Lepredour - Rev. Inst.J.M.Rosas nº 18 – 1958 15 pág. 6.400 palabras

 

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Debate en la Asamblea Francesa de las primeras

bases convenidas con Lepredour

 

Diciembre 1849 a enero 1850

 

Por

 

JOSÉ MARIA ROSA

 

El proyecto de Lepredour en París (junio, 1849)

 

Tras las bases del acuerdo con Rosas, remitidas por el contralmirante Lepredour a principios de mayo, había salido Melchor Pacheco y Obes a fin de gestionar de la Asamblea o del gabinete francés su rechazo.  A fines de junio las bases están en París; (1)  precisamente en momentos en que dejaba el ministerio de Negocios Extranjeros el belicoso Drouin de L’Huys reemplazándole el pacifico Alexis de Tocqueville.

El príncipe Luís Napoleón, en el mensaje inaugural de las sesiones de la nueva Asamblea Nacional – leído el 1º de junio –, hacía un llamado a la paz con el Río de la Plata y hablaba de los franceses “que se habían ido de Montevideo a Buenos Aires”. La epidermis fluminense-montevideana, sensible a la menor variación del viento, temió que Melchor Pacheco no llegase a tiempo para impedir la ratificación del proyecto.

Por otra parte la oposición inglesa se había cruzado en los bélicos proyectos de Drouin de L’Huys.  Sus “voluntarios” comunistas, que soñaba deportar a Montevideo para hacerlos luchar “en defensa de la libertad”, tuvieron la oposición decidida de Lord Normanby, embajador de la Reina Victoria en París.  Poco antes de dejar la Cancillería, Drouin disfrazó el proyecto como empresa puramente montevideana, limitándose el gobierno francés a dar su garantía a un empréstito que “reclutara, armara y transportara combatientes a Montevideo”.  Pero el fino olfato de Palmerston descubrió que tras esos voluntarios reclutados aparentemente por el gobierno de la Defensa, estaban los presos comunistas de la revolución de junio de 1848, que en lugar de ser deportados a Guyena o Caledonia lo serían a Montevideo.  Y el 8 de julio ordenó a Normanby notificara a Tocqueville que ese proyecto...

 

... podría ser considerado como parte de un plan largamente preparado, pero nunca confesado, de convertir a Montevideo en colonia francesa, y... sería objeto de seria consideración por el gobierno de Gran Bretaña.” (2)

 

Tocqueville, hombre democrático y pacifista, ideó dar un destino más idílico a los presos comunistas.  Imaginó convertirlos en granjeros facilitando el gobierno de la Defensa las tierras necesarias para crear “colonias agrícolas”.  Llamó a Ellauri, el representante del gobierno de la Defensa, y le sometió su proyecto genial: nada de guerras en el Plata, nada de expediciones de “voluntarios” que provocaban los recelos de Inglaterra.  Si Francia tenía que deportar a sus presos políticos a alguna parte, y era difícil llevarlos a las Guayanas o a Oceanía, sería preferible hacer de ellos, en Montevideo, granjeros y no guerreros.  Ellauri lo oyó extrañado y advirtió al Canciller francés que el gobierno de la Defensa no tenía bajo su jurisdicción ningún palmo de tierra aprovechable para granjas agrícolas; que, para ello, debería dirigirse al general Oribe, precisamente el enemigo del gobierno representado por Ellauri. Y salió desencantado “del hombre democrático aquí, por excelencia” como escribe a Montevideo.(3) No se volvió a hablar de los “voluntarios comunistas”.

El proyecto Lepredour dormía encarpetado en el Ministerio cuando Melchor Pacheco llegó a París el 20 de agosto.  Mejor era no acordarse de él pues había “mar de fondo” en las cosas del Plata.  Un diario inglés, el London Times del lº de agosto, lo había reproducido íntegro, destacando la derrota diplomática francesa y el abandono de Montevideo, después de tantas frases heroicas.  La opinión estaba enfurecida.  No era ya solamente el Constitutionelle quien llevaba los ataques; se han sumado Le Siècle y casi todos los periódicos, que piden el envío inmediato de un fuerte ejército con numerosa artillería para dejar bien parado el buen nombre de Francia.  Giradin con Le Presse ha quedado casi solo en la defensa de Rosas.  Pacheco visita a Thiers: “hablé con él largamente, quedando muy satisfecho de mi viaje”; (4) lo acompaña el servicial Le Long quien advierte a Montevideo “que el señor Thiers ejerce hoy una alta influencia en los negocios” (5); Ellauri escribe: “el horizonte parece aclararse por todos lados”.(6)

A Palmerston le interesa la aprobación del proyecto Lepredour, simultánea con el de Southern, pues de no ser así podría interpretarse como si Inglaterra abandonara la cuestión del Plata en manos de Francia.  Pero Normanby juzga peligroso el momento para un pronunciamiento de la Asamblea:

 

"... nos habría llevado a consecuencias absolutamente opuestas a las que pudieran desearse, y que mediante el acuerdo de los partidos habría terminado en el rechazo del tratado y la del gobierno.” (7)

 

La Asamblea está en receso, pero se habla mucho en las comisiones – y se escribe en la prensa – sobre la necesidad de una acción militar que termine con las arrogancias de Rosas.  No obstante, la llegada del proyecto Lepredour había producido el efecto inmediato de disminuir de 40.000 a 28.000 francos, a partir del lº de julio, la entrega mensual a Montevideo, ¿para qué precisaba la plaza más dinero si el contralmirante había concertado la paralización de hostilidades? Todos estaban conforme en seguir la guerra hasta un final glorioso para Francia, pero el ahorro de 12.000 francos mensuales no era desdeñable.

