Revista del Instituto de Investigaciones Históricas JUAN MANUEL DE ROSAS - Número 12 – 1946 14 pág. 5.300 palabras

 

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LOS EX PRÓCERES

 

Pequeña Biografía de Juan María Gutiérrez

por

 

Martín Pincén

 

 

SU VOCACIÓN

 

"Se necesitaba un calculador y fue un bailarín el que me prefirieron en el destino", recordaba Sarmiento en 1852 la frase de Fígaro a propósito de la exclusión de Alberdi e inclusión. de Juan María Gutiérrez en el elenco del Congreso Constituyente (1)  La cita es injusta, pues la presencia de un literato en la Comisión redactora del proyecto constitucional – y que sabía inglés – (2) era tanto o más necesaria que la de un jurista para la tarea de traducir la constitución norteamericana al idioma que hablan los argentinos. Por otro parte Gutiérrez era el amigo dilecto de Alberdí, el compañero juvenil de La Moda y los felices tiempos de Montevideo, el camarada del Edén y el viaje a Italia, el confidente cuotidiano en los días maduros de Valparaíso. Su amistad seria la única que el amargado tucumano conservaría hasta la muerte. Ambos habíanse influidlo mutuamente: Gutiérrez corrigiendo las deficiencias de estilo de Alberdi, y éste germinando sus ideas filosóficas y políticas en la mente de aquél. La ausencia, pues, del actor de Las Bases en el Congreso de Santa Fe, estaba ampliamente suplida por la presencia del laureado poeta del Canto de Mayo.

Dice Groussac que Gutiérrez "es, en política, el hombre que se ocupa de cosas para las que no ha nacido" (3). No solamente en política, porque toda su existencia fue un continuo rectificar vocaciones: agrimensor primero, dejaría las matemáticas por el estudio del derecho: para abandonar luego las leyes por las especulaciones filosóficas de Coussin y Lerminier: más tarde convertído en el rey de los leones de la calle Potosí – como lo llamaba Alberdi – (4) daría lecciones de elegancia masculina y femenina en las archifrívolas páginas de La Moda, o ensayaba reformar las sencillas y austeras costumbres domésticas criollas, según el diapasón que daba el tono en el París de Luis Felipe (5). De moralista iría luego a poeta: de poeta a conspirador; de allí periodista proscripto. Más tarde turista desaprensivo luego Director de una Escuela Naval en Chile. Político activo en los años que siguieron a Caseros: - ministro de Gobierno en Buenos Aires, de Relaciones Exteriores en la Confederación, Diputado por Entre Ríos al Congreso de Santa Fe; Diputado por Santiago del Estero al Congreso de Paraná. Poeta laureado, historiador a ratos perdidos, editor en ocasiones, polemista otras, biografista a veces, comerciante un tiempo, estanciero otro, Inspector de Bancos en Rosario, Director de revistas de modas, Rector de la Universidad. Juan María Gutiérrez fue envejeciendo sin encontrar jamás el rumbo definitivo de su vida (6).

Esta infinidad de vocaciones constituye, precisamente, el sólido pedestal de su prestigio. Para los políticos sería un poeta extraviado momentáneamente en campos ajenos a sus aficiones; para los poetas un político cortejando las musas en ratos de ocio. Así, Sarmiento considera que ”el señor Gutiérrez es un literato conocido por largo tiempo, más consagrado a medir y confeccionar versos que a las cuestiones públicas" (7). Y Ricardo Rojas, en cambio, alaba sus dotes de gobernante y constituyente, pero le parece que "la obra literaria de Gutiérrez tan sólo puede fundamentar una gloria relativa... es uno de nuestros literatos más cultos, pero también de los menos originales. Carece de imaginación creadora, de pensamiento sintético, de emoción comunicativa" (8). Este Cúmulo de vocaciones da un carácter muy particular a su producción: no sabemos si sus alegatos jurídicos – si alguno redactó – tuvieron la simple gravedad de los códigos constituyentes; pero sus pericias de agrimensura poseen el brillo de convicción da las piezas forenses; sus versos, la .medida y la frialdad de un informe matemático, y su paso por la comisión redactora del Congreso de Santa Fe, dejaría en los artículos constitucionales la armonía y el ritmo de los poemas literarios.

