Boletín del Inst. J.M. de Rosas nº 7
oct/nov 1969
37 páginas - 19.150 palabras
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Defensa del
Dr. José María Rosa
A D V E R T E N C I A
El Instituto de Investigaciones
Históricas “Juan Manuel de Rosas” se complace en editar la respuesta que le
merece al Dr. José María Rosa la diatriba del académico brasileño J.A. Soares
de Souza, publicada como comentario crítico a su magnífico libro sobre Caseros.
Si bien La Caída de Rosas fuera editado en Madrid en 1958, el comentario
a que aludimos apareció en la Revista da Instituto Histórico e Geográfico
Brasileiro en 1964 después de una laboriosa gestación, y recién ahora se da
a conocer en nuestro país.
No es que su publicación la
ignorásemos, pero en los medios especializados en que se difundió no se le
asignó importancia alguna, como no mereciera mayores comentarios en la propia
tierra del autor. Era una crítica por lo menudo, nacida de enredados
resentimientos, que para nada invalidaba la tesis fundamental de aquel libro.
El académico Soares de Souza, pacato funcionario, entre los achaques de su edad
se solazaba como un viejo corrector de pruebas, señalando errores superficiales
y distrayendo su medianía intelectual en la confección de una prosa
tropicalmente adjetivada. Evidentemente, no había heredado de sus ilustres
predecesores ni dinero ni títulos ni talento. Nuestro compatriota pudo haber
respondido publicando, simplemente, la carta del señor de Souza y señalando los
repositorios uruguayos en que se halla la documentación que el historiador
brasileño, ya desmemoriado, creyó de su monopolio, pero una increíble paciencia
de investigador y su profundo respeto por la ancianidad le llevaron a dilucidar
línea por línea, en consumada hermenéutica, aquel desmadejado alegato. En suma,
una labor ímproba, que los argentinos le agradecemos.
Porque lo que cobra interés para
nosotros – razón por la cual el Instituto se apresuró a solicitar al Dr.
Rosa la redacción de este opúsculo – no son las objeciones del señor de Souza,
sino los objetivos que se persiguen al divulgar, con tono de escándalo, al
impugnador brasileño. En efecto, un señor que insiste en llamarse José Raed,
prologuista y presumiblemente editor del volumen, no arriesgaría su fortuna
personal porque sí, por puro goce intelectual, por más que deje entrever que,
enancándose en el prestigio y en los muchos lectores del Dr. Rosa el negocio
puede serle provechoso. Detrás de esta aventura de mostrador desde luego que
hay algo más: hay la intención subyacente de desprestigiar un movimiento historiográfico
que desde hace más de un cuarto de siglo viene desconchando, como una lenta
humedad, a lo que Saldías llamaba la “historia autoritaria”. Antes fue el
complot del silencio, el cierre de las tribunas oficiales, la restricción de la
cátedra, la limitación de las posibilidades de difusión de cualquier índole al
pensamiento renovador hasta hacer de la revisión de nuestra historia un culto
de capillas. Ahora lo es – como en este caso – la agresión verbal y – ¡extraña
paradoja! – como en Caseros, echando mano de un Soares de Souza. Por eso no nos
interesa este señor de Souza, un venerable anciano a quien le mentaron los
abuelos y salta de su guarida como un arácnido, sino este señor desconocido que
insiste en llamarse José Raed y que extrae de su bolsillo un volumen de
diatribas, agrede a su vez y anuncia el desmoronamiento del Dr. Rosa y de toda
la historiografía revisionista.
En el lamentable prólogo a que
hacemos referencia muestra ese señor con desnudez indecorosa la tremenda
confusión mental de que padecen estos “idiotas útiles” del colonialismo. Habla
allí de reestructuración histórica; de que la "verdadera reestructuración
histórica debe tener como impulsión a las reales fuerzas transformadoras de
la historia, pues si en verdad es el hombre quien hace su propia historia
(¡vaya con los monos!) lo es en la medida que interpreta y desentraña las
fuerzas sociales en lucha. Y también que “Urquiza y el pueblo, las
nuevas fuerzas sociales y nuevos intereses económicos, que arrastraron con
un gobierno inepto” y que “tiene vigencia la reestructuración histórica cuando
se procura un conocimiento objetivo-subjetivo de los orígenes de todo proceso,
no para quedar aprisionados en un pasado ancestral perimido” y “que cuando
se hace referencia al pueblo como constructor de la historia, no quiere
decir en absoluto que un gobierno apoyado ampliamente por el pueblo, por ese
solo aspecto sea un gobierno popular y deba ser acompañado por los
sectores más esclarecidos”, etc., si bien poco antes afirmara que “el
pueblo es la verdadera fuerza constructora de la historia”. Nunca en tan
pocas palabras pudo mostrarse tanta confusión mental. Un verdadero batido de
marxismo, chochez y grosso chico.
Este año es, de verdad, un año pródigo en ataques al llamado “revisionismo histórico. El de Souza es uno de ellos, casi el remate. No sólo la prensa diaria lo hizo, sino también el grupo académico, que alertó a la población sobre los avances de esta búsqueda que amenazaba con romper con todos los esquemas y deteriorar la imagen, ya cristalizada, de nuestra historia. Revisar el pasado es volver por la verdad tergiversada por los vencedores de Caseros. Es rehacer la historia acomodada hasta hoy a los intereses de tales vencedores y a sus compromisos internacionales. Es bucear en el pasado limpiamente con la secreta esperanza de poner en descubierto nuestras propias raíces. El “revisionismo” no es una escuela: no hay un cartabón que guíe los pasos del revisionismo. Su único objetivo es la revelación de la verdad que ha condicionado nuestra evolución social, política y económica. Por eso, necesariamente, el revisionismo histórico es nacionalista. El Dr. José María Rosa, que posee una profunda vocación de historiador y un talento parejos, contribuyó hasta hoy y sigue contribuyendo a cada día al mejor conocimiento de nuestro pasado que se hace, a través de sus inquisiciones – como diría Croce – historia actual, contemporánea. Estos ataques desesperados, casi histéricos, no hacen otra cosa que consolidar su personalidad y es, lo consideramos, uno de los mejores homenajes que se le hayan podido tributar. No hay investigador en el país que pueda mostrar una foja tan brillante de adhesiones y agresiones. Es la suya una posición envidiable.
Secretario de Publicaciones
I
LA AGRESIÓN
Una editorial llamada DEVENIR ha
reproducido, traduciéndola en forma de libro – y con el titulo de un libro mío
LA CAÍDA DE ROSAS – una crítica del
historiador brasileño José Antonio Soares de Souza, donde se me ataca con
tremendos calificativos y graves imputaciones por algunos pasajes de mi obra.
La editorial mencionada, con el confesado propósito de perjudicarme y
perjudicar a la corriente historiográfica revisionista en la que milito, ha
subtitulado su traducción Fraude, invención, embustes y adulteración
documental de José María Rosa.
En la contratapa se hacen
apreciaciones de este tenor: “El presente estudio sobre el libro del señor José
María Rosa: La Caída de Rosas, es un trabajo denso, objetivo, científico, y con
una enorme documentación, va desmenuzando el cúmulo de falsedades y embustes,
invenciones y adulteraciones de las fuentes que ha realizado el señor Rosa para
fraguar su adúltera historia, que por haber sido considerada el monumento
historiográfico rosista, el libro del Dr. Soares de Souza significará su
desmoronamiento, como así también la extirpación de esa farsa con pretensiones
de ser considerada historia. Pero este libro del Dr. Soares de Souza y que
Editorial Devenir pone al alcance de todo sincero interesado en una Historia
Argentina real, honesta y responsable, tiene otra importancia destacada: todos
los documentos falseados y adulterados por Rosa son transcriptos en su versión
textual e integra, y todas las afirmaciones antojadizas y las mentiras e
invenciones del señor Rosa se dan a conocer en su verdadera dimensión, alcance
y valoración. El libro del doctor Soares de Souza marcará una etapa en la
historiografía rioplatense”.
Con el propósito confesado, pues, de
“desmoronarme” a mí como historiógrafo y al revisionismo como verdad histórica,
la Editorial Devenir ha traducido y publica esta crítica. En el prólogo, un
señor José Raed dice que el libro controvierte todas las afirmaciones de La
Caída de Rosas, y se desplaza en términos violentísimos para calificarme.
Supongo que las gravísimas
imputaciones del subtítulo y la contratapa son el objeto principal, sino
exclusivo, del panfleto: impresionar a la generalidad de la gente. Porque aquel
que se arriesgue a comprarlo abonando su elevado precio, encontrará que los
cargos que me hace el historiador brasileño son baladíes y pintorescos; Que el
canciller Paulino José Soares de Souza vizconde de Uruguay (bisabuelo de mi
agresor) no era de familia tan modesta, como yo decía, pues su padre era un
honorable médico del Marañón; que al mencionar a su bisabuela diga simplemente
Ana María Macedo, cuando debí decir Ana María de Macedo Alvares de Azevedo,
pues descendía de los ilustres Alvares de Azevedo; que no haya puesto
referencias documentales al imputar un carácter hosco a un político
brasileño, o mencionar la relación paternal que existía con otro; que diga que
el marqués de Monte Alegre, ministro en 1848, se llamaba José Clemente
da Costa Carvalho cuando se llamaba José da Costa Calvalho, que diga que una
sesión del parlamento brasileño ha sido secreta cuando no lo fue, y cosas
semejantes. “Todo recubierto con una ristra de insultos, cargos de tergiversar
documentos o inventarlos, y apreciaciones agraviantes sobre los motivos que me
llevaron a estudiar y Juzgar personajes históricos de otro país.
No hubiera contestado la diatriba, limitándome a llevar a los
tribunales a responder por el delito de difamación al editor y prologuista del
libelo (el autor reside en Brasil), si no fuera porque algunos de los cargos
que se me hacen los reputo graves. Uno, el de mencionar entre los repositorios
por mi estudiados el Archivo del Vizconde de Uruguay en poder del autor
de la crítica, que éste dice “que no es cierto”; y el otro de modificar la
redacción de un documento donde Paulino Soares de Souza, entonces canciller del
Imperio, dice que “Urquiza hizo su pronunciamiento por instigaciones
nuestras”, cuando la redacción es que “Urquiza hizo su declaración por
instigaciones nuestras”. Como veremos, ninguno de los dos cargos es valedero
porque efectivamente yo estudié – y por largas tardes – el Archivo del Vizconde
de Uruguay como puedo probarlo (y Soares de Souza no me objeta que ninguno de
los documentos mencionados por mí, no se encuentre en su archivo), y el
documento que me atribuye haber adulterado se encuentra en el texto de mi libro
en la forma correcta.
Nada objeta el autor – ni podría
hacerlo – al mérito de la documentación empleada, que en buena parte he tomado
de trabajos suyos, y en los demás he señalado con precisión las publicaciones y
repositorios donde se encuentran, que Soares de Souza ha recorrido
cuidadosamente pues las menciona en su folleto. Nada a la tesis principal del
libro – la verdad sobre el pronunciamiento de Urquiza –, que él también ha
estudiado a fondo, aunque no comparta, lejos de ello, mi admiración por el
general Rosas. Le molesta, eso sí, que juzgue a los hombres y las cosas del
Brasil de ese tiempo con criterio argentino, aunque no me alcance a objetar
seriamente ni la base documental ni el razonamiento empleado. Y le molesta
sobremanera, y creo que esa es la causa eficiente de su desmedida reacción, que
trate a sus parientes próceres – es biznieto de Honorio Hermeto Carneiro Leâo,
marqués de Paraná, y de Paulino Soares de Souza vizconde de Uruguay – que
desempeñaron el principal papel, como Jefe del partido conservador o saquarema
el uno, y como ministro de relaciones exteriores el otro, en los
acontecimientos que llevaron a la caída de Rosas en febrero de 1852.
Supongo que la Editorial Devenir no comparte el criterio del autor. Supongo que no comparte con él más que los términos peyorativos hacia mí, que – prologuista y editor – extienden a la escuela historiográfica de la que formo parte, y con los cuales han adornado el subtítulo y la contratapa de su folleto.
Como una cosa así no puede hacerse
impunemente he promovido querella por injurias al prologuista y editores
del folleto. No quiero hacerlo con el autor, hombre ya anciano que ha sido en
otro tiempo un eficiente erudito en los temas vinculados con sus ilustres
antepasados, a pesar de que se ha tornado irascible, injusto y falto de memoria
y atención para conmigo.
El prologuista y la editorial
responderán ante los tribunales por el delito de difamación. Es un problema
entre ellos y yo. Pero tengo otro con el público, y por eso escribo estas
líneas.
Dos palabras antes de entrar en
materia para explicar los fortísimos calificativos que me distribuye el autor,
y no guardan proporción con los errores que me pretende atribuir. Es algo
típico de algunos académicos brasileños. Ciertos vecinos nuestros del norte son
gente amabilísima, siempre que no se sientan rozados en lo suyo o que imaginan
suyo. Cambian entonces radicalmente, desatándose con las peores injurias sin
que las cosas lleguen a mayores. Eso es habitual y corriente, y a nadie
extraña. Por eso no me siento ofendido con el autor; y pese a las gruesas
inventivas que me dirige le conservo la afección a que es acreedor por su obra
de investigador de cosas mínimas en el pasado de su ilustre familia.
Los historiógrafos brasileños
“académicos” de la índole de Soares de Souza, poseen su coto de caza
reservado donde no es lícito entrar sin la correspondiente autorización. Cada
uno es un especialista, y celoso, de alguna o algunas figuras del pasado, o de
determinada zona del tiempo o el espacio donde no permite el tránsito sin el
correspondiente pasaporte. Incurrir en una violación de propiedad histórica, es
inconcebible para un académico de Brasil; quien comete la trasgresión se hace
pasible de tremendas sanciones que van desde la conspiración del silencio a
denuestos e imputaciones desaforadas.
Yo he incurrido – ingenuamente lo
confieso – en ese delito de violación de propiedad histórica brasileña al
ocuparme, tangencialmente, de los dos bisabuelos de Soares de Souza cuya labor
como historiador consiste en las biografías de sus ascendientes, o de hombres o
cosas directamente relacionados con ellos. Él es el dueño de los próceres,
y yo no debí tocarlos sino bajo su dirección y asesoramiento.
Claro que por más que tengo simpatía por esta dedicación de Soares de Souza a los suyos, y admiración y respeto por sus nobles antepasados que atinaron a conducir la política brasileña llamada de la “hegemonía continental”, y fueron los artesanos de la caída de Rosas en 1852; como tengo mucha – dejándolo bien establecido en mi libro – por las demás figuras de la aristocracia brasileña que se condujeron con patriotismo, inteligencia y solidaridad en esos difíciles momentos de Brasil, cuando la tremenda sombra de Rosas cubría con su prestigio el continente; no puedo sino juzgar las cosas del vecino país con criterio de argentino. Sus conductores no me interesan como próceres impolutos sino como seres de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades, equivocaciones y aciertos. Y no considerarlos como estatuas es un pecado para algunos brasileños (que espero sean los menos), sobre todo si quien lo hace es un extranjero. Y, más que nada, es un gran pecado para los miembros de su familia, si además, son historiadores.