En octubre el general Lahitte sucede a Tocqueville en el ministerio de Extranjeros; los cancilleres transcurrían con velocidad de vértigo en la Segunda República, y el embajador Normanby encontraba dificultades para reconducirlos una política seria.  En cuanto al príncipe-presidente, parecía entregado a las satisfacciones inocentes de sus jiras por los departamentos y al gozo que le producían las recepciones donde se viva a Napoleón y al imperio; en las cosas políticas deja hacer a los ministros, elegidos entre quienes cuentan con prestigio en la Asamblea.  Lo único que les pide es no complicarlo ni con la Asamblea ni con Inglaterra; al parecer quiere pasar, despreocupado y feliz, los cuatro años de su presidencia constitucional.

Rouher, ministro de Justicia, ha reemplazado a Odilón Barrot en la jefatura virtual del gabinete. El problema del proyecto Lepredour le preocupa, pues, ni puede aprobarlo sin incurrir en el levantamiento de la Asamblea y tal vez en una grave crisis popular, ni rechazarlo sin enemistarse con Inglaterra.  En su desconcierto no sabe qué actitud tomar.  Tocqueville, por un momento había pensado en otro comisionado que sacara mejores ventajas para Francia, y a ese efecto reemplazó a Lepredour por el contralmirante Germain Desfosses: “No se puede abandonar a Montevideo.  No se puede, por ahora, intentar una expedición.  Entreténgase a Rosas con nuevas negociaciones”, habría dicho Odilón Barrot, en una reunión de gabinete.  (8) Pero la seguridad de no sacar un ápice más, y la posibilidad de enfurecer au gaucho des pampas, que produciría otros agravios más difíciles de digerir, hace detener a Rouher.  En el gabinete que forma el 31 de octubre designa a Desfossés, ministro de marina.

 

Sesiones de diciembre y enero en la Asamblea Nacional

 

La oportunidad para desprenderse del peligroso proyecto sin producir un rozamiento con Palmerston la daría la aprobación por la Asamblea de los créditos para mantener Montevideo.  La Constituyente los había aprobado indefinidamente en abril, y Barrot reducido por decreto en junio.  Pero según la constitución, los gastos tenían que votarse anualmente, y en diciembre aprobarse el crédito para 1850.

Mientras tanto Palmerston, no pudiendo demorar más tiempo la aprobación del proyecto Southern sin incurrir en el desagrado de Rosas, había expedido en agosto las instrucciones pertinentes.  Ya no instaba al gobierno francés a apurar un pronunciamiento análogo por las dificultades explicadas por Normanby.

 

El 28 de diciembre se presenta a la Asamblea el proyecto de créditos para el subsidio de 1850.  El informe de la comisión de Hacienda es favorable a una expedición militar que terminara con esa situación: Darú, su relator, cree que 2 ó 3 mil veteranos bastarían para “salvar” a Montevideo:

 

“Los soldados de Oribe saben montar muy bien a caballo, pero no tienen disciplina.  Son unos árabes menos en el valor; son unos cobardes.”

 

Los monárquicos y la Montaña están de acuerdo.  No es la “Montaña” de los tiempos de Robespierre estos profesores y abogados que hablan del orden, y estos “socialistas” renegados de sus compañeros de junio; la oposición al proyecto quedará a cargo solamente de algunos diputados aislados.  Así, el pacífico anarquista Larrabure clama contra el proyecto:

 

“Hemos proclamado la fraternidad universal, la hemos inscripto en nuestra constitución. ¿Es menester que sea una fastuosa mentira? ¿Es menester que vayamos a correr aventuras hasta el fin del mundo? Voto por la ratificación del tratado Lepredour...".

 

Ni había “tratado Lepredour”, ni estaba sometido a ratificación: pero el debate hábilmente llevado por el jefe de gabinete girará en torno al proyecto del contralmirante para que el gobierno pudiera rechazarlo sin complicaciones con Palmerston.

Molesto por las palabras de Larrabure, el almirante Lainé sube a la tribuna.  Ha estado en el río de la Plata, ha comandado en jefe Obligado, ha tomado Martín García y la Colonia.  Su palabra es breve y enérgica: está a favor de la expedición armada y “rápido”.  Desciende de la tribuna entre aclamaciones       

Jules Lasteyrie quiere ordenar el debate: no se trata de la ratificación del proyecto de Lepredour, sino de mandar a mil lenguas a seis u ocho mil hombres, gastándose 15 ó 18 millones en la aventura.  ¿Para qué? Si en Montevideo no había ya franceses...

 

“Hemos venido a defender intereses franceses, y nos detenemos a defender intereses argentinos... ¿Los ríos, se dice, que.-Rosas ocupa? Ello no es cuenta del honor francés: tendríamos que hacer la guerra al mundo entero.”

