Memorias de D.Ordoñana – Revista del Inst. J.M. de Rosas nº 19 año 1959
21 páginas 9.070 palabras
“Memorias del Dr. DOMINGO ORDOÑANA”
Introducción y nota de JOSÉ MARIA ROSA.
Poco antes de morir, Luis Alberto de Herrera me dio estas “Memorias” del Dr. Domingo Ordoñana, sobre la parte que le cupo – teniendo 20 años de edad – en la paz del 8 de octubre de 1851.
Escritas mucho tiempo después de los sucesos
y para servir de guía a una conferencia, estas “Memorias” fragmentarias y
deshilvanadas – se ha extraviado la parte correspondiente a la primera
tentativa de paz en agosto de 1851 en el arroyo de la Virgen –, hacen no obstante, mucha luz en, los
dramáticos acontecimientos que llevaron a la paz del Pantanoso. El cansancio de una larga guerra de nueve
años en la cual el Estado Oriental fue el campo de batalla (con su lógica
secuencia de invasiones, saqueos, abandono de estancias, “californias”
riograndeses) Llegó a ser irresistible y anuló el valor combativo de las tropas
orientales mandadas por los generales
Ignacio y Manuel Oribe. De allí su
desmoronamiento ante el avance de Urquiza y Caxias en el invierno de 1851,
hasta nominar en la capitulación del 8 de octubre.
Le descripción de los regimientos argentinos
y españoles que, formando parte del Ejército Unido, sitiaban a Montevideo, ha
sido lograda felizmente por Ordoñana.
Su explicación sobre la política de Rosas y Oribe, formulada cuando ambos – aún para federales
argentinos y blancos orientales – eran las “bestias negras” de la
historia del Plata, demuestran ecuanimidad y ponderación.
Muchas cosas ignoradas salen a luz con estas
“Memorias” de Ordoñana, escritas, como he dicho, en forma de una
conferencia y cuya copia en mi poder ostenta una dedicatoria “a mi distinguido
amigo don Remigio Castellanos, Jefe Político de Cerro Largo”. Entre otras, la causa, hasta ahora
desconocida por la cual el cnel. argentino Pedro Ramos no comunicara sus
compañeros las terminantes órdenes de evacuación dadas por Rosas a las
divisiones argentinas, que hubieran permitido a tiempo el traslado de estos
cuerpos a la ribera occidental del Plata y evitado que Urquiza los incorporase
por fuerza a al Ejército Grande Libertador; el desconcierto de Oribe
ante el rechazo por Rosas de la proyectada paz del arroyo de la Virgen en los
duros términos traídos por Ramos; su mayor desconcierto por la negativa de
Urquiza de tratar con él; y finalmente el “sálvese quien pueda” de los jefes
argentinos obligados a dejar sus soldados en poder de Urquiza por la
capitulación del Pantanoso.
Ordoñana refiere, con lealtad e
imparcialidad, las cosas que vio y oyó.
Esta parte es la principal de sus “Memorias”, cuyo valor histórico la
constituye el relato de la superficie histórica hecho por un testigo presencial
intachable en su persona, con la sola y única objeción del transcurso del
tiempo entre los hechos y el relato.
(No he podido dar con la fecha de la conferencia, pero la supongo de
principios del siglo, es decir a cincuenta años del final de la Guerra
Grande). Estos hechos, descriptos por
Ordoñana en su superficie, contienen un fondo que necesariamente debió escapar
al autor, tanto por sus pocos años como por su posición subalterna en el
Ejército sitiador. Por lo tanto, los
juicios vertidos sobre las personas y los motivos que los llevaron a obrar de
determinada manera, solamente tienen un valor relativo, y deben manejarse con
precauciones.
El mismo Ordoñana lo dice en la introducción
de sus “Memorias”:
“Las noticias que voy a emitir con relación a
los hechos que vinieron a producir la conclusión de la guerra, con justicia
llamada Grande, servirán para que hoy o mañana no se tergiversen los hechos, y
hablen también otros de los que van quedando para contar el cuento. El mío es de aquellos que debe denominarse
de vista de ojo, porque yo en la condición de Cirujano del ejército del Norte
del Río Negro, y en la modes edad de los apercibimientos que dan los 20 años,
nada perdí de lo que se desarrolló en el Plata desde el mes de mayo de 1851 al
3 de febrero de 1852, en que se dio la batalla de Caseros que finalizó la
administración del general Rosas en la Confederación Argentina”.
Estas “Memorias” me las obsequió Luis Alberto
de Herrera en forma de 18 páginas, sin numerar ni ordenar, de cuya lectura
puede inferirse el extravío de una o más relativas a la primera tentativa de
paz del arroyo de la Virgen.
He omitido las cinco primeras páginas, por
ser una introducción de consideraciones generales sobre la historia americana. Me he permitido separar Los distintos puntos
y rotularlos, a fin de facilitar su lectura; y en ocasiones, muy pocas, he
corregido la vieja ortografía del autor.
También – y por las mismas consideraciones de la introducción – he
suprimido la parte final donde el conferencista – recuerdo la forma escrita de
estas “Memorias” – recapitula los hechos más importantes de ha Guerra Grande, y
su juicio de que el sitio de Montevideo “debía haber terminado con forma más
brusca, más estrepitosa y heroica, tanto para honor de los tirios como por
gloria de loa troyanos”. Una sola frase
merece a mi juicio salvarse del silencio y solamente por su factura literaria:
“Los unitarios (en 1851) de Rivadavia, fustigados en todas partea, habían
desaparecido de los espacios, no quedando más que sus sombras representadas por
otras sombras”. Sombra de sombras eran en los últimos
tiempos de la Guerra Grande, Alsina, Carril y los contados rivadavianos de la
emigración o de Buenos Aires.
Aquel Ejército Unido de Vanguardia de la
Confederación Argentina, que obedeciendo las órdenes del General Oribe había
vencido en Quebracho Herrado, en Rodeo del Medio y en San Cala,
y pacificó el extenso territorio que constituye hoy aquella gran Confederación,
estaba fraccionado sobre esta República y tenía sobre la Capital o sitiando a
la Capital, batallones mandados por el coronel Costa, Maza y Ramiro, y
divisiones de caballería a las órdenes de los jefes Quesada y Lamela; y
después, extendidos por los campos, al Coronel D. Nicolás Granada, el vencedor
de Rico en Chascomús, que mandaba la división Sud y le obedecían los
comandantes Don Ramón Bustos y Bernardo González; las divisiones números 4 y 6
respectivamente a las órdenes de los coroneles Don Cayetano Laprida y Don José
María Flores, y regimientos de Caballería que dirigían y ordenaban los
Coroneles Sosa, Burgoa, Hidalgo, Echegaray, Videla, Palao, y batallones de
Patricios todos de la Guardia del Monte que mandaban Don César Domínguez, y
libres de Buenos Aires al mando del Coronel Don Pedro Ramos y Nicolás Martínez
Fontes; y artillería que obedecía órdenes de los comandantes Castro y Méndez.
En el Ejército de estas referencias, y en el
sitio de Montevideo, estuvieron también algunos años el General Venancio
Pacheco y el Barón de Hollemberg, aquél mismo que con el general Zapiola habían
sido los inseparables compañeros del denodado General San Martín partiendo
desde Europa.