Yo no he incursionado en la historia
de Brasil con afán iconoclasta de extranjero -como supone mi contradictor –
sino para conocer y explicar las causas que llevaron a la caída de Rosas; y
Rosas es argentino. Además debo confesar que no me siento del todo extranjero
al transitar por la historia de América Latina. Claro que antes que nada soy
argentino, y me interesan principalmente las cosas brasileñas que se relacionen
con mi país. Admiro, aunque no comparto, la acción de los aristócratas
brasileños, apoyados por la carencia de patriotismo de las clases privilegiadas
del Plata. Porque la verdad es que Brasil contó con una aristocracia patriota,
que estuvo en todo tiempo al servicio de su nación, cosa que nosotros – con
nuestros intelectuales conspirando en Montevideo contra su tierra – no podemos
decir. Tuvimos eso sí, un gran pueblo y un gran jefe; pero un pueblo y un jefe
no bastan a estabilizar una política. Nos faltaron los Paulinos y Honorios,
astutos, enérgicos y patriotas que dieran alma a la obra de Rosas.
La Caída de Rosas es un libro que
cambia el conocimiento habitual sobre un período decisivo de nuestro pasado,
tal vez el más decisivo. De allí su éxito editorial y de allí los
procedimientos empleados para acallarlo. Publicado en España en 1958, su
primera edición fue silenciada por la prensa. No obstante se agotó. Como la conspiración
del silencio ya no es eficaz – y nadie podía criticarlo con documentos a la
vista – se ha buscado el procedimiento de calumniarlo y calumniar al autor, por
el medio poco digno de reproducir una crítica inconsistente y menuda, precedida
del fragor de gravísimas imputaciones en el subtítulo, contratapa y prólogo de
un panfleto.
Mi libro es un trabajo de
aliento, que ocupaba 628 páginas en su edición primera y 724 en la posterior.
Consta de dos partes: Relaciones entre el Imperio y la Confederación (1848 a
1851) y La guerra (1851-1852). Lo preceden cuatro estudios a manera
de introducción (reducidos a tres en la segunda edición), porque uno de ellos
“La República independiente de Río Grande y sus vinculaciones con las
Repúblicas del Plata” preferí agregarlo al texto). Los otros tratan de “Figuras
y condiciones de la aristocracia brasileña”, “Inglaterra y Brasil (1822-1845)”
y “La Confederación Argentina, su pueblo y su Jefe”. En ellos, simples “estudios
de introducción” como los llamo, quise dar en apretada síntesis, una idea
del estado social, político y económico de Brasil y la Argentina, y de la
interferencia británica en ambas durante la primera mitad del siglo pasado, a
fin de que el lector conociera el medio donde iba a desarrollarse el drama
culminado en Caseros.
En la primera parte, dividida
actualmente en nueve capítulos, estudio documentalmente la guerra de diez años
de los farrapos riograndenses con sus implicancias en el Plata; la
política de Brasil contra la Confederación después que Rosas se negó a
ratificar el tratado de alianza del 24 de marzo de 1843 preparado en Río de
Janeiro; política que culmina en 1844 con la misión del vizconde de Abrantes a
Londres y París a fin de acoplar el Imperio sudamericano a la intervención
anglo-francesa contra las repúblicas del Plata en gestación; el rechazo de la
participación brasileña por los interventores que, Juntamente con los triunfos
militares y diplomáticos de Rosas y la necesidad de proteger Brasil contra la
prepotencia británica exteriorizada en el Bill Aberdeen contra el tráfico de
esclavos, llevaron al Imperio vecino a un acercamiento con Rosas; la
consecuencia de las revoluciones de 1848 en Brasil que produjeron la reacción
saquarema y el alejamiento entre Rosas y Brasil; la grave amenaza para el
Imperio de que Rosas, liberado de los interventores anglo-franceses se lanzase
sobre el Brasil para cobrarse sus muchos créditos y – conjeturalmente –
reconstruir el virreinato del Plata; el dilema “o Rosas o el Imperio”
voz de orden en Río de Janeiro en 1849; el ministerio de Paulino Soares de
Souza con la preparación de la guerra; la ruptura de relaciones provocadas por
Rosas en setiembre de 1850 con las apreciaciones del canciller Paulino de que
Brasil “no resistiría una guerra en el sur”.
En la segunda parte – La Guerra
– estudió la personalidad de Urquiza, general en jefe del ejército de
Operaciones argentino que llevaría la guerra a Brasil; la astuta y hábil
política del Canciller Paulino y del jefe de los conservadores brasileños,
Honorio Hermeto Caneiro Leâo, para captar a Urquiza como solo medio de ganar
una guerra perdida; la correspondencia secreta entre los agentes del general
argentino y el ministro brasileño en Montevideo; la exigencia brasileña de un
pronunciamiento “claro y público” a hacerse por Urquiza, y que se comprometiese
a dar el premio grande a Brasil después de la guerra; la verdad sobre el
pronunciamiento de Urquiza y el tratado entre el Imperio, Urquiza y la ciudad
de Montevideo de 29 de mayo de 1851; la invasión de Urquiza y Brasil al
Uruguay; la declaración argentina del estado de guerra con Brasil el 18
de agosto de 1851; las exigencias monetarias de Urquiza para llevar la guerra
contra su patria, y la manera como se satisfacieron; los tratados del 12 de
octubre de 1851 que dieron a Brasil el premio de la victoria, quedándose como
medio Uruguay e imponiendo el protectorado al otro medio (que al ratificarlos
Urquiza después de Caseros hicieron perder los derechos argentinos a las
Misiones Orientales). Y finalmente la campaña de Caseros, y las consecuencias
sociales y políticas de la batalla del 3 de febrero de 1852.
Apoyo mis afirmaciones en mil
novecientos documentos y citas bibliográficas, transcribiendo en síntesis o in
extenso importantísimos y graves escritos. A veces en su idioma original,
con la traducción al pie, para no perjudicarlos con una posible mala traducción
si me hubiese limitado a ella.
Quince años – desde 1943 a 1968 –
empleé en la elaboración de La Caída de Rosas. Trabajé en los archivos
de Relaciones Exteriores de Buenos Aires; agoté los legajos de Rosas, Guido,
Urquiza, y muchos más en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires;
escruté los papeles de Lamas y Manuel Herrera y Obes en el Archivo de la Naeión
de Montevideo; estudié la magnífica colección de microfilms de los repositorios
brasileños que hay en el Museo Nacional de Montevideo; encontré en el Archivo
Americano y La Gaceta Mercantil de Rosas la reproducción de
periódicos de todas partes del mundo entre 1843 y 1852; Luis Alberto de Herrera
me facilitó las reproducciones que había hecho sacar de documentos del Quai
d’Orsay y el Foreing Office; adquirí la bibliografía posible
argentina, uruguaya y brasileña que tuviese relación con el tema. Y con ese
copioso material redacté mi libro tratando de darle forma amena y concisa sin
dejar de documentarlo con precisión. Terminé mi trabajo en Madrid gracias al
apoyo del Instituto de Estudios Políticos, y bajo ese prestigioso sello lo
publiqué en España a principios de 1958. Posteriormente introduje algunas
modificaciones en la segunda edición, que se lanzó en Buenos Aires el año pasado.
Como lo dice en su crítica, entré en
relación epistolar con Soares de Souza a mediados de 1956, encontrándome yo en
Montevideo trabajando La Caída de Rosas. Conocía su libro A Vida da Visconde
de Uruguai y algunos artículos publicados en revistas históricas
brasileñas. Era un especialista en la época que estaba estudiando y,
evidentemente, un papelista laborioso que, además del valioso repositorio del
Vizconde de Uruguay – en su poder – fatigaba los archivos de Río de Janeiro y
Petrópolis en busca de datos sobre la actuación de dos bisabuelos suyos (el
mencionado vizconde, Paulino José Soares de Souza, y el marqués de Paraná,
Honorio Hermeto Carneiro Leâo). No podía decirse que fuera un verdadero
historiador, y evidentemente no atinaba a diferenciar lo principal de lo
accesorio. Pero cumplía una labor prolija y fecunda cazando papeles viejos. Era
el obrero que fabricaba los ladrillos para que otros levantasen el edificio.
Mi relación epistolar con este
erudito fue afectuosa, como lo demuestra en la carta acompañada. (se refiere
a una carta del 6/03/55 que J.A. Soares de Souza enviara a J.M.Rosa, en
conocimiento de su investigación y poniéndose a disposición para eventuales
consultas – no incluímos el facsimil por no ser relevante y no abultar el
espacio usado en el servidor de Internet. Si a algún lector le interesa se la
enviara por E-Mail a su pedido – Eduardo Rosa) Se mantuvo entre 1956 y
1957, encontrándome en Montevideo y Madrid. En junio de 1958, le entregué en
Río de Janeiro dos ejemplares de La Caída de Rosas (uno para él y otro para la
biblioteca del Instituto Histórico y Geográfico del que era miembro).
Pasaron los años y nada más supe de
él. No contestó mis cartas dirigidas a su domicilio de Niteroi primero, y luego
– suponiendo que la jubilación le hubiese permitido dejar la ciudad provinciana
– al Instituto de Río de Janeiro. Ahora sé, por el folleto publicado, que se
llenó de indignación por mi libro. Indignación volcada en una crítica
mordacísima en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico brasileño, que
publicó en el volumen 264 correspondiente a 1964, para “defender a Brasil, a
los hombres del Imperio y a la provincia de Marañón (?) de presuntas ofensas
mías que solo estaban en su excesiva susceptibilidad. Una manera de desahogar
su rencor por haberle invadido el coto histórico, a que los Juicios críticos en
esa publicación oficial de escasa repercusión, no alcanzan mayor trascendencia.
No pudo encontrar argumentos y recurrió a la imaginación: infló algunos errores
míos, me acusó de escribir sin documentos sobre sus antepasados, y de mencionar
repositorios que no visité, supuso intenciones, atribuyó omisiones, y el todo,
acompañado de un rosario de insultos, lo publicó después de seis años de
meticulosa expurgación de mi libro, cotejándolo con los originales de los
archivos brasileños que yo citaba.
No era un juicio critico sino un
panfleto, y no tuvo ninguna trascendencia en Brasil; a lo menos no me han
llegado apreciaciones de mis numerosos amigos. Allí deben conocer al crítico.
Pero no ocurrió lo mismo entre nosotros, y algunos ecos escuché de ese “palo”
por historiadores de nuestro medio. No pude hacerme de ningún ejemplar de la
revista, y mis tentativas para traerla de Río de Janeiro resultaron
infructuosas. Soares no contestó a las cartas donde se la pedía, y el librero
Fernández Blanco, a quien encargué el cometido, no pudo cumplirlo supongo que
por lo reducido del tiraje.
Ahora se reproduce en Buenos Aires
con gran estrépito y en forma de libro. Sospecho que Soares de Souza es ajeno a
su traducción y reproducción, porque el tema que aborda (mis ofensas a Brasil y
a sus antepasados, la defensa que hace del estado de Marañon) no puede tener
eficacia fuera de su país. Los editores se han entusiasmado con los cargos y
acusaciones que gratuitamente me hace Soares, y sobre todo – deleitándose al
reproducirlas en la tapa, contratapa y prólogo – con las fuertes imputaciones y
calificativos peyorativos que el autor me distribuye generosamente en cada
párrafo de las nutridas doscientas páginas de su “trabajo denso, objetivo
científico”, como califican los editores a la desaforada crítica del
historiador brasileño.
Al extraerla del archivo del
Instituto Histórico de Río de Janeiro, y publicarla aquí sin un objetivo
análisis de los cargos formulados, los editores han hecho un escaso favor a
Soares y conseguirán un objeto inverso del presupuesto. Porque me es sumamente
fácil levantar las fragorosas pero endebles acusaciones. Sólo quedarán los agravios
personales. De ellos, responderán ante quien corresponda ; no así Soares de
Souza si es ajeno – como supongo – a este manipuleo de sus desahogos íntimos.
Soares de Souza está enojado, muy
enojado con mis apreciaciones. Dice que por tratar despectivamente al Brasil,
pero yo creo que es por invadirle su predio histórico privado. Me atribuye el
propósito avieso de denigrar a sus antepasados, lo que está lejos de mí; como
tampoco me permitiría un juicio peyorativo del gran país vecino, que admiro y
estimo. Dice que me burlo del Imperio de Pedro II y sus figuras “con el objeto
de defender al Héroe del Desierto porque no me he conformado todavía con su
derrota”. Sería una mala estrategia defender a Rosas rebajando a quienes – si bien
alevosamente – consiguieron vencerlo en definitiva.
Lo que molesta a Soares de Souza no
es tanto el texto ni la documentación de mi libro – que salvo un discurso de
Paulino, algunas apreciaciones mías, y unas fechas erróneas (algunas sí, y
otras no) no objeta sino el estudio a
manera de introducción Figuras y condiciones de la aristocracia brasileña
donde hago en seis páginas una semblanza de sus ilustres bisabuelos Paulino y
Honorio. Por esas semblanzas me arroja toda su artillería gruesa: matrero, pícaro,
payaso de circo de segunda clase, mentiroso, acomplejado profesor, ironista
tonto, falto de idoneidad, que “esboza de acuerdo a sus intereses un
personaje que dice ser Paulino Soares de Souza”, que “escamotea documentos,
arregla y miente”, “no hay frase que se refiera a Brasil que no contenga tres o
cuatro falsedades”, “se propone denigrar a todos aquellos que tuvieron una
parcela de responsabilidad en la caída de Rosas”. Y llama a mi libro estrafalaria
historia, serie de calumnias y tonteras, desnutrida, insulsa farsa que tramó el
pícaro, fraude, afirmaciones mentirosas y gratuitas, engaño, invenciones,
grosera historia, método confuso, estúpida versión, parloteos, escamoteos,
“historia que además de ser árida resulta confusa” y otras cariñosas apreciaciones.
Así es el tono del “trabajo serio,
objetivo y científico” que traduce y publica en Buenos Aires al Editorial
Devenir con el confesado propósito de “marcar la caída... de Rosa”.
Dice un proverbio francés que la
chanson c’est le ton.
Para rebajarme – y enaltecerse –
dice Soares que en el texto de La Caída de Rosas “no existe un solo
documento que haya sido fruto del trabajo del profesor Rosa. En la mayor parte
le brotó la inspiración en mis libros”. La negación es gratuita, porque
menciono muchos documentos exhumados por mí en los archivos argentinos,
uruguayos, y aquellos brasileños microfilmados en Montevideo.