 

Interrumpido por Darú, para quien bastan 2 ó 3 mil granaderos para reducir a Rosas y a Oribe, Lasteyrie termina: “No quiero una expedición.  Pero si es necesario, la quiero grande y fuerte”; o se manda un ejército que aplaste a los argentinos como la pezuña de un buey a un hormiguero, o no se manda nada.

Al día siguiente seguiría el debate que emociona a todo París.  Las graderías están colmadas y muchos se quedan en la calle comentando las palabras de los oradores.  Se dice que hablará Thiers y todos esperan al “león de la tribuna”: en un cuarto intermedio la han visto discutiendo vivamente con el almirante Molé sobre la cantidad de fuerzas necesarias para una completa victoria contra Rosas.

Habla Lagrange contra la intervención.  Recuerda las invasiones inglesas de 1806 y 1807 y su fracaso; si 12 mil ingleses no tomaron al Buenos Aires pacífico de entonces ¿cuántos franceses serán necesarios para apoderarse de este pueblo curtido por cuarenta años de guerra? Los granaderos franceses sin duda eran superiores a los infantes ingleses, pero los argentinos de 1850 también superaban en conocimiento y veteranía militar a los de 1807.

Sube Larochejacquelin a la tribuna.  Es legitimista y de la Véndea.  Ni los partidarios del usurpador Luis Felipe, ni los republicanos temerosos de Inglaterra, saben defender a Francia.  ¡Ah, los buenos tiempos del rey Carlos X!   En aquella época el comodoro Venancourt hacía respetar el honor de Francia, y Rosas mismo lo felicitaba.  Solamente estos hombres de hoy tenían miedo a Rosas: “¿Creéis que Rosas respetará a Brasil?”, pregunta al centro y a la izquierda.  No; se arrojará sobre la única monarquía de América para despedazarla; él era monárquico y hablaba como monárquico, pero también tenía argumentos para los comerciantes orleanistas y republicanos.  El triunfo de Rosas sobre Montevideo y Brasil sería ruinoso para Francia: ahí tenía las cifras; el comercio francés con Montevideo era de 40 millones anuales, el comercio con Brasil de 60; Francia perdería por lo tanto 100 millones por año si Rosas se hacía dueño de Montevideo y Brasil.  ¿Y no habrían de gastarse 15 ó 18 de una sola vez para defender esos cientos anuales? Maravilloso era el lenguaje de los números.

 

“¡Eh, pues la guerra! – termina el brioso aristócrata –.  ¡Sí Porque es una guerra de honor para la Francia!.  Rosas tiene 22.000 hombres, poca infantería, escasa artillería.  Dos mil quinientas bayonetas francesas valen 6 mil infantes de Rosas...  Su caballería no es seria, ¿podría hacer algo contra nuestros dragones?...

“¡Marchemos adelante contra ese jefe de pandillas, Rosas! ¡Marchemos adelante y los derruiremos !”

 

Solicita la palabra el ministro de Extranjeros, general Lahitte: Pide que no se ratifique el tratado Lepredour porque es posible conseguir modificaciones que mejoren la posición francesa.  En cuanto a una expedición...

 

“Una expedición de 6 mil hombres no hará nada...  Para añadir un florón más a la bandera de Francia (risas entre los, monárquicos, de la montaña una voz anónima: en la tricolor no hay flores de lís).  Digo – sigue imperturbable el bravo militar – para añadir un palmo más a nuestra bandera se prepara una expedición y la ocupación de Montevideo con fuerzas ponderables... Desde allí trataremos con Rosas... habrá modificaciones."

 

Vuelve a hablar el relator, conde de Darú.  Se deja llevar por el entusiasmo.  Exige la expedición contra Rosas: ¿Ganar Montevideo? ¿Para qué? ya es francesa.  Hay que hacerle la guerra a Rosas...

“El tratado Lepredour, es la cosa más inaudita que se ha osado presentar a un cuerpo deliberativo francés: no es un tratado, es una desconsideración.”

 

“Se nos dice que los ríos no serán libres, que abandonemos Montevideo, que nos olvidemos de nuestro comercio.  Jamás hubo una derrota diplomática más completa...

“Ahora quieren volver a negociar.  Con Rosas nunca hemos obtenido nada cuando éramos dos para negociar, ¿qué conseguiremos estando solos?

“O el abandono completo, o la acción enérgica: no hay otras soluciones.  Y cuando está en juego el honor, la humanidad, ‘hay quienes hablan de negociar.  ¡Honte pour la Francel... Las conquistas de la civilización... la civilización contra la barbarie...

“El hecho de armas de San Juan de Ulúa repercutió de un extremo a otro de América; ha engrandecido el nombre de Francia.  El  abandono de Montevideo también resonaría, pero arruinaría vuestra influencia, franceses...

“¿Qué haríais si Rosas omnipotente levantara derechos de aduana?...”

 

Las aclamaciones acompañan a la fogosa pieza.  “El magnífico discurso del conde Darú – escribirá Pacheco a Montevideo – arrastró a la Asamblea, y si ese día se hubiera votado, la guerra se hubiera pronunciado por aclamación,”.  Pero era noche y los buenos burgueses tenían costumbres frugales: seguiría la sesión dos días después.

