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Artículo
en el periódico RETORNO, 5/11/1964 – 3 carillas 1.555 palabras |
Por José Maria
Rosa
EL
MISTERIO DE PAVÓN (17 de Septiembre de 1861)
CHOCAN
cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia de
Santa Fe, los ejércitos de Urquiza y Mitre. A Urquiza, a pesar de
Caseros, lo rodea el pueblo entero; Mitre representa la oligarquía porteña.
Aquél es un militar de experiencia, éste ha sido derrotado hasta por los indios
en Sierra Chica. El resultado no
parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda, en octubre de 1859,
cuando el ejército federal derrotó a los libertadores.
Parece
que va a ser así. La caballería
de Mitre se desbanda. Ceden su
izquierda y su derecha ante las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil resistencia que no puede
prolongarse, y Mitre como Aramburu en Curuzú Cuatiá, emprende la fuga. Hasta qué le llega un parte famoso: "¡No
dispare, general, que ha ganado!".
Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera – y única – victoria
militar.
¿Que
ha
pasado? .. Inexplicablemente Urquiza
no ha querido coronar la victoria. Lentamente, al tranco de sus caballos para
que nadie dude que la retirada es voluntaria, ha hecho retroceder a los
invictos jinetes entrerrianos.
Inútilmente los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan
"en el campo de la victoria" le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡si nunca ha habido triunfo más completo!
Pero Urquiza sigue su retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no
volverá de Entre Ríos.
¿Qué
pasó en Pavón?.. Es un misterio no
aclarado todavía. Se dice que
intervino la masonería fallando el pleito en contra del pueblo, sin que Urquiza
pagara las costas (las pagó el país), que un misterioso norteamericano de
apellido Yatemon fue y vino entre uno y otro campamento
la noche antes de la batalla concertando un arreglo, que Urquiza desconfiaba
del presidente Santiago Derqui, que estaba cansado y prefirió arreglarse con
Mitre, dejando a salvo su persona, su fortuna y su gobierno en Entre Ríos. Todo puede conjeturarse. Menos que lo que dirá en su parte de
batalla: que abandonó la lucha "enfermo y disgustado al extremo por el
encarnizado combate“. ¡Urquiza con
desmayos de niña clorótica! ..
Derqui
ingenuamente intentará la resistencia.
El grueso del ejército federal está intacto y lo pone a las órdenes de
Juan Saa, mientras espera el regreso de Urquiza. Lo cree enfermo y le escribe deseándole "un pronto
restablecimiento para que vuelva cuanto antes o ponerse al frente de las
tropas". Pero Urquiza no
vuelve, no quiere volver. A cuarenta
días de la batalla, el 27 de octubre, el inocente Derqui todavía escribe al
sensitivo guerrero interesándose por su salud y rogándole que “tome el mando“.
La trompetería oligárquica anuncia la gran victoria, aunque Mitre no puede mover a los suyos de la estancia de Palacios porque no tiene caballada. Sarmiento, desde Buenos Aires, le escribe el 20 de setiembre: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos“ (Archivo Mitre, tomo IX, pág. 363). Pero Urquiza quiere medidas radicales "o Southampton o la horca”. En Southampton pasaba su ancianidad, pobre pero jamás amargado, Juan Manuel de Rosas.
Ni
uno ni otro. Urquiza no será un
prófugo. Quedará en Entre Ríos y no
perderá ni el gobierno de esa provincia ni una sola de sus muchas vacas. Derqui, Pedenera, Saa, el Chacho Peñaloza,
Virasoro, Juan Pablo López, esperan que vuelva Urquiza de Entre Ríos y en una
sola carga desbarate las atemorizadas tropas mitristas. Por toda la República, de Rosario al Norte,
vibra el grito ¡Viva Urquiza! en desafío a los oligarcas: todos llevan al pecho
la roja divisa federal con el dístico “Defendemos la ley federal jurada. Son
traidores quienes la combaten".
Urquiza tiene trece provincias consigo y un partido que es todo,
o casi todo, en la República. Se lo
espera con impaciencia. Derqui
suponiendo que es el obstáculo para el regreso del general, opta por eliminarse
de la escena y en un buque inglés se va silenciosamente a Montevideo,
renunciando la presidencia. Lo
reemplaza Pedernera, que tiene toda la confianza de Urquiza. Pero Urquiza no viene.
