Juan María Gutiérrez y por el
dicho don Ruperto Pérez; por consiguiente, en este sentido impartirá usted
sus órdenes” (14).
Parece que Crespo habíase adelantado a dar
las “órdenes” para que el pueblo de Entre Ríos eligiera a los indicados en la
carta del l6 por su Gobernador y Capitán General, pues Urquiza con imaginable
apuro volvió a escribirle el día 4 – la víspera de la elección – : “Me
dice usted que ha dado sus disposiciones para que el señor Pérez y el señor
Anchorena sean nombrados Diputados para el Congreso, y que el nombramiento se
hará el 5 del cte. Pues yo había cambiado de parecer,. y es por esto que
últimamente le escribí diciéndole que mis candidatos eran don Ruperto Pérez y
don Juan María Gutiérrez” (15).
Pese al angustioso problema electoral creado
por la diligencia de Crespo, todo salió a la postre a medida del deseo del
Libertador. El 5 de agosto se reunieron
solemnemente los electores entrerrianos en Nogoyá, y después de leérseles
aquellas disposiciones del Acuerdo de San Nicolás, “en la parte que concierne a
las calidades inherentes e indispensables que deben tener en vista en esta
elección” (16), eligieron por unanimidad a Juan María Gutiérrez y a
Ruperto Pérez como “diputados por Entre Ríos”.
En Santa Fe, la Junta de Representantes ordenó
el 3 de agosto a los jueces de paz que
convocaran - de acuerdo a la
Constitución provincial - al “pueblo para elegir diputados constituyentes”. La
Provincia se dividía entonces en cuatro departamentos – las cuatro estrellas de
su escudo originario – : La Capital, San José, San Gerónimo de Coronda, y
Rosario; la Capital subdividíase a su vez en cuatro cuarteles.
El Cuartel 2 fue el primero en efectuar la
elección. El domingo 8 de agosto el
juez de paz don Santiago Sañudo procedió a escrutar la voluntad de sus vecinos,
que dio como resultado la designación del Ministro de Gobierno, don Manuel
Leiva, y del propio hermano del Juez, don Agustín Sañudo (17).
La elección de este último parece que no fue del agrado de los miembros de la
Junta de Representantes, quienes el 17 la anularon por “haber desobedecido el
mencionado Sañudo a la orden de traerse el cintillo punzó en el sombrero” (18).
En la campaña la votación fue casi unánime por
Leiva y el secretario de Urquiza don Juan Francisco Seguí (19). Pero
esas candidaturas oficiales no tuvieron tanto apoyo en los restantes cuarteles
de la Capital, pronunciándose el Nº 4 por don Mariano Comas y por el
cura de la Matriz Dr. José Amenábar, y obteniendo en el l y 3 considerable
número de votos Amenábar, Urbano Iriondo y José Cullen. Pero la Junta resolvió
cortar toda discusión resolviendo por ley del 10 de septiembre , que “habían
sido electos” el ministro Leiva y el secretario Seguí.
En San Juan, anulada la primera elección
realizada durante el interinato de Yanzi – que se alzó contra la autoridad de
Benavídez –, del Carril que habíase quedado sin representación le escribe a
éste el 4 de octubre, contándole lo que le había pasado con su título por
Buenos Aires, y terminando su carta con un sugestivo “tengo el gusto de
ofrecerme”. El gobernador lo hace nombrar el 11 de diciembre , junto con
Antonino Aberastain, por unanimidad de los 306 sufragios registrados (20)
; don Salvador María, al agradecerle en carta del 20 de enero de 1853, quéjase
que en San Juan “haya habido elecciones más o menos irrisorias, entre las
cuales he visto con amargo sentimiento mezclado mi nombre”. Y angustiado porque
“la situación de San Juan mortifica y alarma”, pídele a Benavídez que
renuncie, asegurándole que “un Imperio no vale una gota de sangre, una lágrima
ni un remordimiento”. Desde luego que él, venciendo su amargo sentimiento aceptaba
el acta conseguida en estas elecciones más o menos irrisorias.
La contestación de Benavídez fué fulminante y
terrible. El 9 de abril le escribe así: “un acíbar experimento al no poder excusarlo,
y al tener que someter al fallo de la opinión pública los cargos que usted me
dirige, por hechos supuestos inventados por la capciosidad de la demagogia”.
