Este artículo salió en el
suplemento dominical del diario ABC-Color de Asunción (Paraguay) en cuatro
entregas – del 10/02 – 17/02 – 3/03 y 10/03/1974 - 6.250 palabras – 14 carillas
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El gobierno de Catamarca ha dispuesto la
repatriación de los restos de Felipe Varela hasta ahora en el cementerio
chileno de Ñantoco, cerca de Copiapó, y hoy 10 de febrero serán llevados
con gran ceremonia al túmulo erigido en Catamarca.
Me parece que pocos conocen en Paraguay la historia
de Felipe Varela, el Quijote de los Andes, que luchó en 1867 en el noroeste
argentino por la misma causa que el mariscal Francisco Solano López, y muriera
en el exilio, la miseria y la execración. En homenaje al legendario guerrero de
los Andes y su "Guerra de Unión Americana" escribo estas líneas.
REPERCUSIÓN DE CURUPAYTY
EN LA ARGENTINA
La noticia del desastre del 22 de setiembre de 1866 corrió con velocidad por la Argentina. Pese a la tergiversación del parte oficial y ocultamiento del número de bajas aliadas, todos leyeron entre líneas la magnitud del desastre.
Pasó entonces algo que puede
parecer asombroso a algunos, porque Curupayty fue una derrota argentina y la
sangre derramada era de hermanos y aliados. Sólo La Nación Argentina (el diario
de Mitre) y algún otro de su tendencia, sintieron Curupayty como una derrota.
Casi todos se alegraron de la derrota mitrista, y algunos aplaudieron
francamente el triunfo del Paraguay. A la expresión traidores que les arrojó el
gobierno (clausurando esa prensa y encarcelando a sus redactores) contestaron
que la traición "a América" estaba, ante todo, en quienes
combatían al Paraguay. Navarro Viola edita Atrás el Imperio, Guido y
Spano juzga en El Gobierno y la Alianza que "la alianza es de los
gobiernos y no de los pueblos", Olegario V. Andrade escribe Las dos
políticas. Y en un folleto anónimo (tal vez de Juan José Soto) se ponen los
Ministerios de la Alianza al alcance de los Pueblos. Todo eso pese al estado
policial impuesto por el gobierno: en enero de 1867, el reaparecido Eco de
Entre Ríos – periódico de Paraná – elogia la promoción a general paraguayo
del joven santafesino Telmo López, que desde la invasión de Flores al Uruguay
combatía en "las filas americanistas". Estamos seguros -
transcribo el Eco – que Telmo López, ese hermano en Dios y en la democracia, en
el elevado puesto que hoy ocupa sabe colocarse a la altura de sus antecedentes
y corresponder con brillo a la confianza del pueblo paraguayo y a las legítimas
esperanzas que los amigos tenemos en él. ¡Fe y adelante, joven guerrero!. Que
el día del triunfo del Paraguay no está lejano, y la hora de la redención de
nuestra patria argentina se acerca".
Día del triunfo, hora de la
redención, hermano en Dios y en la democracia... ¿Éramos aliados o enemigos del
Paraguay?. Rawson, ministro del Interior de Mitre, ordena nuevamente el cierre
del Eco y también de otros cuatro periódicos por "tomar una dirección
incompatible con el orden nacional, y con los deberes que al gobierno nacional
incumben en épocas como la presente".
Pero la Argentina parece
desbordarse. El 9 de noviembre el contingente (“voluntarios“ llevados
con maneas al frente de guerra) reclutado para cubrir las bajas de Curupayty,
se subleva en Mendoza con el grito ¡Viva la patria!, ¡Vivan nuestros hermanos
paraguayos!. Los gendarmes que el gobernador Videla manda a contenerlos se unen
a los sublevados, abren las puertas de la cárcel a algunos periodistas presos
por “paraguayistas“ y se hacen dueños de la ciudad. El gobernador escapa con
premura. Será la revolución de los colorados, la primera de una serie
que agitará el noroeste. A poco, el sanjuanino Juan de Dios Videla se
lanza sobre su provincia; en enero de
1867 el puntano Juan Sáa (el valeroso Lanza Seca) levanta San Luis y se impone
a la caballería de línea con la que el general Paunero trata inutilmente de
contenerlo. El famoso guerrillero de Chilecito, Aurelio Salazar escapa de la
cárcel de Córdoba y levanta los gauchos de los llanos (La Rioja), la
tierra de Facundo Quiroga y el chacho Peñaloza, para entrar en triunfo en la
capital de su provincia.
La reacción por Curupayty se deja
sentir en todas partes en ese verano de 1867. Alarmado, el vicepresidente
Marcos Paz al frente de la administración por ausencia de Mitre, escribe a este
que “el incendio parece contagiarse a la República integra”. Mitre desprende lo
mejor de sus tropas. Pero no bastan, y el 9 de febrero – en parte, justicia es decirlo, incitado por
sus aliados brasileños que desean alejarlo del frente paraguayo – deja el
campamento de Tuyuti y regresa a la Argentina.
