Boletín del Inst. J.M. de Rosas nº 7 oct/nov 1969

37 páginas - 19.150 palabras

 

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Respuesta a una Agresión

 

Defensa del

Dr. José María Rosa

 

A D V E R T E N C I A

 

El Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” se complace en editar la respuesta que le merece al Dr. José María Rosa la diatriba del académico brasileño J.A. Soares de Souza, publicada como comentario crítico a su magnífico libro sobre Caseros. Si bien La Caída de Rosas fuera editado en Madrid en 1958, el comentario a que aludimos apareció en la Revista da Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro en 1964 después de una laboriosa gestación, y recién ahora se da a conocer en nuestro país.

 

No es que su publicación la ignorásemos, pero en los medios especializados en que se difundió no se le asignó importancia alguna, como no mereciera mayores comentarios en la propia tierra del autor. Era una crítica por lo menudo, nacida de enredados resentimientos, que para nada invalidaba la tesis fundamental de aquel libro. El académico Soares de Souza, pacato funcionario, entre los achaques de su edad se solazaba como un viejo corrector de pruebas, señalando errores superficiales y distrayendo su medianía intelectual en la confección de una prosa tropicalmente adjetivada. Evidentemente, no había heredado de sus ilustres predecesores ni dinero ni títulos ni talento. Nuestro compatriota pudo haber respondido publicando, simplemente, la carta del señor de Souza y señalando los repositorios uruguayos en que se halla la documentación que el historiador brasileño, ya desmemoriado, creyó de su monopolio, pero una increíble paciencia de investigador y su profundo respeto por la ancianidad le llevaron a dilucidar línea por línea, en consumada hermenéutica, aquel desmadejado alegato. En suma, una labor ímproba, que los argentinos le agradecemos.

 

Porque lo que cobra interés para nosotros – razón por la cual el Instituto se apresuró a solicitar al Dr. Rosa la redacción de este opúsculo – no son las objeciones del señor de Souza, sino los objetivos que se persiguen al divulgar, con tono de escándalo, al impugnador brasileño. En efecto, un señor que insiste en llamarse José Raed, prologuista y presumiblemente editor del volumen, no arriesgaría su fortuna personal porque sí, por puro goce intelectual, por más que deje entrever que, enancándose en el prestigio y en los muchos lectores del Dr. Rosa el negocio puede serle provechoso. Detrás de esta aventura de mostrador desde luego que hay algo más: hay la intención subyacente de desprestigiar un movimiento historiográfico que desde hace más de un cuarto de siglo viene desconchando, como una lenta humedad, a lo que Saldías llamaba la “historia autoritaria”. Antes fue el complot del silencio, el cierre de las tribunas oficiales, la restricción de la cátedra, la limitación de las posibilidades de difusión de cualquier índole al pensamiento renovador hasta hacer de la revisión de nuestra historia un culto de capillas. Ahora lo es – como en este caso – la agresión verbal y – ¡extraña paradoja! – como en Caseros, echando mano de un Soares de Souza. Por eso no nos interesa este señor de Souza, un venerable anciano a quien le mentaron los abuelos y salta de su guarida como un arácnido, sino este señor desconocido que insiste en llamarse José Raed y que extrae de su bolsillo un volumen de diatribas, agrede a su vez y anuncia el desmoronamiento del Dr. Rosa y de toda la historiografía revisionista.

 

En el lamentable prólogo a que hacemos referencia muestra ese señor con desnudez indecorosa la tremenda confusión mental de que padecen estos “idiotas útiles” del colonialismo. Habla allí de reestructuración histórica; de que la "verdadera reestructuración histórica debe tener como impulsión a las reales fuerzas transformadoras de la historia, pues si en verdad es el hombre quien hace su propia historia (¡vaya con los monos!) lo es en la medida que interpreta y desentraña las fuerzas sociales en lucha. Y también que “Urquiza y el pueblo, las nuevas fuerzas sociales y nuevos intereses económicos, que arrastraron con un gobierno inepto” y que “tiene vigencia la reestructuración histórica cuando se procura un conocimiento objetivo-subjetivo de los orígenes de todo proceso, no para quedar aprisionados en un pasado ancestral perimido” y “que cuando se hace referencia al pueblo como constructor de la historia, no quiere decir en absoluto que un gobierno apoyado ampliamente por el pueblo, por ese solo aspecto sea un gobierno popular y deba ser acompañado por los sectores más esclarecidos”, etc., si bien poco antes afirmara que “el pueblo es la verdadera fuerza constructora de la historia”. Nunca en tan pocas palabras pudo mostrarse tanta confusión mental. Un verdadero batido de marxismo, chochez y grosso chico.

Este año es, de verdad, un año pródigo en ataques al llamado “revisionismo histórico. El de Souza es uno de ellos, casi el remate. No sólo la prensa diaria lo hizo, sino también el grupo académico, que alertó a la población sobre los avances de esta búsqueda que amenazaba con romper con todos los esquemas y deteriorar la imagen, ya cristalizada, de nuestra historia. Revisar el pasado es volver por la verdad tergiversada por los vencedores de Caseros. Es rehacer la historia acomodada hasta hoy a los intereses de tales vencedores y a sus compromisos internacionales. Es bucear en el pasado limpiamente con la secreta esperanza de poner en descubierto nuestras propias raíces. El “revisionismo” no es una escuela: no hay un cartabón que guíe los pasos del revisionismo. Su único objetivo es la revelación de la verdad que ha condicionado nuestra evolución social, política y económica. Por eso, necesariamente, el revisionismo histórico es nacionalista. El Dr. José María Rosa, que posee una profunda vocación de historiador y un talento parejos, contribuyó hasta hoy y sigue contribuyendo a cada día al mejor conocimiento de nuestro pasado que se hace, a través de sus inquisiciones – como diría Croce – historia actual, contemporánea. Estos ataques desesperados, casi histéricos, no hacen otra cosa que consolidar su personalidad y es, lo consideramos, uno de los mejores homenajes que se le hayan podido tributar. No hay investigador en el país que pueda mostrar una foja tan brillante de adhesiones y agresiones. Es la suya una posición envidiable.

 

Pedro Juan Vignale

Secretario de Publicaciones

 

 

I

LA AGRESIÓN

 

Una editorial llamada DEVENIR ha reproducido, traduciéndola en forma de libro – y con el titulo de un libro mío LA CAÍDA  DE ROSAS – una crítica del historiador brasileño José Antonio Soares de Souza, donde se me ataca con tremendos calificativos y graves imputaciones por algunos pasajes de mi obra. La editorial mencionada, con el confesado propósito de perjudicarme y perjudicar a la corriente historiográfica revisionista en la que milito, ha subtitulado su traducción Fraude, invención, embustes y adulteración documental de José María Rosa.

 

En la contratapa se hacen apreciaciones de este tenor: “El presente estudio sobre el libro del señor José María Rosa: La Caída de Rosas, es un trabajo denso, objetivo, científico, y con una enorme documentación, va desmenuzando el cúmulo de falsedades y embustes, invenciones y adulteraciones de las fuentes que ha realizado el señor Rosa para fraguar su adúltera historia, que por haber sido considerada el monumento historiográfico rosista, el libro del Dr. Soares de Souza significará su desmoronamiento, como así también la extirpación de esa farsa con pretensiones de ser considerada historia. Pero este libro del Dr. Soares de Souza y que Editorial Devenir pone al alcance de todo sincero interesado en una Historia Argentina real, honesta y responsable, tiene otra importancia destacada: todos los documentos falseados y adulterados por Rosa son transcriptos en su versión textual e integra, y todas las afirmaciones antojadizas y las mentiras e invenciones del señor Rosa se dan a conocer en su verdadera dimensión, alcance y valoración. El libro del doctor Soares de Souza marcará una etapa en la historiografía rioplatense”.

 

Con el propósito confesado, pues, de “desmoronarme” a mí como historiógrafo y al revisionismo como verdad histórica, la Editorial Devenir ha traducido y publica esta crítica. En el prólogo, un señor José Raed dice que el libro controvierte todas las afirmaciones de La Caída de Rosas, y se desplaza en términos violentísimos para calificarme.

 

Continente y contenido

 

Supongo que las gravísimas imputaciones del subtítulo y la contratapa son el objeto principal, sino exclusivo, del panfleto: impresionar a la generalidad de la gente. Porque aquel que se arriesgue a comprarlo abonando su elevado precio, encontrará que los cargos que me hace el historiador brasileño son baladíes y pintorescos; Que el canciller Paulino José Soares de Souza vizconde de Uruguay (bisabuelo de mi agresor) no era de familia tan modesta, como yo decía, pues su padre era un honorable médico del Marañón; que al mencionar a su bisabuela diga simplemente Ana María Macedo, cuando debí decir Ana María de Macedo Alvares de Azevedo, pues descendía de los ilustres Alvares de Azevedo; que no haya puesto referencias documentales al imputar un carácter hosco a un político brasileño, o mencionar la relación paternal que existía con otro; que diga que el marqués de Monte Alegre, ministro en 1848, se llamaba José Clemente da Costa Carvalho cuando se llamaba José da Costa Calvalho, que diga que una sesión del parlamento brasileño ha sido secreta cuando no lo fue, y cosas semejantes. “Todo recubierto con una ristra de insultos, cargos de tergiversar documentos o inventarlos, y apreciaciones agraviantes sobre los motivos que me llevaron a estudiar y Juzgar personajes históricos de otro país.

 

 No hubiera contestado la diatriba, limitándome a llevar a los tribunales a responder por el delito de difamación al editor y prologuista del libelo (el autor reside en Brasil), si no fuera porque algunos de los cargos que se me hacen los reputo graves. Uno, el de mencionar entre los repositorios por mi estudiados el Archivo del Vizconde de Uruguay en poder del autor de la crítica, que éste dice “que no es cierto”; y el otro de modificar la redacción de un documento donde Paulino Soares de Souza, entonces canciller del Imperio, dice que “Urquiza hizo su pronunciamiento por instigaciones nuestras”, cuando la redacción es que “Urquiza hizo su declaración por instigaciones nuestras”. Como veremos, ninguno de los dos cargos es valedero porque efectivamente yo estudié – y por largas tardes – el Archivo del Vizconde de Uruguay como puedo probarlo (y Soares de Souza no me objeta que ninguno de los documentos mencionados por mí, no se encuentre en su archivo), y el documento que me atribuye haber adulterado se encuentra en el texto de mi libro en la forma correcta.

 

Nada objeta el autor – ni podría hacerlo – al mérito de la documentación empleada, que en buena parte he tomado de trabajos suyos, y en los demás he señalado con precisión las publicaciones y repositorios donde se encuentran, que Soares de Souza ha recorrido cuidadosamente pues las menciona en su folleto. Nada a la tesis principal del libro – la verdad sobre el pronunciamiento de Urquiza –, que él también ha estudiado a fondo, aunque no comparta, lejos de ello, mi admiración por el general Rosas. Le molesta, eso sí, que juzgue a los hombres y las cosas del Brasil de ese tiempo con criterio argentino, aunque no me alcance a objetar seriamente ni la base documental ni el razonamiento empleado. Y le molesta sobremanera, y creo que esa es la causa eficiente de su desmedida reacción, que trate a sus parientes próceres – es biznieto de Honorio Hermeto Carneiro Leâo, marqués de Paraná, y de Paulino Soares de Souza vizconde de Uruguay – que desempeñaron el principal papel, como Jefe del partido conservador o saquarema el uno, y como ministro de relaciones exteriores el otro, en los acontecimientos que llevaron a la caída de Rosas en febrero de 1852.

 

Supongo que la Editorial Devenir no comparte el criterio del autor. Supongo que no comparte con él más que los términos peyorativos hacia mí, que – prologuista y editor – extienden a la escuela historiográfica de la que formo parte, y con los cuales han adornado el subtítulo y la contratapa de su folleto.

 

Como una cosa así no puede hacerse impunemente he promovido querella por injurias al prologuista y editores del folleto. No quiero hacerlo con el autor, hombre ya anciano que ha sido en otro tiempo un eficiente erudito en los temas vinculados con sus ilustres antepasados, a pesar de que se ha tornado irascible, injusto y falto de memoria y atención para conmigo.

 

El prologuista y la editorial responderán ante los tribunales por el delito de difamación. Es un problema entre ellos y yo. Pero tengo otro con el público, y por eso escribo estas líneas.

 

Modalidades de algunos historiadores brasileños

 

Dos palabras antes de entrar en materia para explicar los fortísimos calificativos que me distribuye el autor, y no guardan proporción con los errores que me pretende atribuir. Es algo típico de algunos académicos brasileños. Ciertos vecinos nuestros del norte son gente amabilísima, siempre que no se sientan rozados en lo suyo o que imaginan suyo. Cambian entonces radicalmente, desatándose con las peores injurias sin que las cosas lleguen a mayores. Eso es habitual y corriente, y a nadie extraña. Por eso no me siento ofendido con el autor; y pese a las gruesas inventivas que me dirige le conservo la afección a que es acreedor por su obra de investigador de cosas mínimas en el pasado de su ilustre familia.

 

Los historiógrafos brasileños “académicos” de la índole de Soares de Souza, poseen su coto de caza reservado donde no es lícito entrar sin la correspondiente autorización. Cada uno es un especialista, y celoso, de alguna o algunas figuras del pasado, o de determinada zona del tiempo o el espacio donde no permite el tránsito sin el correspondiente pasaporte. Incurrir en una violación de propiedad histórica, es inconcebible para un académico de Brasil; quien comete la trasgresión se hace pasible de tremendas sanciones que van desde la conspiración del silencio a denuestos e imputaciones desaforadas.

 

Mi respeto por Brasil

 

Yo he incurrido – ingenuamente lo confieso – en ese delito de violación de propiedad histórica brasileña al ocuparme, tangencialmente, de los dos bisabuelos de Soares de Souza cuya labor como historiador consiste en las biografías de sus ascendientes, o de hombres o cosas directamente relacionados con ellos. Él es el dueño de los próceres, y yo no debí tocarlos sino bajo su dirección y asesoramiento.

 

Claro que por más que tengo simpatía por esta dedicación de Soares de Souza a los suyos, y admiración y respeto por sus nobles antepasados que atinaron a conducir la política brasileña llamada de la “hegemonía continental”, y fueron los artesanos de la caída de Rosas en 1852; como tengo mucha – dejándolo bien establecido en mi libro – por las demás figuras de la aristocracia brasileña que se condujeron con patriotismo, inteligencia y solidaridad en esos difíciles momentos de Brasil, cuando la tremenda sombra de Rosas cubría con su prestigio el continente; no puedo sino juzgar las cosas del vecino país con criterio de argentino. Sus conductores no me interesan como próceres impolutos sino como seres de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades, equivocaciones y aciertos. Y no considerarlos como estatuas es un pecado para algunos brasileños (que espero sean los menos), sobre todo si quien lo hace es un extranjero. Y, más que nada, es un gran pecado para los miembros de su familia, si además, son historiadores.

