Revista “Apuntes
Históricos Revisionistas” Nº 2 – Noviembre de 1967 – 2 hojas - 850 palabras.
¿Por qué Rosas se fue a Inglaterra después de Caseros?
“¿Si Juan Manuel de Rosas era tan atibritánico, por
qué eligió
Inglaterra
para vivir su exilio?”
Es
una pregunta que he oído muchas veces; antes que nada debe decirse que Rosas no
era antibritánico sino argentino, que no es lo mismo: luchó contra los ingleses
cuando se metieron con nosotros, y los respetó cuando nos respetaron. No tenía motivo de inquina contra ellos
después que reconocieron la victoria argentina en el tratado Southern-Arana de
1849.
Con
los ingleses se entendió bien; con quienes nunca pudo entenderse fue con los
anglófilos.
A
los ingleses les pasó lo mismo.
Quisieron vencer a Rosas y este contestó a la agresión con el gesto
heroico de la Vuelta de Obligado.
Pero estar en guerra contra extranjeros no significa odiarlos: los ingleses
eran patriotas que combatían por el engrandecimiento de su patria, y Rosas era
un patriota que luchaba en defensa de la suya. Los ingleses, como los franceses, admiraron el gesto de Rosas:
ellos hubieran hecho lo mismo de haber nacido argentinos. Lord Howden llegado a Buenos Aires
por 1847 para hacer la paz, fue apasionado admirador de Rosas. Lo cual no quiere decir que dejara de ser
muy inglés y tratase de sacar las ventajas posibles para su patria.
Para
el buen inglés no había cotejo posible entre Rosas y los unitarios. Aquél era un enemigo de frente, que los
había vencido en buena lid, y digno de todo respeto; en cambio éstos eran
agentes sin patria que necesitaba como auxiliares en la guerra, pero a
los cuales despreciaba. Los pagaba, y
nada más.
Esta
posición de los imperios con sus servidores nativos, no la pudo entender
Florencio Varela cuando fue a Londres en 1848 a gestionar a Lord Aberdeen la
intervención permanente británica en el Plata, el apoderamiento por Inglaterra
de los ríos argentinos, y el mayor fraccionamiento administrativo de lo que
quedara de la República Argentina.
Fue don Florencio a Londres muy convencido de que los ingleses lo
recibirían con los brazos abiertos por estas ofertas, pero Aberdeen lo echó poco
menos que a empujones del despacho: le dijo claramente que Inglaterra no
necesitaba el consejo
de nativos para dirigir su política de expansión en América, y sabía
perfectamente lo que debería tomar y cuándo podía tomarlo; que Varela se
limitara a recibir el dinero inglés para su campaña en el “Comercio del Plata”
en contra de la Argentina, sin considerarse autorizado por ello a alternar con
quienes le pagaban.
Otra cosa les ocurre a los imperialistas con los
nacionalistas. Los combaten con todas
las armas posibles; pero íntimamente los respetan y admiran. Es comprensible que así sea. Tampoco un nacionalista odia a un
imperialista: luchará contra él hasta dar o quitar la vida en defensa de la
patria chica, pero no tiene motivos personales para malquerer a quien sirve con
toda buena fe el mayor engrandamiento de la suya. Ambos – imperialistas y nacionalistas – podrán ser enemigos en
el campo de batalla o en la contienda política, pero se comprenden, pues a los
dos los mueve la pasión del patriotismo.
Este de su patria chica. Aquél de la grande. No se puede odiar aquello que se comprende. En cambio al
cipayo que vende su patria, no lo comprenden ni unos ni otros. Los
imperialistas lo emplean a su servicio,
pero lo desprecian.
Un auténtico nacionalista no es un anti: su verdadera posición es afirmativa y no
negativa. En cambio un cipayo puede
ser un anti: empieza, por ser
antipatriota, y sigue por oponerse a todo imperialismo que no sea el de sus
preferencias.
En tiempos de Rosas había unitarios antibritánicos
por profranceses, o antifrariceses por proingleses. Como hoy encontramos
antisoviéticos, antiyanquis o antibritánicos, por ser defensores de otro
imperialismo foráneo. Un verdadero
argentino no entiende esas oposiciones: combatirá con uñas y dientes al imperialismo que quiera mandar en
nuestra tierra, exclusivamente por ese hecho y sin llevar la lucha más allá.
Así lo hizo Rosas.
Luchó contra los invasores europeos en Obligado y en cien combates y
luchó contra sus auxiliares nativos.
Venció a aquéllos, y les tendió la mano de igual a igual una vez que se
comprometieron (en los tratados en 1849 y 1850) a reconocer la plena soberanía
argentina. Perdonó a éstos en sus
leyes de amnistía por deber de humanidad, pero no les tendió la mano de igual a
igual: fueron siempre los “salvajes” sin patria que ayudaron al extranjero.
Por eso Rosas vivió sus últimos años en Inglaterra. Lo rodeaban gentes que sabían lo que era
el sentimiento de patria y admiraban al Jefe de aquella pequeña nación
americana que los venciera en desigual guerra. Por otra parte, Rosas no eligió el lugar de su exilio: el
“Conflict” que lo llevó a Europa lo dejó en el puerto de Southampton, y allí se
quedó los veinticinco años que le restaban de vida. Da la impresión de que, no siendo su patria, todo otro lugar
era indiferente a ese gran criollo que fue Juan Manuel de Rosas.