EL QUIJOTE DE LOS ANDES
Es ahora que hace su aparición en la historia Argentina el coronel Felipe Varela. Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, como es común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. - Aunque fuera una locura.
Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de abatir endriagos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría.
Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la Nación con despachos firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general de la Nación) se lo había borrado del cuadro de jefes. No se le importó: siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas lo llamaran "bandolero" como a Peñaloza.
La muerte del Chacho lo arrojó al exilio, en Chile. Allí asistió dolido a la iniciación de la guerra de la Triple Alianza y palpó en las cartas recibidas de su tierra su impopularidad. Le ocurrió algo más: presenció el bombardeo de Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez. enterándose con indignación que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra. Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la prueba del antiamericanismo del gobierno de su país. Cuando llegó a saber en 1866 el texto del Tratado de Alianza (revelado desde Londres), no lo pensó dos veces. Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los bocones los llamará) del deshecho militar chileno. Equipó con ellos unos cuantos exiliados argentinos, federales como él, esperando el buen tiempo para atravesar la cordillera. Cuando esta se hizo practicable, al principio del verano, la noticia de Curupayty sacudía a todo el país. ¡Ah! Olvidaba: también gastó su dinero en una banda de musicantes para amenizar el cruce de la cordillera y las cargas futuras de su “ejercito". Esa banda crearía la zamba, canción de la "Unión Americana" en sus entreveros, y la más popular de las músicas del Noroeste argentino.
A mediados, de enero está en Jáchal, provincia de San Juan, que será el centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel con dos batallones de cien plazas, sus bocones y su banda de música corrió con el rayo por los contrafuertes andinos. Cientos y cientos de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba, sacaron de su escondite la lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia ensillaron el mejor caballo y con otro de la brida fueron hacia Jáchal. A los quince días de llegado, el “ejército" del Coronel tenía más de 4.000 plazas. Por las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por toda la Republica:
.."¡Argentinos! El pabellón
de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta
Ayacucho, y que en la desgraciada jornada
de Pavón cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas de Mitre, ha
sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú
y Curupayty. Nuestra Nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes,
tan rica en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una
esclava quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre
y sus grandes destinos por el bárbaro
capricho de aquel mismo porteño que después de la derrota de Cepeda,
lagrimeando juró respetarla.
¡Basta de victimas inmoladas al
capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia!. ¡Cincuenta mil
victimas inmoladas sin causa justificada dan testimonio flagrante de la triste
situación que atravesamos!
¡Abajo los infractores de la ley!
¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de
Uruguayana, al precio del oro, las lagrimas y la sangre paraguaya, argentina y
oriental!.
Nuestro programa es la práctica
estricta de la Constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la Unión
con las demás repúblicas americanas.
¡Compatriotas! Al campo de la lid os invita a recoger los laureles del triunfo o de la muerte, vuestro jefe y amigo.
CORONEL FELIPE VARELA".
Por todos los pueblos del oeste
debió correr la cuarteta recogida por Antonio Carrizo en su Cancionero de La
Rioja:
De Chile llegó Varela,
Y vino a su Patria hermosa.
Aquí ha de morir peleando
por el Chacho Peñaloza.
O aquella otra :
Viva el Coronel Varela
por ser un Jefe de honor!
Que vivan sus oficiales!
Viva la Federación!
Y esta:
La República Argentina
siempre ha sido hostilizada,
porque quienes gobernaban
con mala fe caminaban.
Ahora que viene encima
levantada su bandera,
la gloria y la primavera
florecen por sus caminos,
gritemos los argentinos:
¡Viva el Coronel Varela!.
No hay uniformes, ni falta que
hacen. La camiseta de friza colorada, el color de la Federación es distintivo
suficiente; un sombrero de panza de burro adornado con ancha divisa roja :
"Federación o Muerte". ¡Viva la Unión Americana! ¡Mueran los negreros
traidores a la patria!" protege del sol de la precordillera. A veces le
divisa se ciñe como una vincha sobre la frente, no dejando que la tupida melena
caiga sobre los ojos.
No habrá armas, ni uniformes, pero
no faltan los servicios esenciales. Al rancho lo preparan mujeres que llegan de
todo el Noroeste al llamado del caudillo: acompañarían al ”ejército" en
toda la patriada; harán de enfermeras, amantes y si las cosas aprietan,
cargaran las lanzas porque tienen fuertes los brazos y templado el ánimo.
Y, ¡cosa notable!, hay disciplina.
