Revista del Instituto J.M. de Rosas nº 3 – Enero –Marzo de
1945
15 hojas - 7.500
palabras
Por JOSÉ
MARIA ROSA
Conferencia pronunciada por José María Rosa, en el
Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, calle Perú
359, Buenos Aires, el 10 de noviembre de 1944.
Después de Pavón llegarían para Alberdi los tiempos de la
incomprensión y la calumnia, Y de nuevo el destierro: ahora en Europa, El
verdadero destierro, pues está viejo, amargado y pobre; allí se encontrará con
otro desterrado, viejo y pobre también, pero nunca amargado, don Juan Manuel. Y
entre los dos, entre el gran caudillo y el gran intelectual, se iniciará una
amistad que habría de durar hasta la muerte, “No importa que no pensemos del
mismo modo usted y yo; – le escribe Alberdi (1)
– no se necesita ese milagro no conocido para que seamos buenos amigos y
estemos de acuerdo en lo grueso y principal que interesa a la salud de nuestra
común Patria”. Esta correspondencia, llevada a veces con el general, a veces
con su yerno don Máximo Terrero, si trasunta por una parte el respeto que la
grandeza caída merece al antiguo redactor del “Nacional”, documenta por la otra
la enorme amargura que hacia la Argentina organizada, sentía el propio
autor de las bases y puntos de partida de la misma. “¿Estoy menos
proscripto que el general, por haber sido opositor a su gobierno? ¿No es
curioso que los dos estemos en Europa llevando nuestra vida solitaria, el Canal
de la Mancha de por medio?”, escribe a don Máximo Terrero; (2) o comentando la
entrega espiritual e institucional que los triunfadores de Pavón hacían de la
Patria, diría: “¡Qué justificación solemne recibe con todo esto el general
Rosas! Las faltas que han podido imputarse a su política se referían a las
personas y a los intereses personales. Pero nunca introdujo en las
instituciones fundamentales que conciernen a la integridad de la Nación y a su
soberanía interior o exterior, ninguna de esas innovaciones sacrílegas con que
estos demagogos, fatuos en su saber tenebroso, están despedazando los
fundamentos de nuestra pobre República” (3).
De esa época en su sarcástica Peregrinación de Luz del
Día, crítica acerba de la Argentina del 71, de sus gobernantes y de las
ideas por las que se organizaba la República, y que publicara, en su primera
edición, con la sola inicial de su apellido.
“Peregrinación de Luz del Día o Viaje y Aventuras de la
Verdad en el Nuevo Mundo”, es un extraño libro, el más extraño que nuestra
literatura política ha producido. Es una sátira o novela en clave que José
Manuel Estrada define como “análisis profundo, seguido por un programa trunco
de renovación político y social” (4), encontrándole sentencias dignas de la
profundidad de Séneca. Martín García Meróu la considera obra de un filósofo
humorista, semejante a las Cartas Persas de Montesquieu o los Viajes de
Gulliver, por la intención política de la trama, (5) Ricardo Rojas, a su
vez, le encuentra ciertas analogías con los diálogos burlescos de Luciano de
Samosata, (6)
El propio Alberdi califica su libro así: “Es casi una historia por lo verosímil, es casi un libro de filosofía moral por lo conceptuoso, es casi un libro de política y de mundo por sus máximas y observaciones. Pero, seguramente, no es más que un cuento fantástico como los de Hoffmann” (7).
Si “Luz del Día” parece un cuento fantástico, no es
menos cierto que se inspira en la realidad política y social Argentina de la
segunda mitad del siglo pasado. En cuanto a sus personajes, ¿son alegóricos?, ¿son
máscaras que encubren auténticos hombres que vinieron y actuaron en nuestro
medio? Para García Meróu, “quienes busquen en la obra una clave, perderán
su tiempo y su trabajo” y se inclina a suponer los personajes simples alegorías;
tesis que acepta también Ricardo Rojas.
Yo creo que la perspectiva de setenta años nos permite en 1944 comprender muchas cosas que pasaron desapercibidas para los ilustres críticos de Alberdi que he citado.
Considero a "Luz del Día” como la expiación,
el mea culpa, de quien ha comprendido, un poco tarde, que las naciones
no son hacederas por decreto; y que el peor crimen que puede cometerse, el
crimen de lesa Patria, había sido matar la Argentina criolla, es decir
la Argentina de siempre, en aras de un liberalismo de segunda mano, Por eso
esta obra del otro Alberdi – el de sus últimos años: el traidor al
liberalismo – permanece casi desconocida por el silencio cómplice de quienes
aprovecharon y aprovechan de ese crimen, Y por eso considero un deber que la
reconozca y difunda.