Entonces
las divisiones mitristas a las órdenes de Sandes, Iseas, Irrazabal
Flores, Paunero, Arredondo (todos jefes extranjeros) entran implacables en el
interior o cumplir el consejo de Sarmiento.
Hombre encontrado con la divisa federal es degollado; si no lo llevan es
mandado a un cantón de fronteras a pelear con los indios. No importa que tenga hijos y mujer Es gaucho, y debe ser eliminado del mapa
político. Todo el país debe
"civilizarse“.
Venancio
Flores, antiguo presidente uruguayo, a las ordenes de los porteños, sorprende
en Cañada de Gómez el 22 de noviembre al grueso del ejército federal que sigue
esperando órdenes de Urquiza. Ahí
están sin saber a quién obedecer, ni qué hacer. Flores pasa tranquilamente a degüello a la mayoría e incorpora a
los otros a sus filas. Nuestras
guerras civiles no se habían distinguido por su lenidad precisamente, pero
ahora se colma la medida. Hasta Gelly
y Obes, ministro de Guerra de Mitre, se estremece con la hecatombe: "El suceso de la Cañada de
Gómez – informa – es uno de los hechos de armas que aterrorizan al
vencedor... Este suceso es la segunda
edición de Villamayor, corregida y aumentada“ (en Villamayor, Mitre había hecho
fusilar al coronel Gerónimo Costa y sus compañeros por el sólo delito de ser
federales).
Esa
limpieza de criollo que hace el ejército de la Libertad entre 1861 y 1862 es la
página más negra de nuestra historia, no por desconocida menos real. Debe ponerse el país "a un mismo
color" eliminando a los federales.
Como los incorporados por Flores desertan en la primera ocasión, en
adelante no habrá más incorporaciones: degüellos,
nada más que degüellos. No los
hace Mitre, que no se ensucia las manos con esas cosas; tampoco Paunero ni
Arredondo. Serán Flores, Sandes,
Irrazabal, todos extranjeros. Y los
ejecutores materiales tampoco son criollos: se buscan mafiosos traídos de
Sicilia: ”En la matanza de la Cañada
de Gómez – escribe José María Roxas y Patrón a Juan Manuel de Rosas, los
italianos hicieron despertar en lo otra vida a muchos que, cansados de
los trabajos del día, dormían profundamente“ (A. Saldías: La evolución republicana, pág. 406).
Así
avanza la ola criminal, estableciendo “El reinado de la libertad“, como dice La
Nación Argentina, el diario de Mitre.
Sarmiento
sigue con sus aplausos: “Los gauchos son bípedos implumes de tan infame
condición, que nada se gana con tratarlos mejor", dice el apóstol de
la civilización. Los pobres criollos
que caen en manos de los libertadores, solo pueden exclamar ¡Viva Urquiza! al
sentir el filo de la cuchilla. Algunos
consiguen disparar al monte a hacer una vida de animales bravíos.
Seguirá la matanza en Córdoba, San Luis,
Mendoza, San Juan, La Rioja, mientras se oiga el ¡Viva Urquiza! en alguna
pulpería o se vea la roja cinta de la infamia. Que viva Urquiza mientras mueren los federales. Y Urquiza vive tranquilo en su palacio San
José de Entre Ríos, porque ha concertado con Mitre que se le deje su fortuna y
su gobierno a condición de abandonar a los federales. Dentro de poco hará votar por Mitre en las elecciones de
presidente.
"Pavón no es solo una "victoria
militar – escribe Mitre o su ministro de Guerra – es sobre todo el triunfo de
la civilización sobre los elementos de la barbarie".
Fue
entonces que se alzó la noble figura del general Ángel Vicente Peñaloza,
llamado El Chacho por todos. Era
brigadier de la Nación y jefe del III ejército nacional acantonado en
Cuyo. Al ver que los libertadores
proceden de esa manera, escribe a uno de ellos, el general Antonino Taboada, el
8 de febrero de 1862: "¿Por qué hacen una guerra a muerte entre hermanos
con hermanos?", contraria a la hidalguía de la raza. No hay objeto porque Urquiza ya no vuelve
más y los federales han aceptado su derrota.
Pero de allí a exterminarlos, va mucho ”¿No es de temer que las
generaciones futuras nos imitaran tan pernicioso ejemplo?”.