¡El coronel Varela es inflexible con eso! Un soldado de la Unión Americana debe
ser ejemplo de humanidad, buen comportamiento y obediencia. Pasada la guerra,
los “nacionales” (el ejército mitrista) buscarían pruebas de atropellos
de "esos bandidos". No pudieron encontrarlas, ni siquiera inventarlas
con medianos visos de verosimilitud: el "sumario" por la toma de
Salta el 10 de octubre de 1867, analizado por los historiadores serios, solo
mostró un tejido de fábulas.
FRANCISCO CLAVERO
En Jáchal se adiestra el “ejército" y preparan sus oficiales, cuyos nombres persisten como leyendas en el Noroeste: Guayama, Elizondo, Chumbita, Videla, Medina, Angel, Salazar; mineros de las faldas de Famatima o estancieros de Los Llanos los más de ellos.
Un día llega a los fogones de Jáchal nada menos que Francisco Clavero, a quien se tenía por muerto desde las guerras del Chacho cuatro años atrás. Antiguo granadero de San Martín en Chile y el Perú, era sargento al concluir la guerra de la Independencia.
Integrará bajo Rosas las guarniciones de fronteras donde su coraje y comportamiento lo hacen Mayor. Don Juan Manuel lo llevará mas tarde al Regimiento Escolta con el grado de teniente coronel. Asiste a la batalla de Caseros – del lado argentino – y será con el coronel Chilavert el último en batirse contra la división brasileña del Marqués de Souza. Urquiza, que prefería rodearse de federales que de unitarios, no admite su solicitud de baja y en 1853 estará a su lado en el sitio de Buenos Aires. Con las charreteras de coronel, dadas por Urquiza, combate en el Pocito contra los "salvajes unitarios" y fusilará al gobernador Aberastain después de la batalla. Cuando llegan las horas tristes de Pavón debe escapar a Chile perseguido por la ira de Sarmiento, pero vuelve para ponerse a las órdenes del Chacho. Herido gravemente en Caucete, cae en poder de los "nacionales“ que lo han condenado a muerte y tienen pregonada su cabeza. Sarmiento, Director de la Guerra, ordena su fusilamiento, que no llega a cumplirse por uno de esos imponderables que tiene la guerra: un jefe "nacional" cuyo nombre no se ha conservado, compadecido de Clavero, lo remite con nombre supuesto, entre los heridos nacionales al Hospital de Hombres de Buenos Aires e informa al implacable Director de la Guerra que la sentencia "debe haberse ejecutado" porque el coronel ”no se encuentra entre los prisioneros".
Un milagro de su físico y de la incipiente cirugía, le salva la vida en el hospital. No obstante faltarle un brazo y tener un parche de gutapercha en la bóveda craneana, abandona el Hospital cuando llegan a Buenos Aires las noticias del levantamiento del Noroeste. El viejo sargento de San Martín consigue llegar al campamento de Varela, donde todos lo tenían por muerto; se dice que, sin darse a conocer de la tropa – donde su nombre tenía repercusión de leyenda – se acercó a un fogón, tomó una guitarra y punteando con su única mano cantó:
"Dicen que Clavero ha muerto,
Y en San Juan es sepultado.
No lo lloren a Clavero,
Clavero ha resucitado”.
El entusiasmo de los montoneros fue estruendoso, tanto que sus ecos retumbaron en Buenos Aires donde los diarios se preguntaban por qué no se cumplió la sentencia contra el coronel federal, y quién era responsable por no haberlo hecho. La noticia de la resurrección de Clavero llegó hasta Inglaterra donde Rosas, viejo y pobre pero nunca amargado ni ausente de lo que ocurría en su patria, seguía con atención la "guerra de los salvajes unitarios contra el Paraguay” y llegó a esperar que a los compases de la zamba de Varela fuera realidad la unión de los pueblos hispánicos “contra los enemigos de la Causa Americana". El 7 de marzo de 1867 escribe a su corresponsal y amiga Josefa Gómez (otra ferviente paraguayista) – y la carta está en el archivo General de la Nación de Buenos Aires –
”Al coronel Clavero si lo ve V. dígale que no lo he olvidado ni lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar la virtud de su fidelidad”.
EL
SILENCIO DE URQUIZA
Puede
conjeturarse el plan de la guerra de montoneras: Varela debe apoderarse de las
provincias del oeste; Sáa y Videla correrse por San Luis y Córdoba hasta el
litoral, López Jordán levantar Entre Ríos y apoyarse en los federales de Santa
Fe y Corrientes, Timoteo Aparicio invadir el Uruguay con los blancos
orientales, Urquiza sería el jefe si aceptaba serlo; de cualquier manera la
guerra se haría con Urquiza, sin Urquiza o contra Urquiza.