Acepto que me valí de muchos otros publicados por Soares, que ha consagrado su larga vida a recorrer archivos de su patria que tratasen de sus dos antepasados, que fueron precisamente los artesanos de la caída de Rosas; y posee en su casa el valiosisimo repositorio del vizconde de Uruguay. Al citar el trabajo de Soares lo he hecho correctamente mencionando los libros o monografías de donde los he tomado, y expresándole mi agradecimiento en la portada por sus “biografías y estudios... (que) me han sido de gran valor”. Tiene razón al decir que me he valido de sus investigaciones; pero entiendo que las ha publicado para que se interprete la historia de Brasil, y no para su uso personal. Es cierto, certísimo, que “me brotó la inspiración” en sus libros. Pero no en el texto miope, sino en los documentos transcriptos cuya trascendencia no ha comprendido hasta ahora.
Cada uno a lo suyo: Soares a
publicar fuentes históricas, y yo a interpretarlas. Porque la tarea
historiográfica no se agota en la exhumación de las fuentes. La historia no son
los documentos; es la vida, la sociedad, la política, la economía, las modalidades
de un pueblo extraídos de los documentos después de valorarlos con una
cuidadosa crítica. Él publica las fuentes en una meritoria labor que reconozco y agradezco; yo me valgo de ellas
para escribir historia.
Con el propósito de rebajar mi
libro, dice Soares que La Caída de Rosas “no ha tenido ninguna repercusión
en Brasil”. Es una apreciación que me permito no compartir. Su minuciosa,
agresiva y extensa crítica demuestra lo contrario; los informes que tengo del
Instituto de Estudios Políticos de Madrid que la editó y de la Librería Europa,
también de Madrid, que la distribuyó, hablan de ejemplares remitidos a pedido
de las librerías brasileñas; el embajador Luiz Bastian Pinto leyó el libro y
buscó relacionarse conmigo. Me habló del interés despertado en su país, y por
él supe que Soares publicó en 1959 – un año después de La Caída de Rosas – un
libro sobre Honorio Hermeto Carneiro Leâo, que extrañé no me hubiese remitido
como lo había hecho con los anteriores. Fue la primera advertencia, agregada a
cartas no contestadas, de que algo andaba mal en nuestras relaciones. Para
suplir su falta Bastian Pinto me envió un ejemplar desde Brasil.
Es posible que La Caída de Rosas no
encontrase repercusión en el medio académico donde se mueve Soares. No conozco
a los demás integrantes del instituto oficial para afirmarlo con certidumbre,
pero no me extrañaría.
No le gusta a éste que en un libro,
donde invado su coto particular de caza histórica, haga mención de su nombre
agradeciendo el aporte documental tomado de sus libros y artículos. Aclaro que
el nombre de Soares de Souza figuraba junto al de los orientales Luis Alberto
de Herrera, Juan F. Pivel Devoto y Mateo Magariños de Melho; de los españoles
Diego Salas Pombo y Manuel Fraga Iribarne; de los argentinos Julio Irazusta,
Alberto Contreras, Fermín Chaves, Rodolfo Puiggrós, J.J. Real y Juan Pablo
Oliver, y de mi esposa Ana María Roeca, que de alguna manera, sea por sus
trabajos en la materia, haberme facilitado documentos o libros, ayudado en la
elaboración, o simplemente alentado la obra, entendí que eran acreedores a mi
agradecimiento. Yo creí que le hacía un honor incluyéndolo en esa lista y
parece que me he equivocado. Lo borraré. Revoco el agradecimiento por
ingratitud.
Protesta porque “el hecho que (yo)
haya adquirido o aún recibido (algún trabajo suyo) no lo autoriza a mostrarse
agradecido”. Con esta frase se va diseñando la mentalidad y sensibilidad de mi
detractor. Protesta porque he hecho seguir la mención de su nombre de la
frase “poseedor de la documentación de sus bisabuelos el marqués de Paraná, y
el vizconde de Uruguay” que es una grave inexactitud (la primera grave
inexactitud de La Caída le Rosas), porque si bien es cierto que tiene todos los
papeles de su bisabuelo-vizconde, sólo posee pocos del bisabuelo marqués.
Quedo enterado. Y paso al propósito de esta publicación.
II
LOS FRAUDES, INVENCIONES
Y ADULTERACIONES DOCUMENTALES ATRIBUIDAS
En el subtítulo de la publicación se
me atribuyen fraudes, invenciones, embustes
y adulteración documentales. Voy a separar los fraudes,
invenciones y adulteración documental atribuidos – que harían a mi ética
profesional como historiador – de aquello que los editores y Soares, llaman embustes,
y son divergencias de opinión al juzgar los hombres y las cosas del pasado.
Analizaré unos y otros, hasta
no dejar en pie ninguno de los cargos de Soares. Aclaro que sólo los primeros
podrían preocuparme, por cuanto nunca he tenido pretensiones coincidir con todo
el mundo en mis apreciaciones históricas, no obstante que dado su temperamento
bilioso y vocabulario tropical, Soares me descarga los peores adjetivos cuando
su opinión no coincide con la mía en la apreciación biográfica de sus
antepasados, o en el ejemplo que Rosas dio a Brasil de resistir por las armas
las intromisiones británicas. Y eso corresponde a una polémica, y no a un
escrito de cargos que cuestiona la probidad intelectual de un historiador. Tal
vez como estos son escasos y endebles, el crítico – y sus editores – han sumado
aquellos a fin de presentar algo de más bulto.
Veamos los
fraudes, invenciones y adulteración documental. Expurgando el folleto, serían
los siguientes:
1º) Que me atribuyo
haber investigado en el Archivo del Vizconde de Uruguay, en su poder, y no lo
he hecho.
2º) Que
menciono cartas “que no existen” donde dos políticos brasileños se dan
un tratamiento familiar.
3º) Que he inventado
un personaje inexistente incluyéndolo en un ministerio de 1848.
4”) Que he intercalado
una frase de Guizot en un discurso de Paulino Soares de Souza.
5º) Que
llamé secreta a una sesión del parlamento brasileño que fue pública.
7º) Que he cambiado
la redacción de una carta reservada de Paulino tomada de un libro del autor, y
la atribuyo a otro.
8º) Que no
doy fielmente un dictamen emitido en el Consejo de Estado brasileño.
9º) Que atribuyo
a Honorio Hermeto Carneiro Leâo, gestiones que no hizo.
10º) Que atribuyo
al mismo Honorio un plan político inexistente.
11º) Que falsifico
el informe reservado de un cónsul, al dar su extracto.
12º) Que equívoco
fechas
13º) Que tergiverso
una cita del autor que sirve de
apoyo a la versión que doy de una conferencia de 1844 entre el Canciller
Paulino y el ministro argentino Guido.
Veámoslos
uno por uno.
1) Que
no he investigado el Archivo del Vizconde de Uruguay, y no obstante lo cito.
Este es un
cargo grave, quizá el más grave de todos, y Soares lo repite siete veces en el
curso de su folleto, Yo soy un mentiroso porque no fui a visitarlo a su
casa de Niteroi donde tiene el Archivo de su bisabuelo paterno; mis entrevistas con él fueron
exclusivamente en Río de Janeiro en el local del Instituto Histórico
(rectifico, no sea que me atribuya una nueva mentira: “mi entrevista”
puesto que tuve una sola). Como menciono el Archivo del Vizconde al pie de
algunos documentos citados, se descarga en términos ofensivos matrero,
inventor, farsa que tramó el pícaro. Yo no debí decir que esos documentos los investigué en el
Archivo del Vizconde “dando a entender que lo conoce en su totalidad” porque
seguramente los he encontrado en las publicaciones que los habrían reproducido.
De allí, supone intenciones: yo mencionaría el Archivo del Vizconde “que dice
haber estudiado y no estudió”, para “dejar maliciosamente sobreentendido que
todas aquellas falsedades (mis apreciaciones sobre su bisabuelo) que pudiese
aportar al texto de su libro las había investigado en el archivo del vizconde
de Uruguay que nunca vio, u obtenido a indicaciones mías que no le remití
jamás... Con eso salir desembarazadamente escribiendo sobre el vizconde de
Uruguay con minuciosidad apabullante”.
Pero yo he investigado el Archivo
del Vizconde de Uruguay. Porque debe haberse olvidado Soares que su
archivo está microfilmando en Montevideo en una labor que realizó, como en
otros archivos, el Dr. Mateo Magariños de Melho por cuenta del gobierno
uruguayo. Magariños me facilitó en 1956 los films del archivo de Soares, de los
de Itamarty y otros brasileños, precisamente para escribir La Caída de Rosas.
Y el Dr. Juan F. Pivel Devoto, director del Museo Histórico de Montevideo, puso
a mi disposición el aparato para ampliar y leer los microfilms; labor que
realicé en Montevideo entre setiembre y diciembre de 1956. Si Soares hace
memoria, recordará que dejó fotocopiar su archivo al historiador uruguayo
mencionado.
A otra cosa.
2) Tratamiento
familiar de Bernardo
Pereira de
Vasconcellos con Paulino Soares de Souza.
Mi crítico
es un erudito distinguido, que como muchos eruditos capta lo accesorio y
descuida lo principal, aunque a veces, como al tratar de sus ilustres
antepasados, no consigue acertar ni con lo accesorio. Yo, sin haberme tomado la
molestia de escudriñar los detalles de la vida de sus ascendientes, ni ser de
su familia, ni brasileño, acierto la petite histoire mucho más que él.
Me basta una facultad que al parecer no tiene; aquella que los antiguos
llamaban intus legere, “leer adentro”, comprender, y hoy decimos inteligencia.
Ignoro si la palabra existe en portugués.
Me reprocha
– y con graves palabras: mentiroso, que dice haber leído cartas que no ha
leído (porque están en su Archivo), falso historiador – que no acompaña de
pruebas documentales cada una de las palabras sobre sus antepasados en las
ligeras semblanzas que sirven de introducciones a mi libro. Si lo hubiera,
hecho, para escribir seis páginas de una introducción no me habría bastado una
existencia de agotar repositorios brasileños.
Porque yo
digo que Bernardo Pereira de Vasconcellos (otro gran político brasileño) era
“hombre de carácter hosco.. “un sentimental fracasado... le abrió su
amistad (a Paulino), que con desconcierto de todos se hizo su amigo, su único
amigo”, tratando paternalmente el más viejo al más Joven de “meu filho”, la
indignación de mi contradictor se hace apocalíptica. Eso es una “farsa que
tramó el pícaro, ¿dónde encontró las cartas, señor Rosas, que apoyen lo que
dice? ¿En el archivo que dice que consultó, pero que no consultó?... engaños...
falsificaciones”. Y me apabulla con una cita de Wilhem Bauer: “El
aprovechamiento de fuentes auténticas (su biografía sobre Paulino i.m.) con la
finalidad de realizar una falsificación, ocurre tan frecuentemente como la
falsificación misma”.
Y sigue mi
detractor ya lanzado en la carrera de las ofensas: “¿Quién dijo eso (que
Vasconcellos era un solitario hosco y un sentimental fracasado) al señor Rosa?.
¿De qué documentos dedujo la soledad y el sentimentalismo frustrados de
Vasconcellos? ¿De las cartas que el señor Rosa finge conocer, pero que nunca conoció?
No. De esas cartas no se puede inferir tal cosa”. Y acto seguido me transcribe
19 cartas de Bernardo a Paulino que posee en el Archivo del Vizconde de Uruguay
“que el señor Rosa finge conocer pero que nunca vio”. Para seguir ufano: “¿Qué
queda de la historia del señor Rosa con respecto al párrafo trascripto? Nada
más que el propio fraude... ¿Desconcierto de todos, dice? ¿Quiénes son todos?
¿,Los conservadores? ¿Los liberales? ¿Los conservadores y liberales juntos? No
lo dice el señor Rosa porque él mismo (o ignora), como ignora también la fecha
en que se habría verificado el desconcierto. ¿Cómo supo el señor Rosa lo del
desconcierto, sino aún de su único amigo? ¿Es a eso que el señor Rosa
llama historia? Eso, tanto en portugués, como en castellano es fraude, es
engaño, es invención”.
¿Por qué se
enojará tanto el señor Soares de Souza por algo de tan relativa trascendencia
como la íntima amistad de dos políticos brasileños del mismo partido? ¿Qué
importancia tendría que yo, valiéndome de las propias cartas amistosas que cita
(el tratamiento es excesivamente cariñoso) del archivo de su bisabuelo – que sí
vi en Montevideo, pero no me detuve en ellas porque mi interés estaba en otras
cosas – hubiera deducido una amistad íntima y el carácter hosco de Vasconcellos
en una semblanza preliminar a mi libro? ¿Vale para impugnarme en la forma que
lo hace?
Pero
resulta que sin escudriñar en repositorios brasileños las modalidades privadas
de Bernardo Pereira de Vasconcellos, ni detenerme en la correspondencia íntima
con Paulino Soares de Souza, yo he dado en lo cierto al afirmar lo que afirmo.
Porque el biógrafo oficial de Vasconcellos, Octavio Tarquinio de Souza,
en su biografía Bernardo Pereira de Vasconcellos é seu tempo (Livraria José
Olympio Editora, Sao Paulo – Río, maio, de 1937), dice en la pág.43:
“No cultivó
(Vasconcellos) la benevolencia de nadie; nunca tuvo la preocupación de
agradar”. Quedamos, por lo tanto en que Vasconcellos era hosco, ya que lo dice
su dueño el académico Tarquinio de Souza. Podría citarlo a mi impugnador que ha
olvidado que escribió en A Vida do Visconde de Uruguai apoyándose en
Tarquinio: “Vasconcellos foi o político mais odiado de seu tempo. Viveu amarguradamente.
Desde moço sofria de um mal de espinha incuravel que o tornara paralítico,
horrendo é velho precocemente. Despois de uma das crisis de molestia, éle caía
num profundo abatimiento” (pág. 61). ¿Le valdrá a Soares su propio texto – que
le doy en portugués para que lo recuerde mejor – para que no me tire con Wilhem
Bauer?
En cuanto a
la amistad íntima de Bernardo y Paulino y las cartas paternales de aquél a
éste, dice Tarquinio de Souza: “Su correspondencia (de Vasconcellos de esa
época -1841 - con el después vizconde de Uruguay, deja fuera de dudas el
entendimiento, el acuerdo, la coincidencia de opinión entre ambos, así como
testimonia una amistad estimulada por el mayor aprecio, y a la que no faltaba
confianza y abandono. Con Paulino de Souza, Vasconcellos tenía extremosas
atenciones”. Había por lo tanto cartas íntimas, de abandono, que testimoniaban
amistad y confianza entre el hombre viejo y el joven.
Sobre el desconcierto
de todos: la amistad de un hombre horrendo, hosco, odiado, antipático, (con
un) mundano, buen mozo, como Paulino me desconcierta a mí. ¿No lo desconcierta
a usted? En cuanto a lo de sentimental fracasado: Bernardo era “sentimental”,
las cartas que acompaña Soares a su crítica lo demuestran. Y fracasado:
muy pocos, fuera de Paulino, de su hermana Dioguina, y podría agregar del
general Guido tuvieron cariño por Bernardo (gran admirador de Rosas, entre
paréntesis). No podía volcar su sentimentalismo en muchos.