La
carta es tomada como una provocación, y Peñaloza queda despojado de su rango
militar y declarado indigno de vestir el uniforme. Las tropelías siguen: degüellos, saqueos, raptos, violaciones. En Guaja, Sandes ordena quemar la casa del Chacho,
después de saquearla.
Peñaloza
se revuelve como un jaguar herido. No
tiene tropas de línea, ni armas, ni jefes, Pero su grito de guerra resuena por
todos los contrafuertes andinos, y van a reunírseles cientos, miles, de
paisanos que llegan con su caballo de monta y otro de tiro, agenciado quién
sabe cómo. Con medio tijera de
esquilar fabrican una lanza acoplándola a una caña Tacuara. Y el Chacho empieza sus victoriosas marchas
y contramarchas de La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis. La montonera crece y se hace
imbatible. Poco pueden contra ella los
ejércitos de línea formados por milicos enganchados o condenados a servir las
armas: las cargas de los jinetes llanistas desbaratan a los ejércitos de la
libertad.
Le
ofrecen la paz, y el Chacho la acepta porque es un ingenuo. Cree en la sinceridad y buena fe de los
libertadores. El no pelea para
imponerse a nadie, sino para defender a los suyos. En La Banderita el 30 de mayo se firma el compromiso: no se
perseguirá más a los criollos, y Peñaloza desarmará su montonera. José Hernández, el autor de Martín Fierro,
cuenta la entrega de los prisioneros tomados por el Chacho: "Ustedes dirán si
los he tratado bien – pregunta éste – ¡Viva el general Peñaloza! fue la
respuesta. Después el riojano
pregunto: – ¿Y bien? ¿Dónde está la gente que ustedes me apresaron? .. ¿Por qué no responden? .. ¡Qué! ¿Será verdad lo que se ha dicho? Será
verdad que los han matado a todos? ..
Los jefes de Mitre se mantenían en silencio,- humillados. Los prisioneros habían sido fusilados sin
piedad, como se persigue y se mata a las fieras de los bosques; sus mujeres
habían sido arrebatadas por los vencedores“.
(Vida del Chacho, p. 176).
Todo
es mentira en los libertadores. No
habrá paz. Al Chacho lo han engañado
valiéndose de su buena fe de caballero y de criollo. Apenas se licencia el ejército federal, que Sarmiento - ahora
gobernador de San Juan y director de la guerra – incita o Mitre a no cumplir el
compromiso: “Sandes está saltando por llegar a La Rioja y darle una buena tunda
al Chacho. ¿Qué regla seguir en esta
emergencia? Si va, déjelo ir. Si
mata gente, cállese la boca".
Recomienza
la persecución de la gente.
"Quiero hacer en La Rioja una guerra de policía – escribe Mitre a
Sarmiento –. Declarando ladrones a los
montoneros sin hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos ni
elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy
sencillo..." (D. F. Sarmiento Obras Completas, XIX 292). No dice lo que es sencillo, porque
hay cosas que Mitre no escribe y debe
ser entendido a medias palabras. Pero
Sarmiento, que tiene otra pasta, reúne a los jefes militares, les lee instrucciones
de Mitre y acota: “Está establecido en este documento la guerra a
muerte... es permitido quitarles la
vida donde se los encuentre“.
Con todo hay en Mitre y Sarmiento un homenaje al derecho. Mitre debe dictar una cátedra para decir que debe aplicarse a la gente del Chacho la guerra de policía, Sarmiento debe aclararla que es a muerte, que Sandes y los suyos no tengan escrúpulos. Un siglo más tarde, la ley marcial se aplicará en la Argentina – sin retorcerla, ni interpretarla, ni valerse de subterfugio alguno – a todo prisionero vencido, aún a quienes se entregan voluntariamente, aún a los tomados antes de iniciarse las operaciones. Pero no estoy escribiendo sobre años tan estúpidamente crueles (*), de retroceso moral tan manifiesto, sino sobre cosas ocurridos hace un siglo cuando Sarmiento y Mitre – algo distintos a sus sucesores de 1956 – debían explicar con razonamientos especiosos, pero razonamientos al fin, porque aplicaban la ley marcial a los adversarios
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Tiempos que Chacho con su generosidad criolla temía que
llegaran si los libertadores de 1861-62 encontraban quienes los tomaran como
modelo. "¿No es de temer que las generaciones futuras nos imitarán tan
pernicioso ejemplo?" ... ¿Imitarán? |
(*) Rosa escribía esto en 1964 -