 

Yo no he incursionado en la historia de Brasil con afán iconoclasta de extranjero -como supone mi contradictor – sino para conocer y explicar las causas que llevaron a la caída de Rosas; y Rosas es argentino. Además debo confesar que no me siento del todo extranjero al transitar por la historia de América Latina. Claro que antes que nada soy argentino, y me interesan principalmente las cosas brasileñas que se relacionen con mi país. Admiro, aunque no comparto, la acción de los aristócratas brasileños, apoyados por la carencia de patriotismo de las clases privilegiadas del Plata. Porque la verdad es que Brasil contó con una aristocracia patriota, que estuvo en todo tiempo al servicio de su nación, cosa que nosotros – con nuestros intelectuales conspirando en Montevideo contra su tierra – no podemos decir. Tuvimos eso sí, un gran pueblo y un gran jefe; pero un pueblo y un jefe no bastan a estabilizar una política. Nos faltaron los Paulinos y Honorios, astutos, enérgicos y patriotas que dieran alma a la obra de Rosas.

 

La Caída de Rosas

 

La Caída de Rosas es un libro que cambia el conocimiento habitual sobre un período decisivo de nuestro pasado, tal vez el más decisivo. De allí su éxito editorial y de allí los procedimientos empleados para acallarlo. Publicado en España en 1958, su primera edición fue silenciada por la prensa. No obstante se agotó. Como la conspiración del silencio ya no es eficaz – y nadie podía criticarlo con documentos a la vista – se ha buscado el procedimiento de calumniarlo y calumniar al autor, por el medio poco digno de reproducir una crítica inconsistente y menuda, precedida del fragor de gravísimas imputaciones en el subtítulo, contratapa y prólogo de un panfleto.

 

Mi libro es un trabajo de aliento, que ocupaba 628 páginas en su edición primera y 724 en la posterior. Consta de dos partes: Relaciones entre el Imperio y la Confederación (1848 a 1851) y La guerra (1851-1852). Lo preceden cuatro estudios a manera de introducción (reducidos a tres en la segunda edición), porque uno de ellos “La República independiente de Río Grande y sus vinculaciones con las Repúblicas del Plata” preferí agregarlo al texto). Los otros tratan de “Figuras y condiciones de la aristocracia brasileña”, “Inglaterra y Brasil (1822-1845)” y “La Confederación Argentina, su pueblo y su Jefe”. En ellos, simples “estudios de introducción” como los llamo, quise dar en apretada síntesis, una idea del estado social, político y económico de Brasil y la Argentina, y de la interferencia británica en ambas durante la primera mitad del siglo pasado, a fin de que el lector conociera el medio donde iba a desarrollarse el drama culminado en Caseros.

 

En la primera parte, dividida actualmente en nueve capítulos, estudio documentalmente la guerra de diez años de los farrapos riograndenses con sus implicancias en el Plata; la política de Brasil contra la Confederación después que Rosas se negó a ratificar el tratado de alianza del 24 de marzo de 1843 preparado en Río de Janeiro; política que culmina en 1844 con la misión del vizconde de Abrantes a Londres y París a fin de acoplar el Imperio sudamericano a la intervención anglo-francesa contra las repúblicas del Plata en gestación; el rechazo de la participación brasileña por los interventores que, Juntamente con los triunfos militares y diplomáticos de Rosas y la necesidad de proteger Brasil contra la prepotencia británica exteriorizada en el Bill Aberdeen contra el tráfico de esclavos, llevaron al Imperio vecino a un acercamiento con Rosas; la consecuencia de las revoluciones de 1848 en Brasil que produjeron la reacción saquarema y el alejamiento entre Rosas y Brasil; la grave amenaza para el Imperio de que Rosas, liberado de los interventores anglo-franceses se lanzase sobre el Brasil para cobrarse sus muchos créditos y – conjeturalmente – reconstruir el virreinato del Plata; el dilema “o Rosas o el Imperio” voz de orden en Río de Janeiro en 1849; el ministerio de Paulino Soares de Souza con la preparación de la guerra; la ruptura de relaciones provocadas por Rosas en setiembre de 1850 con las apreciaciones del canciller Paulino de que Brasil “no resistiría una guerra en el sur”.

 

En la segunda parte – La Guerra – estudió la personalidad de Urquiza, general en jefe del ejército de Operaciones argentino que llevaría la guerra a Brasil; la astuta y hábil política del Canciller Paulino y del jefe de los conservadores brasileños, Honorio Hermeto Caneiro Leâo, para captar a Urquiza como solo medio de ganar una guerra perdida; la correspondencia secreta entre los agentes del general argentino y el ministro brasileño en Montevideo; la exigencia brasileña de un pronunciamiento “claro y público” a hacerse por Urquiza, y que se comprometiese a dar el premio grande a Brasil después de la guerra; la verdad sobre el pronunciamiento de Urquiza y el tratado entre el Imperio, Urquiza y la ciudad de Montevideo de 29 de mayo de 1851; la invasión de Urquiza y Brasil al Uruguay; la declaración argentina del estado de guerra con Brasil el 18 de agosto de 1851; las exigencias monetarias de Urquiza para llevar la guerra contra su patria, y la manera como se satisfacieron; los tratados del 12 de octubre de 1851 que dieron a Brasil el premio de la victoria, quedándose como medio Uruguay e imponiendo el protectorado al otro medio (que al ratificarlos Urquiza después de Caseros hicieron perder los derechos argentinos a las Misiones Orientales). Y finalmente la campaña de Caseros, y las consecuencias sociales y políticas de la batalla del 3 de febrero de 1852.

 

Apoyo mis afirmaciones en mil novecientos documentos y citas bibliográficas, transcribiendo en síntesis o in extenso importantísimos y graves escritos. A veces en su idioma original, con la traducción al pie, para no perjudicarlos con una posible mala traducción si me hubiese limitado a ella.

 

Quince años – desde 1943 a 1968 – empleé en la elaboración de La Caída de Rosas. Trabajé en los archivos de Relaciones Exteriores de Buenos Aires; agoté los legajos de Rosas, Guido, Urquiza, y muchos más en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires; escruté los papeles de Lamas y Manuel Herrera y Obes en el Archivo de la Naeión de Montevideo; estudié la magnífica colección de microfilms de los repositorios brasileños que hay en el Museo Nacional de Montevideo; encontré en el Archivo Americano y La Gaceta Mercantil de Rosas la reproducción de periódicos de todas partes del mundo entre 1843 y 1852; Luis Alberto de Herrera me facilitó las reproducciones que había hecho sacar de documentos del Quai d’Orsay y el Foreing Office; adquirí la bibliografía posible argentina, uruguaya y brasileña que tuviese relación con el tema. Y con ese copioso material redacté mi libro tratando de darle forma amena y concisa sin dejar de documentarlo con precisión. Terminé mi trabajo en Madrid gracias al apoyo del Instituto de Estudios Políticos, y bajo ese prestigioso sello lo publiqué en España a principios de 1958. Posteriormente introduje algunas modificaciones en la segunda edición, que se lanzó en Buenos Aires el año pasado.

 

José Antonio Soares de Souza

 

Como lo dice en su crítica, entré en relación epistolar con Soares de Souza a mediados de 1956, encontrándome yo en Montevideo trabajando La Caída de Rosas. Conocía su libro A Vida da Visconde de Uruguai y algunos artículos publicados en revistas históricas brasileñas. Era un especialista en la época que estaba estudiando y, evidentemente, un papelista laborioso que, además del valioso repositorio del Vizconde de Uruguay – en su poder – fatigaba los archivos de Río de Janeiro y Petrópolis en busca de datos sobre la actuación de dos bisabuelos suyos (el mencionado vizconde, Paulino José Soares de Souza, y el marqués de Paraná, Honorio Hermeto Carneiro Leâo). No podía decirse que fuera un verdadero historiador, y evidentemente no atinaba a diferenciar lo principal de lo accesorio. Pero cumplía una labor prolija y fecunda cazando papeles viejos. Era el obrero que fabricaba los ladrillos para que otros levantasen el edificio.

 

Mi relación epistolar con este erudito fue afectuosa, como lo demuestra en la carta acompañada. (se refiere a una carta del 6/03/55 que J.A. Soares de Souza enviara a J.M.Rosa, en conocimiento de su investigación y poniéndose a disposición para eventuales consultas – no incluímos el facsimil por no ser relevante y no abultar el espacio usado en el servidor de Internet. Si a algún lector le interesa se la enviara por E-Mail a su pedido – Eduardo Rosa) Se mantuvo entre 1956 y 1957, encontrándome en Montevideo y Madrid. En junio de 1958, le entregué en Río de Janeiro dos ejemplares de La Caída de Rosas (uno para él y otro para la biblioteca del Instituto Histórico y Geográfico del que era miembro).

 

Pasaron los años y nada más supe de él. No contestó mis cartas dirigidas a su domicilio de Niteroi primero, y luego – suponiendo que la jubilación le hubiese permitido dejar la ciudad provinciana – al Instituto de Río de Janeiro. Ahora sé, por el folleto publicado, que se llenó de indignación por mi libro. Indignación volcada en una crítica mordacísima en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico brasileño, que publicó en el volumen 264 correspondiente a 1964, para “defender a Brasil, a los hombres del Imperio y a la provincia de Marañón (?) de presuntas ofensas mías que solo estaban en su excesiva susceptibilidad. Una manera de desahogar su rencor por haberle invadido el coto histórico, a que los Juicios críticos en esa publicación oficial de escasa repercusión, no alcanzan mayor trascendencia. No pudo encontrar argumentos y recurrió a la imaginación: infló algunos errores míos, me acusó de escribir sin documentos sobre sus antepasados, y de mencionar repositorios que no visité, supuso intenciones, atribuyó omisiones, y el todo, acompañado de un rosario de insultos, lo publicó después de seis años de meticulosa expurgación de mi libro, cotejándolo con los originales de los archivos brasileños que yo citaba.

 

La “crítica” de Soares

 

No era un juicio critico sino un panfleto, y no tuvo ninguna trascendencia en Brasil; a lo menos no me han llegado apreciaciones de mis numerosos amigos. Allí deben conocer al crítico. Pero no ocurrió lo mismo entre nosotros, y algunos ecos escuché de ese “palo” por historiadores de nuestro medio. No pude hacerme de ningún ejemplar de la revista, y mis tentativas para traerla de Río de Janeiro resultaron infructuosas. Soares no contestó a las cartas donde se la pedía, y el librero Fernández Blanco, a quien encargué el cometido, no pudo cumplirlo supongo que por lo reducido del tiraje.

 

Ahora se reproduce en Buenos Aires con gran estrépito y en forma de libro. Sospecho que Soares de Souza es ajeno a su traducción y reproducción, porque el tema que aborda (mis ofensas a Brasil y a sus antepasados, la defensa que hace del estado de Marañon) no puede tener eficacia fuera de su país. Los editores se han entusiasmado con los cargos y acusaciones que gratuitamente me hace Soares, y sobre todo – deleitándose al reproducirlas en la tapa, contratapa y prólogo – con las fuertes imputaciones y calificativos peyorativos que el autor me distribuye generosamente en cada párrafo de las nutridas doscientas páginas de su “trabajo denso, objetivo científico”, como califican los editores a la desaforada crítica del historiador brasileño.

 

Al extraerla del archivo del Instituto Histórico de Río de Janeiro, y publicarla aquí sin un objetivo análisis de los cargos formulados, los editores han hecho un escaso favor a Soares y conseguirán un objeto inverso del presupuesto. Porque me es sumamente fácil levantar las fragorosas pero endebles acusaciones. Sólo quedarán los agravios personales. De ellos, responderán ante quien corresponda ; no así Soares de Souza si es ajeno – como supongo – a este manipuleo de sus desahogos íntimos.

 

El “tono” de la critica

 

Soares de Souza está enojado, muy enojado con mis apreciaciones. Dice que por tratar despectivamente al Brasil, pero yo creo que es por invadirle su predio histórico privado. Me atribuye el propósito avieso de denigrar a sus antepasados, lo que está lejos de mí; como tampoco me permitiría un juicio peyorativo del gran país vecino, que admiro y estimo. Dice que me burlo del Imperio de Pedro II y sus figuras “con el objeto de defender al Héroe del Desierto porque no me he conformado todavía con su derrota”. Sería una mala estrategia defender a Rosas rebajando a quienes – si bien alevosamente – consiguieron vencerlo en definitiva.

 

Lo que molesta a Soares de Souza no es tanto el texto ni la documentación de mi libro – que salvo un discurso de Paulino, algunas apreciaciones mías, y unas fechas erróneas (algunas sí, y otras no) no objeta  sino el estudio a manera de introducción Figuras y condiciones de la aristocracia brasileña donde hago en seis páginas una semblanza de sus ilustres bisabuelos Paulino y Honorio. Por esas semblanzas me arroja toda su artillería gruesa: matrero, pícaro, payaso de circo de segunda clase, mentiroso, acomplejado profesor, ironista tonto, falto de idoneidad, que “esboza de acuerdo a sus intereses un personaje que dice ser Paulino Soares de Souza”, que “escamotea documentos, arregla y miente”, “no hay frase que se refiera a Brasil que no contenga tres o cuatro falsedades”, “se propone denigrar a todos aquellos que tuvieron una parcela de responsabilidad en la caída de Rosas”. Y llama a mi libro estrafalaria historia, serie de calumnias y tonteras, desnutrida, insulsa farsa que tramó el pícaro, fraude, afirmaciones mentirosas y gratuitas, engaño, invenciones, grosera historia, método confuso, estúpida versión, parloteos, escamoteos, “historia que además de ser árida resulta confusa” y otras cariñosas apreciaciones.

 

Así es el tono del “trabajo serio, objetivo y científico” que traduce y publica en Buenos Aires al Editorial Devenir con el confesado propósito de “marcar la caída... de Rosa”.

Dice un proverbio francés que la chanson c’est le ton.

 

Me aprovecho del trabajo de otros

 

Para rebajarme – y enaltecerse – dice Soares que en el texto de La Caída de Rosas “no existe un solo documento que haya sido fruto del trabajo del profesor Rosa. En la mayor parte le brotó la inspiración en mis libros”. La negación es gratuita, porque menciono muchos documentos exhumados por mí en los archivos argentinos, uruguayos, y aquellos brasileños microfilmados en Montevideo.