“Esa noche – cuenta Pacheco – fuimos con Ellauri a felicitar al Sr.  Darú, a quien encontramos sumamente pesaroso de lo que había pasado... Hombre moderado y conciliador, amigo personal de algunos de los ministros temía sobre todo un cambio de gabinete; temía que el discurso de Mr. Thiers lo hiciese inevitable y me hizo entrever que antes de consentir en esto, él y sus amigos se abstendrían de la votación”.  Pacheco se decepciona de las intrigas políticas que interferían en la causa de la humanidad.

“En el día siguiente me vi con Mr. Thiers – sigue Pacheco – cuyas intenciones eran también conciliadoras; lo que hice saber al señor Darú para tranquilizarlo.  Este, antes de la discusión, se vio con los ministros y obteniendo la seguridad de que, si no se le exigía el sacrificio de la opinión manifestada salvarían a Montevideo”.

El gabinete tenía que moverse con habilidad entre Londres y Thiers, entre Rosas y la opinión pública estruendosa por la intervención armada.  El 31 habla otra vez el ministro Lahitte: quiere dejar en claro, por las palabras de Laroche-Jacquelin, que la opinión de Brasil no es contraria a Rosas: lee un memorandum del ministro brasileño en París, y otro de su colega en Londres en igual sentido Este último es bien explícito: “nuestras relaciones con Rosas están en estos momentos en los mejores términos.  Por otra parte si la República Oriental llegase a sucumbir y fuera reunida a la Confederación Argentina, Rosas tendría muchas ocupaciones, intereses demasiado graves para venir a atacar a Brasil” (Paulino dirá luego al asustado Lamas que eran frases intrascendentes para no comprometerse antes de tiempo).

Darú vuelve a hablar para impedir la caída del gabinete.  Hace “una declaración que contradecía todas las conclusiones tiradas de su discurso – dice Pacheco – que hizo en la Cámara un efecto tanto más malo cuanto más profunda había sido la impresión producida por su discurso”.  El relator quiere ahora una negociación “armada” en lugar de la guerra; es cierto que con Rosas “nunca hemos obtenido nada”, pero tal vez “lo obtendremos si una fuerza armada o naval acompaña nuestro comisionado”.  Debe defenderse a Montevideo y también a Brasil, pues pese a las afirmaciones de sus diplomáticos:

 

“El peligro para Brasil es que Rosas, no estando ya ocupado en la guerra con Montevideo, podría volver sus vistas hacía el Imperio declarando libres los negros esclavos, y crearle un inmenso peligro que él sabría aprovechar."

 

Rouher, el jefe de gabinete, sube a la tribuna.  Hubiera preferido hacerlo tras a Thiers, pero éste se reserva para lo último pues sabe que la inmensa muchedumbre que sigue los debates ha venido en gran parte para escucharlo.  Como Rouher no puede contestar las palabras de Thiers, contestará sus escritos: en Le Constitutionelle ha leído que Montevideo debe defenderse porque es una ciudad francsa.  Pues no, Montevideo ha dejado de ser francesa hace tiempo: todos los franceses se han ido a Buenos Aires a vivir bajo la tiranía; por lo tanto no hay problema francés con Montevideo.  Hay solamente un problema diplomático a resolver entre estados igualmente soberanos.  Las negociaciones deben seguirse, porque el proyecto Lepredour es inocuo; no debe presumirse que Rosas estaría siempre tan arrogante, sobre todo cuando el negociador fuera con instrucciones precisas y terminantes: “El gobierno se propone seguir las negociaciones por respeto mismo al derecho de gentes”.  Interrumpe Darú: “¿E1 ministro quiere una expedición para apoyar la negociación?”.  Hábilmente sortea Rouher, pues quiere que la Asamblea decida el punto: habla de diplomacia, negociaciones, humanidad, pero también de “precauciones para defender la vida y propiedades de nuestros nacionales”.

Darú acota el discurso ministerial: un negociador armado debe ir al Plata para imponer a Rosas mejoras sobre el proyecto Lapredour.

Habla el duque de Morny, tan ligado familiar y políticamente al príncipe-presidente.  El hijo de la reina Hortensia de Beauharnais quiere respetar el derecho de guerra:

 

"Haremos una guerra, ¿qué clase de guerra? (a cañonazos, se oye desde la Montaña) y, ¿contra quién?..., ¿pueden acaso iniciarse hostilidades sin estar en guerra formalmente declarada como cumple al honor francés?...

 

No es contrario a la guerra contra Rosas, ni acepta el proyecto Lepredour.  Cree que debe ir un negociador a intimar a Rosas la mejora de sus cláusulas; pero si nada obtuviera debe pasarse por la formalidad de declarar la guerra a la Confederación Argentina.

El diputado Rancé presenta un proyecto de minuta “aprobando el gasto de ocho millones para hacer frente a la expedición que apoyará a la negociación”.  Jules Favre produce otro más radical, una “expedición libertando a Montevideo y garantizando la independencia del Uruguay”.  ¡Es la guerra! gritan desde las bancas.  Rancé modifica el suyo elevando a diez los millones, para contentar a todos: la fórmula que ha encontrado el gabinete para no perder la mayoría.  Se vota y aprueba por el escaso margen de tres votos: 816 contra 812, merecidos por la declaración llana de guerra contenida en el proyecto Favre.