 

EL "PALIDO PROSCRIPTO"

 

La iniciación de Gutiérrez en las cosas políticas se debió exclusivamente a las crueldades de la tiranía. Modesto empleado de la administración rosista, el. Restaurador le había ascendido a Ingeniero 1º del Departamento Topográfico. Por aquel entonces estaba muy de acuerdo con el gobierno de Rosas; había votado – como iodo Buenos Aires – la suma del poder público en el plebiscito de 1835; y en 1837, cuando fundara con Alberdi y Echeverría 1a "Asociación de Mayo“, lo hacía convencido que "bajo el signo federal se cumpliría el ideal de la Revolución de Mayo" (10); en agosto de 1839 felicitaba públicamente a Rosas “por la feliz terminación de los complots de Cullen y Berón de Astrada, y por haber sa1vado la vida en la conspiración de los Maza" (11).

En ese año 1839, el joven dandy, que redactara La Moda hasta hacía poco, escribía en los diarios oficiales suaves y delicadas Odas de Desamor, a una Diamela, a la Aurora, a una Rosa a un Jazmín, o componía dulces estrofas de este gusto:

 

"Id agraciados versos a las plantas

de las hermosas ninfas de mi río...

 

Aun cuando – como hace notar Oliver – (12) por el río "andaban además de hermosas ninfas, las fragatas francesas del almirante Le-Blanc exigiendo satisfacciones agraviantes para el honor argentino, sin que el idílico poeta sintiera inflamarse de indignación su vena épica".

Todo lo contrario: tal vez por sentirse "hijo espiritual de Francia" como todos los leones de la calle Potosí (13), la aventura imperialista de Luis Felipe contra su Patria se le antojaba "el conflicto de la civilización y la barbarie, y simpatizó con la causa del Derecho, que el despotismo hollaba", como lo explica patrióticamente Alberdi (14).

Además, todo concurría en 1839 para tomar campo contra Rosas: la inminente caída del Restaurador jaqueado en el río por el almirante Le-Blanc y en tierra por Lavalle, y los "libres del sur", la "coalición del norte” y los conspiradores de Maza; las duras condiciones del bloqueo que obligaron a la rebaja general de sueldos en la administración; el poco caso que el rústico Juan Manuel hacía de los jóvenes dandys del Salón Literario. Todo contribuyó para que Gutiérrez oyera con agrado las invitaciones de su amigo Alberdi que desde el año anterior abrazara abiertamente la posición francesa – quien decía en sus cartas desde Montevideo: "Aquí hay de todo: plata, hombres, buques...“ (15).

Juan María tomó parte en el romanticismo de las conspiraciones unitarias, con todo el entusiasmo de su temperamento poético. Su labor consistió en informar a Montevideo las cosas de Buenos Aires. Eran los días trágicos del "terror mazorquero", y la policía de Rosas se incautó de cartas muy comprometedoras para el Ingeniero 1º del Departamento Topográfico. El arbitrario tirano lo castigó dejándolo cesante de su puesto "por no ser acreedor a la confianza del gobierno", destinándolo, con refinada crueldad "al servicio de las armas“, dándolo de alta en el ejército argentino que se preparaba para luchar contra los invasores franceses (16).

Los tres meses que el rey de los leones pasó en el Cuartel de Santos Lugares fueron horribles: los rudos sargentos de Rosas lo obligaban, sin miramiento alguno, a compartir la zafia comida cuartelera, provocándole una repugnancia de estómago que lo tuvo a mal traer. Angustiada su madre consiguió sacarlo del campamento, previo pago de un personero que hizo el servicio militar en su reemplazo. Poco después conseguía de Rosas pasaje para irse tranquilamente a Montevideo (17).

Allá fue Gutiérrez "ilustrada su memoria – dirá Alberdi – por el honor de un martirio que sus amigos tenían el derecho de envidiarle” (18), pues los pálidos proscriptos de la tiranía – como los llamaba Ricardo Rojas – conocían solamente los terrores de la Mazorca a través de las descripciones espeluznantes de Rivera Indarte. En Montevideo contribuiría a defender la plaza en certámenes literarios; redactó algunos periódicos de propaganda política, aunque luego, más conforme a sus gustos, fundara El Talismán, "periódico de modas". Compuso también el Canto de Mayo, ganando premios en juegos florales, y son de esta época, feliz y despreocupada, los mejores versos de su cosecha.

