Revista del Inst. J.M. de Rosas nº
22 1960
Y LA LEY
DE ADUANA DE ROSAS
ASPECTOS
ECONÓMICOS DEL FEDERALISMO ARGENTINO por
Miron Burgin
(traducción; con un estudio preliminar de la señorita Beatriz
Bosch). Ed.
Hachette, Colección “El pasado argentino”, Buenos Aires, 1960.
Un hombre
de Roosevelt
Hacía 1938
Miron Burgin, polaco de origen, naturalizado en los Estados Unidos y funcionario
del Departamento de Estado, llegó a Santa Fe en misión de estudio en los archivos argentinos
patrocinada por la Universidad de Harvard, donde preparaba una tesis sobre la
historia económica Argentina. Se proponía optar a un grado académico que le facilitara
un puesto directivo en el Instituto de Investigaciones de las Repúblicas
Americanas del Departamento de Estado.
Eran los
tiempos del New Deal, ya recobrada la república del Norte de la crisis
económica de 1929. Franklin Roosevelt y su tust de cerebros
desarrollaban la política “de buena vecindad” para combatir en América Latina
las manifestaciones nacionales defensivas que perjudicaran la influencia de los
Estados Unidos, y unificar así al continente para la lucha, que se anunciaba
próxima, contra los nacionalismos agresivos del Eje Roma-Berlín. Burgin era un
fervoroso servidor de esa política, en parte por integrar en modesta escala el trust
de cerebros qué gobernaba Estados Unidos, y en parte por un tremendo odio –
tal vez racial – que no ocultaba contra Alemania y sus gobernantes de entonces.
José María
Funes, Director del Archivo de Santa Fe, me acercó al investigador
yanqui-polaco de nuestra historia económica. Yo andaba por entonces estudiando
la Ley de Aduana de Rosas del 18 de diciembre de 1835, y preparaba una
monografía publicada en esta Revista, luego editada en forma de libro. Funes le
había hablado de mis investigaciones a Burgin, y el norteamericano se mostraba
escéptico sobre la existencia de una ley “proteccionista’ debida a Rosas.
Se la
mostré, pues la desconocía. Se asombró, porque imaginaba a Rosas librecambista
por ser propietario de estancias y beneficiarse, por lo tanto, con el
librecambio. “Esto no puede ser” decía con el tomo del Registro Nacional donde
figura la ley, en la mano : era algo que iba contra sus íntimas convicciones
que Rosas, estanciero y hombre de Buenos Aires, pudiera hacer una política
económica en beneficio de las clases humildes e industriosas del interior. Pero como
aquello era, se puso con ahínco y curiosidad a estudiar el raro
fenómeno : “Debe tener alguna explicación política” me dijo algunos días
después, pues no le entraba en la cabeza que Rosas pudo haberse convertido con
sinceridad al proteccionismo económico. Claro que tenía una explicación política,
pues no se había hecho la ley para
lucrar personalmente sino para consolidar la unión, nacional y afirmar una
independencia económica Argentina de la producción extranjera.
Pero Burgin
empleaba la palabra “política” en el sentido de demagogia electoral. Confieso
que mis esfuerzos para mostrarle que la Confederación de 1835 no era Oklahoma
en 1938, no surtieron mayor efecto.
El asombro
fructífero.
En las
apacibles tardes de Santa Fe, frente a sendos lisos de buena cerveza de San
Carlos, disentí muchas veces con Burgin de historia argentina y política
internacional. Nuestras posiciones eran diametralmente opuestas, pero Burgin
tenía la palabra cordial y tolerante. Sin apearse de convicciones hondamente
arraigadas y que constituían su gran razón de vivir y estudiar, admitía las
observaciones y analizaba y pesaba los argumentos. Ni él ni yo podíamos
rebatirnos ni convencernos, pues partíamos de puntos distintos para buscar
objetivos diferentes. Pero la conversación amable servía para rectificar
errores y aclarar equívocos.
Burgin
admiraba, como es natural, a su país de adopción; y amaba, como es también
natural, a su país de origen. En esos tiempos borrascosos, ya próxima la Gran
Guerra, veía por todas partes al totalitarismo en amenaza contra la democracia.