Aludiendo a los viejos tiempos de la Carta de Mayo, con mucha libertad y mucha
democracia en el papel y muy poca en la realidad, le decía: “Se acabó la época
en que el pueblo de San Juan, con mengua de su integridad, derechos y
soberanía, tenía que humillarse al capricho de los ambiciosos y a la influencia
de la aristocracia. San Juan es hoy un pueblo fuerte, unido y compacto. El
gobierno estudiando los deseos del pueblo, uniforma sus actos a su voluntad. El
gobernador se pasea a cualquier hora del día o de la noche por la ciudad y
suburbios, sin un solo ordenanza, porque entre él y sus compatriotas hay una
confianza recíproca”.
Benavídez hace publicar en un folleto que
titula: “Serie de cartas particulares, notas oficiales y otros documentos
cambiados entre S. E. el Gobernador de San Juan y los diputados al Congreso
General Constituyente” (21), las cartas de del Carril – entre ellas
la en que se “ofrecía” – y su contestación. Pero el antiguo ministro de
Rivadavia no se sintió turbado por ello en la misión constituyente que
realizaba en Santa Fe.
“REUNIDOS EN CONGRESO GENERAL CONSTITUYENTE”
Salvador María del Carril era por su
personalidad y su edad la figura de más relieve del Congreso. Zuviría lo
describe: “Calculador, frío y reservado, más apto por lo mismo para el hábil
manejo y la diplomacia del silencio” (22). No habló nunca, o casi,
en las sesiones del viejo Cabildo, ni formó parte de la Comisión de Negocios
Constitucionales que preparó el proyecto de Constitución. Pero corre la leyenda
– muy posible – que su influencia fue grande en antesalas: a él, ex ministro de
Rivadavia al fin y al cabo - débense tal vez los sancochados de la Constitución
unitaria del 26, que extemporánea e ilógicamente se incorporaron a la federal
del 53. Mansilla dice de del Carril: “Capaz de dar una opinión erudita, no
redactó como Vicepresidente nada, ni después como Ministro de la Corte Suprema
borroneó una sola sentencia, ni fundó un voto en disidencia por escrito. Allá
vibrará aún su voz; de su pluma no hay ni el rastro” (23). Victorica
sostiene que aportaba al Congreso “las notas y experiencias del derecho
norteamericano”, opinión harto discutible si nos atenemos a la afirmación de
Mansilla – que fuera algo así como su secretario – que apenas si balbuceaba
saludando en inglés. Vicente G. Quesada lo describe de esta manera: “Tenía la
figura de un creyente de los viejos tiempos de Rivadavia; pero volvía de la
emigración con la resolución decidida, que no ocultaba a sus íntimos, de no
emigrar otra vez con los bolsillos vacíos... Emigrado y pobre veía en el Paraná
en modestísima situación... todos han conocido aquí (en Buenos Aires) al señor
del Carril que ha muerto muy anciano, millonario y, convertido al seno de la
Iglesia católica, apostólica y romana, después de haber profesado teorías
filosóficas volterianas y aún ateas... Caminaba con aire pretencioso, como
agobiado por la profundidad del pensamiento. Era indudablemente el que más
sabía, y por ello fue uno de los inspiradores en el Congreso Constituyente de
Santa. Fe. Cuando no se hallaba en presencia del general Urquiza, parecía la
estampa de un hombre de Estado... pero esa gravedad magistral se convertía en
dúctil cera cuando se hallaba en presencia del general Urquiza... yo me sentía
humillado ante aquella perpetua aquiescencia a todo lo que decía el general
Urquiza: sumisión, en las. formas y en el fondo, especie de servilismo”,
terminando su retrato con esta síntesis cortante: “Era un carácter débil para
los poderosos, petulante para con los infelices, infatuado de su valer, y
desdeñoso del ajeno” (24).