Sobre este
asunto tan nimio dice mi detractor: “Como no tenía (yo) elemento alguno para
apoyar la farsa engendrada (mis afirmaciones de la íntima amistad, el
carácter hosco, y el desconcierto de todos) inventó cartas (las
menciona Tarquinio de Souza) fraguó palabras (meu
filho) y citó un archivo que nunca vio”. Esto último es gratuito, porque no
cité ningún archivo para documentar pavadas.
A otra cosa.
4) He
inventado un personaje
Al formarse
el gabinete conservador del 29 de setiembre de 1848, llamado miguelista
por los liberales por haber jurado el día de San Miguel (haciendo un juego de
palabras con los absolutistas miguelistas de Portugal que en esos años
levantaban a Don Miguel de Braganza contra Doña María de la Gloria), me
imputa mi detractor que evidencia no conocer este mote liberal de los
periódicos de la época – que “se escandaliza el señor Rosa con el inocente
hecho de haberse constituido el gabinete el día en que la iglesia festeja a San
Miguel como si fuese ese día nefasto a la realización de cualquier acto de la
vida humana. Aquí la tontería raya en el delirio: “Llega hasta mofarse (Rosa)
no sólo de los ministros miguelistas como los apoda, sino aún del propio
santo (esto no, mi querido Soares: intercalación mía). Y así sigue en
varias páginas burlándose del feliz acaso que colocó al gabinete conservador bajo
la protección de San Miguel”. A continuación cita a Vorágine para decirme
que “San Miguel lucha contra Satán y sus ángeles malos y los arroja del
paraíso”, y lo mismo habría hecho el gabinete conservador del 29 de setiembre
arrojando a Rosas y los federales del Plata (?).
Pero éste
no es el cargo que me hace. Es una, apreciación al pasar. Como yo digo
que en el gabinete miguelista “el vizconde de Monte Alegre, José Clemente da
Costa Carvalho, ocupa el ministerio de Imperio. El prestigioso bahiano,
integrante de la Regencia Trina...”, me salta mi erudito fiscal para
corregirme: el vizconde de Monte Alegre no se llamaba José Clemente da Costa
Carvalho, sino simplemente José da Costa Carvalho. Al ponerle José
Clemente yo “invento un personaje” porque no hay en la historia de Brasil
ningún José Clemente da Costa Carvalho. Nada hace que yo individualice al
ministro de Imperio del gabinete miguelista con el titulo de nobleza que poseía
– vizconde de Monte Alegre – ni que haga referencia al “prestigioso
bahiano, integrante de la Regencia Trina”, ni diga que su fuerte
mano en la cartera de Imperio le valió el renombre de o terrivel.
Sobre el
pequeño error se lanza despiadadamente mi cruel fiscal con curiosas inferencias
que probarían la clase de fe de su crítica, si no demostraran – prefiero
creerlo – un lamentable estado mental Al deslizar el Clemente después
del José yo “Mezclo deliberadamente dos personajes”. Porque mi corrector conoce
un José Clemente aunque no se apellidaba da Costa Carvalho sino Pereira,
no fue Regente, ni Vizconde de Monte Alegre, ni ministro de Imperio en el
gabinete de 1848, ni le decían o terrivel, ni actuó por esos años sino
muchísimos atrás.
¿Con qué aviesa finalidad rosista,
se pregunta mi impugnador, yo resucito a ese otro José le cambio el apellido,
lo condecoro con el vizconde San Vicente, lo hago Regente de la Trina y lo
ofendo con el mote de terrivel, cuando el apellido Costa Carvalho, el
vizcondado, la regencia, el ministerio en 1848 y el mote pertenecen a quien no
posponía el Clemente a su primer nombre
de pila? Y para mi ilustración me hace una biografía del personaje que he
ofendido: fue un honrado y buenísimo Juiz da Foira en los años del reinado
de Don Pedro I “que no fue vizconde ni marqués de Monte Alegre, no fue ministro
del gabinete del 29 de setiembre de 1848, no se metió en forma alguna con la
política del general Rosas y nada tuvo que ver con la caída de Rosas, y cuya
viuda, Doña Engracia María da Costa recibió del emperador el titulo de Condesa
da Piedade por lo mucho que hizo su marido por la Santa Casa de la
Misericordia. ¿Por qué entonces figura difamado, calumniado, metamorfoseado en el libro del señor Rosa?”. Yo
cometo una injusticia una tremenda injusticia, llamándole terrivel como era el
José que no es Clemente, y además incurro en un anacronismo al ponerlo en
tiempos que no son los suyos. Y “el anacronismo – me dice con la
correspondiente cita de Wilhem Bauer – en su más amplio sentido es el pecado
contra la autenticidad histórica”. Yo he inventado un personaje “de
acuerdo con sus maquinaciones históricas (las mías); invención típica
del señor Rosas, estúpida versión, uno más de los fraudes e invenciones que se
encuentran estampados en su libro de una ingenuidad espantosa”.
Basta. A otra cosa.
4) Una frase Guizot intercalada
en un discurso de Paulino
Me acusa de “injertar en el discurso de Paulino (pronunciado en la cámara de diputados brasileña el 22 de mayo de 1846, que yo extracto en la pág. 136 de La Caída de Rosas, 1ª ed.) una frase dicha por Guizot en la cámara de los pares francesa en la sesión del 15 de enero (de ese año)”, Comprobación que debe haberle sido fácil a mi tremendo corrector, porque el discurso de Guizot con la frase aludida lo extracto en una nota de la pág. anterior – 125 – de mi libro, y en la siguiente está, en el texto, el extracto del discurso de Paulino, donde se repite levemente modificada la frase del francés.
Esta es elocuente: “Para hablar con
propiedad – había dicho Guizot en enero – no hubo iniciativa (de la
intervención anglofrancesa contra la Argentina) sino de Brasil”. En mayo
Paulino interpelando al gabinete liberal Hollanda Cavalcanti-Cayrú sobre su
conducción internacional, pregunta por la misión Abrantés – que fue en 1844 a
gestionar en Londres y París la intervención conjunta anglo-franco-brasileña
contra la Argentina – que “ha tenido un resultado y bien triste para nosotros:
fuimos a dar un color americano a la intervención”, y repite lo de Guizot “A
decir verdad no hubo iniciativa (de la intervención) sino de Brasil”.
Me empieza diciendo Soares de Souza
que esta frase última “no se encuentra en el original portugués” – tiene a la
vista el Jornal do Comercio del 25-5-846 para confrontar la exactitud de
mi extracto con el discurso de Paulino que allí figura in extenso – “Fue
interpolada en la traducción castellana del señor Rosas. Y lo fue a
propósito” para hacer quedar mal a los brasileños. Pero después de
escribir esto, ha seguido leyendo el extenso discurso y “cien líneas más
abajo” confiesa honradamente encontró la frase “aunque con una
redacción diferente”. Pero no se toma el trabajo de borrarme el cargo de
interpolar una frase – u olvida hacerlo – y me formula otro. Yo “vaya a saber
con qué intenciones” he dado dos versiones diferentes de la frase de
Guizot. Porque en la nota de la pág. 135 cuando la pongo en boca de Guizot, es
así: “Para hablar con propiedad, nadie tomó la iniciativa sino el
Brasil”, e incluida en el discurso de Paulino, de la página siguiente, es “A
decir verdad, nadie tomó la iniciativa sino Brasil”. ¿Para qué habré hecho
ese fraude histórico? Desde luego – asegura – ha sido “alevosamente para hacer
quedar mal a Paulino” cuando estampé a decir verdad, y “para desmerecer
al barón de Cairú y Ernesto Ferreira Franca (que mandaron a Abrantes a Europa)”
cuando puse hablar con propiedad en boca de Guizot.
Aunque dar explicaciones sobre estas
tonterías ya me resulta fatigante, diré que tanto el discurso de Guizot como el
de Paulino los he tomado de La Gaceta Mercantil de Buenos Aires del
20-12-1850 y números siguientes, donde figuran in extenso traducidos al español
de sus textos francés y portugués. Indudablemente como Guizot dijo en francés Pour
parler propiement..., el traductor vertió “Para hablar en propiedad”. Y
como Paulino retradujo al portugués A dezir veridade..., la retraducción
quedó “A decir verdad”.
“Esta es la Historia del profesor
Rosa, en la cual ni siquiera en las traducciones se encuentra idoneidad” dice
mi crítico.
Traslado el cargo a su ilustre
bisabuelo.
Y a otra cosa.
5) Que he modificado el nombre de
la esposa de Paulino, bisabuela del autor.
¡Touché! Porque me confieso culpable sin
disculpa alguna de haber incurrido en la omisión de llamar Ana María Macedo
a quien se llamaba Ana María de. Macedo Alvarez Azevedo “descendiente de
los Alvares Azevedo”, por haber leído muy a la ligera la biografía sobre
Paulino del autor donde el nombre de la dama figura con la grafía correcta. El
bisnieto me tira por esta omisión de partículas y apellidos “hecha con el
propósito de rebajar a los Soares de Souza”, con el breve de León XIII del 18
de agosto de 1883: “Es preciso recurrir a las fuentes, y al escribir tener en
vista antes que nada que la primera ley de la Historia es la de no atreverse a
decir nada falso”.
Haré penitencia para que me perdone León XIII. Pero
no modificaré el nombre de la bisabuela en ediciones posteriores. De la manera
como yo lo escribo me parece más sencillo y femenino. Aunque se ofendan los
Alvares Azevedo.
Y a. otra cosa.
6) Que llamo “secreta” a una
sesión del parlamento brasileño que fue pública
Me rectifica, con el bondadoso
término detalle falso, que yo haya tenido por secreta la sesión de la
cámara de diputados brasileña del 15 de julio de 1849 que fue pública. “Las
invenciones y omisiones anteriores – dice mi perspicaz impugnante – las
comprendemos pues todas tienen en mira principal el interés del señor Rosa;
pero esta sesión secreta no la entendemos ¿Para qué afirmar que fue secreta?”
Releyendo mis documentos encuentro
que he incurrido en una equivocación. Resulta que un diputado llamado Silveira
da Motta interpeló a Paulino, ministro de negocios extranjeros en 1849, por un
grave incidente internacional (el comandante de la fortaleza de Paranaguá
anduvo a los cañonazos con un crucero inglés). Dada la gravedad y la
posibilidad de una guerra internacional, se invitó al ministro a sesión
secreta. Pero como Paulino estaba dispuesto a allanarse a Inglaterra, se
resolvió en definitiva que la sesión fuese pública.
Corregiré en la próxima edición.
Gracias. Y a otra cosa.
7) Que he cambiado la redacción
de una nota reservada de Paulino, y se le ha atribuido a otro.
Este es un cargo grave. Y mucho más
por tratarse de uno de los documentos más elocuentes de mi libro: una nota
reservada de Paulino (ministro de extranjeros) a Rodrigo de Silva Pontes
(encargado de negocios brasileño en Montevideo) de 17 de junio de 1851
ordenándole que consiga de Urquiza la supresión de dos artículos del tratado de
alianza del 29 de mayo de ese año “para que no parezca que su declaración (el
Pronunciamiento) fue una condición que le impusimos”.
Aquí mi crítico me atribuye un error
suyo. Yo transcribo el documento, y otros, en un capítulo de mi libro que he
titulado Nao pareca que ó pronunciamento de Urquiza foí uma eondiçao que lhe
impuzemos. Habló en él de la resistencia que había en Río de Janeiro a
tratar con Urquiza, las graves palabras de Hollanda Cavalcanti en el senado por
ese hecho, la negativa del emperador a estampar su firma, y el arreglo
conseguido por Paulino de suprimir del tratado las cláusulas que ordenaban el
pronunciamiento de Urquiza, para que Urquiza no apareciese como un rebelde a
quien se incita a pronunciarse, sino como el Jefe de un Estado soberano (la
provincia de Entre Ríos después del Pronunciamiento). Transcribo el
documento incriminando – entre otros – atribuyéndoselo a Paulino, y en forma
perfectamente correcta (pag. 427).
Dejo el
cargo a Soares de Souza:
“También en
las mismas notas con las que pretende (yo) justificar el texto de La Caída
de Rosas se encuentran falsificaciones. Y lo peor es que me cita
asociándome a sus fraudes como si estos fueran míos. Así en la nota al cap. 11
escribió el señor Rosa: Nao pareca que o pronunciamento de Urquiza foi huma
condica que lhe impuzemos, palabras de Hollanda Cavalcanti, SS-GUB 38...
Significa la indicación SS-GUB 38, Soares de Souza O General Urquiza é o
Brasil página 38. Pero yo no dije nunca semejante estupidez. Me puedo
equivocar y errar como es natural – sigue Soares de Souza – pero colocar
palabras escritas por Paulino en boca de Hollanda Cavalcanti ¡esto no! ¡Y
además todavía falseándole las palabras de acuerdo a los fraudes del señor
Rosa! Abrase mi trabajo citado por el mismo señor Rosa en la página que indica,
38. En esta página tengo la siguiente nota: Sobre a oposicao a política de
Paulino no Prata, serve de exemplo o discurso de Hollanda Cavalcanti no Senado,
sessao de 27-5-851. Así pues nada tiene que ver esta nota Nº 77 con
aquellas palabras transcriptas y escamoteadas por el señor Rosa. Es en la
página anterior que transcribo el despacho de Paulino a Silva Pontes donde se
lee el párrafo falseado por el señor Rosa... Las modificó de acuerdo a la
grotesca historia que escribe. En dos trabajos míos transcribí estas mismas
palabras. En A Vida do Visconde de Uruguai, pág. 332, conservé la
ortografía textual de Paulino: Nao pareca que Urquiza obrou por instigacoes
nossas, e que a sua declaracao foi huma condicao que lhe impuzemos. Y en el
citado O General Urquiza é o Brasil, página 37, transcribí de acuerdo
con la ortografía actual el párrafo escribiendo uma sin h e impuzemos
con s y con z. El señor Rosa leyó las dos transcripciones
que hice, tanto que en una, de las veces que las cita, lo hace escribiendo huma
con h y en la otra uma sin h, a pesar de que no
cambiara la z de impuzemos por la s. Por lo tanto, conocía
perfectamente las palabras de Paulino. Sin embargo, para no desmentirse tuvo
que falsear. dos veces, aquellas palabras: una poniéndolas en boca de Hollanda
Cavalcanti, otra cambiándole a su sabor la redacción. De esa manera en las
menores cosas, en simples transcripciones de párrafos la falta completa de
idoneidad.. De la manera como hace este tipo de engaño, citando mi nombre al
mismo tiempo que falsea el párrafo que transcribí, puede parecer, o que el
fraude fue mío o que el señor Rosa corrigió mi trascripción por equivocada...