 

Acepto que me valí de muchos otros publicados por Soares, que ha consagrado su larga vida a recorrer archivos de su patria que tratasen de sus dos antepasados, que fueron precisamente los artesanos de la caída de Rosas; y posee en su casa el valiosisimo repositorio del vizconde de Uruguay. Al citar el trabajo de Soares lo he hecho correctamente mencionando los libros o monografías de donde los he tomado, y expresándole mi agradecimiento en la portada por sus “biografías y estudios... (que) me han sido de gran valor”. Tiene razón al decir que me he  valido de sus investigaciones; pero entiendo que las ha publicado para que se interprete la historia de Brasil, y no para su uso personal. Es cierto, certísimo, que “me brotó la inspiración” en sus libros. Pero no en el texto miope, sino en los documentos transcriptos cuya trascendencia no ha comprendido hasta ahora.

 

Cada uno a lo suyo: Soares a publicar fuentes históricas, y yo a interpretarlas. Porque la tarea historiográfica no se agota en la exhumación de las fuentes. La historia no son los documentos; es la vida, la sociedad, la política, la economía, las modalidades de un pueblo extraídos de los documentos después de valorarlos con una cuidadosa crítica. Él publica las fuentes en una meritoria labor que  reconozco y agradezco; yo me valgo de ellas para escribir historia.

 

Repercusión de “La Caída de Rosas” en Brasil

 

Con el propósito de rebajar mi libro, dice Soares que La Caída de Rosas “no ha tenido ninguna repercusión en Brasil”. Es una apreciación que me permito no compartir. Su minuciosa, agresiva y extensa crítica demuestra lo contrario; los informes que tengo del Instituto de Estudios Políticos de Madrid que la editó y de la Librería Europa, también de Madrid, que la distribuyó, hablan de ejemplares remitidos a pedido de las librerías brasileñas; el embajador Luiz Bastian Pinto leyó el libro y buscó relacionarse conmigo. Me habló del interés despertado en su país, y por él supe que Soares publicó en 1959 – un año después de La Caída de Rosas – un libro sobre Honorio Hermeto Carneiro Leâo, que extrañé no me hubiese remitido como lo había hecho con los anteriores. Fue la primera advertencia, agregada a cartas no contestadas, de que algo andaba mal en nuestras relaciones. Para suplir su falta Bastian Pinto me envió un ejemplar desde Brasil.

 

Es posible que La Caída de Rosas no encontrase repercusión en el medio académico donde se mueve Soares. No conozco a los demás integrantes del instituto oficial para afirmarlo con certidumbre, pero no me extrañaría.

 

Mi agradecimiento público a Soares de Souza

 

No le gusta a éste que en un libro, donde invado su coto particular de caza histórica, haga mención de su nombre agradeciendo el aporte documental tomado de sus libros y artículos. Aclaro que el nombre de Soares de Souza figuraba junto al de los orientales Luis Alberto de Herrera, Juan F. Pivel Devoto y Mateo Magariños de Melho; de los españoles Diego Salas Pombo y Manuel Fraga Iribarne; de los argentinos Julio Irazusta, Alberto Contreras, Fermín Chaves, Rodolfo Puiggrós, J.J. Real y Juan Pablo Oliver, y de mi esposa Ana María Roeca, que de alguna manera, sea por sus trabajos en la materia, haberme facilitado documentos o libros, ayudado en la elaboración, o simplemente alentado la obra, entendí que eran acreedores a mi agradecimiento. Yo creí que le hacía un honor incluyéndolo en esa lista y parece que me he equivocado. Lo borraré. Revoco el agradecimiento por ingratitud.

 

Protesta porque “el hecho que (yo) haya adquirido o aún recibido (algún trabajo suyo) no lo autoriza a mostrarse agradecido”. Con esta frase se va diseñando la mentalidad y sensibilidad de mi detractor. Protesta porque he hecho seguir la mención de su nombre de la frase “poseedor de la documentación de sus bisabuelos el marqués de Paraná, y el vizconde de Uruguay” que es una grave inexactitud (la primera grave inexactitud de La Caída le Rosas), porque si bien es cierto que tiene todos los papeles de su bisabuelo-vizconde, sólo posee pocos del bisabuelo marqués.

 

Quedo enterado. Y paso al propósito de esta publicación.

 

II

 

LOS FRAUDES, INVENCIONES

Y ADULTERACIONES DOCUMENTALES ATRIBUIDAS

 

En el subtítulo de la publicación se me atribuyen fraudes, invenciones, embustes  y adulteración documentales. Voy a separar los fraudes, invenciones y adulteración documental atribuidos – que harían a mi ética profesional como historiador – de aquello que los editores y Soares, llaman embustes, y son divergencias de opinión al juzgar los hombres y las cosas del pasado.

 

Analizaré unos y otros, hasta no dejar en pie ninguno de los cargos de Soares. Aclaro que sólo los primeros podrían preocuparme, por cuanto nunca he tenido pretensiones coincidir con todo el mundo en mis apreciaciones históricas, no obstante que dado su temperamento bilioso y vocabulario tropical, Soares me descarga los peores adjetivos cuando su opinión no coincide con la mía en la apreciación biográfica de sus antepasados, o en el ejemplo que Rosas dio a Brasil de resistir por las armas las intromisiones británicas. Y eso corresponde a una polémica, y no a un escrito de cargos que cuestiona la probidad intelectual de un historiador. Tal vez como estos son escasos y endebles, el crítico – y sus editores – han sumado aquellos a fin de presentar algo de más bulto.

 

Veamos los fraudes, invenciones y adulteración documental. Expurgando el folleto, serían los siguientes:

 

1º) Que me atribuyo haber investigado en el Archivo del Vizconde de Uruguay, en su poder, y no lo he hecho.

 

2º) Que menciono cartas “que no existen” donde dos políticos brasileños se dan un tratamiento familiar.

 

3º) Que he inventado un personaje inexistente incluyéndolo en un ministerio de 1848.

 

4”) Que he intercalado una frase de Guizot en un discurso de Paulino Soares de Souza.

 

5º) Que llamé secreta a una sesión del parlamento brasileño que fue pública.

 

7º) Que he cambiado la redacción de una carta reservada de Paulino tomada de un libro del autor, y la atribuyo a otro.

 

8º) Que no doy fielmente un dictamen emitido en el Consejo de Estado brasileño.

 

9º) Que atribuyo a Honorio Hermeto Carneiro Leâo, gestiones que no hizo.

 

10º) Que atribuyo al mismo Honorio un plan político inexistente.

 

11º) Que falsifico el informe reservado de un cónsul, al dar su extracto.

 

12º) Que equívoco fechas

 

13º) Que tergiverso una cita del autor que sirve  de apoyo a la versión que doy de una conferencia de 1844 entre el Canciller Paulino y el ministro argentino Guido.

 

Veámoslos uno por uno.

 

1) Que no he investigado el Archivo del Vizconde de Uruguay, y no obstante lo cito.

 

Este es un cargo grave, quizá el más grave de todos, y Soares lo repite siete veces en el curso de su folleto, Yo soy un mentiroso porque no fui a visitarlo a su casa de Niteroi donde tiene el Archivo de su bisabuelo  paterno; mis entrevistas con él fueron exclusivamente en Río de Janeiro en el local del Instituto Histórico (rectifico, no sea que me atribuya una nueva mentira: “mi entrevista” puesto que tuve una sola). Como menciono el Archivo del Vizconde al pie de algunos documentos citados, se descarga en términos ofensivos matrero, inventor, farsa que tramó el pícaro. Yo no debí decir que esos documentos los investigué en el Archivo del Vizconde “dando a entender que lo conoce en su totalidad” porque seguramente los he encontrado en las publicaciones que los habrían reproducido. De allí, supone intenciones: yo mencionaría el Archivo del Vizconde “que dice haber estudiado y no estudió”, para “dejar maliciosamente sobreentendido que todas aquellas falsedades (mis apreciaciones sobre su bisabuelo) que pudiese aportar al texto de su libro las había investigado en el archivo del vizconde de Uruguay que nunca vio, u obtenido a indicaciones mías que no le remití jamás... Con eso salir desembarazadamente escribiendo sobre el vizconde de Uruguay con minuciosidad apabullante”.

 

Pero yo he investigado el Archivo del Vizconde de Uruguay. Porque debe haberse olvidado Soares que su archivo está microfilmando en Montevideo en una labor que realizó, como en otros archivos, el Dr. Mateo Magariños de Melho por cuenta del gobierno uruguayo. Magariños me facilitó en 1956 los films del archivo de Soares, de los de Itamarty y otros brasileños, precisamente para escribir La Caída de Rosas. Y el Dr. Juan F. Pivel Devoto, director del Museo Histórico de Montevideo, puso a mi disposición el aparato para ampliar y leer los microfilms; labor que realicé en Montevideo entre setiembre y diciembre de 1956. Si Soares hace memoria, recordará que dejó fotocopiar su archivo al historiador uruguayo mencionado.

 

A otra cosa.

 

2) Tratamiento familiar de Bernardo

Pereira de Vasconcellos con Paulino Soares de Souza.

 

Mi crítico es un erudito distinguido, que como muchos eruditos capta lo accesorio y descuida lo principal, aunque a veces, como al tratar de sus ilustres antepasados, no consigue acertar ni con lo accesorio. Yo, sin haberme tomado la molestia de escudriñar los detalles de la vida de sus ascendientes, ni ser de su familia, ni brasileño, acierto la petite histoire mucho más que él. Me basta una facultad que al parecer no tiene; aquella que los antiguos llamaban intus legere, “leer adentro”, comprender, y hoy decimos inteligencia. Ignoro si la palabra existe en portugués.

 

Me reprocha – y con graves palabras: mentiroso, que dice haber leído cartas que no ha leído (porque están en su Archivo), falso historiador – que no acompaña de pruebas documentales cada una de las palabras sobre sus antepasados en las ligeras semblanzas que sirven de introducciones a mi libro. Si lo hubiera, hecho, para escribir seis páginas de una introducción no me habría bastado una existencia de agotar repositorios brasileños.

 

Porque yo digo que Bernardo Pereira de Vasconcellos (otro gran político brasileño) era “hombre de carácter hosco.. “un sentimental fracasado... le abrió su amistad (a Paulino), que con desconcierto de todos se hizo su amigo, su único amigo”, tratando paternalmente el más viejo al más Joven de “meu filho”, la indignación de mi contradictor se hace apocalíptica. Eso es una “farsa que tramó el pícaro, ¿dónde encontró las cartas, señor Rosas, que apoyen lo que dice? ¿En el archivo que dice que consultó, pero que no consultó?... engaños... falsificaciones”. Y me apabulla con una cita de Wilhem Bauer: “El aprovechamiento de fuentes auténticas (su biografía sobre Paulino i.m.) con la finalidad de realizar una falsificación, ocurre tan frecuentemente como la falsificación misma”.

 

Y sigue mi detractor ya lanzado en la carrera de las ofensas: “¿Quién dijo eso (que Vasconcellos era un solitario hosco y un sentimental fracasado) al señor Rosa?. ¿De qué documentos dedujo la soledad y el sentimentalismo frustrados de Vasconcellos? ¿De las cartas que el señor Rosa finge conocer, pero que nunca conoció? No. De esas cartas no se puede inferir tal cosa”. Y acto seguido me transcribe 19 cartas de Bernardo a Paulino que posee en el Archivo del Vizconde de Uruguay “que el señor Rosa finge conocer pero que nunca vio”. Para seguir ufano: “¿Qué queda de la historia del señor Rosa con respecto al párrafo trascripto? Nada más que el propio fraude... ¿Desconcierto de todos, dice? ¿Quiénes son todos? ¿,Los conservadores? ¿Los liberales? ¿Los conservadores y liberales juntos? No lo dice el señor Rosa porque él mismo (o ignora), como ignora también la fecha en que se habría verificado el desconcierto. ¿Cómo supo el señor Rosa lo del desconcierto, sino aún de su único amigo? ¿Es a eso que el señor Rosa llama historia? Eso, tanto en portugués, como en castellano es fraude, es engaño, es invención”.

 

¿Por qué se enojará tanto el señor Soares de Souza por algo de tan relativa trascendencia como la íntima amistad de dos políticos brasileños del mismo partido? ¿Qué importancia tendría que yo, valiéndome de las propias cartas amistosas que cita (el tratamiento es excesivamente cariñoso) del archivo de su bisabuelo – que sí vi en Montevideo, pero no me detuve en ellas porque mi interés estaba en otras cosas – hubiera deducido una amistad íntima y el carácter hosco de Vasconcellos en una semblanza preliminar a mi libro? ¿Vale para impugnarme en la forma que lo hace?

 

Pero resulta que sin escudriñar en repositorios brasileños las modalidades privadas de Bernardo Pereira de Vasconcellos, ni detenerme en la correspondencia íntima con Paulino Soares de Souza, yo he dado en lo cierto al afirmar lo que afirmo. Porque el biógrafo oficial de Vasconcellos, Octavio Tarquinio de Souza, en su biografía Bernardo Pereira de Vasconcellos é seu tempo (Livraria José Olympio Editora, Sao Paulo – Río, maio, de 1937), dice en la pág.43:

“No cultivó (Vasconcellos) la benevolencia de nadie; nunca tuvo la preocupación de agradar”. Quedamos, por lo tanto en que Vasconcellos era hosco, ya que lo dice su dueño el académico Tarquinio de Souza. Podría citarlo a mi impugnador que ha olvidado que escribió en A Vida do Visconde de Uruguai apoyándose en Tarquinio: “Vasconcellos foi o político mais odiado de seu tempo. Viveu amarguradamente. Desde moço sofria de um mal de espinha incuravel que o tornara paralítico, horrendo é velho precocemente. Despois de uma das crisis de molestia, éle caía num profundo abatimiento” (pág. 61). ¿Le valdrá a Soares su propio texto – que le doy en portugués para que lo recuerde mejor – para que no me tire con Wilhem Bauer?

 

En cuanto a la amistad íntima de Bernardo y Paulino y las cartas paternales de aquél a éste, dice Tarquinio de Souza: “Su correspondencia (de Vasconcellos de esa época -1841 - con el después vizconde de Uruguay, deja fuera de dudas el entendimiento, el acuerdo, la coincidencia de opinión entre ambos, así como testimonia una amistad estimulada por el mayor aprecio, y a la que no faltaba confianza y abandono. Con Paulino de Souza, Vasconcellos tenía extremosas atenciones”. Había por lo tanto cartas íntimas, de abandono, que testimoniaban amistad y confianza entre el hombre viejo y el joven.