Los jefes, oficiales y soldados que
constituían aquél Ejército eran, muchos de ellos, ricos estancieros de la
provincia de Buenos Aires; otros, de los que en algún sentido habían cruzado la
América Meridional en la Hispánica Independencia y habían llegado al pié del
Tupungato, del Sorata y del Illimani guiados por los Belgrano, San Martín,
Bolívar, Sucre, Salaverry, Gamarra; y otros habían sido de aquél heroico Nueve
de línea que, mandado por el coronel Pagola y por su segundo Don Pablo Alemán,
hijo de Canelones, representan denodadamente al Uruguay en Chacabuco, en
las pendientes andinas; y otros en fin, habían cruzado el Cusuloubú y el
Neuquén con Arbolito, Rosas y Pacheco, procurando esa conquista Pampeana que
han consumado los Drs. Alsina y Avellaneda.
Pertenecían pues aquellos soldados al linaje
de los hombres de pelea. Eran todos hombres
encanecidos, y su conversación individual de crónica histórica empezaba por los
llanos de Torata como seguía por Pasco; eran algo así como el residuo de los
guerreros de los tiempos heróicos, fraccionados y dispersos por las contiendas
civiles y extendidos por toda la América, antes y después de consumada la
Independencia; sustancialmente lidiadores que batallaron en estos países desde
la invasión inglesa de 1806 hasta las batallas de Ayacucho, Ingavi, e
Ituzaingó. Netamentes los
soldados de esta referencia representaban en el terreno de la práctica la
idealización de los bardos americanos Eredia, Magariño Cervantes y Plácido, sin
desmentir el valor, su abnegación, su patriotismo y la real fantasía de la
Patria; sin más pretensiones, lo que sorprenderá sobre todas las sorpresas, es
que los soldados de aquél ejército no tenían de pret más que $ 20.00
papel al mes equivalentes a un patacón; y los coroneles $ 600.00 papel al mes
equivalentes a veinte y cinco patacones, y esto dará cuando menos la idea de la
alta disciplina de aquellos soldados y del respeto que todos tributaban al
superior. El uniforme de los jefes y
oficiales lo constituía una chaqueta de grana, un chaleco del mismo color,
pantalón de paño azul oscuro con franja colorada, botines de becerro y una
gorra de manga para los cuerpos de caballería, y redonda o achatada para los
infantes Para los soldados, el uniforme consistía en una camiseta de paño
colorado, que copió Garibaldi para su uso y para uniforme de los voluntarios de
Marsala, chiripá colorado de paño, camisa y calzoncillo de lienzo, y para
calzado una hojutas o sandalias de cuero como los soldados romanos de César y
de Pompeyo. Eran sus armas : espadas
para jefes y oficiales, y para los soldados fusil de chispa provisto de cuatro
paquetes en la respectiva canana, bayoneta, morral y cantimplora flamenca para
el agua.
Este gran tipo del soldado argentino le
tenemos en un lienzo regalado por nuestro amigo Blanes.
En las condiciones expuestas, y con el
personal expuesto, el Ejército Federal argentino obedecía las órdenes del
General Oribe, que, en los momentos que se producían los sucesos de Entre Ríos
y pasaban los Generales Urquiza y Garzón, tenía al brioso brigadier don Ignacio
Oribe destacado al norte del Río Negro en campo de observación sobre las
márgenes del Arroyo Malo.
El Ejército de Urquiza efectuó su pasaje del
Uruguay sin oposición de ninguna clase, y las fuerzas oribistas destacadas en
las riberas y que obedecían al general Don Servando Gómez se pronunciaban, por
el contrario, en favor de la invasión dirigida para este caso por oficiales que
no quiero individualizar por razones de moral política nacional.
El General don Servando Gómez, que era uno de
los guerreros de la Independencia, sirvió con el General Laguna en la epopeya
de los Treinta y Tres; soldado leal en toda la extensión de la palabra. Pero poco tiempo antes de los sucesos que
narramos se había dejado sorprender por unas turbas brasileras denominada
“CALIFORNIAS” que, a las órdenes del Barón de Yacuí, Chico Pedro de Abreu,
invadieron el norte del Río Negro para robar vacas como hacían los paulistas de
otros tiempos; y los que fueron anonadados por el Coronel don Diego Lamas y
desbriznados por el Comandante Don Dionisio Trillo en las márgenes del Tacumbú.
Por los sucesos precedentes Servando Gómez
había sido depuesto de su alto cargo de General en Jefe al Norte del Río Negro,
y así su resentimiento le dio motivo más que suficientes para entrar en las
combinaciones que con tanto tino preparó el General Garzón para invadir el
territorio uruguayo respondiendo a la Grande Alianza.
Algunas divisiones que pertenecían a los
DEFENSORES DE LAS LEYES con su blanca y purpúrea divisa, siguieron
defeccionando al Norte por el solo prestigio que a los orientales infundía el
General Garzón; causa también inmanente de las disgregaciones sucesivas que
sufrió el ejército del General Oribe.
LAMAS, EGAÑA, BRIAN, ARGENTO y otros, tuvieron que ponerse al amparo de
las bravísimas divisiones argentinas que en aquella región mandaba el Coronel
Hidalgo, Comandante Domínguez y el Mayor Basso, los que inmediatamente
emprendieron un movimiento de retirada buscando la incorporación del General
Ignacio Oribe, quién como he dicho, acampaba en el Arroyo Malo.
Don Dionisio Trillo, Jefe de la frontera del
Noreste, con la lealtad que en todos sus actos le caracterizó, viéndose
abandonado se abrió paso hacia el Brasil buscando restituirse como se restituyó
al ejército fiel de Manuel Oribe, que se organizaba en el arroyo de la Vírgen.
Efectuadas la incorporación de las fuerzas de
Hidalgo, don Ignacio Oribe emprendió la retirada en dirección al Río Negro, y
se habían recorrido unas cuantas leguas, es decir se había llegado a las
márgenes de Arroyo Charrata, cuando el enemigo se presentó tiroteando la
retaguardia y haciendo prisioneros algunos bagajes y recibiendo yo
personalmente un balazo en la clavícula izquierda.
El Coronel don Juan Valdez era entonces
Comandante General del departamento de Tacuarembó y, sea por el especial cariño
que le profesaban sus subordinados como la decisión de los ciudadanos de aquél
departamento, entre los que se encontraban don Tristán Azambulla, Pedro
Chucarro, Lino Erosa, Juan Benito Palacios y otros distinguidos caballeros,
ello es que aquél departamento puso en movimiento una columna de mil hombres de
infantería y caballería, que no pudiendo efectuar su incorporación con don
Ignacio Oribe por la interposición de las fuerzas enemigas rápidamente
adelantadas, efectuó el pasaje del Río Negro por el rincón de Zamora, mientras
el Brigadier Oribe buscaba en línea recta la manera de efectuar ese mismo
pasaje salvando su numerosa caballada que era la principal atención del
ejército invasor.
Valdés, perseguido y escopeteado por sus
compañeros de la víspera, siguió lealmente al Arroyo de la Virgen con su
división íntegra, mientras el Brigadier Oribe, estrechado en las márgenes del
Río Negro desbordado por las continuas lluvias, presentaba batalla a un enemigo
que se negó resueltamente por tres días consecutivos a aceptarla, por más que
se hicieron los adelantos y las decididas provocaciones que en esos casos
corresponden.