¡Triunfo ministerial! Pero Thiers sonreía.  Aun no ha hablado.  Esa noche Pacheco escribe a Montevideo: “Todos creyeron segura nuestra pérdida” después del cambio de opinión de Darú.  No ha entendido gran cosa de la sesión: la minuta Rancé le parece un triunfo logrado “en medio de la mayor confusión... tuvimos mayoría: diez millones son bastantes al envío de una expedición de 4 mil hombres”.

El debate seguiría después de las fiestas de año nuevo.  Por supuesto, Pacheco no andará inactivo: visita a los diputados: “a cada momento nos halagábamos con la defección de alguno, de suerte que a la sesión siguiente teníamos 30 votos más a favor de la guerra”.  Ellauri se queja de la falta de fondo para seguir la meritoria labor “porque aquí no se hace nada sin dinero”.

¿Y el ministro de la Confederación Argentina? ¿Cómo no estaba en la Asamblea jugándose ardorosamente en una causa tan importante? Es que desgraciadamente para Rosas, Sarratea acababa de morir el 21 de septiembre, y obraba Mariano Balcarce como encargado provisional de los negocios.  No era, ni muy lejos, el hombre para reemplazar a un diplomático de la finura y los quilates del antiguo triunviro de 1811, y precisamente en esos momentos: el yerno de San Martín tenía solamente virtudes domésticas: “La muerte de Sarratea... ¿qué puede hacer el pobre Marianito Balcarce? – escribe Pedro de Angelis a Guido el 27 de enero de 1850 desde Buenos Aires – bon enfant, pero sin energía y de muy corta inteligencia”.

El 4 de enero siguen los debates.  El interés ha ido creciendo; Darú modifica el despacho de la comisión: irá con los diez millones votados un negociador apoyado en una fuerza armada respetable.  Rancé dice que nadie está con el tratado, y vota para que la fuerza, “sea el apoyo de la diplomacia”.  Entonces De Laussat, diputado desconocido va hacia la tribuna a oponerse a las últimas palabras.  ¿Cómo se ha dicho que nadie está con el tratado? El vota por la ratificación: le gusta Rosas porque ha establecido el orden en su país, y porque “representa una nacionalidad”.  Rechifla en las bancas y las gradas: “yo sé que no me dirijo a la simpatía de mis colegas”, dice De Laussat al dejar la tribuna.

Le contesta Hubert-Delisle (antiguo relator de la Constituyente).  El orden de Rosas “es la soledad del despotismo”.

El debate girará ahora en torno de la figura de Rosas.  Raudot sube a la tribuna: está contra el envío de una expedición.  También a él le gusta Rosas y quiere la ratificación del tratado Lepredour.  Lo hace porque es francés, bien francés, pero consciente de los intereses de su país.  ¿Cómo andar bien con Rosas, cuando se trata de esa manera a los argentinos en el debate?:

 

“Cuándo se quiere vivir en un país no se empieza por decir a sus habitantes que son unos cobardes y unas salvajes (¡Muy bien!)... Se prohíbe a los mismos orientales incorporarse a la Confederación Argentina si fuera su deseo, ¿por qué? ¿Peligra el equilibrio mundial? Vosotros queréis dividir a la América meridional en muchas pequeños Estados, y cuando hayáis reducido a sus habitantes a polvo, ¿qué haréis? ¿Será Francia la que recogerá la herencia española, acaso?

 

Pide el cese inmediato del subsidio.  Esta vez hay aplausos al terminar; evidentemente existe una opinión rosista oculta en la Asamblea que está cobrando audacia.  Eso no lo puede consentir el almirante Dupetit-Thouars, que en bronca voz de marina pide energía, mucha energía contra Rosas: “Nuestro comercio, nuestro honor, la causa de la humanidad, los laureles de la tricolor, blá, blá blá”.

Se suspende la sesión.  Es hora que hable Thiers, pero el gran orador quiere una tarde para él solo.

Al día siguiente continúa el debate: los “rosistas” envalentonados por la punta de lanza de De Laussat, y el éxito de Raudot, seguirán terciando.  Ahora habla Ancel, diputado del Havre, para defender los intereses de la exportación francesa: “los bloqueos contra Rosas han perjudicado el comercio; desde el Havre se exporta a la Confederación materias finas, sederia, modas, perfumes, muebles de categoría, que las leyes aduaneras de Rosas no perjudican pues no compiten con artículos de producción nacional.  Otro es el caso de Inglaterra.  Es tanta la riqueza desarrollada en la Confederación que el mercado de Buenos Aires para los artículos finos franceses, es una de los mejores del mundo ¿por qué perjudicarlo con nuevas hostilidades? Quienes hablan de los intereses del comercio francés para apoyar la eliminación de Rosas no saben lo que dicen: Rosas se ha portado muy bien con el comercio francés; en 1846 permitió que los buques llegaran sin trabas hasta Buenos Aires, con posterioridad no ha hecho otra cosa que incrementarlo.  Los únicos enemigos de los comerciantes franceses en el Plata, son los gobiernos franceses interventores".

Emmanuel Arago pregunta si el ministerio sabe que haya “estipulaciones secretas inglesas con Rosas”.  Rouher niega.  Arago pregunta cuales serán las modificaciones a introducirse en el tratado Lepredour.  Rauher no quiere hablar sobre las instrucciones a darse al futuro comisionado.  ¿Cómo se podría anunciar públicamente esas instrucciones? Estamos en democracia, se oye desde la Montaña.