 

Sobre el desconcierto de todos: la amistad de un hombre horrendo, hosco, odiado, antipático, (con un) mundano, buen mozo, como Paulino me desconcierta a mí. ¿No lo desconcierta a usted? En cuanto a lo de sentimental fracasado: Bernardo era “sentimental”, las cartas que acompaña Soares a su crítica lo demuestran. Y fracasado: muy pocos, fuera de Paulino, de su hermana Dioguina, y podría agregar del general Guido tuvieron cariño por Bernardo (gran admirador de Rosas, entre paréntesis). No podía volcar su sentimentalismo en muchos.

 

Sobre este asunto tan nimio dice mi detractor: “Como no tenía (yo) elemento alguno para apoyar la farsa engendrada (mis afirmaciones de la íntima amistad, el carácter hosco, y el desconcierto de todos) inventó cartas (las menciona Tarquinio de Souza)  fraguó palabras (meu filho) y citó un archivo que nunca vio”. Esto último es gratuito, porque no cité ningún archivo para documentar pavadas.

 

A otra cosa.

 

4) He inventado un personaje

 

Al formarse el gabinete conservador del 29 de setiembre de 1848, llamado miguelista por los liberales por haber jurado el día de San Miguel (haciendo un juego de palabras con los absolutistas miguelistas de Portugal que en esos años levantaban a Don Miguel de Braganza contra Doña María de la Gloria), me imputa mi detractor que evidencia no conocer este mote liberal de los periódicos de la época – que “se escandaliza el señor Rosa con el inocente hecho de haberse constituido el gabinete el día en que la iglesia festeja a San Miguel como si fuese ese día nefasto a la realización de cualquier acto de la vida humana. Aquí la tontería raya en el delirio: “Llega hasta mofarse (Rosa) no sólo de los ministros miguelistas como los apoda, sino aún del propio santo (esto no, mi querido Soares: intercalación mía). Y así sigue en varias páginas burlándose del feliz acaso que colocó al gabinete conservador bajo la protección de San Miguel”. A continuación cita a Vorágine para decirme que “San Miguel lucha contra Satán y sus ángeles malos y los arroja del paraíso”, y lo mismo habría hecho el gabinete conservador del 29 de setiembre arrojando a Rosas y los federales del Plata (?).

 

Pero éste no es el cargo que me hace. Es una, apreciación al pasar. Como yo digo que en el gabinete miguelista “el vizconde de Monte Alegre, José Clemente da Costa Carvalho, ocupa el ministerio de Imperio. El prestigioso bahiano, integrante de la Regencia Trina...”, me salta mi erudito fiscal para corregirme: el vizconde de Monte Alegre no se llamaba José Clemente da Costa Carvalho, sino simplemente José da Costa Carvalho. Al ponerle José Clemente yo “invento un personaje” porque no hay en la historia de Brasil ningún José Clemente da Costa Carvalho. Nada hace que yo individualice al ministro de Imperio del gabinete miguelista con el titulo de nobleza que poseía – vizconde de Monte Alegre – ni que haga referencia al “prestigioso bahiano, integrante de la Regencia Trina”, ni diga que su fuerte mano en la cartera de Imperio le valió el renombre de o terrivel.

 

Sobre el pequeño error se lanza despiadadamente mi cruel fiscal con curiosas inferencias que probarían la clase de fe de su crítica, si no demostraran – prefiero creerlo – un lamentable estado mental Al deslizar el Clemente después del José yo “Mezclo deliberadamente dos personajes”. Porque mi corrector conoce un José Clemente aunque no se apellidaba da Costa Carvalho sino Pereira, no fue Regente, ni Vizconde de Monte Alegre, ni ministro de Imperio en el gabinete de 1848, ni le decían o terrivel, ni actuó por esos años sino muchísimos atrás.

 

¿Con qué aviesa finalidad rosista, se pregunta mi impugnador, yo resucito a ese otro José le cambio el apellido, lo condecoro con el vizconde San Vicente, lo hago Regente de la Trina y lo ofendo con el mote de terrivel, cuando el apellido Costa Carvalho, el vizcondado, la regencia, el ministerio en 1848 y el mote pertenecen a quien no posponía el Clemente a su primer  nombre de pila? Y para mi ilustración me hace una biografía del personaje que he ofendido: fue un honrado y buenísimo Juiz da Foira en los años del reinado de Don Pedro I “que no fue vizconde ni marqués de Monte Alegre, no fue ministro del gabinete del 29 de setiembre de 1848, no se metió en forma alguna con la política del general Rosas y nada tuvo que ver con la caída de Rosas, y cuya viuda, Doña Engracia María da Costa recibió del emperador el titulo de Condesa da Piedade por lo mucho que hizo su marido por la Santa Casa de la Misericordia. ¿Por qué entonces figura difamado,  calumniado, metamorfoseado en el libro del señor Rosa?”. Yo cometo una injusticia una tremenda injusticia, llamándole terrivel como era el José que no es Clemente, y además incurro en un anacronismo al ponerlo en tiempos que no son los suyos. Y “el anacronismo – me dice con la correspondiente cita de Wilhem Bauer – en su más amplio sentido es el pecado contra la autenticidad histórica”. Yo he inventado un personaje “de acuerdo con sus maquinaciones históricas (las mías); invención típica del señor Rosas, estúpida versión, uno más de los fraudes e invenciones que se encuentran estampados en su libro de una ingenuidad espantosa”.

 

Basta. A otra cosa.

 

4) Una frase Guizot intercalada en un discurso de Paulino

 

Me acusa de “injertar en el discurso de Paulino (pronunciado en la cámara de diputados brasileña el 22 de mayo de 1846, que yo extracto en la pág. 136 de La Caída de Rosas, 1ª ed.) una frase dicha por Guizot en la cámara de los pares francesa en la sesión del 15 de enero (de ese año)”, Comprobación que debe haberle sido fácil a mi tremendo corrector, porque el discurso de Guizot con la frase aludida lo extracto en una nota de la pág. anterior – 125 – de mi libro, y en la siguiente está, en el texto, el extracto del discurso de Paulino, donde se repite levemente modificada la frase del francés.

 

Esta es elocuente: “Para hablar con propiedad – había dicho Guizot en enero – no hubo iniciativa (de la intervención anglofrancesa contra la Argentina) sino de Brasil”. En mayo Paulino interpelando al gabinete liberal Hollanda Cavalcanti-Cayrú sobre su conducción internacional, pregunta por la misión Abrantés – que fue en 1844 a gestionar en Londres y París la intervención conjunta anglo-franco-brasileña contra la Argentina – que “ha tenido un resultado y bien triste para nosotros: fuimos a dar un color americano a la intervención”, y repite lo de Guizot “A decir verdad no hubo iniciativa (de la intervención) sino de Brasil”.

 

Me empieza diciendo Soares de Souza que esta frase última “no se encuentra en el original portugués” – tiene a la vista el Jornal do Comercio del 25-5-846 para confrontar la exactitud de mi extracto con el discurso de Paulino que allí figura in extenso – “Fue interpolada en la traducción castellana del señor Rosas. Y lo fue a propósito” para hacer quedar mal a los brasileños. Pero después de escribir esto, ha seguido leyendo el extenso discurso y “cien líneas más abajo” confiesa honradamente encontró la frase “aunque con una redacción diferente”. Pero no se toma el trabajo de borrarme el cargo de interpolar una frase – u olvida hacerlo – y me formula otro. Yo “vaya a saber con qué intenciones” he dado dos versiones diferentes de la frase de Guizot. Porque en la nota de la pág. 135 cuando la pongo en boca de Guizot, es así: “Para hablar con propiedad, nadie tomó la iniciativa sino el Brasil”, e incluida en el discurso de Paulino, de la página siguiente, es “A decir verdad, nadie tomó la iniciativa sino Brasil”. ¿Para qué habré hecho ese fraude histórico? Desde luego – asegura – ha sido “alevosamente para hacer quedar mal a Paulino” cuando estampé a decir verdad, y “para desmerecer al barón de Cairú y Ernesto Ferreira Franca (que mandaron a Abrantes a Europa)” cuando puse hablar con propiedad en boca de Guizot.

 

Aunque dar explicaciones sobre estas tonterías ya me resulta fatigante, diré que tanto el discurso de Guizot como el de Paulino los he tomado de La Gaceta Mercantil de Buenos Aires del 20-12-1850 y números siguientes, donde figuran in extenso traducidos al español de sus textos francés y portugués. Indudablemente como Guizot dijo en francés Pour parler propiement..., el traductor vertió “Para hablar en propiedad”. Y como Paulino retradujo al portugués A dezir veridade..., la retraducción quedó “A decir verdad”.

 

“Esta es la Historia del profesor Rosa, en la cual ni siquiera en las traducciones se encuentra idoneidad” dice mi crítico.

 

Traslado el cargo a su ilustre bisabuelo.

 

Y a otra cosa.

 

5) Que he modificado el nombre de la esposa de Paulino, bisabuela del autor.

 

¡Touché! Porque me confieso culpable sin disculpa alguna de haber incurrido en la omisión de llamar Ana María Macedo a quien se llamaba Ana María de. Macedo Alvarez Azevedo “descendiente de los Alvares Azevedo”, por haber leído muy a la ligera la biografía sobre Paulino del autor donde el nombre de la dama figura con la grafía correcta. El bisnieto me tira por esta omisión de partículas y apellidos “hecha con el propósito de rebajar a los Soares de Souza”, con el breve de León XIII del 18 de agosto de 1883: “Es preciso recurrir a las fuentes, y al escribir tener en vista antes que nada que la primera ley de la Historia es la de no atreverse a decir nada falso”.

 

Haré penitencia para que me perdone León XIII. Pero no modificaré el nombre de la bisabuela en ediciones posteriores. De la manera como yo lo escribo me parece más sencillo y femenino. Aunque se ofendan los Alvares Azevedo.

 

Y a. otra cosa.

 

6) Que llamo “secreta” a una sesión del parlamento brasileño que fue pública

 

Me rectifica, con el bondadoso término detalle falso, que yo haya tenido por secreta la sesión de la cámara de diputados brasileña del 15 de julio de 1849 que fue pública. “Las invenciones y omisiones anteriores – dice mi perspicaz impugnante – las comprendemos pues todas tienen en mira principal el interés del señor Rosa; pero esta sesión secreta no la entendemos ¿Para qué afirmar que fue secreta?”

 

Releyendo mis documentos encuentro que he incurrido en una equivocación. Resulta que un diputado llamado Silveira da Motta interpeló a Paulino, ministro de negocios extranjeros en 1849, por un grave incidente internacional (el comandante de la fortaleza de Paranaguá anduvo a los cañonazos con un crucero inglés). Dada la gravedad y la posibilidad de una guerra internacional, se invitó al ministro a sesión secreta. Pero como Paulino estaba dispuesto a allanarse a Inglaterra, se resolvió en definitiva que la sesión fuese pública.

 

Corregiré en la próxima edición. Gracias. Y a otra cosa.

 

7) Que he cambiado la redacción de una nota reservada de Paulino, y se le ha atribuido a otro.

 

Este es un cargo grave. Y mucho más por tratarse de uno de los documentos más elocuentes de mi libro: una nota reservada de Paulino (ministro de extranjeros) a Rodrigo de Silva Pontes (encargado de negocios brasileño en Montevideo) de 17 de junio de 1851 ordenándole que consiga de Urquiza la supresión de dos artículos del tratado de alianza del 29 de mayo de ese año “para que no parezca que su declaración (el Pronunciamiento) fue una condición que le impusimos”.

 

Aquí mi crítico me atribuye un error suyo. Yo transcribo el documento, y otros, en un capítulo de mi libro que he titulado Nao pareca que ó pronunciamento de Urquiza foí uma eondiçao que lhe impuzemos. Habló en él de la resistencia que había en Río de Janeiro a tratar con Urquiza, las graves palabras de Hollanda Cavalcanti en el senado por ese hecho, la negativa del emperador a estampar su firma, y el arreglo conseguido por Paulino de suprimir del tratado las cláusulas que ordenaban el pronunciamiento de Urquiza, para que Urquiza no apareciese como un rebelde a quien se incita a pronunciarse, sino como el Jefe de un Estado soberano (la provincia de Entre Ríos después del Pronunciamiento). Transcribo el documento incriminando – entre otros – atribuyéndoselo a Paulino, y en forma perfectamente correcta (pag. 427).

 

Dejo el cargo a Soares de Souza:

 

“También en las mismas notas con las que pretende (yo) justificar el texto de La Caída de Rosas se encuentran falsificaciones. Y lo peor es que me cita asociándome a sus fraudes como si estos fueran míos. Así en la nota al cap. 11 escribió el señor Rosa: Nao pareca que o pronunciamento de Urquiza foi huma condica que lhe impuzemos, palabras de Hollanda Cavalcanti, SS-GUB 38... Significa la indicación SS-GUB 38, Soares de Souza O General Urquiza é o Brasil página 38. Pero yo no dije nunca semejante estupidez. Me puedo equivocar y errar como es natural – sigue Soares de Souza – pero colocar palabras escritas por Paulino en boca de Hollanda Cavalcanti ¡esto no! ¡Y además todavía falseándole las palabras de acuerdo a los fraudes del señor Rosa! Abrase mi trabajo citado por el mismo señor Rosa en la página que indica, 38. En esta página tengo la siguiente nota: Sobre a oposicao a política de Paulino no Prata, serve de exemplo o discurso de Hollanda Cavalcanti no Senado, sessao de 27-5-851. Así pues nada tiene que ver esta nota Nº 77 con aquellas palabras transcriptas y escamoteadas por el señor Rosa. Es en la página anterior que transcribo el despacho de Paulino a Silva Pontes donde se lee el párrafo falseado por el señor Rosa... Las modificó de acuerdo a la grotesca historia que escribe. En dos trabajos míos transcribí estas mismas palabras. En A Vida do Visconde de Uruguai, pág. 332, conservé la ortografía textual de Paulino: Nao pareca que Urquiza obrou por instigacoes nossas, e que a sua declaracao foi huma condicao que lhe impuzemos. Y en el citado O General Urquiza é o Brasil, página 37, transcribí de acuerdo con la ortografía actual el párrafo escribiendo uma sin h e impuzemos con s y con z. El señor Rosa leyó las dos transcripciones que hice, tanto que en una, de las veces que las cita, lo hace escribiendo huma con h y en la otra uma sin h, a pesar de que no cambiara la z de impuzemos por la s. Por lo tanto, conocía perfectamente las palabras de Paulino. Sin embargo, para no desmentirse tuvo que falsear. dos veces, aquellas palabras: una poniéndolas en boca de Hollanda Cavalcanti, otra cambiándole a su sabor la redacción. De esa manera en las menores cosas, en simples transcripciones de párrafos la falta completa de idoneidad.. De la manera como hace este tipo de engaño, citando mi nombre al mismo tiempo que falsea el párrafo que transcribí, puede parecer, o que el fraude fue mío o que el señor Rosa corrigió mi trascripción por equivocada... Es fácil verificar el autor del fraude. El señor Rosa me cita; por lo tanto fue en mi trabajo citado que el encontró el párrafo que falsificó. En ese trabajo señalo el lugar en que se encuentra el documento Arquivo Histórico de Itamaraty 101/1.6, y la naturaleza del documento: Confidencial de Paulino a Silva Pontes del l7 de junho de 1851. Es fácil pues la verificación”.