Imaginaba el esquema totalitarismo-democracia como el enfrentamiento de tiranos
ambiciosos y sórdidos contra hombres libres perseguidos: planteo muy común
entonces, agravado en su caso por una impermeabilidad suma hacía los valores
espirituales. Pues las palabras patria, religión, pueblo no encontraban mayor
eco en su espíritu. O solamente el de conveniencias materiales elevadas por
conveniencias personales a valores entendidos. Ubi bene ibi patria “donde está el beneficio está la patria”
repetía el expatriado polaco al servicio del Departamento de Estado de la
Unión, con su latín de Harvard: solamente había patriotismo cuando los
intereses personales coincidían con los de la colectividad.
De allí su
asombro y su escepticismo ante el patriotismo de Rosas que se elevaba
sobre sus intereses personales. Rosas había sido un tirano como los jefes del
Eje, y no tenía sus simpatías. Un tirano está en el poder por ansía de mando o
beneficio particular; Rosas no podía ser una excepción a la regla. Yo esgrimía
el argumento de las luchas contra Francia e Inglaterra que dejaban inconmovible
a mi amigo: Inglaterra y Francia habrían venido a defender la libertad de
comercio y a ingerirse en la política platense como todos los países grandes
hacen con los pequeños ; Rosas las habría combatido porque sus intereses
económicos se oponían a los extranjeros. Como no me fuera difícil mostrarle en
grave error (no era su fuerte la política internacional de la Confederación)
acababa la discusión con un grande e irrebatible argumento. “Lo haba hecho por
política: los políticos de todo el mundo son iguales: buscan votos”.
La Ley de
Aduana lo asombraba pues “su” base se venia al suelo. Allí Rosas invadía el
campo económico que era la especialidad suya. Su asombro fue fructífero:
estudió con tenacidad el sistema arancelario de Rosas; con tanta tenacidad que,
vuelto a Buenos Aires, dedicó su estada a buscar decretos y resoluciones sobre
tarifas de avalúos en los tiempos de la tiranía. El resultado fue que se quedó
en los tiempos de Rosas, y la tesis no prosperó más allá: en vez de una
historia económica Argentina, escribió un documentado trabajo Some economics
aspects of Argentine Federation, presentado en 1940 a Harvard, y editada en
1946 por la misma universidad con una pequeña variante en el título. Que la
editorial Hachette acaba de traducir a los veinte años de su confección, con un
estudio preliminar de la señorita Beatriz Bosch, estudiosa de Paraná (Entre
Ríos).
La parte
principal y mejor trabajada de Aspectos económicos del Federalismo Argentino
- (debió ser “de la Federación Argentina”) es la Ley de Aduana de diciembre de
1835 con sus antecedentes y consecuencias.
Rosas,
político de Oklahoma
Elogia
Burgin la ley de aduana, pero mantiene su opinión : Rosas no la dictó convencido
de la excelencia del proteccionismo sino por necesidades electorales o
ambiciones de poder. Otra cosa no era comprensible en un tirano porteño
y estanciero. Más de treinta
páginas dedica a demostrar que los amigos estancieros de Rosas eran librecambistas
y por lo tanto Rosas debería serlo también. Pero como la política librecambista
no era en 1835 “la más adecuada para las necesidades del país y alteraba el
equilibrio en beneficio de los estancieros”, debió esconder demagógicamente sus
intereses de hacendado en beneficio de sus intereses políticos. Entre las vacas
y los votos, se quedó con los votos.
Trae Burgin
la discusión de la ley anterior de aduana debatida en la Junta de
Representantes entre diciembre de 1834 y enero de 1835. Encuentra a los representantes
divididos: por una parte los estancieros con Nicolás Anchorena “jefe del
partido federal” (evidente confusión con su hermano Tomás Manuel; que tampoco
podía llamarse jefe siéndolo ya Rosas de una manera indisputable) y
“portavoz de los estancieros” que quería mantener el librecambio rivadaviano
favorable a sus exportaciones de charqui y cueros. y por el otro una minoría nacionalista
encabezada por el doctor Baldomero García quien “teniendo en cuenta los
postulados económicos de las provincias” solicitaba el establecimiento de un
sistema protector de las industrias provincianas arruinadas por el librecambio
porteño. Triunfó Anchorena “indudablemente debido al prestigio de Rosas”
sancionándose la ley librecambista.
Muy bien.
Pero tras la ley librecambista del 14 de enero de 1835 dictada durante el
gobierno de Maza está la otra ley en abierta oposición con aquélla, dictada por
Rosas en uso de la suma del poder público, el 18 de diciembre del mismo año y
que habría de regir, con pequeñas modificaciones hasta Caseros ¿Por qué Rosas,
librecambista en enero, se habría vuelto proteccionista en diciembre? La
explicación que encuentra Burgin es muy norteamericana: Rosas lo habría hecho
“para estar cerca de la multitud electoral representada por Baldomero García”.