Es fácil verificar el autor del fraude. El señor Rosa me cita; por lo tanto fue
en mi trabajo citado que el encontró el párrafo que falsificó. En ese trabajo
señalo el lugar en que se encuentra el documento Arquivo Histórico de
Itamaraty 101/1.6, y la naturaleza del documento: Confidencial de
Paulino a Silva Pontes del l7 de junho de 1851. Es fácil pues la
verificación”.
Ahora hablo
yo. Soares de Souza no sabe leer, y ha incurrido en una equivocación, por
apresuramiento debo suponerlo. Pero una equivocación gruesísima para un erudito
de su veteranía. Porque la primera frase portuguesa mía que cita (y transcribe
subrayada, correctamente, porque en el original está en negrita) no es el texto
de ningún documento, sino el título de un capitulo. Figura en negrita,
como todos los capítulos de mi libro, en la parte REFERENCIAS Y DOCUMENTOS (por
capítulos) que va de la pág. 601 a 622 del final de mi libro. Allí, después
del titulo de cada capitulo vienen dos puntos, y luego las referencias
bibliográficas o documentales
que apoyan cada una de las afirmaciones hechas en el texto. Así en el que nos
interesa dice (p. 616) Nao pareça que ó Pronunciamento de Urquiza foi huma
condiçao que Ihe impuzemos: palabras de Hollanda Cavalcanti. SS-GUB 38, el
tratado con los arts. 2 y 2 eliminados, ACA VI
444; Paulino a Pontes 17-6-51, AVU apu.d SS-VVU 333 y SS-GUB.
Soares suprime los dos puntos que
separan el título del capítulo de las primeras referencias que es a las
palabras de Hollanda Cavalcanti pronunciadas en el senado brasileño. Suprimiendo
esos dos puntos y haciendo del título (no obstante encontrarse destacado) una referencia
documental supone (¿O deja suponer?) que las palabras de Hollanda
Cavalcanti tomadas de su libro ordenan a Silva Pontes suprimir dos artículos
del tratado del 29 de mayo. Pero las palabras de Cavalcanti, apoyadas en
Soares, son aquellas que figuran al comienzo del capítulo (p. 427 de la
lº. Edición de mi libro): “El tratado llegó a Río de Janeiro el 10 (junio) en
el Golfinho; poco antes se ha sabido el “pronunciamiento” público de
Urquiza motivando que Hollanda Cavalcanti acusase en el senado a Paulino
(sesión del 27 de mayo) de andar descaminando os governadores de nossos
vezinhos...”. Esto último individualizado con la mención “palabras de
Hollanda Cavalcanti”, es lo que se apoya en la pág. 38 de su monografía O
Governador Urquiza e ó Brasil.
En cuanto a la afirmación de haber
falseado la carta reservada de Paulino a Silva Pontes, es tan gratuita como la
anterior. Yo no tengo la culpa de que mi corrector coja el rábano por las
hojas. La carta que transcribo dice así: “Convém e muito, eliminar os
artigos 2º e 3º (del tratado de 29 de mayo de 1851: intercalación mía) nó
que Urquiza é o Goberno de Montevideu nao podem deixar de covir. Nao pareça que
Urquiza obrou por instigacoes nossas, e que a sua declaracao foi huma condiçao
que lhe impuzemos. Embora seja assim, nao pareca no Convenio...” (pág.
427). Esta apoyada en la nota: “Paulino a Pontes 17-6-51 AVU apud SS-VVU 333 y
SS-GUB 32” .Lo que quiere decir que fue tomada de la pág. 333 del libro Vida
do Visconde de Uruguai, y en la 32 de su articulo O General Urquiza é o
Brasil. Es trascripción textual e inobjetable. Pero Soares no ha tomado esa
carta, sino el titulo del capítulo que dice otra cosa. Y la diferencia entre el
título del capitulo y ese documento – que bondadosamente llama doble
falseamiento – es debido a que el título engloba otra confidencial de
Paulino a Pontes del 5 de noviembre, que dice “Gostei é muito ver
certificada e reconhecida a existencia dos artigos 2º e 3º supprimidos, porque
neses articos confessa e declara Urquiza que lhe impuzemos como condiçao o seu
Pronunciamento, é que sómente se pronunciou depois que teve segura a nossa
proteccao”. El titulo del capítulo – con la palabra Pronunciamento
en vez de declaracao – es por englobarse allá también este
documento que dice Pronunciamento y no declaracao.
A otra cosa.
8) No
dar fielmente un dictamen presentado al Consejo de Estado.
Me acusa en
la pág. 37 de no dar fielmente un dictamen del consejero Lopes de Gama
presentado al Consejo de Estado el 11 de julio de 1850.
La
situación era la siguiente: entre Inglaterra y Brasil hubo un tratado aboliendo
el tráfico de africanos, pero había vencido y Brasil con diversos pretextos no
lo renovaba. No lo hacía porque le interesaba tener mano servil para su
creciente riqueza de cafetales, que de esta manera podían producir mucho más
barato que lo elaborados con obreros. Inglaterra exigía el tratado, y como
pasaba el tiempo sin que se formalizase, el parlamento británico dictó el
prepotente Bill Aberdeen o Brazilian Act del 8 de agosto de 1845, por el
cual se irrogaba el derecho de inspeccionar cualquier buque brasileño en la
Jurisdicción que fuere, y destruirlo si sospechaba que transportaba africanos
para esclavos. El bill no se aplicó de inmediato, pendiendo como una
amenaza a la espera que los
brasileños prorrogasen el tratado contra la esclavatura. Como nada ocurrió el
gobierno británico ordenó a principios de 1850 que los cruceros Rifleman
y Cormorant, que por el tratado de Southern con la Argentina
había quedado liberados de la vigilancia que hasta entonces hacían en el Plata,
se dedicaran a cazar buques brasileños en las propias costas de este país. Así
lo hicieron: apresaron embarcaciones a la vista de tierra, las incendiaron por
el solo hecho de tener esclavos o no, ladinos o bozales (negros traídos
anteriormente a Brasil, o negros recién traídos de Africa), entraron a puertos
para quemar buques de transporte, y hasta un navío de guerra fue apresado porque
tenía marineros negros. Llegó a producirse un incidente serio cuando el
comandante del fuerte de Paranaguá disparó contra un crucero británico,
respondiendo éste la andanada hasta destruir la fortaleza.
Para resolver el problema se reunía
el Consejo de Estado Imperial. Sometido su estudio al consejero Lopes Gama,
éste presentó un dictamen el 11 de julio de 1850, que yo extracto diciendo que
aconsejo que el tráfico cesara por una medida unilateral, así sin
aparecer cediendo a la presión británica, y sin tratado de esclavatura, Brasil
extinguiría el tráfico para quitarse de encima el grave problema con
Inglaterra y tener libres las manos para combatir a la Confederación Argentina.
Me salta mi corrector: la palabra unilateral no está en el informe de Lopez Gama, “es de la exclusiva elaboración del señor Rosa”.
Tal vez no esté en el informe, del
que sólo conozco los párrafos que extracta Soares de Souza en la biografía de
su bisabuelo, y ni siquiera sé si es palabra portuguesa. Pero entiendo que es
la que corresponde para explicar la actitud que se aconseja.
Veamos lo que dice el dictamen en la
trascripción de Soares de Souza:
A)
“No podemos entrar en una guerra contra Gran Bretaña”,
b) “Pero también seria humillamos
aceptar el tratado que se nos quiere imponer”;
c) solo conseguiríamos que cesaran
las violencias que sufrimos, si hacemos cesar el tráfico”,
d) Por lo tanto “debemos reprimir el
tráfico nosotros”.
Si no puede llamarse abolición
unilateral del tráfico negrero una medida tomada exclusivamente por
Brasil sin tratado con Inglaterra, no sé con qué otra palabra denominarla.
Sigue mi implacable fiscal: “Lo más gracioso, sin embargo, en la falsificación
del parecer de Lopes Gama, es que el señor Rosa hace que Honorio Hermeto
concuerde con una medida unilateral engendrada por el propio señor Rosa.
¡Dónde se vio cosa igual! ¡Honorio Hermeto, un siglo antes, adivinó lo que el
señor Rosa injertaría en el parecer de Lopes Gama! ¿Dónde vio el señor Rosa lo
que afirma: haber Honorio concordado con el dictamen de él, del señor Rosa...?
¿Honorio indicando al consejo de Estado la solución unilateral inventada
por el señor Rosa?” ¿Dónde vi eso? – digo ahora yo – Pues en el libro
de Soares de Souza en cuya página 1210 dice que el Consejo de Estado aprobó
por unanimidad el informe de Lopes de Gama. Como Honorio era la cabeza
del Consejo, jefe del partido conservador gobernante, y acababa de llegar en
esos días de Pernambuco traído precisamente por la gravedad de los problemas
con Inglaterra y el Río de la Plata, y el dictamen fue aprobado por unanimidad,
solo cabe decir que Honorio concordó – y más, descarto que como Jefe de los
saquarema gobernantes debió aconsejar su aprobación – con esa medida unilateral.
Y a otra cosa.
9) Que atribuyo a Honorio Hermeto
Carneiro Leâo gestiones que no hizo.
“Es Honorio quien obliga al
emperador a firmar el convenio del 20 de mayo de 1851 (con Urquiza y
Montevideo: i.m.) pues en la Historia del señor Rosa habría tenido
escrúpulos Don Pedro II en ratificar el mismo convenio a causa de dos
artículos” dice mi implacable corrector.
Por partes. Yo no he dicho en
ninguna línea de mi libro que Honorio hubiese hecho esa gestión. En la pág. 427
digo claramente que fue Paulino, ministro de extranjeros quien “debe
vencer la resistencia imperial que amenaza anular todo lo conseguido”. Mi
corrector se ha equivocado de bisabuelo. Debió tirarme con el paterno y lo
hizo con el materno. Pero no lo hizo porque supongo que le consta, que fue
Paulino, ya que me movió un escándalo por las cartas de Paulino a Silva Pontes
(punto 7, tratado antes) demostrativas de que el ministro de extranjeros
anduvo en la gestión de suprimir los dos artículos.
Si yo tuviese la bilis de mi
desaforado fiscal podría decirle que esta equivocación de antepasados es una mentira.
No lo hago, por educación, y respeto a sus años. Sólo le digo que es una
equivocación; pero eso si, equivocación y no distracción porque Soares
de Souza sigue, después de lo antedicho, remachándome con Honorio: “La posición
de Honorio en la Historia del señor Rosa es digna de conmiseración, pues que
del ilustre senador mineiro se vale el profesor como de un fantoche para
representar las farsas que rumia respecto al Imperio. Así de acuerdo al señor
Rosa es a Honorio que el ministerio manda buscar a Pernambuco para resolver las
cuestiones del tráfico de africanos y del Río de la Plata. Es Honorio quien
obliga al emperador a firmar el convenio del 29 de mayo de 1851, que en la
historia del señor Rosa el emperador habría tenido escrúpulo en firmar por
causa de dos artículos. Y todo ella lo realizaba Honorio en pocas horas
(subrayado mío, pues cuento más de año y medio entre julio de 1850 fecha del
dictamen de Lopes Gama y la ratificación por el emperador del tratado con
Urquiza que fue después de noviembre de 1851 i.m.). De un día para el otro la
voluntad del profesor prevalece por interferencia de Honorio. Transforma así al
futuro marqués de Paraná en un peligroso fisgón que se entromete en todo
aquello que no le incumbe, y que aparece en escena apenas como
intérprete del pensamiento del señor Rosa. Este, erigiéndose en mentor de la
política imperial, maneja a su personaje en el sentido de sus propias
frustraciones políticas, de las cuales pretende tomarse revancha a costa de
Brasil y de los brasileños”.
Impagable ¿no? como muestra del
trabajo “denso, objetivo y científico” que dice la contratapa de la Editorial
Devenir.
¿ Por qué en mí historia se dice que
tuvo “escrúpulos Don Pedro II en ratificar el convenio del 29 de mayo por causa
de dos artículos”? Porque lo testimonia Andrés Lamas en las instrucciones que
da a Andrés Somellera el 19 de junio de 1851, de conseguir de Manuel Herrera y
Obes (ministro de relaciones exteriores de Montevideo), y de Urquiza, la
anulación de los artículos 2º y 3º del tratado del 29 de mayo de 1851. Las
transcribo en la pagina 428 (1ra. edición) de La Caída de Rosas, pero a
mi replicante deben habérsele pasado por alto o no ha sabido leerlas: “Usted –
escribe Lamas a Somellera – sabe cuánto repugna al emperador ratificar un
tratado con Urquiza, sabe la tormenta que se levantó en el senado a la sola
sospecha que se trataba con él; sabe por fin, el compromiso en que estoy de
sostener la capacidad internacional de Urquiza. Asegúrele a Herrera la
ratificación del tratado corregido, y que la asegure a Urquiza”. Este documento
obra en el Archivo General de Montevideo, donación Oliveras, caja 8 carpeta 32,
dice la referencia documental de mi libro, y ha sido encontrado por mí. Como
entiendo que los documentos del archivo uruguayo están microfilmados en Río de
Janeiro (creo que en Itamaraty), el señor Soares podrá pedirlo y leerlo con la
referencia que le doy.
Y si no encuentra los microfilmes, o
tiene dificultades para leerlos, le doy otra prueba, que encontrará en Río de
Janeiro, de la resistencia de Pedro II a tratar con Urquiza. Pida la colección
del Correio Mercantil de oct. y nov. de 1851. Y después de leer un
comunicado de Andrés Lamas de una visita al emperador el 27 de octubre
llevándole saludos de Urquiza y “que S. M. el emperador se dignó responder con
palabras sumamente lisonjeras para el noble general Urquiza y su valiente
ejército (dice el comunicado de Lamas)”, busque el desmentido en el n. del 10
de noviembre: “Un rebelde no pudo ni debió merecer expresiones sumamente
lisonjeras (subr.) de S.M. el emperador D. Pedro II, tan ilustrado y
experimentado como es, y todos lo reconocen. Él sabe que se ama la traición
pero se aborrece a los traidores. El Sr. D. Pedro II no mancharía seguramente
la púrpura imperial usando expresiones sumamente lisonjeras hacia un
hombre cuyos hechos contemporáneos no son ignorados”. (trans. en La Caída de
Rosas, p. 440, 1ª ed.).
A otra cosa.
10) Que atribuyo al mismo Honorio
un “plan” político inexistente.
En la pág. 113 protesta porque yo atribuyo
a Honorio, ministro de negocios extranjeros el 20 de enero de 1848 (me corrige
Soares: “titular de Justicia, e interino de negocios extranjeros”, acepto la
corrección) el plan político de buscar la alianza de Rosas para luchar juntos
contra los farrapos riograndenses, (cuya República independiente llevaba
ocho años de existencia) y lo riveristas de Montevideo. “El plan de
gobierno atribuido a Honorio – dice mi fiscal – engendrado como lo fue por el
señor Rosa, no consta en documento alguno existente en los archivos brasileños.