 

Ahora hablo yo. Soares de Souza no sabe leer, y ha incurrido en una equivocación, por apresuramiento debo suponerlo. Pero una equivocación gruesísima para un erudito de su veteranía. Porque la primera frase portuguesa mía que cita (y transcribe subrayada, correctamente, porque en el original está en negrita) no es el texto de ningún documento, sino el título de un capitulo. Figura en negrita, como todos los capítulos de mi libro, en la parte REFERENCIAS Y DOCUMENTOS (por capítulos) que va de la pág. 601 a 622 del final de mi libro. Allí, después del titulo de cada capitulo vienen dos puntos, y luego las referencias bibliográficas o documentales que apoyan cada una de las afirmaciones hechas en el texto. Así en el que nos interesa dice (p. 616) Nao pareça que ó Pronunciamento de Urquiza foi huma condiçao que Ihe impuzemos: palabras de Hollanda Cavalcanti. SS-GUB 38, el tratado con los arts. 2 y 2 eliminados, ACA VI  444; Paulino a Pontes 17-6-51, AVU apu.d SS-VVU 333 y SS-GUB.

 

Soares suprime los dos puntos que separan el título del capítulo de las primeras referencias que es a las palabras de Hollanda Cavalcanti pronunciadas en el senado brasileño. Suprimiendo esos dos puntos y haciendo del título (no obstante encontrarse destacado) una referencia documental supone (¿O deja suponer?) que las palabras de Hollanda Cavalcanti tomadas de su libro ordenan a Silva Pontes suprimir dos artículos del tratado del 29 de mayo. Pero las palabras de Cavalcanti, apoyadas en Soares, son aquellas que figuran al comienzo del capítulo (p. 427 de la lº. Edición de mi libro): “El tratado llegó a Río de Janeiro el 10 (junio) en el Golfinho; poco antes se ha sabido el “pronunciamiento” público de Urquiza motivando que Hollanda Cavalcanti acusase en el senado a Paulino (sesión del 27 de mayo) de andar descaminando os governadores de nossos vezinhos...”. Esto último individualizado con la mención “palabras de Hollanda Cavalcanti”, es lo que se apoya en la pág. 38 de su monografía O Governador Urquiza e ó Brasil.

 

En cuanto a la afirmación de haber falseado la carta reservada de Paulino a Silva Pontes, es tan gratuita como la anterior. Yo no tengo la culpa de que mi corrector coja el rábano por las hojas. La carta que transcribo dice así: “Convém e muito, eliminar os artigos 2º e 3º (del tratado de 29 de mayo de 1851: intercalación mía) nó que Urquiza é o Goberno de Montevideu nao podem deixar de covir. Nao pareça que Urquiza obrou por instigacoes nossas, e que a sua declaracao foi huma condiçao que lhe impuzemos. Embora seja assim, nao pareca no Convenio...” (pág. 427). Esta apoyada en la nota: “Paulino a Pontes 17-6-51 AVU apud SS-VVU 333 y SS-GUB 32” .Lo que quiere decir que fue tomada de la pág. 333 del libro Vida do Visconde de Uruguai, y en la 32 de su articulo O General Urquiza é o Brasil. Es trascripción textual e inobjetable. Pero Soares no ha tomado esa carta, sino el titulo del capítulo que dice otra cosa. Y la diferencia entre el título del capitulo y ese documento – que bondadosamente llama doble falseamiento – es debido a que el título engloba otra confidencial de Paulino a Pontes del 5 de noviembre, que dice “Gostei é muito ver certificada e reconhecida a existencia dos artigos 2º e 3º supprimidos, porque neses articos confessa e declara Urquiza que lhe impuzemos como condiçao o seu Pronunciamento, é que sómente se pronunciou depois que teve segura a nossa proteccao”. El titulo del capítulo – con la palabra Pronunciamento en vez de declaracao – es por englobarse allá también este documento que dice Pronunciamento y no declaracao.

 

A otra cosa.

 

8) No dar fielmente un dictamen presentado al Consejo de Estado.

 

Me acusa en la pág. 37 de no dar fielmente un dictamen del consejero Lopes de Gama presentado al Consejo de Estado el 11 de julio de 1850.

 

La situación era la siguiente: entre Inglaterra y Brasil hubo un tratado aboliendo el tráfico de africanos, pero había vencido y Brasil con diversos pretextos no lo renovaba. No lo hacía porque le interesaba tener mano servil para su creciente riqueza de cafetales, que de esta manera podían producir mucho más barato que lo elaborados con obreros. Inglaterra exigía el tratado, y como pasaba el tiempo sin que se formalizase, el parlamento británico dictó el prepotente Bill Aberdeen o Brazilian Act del 8 de agosto de 1845, por el cual se irrogaba el derecho de inspeccionar cualquier buque brasileño en la Jurisdicción que fuere, y destruirlo si sospechaba que transportaba africanos para esclavos. El bill no se aplicó de inmediato, pendiendo como una

amenaza a la espera que los brasileños prorrogasen el tratado contra la esclavatura. Como nada ocurrió el gobierno británico ordenó a principios de 1850 que los cruceros Rifleman y Cormorant, que por el tratado de Southern con la Argentina había quedado liberados de la vigilancia que hasta entonces hacían en el Plata, se dedicaran a cazar buques brasileños en las propias costas de este país. Así lo hicieron: apresaron embarcaciones a la vista de tierra, las incendiaron por el solo hecho de tener esclavos o no, ladinos o bozales (negros traídos anteriormente a Brasil, o negros recién traídos de Africa), entraron a puertos para quemar buques de transporte, y hasta un navío de guerra fue apresado porque tenía marineros negros. Llegó a producirse un incidente serio cuando el comandante del fuerte de Paranaguá disparó contra un crucero británico, respondiendo éste la andanada hasta destruir la fortaleza.

 

Para resolver el problema se reunía el Consejo de Estado Imperial. Sometido su estudio al consejero Lopes Gama, éste presentó un dictamen el 11 de julio de 1850, que yo extracto diciendo que aconsejo que el tráfico cesara por una medida unilateral, así sin aparecer cediendo a la presión británica, y sin tratado de esclavatura, Brasil extinguiría el tráfico para quitarse de encima el grave problema con Inglaterra y tener libres las manos para combatir a la Confederación Argentina.

 

Me salta mi corrector: la palabra unilateral no está en el informe de Lopez Gama, “es de la exclusiva elaboración del señor Rosa”.

 

Tal vez no esté en el informe, del que sólo conozco los párrafos que extracta Soares de Souza en la biografía de su bisabuelo, y ni siquiera sé si es palabra portuguesa. Pero entiendo que es la que corresponde para explicar la actitud que se aconseja.

 

Veamos lo que dice el dictamen en la trascripción de Soares de Souza:

A)  “No podemos entrar en una guerra contra Gran Bretaña”,

b) “Pero también seria humillamos aceptar el tratado que se nos quiere imponer”;

c) solo conseguiríamos que cesaran las violencias que sufrimos, si hacemos cesar el tráfico”,

d) Por lo tanto “debemos reprimir el tráfico nosotros”.

 

Si no puede llamarse abolición unilateral del tráfico negrero una medida tomada exclusivamente por Brasil sin tratado con Inglaterra, no sé con qué otra palabra denominarla. Sigue mi implacable fiscal: “Lo más gracioso, sin embargo, en la falsificación del parecer de Lopes Gama, es que el señor Rosa hace que Honorio Hermeto concuerde con una medida unilateral engendrada por el propio señor Rosa. ¡Dónde se vio cosa igual! ¡Honorio Hermeto, un siglo antes, adivinó lo que el señor Rosa injertaría en el parecer de Lopes Gama! ¿Dónde vio el señor Rosa lo que afirma: haber Honorio concordado con el dictamen de él, del señor Rosa...? ¿Honorio indicando al consejo de Estado la solución unilateral inventada por el señor Rosa?” ¿Dónde vi eso? – digo ahora yo – Pues en el libro de Soares de Souza en cuya página 1210 dice que el Consejo de Estado aprobó por unanimidad el informe de Lopes de Gama. Como Honorio era la cabeza del Consejo, jefe del partido conservador gobernante, y acababa de llegar en esos días de Pernambuco traído precisamente por la gravedad de los problemas con Inglaterra y el Río de la Plata, y el dictamen fue aprobado por unanimidad, solo cabe decir que Honorio concordó – y más, descarto que como Jefe de los saquarema gobernantes debió aconsejar su aprobación – con esa medida unilateral.

 

Y a otra cosa.

 

9) Que atribuyo a Honorio Hermeto Carneiro Leâo gestiones que no hizo.

 

“Es Honorio quien obliga al emperador a firmar el convenio del 20 de mayo de 1851 (con Urquiza y Montevideo: i.m.) pues en la Historia del señor Rosa habría tenido escrúpulos Don Pedro II en ratificar el mismo convenio a causa de dos artículos” dice mi implacable corrector.

 

Por partes. Yo no he dicho en ninguna línea de mi libro que Honorio hubiese hecho esa gestión. En la pág. 427 digo claramente que fue Paulino, ministro de extranjeros quien “debe vencer la resistencia imperial que amenaza anular todo lo conseguido”. Mi corrector se ha equivocado de bisabuelo. Debió tirarme con el paterno y lo hizo con el materno. Pero no lo hizo porque supongo que le consta, que fue Paulino, ya que me movió un escándalo por las cartas de Paulino a Silva Pontes (punto 7, tratado antes) demostrativas de que el ministro de extranjeros anduvo en la gestión de suprimir los dos artículos.

 

Si yo tuviese la bilis de mi desaforado fiscal podría decirle que esta equivocación de antepasados es una mentira. No lo hago, por educación, y respeto a sus años. Sólo le digo que es una equivocación; pero eso si, equivocación y no distracción porque Soares de Souza sigue, después de lo antedicho, remachándome con Honorio: “La posición de Honorio en la Historia del señor Rosa es digna de conmiseración, pues que del ilustre senador mineiro se vale el profesor como de un fantoche para representar las farsas que rumia respecto al Imperio. Así de acuerdo al señor Rosa es a Honorio que el ministerio manda buscar a Pernambuco para resolver las cuestiones del tráfico de africanos y del Río de la Plata. Es Honorio quien obliga al emperador a firmar el convenio del 29 de mayo de 1851, que en la historia del señor Rosa el emperador habría tenido escrúpulo en firmar por causa de dos artículos. Y todo ella lo realizaba Honorio en pocas horas (subrayado mío, pues cuento más de año y medio entre julio de 1850 fecha del dictamen de Lopes Gama y la ratificación por el emperador del tratado con Urquiza que fue después de noviembre de 1851 i.m.). De un día para el otro la voluntad del profesor prevalece por interferencia de Honorio. Transforma así al futuro marqués de Paraná en un peligroso fisgón que se entromete en todo aquello que no le incumbe, y que aparece en escena apenas como intérprete del pensamiento del señor Rosa. Este, erigiéndose en mentor de la política imperial, maneja a su personaje en el sentido de sus propias frustraciones políticas, de las cuales pretende tomarse revancha a costa de Brasil y de los brasileños”.

 

Impagable ¿no? como muestra del trabajo “denso, objetivo y científico” que dice la contratapa de la Editorial Devenir.

 

¿ Por qué en mí historia se dice que tuvo “escrúpulos Don Pedro II en ratificar el convenio del 29 de mayo por causa de dos artículos”? Porque lo testimonia Andrés Lamas en las instrucciones que da a Andrés Somellera el 19 de junio de 1851, de conseguir de Manuel Herrera y Obes (ministro de relaciones exteriores de Montevideo), y de Urquiza, la anulación de los artículos 2º y 3º del tratado del 29 de mayo de 1851. Las transcribo en la pagina 428 (1ra. edición) de La Caída de Rosas, pero a mi replicante deben habérsele pasado por alto o no ha sabido leerlas: “Usted – escribe Lamas a Somellera – sabe cuánto repugna al emperador ratificar un tratado con Urquiza, sabe la tormenta que se levantó en el senado a la sola sospecha que se trataba con él; sabe por fin, el compromiso en que estoy de sostener la capacidad internacional de Urquiza. Asegúrele a Herrera la ratificación del tratado corregido, y que la asegure a Urquiza”. Este documento obra en el Archivo General de Montevideo, donación Oliveras, caja 8 carpeta 32, dice la referencia documental de mi libro, y ha sido encontrado por mí. Como entiendo que los documentos del archivo uruguayo están microfilmados en Río de Janeiro (creo que en Itamaraty), el señor Soares podrá pedirlo y leerlo con la referencia que le doy.

Y si no encuentra los microfilmes, o tiene dificultades para leerlos, le doy otra prueba, que encontrará en Río de Janeiro, de la resistencia de Pedro II a tratar con Urquiza. Pida la colección del Correio Mercantil de oct. y nov. de 1851. Y después de leer un comunicado de Andrés Lamas de una visita al emperador el 27 de octubre llevándole saludos de Urquiza y “que S. M. el emperador se dignó responder con palabras sumamente lisonjeras para el noble general Urquiza y su valiente ejército (dice el comunicado de Lamas)”, busque el desmentido en el n. del 10 de noviembre: “Un rebelde no pudo ni debió merecer expresiones sumamente lisonjeras (subr.) de S.M. el emperador D. Pedro II, tan ilustrado y experimentado como es, y todos lo reconocen. Él sabe que se ama la traición pero se aborrece a los traidores. El Sr. D. Pedro II no mancharía seguramente la púrpura imperial usando expresiones sumamente lisonjeras hacia un hombre cuyos hechos contemporáneos no son ignorados”. (trans. en La Caída de Rosas, p. 440, 1ª ed.).

 

A otra cosa.

 

10) Que atribuyo al mismo Honorio un “plan” político inexistente.