Al doctor Facundo Zuviría le faltaba en eficacia lo que le sobraba en buena voluntad. Era el polo opuesto a del Carril, y aún cuando presidió el Congreso, y fue el diputado – no obstante su cargo – que más y mejor habló en él, no tuvo la menor influencia ni en la Constitución ni en las resoluciones del Congreso. Hablaba y razonaba bien, pero le faltaba carácter para sostener sin desfallecimiento sus convicciones. Era muy conversador: se decía en Santa Fe que hablaba casi tanto como el famoso don Domingo de Oro, el secretario de Estanislao López, lo que ya era mucho decir. Lo hicieron Presidente para que hablara menos (25), pero fue un chasco pues no se quedó callado. Y cuando no le dejaban hablar, escribía; su famoso discurso sobre la “inoportunidad de la Constitución” – la única pieza completa, por escrita, que se conserva de los discursos del Congreso – constaba de 14 pliegos. Quesada cuenta que era “gran conversador... peroraba hasta con los postes. Tenía la pasión, la monomanía de la oratoria, la palabra le embriagaba”.
Juan María Gutiérrez, no obstante el prestigio intelectual que lo rodeaba y que remontábase a los años de la “Asociación de Mayo”, y pese a haber formado parte de la Comisión redactora, no jugó en el Congreso el papel de primer orden que se esperaba. Fue tan solo “corrector gramatical” de la Constitución, dados sus indiscutibles conocimientos literarios. Según Groussac (26), “Gutiérrez en política es el hombre que se ocupa de cosas para las que no ha nacido”, por eso se dedicó en Santa Fe a las cosas para las cuales había nacido: descuidó la política por enamorar a Geroma Cullen con quien se casó no obstante la diferencia de edades. Todas sus cartas de esta época no dicen una palabra de la labor constitucional que habría debido desarrollar, y contienen en cambio poéticas expresiones sobre los jazmines y diamelas de Santa Fe, y sobre los quince años de Geromita Cullen. “Este es el país de los naranjos y diamelas. De entre estos fragantes vegetales saqué a mi mujer” (27), escribe románticamente a Buenos Aires en el momento mismo de sancionarse la Constitución. Y enamorado de la bella niña santafesina, se inspiraba en las largas sesiones del Congreso componiéndole versos, que por lo malo pueden dar pauta de la intensidad de sus sentimientos:
No me enamoró tu trato,
ni tu semblante perfecto,
sino un simpático afecto,
que nació, tal vez, en mi (28).
Don Manuel Leiva, ex ministro de Ferré en
Corrientes, era tal vez el espíritu más serio del Congreso. También, como
Zuviría, hablaba mucho, pero a diferencia de éste, no lo ayudaba ninguna
condición oratoria. Según José María Zuviría (29), su “palabra
monótona, igual, eterna, abrumadora, si como arma de obstrucción podía ser
formidable, como instrumento de convicción era deplorable”. Y en este último
sentido, leal pero ingenuamente la empleaba. Cuando las sesiones se prolongaban
más allá de las 12 de la noche, los oficiales de sala del Cabildo tenían que
vigilar la doble impresión que la sedante voz de Leiva y los cómodos sillones
de damasco punzó producían a los eternamente somnolientos diputados por Jujuy,
José de la Quintana y Manuel Padilla. En una ocasión se durmió hasta el
Secretario, cometiendo el enorme olvido de no anotar en el acta la aprobación
de varios artículos Constitucionales (30).
El general Pedro Ferré, se hallaba bien
inspirado pero poseía un carácter poco fácil de llevar. Opuesto a la
Constitución y contrario a la “libertad de cultos”, se enfurruñó y no quiso
hablar más, para acabar siendo expulsado del Congreso por negarse a votar los
Tratados de San José de Flores, que a nombre de la “libertad de los ríos”
implicaban la renuncia de la soberanía argentina sobre ellos.