Así se explica la astucia de indicarme a mi en la primera página de La Caída
de Rosas como poseedor de la documentación de mis bisabuelos, el marqués de
Paraná y el vizconde de Uruguay. De esa manera todo lo que se dijera de uno o
de otros de esos dos políticos del Imperio correría por cuenta de mi archivo
citado como si hubiese sido examinado entre las abreviaturas del señor Rosa.
Empero este profesor nunca vio mi archivo. Pero si lo viera no podría encontrar
la documentación del marqués de Paraná porque, como ya dije no poseo
otros documentos de Honorio Hermeto sino sus cartas a Paulino y uno que otro
documento de Paulino a Honorio como las dos instrucciones de 1851. Por
lo tanto no fue en mi archivo que el señor Rosa encontró el plan de gobierno de
Honorio de 1843. Es pues una vez más necesario establecer el lugar donde se
encuentra el referido plan, si es que existe. Pero no debe existir”.
¿Con qué clase de cernícalo tengo
que contender, que entiende que los planes políticos deben encontrarse
escritos, y si es posible en escritura pública?... Pido que se me perdone el
exabrupto, dicho sin faltar al respeto que quiero guardar a mi corrector, pero
a veces no puedo contenerme.
Que Honorio tenía en enero de 1843
un plan para cambiar de rumbo la política internacional brasileña seguida hasta
entonces, surge de los hechos mismos. Retira todo apoyo imperial a Rivera,
firma subsperati con Guido la alianza argentino-brasileña contra farrapos
y riveristas del 24 de marzo, manda la escuadra a Montevideo para apoyar el
bloqueo argentino. ¿O habrá, hecho semejante cosas sin plan alguno, a pálpito?
Pero Soares no se conforma con los
frutos y quiere que le muestre el árbol. Quiere escrito el plan de Honorio.
Pues bien tendré que dárselo, o mejor dicho señalárselo, porque allí lo tiene,
al alcance de la mano, en el Archivo Histórico de Itamaraty, en el
documento “317/115”, carta de Honorio Hermeto Carneiro Leâo a Joao Lins
Vieira Cansancao de Sinimbú. ¿De dónde saco yo esta referencia tan precisa;
yo, que según la bondadosa expresión de mi corrector “en su fastidiosa y
tartamuda historia no presenta ninguna investigación suya”? No, no es una
investigación mía, porque yo soy como el feitor que me valgo del trabajo de
otros, y tratándose de la historia brasileña lo hago con los de Soares de Souza
(eso sí, citándolo, y agradeciéndole su labor en la portada), a quien aprovecho
para mí. Porque el plan de Honorio lo encontrará escrito en las
instrucciones a Sinimbú que corren entre las págs. 138 y 146 del folleto que
contesto. Allí podrá leer: “La administración anterior (a su gabinete) – dice
Honorio – había adoptado en la lucha entre la República Oriental del Uruguay
(de Rivera) y la Confederación Argentina (de Rosas) una política de
neutralidad, La administración actual tomó cuenta del poder cuando era ya
conocida la victoria de Arroyo Grande, que destrozó completamente al ejército
correntino y oriental comandado por D. Fruto... En este estado de cosas, el
ministro plenipotenciario de la Confederación Argentina en esta corte tornose
más insistente en sus instigaciones al gobierno imperial para que éste se
declarara contra Fructuoso Rivera. El gobierno imperial acogió sus sugerencias
en ese sentido prestándose a declararse contra dicho Jefe, pero exigiendo: 1º)
que ello fuese consecuencia de una alianza ofensiva y defensiva entre los dos
gobiernos, ya fuera por la pacificación de Río Grande, ya para la del Estado
Oriental; 2º) que esa alianza fuese estipulada en el tratado..., etc., etc. Ahí
tiene el plan Honorio por escrito. Abra su libro, y lea.
Me rectifica Soares que el tratado
del 24 de marzo no se hizo por iniciativa de Honorio – como digo yo –,
sino de Guido. Pero en el documento que transcribe surge que Guido le pedía al
brasileño que se declarase contra Rivera y Honorio exigió no sólo una alianza,
sino el tratado. Más claro: agua.
“La inquina - ¿por qué? - del señor
Rosa contra Honorio continúa. Después del rechazo del tratado por el general
Rosas, lo que el profesor festeja con algunas citaciones a guisa de cohetes...”
Aclaro que estas citaciones a guisa de cohete son de Pandiá Calógeras, tal vez
el historiador más completo que tuvo Brasil, y de Luis Alberto de Herrera, la
gran figura oriental.
Sigue mi impugnante transcribiéndome
ahora a mí: Honorio cambia el rumbo. El Jefe de los saquaremas da un
viraje al timón. Busca a Inglaterra, la ha de ayudar a terminar con Rosas, y en
retribución pedirle el cese o por lo menos la mengua de la tutela económica.
Tal vez Inglaterra no podrá negarle a un aliado eficaz, una mayor liberalidad
al renovarse los tratados de comercio y esclavatura”. Aquí me interrumpe con
sus habituales cariños, diciendo que la Historia Argentina de la
Academia ha dicho que Rosas era amigo de Inglaterra: extrae de su tomo VI una cita
“Rosas colmó las aspiraciones de los ingleses”, y le agrega otra de Arturo
Capdevila comparando a Rosas con Fernando VII. Y yo me siento apabullado. Sigue
ahora Soares hablando por su cuenta: Honorio no pudo buscar el apoyo de
Inglaterra contra Rosas porque en marzo de 1843 “la amenaza pendiente de una
intervención anglo-francesa se desvaneció completamente”. ¿Completamente?...
Completamente, y en abril el almirante inglés Purvis andaba haciendo de las
suyas en Montevideo, en octubre Florencio Varela entrevistaba a Aberdeen en
Londres, en 1844 andaba el brasileño Abrantes en los mismos menesteres, en 1845
se materializará la intervención... ¿No puedo creer que mi erudito replicante,
lo sea sólo del ámbito brasileño, y nada sepa de la misión Ouseley y Deffaudis,
de la escuadra anglofrancesa en el Plata, de la Vuelta de Obligado, de tantas
otras cosas gloriosas para los argentinos? Pero aunque así fuese – que lo
sospecho –, no podrá dejar de saber la misión que llevó su compatriota Abrantes
a Londres en 1844, que fue una consecuencia directa del cambio de política del
gobierno brasileño con respecto a cosas que empezó a tomar desde la gestión de
Honorio.
Perdóneseme lo extenso de esta
réplica, pues hace rato que he comprendido que el juego no vale la candela,
como dicen los franceses.
Y a otra cosa.
11) Que falsifico el informe
reservado de un cónsul al hacer el extracto del mismo.
Soares ha revisado cuidadosamente mi
documentación, y nada dice cuando se trata de transcripciones íntegras. Pero
cuando doy un extracto, me salta desaforadamente. En los documentos que “pasan
por mi censura”, y a causa de “mis frustraciones políticas incurro en las
falsificaciones de siempre, en las acostumbradas deformaciones”
(pág. 122).
Veamos este. Es un informe reservado
del 16 de mayo de 1843, del periodista brasileño y cónsul montevideano (y
espía) en Río de Janeiro, Manuel Moreira de Castro, al entonces ministro de
relaciones Exteriores de la Defensa, Francisco de Borja Magariños, dando cuenta
del cambio de política del gabinete Honorio con respecto a Rosas después del
rechazo del tratado del 24 de marzo. Lo tomé del Archivo Americano, 2º
época, nº 28, págs. 218-221. Con meticulosidad Soares ha consultado el Archivo
Americano en la colección del Instituto Histórico y Geográfico. Lo encontró, en
el tomo y páginas citados por mí, y con lealtad que agradezco puso en la nota
172 de su trabajo: “La indicación corresponde”.
Pero encuentra, ¡no habría de
hacerlo!, Que mi extracto no traduce exactamente el documento. (Debo decir que
éste ocupa cuatro páginas del Archivo Americano y yo doy un extracto
de veintiuna líneas en cuerpo chico). Hay frases del documento que no
figuran en mi síntesis, y hay palabras de éste, como “arreglase definitivamente
la cuestión de limites y estableciese una alianza completa” (al informar de las
instrucciones del gobierno brasileño que fueron a sus representantes en
Montevideo), que no están redactadas de la misma manera.
Moreira de Castro informa al
gobierno de Montevideo de cosas reservadas del gobierno imperial. Dice allí, y
es lo fundamental del informe, que Brasil ha cambiado de política en el Plata,
y en consecuencia han ido nuevas instrucciones al ministro brasileño en
Montevideo para que no reconociese el bloqueo argentino a ese puerto, hiciese
lo posible para que Oribe no tomase la ciudad, insinuase al gobierno oriental
que Brasil entrara en una alianza con Montevideo de “mutua ventaja”. Soares
pone el grito en el cielo porque yo entiendo que esta mutua ventaja
significaba para Brasil la demarcación de límites conforme a sus pretensiones,
que era una constante aspiración imperial. Y como yo tomo del informe del espía
que “En breves días tomará cuenta de la cartera de Negocios Extranjeros el
Excmo. Señor Paulino Soares de Souza para conducir la nueva política”, su descendiente
me sale con la acostumbrada descarga. “Para los efectos de la conturbada
historia del señor Rosa tenía alguien que anunciar en mayo la entrada de
Paulino para el ministerio en la cartera de negocios extranjeros a fin de conducir
la nueva política que el propio profesor inventó” (a pesar de que la
anuncia Moreira de Castro, intercalación mía). “No vaciló en utilizar a Moreira
de Castro. Arregló la carta del periodista y cónsul uruguayo. Porque la verdad
es que la parte correspondiente del informe del espía, dice textualmente – y
Soares lo transcribe para que resalte mi falsificación - “Se asegura que
está decidida la entrada de Paulino para la repartición de Justicia y que
S.S. tomará cuenta de ella en ocho días”. Y el profesor Rosa con intenciones
aviesas “calló lo de la entrada, y comenzó en tomará cuenta;
la repartición de Justicia lo transformó en cartera de negocios
extranjeros; Paulino pasó a ser respetuosamente el Excmo. Señor Paulino;
y cambia finalmente los ocho días en breves días... y lejos del se
asegura de Moreira de Castro transfiriendo a un tercero la paternidad
del embuste, escribe el matrero profesor tomará cuenta, con
la certeza de ser una noticia verídica”.
Pero resulta que la noticia de
Moreira de Castro es verídica y no un embuste, porque
efectivamente Paulino fue nombrado ministro el 6 de junio. Mi trascripción del
informe sólo contendría un error : éste decía que Paulino sería ministro de
justicia y yo me equivoqué poniendo de negocios extranjeros. ¿Por qué me
equivoqué? Porque Paulino fue nombrado en negocios extranjeros el 6
de junio, no en justicia como anunciaba el espía el 15 de mayo. Fuera de
esto, de ninguna trascendencia, la síntesis que doy es correcta.
Sigue mostrando mis mentiras.
Yo digo: “El 6 de junio, Honorio le deja esa cartera (la de negocios
extranjeros a Paulino) reteniendo exclusivamente la de imperio”. Indignado
corrige Souza: “Nada de eso es verdad: a pesar de ser nombrado el 6 de
junio, solamente el 8 recibió Paulino el aviso: Honorio no retuvo el ministerio
de Imperio, sino el de Justicia. Todo en la enrevesada historia del señor Rosa
no pasa de pálpitos”. No se hizo cargo el 6, fecha de su nombramiento, sino
el 8 en que recibió el aviso. ¿Gravísimo, no? Sigue transcribiéndome Souza:
“Paulino va al ministerio a preparar a Brasil para una acción contra Rosas,
apoyándose en la que se resolvía en esos momentos en Inglaterra y Francia... En
lugar de presentar un frente americano contra Inglaterra para conseguir la
modificación de los tratados, se buscará lo mismo por una colaboración en la
guerra anglofrancesa contra el Plata”. Salta Soares: “Ya no es inexactitud
sino pura invención lo que contienen estos párrafos: Paulino no entró al
ministerio en 1843 para una acción contra Rosas sino para ejecutar una política
de expectación basada en la neutralidad. Entremezcla el profesor rosista en
la cuestión los tratados con Inglaterra llegando a aconsejar al ministro
brasileño una política fantasmagórica. ¿Cuál era el país de América del Sur que
tenía entonces la posibilidad de oponerse a Inglaterra, para que fuera el
brasileño a procurar su auxilio? ¿La Confederación bajo el guante de Rosas?
Sería ingenuidad; sólo para ser agradable al señor Rosa”. El brasileño llama pura
invención a la verdad documentada. En los mismos momentos que Paulino
“tomaba cargo” de la Cancillería imperial, era enviado a Montevideo Joao Lins
Vieira Cansansao de Sinimbú (perdóneme el señor Souza si al transcribir estos
apellidos brasileños omito alguno o cambio una letra, pero escribo de memoria),
con instrucciones de obstaculizar el bloqueo argentino a Montevideo y ayudar a
los sitiados por Oribe. Y así lo hizo Sinimbú, produciendo la reacción de Rosas
que llegó a expulsar de Buenos Aires al ministro imperial Duarte da Ponte
Ribiero. ¿Era esa la política de expectación, como dice Soares, o una de
acción contra Rosas, como digo yo? En las instrucciones a Sinimbú
firmadas por Honorio el 6 de Junio (dos días antes de hacerse cargo Paulino),
que Soares ha tenido la bondad de transcribirme integras, aunque parece que no
las ha leído (¿ y/o comprendido?), se dice: “Siendo cierto que, en la
actualidad, el gobierno Imperial tiene la propensión a unirse con el Estado
Oriental y con Fructuoso Rivera para obstaculizar el aniquilamiento de la
independencia de dicho Estado (que hará Rosas), conviene, etc., etc...”. Ahí
tiene el cambio de política. O la carta de Paulino a Caxias del 22 de agosto de
ese año (pág. 15 de su folleto), donde su bisabuelo paterno habla “de la
tergiversación y la fe casi púnica con que esas Repúblicas (la Argentina y la
Oriental) proceden, particularmente con el Brasil a quien aborrecen” ¿Neutralidad
expectante?
A otra cosa.
12) Fechas equivocadas
a- En La Caída de Rosas digo
que el 17 de agosto de 1845, el general Guido, ministro argentino en Río de
Janeiro, presentó, por orden de Rosas, una nota rompiendo las relaciones
diplomáticas. Aclara Soares que esa nota, aunque fechada el 17, fue dejada en
la cancillería el 19. Cosa que ya lo decía en mi libro. Después de eso algo
pasó, porque el canciller entonces – Limpo de Abreu – no dio curso a la ruptura
y se llegó a un entendimiento, o acuerdo de caballeros con Guido: éste
se quedaría en Río de Janeiro, y Brasil cambiaria su política respecto a la
Confederación.