Sáa
escribe a Urquiza: "... encargado de trasmitir a V.E. la voluntad de las
masas, solo esperamos que V.E. se digne a impartirnos sus órdenes. Pero Urquiza calla. Sus intereses
comerciales se ligan a la continuación de la guerra con Paraguay de la que saca
buen provecho como proveedor del ejército, y a la paz interna por sus
cuantiosos intereses de estanciero y comerciante y su paquete de acciones en el
ferrocarril Central Argentino.
Políticamente solo le interesa controlar Entre Ríos, donde su prestigio
ha menguado considerablemente. El banquero Buschenthal le aconseja: "
Espero que S E. no se comprometa con esta gente ( los montoneros) C'est tres
pront..." Otra cosa será cuando consigan mejor posición.
No
se comprometerá pero no los desautorizará tampoco pues le permite su viejo
juego de quedarse observando el fiel de la balanza para cobrar el mejor precio.
Escribe a Sáa - 10 de febrero de 1867 -
una carta evasiva que a nadie compromete. Pero este quiere creer de apoyo.
Para marzo han llegado a Rosario los
veteranos del Paraguay con su brillante oficialidad: los buques ingleses dejan en su puerto cañones Krupp y
fusiles Albion y Brodlin para armar los tres ejércitos nacionales de Paunero,
Taboada y Navarro que operarían contra la Unión Americana. Mitre hubiese
querido ponerse a su frente pero el recuerdo de Sierra Chica. Cepeda y
Curupayty prevaleció en el Estado Mayor, mejor era dejarlo de observador.
SAN IGNACIO ( lº de abril)
Sáa se mueve de San Luis a Córdoba
donde hay elementos suficientes para levantar la provincia. Paunero, desde Río
Cuarto destaca a Arrendondo a
cerrarle el paso de San Ignacio (cruce del Río Quinto en la carretera de San
Luis a Mercedes). Y el ministro de guerra, Julián Martínez, se instala en
Córdoba donde se sienten ruidos intranquilizadores.
Sáa ataca a Arredondo al anochecer
del 1º de abril; erróneamente creyó que el jefe nacional tenía pocos hombres,
porque de otra manera le hubiera convenido eludirlo y llegar a Córdoba, donde
los federales esperaban. "San Ignacio se ganó por casualidad" dirá
años después el general Garmendia. Nada pudieron las lanzas montoneras contra
los Krupp, ni las cargas de indios ( 500 ranqueles combatían junto a Lanza
Seca) contra los cuadros de infantería de Iwanowsky, Fotherigham, Luis María
Campos y la brava caballería de José
Miguel Arredondo. En cargas nocturnas se estrellaron Juan y Felipe Sáa, Carlos
Juan Rodríguez, Juan de Dios Vídela, Manuel Olascoaga. Sin embargo la
victoria estuvo indecisa hasta el amanecer.
La montonera quedó derrotada. No
hubo prisioneros como lo ordenaba la ley de policía dictada en Buenos Aires.
Muy pocos sobrevivientes consiguieron ocultarse y escapar a Chile por los pasos
de la cordillera, que a esa altura del año era apenas practicable.
EL POZO DE VARGAS (10 de
abril).
Varela ha marchado hacia su Catamarca natal, atravesando La Rioja: es un paseo en triunfo donde los festejos se repiten al entrar el viejo caudillo en cada poblado. En La Rioja su "ejercito" se amplía porque los riojanos quieren luchar por la Unión Americana.
A los lánguidos compases de la zamba, la montonera se dirige a Catamarca donde todos esperan al Caudillo. De allí a Tucumán y Salta donde vendrían sin duda las órdenes de Urquiza, las órdenes que Varela supone no podrá negarle Urquiza viendo el juego decidido. En ruta hacia Catamarca le llegan dos malas noticias. Que Sáa fue aniquilado en San Ignacio, y Taboada al frente del ejercito nacional del Noroeste ha aprovechado su ausencia para entrar en La Rioja.
Los nacionales vienen
Pozo de Vargas
Tienen cañones y tienen
Las uñas largas.
Dice la letra riojana de la zamba
de Vargas (que no es la del ejército de Taboada, que se apropió de la música,
como se apropió de tantas cosas). Varela vuelve grupas. A los compases de la
zamba su ejército regresó a La Rioja a todo galope. El 9 de abril, ya próximo a
la ciudad, Varela invita caballerescamente a Taboada "a decidir la suerte
y el derecho de ambos ejércitos fuera de la población; "a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea
víctima de los horrores consiguientes de la guerra y el teatro de excesos que
ni yo ni V.E. podremos evitar".
Taboada fijaría el campo de la liza "por lo menos a tres leguas del
ejido". El jefe nacional no contesta.
Ha urdido un plan que debe darle la victoria. Como los federales marchan
a todo galope y sin mayor descanso, supone que llegarán desfallecidos y
sedientos a La Rioja. Por lo tanto ha destruido los jagüeles del camino,
dejando solamente a uno, el Pozo de Vargas a la entrada misma de la ciudad.