El General Urquiza solicitó una entrevista
particular y privada al Brigadier Oribe, que la rechazó con indignación,
mientras hacia llegar a manos de los Jefes argentinos las más atentas y
cariñosas cartas en las que exponía y manifestaba las causas que a su título
eran suficientes para levantarse contra el General Rosas y unirse a los
brasileros y a la “SUBLIME ALIANZA”.
Era el 10 de agosto. El honorable Coronel don BASILIO MUÑOZ, jefe
de la división Durazno, se presentó en la picada de Oribe por la margen sur,
como para facilitar el paso del Ejército del Norte, a lo que se dió
inmediatamente principio por las caballadas, por las carretas de parque y ambulancia,
y finalmente por las numerosas mujeres que en aquellos tiempos acompañaban a
los ejércitos.
Al día siguiente, aquella división, aquél
cuerpo de ejército y aquellos caballos, todo había desaparecido; y solo estaban
allí el Coronel Don Basilio Muñoz, el Comandante Militar del Durazno Don
FAUSTINO MÉNDEZ, los ciudadanos PEÑA, IMAS y MARTÍNEZ, y algunos ayudantes y
asistentes que se lamentaban del abandono de los amigos y compañeros de la
víspera que les habían dejado para huirse al enemigo, que, al mando del Mayor
NEIRA acababa de vadear el Río Negro por los pasos de los Toros.
Tomaba aquello el carácter de un
pronunciamiento general, y don IGNACIO ORIBE juzgó, en consejo de Jefes, que
sería prudente efectuar también el cruce del Río Negro, como se ejecutó de
noche arrojando al río la artillería pesada, y seguir marchando al Sur en busca
del Paso de Rey en el Río Yi, vadéandole en botes construidos para ambos ríos,
de cuero fresco ahuecados con simbras de sarandí y amarillos.
La marcha se efectuó con toda precisión y
dejando a la derecha el Río de las Cañas, y a los cerros de Malbajar y a la
histórica Capilla de Farruco; y atravesando otros ríos y otros arroyos y
hostilizados de noche y de día por enemigos ensoberbecidos por las defecciones.
El Ejército del Norte llegó así al Arroyo de
la Virgen haciéndose la junción con el gran ejército que a las órdenes directas
de Don Manuel Oribe se organizaba en aquél punto.
Allí estaban las divisiones COLONlA, SAN
JOSE, CANELONES, TACUAREMBO, las que respectivamente obedecían a los Coroneles
MORENO, ÁLVAREZ, GOLFARINI y VALDEZ; estaban diversos regimientos y escuadrones
sueltos, y el Ejército Unido presentaba un personal de 8.500 infantes, 7.000
jinetes y 24 piezas de artillería marca Paisans, con dos coheteras a la
“Congreve” las que mandaba el Comandante MILBURN.
Así mismo quedaron en algunos departamentos
las divisiones correspondientes a los mismos, como para distraer la invasión
llamada “EXT'RANGERA”; y en este concepto el Coronel CASARAVILLA y los
Comandantes Don TOMAS VILLALBA y FRANCISCO GRANE estaban en lo que correspondía
a Soriano, el Coronel BARRIOS en los de Minas o Maldonado, y finalmente en
Cerro Largo el intrépido don Dionisio Coronel empezaba la campaña contra el
Brasil, derrotando la Vanguardia del ejército Brasilero en el Paso de las
Piedras de Yaguarón.
Desprendiese mientras tanto del Arroyo de la
Virgen una división rápida de Caballería a las órdenes de los Mayores TIMOTEO
APARICIO y LEÓN BENÍTEZ para distraer la rumbosa marcha que por el centro de la
República ejecutaba el General Urquiza, buscando la aproximación del ejército
de don Manuel Oribe.
..........................................................
Aquí faltan una o más páginas del original de
Ordoñana. Para seguir la ilación de los
acontecimientos hago esta sucinta referencia:
Manuel Oribe había salido el 31 de julio del
Cerrito para operar le unión con los restos del Ejército del Norte que traía su
hermano Ignacio: dejó en el Cerrito, para sitiar a Montevideo, un escaso
contingente de 2 mil hombres de las tres armas con 80 cañones al mando del
Coronel Lasaga.
Ignacio y Manuel Oribe unieron sus tropas en el arroyo de la Virgen – como lo dice Ordoñana – para esperar a Urquiza, mientras Timoteo Aparicio y León Benítez hostigaban la marcha de éste. Incapacitado Urquiza para presentar combate a la fuerza de Oribe en el arroyo de la Virgen, se detuvo hasta esperar la llegada de los brasileños (que solamente el 4 de septiembre entrarían en territorio oriental). En esos primera días de septiembre, Lucas Moreno por encargo de Oribe, propone a Urquiza la capitulación sobre la base de la retirada de los regimientos argentinos a Buenos Aires “y los nacionales que deseen hacerlo”. Aceptadas, verbalmente y en principio, por Urquiza estas bases, partirá el coronel argentino Pedro Ramos a Buenos Aires para llevarlas a Rosas y obtener su aprobación. Rosas las desaprobaría con estrépito, como dice Ordoñana, dando instrucciones para quitar a Oribe del mando y cruzar por Entre Ríos hacia Buenos Aires. - J. M. R.
.........................................................
...y mientras tanto, los ejércitos siguieron
guardeando por algunos días sus respectivos campamentos y posiciones. dando lugar a que el general Rosas
contestara, y pudiese traslucir al Gobierno de Montevideo enterarse de tan
importantes asuntos; por eso que el general GARZÓN asumió facultades especiales
para poder y acuerdos convenidos por el gobierno de Montevideo presidido por el
presidente SUÁREZ.
Cuando efectuó el movimiento general de
concentración sobre el ARROYO de la VIRGEN el Coronel MORENO, jefe de la
división Colonia, aumentado con el batallón Defensores al mando del Comandante
Don MARCOS RINCÓN; algunos partidarios de URQUIZA y colorados residentes en Colonia,
hicieron un pronunciamiento en favor del Gobierno de Montevideo, y contrarío a
la política y administración de ORIBE.
El Coronel MORENO, con parte de la división de caballería y algunas
compañías del Batallón Defensores, al mando del Mayor LENGUAS, volvió
rápidamente sobre esa ciudad apoderándose de loa jefes de ese movimiento y de
la ciudad misma, y castigándolos severamente.
Todo esto concurrió a que el Coronel MORENO
aumentase su popularidad y prestigio, y la confianza en su decisión aumentase también
entre los orientales que de buena fe se disponían a luchar contra los aliados.
Se rompe el armisticio.
Pasáronse algunos días sin que ningún acontecimiento militar interrumpiese lo que podía significar la paz hecha. Montevideo, que había roto las hostilidades contra el ejército sitiador, suspendió las armas y todo parecía dirigirse hacía la normalidad de una paz tantas veces suspirada. Sin embargo de ésta, el Vizconde de Caxias, General en Jefe del Ejército brasilero, habiendo atravesado la frontera seguía hacia Montevideo a marchas cortas; y el ejército del General Oribe, acampado hacía tiempo en el Arroyo de la Virgen, había mudado de campo hacia CARRETA QUEMADA, y de allí seguía gradualmente, a marchas cortas también, la dirección de Sta. LUCIA buscando el Paso del Soldado que se vadeó con todo el ejército, siendo el jefe de la Retaguardia el Jefe argentino Coronel QUESADA.