 

En la pág. 113 protesta porque yo atribuyo a Honorio, ministro de negocios extranjeros el 20 de enero de 1848 (me corrige Soares: “titular de Justicia, e interino de negocios extranjeros”, acepto la corrección) el plan político de buscar la alianza de Rosas para luchar juntos contra los farrapos riograndenses, (cuya República independiente llevaba ocho años de existencia) y lo riveristas de Montevideo. “El plan de gobierno atribuido a Honorio – dice mi fiscal – engendrado como lo fue por el señor Rosa, no consta en documento alguno existente en los archivos brasileños. Así se explica la astucia de indicarme a mi en la primera página de La Caída de Rosas como poseedor de la documentación de mis bisabuelos, el marqués de Paraná y el vizconde de Uruguay. De esa manera todo lo que se dijera de uno o de otros de esos dos políticos del Imperio correría por cuenta de mi archivo citado como si hubiese sido examinado entre las abreviaturas del señor Rosa. Empero este profesor nunca vio mi archivo. Pero si lo viera no podría encontrar la documentación del marqués de Paraná porque, como ya dije no poseo otros documentos de Honorio Hermeto sino sus cartas a Paulino y uno que otro documento de Paulino a Honorio como las dos instrucciones de 1851. Por lo tanto no fue en mi archivo que el señor Rosa encontró el plan de gobierno de Honorio de 1843. Es pues una vez más necesario establecer el lugar donde se encuentra el referido plan, si es que existe. Pero no debe existir”.

 

¿Con qué clase de cernícalo tengo que contender, que entiende que los planes políticos deben encontrarse escritos, y si es posible en escritura pública?... Pido que se me perdone el exabrupto, dicho sin faltar al respeto que quiero guardar a mi corrector, pero a veces no puedo contenerme.

 

Que Honorio tenía en enero de 1843 un plan para cambiar de rumbo la política internacional brasileña seguida hasta entonces, surge de los hechos mismos. Retira todo apoyo imperial a Rivera, firma subsperati con Guido la alianza argentino-brasileña contra farrapos y riveristas del 24 de marzo, manda la escuadra a Montevideo para apoyar el bloqueo argentino. ¿O habrá, hecho semejante cosas sin plan alguno, a pálpito?

 

Pero Soares no se conforma con los frutos y quiere que le muestre el árbol. Quiere escrito el plan de Honorio. Pues bien tendré que dárselo, o mejor dicho señalárselo, porque allí lo tiene, al alcance de la mano, en el Archivo Histórico de Itamaraty, en el documento “317/115”, carta de Honorio Hermeto Carneiro Leâo a Joao Lins Vieira Cansancao de Sinimbú. ¿De dónde saco yo esta referencia tan precisa; yo, que según la bondadosa expresión de mi corrector “en su fastidiosa y tartamuda historia no presenta ninguna investigación suya”? No, no es una investigación mía, porque yo soy como el feitor que me valgo del trabajo de otros, y tratándose de la historia brasileña lo hago con los de Soares de Souza (eso sí, citándolo, y agradeciéndole su labor en la portada), a quien aprovecho para mí. Porque el plan de Honorio lo encontrará escrito en las instrucciones a Sinimbú que corren entre las págs. 138 y 146 del folleto que contesto. Allí podrá leer: “La administración anterior (a su gabinete) – dice Honorio – había adoptado en la lucha entre la República Oriental del Uruguay (de Rivera) y la Confederación Argentina (de Rosas) una política de neutralidad, La administración actual tomó cuenta del poder cuando era ya conocida la victoria de Arroyo Grande, que destrozó completamente al ejército correntino y oriental comandado por D. Fruto... En este estado de cosas, el ministro plenipotenciario de la Confederación Argentina en esta corte tornose más insistente en sus instigaciones al gobierno imperial para que éste se declarara contra Fructuoso Rivera. El gobierno imperial acogió sus sugerencias en ese sentido prestándose a declararse contra dicho Jefe, pero exigiendo: 1º) que ello fuese consecuencia de una alianza ofensiva y defensiva entre los dos gobiernos, ya fuera por la pacificación de Río Grande, ya para la del Estado Oriental; 2º) que esa alianza fuese estipulada en el tratado..., etc., etc. Ahí tiene el plan Honorio por escrito. Abra su libro, y lea.

 

Me rectifica Soares que el tratado del 24 de marzo no se hizo por iniciativa de Honorio – como digo yo –, sino de Guido. Pero en el documento que transcribe surge que Guido le pedía al brasileño que se declarase contra Rivera y Honorio exigió no sólo una alianza, sino el tratado. Más claro: agua.

 

“La inquina - ¿por qué? - del señor Rosa contra Honorio continúa. Después del rechazo del tratado por el general Rosas, lo que el profesor festeja con algunas citaciones a guisa de cohetes...” Aclaro que estas citaciones a guisa de cohete son de Pandiá Calógeras, tal vez el historiador más completo que tuvo Brasil, y de Luis Alberto de Herrera, la gran figura oriental.

 

Sigue mi impugnante transcribiéndome ahora a mí: Honorio cambia el rumbo. El Jefe de los saquaremas da un viraje al timón. Busca a Inglaterra, la ha de ayudar a terminar con Rosas, y en retribución pedirle el cese o por lo menos la mengua de la tutela económica. Tal vez Inglaterra no podrá negarle a un aliado eficaz, una mayor liberalidad al renovarse los tratados de comercio y esclavatura”. Aquí me interrumpe con sus habituales cariños, diciendo que la Historia Argentina de la Academia ha dicho que Rosas era amigo de Inglaterra: extrae de su tomo VI una cita “Rosas colmó las aspiraciones de los ingleses”, y le agrega otra de Arturo Capdevila comparando a Rosas con Fernando VII. Y yo me siento apabullado. Sigue ahora Soares hablando por su cuenta: Honorio no pudo buscar el apoyo de Inglaterra contra Rosas porque en marzo de 1843 “la amenaza pendiente de una intervención anglo-francesa se desvaneció completamente”. ¿Completamente?... Completamente, y en abril el almirante inglés Purvis andaba haciendo de las suyas en Montevideo, en octubre Florencio Varela entrevistaba a Aberdeen en Londres, en 1844 andaba el brasileño Abrantes en los mismos menesteres, en 1845 se materializará la intervención... ¿No puedo creer que mi erudito replicante, lo sea sólo del ámbito brasileño, y nada sepa de la misión Ouseley y Deffaudis, de la escuadra anglofrancesa en el Plata, de la Vuelta de Obligado, de tantas otras cosas gloriosas para los argentinos? Pero aunque así fuese – que lo sospecho –, no podrá dejar de saber la misión que llevó su compatriota Abrantes a Londres en 1844, que fue una consecuencia directa del cambio de política del gobierno brasileño con respecto a cosas que empezó a tomar desde la gestión de Honorio.

 

Perdóneseme lo extenso de esta réplica, pues hace rato que he comprendido que el juego no vale la candela, como dicen los franceses.

 

Y a otra cosa.

 

11) Que falsifico el informe reservado de un cónsul al hacer el extracto del mismo.

 

Soares ha revisado cuidadosamente mi documentación, y nada dice cuando se trata de transcripciones íntegras. Pero cuando doy un extracto, me salta desaforadamente. En los documentos que “pasan por mi censura”, y a causa de “mis frustraciones políticas incurro en las falsificaciones de siempre, en las acostumbradas deformaciones” (pág. 122).

 

Veamos este. Es un informe reservado del 16 de mayo de 1843, del periodista brasileño y cónsul montevideano (y espía) en Río de Janeiro, Manuel Moreira de Castro, al entonces ministro de relaciones Exteriores de la Defensa, Francisco de Borja Magariños, dando cuenta del cambio de política del gabinete Honorio con respecto a Rosas después del rechazo del tratado del 24 de marzo. Lo tomé del Archivo Americano, 2º época, nº 28, págs. 218-221. Con meticulosidad Soares ha consultado el Archivo Americano en la colección del Instituto Histórico y Geográfico. Lo encontró, en el tomo y páginas citados por mí, y con lealtad que agradezco puso en la nota 172 de su trabajo: “La indicación corresponde”.

 

Pero encuentra, ¡no habría de hacerlo!, Que mi extracto no traduce exactamente el documento. (Debo decir que éste ocupa cuatro páginas del Archivo Americano y yo doy un extracto de veintiuna líneas en cuerpo chico). Hay frases del documento que no figuran en mi síntesis, y hay palabras de éste, como “arreglase definitivamente la cuestión de limites y estableciese una alianza completa” (al informar de las instrucciones del gobierno brasileño que fueron a sus representantes en Montevideo), que no están redactadas de la misma manera.

 

Moreira de Castro informa al gobierno de Montevideo de cosas reservadas del gobierno imperial. Dice allí, y es lo fundamental del informe, que Brasil ha cambiado de política en el Plata, y en consecuencia han ido nuevas instrucciones al ministro brasileño en Montevideo para que no reconociese el bloqueo argentino a ese puerto, hiciese lo posible para que Oribe no tomase la ciudad, insinuase al gobierno oriental que Brasil entrara en una alianza con Montevideo de “mutua ventaja”. Soares pone el grito en el cielo porque yo entiendo que esta mutua ventaja significaba para Brasil la demarcación de límites conforme a sus pretensiones, que era una constante aspiración imperial. Y como yo tomo del informe del espía que “En breves días tomará cuenta de la cartera de Negocios Extranjeros el Excmo. Señor Paulino Soares de Souza para conducir la nueva política”, su descendiente me sale con la acostumbrada descarga. “Para los efectos de la conturbada historia del señor Rosa tenía alguien que anunciar en mayo la entrada de Paulino para el ministerio en la cartera de negocios extranjeros a fin de conducir la nueva política que el propio profesor inventó” (a pesar de que la anuncia Moreira de Castro, intercalación mía). “No vaciló en utilizar a Moreira de Castro. Arregló la carta del periodista y cónsul uruguayo. Porque la verdad es que la parte correspondiente del informe del espía, dice textualmente – y Soares lo transcribe para que resalte mi falsificación - “Se asegura que está decidida la entrada de Paulino para la repartición de Justicia y que S.S. tomará cuenta de ella en ocho días”. Y el profesor Rosa con intenciones aviesas “calló lo de la entrada, y comenzó en tomará cuenta; la repartición de Justicia lo transformó en cartera de negocios extranjeros; Paulino pasó a ser respetuosamente el Excmo. Señor Paulino; y cambia finalmente los ocho días en breves días... y lejos del se asegura de Moreira de Castro transfiriendo a un tercero la paternidad del embuste, escribe el matrero profesor tomará cuenta, con la certeza de ser una noticia verídica”.

 

Pero resulta que la noticia de Moreira de Castro es verídica y no un embuste, porque efectivamente Paulino fue nombrado ministro el 6 de junio. Mi trascripción del informe sólo contendría un error : éste decía que Paulino sería ministro de justicia y yo me equivoqué poniendo de negocios extranjeros. ¿Por qué me equivoqué? Porque Paulino fue nombrado en negocios extranjeros el 6 de junio, no en justicia como anunciaba el espía el 15 de mayo. Fuera de esto, de ninguna trascendencia, la síntesis que doy es correcta.

 

Sigue mostrando mis mentiras. Yo digo: “El 6 de junio, Honorio le deja esa cartera (la de negocios extranjeros a Paulino) reteniendo exclusivamente la de imperio”. Indignado corrige Souza: “Nada de eso es verdad: a pesar de ser nombrado el 6 de junio, solamente el 8 recibió Paulino el aviso: Honorio no retuvo el ministerio de Imperio, sino el de Justicia. Todo en la enrevesada historia del señor Rosa no pasa de pálpitos”. No se hizo cargo el 6, fecha de su nombramiento, sino el 8 en que recibió el aviso. ¿Gravísimo, no? Sigue transcribiéndome Souza: “Paulino va al ministerio a preparar a Brasil para una acción contra Rosas, apoyándose en la que se resolvía en esos momentos en Inglaterra y Francia... En lugar de presentar un frente americano contra Inglaterra para conseguir la modificación de los tratados, se buscará lo mismo por una colaboración en la guerra anglofrancesa contra el Plata”. Salta Soares: “Ya no es inexactitud sino pura invención lo que contienen estos párrafos: Paulino no entró al ministerio en 1843 para una acción contra Rosas sino para ejecutar una política de expectación basada en la neutralidad. Entremezcla el profesor rosista en la cuestión los tratados con Inglaterra llegando a aconsejar al ministro brasileño una política fantasmagórica. ¿Cuál era el país de América del Sur que tenía entonces la posibilidad de oponerse a Inglaterra, para que fuera el brasileño a procurar su auxilio? ¿La Confederación bajo el guante de Rosas? Sería ingenuidad; sólo para ser agradable al señor Rosa”. El brasileño llama pura invención a la verdad documentada. En los mismos momentos que Paulino “tomaba cargo” de la Cancillería imperial, era enviado a Montevideo Joao Lins Vieira Cansansao de Sinimbú (perdóneme el señor Souza si al transcribir estos apellidos brasileños omito alguno o cambio una letra, pero escribo de memoria), con instrucciones de obstaculizar el bloqueo argentino a Montevideo y ayudar a los sitiados por Oribe. Y así lo hizo Sinimbú, produciendo la reacción de Rosas que llegó a expulsar de Buenos Aires al ministro imperial Duarte da Ponte Ribiero. ¿Era esa la política de expectación, como dice Soares, o una de acción contra Rosas, como digo yo? En las instrucciones a Sinimbú firmadas por Honorio el 6 de Junio (dos días antes de hacerse cargo Paulino), que Soares ha tenido la bondad de transcribirme integras, aunque parece que no las ha leído (¿ y/o comprendido?), se dice: “Siendo cierto que, en la actualidad, el gobierno Imperial tiene la propensión a unirse con el Estado Oriental y con Fructuoso Rivera para obstaculizar el aniquilamiento de la independencia de dicho Estado (que hará Rosas), conviene, etc., etc...”. Ahí tiene el cambio de política. O la carta de Paulino a Caxias del 22 de agosto de ese año (pág. 15 de su folleto), donde su bisabuelo paterno habla “de la tergiversación y la fe casi púnica con que esas Repúblicas (la Argentina y la Oriental) proceden, particularmente con el Brasil a quien aborrecen” ¿Neutralidad expectante?

 

A otra cosa.

 

12) Fechas equivocadas

 

a- En La Caída de Rosas digo que el 17 de agosto de 1845, el general Guido, ministro argentino en Río de Janeiro, presentó, por orden de Rosas, una nota rompiendo las relaciones diplomáticas. Aclara Soares que esa nota, aunque fechada el 17, fue dejada en la cancillería el 19. Cosa que ya lo decía en mi libro. Después de eso algo pasó, porque el canciller entonces – Limpo de Abreu – no dio curso a la ruptura y se llegó a un entendimiento, o acuerdo de caballeros con Guido: éste se quedaría en Río de Janeiro, y Brasil cambiaria su política respecto a la Confederación.