Alguna
pequeña e intrascendente aclaración: Este demagogo de Rosas, que acababa de
ganar el plebiscito por 9.726 votos contra 4, cambiará según Burgin el
sistema económico “para estar mis cerca de la multitud electoral”.
Con
seriedad afirma el norteamericano que, después de dictar la ley de aduana de
diciembre, “Rosas podía contar ahora (el subrayado es mío) con el apoyo
unánime de las clases medias de Buenos Aires”; antes tras Baldomero García al
parecer. Aun cuando en Buenos Aires no había una industria manufacturera
apreciable y no se comprende muy bien como las clases medias porteñas se
beneficiaban con la ley de Rosas.
Los hechos
y las intenciones.
Con la ley
de diciembre desaparecieron los recelos del interior hacía Buenos Aires – como
Burgin reconoce – y la Confederación Argentina planeada en el Pacto de 1831
salía del papel para empezar a ser una realidad. Mientras Rosas, hasta entonces
hombre de Buenos Aires, empezaba a perfilarse como el gobernante nacional por
excelencia.
Forzado a
reconocerlo, Burgin empieza a bordarle las explicaciones personales posibles.
Que Rosas lo hizo para “ocultar el peligro de la dictadura” que se propone
establecer, pues dietó la ley porque quería más votos, porque ambicionaba la
popularidad, porque era un demagogo, porque quitaba argumentos a sus
opositores, por esto, por aquello.
En historia
como en los pleitos, las intenciones no cuentan: lo importante son los hechos.
Burgin quiere creer – para dejar a salvo su concepto malo sobre Rosas – que
hizo una política nacional y en beneficio a las clases populares en contra de
sus íntimas convicciones. Porque un porteño aristócrata y tirano, debería
pensar como los porteños, los aristócratas y los tiranos, aunque obrara como un
argentino y un hombre de pueblo.
No vale
discutir la cuestión. Que Rosas obró como argentino y hombre de pueblo, es lo
que interesa. Con sus convicciones íntimas que se las arregle la Divina
Providencia.
El árbol y
los frutos
La ley de diciembre
benefició al interior. Burgin lo reconoce (con protestas de la señorita Beatriz
Bosch desde el prólogo) : “Rosas se convirtió para las provincias en el más
argentino de los gobernantes porteños, en realidad el único gobernante que
había antepuesto los intereses económicos de la nación al de los comerciantes
extranjeros. El gobierno de Buenos Aires se había revelado como un gobierno
nacional, y Rosas se transformó en el Jefe reconocido de la Nación”.
Tras este aplauso,
Burgin empieza a encontrarle lunares a la aplicación de la ley de aduana. Así
en 1838 quedaron rebajados los altos aforos aduaneros volviéndose casi al
liberalismo de Rivadavia El hecho, que es cierto, tiene una explicación
sencilla: el almirante francés Leblanc acaba de bloquear el litoral argentino
con aplauso de los jóvenes mayos de entonces y el retardado de Mariano
J. Drago ahora. La rebaja de aforos era un incentivo a burlar el bloqueo; sin
consecuencias mayores económicas pues la prohibición de la entrada de
manufacturas extranjeras quedaba establecida por el hecho mismo del bloqueo,
mejor que por cualquier disposición legislativa. Por otra parte, la rebaja
duraría hasta 1840, al día siguiente de levantarse el bloqueo: desde noviembre
la Ley de Aduana, ampliada con un adicional del dos por ciento para cubrir el
déficit del presupuesto, volvió a su plenitud.
En
diciembre de 1841 Rosas suprime la prohibición de ingreso de algunas
mercaderías “necesarias para el ejército y la población” como trabajos de
hierro, lata, latón, algunos tejidos, ruedas para carruajes, etc. La
disposición del 31 de diciembre (fechada 21 por Burgin con error, por
seguir una errata del Registro Nacional) era comprensible: los resultados del
bloqueo de dos años habían sido desastrosos económica, financiera y
políticamente. Presupuesto con enorme déficit, población con hambre por
carencia de harinas, clases medias que deberían sufrir la inflación y el
elevado costo de los productos, ejércitos a improvisarse sin medios para luchar
contra el remanente de los auxiliares franceses. A salvar parte de eso, tendía
la disposición del 31 de diciembre de 1841, como lo dicen claramente sus
fundamentos “para que se provea el ejército y la población de unos artículos
que han escaseado enteramente”.