¿Cuál no sería la sorpresa del ejército, cuando se sintieron repentinamente tiros, guerrillas y verdaderas hostilidades sobre esa retaguardia y se reconocieron clara y distintamente considerables masas de caballería forzando el Paso del Soldado y que esas caballerías obedecían las órdenes del General URQUIZA?
El ejército del General ORIBE, hizo alto en las márgenes del Mataojo; el General Oribe sorprendido, verdaderamente asombrado de la conducta del General URQUIZA y de la burla del Tratado de Paz, despachó al General Don Diego LAMAS cerca de aquél general, preguntándole las causas de aquél rompimiento El general Urquiza no se portó en verdad con lealtad, porque la carta del General Moreno a que se refirió databa de las márgenes del Colla, y era de simples reflexiones a propósito de la paz que había negociado; no era motivo, ni pretexto suficiente, para faltar a las leyes de la equidad, y así, y por estos propósitos siempre fue y nos los manifestó muchas veces el señor MORENO, una perpétua mortificación para él por las torcidas interpretaciones que hizo el General URQUIZA de algunas amistosas consideraciones, vaciadas en la particular y distinguida amistad que tenía hacia dicho General.
No consiguiéndose, pues, ni aún una suspensión de las hostilidades, el ejército hizo alto y acampó sobre el mismo paso de Mataojo, atravesando al día siguiente ese arroyo y tomando la dirección de las BRUJAS.
Llega el coronel Ramos. No
informa a los oficiales argentinos.
No habían pasado todavía la mitad de las fuerzas, cuando se presentaron el Coronel don PEDRO RAMOS y el señor ITURRIAGA procedentes de Buenos Aires que, como se ha dicho, llevaron la misión de comunicar al General Rosas el tratado de paz del Arroyo de la Virgen.
¿Cómo es de suponer Don Manuel ORIBE se
apoderó de RAMOS y siguió con él, mientras los jefes argentinos esperaban con
ansiedad para saber qué les decía su General y Gobernador y cómo había aceptado
el tratado?. Al fin, desprendido el
Coronel RAMOS, púsose en habla con sus compañeros y amigos a los cuales no los
sacó asimismo de su ansiedad en que se encontraban; contestando netamente a sus
demandas que el “RESTAURADOR NADA LES MANDABA DECIR”. Esto, como lo diré más adelante, era falso; y si el Coronel
RAMOS, no olvidándose que era argentino, antiguo capitán de Dragones de la
Patria, ayudante de campo del General ROSAS, hubiera cumplido con su deber, por
cierto que la conclusión de aquella guerra hubiera tenido una solución más
elevada, porque los elementos de que se disponía no podía contrarrestarlos la
alianza; y lo probable es que, como consecuencia de una decisiva victoria el
Uruguay hubiera cancelado con Brasil sus cuestiones de límites sin sancionar el
utti posidetis, que se usó para el tratado de 1851, y la Laguna Merin,
el Ibicuy, Yaguarón, y otros ríos serían navegaciones interiores de la
república Oriental.
El Coronel RAMOS era portador de una nota
privada de ROSAS para los jefes argentinos y tuvo la debilidad de mostrarla al
General ORIBE, que no había merecido un simple acuse de recibo con relación a
los tratados del Arroyo de la Virgen y de la Paz pronunciada allí.
Sufrió el General ORIBE un verdadero desaire
de parte de su aliado, una contrariedad peor que la que le ocasionó el proyecto
Gore – Gros; pero comprendiendo la inmensa evolución que habría de producir la
nota de estas referencias llegada al conocimiento de los argentinos, le hizo
prometer al Coronel Ramos el silencio hasta momentos más oportunos; y hasta le
dijo que él no era un traidor y que el único modo de dar satisfacción al
ejército argentino que por tantos años le obedecía, sería pegarse un tiro en su
presencia para dar cierta y solemne sanción a su lealtad de caballero,
malamente desconocido por ROSAS en tan decisivos y complicados momentos.
El ejército continuó, pues, su concentración
hacia el Cerrito, y atravesando el Colorado, siempre y constantemente
escopeteado por el enemigo, quiso el valeroso General ORIBE, el segundo Jefe de
los 33, acompañado del negro DIONISIO, uno también de los 33, tentar una
batalla; una de esas heroicas batallas que deciden de la suerte de los pueblos,
y así dispuso que los bagajes y las mujeres siguieran para el Cerrito, y
después haciendo pié y dando vuelta, se retrocedió desde Las Piedraa hasta Las
Brujas escopeteando a su vez a un enemigo que en todo los conceptos carecía de
las leyes de la equidad militar, diciendo que no quería batallar con los
compañeros y con los amigos de la víspera; al fin fue necesario volver hacia el
Cerrito, y se volvió a la vez tiroteados por la espalda y escopeteados por los
flancos en que cayeron algunos leales como el Capitán ARIAS y muchos de
aquellos valientes del ejército argentino, cuyo espíritu de cuerpo y de
nacionalidad la historia jamás ensalzará lo bastante.
Presentáronse en aquella circunstancia con
algunos leales compañeros, los renombrados capitanes, OLID, APARICIO, LEÓN
BENÍTEZ, TRILLO, para participar de los efectos que debía producir la
conclusión de la gran epopeya de los nueve años.
La retirada del ejército se hizo con orden;
se atravesó por la mitad del pueblo de Las Piedras bajo los vivísimos fuegos
del enemigo y al fin se llegó al Cerrito de la Victoria para producirse la paz
del 8 de octubre. El General Urquiza
estableció su cuartel general en el molino de Las Piedras, y estableció un
verdadero sitio adelantando sus avanzadas hasta cerca del saladero denominado
de LEGRIS.
Por estos sucesos y estos extraños
acontecimientos, el ejército sitiador durante 9 años, vino a ser estrechamente
sitiado, con hostilidades a su frente y a su espalda, y hasta una flotilla
procedente de Montevideo se presentó en el Buceo, siendo rechazada por las
fuerzas que mandaba el honorable capitán Don JOAQUÍN IDIOYAGA.
La situación pues no podía ser más crítica y
dudosa; aquello no podía prolongarse porque los pocos ganados que se había
llevado por delante debían concluir en 5 ó 6 días, y las caballadas
circunscriptas a estrecha zona de tierra también debían enflaquecerse y morir,
como empezaron a morir por falta de alimentos y lugar de apacentamiento.
Don MANUEL ORIBE envió cerca de URQUIZA
varias representaciones tratando de buscar el arreglo del Arroyo de la Virgen;
entre otros caballeros fueron sucesivamente enviados los señores don BERNABE
CARABIA, el respetable don JUAN FRANCISCO GIRÓ, el doctor JOANICÓ acompañado
del no menos distinguido doctor EDUARDO ACEVEDO, pero esas comisiones no dieron
resultado ninguno, y mientras tanto seguían las hostilidades todos los días; en
las líneas había heridos y muertos.