Basándome en el archivo de Guido
existente en Buenos Aires dije que la iniciativa de ese acuerdo de caballeros
que cambió – momentáneamente – la política brasileña con la Argentina, haba
partido del canciller Limpo de Abreu. En el informe de Guido del 20-12-845,
donde explica lo ocurrido (obrante en sus legajos que están en el Archivo
General de la Nación), dice el general: “Tendría mis pasaportes y estuviera en
esa capital (Buenos Aires) si el ministro de relaciones exteriores, avalorando
la trascendencia de ese paso, no hubiese querido impedírmelos. No insisto es
verdad, delante del aspecto enteramente nuevo que tomaban los negocios del
Plata y de los principios del nuevo ministerio, pero me rehusé a retirar la
nota”.
Guido dice eso, pero Soares asegura
que la iniciativa de la reculé fue del argentino y no del canciller
brasileño. Allá él. Se basa en una esquela de Guido a Limpo del 20 de agosto,
pidiendo una conferencia, que el canciller fija para mediodía del 21.Sin
conocer el informe de Guido que obra en La Caída de Rosas (o
despreciándolo), dice Soares esgrimiendo la esquela del general: “Es el propio
Guido que viene a desmentir aquí al señor Rosa y tachar de mistificación a la
conferencia inventada del 20 de agosto a la noche en la rua Matacavallos 20 (sede de la legación argentina”. Para él la
conferencia tuvo lugar el 21 y en el ministerio de relaciones exteriores. Yo, y
aquí Souza me permitirá que use su meticulosidad en el manejo de documentos, no
creo que pueda inferirse de la esquela de
Guido que la conferencia se realizase el 21 y en el ministerio. cuando
Guido dice otra cosa en su informe. Guido pudo pedirle a Limpo, con la esquela, una entrevista para
cualquier otro objeto. Y sin perjuicio de disponerla, el canciller brasileño
pudo visitar a Guido en la legación Argentina esa misma noche para que no
siguiera el trámite de la ruptura de relaciones.
Por lo tanto, hasta prueba más
concluyente, mantengo la fecha de la conferencia que dice Guido en su informe:
el 20 en horas de la noche. Y el lugar: la legación Argentina.
¡Qué tontería es todo esto! ¿Qué
trascendencia tiene que la conferencia haya sido el 20 a la noche o el 21 a
mediodía, y tuviese lugar en la legación Argentina o en el ministerio de
relaciones interiores?
b- “En su delirio de escamoteos
llega (el profesor Rosa) al punto de modificar la fecha de la mayoridad de Don
Pedro II, que figura en la historia del profesor Rosa como el 23 de julio de
1841. Inventa también un golpe del Regente del 23 de Julio de 1841. Sin embargo, que yo sepa, nunca se tuvo
dudas de la fecha de la mayoridad. Pero si con sus documentos secretos tuvo el
señor Rosa elementos para rectificar esas fechas, ¿por qué no los citó? ... Son
documentos inventados, estructurados y manipuleados por el propio señor Rosa
que seria incapaz de presentarlos porque nunca existieron, sino en los
escamoteos del acomplejado profesor” (pág. 57).
Todo eso es porque al mencionar la
mayoría de edad de D. Pedro en las semblanzas de la introducción he puesto 23
de julio de 1841, en vez de 21 de julio que seria lo correcto. En este día fue
que ocurrieron el fracasado golpe del regente Olinda, y su consecuencia que fue
la declaración de la mayor edad de D. Pedro apenas de 14 años.
Que me perdone el señor Soares, pero
las fechas brasileñas no me son familiares; se me habrá pasado el error al
corregir las pruebas del libro. Lo mismo le ha ocurrido a él con la fecha de
Caseros, que en su libro dice que fue el 2 de febrero de 1852 (pág. 413).
¿También tendrá documentos secretos que le permitieron rectificarla?
c- También me he equivocado con la
fecha en que fue dictado el código de procedimientos brasileños, según me
rectifica bondadosamente y con sus habituales dulzuras mi crítico. No me dice
cuando fue. Y como no tengo ganas de investigarla, lo dejo como está, y cargo
con las consecuencias.
A otra cosa.
13) Que tergiverso una cita del
autor, que sirve de apoyo a la versión que doy de una conferencia de 1844 entre
el canciller Paulino y el ministro argentino Guido.
Sigue transcribiéndome mi tenaz
corrector para que resalten mis fraudes: “En enero de 1844, Guido se
entera del viaje de Pimenta Bueno (a Paraguay). El 31 interpela a
Paulino en una audiencia del cuerpo diplomático, pero el astuto canciller,
después de negar el reconocimiento de la independencia del Paraguay, explica la
idea de Bueno por imprescindibles arreglos de comercio y navegación que no se
podían tratar en Buenos Aires” (págs. 97-98). Esta afirmación está documentada
en el libro de Soares A Vida do Visconde de Uruguai, (pág. 166). Me
corrige bondadosamente: “no es en la página indicada, pues (Rosa) hasta en las
simples indicaciones se equivoca, sino en la 167 (la anterior), que me refiero
a esa conferencia... Pero allí digo lo contrario de lo que se me hace decir”.
Veamos. Tomo la biografía del
vizconde y no encuentro en la parte entrecomillada – que deben ser las palabras
de Paulino a Guido – que Paulino no diga lo que yo afirmé; Paulino hace
referencias, como yo lo dije, al aislamiento de Paraguay y la necesidad para
Brasil de conseguir un arreglo de comercio y navegación con las palabras que yo
transcribo: “O Brasil... – cito palabras de Paulino – nao podía ficar
per omnia secula a espera que Paraguay voltase voluntariamente a fazer parte da
Confederacao Argentina”. Entonces, ¿dónde está lo contrario?... En
la afirmación “Paulino respondió francamente que si”, a la pregunta de Guido
“si Brasil reconocería la independencia del Paraguay”. Pero tanto la respuesta
como la pregunta no pertenecen al Soares de Souza bisabuelo, sino al Soares de
Souza biznieto, porque no están entrecomilladas. Son simples conjeturas del
historiador; y conjeturas sin base documental, puesto que no pueden
apoyarse en las palabras entrecomilladas del canciller. Perdóneme que, por una
vez, le devuelva el cargo a mi erudito replicante que suele ver la paja en el
ojo ajeno y nunca la viga en el propio. No tuvo base documental para
decir lo que dijo y por eso no lo tomé en cuenta.
Quiero agregar para remacharle el
clavo: Soares de Souza biznieto se ha equivocado con la cita de las palabras de
Paulino a Guido en 1844. Porque la nota que da, se refiere a las conferencias
tenidas con Guido en 1849, cinco años después, tomadas del Archivo
del Vizconde de Uruguay en su poder.
He contestado los trece cargos de fraudes,
invenciones y adulteraciones documentales que me imputa Soares de Souza.
Veamos ahora las mentiras.
III
LAS "MENTIRAS” QUE ME IMPUTA SOARES
Reúno aquí los cargos que me hace
Soares y que no se refieren a mi deshonestidad intelectual falsificando documentos
o cometiendo errores, sino a mi opinión distinta a la suya entre hombres
y cosas de Brasil y del Plata. Que él amablemente llama mis mentiras.
Estas son:
1) La semblanza que hago de la vida
de Paulino Soares de Souza.
2) La que hago de Honorio Hermeto
Carneiro Leâo.
3) ¿Cómo puedo saber claves
secretas?
4) Que llame institución peculiar a
la esclavitud.
5) Que llame al ministro Saturnino
de Souza e Oliveira “el hombre de Rosas”.
6) Mis apreciaciones sobre el
gobierno de Rosas y los socialistas de 1848.
7) Que macaneo al suponer que
Pimenta Bueno influyó en la independencia paraguaya.
1) Paulino
Le molesta a Soares la ligera
semblanza que hago de su bisabuelo paterno Paulino José Soares de Souza,
después vizconde de Uruguay. Sin embargo la confeccioné con estima, porque lo
considero una de las grandes figuras de la historia brasileña. La he escrito
como la siento: como un hombre de excelentes condiciones sin duda, pero al fin
y al cabo un hombre con sus cosas grandes y sus cosas pequeñas, como las tenemos
todos. El biznieto quiere verlo, y que todos lo vean, como una estatua de
mármol, hierática y fría, y no me perdona que se lo haya retratado de carne y
hueso. Y se muestra muy susceptible cuando trato a la familia de su antepasado.
Así, le molesta que yo diga que “como no era hijo de rico, ni de noble, debió
trabajarse el porvenir” apenas egresado de la universidad. Me rectifica: la
familia de los Soares de Souza es “ciertamente de las más antiguas de las islas
Azores”, tirándome con la biograffa de sus ascendientes desde el primer Soares
que llegó a las Azores a Brasil en los tiempos coloniales para ser Guarda-Mor
de las minas de Paracatú. No me corrige que la familia de Paulino no era
rica ni noble, y el Joven debió trabajarse el porvenir. No pongo en
duda la alcurnia en las Azores, pero no se traducía en ningún título de
nobleza, ni siquiera en la calidad de fidalguia. Paulino Soares de Souza
fue lo que hoy llamaríamos un self made man, un hijo de sus propias
obras. Escaló por su inteligencia, astucia, laboriosidad, simpatía personal, y
también honestidad, patriotismo, lealtad hacia los suyos, un puesto prócer en
Brasil. Contribuyó, junto con Honorio Hermeto Carneiro Leâo – otro de los
bisabuelos de mi critico – a cambiar con la batalla de Caseros el estado de
cosas en el Plata. Por eso Pedro I agrace a ambos con títulos de nobleza que
mencionaban al Uruguay y al Paraná, los dos ríos que desde Brasil forman el
Plata.
No era noble la familia Soares al
empezar Paulino su carrera. Ni tampoco rica. El padre de Paulino – el doctor
José Antonio Soares de Souza, homónimo de mi crítico menos en el titulo
académico – era hacía 1820 un modesto médico rural en la zona algodonera del
Marañón. No me parece que sea algo deshonroso, pero el tataranieto no le gusta que
lo hayan puesto en mi libro "como si fueran medico y Marañon cosas tan
insignificantes que llegaran a asombrar al señor Rosa en su historia de
frustraciones exhibicionistas”, me dice en su delicioso lenguaje. Y acto
seguido se escribe un capitulo integro – el V de su libro, titulado Maranhao
–, para defender a esa provincia por la ofensa hecha por un extranjero:
“Marañon – dice – es una provincia como las otras, con los mismos derechos. Si
los hijos de médicos, de abogados, de ingenieros, de militares de las otras
provincias podían llegar a grandes del Imperio, ¿por qué sólo los del Marañon
no podían? Porque el señor Rosa no quiere. Pero eso no es razón suficiente,
principalmente cuando se sabe que Marañon era de las más importantes provincias
del Brasil, sobre todo por sus cultivos”. Y como se da cuerda solo, sigue con
una estadística de la producción arrocera y algodonera de Marañon, sus
exportaciones e importaciones desde 1796 en adelante, descripciones de la
capital, San Luis, con sus iglesias y feligresías, cámara municipal, cárcel pública, conventos,
hospitales, censos municipales, la espaciosa plaza y residencia del gobernador
con su extensa fachada. (¿?) .
En el capitulo anterior – el IV
titulado Un médico de provincia me hace la biografía de su tatarabuelo,
el doctor José Antonio, a quien he ofendido llamándole mediquillo. En
ocho nutridas páginas me habla de su vida, de sus estudios, de su casamiento,
de sus hijos, de las casas que poseía y de los puestos burocráticos
desempeñados. Era una buena persona – lo que no pongo en duda –, y si bien sus
contemporáneos lo llamaban el doctor Tumba no era por su Incompetencia
profesional sino por su bondad, porque no se “rehusaba a atender enfermos
desahuciados”.
Quisiera advertirle que no he tenido
ninguna intención malévola hacia el doctor José Antonio ni hacía la
provincia del Marañón, mereciéndome ambos el gran respeto que tengo por las
cosas que no conozco. Si llamé al tatarabuelo mediquillo rural era – como surge
de la frase – para destacar él contraste con su brillante hijo que consigue
elevarse a Canciller del Imperio y vizconde de Uruguay.
Rectifica luego mi afirmación de que
Paulino, recién egresado de la universidad “abrió bufete de abogado en San
Pablo, donde la naciente riqueza de cafetales permitía alentadores honorarios.
Pero los clientes no acudieron y el Joven Paulino distrajo sus ocios
componiendo versos en francés (su madre era francesa) y pronunciando terribles
discursos en los clubes republicanos”. “¿De dónde saca todo eso, señor Rosa?”,
Me pregunta. “Es natural que revele sus fuentes tan secretas... pero no existen
tales fuentes, la mentira prevalece en todas las afirmaciones del señor Rosa”.
Porque la verdad tergiversada intencionalmente por mí “para hacer quedar mal a
Paulino y a Brasil” es que éste “no abrió ningún bufete de abogado”, sólo
ejerció la profesión desde la Escuela de derecho sin haber recibido aún el
titulo, no provenían sus honorarios de los cafetales sino “de trabar embargos y
desembargos”, no hacia versos en francés “sino en portugués”, y “si bien formó
parte de varias sociedades secretas como atestiguaron sus contemporáneos, de
los discursos terribles no hay referencias”.
En las próximas ediciones diré que
Paulino “sin abrir bufete ni recibirse de abogado ejercía la profesión en
medidas precautorias, y hacía versos en portugués”. En cuanto al republicanismo
Juvenil del futuro Canciller del Imperio no me rectificaré porque su bisnieto en
A Vida da Vizconde (pág. 31), dice que los periódicos paulistas aparecían
“abarrotados de artículos patrióticos y republicanos del joven Paulino”.
“Consigue casarse con Ana María
Macedo, cuñada de Rodriguez Torres”, digo más adelante. “¿Por qué ese consigue?”,
me pregunta mi critico después de atribuirme deshonestidad intelectual y
tirarme con un breve de León XIII por omitir la partícula y los demás apellidos
de la novia que eran de Macedo Alvares de Azevedo “descendiente de los
Alvares de Azevedo” (¡tanto gustol). Cuando “nada más natural que entroncara el
sobrino de Bernardo Belisario Soares de Souza con una descendiente de los
Alvares de Azevedo. El señor Rosa da y saca todo aquello que le conviene en la
historia de Paulino”.
Basta.
2) Honorio
En la semblanza del otro bisabuelo,
digo que Honorio Hermeto Carneiro Leâo, a poco de egresar de la universidad
empezó la carrera política ocupando la banca legislativa por Minas Geraes
reservada a los prestigios de su poderosa familia. Con el habitual mentiroso
quiere el biznieto que la banca se debiera a las virtudes del joven Honorio mas
que al prestigio de la familia, pero no me trae ninguna base para su aserto. No
tengo ningún inconveniente en aceptarle que los meritos del Rey Honorio
más que la influencia de la familia, procuraron al futuro marqués de
Paraná la primer banca legislativa, aunque su descendiente dice por ahí:
“Honorio Hermeto tuvo a quien pedir”, que demostraría que algo de palanca hubo.
En las próximas ediciones diré que así lo hago “a pedido del biznieto”, puesto
que no me ha traído la prueba documental que a mí me exige.
3) ¿Cómo pudo saber claves, que a
la fecha de publicarse “"La Caída de Rosas” no estaban descifradas?