José Benjamín Gorostiaga fue el mejor jurista del Congreso no obstante su juventud. Se le atribuye, con justicia, la redacción de la parte política del texto constitucional. Era grave y reservado: se hizo poco simpático y fue blanco de pesadas bromas provincianas. Cometió la torpeza, al defender la libertad de cultos, de manifestar que el tratado con Inglaterra había que cumplirlo pues esta nación tenía “poderosos barcos y cañones”, lo que le valió la réplica airada del viejo Colodrero: “Rosas nos ha enseñado a no tenerle miedo a nadie”, magníficas palabras para ser pronunciadas por un ex minstro de Berón de Astrada. Dice la tradición santafesina que esa noche al subir Gorostiaga a su habitación en los altos de la Alfajorería de Merengo, encontró “sahumado el pasamanos de la escalera, y no con diamelas” (31), Juan Francisco Seguí era un hombre bien extraño. Había hecho estudios eclesiásticos, hasta que un día “urgido por la carne”, dice Mansilla, colgó los hábitos en el camino a San Isidro, y los fusiló. De costumbres populacheras, aficionado a aventuras fáciles y a lances de taberna, se le criticaba su poca temperancia que motivaba intervenciones no muy felices ni correctas en los debates del Congreso. Era el terror de los venerables padres Zenteno y Pérez, no solamente por sus costumbres poco recomendables y por la turbia historia de sus hábitos religiosos, sino porque llevaba vívoras vivas al Cabildo que dejaba escapar en el recinto a fin de gozarse con la sorpresa de sus colegas (32). Quesada le atribuye una voz “desapacible y ronca” y que comía “metiéndose el cuchillo en la boca”, añadiendo: “habían penetrado poco las raíces del saber en aquella naturaleza impresionable y fecunda, viva y ardiente’”. Mansilla, que le achaca el vicio de comerse las uñas, lo describe así: “Vivió desplacé, padecía, tenía algo oculto, por eso se reía solamente a carcajadas ficticias, especie de mímica auxiliar de retórica. Su sangre estaba envenenada – también mosquito o pulga que lo picara, moría –Si en vez de amar al dinero, hubiera amado la gloria habría ido muy lejos” (33). De pasiones violentas: después de Caseros obtuvo de Urquiza le entregara a Santa Coloma, en quien tenía que vengar los agravios de una oscura historia de amores; según tradición conservada en Santa Fe, lo castró y acabó por degollarlo. Vivía siempre corto de dinero: obtuvo adelantadas todas sus dietas, lo cual, años más tarde, habría de motivar un pleito por reembolso entre la Provincia de Entre Ríos y el gobierno nacional. Según Mansilla tenía un medio muy especial para sacarle dinero a Urquiza: abría la ventana y exclamaba con su ronca voz: “¡Qué hombre Urquiza tan extraordinario! ¡Cuántos sacrificios le cuesta la organización del país! ¡Cada árbol tiene un rubro: aquí fusilaron a Juan, allí ahorcaron a Pedro, más allá degollaron a éste, más acá lo lancearon a aquél! Y don Justo - agrega Mansilla – al saberlo se desesperaba y algo hacía para tapar aquella boca de bando”. En cambio el doctor Antonio Sagarna nos refiere que “traía al Congreso la historia viva de las luchas y del derecho provincial” (34), afirmación desconcertante si tenemos en cuenta que Seguí apenas contaba 30 anos y toda su actuación pública se reducía a haber redactado la correspondencia de Urquiza. Pero es posible que el doctor Sagarna confunda al constituyente del 53 con su padre homónimo, ministro de Estanislao López, que fuera delegado en la Convención de 1828, alcanzando discreta actuación por ese entonces.
Pedro Díaz
Colodrero fue el decano del Congreso, pues contaba más de 60 años. Viejo lleno
de sabiduría y buen sentido, salpimentaba los debates, cuando el tono se hacía
demasiado académico, con agudas frases criollas e ironías de muy buena ley.
Defendió inútilmente la religión católica, impugnando la libertad de cultos;
llegando a manifestar que si la “libertad de cultos” era propiciada para
fomentar la inmigración, votaría en su contra, pues prefería los extranjeros
cató1icos, físicamente tan buenos como los protestantes y moralmente muy
superiores. Con gran escándalo, claro
está, de los lectores de Alberdi y apologistas del “gobernar es poblar, pero
poblar con anglosajones”.
Salustiano Zavalía venía de la emigración
pasada en Bolivia y en el Perú. Antiguo ministro de Heredia, habíase plegado a
Marco Avellaneda y a su Liga del Norte. Mansilla alaba en él la pulcritud del
vestido y las manos extremadamente cuidadas; Zuviría le reprocha “alguna
afectación que llegaba a sombrear sus maneras”. Quesada dice que “tenía la
dicción acicalada como su traje. Tenía tan extrema atención en todo, que nunca
atravesó la plaza sin impedir que el sol tostase sus mejillas blancas y sonrosadas.