Burgin
parece no tomar en cuenta esta situación. Cree que Rosas ha vuelto al
librecambismo de Rivadavia, por ser su escondida preferencia. Lo cree porque
equívoca el arancel a aplicarse a los artículos prohibidos: dice que sería del
17 por ciento ad valorem, ignorando de donde ha tomado el aforo pues no
cita la fuente. Pues el impuesto no era el relativamente reducido del 17 por
ciento sino el prohibitivo del 39 por ciento como se anota en el Arancel de
la Aduana de Buenos Aires de Vicente Rosa en sus ediciones anuales, que
Burgin no cita entre sus fuentes, cuando es la única sobre esta materia. Supone
que Rosas “volvió al librecambismo porque para entonces las provincias se
habían separado de Buenos Aires”. La sola separada era Corrientes, pues la Liga
del Norte había quedado destrozada en Famaillá el 19 de septiembre de
ese año, tres meses antes de tomarse la disposición. Por otra parte la entrada
de esos productos de hierro y latón en competencia con algunas industrias
vernáculas, no perjudicaban a éstas debido al alto y prohibitivo aforo. y no
fue tan larga esa libre entrada: en 1845 se cerraba nuevamente la exportación
por el nuevo bloqueo, esta vez anglo francés.
El árbol se
conoce por sus frutos. El hecho cierto es que las industrias crecieron
extraordinariamente durante el gobierno de Rosas, en parte por la Ley de Aduana
y en parte por los dos bloqueos. Si Burgin, que cita a Martín de Moussy entre
sus fuentes, hubiera leído con detenimiento la Description de la
Confederation, Argentine nos habría dado un cuadro excelente del estado
industrial del país a la caída de Rosas; lo mismo si hubiera caído en sus manos
el censo de Buenos Aires en 1853 (el siguiente en Caseros) donde se muestra el
gran número de establecimientos fabriles – hasta con máquinas de vapor –
existentes en la ciudad de Buenos Aires antes desprovista de industrias.
Burgin no
cita a ambos, pero supone esta riqueza industrial. La atribuye más a los
bloqueos que a la Ley de Aduana, pues “Rosas muy pocas veces se aventuró a pasar
de los límites estrechos qué le señalaban los intereses de Buenos Aires y la
clase que representaba”. No se aventuró, pero el país se enriqueció.
Estas pocas
veces fueron la ley de aduana, y la aceptación de los dos bloqueos que
beneficiaron industrialmente a la nación en perjuicio de la clase exportadora
de Buenos Aires, que era la suya. Si llama a esto pocas veces, mi amigo Burgin
incurre en una exageración inaceptable.
Los
antirrosistas y la Ley de Aduana.
Es una
lástima que juicios tan dispares con la documentación acompañada perjudiquen la
obra de Burgin, antirrosista malgré luí Porque, pese a sus errores y
retaceos, su libro es el estudio más completo de la Ley de Aduana debido a un
escritor no revisionista.
Hasta ahora
solamente dos antirrosistas, que sepamos, se han ocupado de la Ley de Aduana.
Enrique M. Barba en la Historia de la Academia, donde después de
endilgarle a la ley algunos curiosos reparos, como que “sólo el puerto de
Buenos Aires era el habilitado para el comercio de ultramar : de esta manera
Rosas no libraba a las provincias de la tutela porteña”, como si estuviera en
la jurisdicción del gobernador de Buenos Aires facilitar el muy costoso viaje
por el Paraná a los buques a vela de ultramar, por una disposición legislativa,
llega a decir : “la Ley de Aduana significaba un avance estimable en lo que se
refiere a proteger la economía y la industria vernácula”. Mayor objetividad y
más palabras laudatorias no se podían estampar en la Historia de la
academia tratándose de una ley de Rosas. Es un mérito, y no pequeño, del
doctor Barba.
El otro
antirrosista que trata la Ley de Aduana es Rodolfo Puiggros en sus libros La
herencia que Rosas dejó al país y Rosas el pequeño. Solamente que Puiggros
ha leído la ley con mucho apresuramiento, pues entiende que las prohibiciones y
restricciones contenidas eran para “la producción de otras provincias que
entraban a Buenos Aires”, y no para la producción extranjera que entraba al
país por la boca obligada del único puerto de ultramar. Precisamente de ese
equívoco extrae La herencia que Rosas dejó al país, y como hacía
prevalecer los intereses porteños sobre los nacionales, llama a Rosas el
pequeño. Es de esperar que en una tercera y definitiva edición de su libro
rectifique el error de la Ley de Aduana, y por consecuencia el título de la
obra bien podía ser entonces Rosas, el Grande.