 

“¿Una república democrática debería entonces conducir con ultimátum sus negociaciones? – dice el ministro – Si queréis la guerra decidlo.  La haremos, Pero preparad veinte mil hombres.  Nosotros queremos negociar seriamente.”

 

Ahora se levanta Thiers.  Majestuoso, digno, consciente de la gran expectativa despertada, el pequeño gran “león de la tribuna” sube los escalones con estudiada pausa.  El ex ministro de Luis Felipe esta en la plenitud de su vida: 62 años y ya una larga historia de triunfos oratorios y periodísticos.

No es el tipo del tribuna francés desordenado y de voz potente como Dantén; o frío y razonador, cuidando la compostura y el ademán, como Robespierre en la Convención o Guizot bajo Luis Felipe.  Es un orador “distinto” este marsellés que tan rápida carrera hiciera en París.  Nada parecía ayudarle para la oratoria: talla exigua, voz sin tonos, actitud familiar y abandonada; nada que se prestara al énfasis de las ideas y del estilo.  Pero Thiers había sabido hacer de esos defectos, armas magníficas para un público de burgueses.  Ganaba al auditorio este pequeño burgués que hablaba sin esfuerzo visible, en diálogo constante, amistoso, lleno de gracejo: una causerie en apariencia superficial y brillante, recuerdos escapándose de una memoria fresca y segura, graciosa y chispeante.  La “vocecilla nasal y aguda, que habría de imponer silencio y atención a las Cámaras francesas durante cincuenta años” – que dice Eugene Spuller – era extraordinariamente seductor: en algo como una conversación de sobremesa improvisaba, pasaba revista a los temas más disímiles y entraba sin esfuerzo en los problemas más hondos, a lo “buen camarada”, sonriente los ojillos tras las gafas de oro.  Tenía el gran don de saber mantener el diálogo a la altura de ese interlocutor mudo pero expresivo que es el público.  No otro es el secreto de los grandes oradores.  Sin embargo ¡cuánta labor meticulosa había en esas aparentes improvisaciones! ¡Qué de enmiendas duramente meditadas en la cháchara ligera y familiar! Paúl de Remusat cuenta las angustias de Thiers en las vísperas de un debate, el laboreo esmeradísimo para cada una de las frases que luego parecía improvisar a la ligera, los errores deslizados con malicia para provocar las interrupciones que darían pie a la réplica triunfal, el cuidadoso análisis ante el espejo de cada uno de sus gestos despreocupados que habría de poner en la tribuna.

 

“No debemos descuidar los recursos de la América del Sur - empieza – ahora que nuestras colonias están en la miseria.  Los americanos del sud no han llegado a nuestra civilización...  Tenéis que habérosla con gente que unen todo el orgullo de la nación española hace dos siglos, con el salvajismo del país que habitan...  de allí las inmensas dificultades para hacerse respetar de esos pueblos...

“¿Sabéis cuál es el contrapeso del comercio? La necesidad de hacerse respetar...

“Buenos Aires es una ciudad de salvajes; no digo todos, no, sus habitantes.  Pero predominan los salvajes: han degollado franceses, les han despojado de sus bienes, propiedades...

Voces: No, no, es un error...

Levasseur: ¡Es una gran verdad! ¡Los bandidos de Oribe han degollado treinta franceses en Durazno! (sensación).

Thiers: Yo no vendría aquí a decir chismes de un gobierno que no podría probar, y hacer observaciones inconsistentes que él podría refutar.  Tendría entonces muy poco talento (risas).

Soy nada más que un hombre honrado que se aflige de una conducta deplorable...  Hay hechos abominables; la Inglaterra se ha conmovido oyendo referir los horrores de Rosas...  vosotros los conocéis tan bien o mejor que yo: ha habido degüellos, fusilamientos, envenenamientos... ¿.. Ahora queréis olvidar la causa de la humanidad, porque os encontráis solos, sin la Inglaterra, para enfrentáros a Rosas? ¿Vosotros franceses tenéis miedo de Rosas?... ¿Que no se diga que os detenéis por las dificultades de mandar unos cuantos guerreros a tan larga distancia.  ¿Es la distancia las que os hace soltar la presa?

“¿Vais a abandonar a Montevideo? ¿Sabéis lo qué es Montevideo? Es una ciudad francesa, de cultura francesa, de gente francesa...

Voces: No, no, se han ido a Buenos Aires.

Thiers: Buenos Aires es una ciudad española.  Nuestros nacionales se habrán ido momentáneamente a Buenos Aires cansados del bloqueo que vosotros sois incapaces de levantar...

Ellos no son felices bajo el gobierno terrible, que es cruel para los desgraciados que han ido a pedir un pan a Buenos Aires, y suspiran por el momento de volver a Montevideo...

“En Buenos Aires gobierna un bárbaro, de pura sangre española y mentalidad cruel y jactanciosa de gaucho.  En Montevideo ¿sabéis quiénes gobiernan? Jóvenes educados en Francia: monsieur de Varela es muy distinguido...