Era coqueto... se perfumaba, y gustaba mostrar su pañuelo blanco y
oloroso” (35). Más que como constitucionalista le destacó en Santa
Fe su arte en tocar la guitarra; sus discursos no eran malos, pero los afeaba
el insoportable defecto de hablar escuchándose.
El padre Zenteno, venerable sacerdote, muy
ducho en cuestiones teológicas pero poco versado en achaques de derecho
público. Queriendo cumplir su misión a conciencia, o tal vez un tanto
desconfiado - y sobraban los motivos - se hacía explicar el alcance de cada artículo
o cada inciso, lo que hacia perder la paciencia de Gorostiaga, o provocaba la
fácil ira de Seguí. Contrario a la Constitución - como Leiva, Zuviría, Ferré,
Colodrero y fray Pérez - abandonó el Congreso a poco de dictada la Carta
constitucional pues Urquiza no le abonaba sus dietas: motivó su renuncia en “el
grave motivo de llegar a ser muy escasos los medios de subsistencia en esta
ciudad”.
Fray Manuel Pérez, religioso dominico, era en
cambio la discreción personificada. Opuesto a la Constitución desde el primer
momento, pues a su, entender no traducía la realidad argentina, abandonó las
sesiones del Congreso ocho días antes de terminarse el debate, dando como
motivo que “no podía prolongar más tiempo el regreso a su provincia natal, de
donde faltaba hacía cinco años”.
Adeodato de Gondra, ex ministro de Ibarra en
Santiago del Estero y delegado de Celedonio Gutiérrez ante Rosas. Con habilidad
supo inclinarse hacia el vencedor de Caseros - después del 3 de febrero, se
entiende – quien lo premió con un acta de constituyente por San Luis. Parece
que no era muy querido por sus colegas, a juzgar por los términos que de él
manifiesta el padre Lavaisse (“Don Adeodato de Gondra se ha separado del
Congreso. ¡Qué dicha! ¡Qué fortuna!”, escribía éste a Taboada en 26/53).
Cometió la imprudencia de gestionar una unión con Buenos Aires, lo que motivó
el vacío que le impuso Urquiza. Sarmiento cuenta que lo obligaron a renunciar
por continuos desaires. En su reemplazo llegó el doctor:
Juan Llerena, periodista en Mendoza,
astrónomo y oceanógrafo, autor de una "Fisiografía y meteorología de los
mares del globo” (¿Puede pedirse algo más fuera de la realidad que un puntano, oceanógrafo?
). Se incorporó cuando ya estaban tratando la Constitución, y poco tiempo
después abandonó el Congreso y Santa Fe sin dar explicación alguna. Sarmiento
le atribuye “desequilibrios nerviosos, que lo exponían de vez en cuando a
excitaciones cerebrales” (36). Su labor en los debates de la
Constitución fue, no obstante, discreta.
El padre Benjamín Lavaisse, según Zuviría
“más ruidoso que profundo”, hablaba y votaba siempre con la mayoría En los
primeros días del Congreso se inclinó hacia el grupo de los “viejos”. (llamados
los montoneros), que encabezaban Leiva y Zuviría; pero no tardó en
rectificarse cuando se dio cuenta que allí no estaban la mayoría ni las
simpatías de Urquiza. Votó con el “circulo” de del Carril y por acompañar a la
mayoría votó hasta por la libertad de cultos. Muy violento en las apreciaciones
epistolares hacia sus colegas, no dejaba traducir esa animosidad en el recinto.
En cierta ocasión, herido su amor propio porque se le atribulan simpatías
personales o políticas, ha de escribir a su Gobernador: “Yo soy puramente
gubernamental, no pertenezco a personas ni color político alguno” (37).
Juan del Campillo, parco en palabras y en
pensamientos, pero dueño de un finísimo talento de pendolista, fue quien
transcribió en el Códice de su puño y letra, el texto constitucional aprobado.