Cuando Oribe, después de Arroyo Grande, estrechara el sitio de Montevideo, los proscriptos de la Nueva Troya se encontraron ante la realidad de una guerra, que hasta entonces solo habían hecho en los cenáculos literarios. Gutiérrez y Alberdi "no queriendo exponerse" – como dice el segundo – a los cañones del Cerrito, se apresuraron a desertar la gloriosa pero insegura plaza, huyendo una noche de fiesta disfrazados de marineros franceses (19).  Anduvieron por Europa un tiempo, acabando luego por establecerse en Chile; allí, Juan María consiguió el remunerado cargo de Director de una Escuela Naval en Valparaíso, mientras Alberdi abría en la misma ciudad un jugoso bufete de abogado. No parecía importarle ya la política al sensible poeta del Canto de Mayo. Escribe a Mitre así, desde el fundo del Aguila: "Estoy dedicado a la más profunda haraganearía de espíritu y de cuerpo... ¡Qué fortuna el que no me importe un pito la lucha que sostienen ustedes!" (20).

 

EL CONSTITUYENTE

 

Volvió a Buenos Aires después de Caseros o fundar una tercera revista de modas y costumbres, con el suave título da La Brisa, actividad no muy propia, tal vez, para un cuarentón glorificado por el martirio y el destierro. Pero muy pronto se encontró arrastrado por el vértigo político; tomó el partido de Urquiza con gran descontento de los otros proscriptos que veían una reedición del tirano en el novel Libertador. Al inaugurarse el Club del Progreso. el 25 de Mayo de 1852, Gutiérrez – ya urquicista y ministro – pronunciaría un deplorable brindis poético, disgustando a los porteños antiurquicistas, que eran los más:

 

"Alce su gratitud un himno al "Justo",

y al pronunciar de Urquiza el apellido,

el egoísta. el cobarde y el bandido,

la frente escondan de vergüenza y susto.

 

Entonces José Mármol, su antiguo compañero en los certámenes poéticos de Montevideo, contestó la adulación improvisando aquel famoso brindis que empieza:

 

"Recojo de tus labios

la inspiración y brindo

por los lejanos días

de nuestra juventud...”

 

Donde mirando fijamente al, ministro, amonesta así su posición política y su falta de gusto poético:

 

"Gutiérrez: aún tenemos

un voto hecho ante Dios:

Debemos de ser siempre

para la tiranía

proscriptos y poetas

¡Tal es nuestra misión!” (21)

 

Gutiérrez seguiría mansamente la suerte de Urquiza, Fue más tarde su constituyente en Santa Fe, su Canciller en Paraná. Tal vez para mantenerse en el favor soberano usó medios un tanto criticable: a Groussac le parecen "afligentes ciertos panegíricos a Urquiza que no se detienen ante el encomio de sus atractivos físicos" Pero al fin y al cabo cada uno se defiende con las armas que tiene, y es perdonable que un poeta de revistas de modas componga sonetos a los ojos verdes, o rime endecasílabos a los venerables labios del poderoso que distribuye favores.

Juan María contaba: 43 años cuando llegó a Santa Fe, a fines de 1852, representando en el Congreso constituyente a Entre Ríos, provincia que hasta entonces no pisara (23). Un tanto displicente con la chusma, como anota Quesada "era impopular en el Congreso y fuera de él, aunque todos reconocían su talento, que lo ejercitaba poco en sus funciones oficiales (24). Quiso ser el verbo vivo de Alberdi en el recinto santafesino y en la Comisión de Negocios constitucionales, cuyo proyecto publicara en folletín del Nacional Argentino, y con cuyo gobernar es poblar, se encontraba identificado desde los tiempos jóvenes del Canto de Mayo. Recordaremos algunas estrofas de su composición laureada:

 

"...Y todos los hombres

 vendrán a nosotros atraídos

por esa ley que la virtud dimana

Inflamando los pechos con su llama

vendrá del polo el hombre endurecido

y el rudo "habitador" de la montaña..."

 

Según propia confesión, se propuso "reparar con instituciones fundamentales los errores que, al par de las costumbres, nos inocularon los conquistadores españoles" (25). Este amor a lo foráneo entusiasma a su amigo Alberdi: "Gutiérrez es un europeísta convencido”, dirá años después en su biografía póstuma. "Gutiérrez vivía en Europa en su propio país", agrega, creyendo que ese vivir fuera de la realidad es el mejor elogio que puede hacerse del constituyente. "A su influencia se debió en parte, que el elemento europeista predominase en la Constitución de Mayo de 1853" (26). Entendamos bien lo que quería decir lo europeista en el lenguaje de la época; no es ciertamente lo europeo por contraposición a lo americano; es lo francés o lo sajón – o de "afuera" en fín – oponiéndose a lo nuestro o a lo español. Así: europeísta era la Constitución norteamericana; bárbaras las costumbres criollas de neta raíz española.