Supone que los rnontoneros se arrojarán sobre el agua; y entonces la artillería
y fusilería nacionales, convenientemente atrincheradas alrededor del pozo los
aniquilaría sin remedio.
Ocurrió lo previsto. Varela no
encontró agua en los jagüeles de Las Mesillas, donde esperaba acampar la noche
del 9, a la espera de la respuesta - que no llegaría nunca - de su invitación a
Taboada. Debió seguir la fatigosa marcha por la noche del 9 en busca del pozo
de Vargas donde llega al medio día del 10. Era tal la sed que "tres
soldados sofocados por el calor, por el polvo y el cansancio - dirá Varela -
expiraron de sed en el camino.
Los gauchos fueron acribillados
por los nacionales desde las trincheras apenas se acercaron al Pozo. Varela rehizo sus cuadros y aunque la
posición de Taboada dificultaba el movimiento de la montonera, ordenó se tocase
la zamba y empezara la batalla. Los inútiles "bocones" fueron dejados
de lado Durante más de siete horas. – de mediodía al anochecer - se sucedieron
las cargas a los compases de la zamba heroica. (que apropiada por los
vencedores y con otra letra, se llamaría desde entonces Zamba de Vargas).
Tiempo después, y en los altos de
la marcha los sobrevivientes cantarían la le letra auténtica de su zamba, que
se ha mantenido como tradición oral en La Rioja y Catamarca.
"A la carga a la carga,
dijo Varela,
salgan los laguneros
rompan trincheras.
Rompan trincheras si
carguen los laguneros
de dos en fondo.
De dos en fondo si,
dijo Guayama,
a la carga muchachos,
tengamos fama.
¡Lanzas contra fusiles!
Pobre Varela
¡Que bien pelean sus tropas
en la humareda.
Otra cosa sería
armas iguales.
En una de las cargas Varela cae
con su caballo muerto junto al pozo. Y ocurre otro episodio de esa
guerra romanesca. Una de las montoneras que hacían de cantineras, enfermeras,
amantes, o lo que se presentara, tomó un caballo y se arrojó en medio de la refriega para salvar al jefe. Se
llamaba Dolores Díaz y le decían La Tigra. En ancas de La Tigra
escapó de la muerte el viejo caudillo.
"A las oraciones – dice
Varela – mi ejército estaba deshecho, pero tambien el del enemigo. Si bien no
había sufrido una derrota, comprendí que el triunfo por mi parte en esos
momentos era imposible". Siete
horas habían durado las cargas; en torno al pozo de Vargas se riñó la batalla
mas disputada de la guerra de la Unión Americana y se perdió toda esperanza
seria de apoyar a Paraguay. Llegaba la noche, Varela dio la orden de retirarse:
“!Otra cosa sería armas iguales!”. Ciento ochenta compañeros le quedaban de su
ejército que el día anterior contaba cerca de cinco mil, los demás han muerto,
quedando heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los
citase. Pero Taboada también había pagado su precio. "La posición del
ejercito nacional - informa Mitre – es muy crítica después de haber perdido sus
caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La
Rioja no se encontrará quien facilite como reponer sus pérdidas". Varela
fijó Jáchal como sitio de reunión.
Taboada quedó en La Rioja que
saqueó concientemente durante tres días, pues nadie le facilitaba alimentos
voluntariamente "...las uñas largas...".
Sáa, derrotado escapó a Chile; los cordobeses, cuyo caudillo era Simón Luengo, se habían levantado a la espera de Sáa y del "pronunciamiento“ de Urquiza que ha escrito cartas comprometedoras a Luengo.
Cuando a mediados de abril llegan
las noticias de San Ignacio y el Pozo de Vargas, todo parece perdido, y Urquiza
hace manifestaciones de repudio "a esos bandidos, que usan mi nombre
para encubrir sus tropelías".
Creen terminada su misión
y los veteranos vuelven a embarcarse para el Paraguay.
Pero todavía está Felipe Varela en
ancas de La Tigra y la guerra de la Unión Americana no ha terminado.
FELIPE VARELA EN JÁCHAL.
Después del Pozo de Vargas, Varela
ha ordenado reunión en Jáchal a los dispersos de la batalla. El 21 de abril,
entre repiques de campana y compases de su zamba – aunque los musicantes
chilenos han caído en poder de Taboada, que se apropió la canción – los
sobrevivientes del Ejército de la Unión Americana entran en la capital montonera. Quemada por la
metralla aún mantienen erguida su bandera donde puede leerse:
"Viva la Unión
Americana" -
"Abajo los negreros traidores
a la patria!"
"¡Vivan nuestros hermanos
paraguayos!".