Lo
prologuista que polemiza con el libro
La señorita
Beatriz Bosch hace el estudio preliminar con laudable esfuerzo y marcada
displicencia hacia un libro que, con todos sus retaceos, elogia y mucho la
política de Rosas. Parece que le ha costado leer y transcribir los juicios de
Burgin favorables al tirano.
No lo
califica de estudio, ni de libro, ni siquiera de tesis: lo
reduce a ensayo, que es género literario y no histórico. “El aporte más
novedoso del ensayo de Burgin es el capítulo relativo a la tarifa” dice con
honda perspicacia. Cita los elogios de Burgin a la Ley de Aduana y la
incidencia de la misma en el carácter nacional asumido desde entonces por el
gobernador de Buenos Aires, corroborándolos con otros de Irazusta; pero
extrañándose, pues “sin embargo otro es el juicio de Enrique M Barba”. Menciona
de Barba la monografía sobre la época de Rosas en la Historia de la Academia,
donde critica a Rosas y a su Ley de Aduana – después de elogiarla – porque la
misma no hubiera canalizado o rectificado el curso del Paraná para permitir en
las provincias litorales otro puerto de ultramar accesible a los buques a vela
de gran calado.
También
extraña la señorita Bosch que Burgin no mencione "los móviles económicos
que coadyudaron en la cruzada constitucionalista emprendida por su vencedor”;
en otras palabras que no mencione el choque de intereses económicos entre el
litoral y Buenos Aires como causa coayudante del pronunciamiento de Urquiza,
Y aquí el
crítico se encuentra en la obligación paradojal de defender al libro criticado
contra la misma prologuista. Pues Burgin no menciona esas causas, sencillamente
porque no existieron : hubo solamente el pedido de Urquiza a Rosas de que le
tolerara un tráfico irregular (la perifrasis es de Manuel Herrera y
Obes) en buques suyos o fletados por él, que llevaban hasta Montevideo oro
extraído de Buenos Aires con manifiesto para Entre Ríos, y traían a Buenos
Aires mercaderías manufacturadas europeas desde Montevideo, sin expresarlas en
los manifiestos de sus capitanes. Extraña que la señorita Bosch no haya
acertado todavía con la índole irregular de ese tráfico (donde no entraba
para nada la economía entrerriana, y sí solamente las conveniencias comerciales
del aprovechado gobernador) cuando precisamente en un estudio de ella sobre Los
Tratados de Alcaraz (publicado en 1955 por el Instituto de Inv. Hist. de la
F. de Filosofía de Buenos Aires) pueden encontrarse en sus páginas 26 y 27 los
ardides de Urquiza y su socio Crespo para burlar la Ley de Aduana y llevar y
traer mercaderías de contrabando ( ¡ perdón!, irregularmente) entre
Montevideo y Buenos Aires. No ha advertido la señorita Bosch que ella ha
aportado la prueba decisiva sobre los negociados de Urquiza, que Rosas hizo
cesar en 1848 por una vigilancia seria en los buques suyos; como no ha
advertido tampoco que Urquiza “levantó el gallo” a Rosas cuando a fines de 1849
la guerra con Brasil se hizo inevitable exigiendo una vista gorda sobre sus
negociados como precio a su permanencia en las filas argentinas. Como Rosas le
contestara con un digno silencio, empezó a enredarse con Brasil a la espera de
que don Juan Manuel recapacitara. y como seguía el silencio de Rosas, escribió
a Buenos Aires a Rufino de Elizalde el 22 de febrero de 1851 (debatiéndose ya
en las mallas de la diplomacia brasileña) para que mostrara la carta a Rosas,
diciendo que volvería a tomar la posición argentina cundo sea “suprimida la
declaración que el capitán del puerto toma a todos los patronos de buques que
van de esta provincia”. Como lo debe saber perfectamente la señorita Bosch pues
cita la carta en la página 21 de su recopilación Presencia de Urquiza (que
también podía llamarse “Ausencia de Urquiza” en una segunda edición hecha con
más cabal conocimiento de la importante documentación transcripta). y como
Rosas se negara a escuchar proposiciones semejantes, Urquiza se pasó, mediante
compensaciones, a las filas del Imperio enemigo.
José María
Rosa.