El terrible antiespañolismo de Gutiérrez, tan exacerbado como el de Alberdi, entonces, y el de Sarmiento, posteriormente, lo llevaba a negar y rechazar todo lo grande hecho por 1a raza. Era para él un axioma que "las autoridades creadas por las leyes de Indias para administrar justicia a los americanos, eran prevaricadoras, ignorantes, arbitrarias por educación y carácter", sin tomarse el trabajo de comprobar un juicio tan lapidario. En cuanto a la Iglesia Católica en América – objeto de su terrible fobia de volteriano – no pudo ser más pervertida y miserable: "Los curas de almas fueron piedras de escándalo por la sordidez y liviandad de que hicieron gala“, asegura seriamente el ex redactor de La Moda (27).

Pero con todo, ¿fue realmente importante la influencia de Gutiérrez en el texto constitucional que se aprobara en Santa Fe? En realidad su intervención no iría más allá de la de un corrector de pruebas "vertiendo – al decir de Gorostiaga – a un lenguaje llano los trabajos abstractos del doctor Alberdi” (28). Pero Gutiérrez estaba plenamente identificado con las ideas de Alberdi en primer lugar, y además la tarea de verter a un lenguaje llano el texto constitucional de Filadelfia, adaptado muy a la ligera por Alberdi de una mala traducción de García de Sena, no es por cierto de las menos difíciles y honrosas. Es indudable que lo poco hecho en la Comisión de Negocios constitucionales del Congreso fue obra de Gorostiaga, y que la actividad del estudioso e inteligente santiagueño oscurece la labor puramente literaria de Gutiérrez en ella. También debe tenerse en cuenta que su temperamento romántico lo distrajo algo de las graves funciones constituyentes (29).

 

EL PORTEÑO

 

Más tarde iría a Paraná, como Ministro primero, como diputado después. Pero la prolongada ausencia de Buenos Aires tenía afligido al elegante porteño, mal resignado a la llaneza y rusticidad de la vida provinciana. Por eso tentaría algún puesto en Buenos Aires, valiéndose de sus antiguas amistades de la proscripción; cl 22 de marzo de 1861, Gorostiaga (que vivía en Buenos Aires desde el 55) escribe a Félix Frías, a propósito de 1as aspiraciones de Gutiérrez: "Este amigo aún no está empleado, pero parece seguro que pronto será nombrado Rector de la Universidad" (30).

Y fue Rector de la Universidad  aunque para lograr ese cargo pasó por algunas cosa, un poco desairadas, como esa de tener que felicitar a Mitre por su victoria contra la Confederación "¡Atrás bárbaros! – dice en esa carta indignandóndose con los vencidos, sus compañeros hasta el día anterior – !...nosotros los porteños!" (31). Pero con todo consiguió el puesto que ambicionaba, en el cual se perpetuaría hasta jubilarse.

Desde entonces vivió en Buenos Aires sin meterse más en aventuras políticas. En la librería de Casavalle o en la tertulia de Olaguer Feliú, donde el viejo exproscripto pasaba las tardes de su ancianidad gloriosa contando episodios heroicos de su lucha contra la tiranía, era escuchado por los jóvenes con respeto pero sin mayor convicción. Era un "maestro sin prosélitos", como le dice Quesada. Su alto concepto de sí mismo y de su obra fue aumentando con la edad y con los honores universitarios; el desmelenado poeta de la Libertad acabaría, metamorfosis corriente e inconsciente, en solemne y voluntarioso tiranuelo de claustros universitarios, cuidando no se expandieran otras luces que las muy menguadas de los años en que era joven: la Universidad viviría bajo su égida, atrasada cien años en el real movimiento de las ideas.

Sin embargo, Gutiérrez se consideraba progresista, aunque este progresismo fincara exclusivamente en su lucha contra las ideas reaccionarias,

especialmente las religiosas. Su ateísmo fue tornándose agresivo, y sus frases tomaron el tono de las de un Monsieur Homais porteño. Destaca Menéndez y Pelayo "su aversión a España y empedernido volterianisrno, que rayaba en fanática e intolerable manía“ (32).