El coronel don PEDRO RAMOS, que como se ha
dicho fue el encargado de llevar al general ROSAS el conocimiento del tratado
del Arroyo de la Virgen, se hallaba alojado en la fortaleza del Cerrito en las
piezas mismas del Capitán Mayor, director de señales; y con la cariñosa amistad
que nos dispensara, y hallándose además enfermo, lo fuimos a visitar hallándolo
en una horrorosa excitación.
“Amigos (nos dijo llevándose una mano a la
garganta), tengo aquí una cosa que me ahoga; y solicitándola con insistencia
cuál era la causa de su molestia nos alcanzó una nota oficial del general
ROSAS, cuyos términos eran nada menos que la desaprobación del tratado de la
Virgen, y una protesta patente de los procedimientos del general Oribe; igual
por igual a lo que ejecutó en la negociación del tratado GORE-GROS amparado por
las circunstancias; en la nota decía lo siguiente :
“El Gobernador y Capitán General de la
Provincia de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de las
Provincias que comprenden a la Confederación Argentina. A los Jefes del Ejército Unido de
Vanguardia, en operaciones en la República Oriental.
“Habiendo don Manuel Oribe, presidente de la
Rpca. Ortl. del URUGUAY y General en Jefe del Ejército de Vanguardia de la
Confederación ARGENTINA, faltado al pacto y a los compromisos contraídos con la
Confederación Argentina, pactando con el traidor, etc., etc. (suprimo
calificativos) de Urquiza haciendo acuerdos con el Brasil, el Gobernador y
Capitán General que lo suscribe ordena :
“lº Que los jefes argentinos que mandan
cuerpos en la Banda Oriental desconozcan la autoridad del General don Manuel
ORIBE, procedan al nombramiento de un jefe que los dirijía de acuerdo a lo que
se indica en el pliego general de instrucciones que conduce mi edecán, Coronel
don PEDRO RAMOS.
“2º Que sin consideraciones de ningún género
los cuerpos argentinos que sitian la ciudad de Montevideo, la abandonen y tomen
la dirección del interior, llevando la artillería y parque correspondiente a la
Confederación Argentina.
“3º Que los heridos, enfermos e inválidos
sean conducidos en las ambulancias”.
Las instrucciones especiales, escritas por
puño y letra de don J. M. de ROSAS acreditan el tino práctico de aquel hombre
de Estado que respondía a su tiempo y al bravísimo período de transición
política federal ó unitaria por que habría de pasar la República Argentina,
hasta entrar en el cauce que actualmente se encuentra para seguir la corriente
de un grande y ordenado progreso.
En esas instrucciones se contenían las
ordenanzas por las cuales los jefes debían proceder al nombramiento de un Jefe
provisional que habría de dirigirles, y se expresaban las fuerzas que
sucesivamente saldrían de Buenos Aires por el Delta del Paraná para la
constitución de un Gran Ejército de Operaciones, y lo que para esos movimientos
correspondía al señor don Antonino REYES y los acreditadísimos coroneles
CHILAVERT, PEDRO DÍAZ, HERNÁNDEZ y BUSTOS. He de repetir que don PEDRO RAMOS rompió con la unidad de aquellos
pensamientos dejándose imponer silencio por el Grl. Don MANUEL ORIBE, y he de
repetir, sin partidismos, que si aquél coronel hubiera cumplido con su deber la
guerra de los Nueve Años hubiera terminado de una manera valerosa y heroica
como en realidad le correspondía.
Nada de aquello sucedió, y como los sucesos
amontonados en el Cerrito tenían necesariamente que tener una solución, esa
solución vino a suceder de la manera siguiente:
Cuando el coronel Ramos tuvo la debilidad de
mostrar al general ORIBE la nota que para los jefes argentinos conducía, le
manifestó este pundoroso jefe que tenía todavía los medios para salvar al
ejército argentino haciéndolo decorosamente embarcar para Buenos Aires, y RAMOS
le creyó hasta el momento en que me hizo la confianza y honor de mostrarme la
famosa nota, que inmediatamente llevó a conocimiento del jefe argentino don
JOSÉ MARIA FLORES que me dispensaba, con la distancia de las posiciones, la más
cariñosa, franca y leal amistad,
FLORES se sorprendió de aquello, y creyó
conveniente dar aviso a todos sus compañeros; al efecto los citó para una
reunión en su carpa y allí concurrió el valeroso coronel don GERONIMO COSTA, el
sereno Coronel don CAYETANO LAPRIDA, el pausado Coronel don NICOLÁS GRANADA, y
en fin los jefes MAZA, FONTES, ECHEGARAY, PALAO, HIDALGO, SOSA, QUESADA,
RAMIRO, GONZÁLEZ, BUSTOS, LAMELA, VIDELA; todos estaban en aquel célebre y
patriótico consejo para oír la tardía lectura de la nota del General ROSAS y
las instrucciones que la acompañaban.
Fue una sesión elevada, pero
tempestuosa. El bravísimo defensor de
MARTÍN GARCÍA en 1839, coronel COSTA, se alzó sobre todos sus compañeros
diciendo: “Que todo aquello era necesario cumplirlo, tal como el Restaurador la
mandaba, pero que era necesario previamente juzgar al Coronel RAMOS por traidor, levantar el sitio, y proceder
totalmente de acuerdo con las notas e instrucciones del General ROSAS”.
El Coronel don MARIANO MAZA actuaba como
segundo de esta memorable sesión : era yerno de don Manuel ORIBE, y tomando la
palabra manifestó que estaba autorizado para decir que el ejército
argentino se embarcaría con todos sus bagajes para Buenos Aires, pues el
presidente Oribe (fueron sus palabras) estaba en arreglos con el General
Urquiza. Las resoluciones se aplazaron
por la templanza de los coroneles FLORES y GRANADA.
Al siguiente día de estos variados sucesos
fui informado que el General URQUIZA no tenía con el General ORIBE tales
contratos, y que por el contrario el General URQUIZA había manifestado en ese
mismo día a don NORBERTO LARRAVIDE, comerciante argentino establecido en la
Unión y enviado como negociador cerca del General Urquiza, dijese al General
ORIBE que no podía negociar con él porque no mandaba ni orientales y hasta sus
ayudantes le habían abandonado; y cuanto a los argentinos, trataría con ellos
porque al fin eran sus compatriotas, sus amigos de armas y particulares.
El señor LARRAVIDE pidió al General Urquiza
se sirviera consignar esas declaraciones de su puño y letra en una carta al
señor General Oribe, que su secretario don ANGEL ELIAS redactó y en que se
expresaba en los términos siguientes : “Mi querido general y amigo :
“He manifestado a nuestro amigo don NORBERTO
LARRAVIDE lo inconveniente y lo ineficaz de las misiones que Ud. me envía para
tratar de asuntos que no tienen ya más solución que un arreglo que salve su
honor, y el del ejército argentino que obedece sus órdenes.
“Yo deseo que esto se produzca lo más pronto
posible porque siendo el Vizconde de CAXIAS el General en Jefe del ejército que
ha de operar en esta República, según nuestros precedentes tratados; yo, cuando
haya llegado aquel jefe con el Grande Ejército, nada podré hacer en obsequio de
mis amigos.
“Yo le quiero a Ud. y le respeto, General,
pero en las circunstancias en que se hayan las cosas, con las obligaciones que
la alianza me impone, y con la aproximación del Vizconde de CAXIAS, General en
Jefe del ejército Brasilero, yo no puedo hacer ya nada en el sentido que Ud.
indica”.