Esta en realidad no es una mentira
atribuida, ni un cargo de deshonestidad. Es admiración que siente por mi
Soares de Souza por descifrar, antes que él pudiera hacerlo, la clave secreta
de Paulino y el representante en Asunción Bellegarde, al confeccionarse el
tratado de alianza de 25 de mayo de 1850.
“¿,Cómo supo – me pregunta – que
Pimenta Bueno acababa de convenir (en diciembre de 1850 i.m.) las bases
de un tratado con el Paraguay, y Bellegerde (representante brasileño en
Asunción: i.m.) sólo pondría la firma? Pero los principales documentos
referentes al tratado del 25 de diciembre de 1850 se hallaban en 1958 (fecha
de la publicación de mi libro: i.m.) en clave, y la misma era desconocida.
¿Cómo pues los descifró? ¿Cuáles serían las palabras claves para hacerlo... que
(nadie puede saber) hasta que se publique La Misión Bellagerde (próximo
libro de Soares de Souza: LM.)”. Indudablemente yo los habría descifrado
antes, porque en 1958 podía decir que Pimenta Bueno preparó con Carlos Antonio
López las bases del tratado que firmaría Bellegerde el 25 de diciembre en
Asunción, que Soares de Souza va a repetir en su próximo libro sobre
Bellegerde. Pero no se alarme, no se los he descifrado y ni siquiera conocía
esos documentos brasileños, ni las letras claves. Me bastó un poco de sentido
común. Si Pimenta Bueno, el mejor conocedor brasileño del Paraguay, y hombre de
gran influencia con Carlos Antonio López, había sido nombrado presidente de Río
Grande a mediados de 1850, y antes de hacerse cargo se hizo una gira por
Paraguay, fue sin duda porque andaba en alguna cosa. No es difícil comprender
en qué anduvo entre setiembre y diciembre de 1850, el “hombre del Paraguay” y
futuro marqués de San Vicente.
4) La esclavitud
Le molesta a mi corrector que llame
a la esclavitud, institución peculiar del Brasil imperial. No soy yo
solamente quien lo hace; el término es habitual en los periódicos republicanos
y antiesclavistas brasileños. Que posiblemente Soares de Souza ignora; pero que
yo conozco porque La Gaceta Mercantil de Rosas los reproducía.
Para replicarme me dice que el
general Guido también tenía esclavos en la legación argentina de Río, y
Francisco Solano López desembarcó con esclavos en Buenos Aires en 1859. Quiero
darle el dato que también Rosas los tuvo – Eusebio y Biguá – para divertirle
como bufones. Pero la esclavitud brasileña era peculiar, porque en ella
descansaba la economía del país; en cambio la argentina o paraguaya estaba
reducida a unos pocos domésticos. Porque desde 1813 nacían aquí libres los
hijos de esclavos, prohibida la venta de personas. Es decir: no había realmente
esclavos, puesto que no se podían vender, pero el nombre se mantenía para aquellos
servidores viejos.
5) Saturnino “El hombre de Rosas”
Ahora estamos con Saturnino de Souza
e Oliveira, canciller liberal en 1847, que yo llamo por ahí “el hombre
de Rosas”, lo que para mi fiscal es sólo "para ridiculizarlo”. Pero yo he
tomado el calificativo de la correspondencia de Andrés Lamas con Herrera y
Obes, como lo puedo ver Soares, si leyera con tino, porque transcribo esas
cartas.
Molesta a mi critico que yo atribuya
a Saturnino una actitud viril “a lo Rosas” frente a Inglaterra. Yo digo (pág.
137) : “En Río de Janeiro (en 1847) se imita el tono de Rosas. Con el ejemplo
de Hood en 1846 y lo que está haciendo Howden ahora, Saturnino se pone firme
ante Inglaterra. Por primera vez en la historia de la diplomacia imperial se
oyen acentos de altivez criolla contra la prepotencia británica: es el americanismo
cundido. Brasil se hará fuerte ante Inglaterra, pero de la mano de la
Confederación”. Y en la pág. 140: “Derrotado en Buenos Aires el comisionado
inglés (Howden) parte a Brasil decidido a triunfar. Se encuentra otro Rosas en
el ministro Saturnino, que trata al representante de la poderosa Inglaterra
como si fuera un igual suyo. Las discusiones sobre el tráfico se hacen
interminables; el noble lord tiene que oír la arrogancia de que el bill
Aberdeen no podría aplicarse porque Brasil repelería con las armas
cualquier intervención inglesa en un buque brasileño, aunque fuera negrero.
Diríase el eco del cañón de Obligado repercutiendo del Paraná a Guanabara”.
Sobre ésta dice Soares dolido: “Dejemos de lado ese palabrerío vacío de payaso
de circo de segunda clase, de “tono de Rosas”, de “altivez criolla”, de
“americanismo cundido”, de “mano de la Confederación”, de “eco (poco
estimulante) del cañón de Obligado” porque al final Rosas salió huyendo gracias
a un ministro inglés, en un navío inglés, y para territorio inglés...”. Deja
eso de lado para centrar sus tiros sobre la palabra interminable. ¿De
dónde saco yo que las discusiones de Howden con Saturnino fueron interminables,
puesto que empezaron a discutir sobre el tráfico en diciembre de 1847 y el 29
de enero siguiente el emperador pidió a Saturnino la dimisión? Por lo tanto
terminaron las discusiones.
La ingenuidad del corrector lo ha
llevado a Itamaraty, como dice, para revisar la correspondencia diplomática
entre Saturnino y Howden, encontrando que “toda ella está en términos corteses,
como solían ser los de un ministro brasileño, sin las fanfarronadas de altivez
criolla, dando a Howden el tratamiento de Milord, etc.”, como si en el
exterior de las notas estuviese la altivez de una conducta diplomática.
Mí ilustre corrector toma el rábano por las hojas tal vez porque su frecuencia
con los papeles no le permite ver la realidad que traducen. Debo decirle que
iguales términos corteses y tratamientos de milord encontrará en las
notas de Felipe Arana quebrando en junio de 1847 las gestiones con Howden. Lo
cortés no quita a lo valiente. Y de la valentía y altivez de Saturnino, el hombre
de Rosas como lo llaman desesperados los de Montevideo, tiene un ejemplo en
la misma nota de 21 de diciembre de 1847 de Howden, que transcribe en su
panfleto. En ella dice el inglés que el brasileño se niega a una negociación
mientras no se modifique el Acta del Parlamento británico de 8 de agosto de
1845. Y el acta de esa fecha, por si Soares no lo sabe, es el famoso bill
Aberdeen por el cual Inglaterra se arrogaba el derecho de detener cualquier
buque brasileño, y en cualquier Jurisdicción, para averiguar si transportaba
negros desde África. No creo que en Itamaraty haya muchas de semejante tenor
tratándose de Inglaterra.
Fue precisamente por ese tono hacia
Inglaterra, que el emperador pidió la dimisión de Saturnino el 29 de enero
siguiente. Noticia que alborozado da Andrés Lamas a Montevideo: “Saturnino, el
hombre de Rosas, ha dejado de ser ministro de negocios extranjeros”.
6) Apreciaciones sobre Rosas y
el socialismo.
¿Debo decir algo a mi replicante
sobre el asilo que buscó Rosas en la legación inglesa de Buenos Aires después
de ser derrocado por los brasileños con el aporte decisivo de sus auxiliares
argentinos en la batalla de Caseros, y su exilio en Southampton? ... Me limito
a remitirlo a lo que digo sobre el particular en mi libro Defensa del
revisionismo.
Pero recoge la apreciación república
socialista que hago en La Caída de Rosas al gobierno de éste, y le
permite a Soares insultar la satrapía del Restaurador argentino. No soy
yo quien la digo : la tomo de los socialistas franceses de 1848, y le
recomiendo las palabras del diputado Laurent de l”Ardeche, del 9 de enero de
1850, al tratarse en París la primera convención Lepredour, y que en parte
publico en mi Historia Argentina, tomo V, pág. 346. No resisto a
reproducirle algunos párrafos “No olvidemos que la guerra de los gauchos del
Plata contra los unitarios del Uruguay representa en el fondo la lucha del
trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjeros, y de este modo
encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de
socialismo. Los unitarios y sus amigos lo saben bien. Así, ved lo que dicen de
Rosas. A sus ojos el jefe del federalismo es un vecino peligroso para Brasil a
titulo de propagandista, y libertador de esclavos; a sus ojos, si hay algo en
las orillas del Plata que ofrezca analogía con las doctrinas de los
revolucionarios y factores de barricadas francesas, son las doctrinas y los
actos del general Rosas... a sus ojos el general Rosas realiza en el Plata lo
que se habría realizado en Francia, dicen ello, si por desgracia la sociedad no
hubiese salido victoriosa de las malas pasiones que la han atacado tantas
veces... Y lo que hay de cierto es que si el poder de Rosas se apoya en efecto
sobre el elemento democrático, que si Rosas mejora la condición social de las
masas populares dando al progreso las formas que permiten las necesidades
locales... hace todo esto sin necesitar revoluciones ni barricadas, puesto que
la soberanía nacional es la única que lo ha elevado al poder donde lo mantienen
invariablemente la confianza, la gratitud y el entusiasmo de sus conciudadanos”
7) “Macaqueo” sobre Pimenta Bueno
en Paraguay,
“Quien quiera saber alguna cosa de
lo que escribí y cómo lo escribí, lea mis libros sin las chapucerías del señor
Rosa. Esta copia macaqueda se prueba con los siguientes párrafos del señor
Rosa”, dice Soares: “Al presidene de la provincia de Matto Grosso, Juan Antonio
Pimenta Bueno (que habría de mostrarse uno de los grandes diplomáticos del
Imperio y alcanzaría más tarde el marquesado de San Vicente), encomienda
Paulino (en 1843) el reconocimiento de la Independencia de Paraguay. Había sido
el mismo Pimenta Bueno quien trabajó en 1841 y 1842 la declaración”. "La
fuente de este conjunto de tonterías – comenta mi amable crítico – está
indicada por el señor Rosa así Misión Pimenta Bueno (octubre):
instrucciones SS-VVU 166. Eso significa: Soares de Souza A Vida do Visconde
de Uruguai, pág. 166. Pero ábrase mi citado libro en la página indicada y
se verá si digo semejantes cosas. En primer lugar no mencioné, en absoluto, a
ningún Juan (Joao) Antonio Pimenta Bueno, sino a José Antonio Pimenta Bueno. No
dije tampoco que Paulino hubiese encomendado al presidente de la provincia de
Matto Grosso... Paulino no invitó al presidente sino al ex presidente”. El
señor Soares, único dueño de su coto de caza privado, quiere que cuando se haga
una referencia a una fuente documental presentada por él, se ciña también uno
al texto suyo que la comenta. Dios me libre. Tengo el mayor respeto por Soares
papelero, pero escaso por Soares historiador. Como lo dice claramente la
referencia, tomaba exclusivamente de su libro las instrucciones al enviado.
Jamás se me ocurriría tomarle un comentario, aunque acierte en que Pimenta
Bueno se llamaba José y no Juan.
Sigue glosándome Soares: “Haba sido
el mismo Pimenta Bueno quien trabajó en 1841 y 1842 la declaración”. Me
pregunta el crítico: “¿Qué declaración, señor Rosa? ¿De la independencia de
Paraguay? ¿Seria concebible que para una declaración de media docena de
palabras Pimenta Bueno tuviera que trabajar dos años?”.
En estas preguntas está entero mi replicante.
Ha mencionado en el párrafo anterior (que acaba de transcribir) la independencia
del Paraguay y todavía me pregunta qué declaración digo yo que trabajó.
Pero lo más extraordinario – aunque a esta altura del escrito y no se asombro
de nada – es que cree que una declaración de independencia es sólo el hecho
material de ponerse a redactar “media docena de palabras”. Vuelvo a
repetir que aquí, veo entero al hombre, para quien todo consiste en grafías y
papeles. ¡Qué lejos estamos del marqués de Paraná y del vizconde de Uruguay!.
He terminado, ¡por fin!, este detallista alegato.
He agotado, en una labor minuciosa,
los tremendos cargos de José Antonio Soares de Souza. No me interesan sus
opiniones divergentes, pero no he podido pasarlas por alto por el calificativo
de mentiras antepuesto. En cuanto a la curiosa acusación de deshonestidad
intelectual, el lector podrá juzgar las proporciones a que ha quedado
reducida.
Estas imputaciones me han dado, lo
confieso, la satisfacción de saber cuán pocos errores se deslizaron en
un libro de la índole del mío. Algunos nombres erróneos, unas fechas
postergadas, una sesión secreta que no fue secreta, es cuanto ha quedado en pie
después de pasar por la censura más severa y parcial a que ha sido sometido un
libro de historia Argentina. Un erudito especialista en minucias lo ha
analizado durante seis años (de 1958 a 1964), confrontando sus
transcripciones con los originales de Itamaraty, compulsando periódicos
brasileños y argentinos, y los papeles de su repositorio particular. Como errar
es humano, francamente no creía que hubiese elaborado una obra tan cerca de la
perfección después de estudiar y transcribir más de mil documentos, escritos la
mayor parte en portugués, y elaborar con ellos, un capítulo de la historia
sudamericana muy poco – casi nada – estudiado hasta hoy.
Sólo quedaron en pie los frenéticos
adjetivos que la incontinencia de Soares me dedica. Dije antes que podían
deberse a la modalidad de algunos historiadores brasileños cuando se les holla
lo que entienden por su propiedad exclusiva. Pero podría ocurrir que el
descendiente de El Rey Honorio hubiese heredado el carácter impulsivo,
incontrolable, zanga e mala criança (como dice el mismo Soares) del
marqués de Paraná. O quisiera imitarlo. Es de deplorar que juntamente no haya
heredado, o no imite, otras cualidades de su ilustre bisabuelo.
Zanga e mala criança, resentimiento de un pasado
familiar que sólo perdura en los amarillentos papeles del Brasil imperial, y
sobre todo una irremediable miopía que le impide separar lo esencial de lo
accesorio: creo que allí está la psicología de mi crítico y la explicación de
sus insultos que la Editorial Devenir acaba de publicar con fruición.
No quiero lamentarlo. En treinta
años de contribuir a formar la conciencia nacional, he debido sufrir
injusticias peores. No me amilanaron, porque sé que a las estrellas se va por
el camino áspero, y menos puede amilanarme ésta, que me ha permitido demostrar
la probidad intelectual que confeccionó La Caída de Rosas. Por una vez
alguien de la mentalidad de Soares de Souza dejará de hacer mal. No se cumplirá
aquella insolencia que el marqués de Paraná lanzó al rostro de Pedro II
y lo obligaron a dejar el ministerio en 1843: “La culpa ha sido solo mía,
Majestad, Quien se acuesta con tontos, amanhece molhado” Perdóneme,
Soares si he modificado fraudulentamente la rompante del bisabuelo para
aplicársela al biznieto.