Esta fobia lo llevaría a actitudes curiosas. En 1875 rechaza indignado el nombramiento de Miembro correspondiente de la Academia Española, fundándose en que los argentinos a fuer de liberales y republicanos "no podemos escalar los siglos en busca de modelos y de giros castizos en los escritores ascéticos y publicistas teólogos de una monarquía sin contrapeso... hablarles (a los argentinos) de pureza y elegancia de la lengua,  les tomaría tan de nuevo, como les causaría sorpresa recibir una visita con la capa y el sombrero perseguidos por el ministro Esquilache”, escribe muy seriamente a los académicos de Madrid devolviendo las insignias del cargo. La tarea de fijar y pulir el idioma se le antoja reaccionaria y clerical: "¿Estará en nuestro interés crear obstáculos a una avenida (la adopción de modismos extranjeros) que pone en peligro tal vez la gramática, pero que puede ser fecunda para el pensamiento libre?", agrega en la misma renuncia para meditación de la Real Academia.

Aprovecharía la gran ocasión Juan Martínez Villergas, vestal del culto a la Madre Patria – y que ya había descosido a dentelladas algún cuero descastado – para lanzarse implacablemente. sobre el renunciante, como un halcón de presa pudiera hacerlo sobre una incauta paloma. En las páginas mordaces del Antón Perulero, el temible polemista español burlaríase sangrientamente de Gutiérrez, quien esperaba haber completado el Acta de la Independencia con su nota de renuncia.

Obligado por los alfilerazos de la prensa y por las pullas de sus contertulios en lo de Casavalle, el pobre Juan María tuvo que intentar su defensa. En La Libertad y bajo el seudónimo de Un porteño, salió al desigual combate, tratando inútilmente de ponerse a tono con la jocosidad y el gracejo de su formidable antagonista. Comienzan sus "Cartas de un porteño" sentando la premisa que "la Academia se propone esclavizar lo único que quedaba libre en España: el idioma“. Después de esta espiritualidad, recuerda humorísticamente que a España solamente debemos los crueles conquistadores y lujuriosos frailes que nos enviaron para nuestro mal poco después del Descubrimiento. Se sonríe compasivamente da lo" literatos ibéricos tan horros de inteligencia, que aún creían en 1as mentiras del oscurantismo, tomando como verdad lo escrito en el Evangelio. Menciona, con ironía sutil, a los civilizados Capitanes Generales de Cuba que por entonces, y según las agencias noticiosas norteamericanas, estaban "volcando más sangre que azúcar hay en la isla“. Y con discutible gusto no deja de subrayar "la honestidad de Doña Isabel II", llamando "borboncito" al Rey Alfonso XII.

Pero el tono irónico no puede mantenerlo a todo lo largo del combate: la chispeante verba de Martínez Villergas, y el análisis que éste hace de su labor literaria e histórica, acaban por sacar de sus casillas al venerable Rector jubilado de la Universidad. Termina el debate a los capazos, llamando payaso, arlequín, incompetente, ingenio volatilizado en el vacío, "castellánico“, mala ralea, hombre de estrecho saber, envidioso con la más negra de las envidias al periodista español, en contestación a las burlas que éste le hace. Y muy dignamente se encierra bajo dos vueltas de llave en el recogimiento de la librería de Casavalle. Ya no le quedaban más ganas da meterse a Libertador del idioma (33).

Moriría a poco de este desagradable trance, el día del centenario de San Martín por quien – al revés de muchos de sus amigos – tuvo siempre gran admiración. En su entierro se pronunciaron catorce discursos. Y desde París, su amigo Alberdi – el eterno resentido con los hombres y las cosas de América – escribiría su elogio fúnebre, encontrándolo superior a San Martín y a Bolívar, y casi tan grande como Washington y William Wheelwright, el ingeniero que construyera el Central Argentino (34).

 

 

 

(1) Sarmiento, ‘‘Congreso Constituyente de Santa Fe’’ (Obras XV, 252).

(2) Había traducido las biografías de Franklin y Washington, en ellas dice que "los Estados Unidos han llegado a darse leyes dignas de ser imitadas", que por otra parte era el pensamiento común de la mayoría de los constituyentes; el grupo de los montoneros (Zuviría, Leiva, Pérez, Zenteno, Ferré y Colodrero) aparte.

(3) Groussac, ‘‘Las Bases de Alberdi y el desarrollo constitucional’’ (En '‘Estudios de Historia Argentina”, 298).

(4) Alberdi, ‘‘Ensayos sobre la sociedad, los hombres y las cosas de Sudamérica” (“Escritos Póstumos”, VI, 5).