Quesada lo describe con “una figura burguesa hasta el extremo. Su cara era
carnuda, sus ojos pequeños, usaba gafas de oro. La papada le caía en rollizas
arrugas: había algo de frailesco en su modo y en su cara” (38).
Los demás constituyentes se pierden entre el
montón: Delfín Huergo, “el Huerguito”, como decía Sarmiento, de modales finos
pero amigo de las frases sonoras. Martín Zapata, falto de una sólida
instrucción, según Zuviría. Luciano Torrent, quien también hablaba poco - la
única vez que lo hizo fue para informar como médico sobre la enfermedad de un colega
- pero cumplió en el Congreso la importante labor de indicar con su famosísimo
reloj “Losada” más exacto que el reloj de sol de San Francisco - según
su decir – la hora de levantar la sesión con una precisión encomiable, y que
constituía su gran orgullo (“¡Señor secretario! Es la hora doce, con
veinticuatro minutos, cincuenta y dos segundos y cuatro quintos, de la noche”).
Regís Martínez que tampoco hablaba, limitándose a votar siempre con la
mayoría. Los diputados jujeños Padilla y de la Quintana, que jamás despegaron
sus bocas en el histórico debate pero es fama que pegaron muchas veces sus
ojos. Y por fin, Ruperto Godoy, de cuyas condiciones intelectuales y físicas
sólo nos ha quedado el expresivo retrato que hace Quesada (39).
Estos fueron los diputados que estuvieron
presentes en las “diez noches históricas” - 20 al 30 de abril de 1853 – en las
cuales se trató y aprobó, la Constitución. No eran los únicos: pero Ángel Elías
no obtuvo de Urquiza la licencia necesaria para abandonar su secretaría y ocupar
su sillón como diputado por La Rioja; Derqui se encontraba en Corrientes (no
obstante lo cual firmó el Códice constitucional) ; y Delgado y Ruperto Pérez
tuvieron la
mala suerte de enfermarse en esos momentos históricos.
De esta notable reunión surgió la
Constitución Nacional. Los nombrados - al decir del doctor Sagarna – “meditan
recogidamente sobre el pasado, el presente y el futuro de la Patria, para
instrumentar, con la mayor sabiduría posible el pensamiento y el sentimiento de
los argentinos” (40), en ese agobiador verano santafesino durante el
cual preparaban su magna obra.
(1) Lina Beck
Benard, Cinco años en le Confederación Argentina, pág. 269, dice que “en
Santa Fe se construyen las mejores embarcaciones y goletas de la Confederación”.
Idéntica apreciación en Martín De Moussy, Description de la Confederation
Argentine, t. II, pág. 625.
(2) Lina Beck
Bernard, o.c., pág. 264.
(3) Actualmente Plaza
España.
(4) “Hasta hoy me he
abstenido de hablar a Ud. de este vicho por no incidir en
personalidades, y porque sus miserias me causan un profundo desprecio. Esto
será muy reservado. Este viejo boliviano, palangana y apologista de sí
mismo, nos ha hecho o procurado hacer más mal que Lorenzo Torres. ¿Qué tienen,
amigo, estos salteños, que no conozco sino grandísimos maulas?... Viejo pícaro
y fatuo, nuestra moderación ha de tener un límite”. (Carta de Lavaisse a
Taboada, octubre 2 de 1853).
La abstención no era mucha, pues en enero 11 de 1853 había
escrito a Taboada a propósito de Adeodato de Gondra: “Este malvado
intrigante está unido al viejo Zuviría, que es un porteñista consumado y
furibundo demagogo.
¡Ah, hi-de-putas salteño! Ya los
conocemos, son mozos que las echan de vivos... (Transcripto de Los Taboada, de
Gaspar Taboada).
(5) “Dentro de poco
debo partir acompañado del diputado don Juan del Campillo, que va por esta
provincia (la carta está fechada en Córdoba, el 21 de agosto 1852). ¿Qué le
parece, amigo, este nombrato? Avísele a mi hermano Juan esta anomalía para que
reniegue un poquito... Efectivamente, amigo, son nombramientos estos que a un
hombre honrado ruborizan, al tener que suscribir su nombre puro y honrado con
el de estos avechuchos tan desacreditados”. (Gaspar Taboad o. c.).