.........................
Los argentinos son compatriotas míos, viejos
compañeros de causa y yo debo entenderme con ellos. Ud. no debe oponerse y, por el contrario, hemos de salvar el honor
y la dignidad que corresponden a Ud; como General en Jefe, víctima de la
lealtad hacía Don J. M. de ROSAS. Con tal motivo, salúdalo
J. J. de URQUIZA".
LARRAVIDE, era un comerciante argentino, muy
distinguido por su educación, muy amigo de MANUEL ORIBE, y lleno de emoción le
entregó la carta de éstas referencias en presencia de Don RAMÓN
ARTAGAVEYTIA. La leyó don MANUEL fuerte
pero profundamente emocionado. El
General don ANTONIO DÍAZ, y el coronel PEDRO PIÑEYRÚA llegaban en esos momentos
al cuartel general y el General ORIBE les hizo lectura de la carta de URQUIZA
pidiéndole resueltamente un consejo.
Era el 6 de octubre, el mismo día que los jefes argentinos habían tenido
noticias de la nota y de las instrucciones conducidas por el Coronel RAMOS;
juzgase, pues, ¡qué día sería aquél en el espíritu y en las tendencias de
aquellos guerreros!
El señor ARTAGAVEYTIA, que sabía la
inmensidad del peligro que se corría, aconsejó que debía buscarse el medio más
práctico para llegar al término de aquella dificilísima situación porque las
defecciones continuaban, las hostilidades hacían diariamente nuevas víctimas, y
las numerosas familias agrupadas en la Unión y en la Quinta, corrían el inmenso
peligro de una disolución, de un saqueo y de cien atrevimientos como consecuencia
clara de una derrota general que era ya imposible evitar, y más con el estricto
bloqueo efectuado con la escuadra brasilera a las órdenes del almirante
GRENFFELL.
Apoyaron al señor ARTAGAVEYTIA los señores
DÍAZ y PIÑEYRÚA, pero el General ORIBE, lleno de angustia, observó : “Yo,
amigos míos, no puedo cometer la indignidad que quiere URQUIZA, poniéndome a
las órdenes de los Jefes argentinos; primero morir”, dijo con virilidad.
Después de un prolongado silencio habló otra
vez ARTAGAVEYTIA y dijo: “Señor Presidente, yo me encargo de este asunto”. A lo que contestó : “Hágalo amigo don RAMON,
y que nadie comprenda que yo he caído en tan miserable degradación”
El señor ARTAGAVEYTIA, había tenido un pensamiento : uno de esos pensamientos que como un rayo hieren en supremos momentos a hombres superiores. Se había acordado de mí para servirse de viaducto en las aciagas circunstancias en que se encontraba el país civil y blanco que había seguido una opinión política, correspondiendo a la legalidad de sus orígenes en la segunda administración presidencial. Me conocía desde cadete del primer batallón de voluntarios de Oribe, con catorce años de edad, que mandó desde su origen, y aunque después continué por la carrera de médico y seguí a campaña con ausencia de varios años, siempre guardó cariñosa amistad por la vinculación que había desenvuelto su compadre y amigo don JUAN ANTONIO PORRUA y a la que correspondí y sustenté hasta la muerte de este respetable amigo mío.
El señor PORRUA me hizo llamar con toda
urgencia al Hospital de sangre del ejército que atendía con el doctor SPIELMAN
con más de 200 heridos que como es de suponer pasarían los pobres las más
amargas penas en medio de aquella tenebrosa situación, y mucho más cuando se
efectuaba la deserción diaria de los practicantes del establecimiento y aún
algunos de los médicos. Vino
inmediatamente a ver al señor PORRUA y le encontré con los señores
ARTAGAVEYTIA, ARTEAGA, REISIG y PLATERO.
PLATERO era el mismo don JOSÉ MARIA PLATERO que había proporcionado las
500 carabinas con que los “33” iniciaron su campaña, y el señor don M. REISIG
el primer Contador General de la Nación Oriental del Uruguay. Luego pues, me encontraba entre viejos y
desinteresados patriotas, y aquella reunión habría de tener algo de grande y de
solemne, y yo hasta cierto punto debería de encontrarme alto y elevadísimo
sobre las esferas de mis años.
Así mismo, mi espíritu nuevo y juvenil estaba
algo trabajado en aquella escena de contrariedades, pero así mismo repuesto
cuanto ha de reponerse el mozo que ha de hablar con personas superiores por
dignidad y por edad, merecí que el señor PORRUA, frío como era en sus
manifestaciones, me felicitase por la alegre fisonomía que llevaba, diciendo que
aquello era una novedad en aquellas circunstancias.
Contestando lo que urbanamente debía
contestar, el señor ARTAGAVEYTIA me dijo lo siguiente:
“Lo he hecho llamar ORDOÑANA porque nos
encontramos en la más aflictiva de las situaciones; URQUIZA no quiere tratar
con el Presidente, diciendo que no manda orientales, y que por esto solo
tratará con los jefes argentinos. En
este sentido ha escrito también una carta que ha sido conducida por LARRAVIDE;
no queda pues, otra alternativa que la dispersión y el saqueo ó que los jefes
argentinos se pongan resueltamente en relación con URQUIZA, y concluyan con
esto, haciendo lo posible para que se haga un tratado y se salve la dignidad
personal del Presidente y de los que lealmente obedecemos sus órdenes”.
En todas estas manifestaciones se descubría
la profunda emoción que embargaba el
ánimo del señor ARTAGAVEYTIA y el de los caballeros presentes, y en el mayor
enmudecimiento parecían presa de un desconocido terror; yo creo que la herida
moral que poco después acabó con el señor ARTAGAVEYTIA, la adquirió en esos
angustiosos momentos y en esos días de prueba.
Cuando me pareció que debía pasarse a la reacción, le contesté :
“Señor don RAMON : Tranquilísese Ud. yo
hablaré ahora mismo con el Coronel FLORES, que es la primera figura de ese
ejército, y comprendiendo perfectamente todo cuanto Ud. ha querido decirme, yo
lo sabré traducir fielmente y seré sin duda alguna y por Ud. el secreto agente
de un movimiento hacia la paz, en que nos comprendemos todos los que hemos
sabido mantenernos fieles a los principios que constituyeron esta homérica
guerra que finaliza, y además porque todo esto coincide con una nota del
General ROSAS que hoy de mañana fue leída en reunión de los jefes argentinos,
que debieron de haber embravecido la situación si no hubiera sido por la
prudencia de los coroneles FLORES y GRANADA”.