(5) “La Moda”, curioso ‘‘gacetín de música, literatura y costumbres", vio la luz en Buenos Aires en 1837, dirigido por Alberdi y Gutiérrez. Allí entre un artículo “Modo seguro de hacerse cantor’’, y una crónica ‘‘Ventaja de las feas”, se daba la pauta de la elegancia masculina en comentarios de la trascendencia del siguiente : "Los géneros escoceses ya no son del gusto del día. El azul-marino, el pan-quemado, son ahora los colores favoritos de la paquetería para. salir a la calle’’ (en el Nº 1). Confesamos ignorar cual es la intención política que algunos historiadores encuentran a estas frívolas chácharas de barbilindos.

(6) Alberdi dice de Gutiérrez: “Es un gran hombre de Estado... que no ha nacido para hombre político" (“Escr. Post.’’, VI, 14 y 22) .  La definición nos parece excelente, y podríamos completarla diciendo que también fue un gran poeta que no nació para hacer versos; un excelente legislador que no sabía hacer constituciones, etc. Groussac comentando la boutade de Alberdi, se pregunta: "¿Qué puede ser un gran hombre de Estado que no ha nacido para

 político?” ("Estudios de Historia Arg.", 298).

(7) Sarmiento “Obras”, XV, 251. En los emigrados insiste en su juicio llamando a Gutiérrez “hablista, poco dado a la política”.

(8) Rojas, "La literatura Argentina" (cap.; ‘‘Los Proscriptos'’), II, 1054-55, ed. 1925.

(9) Los correctos decasílabos del art. 29, por ejemplo, son una muestra del gusto literario grato a los cenáculos de la época :

 

"La vida, el honor o la fortuna

quedan a merced de los gobiernos.

Los formulen, consientan o firmen:

infames traidores a la patria.”

 

Si no hubiera estado Gorostiaga, serio y prosódicamente jurista, en la

comisión redactora, es muy posible que la Constitución hubiera salido íntegramente en verso.

(10) Brindis de Echeverría en el banquete inaugural de la Asociación de Mayo", el 9 de  Julio de 1837.

(11) Esta carta fue publicada en "la Gaceta Mercantil"  (Nº 4840). ¡Quién le diría a Gutiérrez que, andando el tiempo, casaría con una hija del salvaje Cullen!

(12) Juan Pablo Oliver, crítica bibliográfica al libro “Juan María Gutiérrez", de Schwestein de Reidel ("Rev. del Inst. J.M. de Rosas Nº 6).

(13) Alberdi lo decía en su ‘‘Fragmento preliminar al estudio del derecho’’ : ‘‘Ademas.... ya no somos hijos de España : desde la Revolución somos hijos de Francia” (‘‘Obras Completas’’, I, 131). En el mismo párrafo se propone reemplazar el idioma castellano ‘‘importación absurda de una legitimidad exótica”, que no se encuentra en “armonía íntima con nuestro pensamiento más simpático mil veces con el movimiento rápido y directo del pensamiento francés, que no con los eternos contorneos del pensamiento español” (misma página).

(14) Alberdi, ‘‘Biografía de Gutiérrez’’ (‘‘Escr. Post.’’, VI, 116).

(15) “Carta de Alberdi a Salustiano Zavalía”, de "8 de febr. 1839 (transcripta por Saldías, ‘'Historia de la Confederación Argentina’’, 179-80).

(16) Original en poder de Dardo Corvalán Mendilaharsu, y publicado en facsímil (cit. por Schwestein de Reidel en su mencionado libro "Juan María Gutiérrez", 60).

(17) De la citada biografía de Gutiérrez, por Alberdi (‘‘Escr. Post.’’, VI, l 18 y sgts.). Además de la afección de estómago producida por la poco delicada ‘'tumba’’ cuartelera, Gutiérrez se encontraba deprimido por haber sido castigado con el "cepo", aun cuando no parece que mucho tiempo.

(18) Alberdi, ‘‘Escr. Post.'’, VI, 118. Tanto conmovió el "martirio" de Gutiérrez por las hordas mazorqueras, que Sarmiento, años después escribía: “Tiénesele (a Gutiérrez) por el escritor más castigado de aquellos tiempos sin pensamiento" ("Obras’’, XIV, 378). Es exacto, exactísimo: ningún otro escritor (ni Sarmiento, ni Alberdi, ni Echeverría, ni el mismo Rivera Indarte), consiguieron matarle el punto a Gutiérrez. En cuanto a Mármol, ahora se sabe que su corta detención, exclusivamente como medida de seguridad personal, la pasó en las propias habitaciones del Jefe de Policía (ver, entro otras, '‘Rev. J. M. de Rosas’’, No 9). Aquello de : “como hombre perdono mi cárcel y cadenas... ” fue una simple figura de retórica, debida únicamente a "la tiranía’’ de la rima que no a otra.