El Quijote de los andes no se
siente vencido. Lejos de ello. A los pocos días sus fuerzas se aumentan con los
dispersos de Vargas que vienen de todos los puntos cardinales. Pero debe
abandonar Jáchal jaqueado por los tres ejércitos nacionales. (de Paunero,
Taboada y Navarro) que por un momento habían creído concluida la guerra, y se
sorprendieron al llegarle noticias de que Varela aún vivía.
El coronel es baqueano de la
cordillera. Deja la villa y por escondidos senderos se interna en las montañas
para caer por sorpresa en los lugares más inesperados: el 5 de junio sorprende
a Paunero en Las Bateas. No es una batalla, ni siquiera un combate; Varela no
tiene tropas para enfrentar al jefe nacional, solo ha querido sorprenderlo,
sembrar el desconcierto en la tropa. Cuando Paunero reacciona ya es tarde.
Varela se ha esfumado llevándose los caballos, muchas armas y algunos soldados
que han preferido jugarse con él. Once días más tarde - nadie ha sabido por que
escondidas sendas hizo la travesía – desbarata en la quebrada de Miranda el
contingente de forzados que lleva el coronel Linares de refuerzo a los
nacionales ... Tampoco fue batalla:
apenas cuatro gritos, y los "voluntarios" dejaron a Linares para irse
con Varela.
Es una guerra de recursos, difícil, pero la sola posible cuando no se tienen armas y se sabe que la inmensa mayoría de la población le apoyará y seguirá. Como un puma se desliza entre sus perseguidores. No se sabe donde está, si en Guandacol, en Jáchal, en Chilecito, o ha ganado la puna de Atacama en territorio entonces boliviano. La verdad es que está en todas partes; no todos lo creen. No es posible arrearse un contingente para la guerra del Paraguay, porque los jefes siempre temen que Varela se descuelgue de los cerros y ponga en libertad a los forzados como hizo el otro Quijote, el de la Mancha con los galeotes. Pero estos no le pagarán a pedrada limpia, sino se le unen para seguir la lucha imposible por la alianza con las repúblicas de la misma sangre.
REVOLUCIÓN FEDERAL EN
CÓRDOBA ( 16 de agosto)
La noticia que Varela “anda” por
la cordillera, aunque pocos lo han visto, enciende una luz de esperanza en los
federales. Tal vez no todo esté perdido. El ejército del Paraguay ha quedado inmóvil
después de Curupayty, y nadie - fuera de los jefes brasileños y de Mitre - quiere seguir la guerra. El mismo Urquiza, a
pesar de haber felicitado a Mitre por sus triunfos de San Ignacio y Pozo de
Vargas, ha vuelto a sus equilibrios; es que aspira a ser presidente en
1868 y sabe que todo el país, federales o liberales, fuera del minúsculo grupo
que redacta La Nación Argentina, quiere la paz con Paraguay. Adolfo Alsina que
con los jóvenes liberales acaba de ganar la gobernación de Buenos Aires inaugura
las sesiones de la legislatura porteña con insólitas palabras "La guerra
bárbara, carnicería funesta, la llamo así porque nos encontramos atados a ella
por un tratado también funesto..., sus cláusulas parecen calculadas para que la
guerra pueda prolongarse hasta que la república caiga exánime y
desangrada".
Simón Luengo sigue con interés
desde Córdoba las andanzas de Varela. Mientras tremole la bandera de la Unión
Americana en los contrafuertes andinos, subsiste la posibilidad de acabar con
el mitrisrno. ...¡Si Urquiza – a quien venera como un ídolo – se
decidiera!. Día que transcurre se ponen las cosas peores para Mitre. No es
solamente la repercusión de Curupayty: Buenos Aires se ha llenado de carteles
reclamando la paz, "Sólo Mitre ha podido hacer perecer a tanto
Argentino..., no se pregunta quién murió en Paraguay, sino quién vive "
informa Martín Piñero – propietario de El Nacional – a Sarmiento,
ministro en norteamérica.
Para peor, se extiende por todo el litoral la epidemia de cólera, iniciada en los campamentos brasileños en Tuyutí. Miles y miles caen – hombres, mujeres, niños – más, pero mucho más que los eliminados por las balas. La actitud de Urquiza, pese a sus felicitaciones a Mitre alienta las esperanzas a Simón Luengo. Ha dado una espléndida fiesta en su palacio San José: en la sala, bajo la bandera de Entre Ríos se entrelazan las banderas de América, inclusive la Paraguaya: falta la brasileña. Su yerno, Victorica, le ha preguntado – según narra Ignacia Gómez a Albérdi – "¿Es tiempo, Señor?". Y el castellano de San José señalando las banderas habría respondido: " Lo digo fuerte: me place ese acomodo".