Aquello necesitaba terminarse; no había ya
carne con que racionar las tropas, y el carácter general de la situación era en
todos los conceptos disgregador, y así pues me dirigí al campamento de Flores y
apartando sus ayudantes don FELIPE ULLOA y don JUSTO SAAVEDRA, que eran más que
nada sus verdaderos amigos, le hice conocer la misión que llevaba, expresándole
todo en el más patético y sentimental de los lenguajes, y por la parte que a
los orientales correspondía, porque si bien es cierto que había muchas
traiciones y deserciones, no quería yo que la divisa “Defensores de las
Leyes” que tan lucidamente usaba en mi gorra, fuese en ningún concepto
menoscabada, ni que esas leyes quedasen fuera de cualquier convenio que se
iniciase directamente, como debía iniciarse por los argentinos. El Coronel FLORES me quería, y yo tuve
sucesivas ocasiones de probarle de que le correspondía y manifestándole el
objeto que accidentalmente me llevaba me dijo : “Y a ti, ¿qué te parece?”. “A mí lo que me parecía es que llame Ud.
reservadamente a los coroneles GRANADA, LAPRIDA, BUSTOS y GARCÍA, y
consultando con ellos me dé Ud. a mí una esquela para el General URQUIZA,
diciéndole que me atienda en la misión privada, que debe reducirse al
oírme. Yo le conozco, y (le
dije) haré con prudencia que pase a una carta todas sus ideas y sus verdaderos
fines, después que yo haya emitido la que a Ud. le correspondan en relación al
mandato de don JUAN MANUEL de ROSAS”.
Así se hizo y así se procedió, y en la noche crucé al campo acompañado
hasta las avanzadas por el rico propietario hoy del norte de Buenos Aires, don
FELIPE ULLOA, tropezando poco después en las rondas enemigas, con el Barón du
GRATTI y el mayor NEIRA, que cubrían la línea con la división “ESTRELLA”.
Este Barón du GRATTI, belga de nacionalidad,
quién después he tenido ocasión de saludar en Bélgica como senador del reino,
era un distinguido caballero de la antigua nobleza belga y habiendo
venido al Río de la Plata en viaje de instrucción, encontró conveniente tomar
servicio, y le tomó a las órdenes del general URQUIZA en la campaña que
iniciaba contra el general ROSAS y los elementos que lo representaban.
Estos jefes me proporcionaron después de algunas
explicaciones, un baqueano hasta el molino de Las Piedras, donde se encontraba
el Cuartel General y la galera correspondiente al general URQUIZA, con el que
tenía que entenderme en aquella solemne ocasión.
Serían poco más o menos las 12 de la noche y
los fogones que son los que determinan la inactividad nocturna de los
ejércitos, después del silencio y su mayor o menor recogimiento, estaban ya
apagados y solo se distinguía en una que otra carpa alguna pálida luz
desprendida por algún candil o alguna vela de sebo, que es la lumbrera de
nuestros campamentos. Acercándome al
Cuartel General, el baqueano a quién me ligaba ya amistosa confianza, me fue
llevando por aquel dédalo de carpas hasta la proximidad de la galera del
general URQUIZA, y le hice preguntar por la tienda del coronel CARBALLO a quién
conocía, y que era el mismo que hasta cierto punto había iniciado la paz del
Arroyo de la Virgen, teniendo por esas circunstancias que quedarse con URQUIZA.
El coronel estaba ya acostado, y en su misma
carpa su hermano político don MANUEL IGLESIAS, cirujano del batallón
DEFENSORES, compañero y amigo mío que hacia días nos había abandonado pasándose
al enemigo.
Estaba yo, pues, entre amigos de confianza, y
despachando al baqueano que me había acompañado desde las avanzadas, manifesté
al coronel la necesidad perentoria en que estaba de entregar una carta al
general URQUIZA. CARBALLO como he
dicho, era compadre y amigo particular del general y desempeñaba en esos días,
más que el papel de ayudante, el de introduetor, así que el verdadero cuerpo de
edecanes estaba acostumbrado a observar las especiales distinciones que el
general le dispensaba.
Así, pues, a fuerza de instancias y súplicas
y de manifestarle que el general no se enojaría, y que por el contrario se
felicitaría, hice que se acercase a la galera para hacerle saber que estaba yo
allí con una carta del coronel don JOSÉ MARIA FLORES, y que tenía necesidad de
entregarla inmediatamente. Me hizo pedir
la carta, y la entregué al coronel CARBALLO, pero como la letra nada decía y
simplemente era una credencial, el general me hizo subir a la galera mandando
llamar a su secretario el señor don ÁNGEL ELÍAS : “Vamos a ver, amiguito, qué
misión trae Ud. siendo tan muchacho, porque el amigo Flores me dice que
explicará Ud. el objeto de su venida y que tiene carta blanca, hable
pues, con libertad”.
“Señor (le dije), se han producido una
porción de acontecimientos por la carta que V. E. ha escrito al presidente con
el señor LARRAVIDE, que leyó al señor ARTAGAVEYTIA, y otros señores y por él lo
he comunicado yo al Coronel Flores; además V. E. sabrá ya también lo que
aconteció con una nota del general Rosas a los jefes argentinos y todo esto
hace que haya un verdadero malestar que creen los coroneles FLORES, GRANADA,
BRITOS, GARCIA y LAPRIDA, que es ya necesario concluir y por eso me permito
suplicar a V. E. se sirva manifestar, en una esquela, si V. E. recibirá hoy
mismo una comisión de jefes del ejército argentino bajo el principio de que V.
E. respetará la autoridad, aunque nominal, del Brigadier General don MANUEL
ORIBE, jefe del Ejército, y que se le hará comprender a él con los orientales
que han sabido mantenerse fieles, en un convenio que se haga para todos”.
El general URQUIZA tenía condiciones de
nobleza y generosidad; sabía responder a sus atavismos vascongados y alzándose
de su catre dijo : “¿Por dónde consentiría yo nunca que se ajase a mi amigo don
MANUEL ORIBE?”.
Después de estas consideraciones, escribió a
don JOSÉ MARIA FLORES una carta en que le expresaba su ansiedad por terminar
aquellos desagradables asuntos y que todo se arreglaría, como correspondería a
compañeros de armas.
Volví al campamento al aclarar el día, y
FLORES acompañado del coronel HIDALGO me esperaba con ansiedad, llegando en
esos momentos el coronel GRANADA. Como
consecuencia de mi misión, se convocó a todos los jefes del ejército y se
nombró en primer término una comisión que comunicara al Grl. ORIBE la
resolución adoptada de tratar directamente con el Grl. URQUIZA. Esta comisión la desempeñaron el Coronel
MAZA y el mayor FONTES; y dijeron que el General se había exasperado quejándose
de su miserable suerte, pero mientras tanto los jefes congregados
nombraban a los Cnls. FLORES, BUSTOS y GARCÍA para entenderse con el Grl.
URQUIZA.
La Paz: los jefes argentinos marchan a Buenos Aires
Era el 7 de octubre de 1851 y los sucesos que
habían producido el sitio de los Nueve Años, debían tener inmediata solución.
La comisión Argentina fue perfectamente
recibida por URQUIZA, que llamó al Grl. GARZÓN para que se resolviesen aquellas
cuestiones que tan hondamente habían trabajado al país oriental y argentino
vinculados.
Era el Grl. GARZÓN militar muy ilustrado,
guerrero de la independencia, y por pequeñas querellas su amistad con el general
ORIBE había tenido algunos puntos de suspensión, y hallándose en Entre Ríos y
siendo también amigo de URQUIZA, había entrado en la alianza revolucionaria; y
este caballero, aún cuando observó las continuas defecciones de orientales,
sabía que la parte más sustancial y poderosa del partido blanco, del partido
rico y civil, continuaba siendo fiel a las ideas y principios del Grl. ORIBE.