(19) Alberdi, ‘‘Escr. Post.’’. VI, 23. Gutiérrez ocultó toda su vida este poco marcial episodio. La estratagema – cuidadosamente relatada por Alberdi, que tenía sobre la gloria y el valor ideas muy personales (leer ''Las Bases’’) – se debió a que el Ministro Pacheco y Obes, vigilaban celosamente la continua evasión de los ‘'proscriptos’’ amenazaban dejar a la "Nueva Troya" sin otros habitantes que los legionarios de Garibaldi, contratados a 20 patacones por barba.

(20) Citada por Rivero Abstengo, ‘‘Hombres de la Organización Nacional’’ (Bs. Aires, 1937).

(21) Por esta réplica, Gutiérrez le cobraría a Mármol tan profundo odio, que llegará, catorce años después, a excluirlo de su ‘‘Antología de Poetas sudamericanos’’ (Bs. Aires, 1866), no obstante haberlo incluido antes del episodio en su "América poética", y prologado los ‘'Cantos del Peregrino", Martínez. Villergas, en la famosa polémica que damos cuenta más adelante, hace cargos a Gutiérrez por esta pequeña venganza.

Es curioso que Ernesto Morales, comentarista de ‘‘Las Cartas de un porteño’’, de Gutiérrez (Bs. Aires, 1940), salga sesenta años después de la polémica a levantar el cargo diciendo : "Martínez Villergas está muy mal informado. Mármol fue un gran amigo de Gutiérrez. Al regresar a la patria después de Caseros, se encontraron en un banquete donde se celebraba la caída de Rosas, y a los brindis ambos lo hicieron saludándose con sendas improvisaciones en verso. La de Mármol puede leerse en el tomo II de sus ‘'Armonías’'. Don Juan María que desdeñaba la improvisación en arte, no recogió la suya” (obr. cit., 160, en nota firmada E. M.). La cita, salvando los pequeños deslices históricos (que ambos poetas no se encontraron en un banquete, ni celebrando la caída de Rosas, ni Gutiérrez saludó a Mármol en su brindis, ni se perdió  su improvisación que cita en el texto), es prueba en contrario de la afirmación del corrector póstumo.

(22) Groussac, obr. citada, 299 (en nota).

(23) Urquiza recomendó su elección por carta al gobernador delegado Crespo, de 26 de Julio 1852 : ‘‘En la última indicaba a usted como candidatos míos a don Nicoles Anchorena y don Ruperto Pérez, y como hoy he variado de parecer respecto al priniero, he dispuesto que esa provinria sea representarda el Congresu por don Juan María Gutiérrez y por el dicho Ruperto Perez : por consiguiente en este sentido impartirá usted sus instrucciones” (Documentos relativos a la organización constitucional de la República Argentina. publicados por la Facultad de Filosofía y Letras, 1911 ; l, 115). Nada obstó, por supuesto, para que el propio Gutiérrez redactara el Preámbulo con la calificación un tanto excesiva: Nos, los representantes del pueblo...

(24.) Víctor Gálvez, (Vicente G. Quesada), “Memorias de un viejo'', 214.

(25) Cit. por Rivero Astengo, ‘‘Hombres de la organización nacional'’ (cap.: “Juan María Gutiérrez'’).

(26) Alberdi, ‘‘Escr. Póst.'', VI, 12, 37 y 55.

(27) Gutiérrez, ‘ 'Las restauraciones religiosas’ ’ (en  "Escritos históricos y literarios de Juan María Gutiérrez’’, Bs. Aires, 1934, p. 86).

(28) '‘Asamblea Constituyente argent." IV, 504.