Basándome en el archivo de Guido existente en Buenos Aires dije que la iniciativa de ese acuerdo de caballeros que cambió – momentáneamente – la política brasileña con la Argentina, haba partido del canciller Limpo de Abreu. En el informe de Guido del 20-12-845, donde explica lo ocurrido (obrante en sus legajos que están en el Archivo General de la Nación), dice el general: “Tendría mis pasaportes y estuviera en esa capital (Buenos Aires) si el ministro de relaciones exteriores, avalorando la trascendencia de ese paso, no hubiese querido impedírmelos. No insisto es verdad, delante del aspecto enteramente nuevo que tomaban los negocios del Plata y de los principios del nuevo ministerio, pero me rehusé a retirar la nota”.

Guido dice eso, pero Soares asegura que la iniciativa de la reculé fue del argentino y no del canciller brasileño. Allá él. Se basa en una esquela de Guido a Limpo del 20 de agosto, pidiendo una conferencia, que el canciller fija para mediodía del 21.Sin conocer el informe de Guido que obra en La Caída de Rosas (o despreciándolo), dice Soares esgrimiendo la esquela del general: “Es el propio Guido que viene a desmentir aquí al señor Rosa y tachar de mistificación a la conferencia inventada del 20 de agosto a la noche en la rua Matacavallos 20  (sede de la legación argentina”. Para él la conferencia tuvo lugar el 21 y en el ministerio de relaciones exteriores. Yo, y aquí Souza me permitirá que use su meticulosidad en el manejo de documentos, no creo que pueda inferirse de la esquela de  Guido que la conferencia se realizase el 21 y en el ministerio. cuando Guido dice otra cosa en su informe. Guido pudo pedirle a  Limpo, con la esquela, una entrevista para cualquier otro objeto. Y sin perjuicio de disponerla, el canciller brasileño pudo visitar a Guido en la legación Argentina esa misma noche para que no siguiera el trámite de la ruptura de relaciones.

Por lo tanto, hasta prueba más concluyente, mantengo la fecha de la conferencia que dice Guido en su informe: el 20 en horas de la noche. Y el lugar: la legación Argentina.

 

¡Qué tontería es todo esto! ¿Qué trascendencia tiene que la conferencia haya sido el 20 a la noche o el 21 a mediodía, y tuviese lugar en la legación Argentina o en el ministerio de relaciones interiores?

 

b- “En su delirio de escamoteos llega (el profesor Rosa) al punto de modificar la fecha de la mayoridad de Don Pedro II, que figura en la historia del profesor Rosa como el 23 de julio de 1841. Inventa también un golpe del Regente del 23 de Julio de 1841.  Sin embargo, que yo sepa, nunca se tuvo dudas de la fecha de la mayoridad. Pero si con sus documentos secretos tuvo el señor Rosa elementos para rectificar esas fechas, ¿por qué no los citó? ... Son documentos inventados, estructurados y manipuleados por el propio señor Rosa que seria incapaz de presentarlos porque nunca existieron, sino en los escamoteos del acomplejado profesor” (pág. 57).

Todo eso es porque al mencionar la mayoría de edad de D. Pedro en las semblanzas de la introducción he puesto 23 de julio de 1841, en vez de 21 de julio que seria lo correcto. En este día fue que ocurrieron el fracasado golpe del regente Olinda, y su consecuencia que fue la declaración de la mayor edad de D. Pedro apenas de 14 años.

Que me perdone el señor Soares, pero las fechas brasileñas no me son familiares; se me habrá pasado el error al corregir las pruebas del libro. Lo mismo le ha ocurrido a él con la fecha de Caseros, que en su libro dice que fue el 2 de febrero de 1852 (pág. 413). ¿También tendrá documentos secretos que le permitieron rectificarla?

c- También me he equivocado con la fecha en que fue dictado el código de procedimientos brasileños, según me rectifica bondadosamente y con sus habituales dulzuras mi crítico. No me dice cuando fue. Y como no tengo ganas de investigarla, lo dejo como está, y cargo con las consecuencias.

 

A otra cosa.

 

13) Que tergiverso una cita del autor, que sirve de apoyo a la versión que doy de una conferencia de 1844 entre el canciller Paulino y el ministro argentino Guido.

 

Sigue transcribiéndome mi tenaz corrector para que resalten mis fraudes: “En enero de 1844, Guido se entera del viaje de Pimenta Bueno (a Paraguay). El 31 interpela a Paulino en una audiencia del cuerpo diplomático, pero el astuto canciller, después de negar el reconocimiento de la independencia del Paraguay, explica la idea de Bueno por imprescindibles arreglos de comercio y navegación que no se podían tratar en Buenos Aires” (págs. 97-98). Esta afirmación está documentada en el libro de Soares A Vida do Visconde de Uruguai, (pág. 166). Me corrige bondadosamente: “no es en la página indicada, pues (Rosa) hasta en las simples indicaciones se equivoca, sino en la 167 (la anterior), que me refiero a esa conferencia... Pero allí digo lo contrario de lo que se me hace decir”.

 

Veamos. Tomo la biografía del vizconde y no encuentro en la parte entrecomillada – que deben ser las palabras de Paulino a Guido – que Paulino no diga lo que yo afirmé; Paulino hace referencias, como yo lo dije, al aislamiento de Paraguay y la necesidad para Brasil de conseguir un arreglo de comercio y navegación con las palabras que yo transcribo: “O Brasil... – cito palabras de Paulino – nao podía ficar per omnia secula a espera que Paraguay voltase voluntariamente a fazer parte da Confederacao Argentina”. Entonces, ¿dónde está lo contrario?... En la afirmación “Paulino respondió francamente que si”, a la pregunta de Guido “si Brasil reconocería la independencia del Paraguay”. Pero tanto la respuesta como la pregunta no pertenecen al Soares de Souza bisabuelo, sino al Soares de Souza biznieto, porque no están entrecomilladas. Son simples conjeturas del historiador; y conjeturas sin base documental, puesto que no pueden apoyarse en las palabras entrecomilladas del canciller. Perdóneme que, por una vez, le devuelva el cargo a mi erudito replicante que suele ver la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio. No tuvo base documental para decir lo que dijo y por eso no lo tomé en cuenta.

 

Quiero agregar para remacharle el clavo: Soares de Souza biznieto se ha equivocado con la cita de las palabras de Paulino a Guido en 1844. Porque la nota que da, se refiere a las conferencias tenidas con Guido en 1849, cinco años después, tomadas del Archivo del Vizconde de Uruguay en su poder.

 

He contestado los trece cargos de fraudes, invenciones y adulteraciones documentales que me imputa Soares de Souza.

 

Veamos ahora las mentiras.

 

III

 

LAS "MENTIRAS” QUE ME IMPUTA SOARES

 

Reúno aquí los cargos que me hace Soares y que no se refieren a mi deshonestidad intelectual falsificando documentos o cometiendo errores, sino a mi opinión distinta a la suya entre hombres y cosas de Brasil y del Plata. Que él amablemente llama mis mentiras.

 

Estas son:

 

1) La semblanza que hago de la vida de Paulino Soares de Souza.

2) La que hago de Honorio Hermeto Carneiro Leâo.

3) ¿Cómo puedo saber claves secretas?

4) Que llame institución peculiar a la esclavitud.

5) Que llame al ministro Saturnino de Souza e Oliveira “el hombre de Rosas”.

6) Mis apreciaciones sobre el gobierno de Rosas y los socialistas de 1848.

7) Que macaneo al suponer que Pimenta Bueno influyó en la independencia paraguaya.

 

1) Paulino

 

Le molesta a Soares la ligera semblanza que hago de su bisabuelo paterno Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay. Sin embargo la confeccioné con estima, porque lo considero una de las grandes figuras de la historia brasileña. La he escrito como la siento: como un hombre de excelentes condiciones sin duda, pero al fin y al cabo un hombre con sus cosas grandes y sus cosas pequeñas, como las tenemos todos. El biznieto quiere verlo, y que todos lo vean, como una estatua de mármol, hierática y fría, y no me perdona que se lo haya retratado de carne y hueso. Y se muestra muy susceptible cuando trato a la familia de su antepasado. Así, le molesta que yo diga que “como no era hijo de rico, ni de noble, debió trabajarse el porvenir” apenas egresado de la universidad. Me rectifica: la familia de los Soares de Souza es “ciertamente de las más antiguas de las islas Azores”, tirándome con la biograffa de sus ascendientes desde el primer Soares que llegó a las Azores a Brasil en los tiempos coloniales para ser Guarda-Mor de las minas de Paracatú. No me corrige que la familia de Paulino no era rica ni noble, y el Joven debió trabajarse el porvenir. No pongo en duda la alcurnia en las Azores, pero no se traducía en ningún título de nobleza, ni siquiera en la calidad de fidalguia. Paulino Soares de Souza fue lo que hoy llamaríamos un self made man, un hijo de sus propias obras. Escaló por su inteligencia, astucia, laboriosidad, simpatía personal, y también honestidad, patriotismo, lealtad hacia los suyos, un puesto prócer en Brasil. Contribuyó, junto con Honorio Hermeto Carneiro Leâo – otro de los bisabuelos de mi critico – a cambiar con la batalla de Caseros el estado de cosas en el Plata. Por eso Pedro I agrace a ambos con títulos de nobleza que mencionaban al Uruguay y al Paraná, los dos ríos que desde Brasil forman el Plata.

 

No era noble la familia Soares al empezar Paulino su carrera. Ni tampoco rica. El padre de Paulino – el doctor José Antonio Soares de Souza, homónimo de mi crítico menos en el titulo académico – era hacía 1820 un modesto médico rural en la zona algodonera del Marañón. No me parece que sea algo deshonroso, pero el tataranieto no le gusta que lo hayan puesto en mi libro "como si fueran medico y Marañon cosas tan insignificantes que llegaran a asombrar al señor Rosa en su historia de frustraciones exhibicionistas”, me dice en su delicioso lenguaje. Y acto seguido se escribe un capitulo integro – el V de su libro, titulado Maranhao –, para defender a esa provincia por la ofensa hecha por un extranjero: “Marañon – dice – es una provincia como las otras, con los mismos derechos. Si los hijos de médicos, de abogados, de ingenieros, de militares de las otras provincias podían llegar a grandes del Imperio, ¿por qué sólo los del Marañon no podían? Porque el señor Rosa no quiere. Pero eso no es razón suficiente, principalmente cuando se sabe que Marañon era de las más importantes provincias del Brasil, sobre todo por sus cultivos”. Y como se da cuerda solo, sigue con una estadística de la producción arrocera y algodonera de Marañon, sus exportaciones e importaciones desde 1796 en adelante, descripciones de la capital, San Luis, con sus iglesias y  feligresías, cámara municipal, cárcel pública, conventos, hospitales, censos municipales, la espaciosa plaza y residencia del gobernador con su extensa fachada. (¿?) .

 

En el capitulo anterior – el IV titulado Un médico de provincia me hace la biografía de su tatarabuelo, el doctor José Antonio, a quien he ofendido llamándole mediquillo. En ocho nutridas páginas me habla de su vida, de sus estudios, de su casamiento, de sus hijos, de las casas que poseía y de los puestos burocráticos desempeñados. Era una buena persona – lo que no pongo en duda –, y si bien sus contemporáneos lo llamaban el doctor Tumba no era por su Incompetencia profesional sino por su bondad, porque no se “rehusaba a atender enfermos desahuciados”.

 

Quisiera advertirle que no he tenido ninguna intención malévola hacia el doctor José Antonio ni hacía la provincia del Marañón, mereciéndome ambos el gran respeto que tengo por las cosas que no conozco. Si llamé al tatarabuelo mediquillo rural era – como surge de la frase – para destacar él contraste con su brillante hijo que consigue elevarse a Canciller del Imperio y vizconde de Uruguay.

 

Rectifica luego mi afirmación de que Paulino, recién egresado de la universidad “abrió bufete de abogado en San Pablo, donde la naciente riqueza de cafetales permitía alentadores honorarios. Pero los clientes no acudieron y el Joven Paulino distrajo sus ocios componiendo versos en francés (su madre era francesa) y pronunciando terribles discursos en los clubes republicanos”. “¿De dónde saca todo eso, señor Rosa?”, Me pregunta. “Es natural que revele sus fuentes tan secretas... pero no existen tales fuentes, la mentira prevalece en todas las afirmaciones del señor Rosa”. Porque la verdad tergiversada intencionalmente por mí “para hacer quedar mal a Paulino y a Brasil” es que éste “no abrió ningún bufete de abogado”, sólo ejerció la profesión desde la Escuela de derecho sin haber recibido aún el titulo, no provenían sus honorarios de los cafetales sino “de trabar embargos y desembargos”, no hacia versos en francés “sino en portugués”, y “si bien formó parte de varias sociedades secretas como atestiguaron sus contemporáneos, de los discursos terribles no hay referencias”.

 

En las próximas ediciones diré que Paulino “sin abrir bufete ni recibirse de abogado ejercía la profesión en medidas precautorias, y hacía versos en portugués”. En cuanto al republicanismo Juvenil del futuro Canciller del Imperio no me rectificaré porque su bisnieto en A Vida da Vizconde (pág. 31), dice que los periódicos paulistas aparecían “abarrotados de artículos patrióticos y republicanos del joven Paulino”.

 

“Consigue casarse con Ana María Macedo, cuñada de Rodriguez Torres”, digo más adelante. “¿Por qué ese consigue?”, me pregunta mi critico después de atribuirme deshonestidad intelectual y tirarme con un breve de León XIII por omitir la partícula y los demás apellidos de la novia que eran de Macedo Alvares de Azevedo “descendiente de los Alvares de Azevedo” (¡tanto gustol). Cuando “nada más natural que entroncara el sobrino de Bernardo Belisario Soares de Souza con una descendiente de los Alvares de Azevedo. El señor Rosa da y saca todo aquello que le conviene en la historia de Paulino”.

 

Basta.

 

2) Honorio

 

En la semblanza del otro bisabuelo, digo que Honorio Hermeto Carneiro Leâo, a poco de egresar de la universidad empezó la carrera política ocupando la banca legislativa por Minas Geraes reservada a los prestigios de su poderosa familia. Con el habitual mentiroso quiere el biznieto que la banca se debiera a las virtudes del joven Honorio mas que al prestigio de la familia, pero no me trae ninguna base para su aserto. No tengo ningún inconveniente en aceptarle que los meritos del Rey Honorio más que la influencia de la familia, procuraron al futuro marqués de Paraná la primer banca legislativa, aunque su descendiente dice por ahí: “Honorio Hermeto tuvo a quien pedir”, que demostraría que algo de palanca hubo. En las próximas ediciones diré que así lo hago “a pedido del biznieto”, puesto que no me ha traído la prueba documental que a mí me exige.