No espera más Simón Luengo, Tal vez su espíritu sencillo supuso que debía equilibrar en el ánimo de Urquiza las derrotas de San Ignacio y Vargas. Córdoba es una provincia federal, gobernada por un federal. Mateo Luque. Su posición es estratégica. Si la sublevara - lo que sería fácil pues Luengo es inspector de milicias – los ejércitos nacionales que persiguen a Varela abandonarían su caza. Y Urquiza "pronunciándose" con sus diez mil aguerridos entrerrianos sería el dueño de la situación. Ni siquiera los generales mitristas del Paraguay (Emilio Mitre, Rivas, Gelly y Obes) querían seguir esa guerra y menos a las órdenes de los brasileños.
El ministro de guerra nacional
Julián Martínez está en Córdoba reclutando el "contingente" para
llevarlo al Paraguay. Martínez se alarma porque los reclutados lanzan gritos
desconcertantes: ¡Vivan los generales
Sáa y Varela, ¡Mueran los porteños!, ¡Viva el Paraguay!
Luque tratará de explicárselo por el estado anímico de la masa, y le asegura que cesarán apenas tomen gusto al servicio. El Gobernador trata también de calmar a Luengo que "se sale de la vaina" diciéndole que nada debe hacerse mientras el general Urquiza no lo disponga". Y llamado por Mitre, deja la ciudad el 15 de agosto.
Luengo no espera más. Al día siguiente – 16 – levanta al contingente a los gritos "Viva Urquiza", apresa al ministro de guerra, y se declara en rebelión contra Mitre.
Poco dura la revolución de Luengo. Nicasio Oroño, gobernador mitrista de Santa Fe, avanza contra Córdoba, el general Conesa lo hace desde Villa Nueva, Luque lo desautoriza, Urquiza calla.
Luengo debe entregarse a Conesa – lo hace el 28 de agosto – sin haber podido entrar en combate. Está desengañado y receloso. Quedará preso en Córdoba, hasta que escapa de la prisión. Entonces irá a Entre Ríos donde matará a Urquiza el 11 de abril de 1870.
VARELA EN SALTA (10 de octubre)
Cuerpeando las divisiones nacionales, Varela se desliza por los pasos misteriosos de la cordillera. Ha tenido correspondencia con Luengo en Córdoba, con Zalazar en Chileclto y con el caudillo salteño Aniceto Latorre a quién invita a plegarse; "el poder del enemigo no está fuerte”, escribirá a este último. “Con un pequeño esfuerzo de los hijos de la patria todavía salvaremos a América".
En octubre, mientras Paunero lo
supone en San Juan, y Navarro lo espera en Catamarca, Varela baja de la
cordillera frente a Salta con mil guerrilleros: esquiva a Navarro que ha
corrido a cerrarle el paso, y al galope va a Salta donde espera proveerse de
armas y alimentos.
"Al ir a aquella ciudad
(Salta) – dirá – no me llevó el ánimo apoderarme de un pueblo sin objeto
alguno, Yo marchaba en busca de
pertrechos bélicos, porque era todo cuanto necesitaba para triunfar“.
Está frente a Salta la mañana
del 10 de octubre.
Intima al gobernador Ovejero le
entregue las armas que hay en la ciudad, comprometiéndose a no entrar en ella.
Pero Ovejero sabe que Navarro lo persigue de cerca y supone que el caudillo no
se atreverá a atacarle en esas condiciones. Además, el Ejército de la Unión
Americana apenas si tiene fusiles y municiones. Por eso a la intimación de
Varela de "evitar a la población la desastrosa consecuencia de la guerra"
contesta con una descarga.
Ovejero había preparado la
resistencia, armando la clase
principal con los seis cañones y 225 fusiles que poseía, " pues el
enemigo – explica por qué armó solamente la clase principal - que halaga
a las masas .... encuentra prosélitos entre quienes no abrigan un corazón
honrado". Ha conseguido 300 vecinos honrados que distribuye en
las trincheras zanjadas en la plaza principal, y les encarga los cañones y los
fusiles.
Salta lo espera y tiene un corazón (honrado y abrigado) y un
fusil.
Sobraban, a su entender, para
rechazar a los bandoleros. O por lo menos detenerlos hasta que llegase Navarro
que no podía tardar.
Ovejero valoro en demasía el poder
de los fusiles y despreció demasiado el coraje de los gauchos. Varela ordenó el
ataque, los defensores resistieron apenas cuarenta minutos.
Previsoramente el gobernador consiguió recoger algunos fusiles llevándolos en
"asilo“ al templo de San Francisco donde también estará él con su gente.
Una hora estuvo Salta en poder de
las montoneras. El parte del jefe de la plaza – Leguizamón – habla de tremendos
desmanes. Nada respetó el enemigo, templos, oficinas públicas, casas de
comercio y de particulares fueron saqueados y hollados bárbararnente del modo
más espantoso y feroz....