(29) Las cartas de Gutiérrez de esa época nada dicen sobre sus tareas constitucionales, pero contienen en cambio poéticas expresiones inspiradas en los jazmines y diamelas de Santa Fe, y los encantos juveniles de su novia. Pues Gutiérrez conoció al llegar a Santa Fe a Geromita Cullen, cuyos quince años tenían justificadamente sorbido el seso al cuarentón diputado. No es extraño, pues, que su correspondencia trasunte solamente emoción romántica en vez de meditaciones en la ciencia política y constitucional. ‘‘Geromita, Geromita: ojos divinos, tez divina y una tonada santafesina que me suena a música de Bellini", dice en una de. sus cartas. En otra : ‘ ‘Santa Fe es el país de los naranjos y de las diamelas : de entre estos fragantes vegetales saqué a mí mujer’’ (ambas citadas por Schwestein de Reidel en su biografia mencionada). Y Carlos Aldao, en su inestimable ‘‘Errores de la constitución nacional’’ (Bs. As., 1928, p. 243), trae este verso de Gutiérrez, compuesto en las largas y aburridas sesiones del Congreso, y que por lo malo puede dar la pauta de la intensidad de su sentimiento :

 

No me enamoró tu trato,

ni tu semblante perfecto,

sino un simpático afecto.

que nació, tal vez, en mi."

 

Schwestein de Reidel se detiene en su biografía relatando el episodio de los amores del constituyente en el preciso momento de tener que elaborar la constitución. Describe como Gutiérrez  "que paraba en el Colegio de los Jesuitas", conoció a Geromita, hija del entonces gobernador José. María Cullen, en el gran baile que en homenaje a Urquiza y a los constituyentes se dio en lo de López’’. Corrijamos a título de pequeña e intrascendente erudición que Gutiérrez no vivía en el Colegio de los Jesuitas, sino en los altos de la alfajorería de Merengo (3 de febrero y San Gerónimo) ; que no había tal Colegio de los Jesuítas en 1852, y en el lugar que ocupara este se hallaba el Convento de la Merced; que Geromita no era hija sino hermana de José María Cullen; que José María Cullen no era gobernador de Santa Fe; que gobernaba Santa Fe don Domingo Crespo desde el retiro de Pascual Echagüe antes de Caseros; que fue en la magnífica casona de Crespo que se dió el baile en homenaje a Urquiza y los constituyentes; y que ninguno de los generales López se hallaban en 1853 habilitados para dar un baile, pues Estanislao había muerto en 1838, y Juan Pablo estaba preso en Paraná por una intentona revolucionaria.

Más seriamente objetable es la parte histórico-constitucional de este libro:

''Se aprobó, después de trabajosas y prolijas discusiones el meditado Preámbulo de la Constitución, obra de Gutiérrez’’ dice Schwestein de Reidel, apoyando la afirmación en la autoridad del Doctor Sagarna. El Preámbulo no se discutió ni trabajosa ni prolijamente, como puede leerse en las actas del Congreso: se aprobó en silencio. Por otra parte no es obra de Gutiérrez, pues fue tomado casi a la letra del proyectado por Alberdi. Tal vez Reidel o el Dr. Sagarna confundan el Informe de la Comisión de Negocios Constitucionales – que ese sí es obra de Gutiérrez – con el Preámbulo del proyecto constitucional. Pero tampoco el Informe pudo ''discutirse" – lo que se discutió fue el proyecto – y menos ‘‘aprobarse’’.

(30) Archivo ''Gorostiaga’', doc. Nº 9867, inédito (‘‘Biblioteca Nacional”).

(31) cit. de M. Ruiz Moreno '‘La presidencia del Doctor Santiago Derqui y la batalla de Pavón'’ (Bs. Aires, 1913) I, prefacio p. IX.

(32) Méndez y Pelayo "Antología de poetas hispanoamericanos’’ (Madrid, 1895) IV, 180.

Ernesto Morales, recalca a propósito del volterianismo de Gutiérrez que “era la ideología más avanzada de la época’’ (‘‘Cartas de un porteño’’, cit. p 169 en nota). ¡Voltaire avanzado para 1876!

(33) Esta polémica, con impagables notas de Ernesto Morales, ha sido reimpresa con el título de ‘‘Cartas de un porteño", que llevaban las réplicas publicadas en ‘‘La Libertad’’, por Gutiérrez (Buenos Aires), 1940).

(34) Alberdi, ‘‘Biografía de Gutiérrez’’ (Esc. Post.. VI, 6 y sigts.) Para comprender la desconcertante escala de valores próceres que usa aquí el genial tucumano, debe tenerse en cuenta que para él – y así lo explica en la misma ‘'Biografía” – San Martín y Bolívar habían luchado solamente por la ''libertad exterior’', en cambio Gutiérrez lo había hecho por 1a '‘verdadera libertad que es la interior'’ como Washington en la presidencia de la república norte-americana, y Wheelwright al explotar el Ferro Carril Central Argentino.