 

3) ¿Cómo pudo saber claves, que a la fecha de publicarse “"La Caída de Rosas” no estaban descifradas?

 

Esta en realidad no es una mentira atribuida, ni un cargo de deshonestidad. Es admiración que siente por mi Soares de Souza por descifrar, antes que él pudiera hacerlo, la clave secreta de Paulino y el representante en Asunción Bellegarde, al confeccionarse el tratado de alianza de 25 de mayo de 1850.

 

“¿,Cómo supo – me pregunta – que Pimenta Bueno acababa de convenir (en diciembre de 1850 i.m.) las bases de un tratado con el Paraguay, y Bellegerde (representante brasileño en Asunción: i.m.) sólo pondría la firma? Pero los principales documentos referentes al tratado del 25 de diciembre de 1850 se hallaban en 1958 (fecha de la publicación de mi libro: i.m.) en clave, y la misma era desconocida. ¿Cómo pues los descifró? ¿Cuáles serían las palabras claves para hacerlo... que (nadie puede saber) hasta que se publique La Misión Bellagerde (próximo libro de Soares de Souza: LM.)”. Indudablemente yo los habría descifrado antes, porque en 1958 podía decir que Pimenta Bueno preparó con Carlos Antonio López las bases del tratado que firmaría Bellegerde el 25 de diciembre en Asunción, que Soares de Souza va a repetir en su próximo libro sobre Bellegerde. Pero no se alarme, no se los he descifrado y ni siquiera conocía esos documentos brasileños, ni las letras claves. Me bastó un poco de sentido común. Si Pimenta Bueno, el mejor conocedor brasileño del Paraguay, y hombre de gran influencia con Carlos Antonio López, había sido nombrado presidente de Río Grande a mediados de 1850, y antes de hacerse cargo se hizo una gira por Paraguay, fue sin duda porque andaba en alguna cosa. No es difícil comprender en qué anduvo entre setiembre y diciembre de 1850, el “hombre del Paraguay” y futuro marqués de San Vicente.

 

4) La esclavitud

 

Le molesta a mi corrector que llame a la esclavitud, institución peculiar del Brasil imperial. No soy yo solamente quien lo hace; el término es habitual en los periódicos republicanos y antiesclavistas brasileños. Que posiblemente Soares de Souza ignora; pero que yo conozco porque La Gaceta Mercantil de Rosas los reproducía.

 

Para replicarme me dice que el general Guido también tenía esclavos en la legación argentina de Río, y Francisco Solano López desembarcó con esclavos en Buenos Aires en 1859. Quiero darle el dato que también Rosas los tuvo – Eusebio y Biguá – para divertirle como bufones. Pero la esclavitud brasileña era peculiar, porque en ella descansaba la economía del país; en cambio la argentina o paraguaya estaba reducida a unos pocos domésticos. Porque desde 1813 nacían aquí libres los hijos de esclavos, prohibida la venta de personas. Es decir: no había realmente esclavos, puesto que no se podían vender, pero el nombre se mantenía para aquellos servidores viejos.

 

5) Saturnino “El hombre de Rosas”

 

Ahora estamos con Saturnino de Souza e Oliveira, canciller liberal en 1847, que yo llamo por ahí “el hombre de Rosas”, lo que para mi fiscal es sólo "para ridiculizarlo”. Pero yo he tomado el calificativo de la correspondencia de Andrés Lamas con Herrera y Obes, como lo puedo ver Soares, si leyera con tino, porque transcribo esas cartas.

 

Molesta a mi critico que yo atribuya a Saturnino una actitud viril “a lo Rosas” frente a Inglaterra. Yo digo (pág. 137) : “En Río de Janeiro (en 1847) se imita el tono de Rosas. Con el ejemplo de Hood en 1846 y lo que está haciendo Howden ahora, Saturnino se pone firme ante Inglaterra. Por primera vez en la historia de la diplomacia imperial se oyen acentos de altivez criolla contra la prepotencia británica: es el americanismo cundido. Brasil se hará fuerte ante Inglaterra, pero de la mano de la Confederación”. Y en la pág. 140: “Derrotado en Buenos Aires el comisionado inglés (Howden) parte a Brasil decidido a triunfar. Se encuentra otro Rosas en el ministro Saturnino, que trata al representante de la poderosa Inglaterra como si fuera un igual suyo. Las discusiones sobre el tráfico se hacen interminables; el noble lord tiene que oír la arrogancia de que el bill Aberdeen no podría aplicarse porque Brasil repelería con las armas cualquier intervención inglesa en un buque brasileño, aunque fuera negrero. Diríase el eco del cañón de Obligado repercutiendo del Paraná a Guanabara”. Sobre ésta dice Soares dolido: “Dejemos de lado ese palabrerío vacío de payaso de circo de segunda clase, de “tono de Rosas”, de “altivez criolla”, de “americanismo cundido”, de “mano de la Confederación”, de “eco (poco estimulante) del cañón de Obligado” porque al final Rosas salió huyendo gracias a un ministro inglés, en un navío inglés, y para territorio inglés...”. Deja eso de lado para centrar sus tiros sobre la palabra interminable. ¿De dónde saco yo que las discusiones de Howden con Saturnino fueron interminables, puesto que empezaron a discutir sobre el tráfico en diciembre de 1847 y el 29 de enero siguiente el emperador pidió a Saturnino la dimisión? Por lo tanto terminaron las discusiones.

 

La ingenuidad del corrector lo ha llevado a Itamaraty, como dice, para revisar la correspondencia diplomática entre Saturnino y Howden, encontrando que “toda ella está en términos corteses, como solían ser los de un ministro brasileño, sin las fanfarronadas de altivez criolla, dando a Howden el tratamiento de Milord, etc.”, como si en el exterior de las notas estuviese la altivez de una conducta diplomática. Mí ilustre corrector toma el rábano por las hojas tal vez porque su frecuencia con los papeles no le permite ver la realidad que traducen. Debo decirle que iguales términos corteses y tratamientos de milord encontrará en las notas de Felipe Arana quebrando en junio de 1847 las gestiones con Howden. Lo cortés no quita a lo valiente. Y de la valentía y altivez de Saturnino, el hombre de Rosas como lo llaman desesperados los de Montevideo, tiene un ejemplo en la misma nota de 21 de diciembre de 1847 de Howden, que transcribe en su panfleto. En ella dice el inglés que el brasileño se niega a una negociación mientras no se modifique el Acta del Parlamento británico de 8 de agosto de 1845. Y el acta de esa fecha, por si Soares no lo sabe, es el famoso bill Aberdeen por el cual Inglaterra se arrogaba el derecho de detener cualquier buque brasileño, y en cualquier Jurisdicción, para averiguar si transportaba negros desde África. No creo que en Itamaraty haya muchas de semejante tenor tratándose de Inglaterra.

Fue precisamente por ese tono hacia Inglaterra, que el emperador pidió la dimisión de Saturnino el 29 de enero siguiente. Noticia que alborozado da Andrés Lamas a Montevideo: “Saturnino, el hombre de Rosas, ha dejado de ser ministro de negocios extranjeros”.

 

6) Apreciaciones sobre Rosas y el socialismo.

 

¿Debo decir algo a mi replicante sobre el asilo que buscó Rosas en la legación inglesa de Buenos Aires después de ser derrocado por los brasileños con el aporte decisivo de sus auxiliares argentinos en la batalla de Caseros, y su exilio en Southampton? ... Me limito a remitirlo a lo que digo sobre el particular en mi libro Defensa del revisionismo.

Pero recoge la apreciación república socialista que hago en La Caída de Rosas al gobierno de éste, y le permite a Soares insultar la satrapía del Restaurador argentino. No soy yo quien la digo : la tomo de los socialistas franceses de 1848, y le recomiendo las palabras del diputado Laurent de l”Ardeche, del 9 de enero de 1850, al tratarse en París la primera convención Lepredour, y que en parte publico en mi Historia Argentina, tomo V, pág. 346. No resisto a reproducirle algunos párrafos “No olvidemos que la guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios del Uruguay representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjeros, y de este modo encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo. Los unitarios y sus amigos lo saben bien. Así, ved lo que dicen de Rosas. A sus ojos el jefe del federalismo es un vecino peligroso para Brasil a titulo de propagandista, y libertador de esclavos; a sus ojos, si hay algo en las orillas del Plata que ofrezca analogía con las doctrinas de los revolucionarios y factores de barricadas francesas, son las doctrinas y los actos del general Rosas... a sus ojos el general Rosas realiza en el Plata lo que se habría realizado en Francia, dicen ello, si por desgracia la sociedad no hubiese salido victoriosa de las malas pasiones que la han atacado tantas veces... Y lo que hay de cierto es que si el poder de Rosas se apoya en efecto sobre el elemento democrático, que si Rosas mejora la condición social de las masas populares dando al progreso las formas que permiten las necesidades locales... hace todo esto sin necesitar revoluciones ni barricadas, puesto que la soberanía nacional es la única que lo ha elevado al poder donde lo mantienen invariablemente la confianza, la gratitud y el entusiasmo de sus conciudadanos”

 

7) “Macaqueo” sobre Pimenta Bueno en Paraguay,

 

“Quien quiera saber alguna cosa de lo que escribí y cómo lo escribí, lea mis libros sin las chapucerías del señor Rosa. Esta copia macaqueda se prueba con los siguientes párrafos del señor Rosa”, dice Soares: “Al presidene de la provincia de Matto Grosso, Juan Antonio Pimenta Bueno (que habría de mostrarse uno de los grandes diplomáticos del Imperio y alcanzaría más tarde el marquesado de San Vicente), encomienda Paulino (en 1843) el reconocimiento de la Independencia de Paraguay. Había sido el mismo Pimenta Bueno quien trabajó en 1841 y 1842 la declaración”. "La fuente de este conjunto de tonterías – comenta mi amable crítico – está indicada por el señor Rosa así Misión Pimenta Bueno (octubre): instrucciones SS-VVU 166. Eso significa: Soares de Souza A Vida do Visconde de Uruguai, pág. 166. Pero ábrase mi citado libro en la página indicada y se verá si digo semejantes cosas. En primer lugar no mencioné, en absoluto, a ningún Juan (Joao) Antonio Pimenta Bueno, sino a José Antonio Pimenta Bueno. No dije tampoco que Paulino hubiese encomendado al presidente de la provincia de Matto Grosso... Paulino no invitó al presidente sino al ex presidente”. El señor Soares, único dueño de su coto de caza privado, quiere que cuando se haga una referencia a una fuente documental presentada por él, se ciña también uno al texto suyo que la comenta. Dios me libre. Tengo el mayor respeto por Soares papelero, pero escaso por Soares historiador. Como lo dice claramente la referencia, tomaba exclusivamente de su libro las instrucciones al enviado. Jamás se me ocurriría tomarle un comentario, aunque acierte en que Pimenta Bueno se llamaba José y no Juan.

 

Sigue glosándome Soares: “Haba sido el mismo Pimenta Bueno quien trabajó en 1841 y 1842 la declaración”. Me pregunta el crítico: “¿Qué declaración, señor Rosa? ¿De la independencia de Paraguay? ¿Seria concebible que para una declaración de media docena de palabras Pimenta Bueno tuviera que trabajar dos años?”.

 

En estas preguntas está entero mi replicante. Ha mencionado en el párrafo anterior (que acaba de transcribir) la independencia del Paraguay y todavía me pregunta qué declaración digo yo que trabajó. Pero lo más extraordinario – aunque a esta altura del escrito y no se asombro de nada – es que cree que una declaración de independencia es sólo el hecho material de ponerse a redactar “media docena de palabras”. Vuelvo a repetir que aquí, veo entero al hombre, para quien todo consiste en grafías y papeles. ¡Qué lejos estamos del marqués de Paraná y del vizconde de Uruguay!.

 

He terminado, ¡por fin!, este detallista alegato.

 

IV

 

He agotado, en una labor minuciosa, los tremendos cargos de José Antonio Soares de Souza. No me interesan sus opiniones divergentes, pero no he podido pasarlas por alto por el calificativo de mentiras antepuesto. En cuanto a la curiosa acusación de deshonestidad intelectual, el lector podrá juzgar las proporciones a que ha quedado reducida.

 

Estas imputaciones me han dado, lo confieso, la satisfacción de saber cuán pocos errores se deslizaron en un libro de la índole del mío. Algunos nombres erróneos, unas fechas postergadas, una sesión secreta que no fue secreta, es cuanto ha quedado en pie después de pasar por la censura más severa y parcial a que ha sido sometido un libro de historia Argentina. Un erudito especialista en minucias lo ha analizado durante seis años (de 1958 a 1964), confrontando sus transcripciones con los originales de Itamaraty, compulsando periódicos brasileños y argentinos, y los papeles de su repositorio particular. Como errar es humano, francamente no creía que hubiese elaborado una obra tan cerca de la perfección después de estudiar y transcribir más de mil documentos, escritos la mayor parte en portugués, y elaborar con ellos, un capítulo de la historia sudamericana muy poco – casi nada – estudiado hasta hoy.

 

Sólo quedaron en pie los frenéticos adjetivos que la incontinencia de Soares me dedica. Dije antes que podían deberse a la modalidad de algunos historiadores brasileños cuando se les holla lo que entienden por su propiedad exclusiva. Pero podría ocurrir que el descendiente de El Rey Honorio hubiese heredado el carácter impulsivo, incontrolable, zanga e mala criança (como dice el mismo Soares) del marqués de Paraná. O quisiera imitarlo. Es de deplorar que juntamente no haya heredado, o no imite, otras cualidades de su ilustre bisabuelo.

 

Zanga e mala criança, resentimiento de un pasado familiar que sólo perdura en los amarillentos papeles del Brasil imperial, y sobre todo una irremediable miopía que le impide separar lo esencial de lo accesorio: creo que allí está la psicología de mi crítico y la explicación de sus insultos que la Editorial Devenir acaba de publicar con fruición.

 

No quiero lamentarlo. En treinta años de contribuir a formar la conciencia nacional, he debido sufrir injusticias peores. No me amilanaron, porque sé que a las estrellas se va por el camino áspero, y menos puede amilanarme ésta, que me ha permitido demostrar la probidad intelectual que confeccionó La Caída de Rosas. Por una vez alguien de la mentalidad de Soares de Souza dejará de hacer mal. No se cumplirá aquella insolencia que el marqués de Paraná lanzó al rostro de Pedro II y lo obligaron a dejar el ministerio en 1843: “La culpa ha sido solo mía, Majestad, Quien se acuesta con tontos, amanhece molhado” Perdóneme, Soares si he modificado fraudulentamente la rompante del bisabuelo para aplicársela al biznieto.