“¿Sabéis cuál es el poder de Rosas? Es un bárbaro, pero es un hombre hábil que espera aumentar sus dominios apoderándose de Montevideo y del Brasil.  ¿Sabéis cuál es la situación del Brasil? Hay allí también una población europea y una población americana... aquélla está con nosotros, y está con Rosas.  Brasil tiene que temer la rebelión de más de cuatro millones de esclavos; tiene que temer... en fin..., ¿para qué os voy a decíroslo? Y la parte europea que es la que gobierna, no tiene contra todas las malas voluntades que la cercan otro apoyo que Francia...

“Si entregáis Montevideo a Rosas entregáis también el Paraguay y el Brasil quedaría expuesto a los mayores peligros... Si al contrario defendéis Montevideo, hacéis un servicio al Brasil.  Y el nombre de Francia será respetado en aquel país.

“Debéis tener intereses en la amistad de un gran país como lo es Brasil.  Pero sobre todo el interés de la Francia en la América del Sur está en Montevideo: la conservación de aquella colonia (bastardilla mía) importa nuestra navegación en el Plata, su caída causaría al Brasil el mayor perjuicio.

“Montevideo ha sido y es una ciudad francesa, aunque los franceses se hayan refugiado momentáneamente en Buenos Aires.  Oribe fue arrojado de Montevideo por la población, que era casi francesa, porque se negó a dar paso a nuestros buques e hizo fuego contra nuestras lanchas.”

 

Voluntaria o involuntariamente mezcla las fechas y los acontecimientos.  Habla de una intervención inglesa en 1840; que Rosas “saqueó a los franceses, y entonces armamos nosotros a Montevideo”.  Para Thiers el tratado Lepredour es “la realización de la política de Rosas contra nosotros”.

 

“Se habla del peligro de una expedición contra Rosas.  ¿Como? ¿Cuándo hace poco los Estados Unidos han podido hacer con 6 mil hombres la mejor conquista del mundo? ¿Inglaterra con tres mil no ha concluido con el Imperio de la China la guerra del opio, del opio, señores? (Risas).

Estoy humillado... Me siento muy humillado porque haya franceses que hablen de peligros.  El último gobierno, al que se ha tachado de débil, ha sido heroico comparado con vosotros (aplausos en las bancas orleanistas).

“Yo soy partidario de la paz.  Pero cuando se trata de extender nuestro comercio, de proteger a nuestros nacionales, entonces digo: haced como la Inglaterra que por un marinero herido no teme emprender una expedición.  Es así como se hace respetar”.

 

Y concluye en terminante además:

 

“El deber de una nación marítima, como es la Francia, es proteger el comercio.  Es hacerse respetar en todas partes y siempre.”

 

 

Viva agitación, felicitaciones, le sesión se interrumpe por largo rato dice el Moniteur al transcribir el acta legislativa.  El ídolo ha hablado, ha sido uno de sus grandes días.  “El discurso de Thiers fue magnífico – comenta Pacheco – y tuvo sobre la Asamblea la influencia que se esperaba, pero desgraciadamente no se votó ese día”.  Rouher se levantará para  no dejar a los diputados con la impresión de un triunfo de Thiers.  El jefe de gabinete era muy joven para el cargo con sus escasos 35 años; y eran aquéllas sus primeras armas parlamentarias.  Pero ya se advertía al político hábil, rival de Bismarck y Disraeli desde la Cancillería de Napoleón III:  aquella tarde se jugaba el porvenir, pues un fracaso significaría la ruina de su carrera promisoria empezada desde el puesto máximo.  Iniciaría su discurso en bon chevalier, saludando al adversario:

 

“Voy a contestar al gran orador que acaba de precederme, pero con dos condiciones: la primera que reconozcáis que yo no tendré tanto talento como el ha tenido...”

Una voz: Acordado.  (Hilaridad).

Rouher (sin inmutarse): La segunda es que no quiero hacer disgresiones.  Iré derechamente al asunto...”

 

Las violencias cometidas con los franceses, según los informes del Ministerio, nunca pudieron probarse: les otages de Durazno posiblemente jamás existieron.  No obstante era muy posible que hubiera habido violencias en esas guerras crueles, lo que lamentaba.  Aclarado este punto, entra a contestar a Thiers.  Ahora éste pedía que se mantuviera Montevideo, y sin embargo en 1840 aconsejaba abandonar a los auxiliares.  Interrumpe Thiers:

 

Eso era a Lavalle, autor de una insurrección que encontramos en 1838 cuando fuimos por primera vea al Plata; no a los de Montevideo, que son franceses”.

“Rouher: A los de Montevideo nos los armó Francia.  El armamento de tos franceses de Montevideo fue contra las órdenes del cónsul Pichon, ¿qué les debemos?...  Vamos a negociar una paz honrosa.  No a vengar agravios.”

 

Antes de terminar la sesión, el rosista Granier presenta y funda una minuta: “Que el subsidio cese tres meses después de notificarse.  Se invita al Presidente de la República a tomar las medidas necesarias para la protección eficaz de nuestros nacionales y de los intereses franceses en el Plata”, que de acuerdo al reglamento debe fundarse inmediatamente.  Pero es muy tarde y se suspende la sesión.