"Una hora escasa han ocupado
(los federales) la ciudad – informa Ovejero y los estragos y saqueos rayan en
los límites de lo imposible".
Exageraciones interesadas (porque
el gobierno nacional pagaría los perjuicios). En una hora no pueden cometerse
muchos desmanes. En el sumario que se levantará, los testigos declaran "de
oídas“, uno solo atestigua el saqueo de su tienda donde le han llevado “ un
caballo". Miguel Tedin contando muchos años después sus recuerdos
infantiles, dice que estaba en casa de la señora Güemes de Astrada el 10 de octubre "cuando se presentó un
soldado feroz armado de una carabina.
¡No me mate, soy hija del general Güemes!, dijo la dueña de casa. Este
nombre pareció impresionarle y bajando el arma solicitó un par de botas, lo que
realizó la señora. ¡ Curioso saqueador que se impresiona por un nombre
histórico, y solo pide un par de botas!. Las violaciones de los templos, que
dice Leguizamón no ocurrieron: el Gobernador Ovejero se refugió con su gente y armas
en San Francisco defendido – dice en su informe – por los religiosos de la
insaciable rapacidad de estos bandidos".
¡Notables bandidos, impotentes
ante las palabras de unos frailes!.
Varela, que no entró en la ciudad,
sabedor que los religiosos se negaban a entregar las armas "asiladas“ en
San Francisco hizo llamar al guardián para explicarle que el asilo eclesiástico
no amparaba a los prisioneros de guerra ni a sus armas. Como el guardián se
mantuvo firme, el coronel lo maltrató de palabra diciéndole muchas
barbaridades" (cuenta el religioso en el sumario) pero no “ violó" el
convento.
Fuera de los fusiles tomados a los
caídos en la plaza, un caballo y un par de botas no hubo otros
"latrocinios". Si ocurrieron, los damnificados olvidaron hacerlos constar
en el sumario. Lo que parece que hubo y en grado mayúsculo, fue un tremendo
miedo.
EL FIN DE LA GUERRA
Haba sido en las barbas de Navarro que Varela se apoderó por una hora de Salta. De allí siguió a Jujuy, donde no hubo "saqueo" porque los Jujeños aceptaron darle sus armas. No pudo estar mucho tiempo porque Navarro lo seguía. Por la quebrada de Humahuaca llegó a Bolivia, donde Melgarejo – en ese momento simpatizante con Paraguay – le dio asilo. En Potosí, Varela publicará un Manifiesto explicando su conducta y prometiendo el regreso.
En octubre de 1860 Mitre termina
su presidencia y sube Sarmiento, de quién se esperó por un momento que
terminase la guerra con Paraguay. No hubo tal, eso decide el regreso de Varela.
También que Melgarejo ha cambiado de opinión y ahora está muy amigo de Brasil.
Varela con sus escasos seguidores
y sin armas de fuego, toma el camino de Antofagasta. Su hueste no alcanza a
cien gauchos. La "invasión“ amedrenta en Buenos Aires. Martín de Gainza,
ministro de guerra de Sarmiento, manda al general Rivas, al coronel Julio
Roca y a Navarro a acabar definitivamente con el Ejército de la Unión
Americana. Navarro – a quien por su pasado federal algunos acusan de lenidad
con los montoneros – promete "matar ( a Varela) en combate".
No tremolará mucho tiempo el
estandarte de la Unión Americana en la puna de Atacama. Basta un piquete de
línea al mando del Teniente Pedro Corvalán, para abatirlo en Pastos Grandes (
12 de enero de 1869). Los dispersos intentan volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide. Toman
entonces el camino de Chile. Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno
manda un buque de guerra para desarmar al “ejército”. Encuentran un
anciano enfermo de tuberculosis avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados
y famélicos. Les quitan las mulas y los facones y los tienen internados un
tiempo. Después los sueltan, vista su absoluta falta de peligro.
Varela se instala en Copiapó. El
gobierno de Sarmiento ordena a su ministro en Chile, Félix Frías, vigile sus
movimientos: "Está gravemente enfermo – escribe Frias el 16 de mayo de
1870 y de él nada hay que temer". Morirá el 4 de junio de ese año en
Ñantoco, cerca de Copiapó. "Muere
en la miseria – informa Frías al gobierno argentino – legando a su familia que
vive en Guandacol, La Rioja, solo sus fatales antecedentes.
Sus restos acaban de ser
repatriados por el patriótico gobierno de Catamarca, y desde sus montañas,
espina dorsal de nuestra dividida América, este viejo gaucho que quiso ver una “Unión
Americana”, espera el reconocimiento de los “hermanos paraguayos" que
lo movieron a su valerosa y desigual guerra de 1867.