(6) “Muy digno
órgano del gobierno frailuno y retrógrado de Catamarca, es el bandido clérigo
Zenteno. Este furibundo rosín, que se despachó ensambenitado a la tumba al
infeliz Navarro, lo mismo que el muy fraile Achával a su pobre tío, no contento
con intrigar y montonerizar en el seno mismo del Congreso, trabaja con
diabólica perseverancia en trastrocar todo el orden... Este vicho vivoresco Zenteno
es aquel mismo que siendo Ministro de Navarro, sugirió a éste, redactó y firmó
esas notas escandalosas a Rosas, para que gobernase sin gobernar, etc., etc.”.
(Gaspar Taboada, o.c. Carta de julio 15 de 1853).
(7) De esta elección
se gloriaba Sarmiento en la carta de Yungay, poniendo a continuación de su
nombre: “DIPUTADO AL CONGRESO CONSTITUYENTE. Electo a unanimidad de votos por
la provincia de San Juan, su patria. No obstante hallarse en tierra extraña, no
obstante de haber protestado contra la violencia de la política del general
vencedor, elección que intentó en vano invalidar Benavidez, falsificando la
firma de un ciudadano para expedir un decreto, no encontrando ministro que
quisiese autorizarlo”.
(8) P. GROUSSAC, Las
Bases de Alberdi y el desarrollo constitucional
(en Estudios de Historia Argentina, pág.
298).
(9) Ley de
setiembre 21 de 1852.
(10) Término con el cual
Del Carril calificaba a los gobernadores
federales, en su carta a Lavalle aconsejándole el fusilamiento de
Dorrego.
(11) Victor Gálvez,
(Vicente G. Quesada), Memorias de un viejo, pág. 79.
(12) Facultad de
Filosofía y Letras, Documentos relativos a la Organización Nacional, t.
I, pág. 105.
(13) Facultad de
Filosofía y letras, o.c.,t I pág. 111.
(14) Facultad de
Filosofía y letras, o.c.,t I pág. 115.
(15) Facultad de
Filosofía y letras, o.c.,t I pág. 230.
(16) Facultad de
Filosofía y Letras, o. c., t. L, pág. 122. No son estas
las únicas cartas en las cuales puede apreciarse cómo las provincias
manifestaron su voluntad para elegir representantes. En abril de 1853, y por
enfermedad de Ruperto Pérez, Crespo consultó a Urquiza la persona a designar
como suplente, cambiándose esta interesante correspondencia:
Urquiza a Crespo, abril
11 de 1853: “...y me dice que le indique la persona que debe ser nombrada, por mi
elección debe ser el doctor don Nicanor Molinas”. (Ob. cit., t. II,
pág. 362).
Angel Elías (secretario
de Urquiza) a Crespo, mayo 16 de 1853: “...impuesto de las razones que
ha tenido para no realizar la elección de diputado suplente para el Congreso en
la persona del doctor Molinas, en lo que ha estado conforme el General”.
(Crespo indicaba que el titular Pérez había sanado y disponíase a reasumir su
cargo).
Urquiza a Crespo, agosto
23 de 1853: “Me habla Vd. de haber suspendido la elección de un Diputado
suplente que mandé hacer para el Congreso, y como esta determinación la funda
Vd. en que D. Ruperto Pérez ha ida a Santa Fe al llamado del Vicepresidente del
Congreso, debo decirle que como el nombramiento de dicho suplente puede servir
para reemplazar a cualquiera de los dos diputados de la provincia, que por
cualesquiera accidente pueden dejar de representarla en aquella corporación, es
preciso que ese nombramiento o elección se realice para cualquiera
eventualidad, y que sea en la persona del doctor Molinas, que
podría desempeñarla sin perjuicio de las funciones que actualmente ejerce”.
(Ob. cit., t. II, pág. 380).
Elías a Crespo, setiembre
19 de 1853: “Tengo orden de S. E. el Señor General Urquiza de decir a V. E. que
si considera que el Dr. Dn. Nicanor Molinas por sus atenciones no puede
desempeñar el empleo de Diputado suplente para el Congreso Nacional
Constituyente, sea nombrado el Dr. Dn.