El día siguiente es domingo.  Según Pacheco:

 

“... e! gobierne lo pasó en trabajar el espíritu de los diputados con el tema de que el Sr. Thiers hacía de esto un asunto de partido... Vino por fin el día de la última sesión.  Antes de empezarla los ministros recorrieron los grupos de los diputados asegurando, del modo más formal, que la intención del gobierno (si se le dejaba en libertad de acción) era enviar fuerzas imponentes al Río de la Plata...”

 

Habla Granier para apoyar la minuta presentada en la sesión anterior.  Osará lanzarse contra Thiers y defender a Rosas:

 

“Se puede sentir la conducta de Rosas en todas esas negociaciones que no han producido el resultado que nosotros habríamos deseado.  ¿Creéis que él ha obrado por puro capricho y como un bárbaro, como alguien dijo? ¿Si vosotros tenéis vuestra política, no creéis que él pueda tener la suya?

“No tenemos en cuenta las ideas y costumbres cuando tratamos con pueblos extranjeros.  Sin duda las nuestras pueden valer más que las suyas, pero no es esa la cuestión.  Si vamos a ellos, y chocamos con ideas y costumbres contrarías, se nos hará resistencia.

“Contra Rosas se ha dicho en esta tribuna palabras algo vivas (bastardilla mía).  Temo que lo engrandezcan en lugar de humillarlo a los ojos de nuestros nacionales.  Pueden herirle, lo que no es conveniente ni útil para el acrecentamiento de nuestro comercio, ni para la seguridad de nuestros nacionales....

"Esos países se enriquecen a rápidos pasos.  Nadie puede negar que en la Argentina hay dinero, y gente de buen gusto.  Nosotros debemos desarrollar el sentido suntuoso en todos los pueblos, si queremos dar salida a nuestros productos.  La República Argentina nos compra mucho...

“No espero mucho de mi proyecto de que cese ese gasto inútil del subsidio, que es lo único que mantiene la guerra y causa perjuicio a nuestro comercio.  Dejémoslo a Rosas tranquilo y hagamos la paz con él.  Y no lo ofendamos, porque ofender a un gobernante elegido por su pueblo y que goza de la confianza ¡qué digo! de la adoración de ese pueblo, es ofender al pueblo mismo.

“Yo no me disimulo que en un pueblo guerrero como el nuestro, se es mejor recibido por hablar de guerra que de paz.  Pero yo cumplo con mi deber, y ante todo cumplo con mi conciencia.”

 

Ha finalizado el debate.  Entran las ponencias a votarse.  La de Rancé, apoyada por el ministerio, dice así:

 

“Considerando: que el tratado Lepredour no ha sido sometido a la Asamblea Nacional.

“Considerando: que el gobierno declara que entiende continuar las negociaciones con el fin de garantizar el honor y los intereses de la República, y que nuestros nacionales serán protegidos seriamente contra todas las eventualidades en las dos márgenes del Plata.

“La Asamblea pasa a la orden del día.”

 

Puesta a votación es aprobada por 888 votos contra 800.  Triunfo del ministerio contra Thiers.  El proyecto de créditos, que es la “orden del día”, recibe 496 votos contra 88.  Proporción entre antirrosistas y rosistas.  La enmienda de Granier queda automáticamente rechazada.

Como no ha ganado Thiers, Melchor Pacheco se muestra disconforme.  Aunque el voto significaba una expedición militar, que Rouher aseguraba de 2.500 a 8.000 hombres, para imponer la paz.  Y además, el rechazo del proyecto Lepredour.

Palmerston no podría quejarse: el gabinete francés no había rechazado la paz convenida con Rosas; era la misma asamblea pese a las palabras pacifistas de los ministros.  Rouher no tenía la culpa de que las circunstancias lo obligaran a seguir solo, sin colaboración inglesa, la intervención en el Plata.  Pues no otra cosa era mandarle a todo un Rosas, un negociador armado para imponerle la paz.

Pero las cosas no anduvieron como lo esperaba Rouher.  Y el negociador armado (que fue otra vez Lepredour) no osó presentarse con una escuadra ante Buenos Aires.  En mayo de 1850, dejando a la escuadra en Montevideo, viajó solo a entrevistarse con Rosas.  Tuvo que aguantar, como dice Southern en documentos comentados por Cady, la furia de Rosas “que se desató en improperios contra los diputados y ofendió también al contralmirante”.  Pero lo toleró con paciencia para cumplir su cometido.  Rosas se mostró intratable: o el convenio de 1849 o nada.  Y en agosto Lepredour aceptó el convenio de 1849 con muy pequeñas modificaciones.  Que sería el tratado definitivo, pues otra cosa no podía conseguirse del Restaurador aunque gritaran los diputados franceses.

 

 

 

(1) J. Cady, Las intervenciones europeas en el Río de la Plata (ed.

española), 235.

(2) Idem, 265.

(3) M. Herrera y Obes, Correspondencia diplomática, II, 240.

(4) Ibidem, III, 173.

(5) Ibidem, III, 171.

(6) Ibidem, III, 171.

(7) Cady, ob. cit., 266

(8) M. Herrera y Obes, III, 192.

(9) Las sesiones de la Asamblea fueron transcriptas por La Gaceta Mercantil, de Buenos Aires, en los números del 9 al 19 de marzo de 1850. De allí las he tomado.