Tomó el Grl. GARZÓN a su cargo la confección
de un convenio que lo ejecutó, acompañado del señor ELÍAS, presentándolo poco
después a la consideración del Grl. URQUIZA simplemente como proyecto, porque
había obligación y necesidad de comunicarlo al Gbno. de Montevideo para cuyas
conclusiones se representó por el distinguido Ministro don MANUEL HERRERA y
ORES.
El Gral. GARZÓN no quiso tampoco que don
MANUEL ORIBE dejase de tomar participación en aquel convenio, haciendo entrar
al señor don CARLOS VILLADEMOROS, su ministro, en la totalidad de aquellos
trabajos.
El coronel MAZA y otros jefes no contentos
con la paz, se embarcaron secretamente para Buenos Aires en la Corbeta Inglesa
“SATELITE”; y al batallón “Voluntarios de ORIBE” y las compañías de guardia
nacional que mandaban los comandantes ARETA, ARECHAGA, SIENRA y SUAREZ, y la
caballería que obedecía al Crl. don PEDRO PIÑEYRÚA debían desarmarse y
disolverse.
Esa Guardia Nacional, que en su mayor parte
se componía de ciudadanos de las más distinguidas familias del país, y que
tantos distinguidos servicios había prestado en aquella homérica guerra de los
Nueve Años, y que con tanta lealtad se había conducido hasta los últimos
momentos sin faltar uno solo de rendir culto a la majestad de su origen y de su
partido, rompía filas en sus respectivos cuarteles para dirigirse a la familia
y al trabajo Los “VOLUNTARIOS DE ORIBE”, compuesto de vascongados, que sin
lisonja y sin espíritu de compatriotismo habían servido con lealtad y con
orientalismo, durante todo el sitio y habían sido diezmados en las continuas
luchas, también dejaron las armas y formando línea en el gran patio del
cuartel, se presentó el comandante de la Escuadra naval Española en el Río de
la Plata, don RAMÓN TOPETE, acompañado del secretario de la Legación Española
residente en Montevideo.
Don RAMÓN ARTAGAVEYTIA, coronel de aquel
batallón, manifestó a los soldados en un lenguaje bien sencillo sus
particulares agradecimientos por el espíritu de obediencia y respeto que en
todas las ocasiones le habían guardado, y dijo después, que el general ORIBE le
había recomendado esencialmente de darles las gracias en nombre del país, y que
no dependía de él, ni había dependido de su administración, el que dejaran de
ser recompensados todos los servicios que habían prestado a ésta su segunda
patria en aquella azarosa lucha de nueve años, que concluía tan “vulgarmente”.
Ahora, agregó el señor ARTAGAVEYTIA, tenemos
que volver a ser españoles, volver a nuestra bandera, dejando de ser
americanos. Lo acompañaban a este
coronel los señores don JUAN ANTONIO PORRUA y JOSÉ ARTEAGA, y estaban a su lado
sus ayudantes ZALACAIN, ANTONIO MARIA PÉREZ y RAFAEL CAMUSO. TOPETE le interrumpió con grosería negándole
su calidad de español y reprochándole cierta cualidad de renegado. El señor ARTAGAVEYTIA contestó al imprudente
marino como merecía, y hubo de producirse allí un verdadero conflicto con la
tropa, si la prudencia del mismo ARTAGAVEYTIA y de las personas que
inmediatamente le acompañaban no se hubiera sobrepuesto a la actitud que
bruscamente asumió el batallón movido a su vez por el sargento LARRAÑAGA, ante
las groseras palabras producidas por TOPETE con un señor y un jefe idolatrado
como superior y estimado y querido caballero y amigo particular de todos
aquellos valientes y desinteresados eúskaros que en todos conceptos le
acompañaron nueve años.
Los que no conozcan bien la historia patria
se preguntarán : ¿Cómo es que se encontraban tantos españoles mezclados en las
contiendas políticas y significaban en la administración y en la justicia con
los SAGRA, ACHA y con los REISIG? Significaban, por la sencilla razón de que,
habiéndose roto los vínculos de estos pueblos con la madre patria, los
peninsulares quedaron sin representación hasta el gradual reconocimiento de la
Independencia; y así se vieron figurar también en Buenos Aires los LAVALLE,
VICTORICA, TEJEDOR, MAZA, GONZALEZ y los MADERO, y en uno y otro país se
amoldaron según sus inspiraciones a los diversos partidos políticos trabajando
con entusiasmo, patriotismo y decisión.
Nada tiene pues de extraño que los “VOLUNTARIOS DE ORIBE”, teniendo que
ser guardias nacionales, hubiesen preferido un partido por otro y se
encontrasen en tan arriesgadas circunstancias al terminar la contienda que dio
principio en 1836.
Al fin el batallón dejó las armas en
pabellón, que poco después se llevaban para el Cuartel General por el
carretillero JOSÉ AGUIRRE (alias Cigarro).
Don MANUEL ORIBE, sosegadamente, esperó en su Cuartel General y en su
tienda, como los guerreros cartagineses, la conclusión y consumación de todos
los épicos asuntos, y cuando vio el vacío ya producido en su derredor tomó el
camino de su quinta acompañado de don DIEGO LAMAS, JOAQUIN EGAÑA, PEDRO
PIÑEYRÚA, R. ARTAGAVEYTIA, LESMES, BASTARRICA y el lealísimo comandante don
ADRIAN ARIZAGA, y nos parece también haber distinguido al caballero don
PANTALEÓN PÉREZ.
Las divisas habían desaparecido; se dijo que
no había ni vencidos ni vencedores, se fundían los partidos en un crisol. Estaba yo con el doctor don Cornelio
SPIELMAN, médico que fue del general Artigas en toda su campaña, y como nadie
había dicho ni una palabra sobre el destino que había de darse a los 250
heridos que había en el Hospital de sangre, casa de CHOPITEA, el doctor
Spielman se adelantó y preguntó al general ORIBE que había de hacerse en aquél
caso. El General contestó : “¡Ay, amigo
doctor SPIELMAN! ¡ Cuánto le agradezco los servicios que por tantos años le ha
prestado Ud. al país desde que yo era un muchacho en el ejército de Artigas!
Pero yo ahora nada significo, soy un derrotado infeliz que debe soterrarse para
siempre... Esos heridos que tiene Ud. en el hospital hágalos conocer de
URQUIZA, para que se les atienda, y mientras tanto sáquese Ud. y Ud. “amiguito”
(designándome a mí) esa divisa, porque esto ya se acabó”. Así acabó el sitio de Montevideo, aquella
epopeya de nueve años de batallas que dio motivo para la total despoblación de
las estancias, romper su historia económica y que desapareciese su pastoral
Arcadía; para que los ganados mansos se convirtiesen en baguales, para que la
población nacional concentrada en los pueblos pasase por las más grandes
miserias y la propiedad territorial criolla fuese sacrificada a vil precio,
pasando de sus orígenes históricos a mercachifles y pulperos mientras la
República Argentina crecía y Buenos Aires ofrecía a los unitarios que volvían
de la emigración las estancias aumentadas en todos sus ganados y el respeto y
el bienestar que no se conocía allí desde los tiempos coloniales, y hasta sus
hijos, hijos de Montevideo, borrasen la luz de su nacimiento pare ser
argentinos netos.