Juan Álvarez” (Ob. cit., t. II, pág. 387). Este Álvarez, como no
pudo ser ubicado por Entre Ríos lo fue por Catamarca en reemplazo de Zenteno,
en diciembre del 53.
(17) Archivo de
Gobierno de Santa Fe, legajo II, año 1852.
(18) Actas de la
Honorable Junta de Representantes (inédita, en el Archivo Provincial de
Santa Fe, pág. 61 vta.).
(19) En Rosario la
elección fue unánime. El total de los 542 votos expedidos se inclinó a favor de
la fórmula Leiva - Seguí.
En San Gerónimo Seguí fue borrado en algunas boletas,
registrándose votos dispersos por José Amenábar y por Urbano Iriondo.
En San José, Seguí fue borrado en dos boletas, reemplazándoselo
por Amenábar.
(20) Del folleto Serie de cartas particulares, notas oficiales y otros
documentos cambiados entre S. E. el Gobernador de San Juan y los diputados al
Congreso General Constituyente. (San Juan, Imprenta del Gobierno).
(21) Publicado en
San Juan por la Imprenta del Estado, sin fecha.
(22) José María
Zuviría, Los Constituyentes de 1853, pág. 77.
(23) Lucio V. Mansilla, Memorias.
(24) Víctor Gálvez
(Vicente G. Quesada), o.c., pág. 88.
(25) Clodomiro
Zavalía, Historia de la Corte Suprema de Justicia, pág. 108 (en nota).
(26) P.
Groussac, o. c., pág. 298.
(27) Carta de J.
M. Gutiérrez transcripta por M. Reidel, Juan María Gutiérrez.
(28) Transcripto por
Carlos Aldao, Errores de la Constitución Argentina, pág. 243.
(29) J. M. Zuviría, o.c.
(30) Sesión del 23
de abril, levantada a las doce y media de la noche;
En el acta de esta sesión no figuran aprobados los artículos 11, 12 y
13,
terminándose con la aprobación del 10. El acta del día siguiente -24-
comienza con el tratamiento del 14. No surge, por lo tanto, de las actas
la
aprobación de los artículos mencionados -como tampoco del 63, 64 inc.
10 y 83 inc. 7º - omisión que hasta hoy nadie ha notado, y que
constituye
una de las irregularidades mis serias del texto constitucional. (Según
la
numeración de 1860, los artículos que carecen de prueba de la voluntad
constituyente serían los siguientes: 11, 12, 13, 66, 67 inc. 10 y 86
inc. 7º).
Al tratar de los debates constitucionales volveré sobre este tema.
(31) C. Aldao, o.
c., pág. 244.
(32) Este curiosa
referencia la traen C. Aldao, o. c., pág. 244 "Del Dr. Juan Francisco
Seguí, mi comprovinciano, temperamento vehemente inteligencia brillante, sé que
siempre andaba con víboras vivas en los bolsillos, dormía con un gallo de riña
que hacía pértiga del respaldo de los pies, etc.
Y Víctor Gálvez, (V. G. Quesada), o. c.: “En el Congreso de Santa Fe sus bromas eran echar por sorpresa las víboras que domesticaba con facilidad, y las llevaba en el pecho y los bolsillos, sólo para reírse con el susto de los que no vivían tan fraternal consorcio con tan asquerosos reptiles.
(pág. 154).
(33) L. V.
Mansilla, o.c.
(34) A Sagarna,
Juan María Gutiérrez
(35) V. Gálvez, o.
c., pág. 162.
(36) En La
Crónica de diciembre 31 de 1853.
(37) Carta de
junio 15 de 1853, transcripta por G. Taboada, Los Taboada.
(38) V. Gálvez, o.
c., pág. 152.
(39) “Aquel mordaz
sanjuanino ¡tan cauteloso como dañino! Se llamaba Godoy, ¿te acuerdas? Era alto
como los álamos de Mendoza, tenía el cabello
gris como las mañanas nebulosas de San Juan, y
la lengua brava y punzante
como las espinas de los arbustos de las
tierras sedientas a donde no alcanza
el riego en San Luis”. (V. Gálvez, o. c.,
pág. 70.
(40) A. Sagarna, o.c.