Vamos. pues, a analizarla:
TIERRA DE PROMISIÓN
He aquí que la Verdad viaja al Río de la Plata. Ya no
puede vivir en Europa. La guerra – estamos en el año 1871 – ha acabado por
aventarla: el fraguado telegrama de Ems, que encendió el conflicto
franco-prusiano, le ha entristecido; Napoleón el pequeño, parodiando los
arrestos bélicos del otro Napoleón, le consterna; Bismark y su juego político,
naturalmente le desagradan; los declamadores del 4 de septiembre y los
sanguinarios teóricos de la Commune le repugnan por igual. ¿Dónde ir
cuando la mentira, la simulación, la infamia reinan en esa Europa estragada por
la guerra y gobernada por sus naturales enemigos?
Toma entonces pasaje para el Río de la Plata, América es
tierra joven, y juventud es lo contrario de corrupción.
En ese Nuevo Mundo que tanto entusiasmaba a Laboulaye,
debería encontrarse el Imperio de la Verdad, su imperio, aguardando
impaciente la natural Soberana cuyas palabras serían Ley, y sus observaciones
sentencias irrevocables,
Con el nombre de “Luz del Día, como cuadra a la Verdad, llega a Buenos Aires. Llega al Buenos Aires de 1871, gobernado por Sarmiento, donde es grande la influencia social de Mitre y donde es todopoderosa la voluntad política de Alsina.
El primer nombre que oye “Luz del Día” en el muelle de pasajeros es el de Tartufo, ¿Tartufo?, repite ella asombrada. ¿Es que vive en el Plata el viejo hipócrita, simulador de la religiosidad, defensor del oscurantismo, esclavo de los más bajos instintos y los apetitos más abominables? ¡Oh, no! – le aclara alguien –, el Tartufo argentino “no era un fraile, sino por el contrario un gran enemigo de los frailes, un gran liberal, un apóstol de la enseñanza popular, un partidario entusiasta de la emigración europea en América” (8).
TARTUFO
Pero cuando “Luz del Día” le encuentra, no le es difícil
reconocer al antiguo personaje de Moliére, no obstante su ropaje liberal, ¿
Tartufo en América y disfrazado de garibaldino? Pues el viejo hipócrita ya no
usa sotana como en el siglo XVII: “Yo sería un imbécil – le explica a “Luz del
Día” – en pretender ocultarme hoy con disfraces religiosos, ir a misa, llevar
rosario, confesarme a menudo, es de táctica vieja y abandonada. Yo visto las
armas del siglo en que vivo. La libertad, el progreso, la educación, la
civilización, como yo las torno y practico, son mi fusil de aguja, mi cañón
de acero, mi Chassepot, mis balas explosivas. Y mi palabra de orden, mi divisa,
mi consigna de guerra es: ¡Muera Tartufo!. (9)
¡Ah, no! “Luz del Día” va denunciar al canalla por excelencia. Va descubrir ante ingenuos criollos de la tierra americana el nuevo disfraz del gastado personaje de la comedia francesa. Pero Tartufo sonríe con suficiencia: él es fuerte en esa tierra de simples, es mucho más fuerte que “Luz del Día”. Tan poderoso que puede concluir con la Verdad misma haciéndola pasar por la encarnación de la Mentira, Todos los triunfos están en sus manos.
Revuélvese “Luz del Día”. ¿Ella, la propia Verdad, vencida por Tartufo? Pero tiene sus armas para desenmascarar al bribón, tiene “la prensa, que es la ley de los pueblos, la espada de la Verdad” (10), y por medio de ella cumplirá su obra piadosa iluminando a los cándidos argentinos.
Aquí la sonrisa de Tartufo truécase en sonora carcajada. “¡La prensa! Pero si la prensa tiene por objeto precisamente ocultar la verdad; los periódicos son publicados para evitar la publicidad, para oscurecer los hechos: son los enemigos naturales de la Verdad y de su luz, porque la Verdad los apaga como luz del día aniquila a la luz de vela. La prensa – sigue diciendo Tartufo – es como esos teatros hechos para dar espectáculos diurnos con luz artificial: todo su objeto es evitar que penetre la luz del día para que no extinga la luz escénica (11).
Tartufo es el más fuerte en esa tierra habitada por bellacos y por ingenuos. “Luz del Día” acaba por inclinar la cabeza: la Verdad no tiene nada que hacer frente al farsante: su viaje es inútil, no hay lugar para ella en el Nuevo Mundo. Pero, mujer al fin, la curiosidad puede en ella más que la indignación, Aprovechará su breve estada, mientras zarpe el buque de regreso, en conocer el procedimiento de los bribones para hacerse dueños del país: quiere saber cómo Tartufo se maneja en el Río de la Plata: cómo gobierna, cómo educa, cómo dirige la prensa, las finanzas, la opinión pública... Y Tartufo, que es también vanidoso, accede a mostrarle toda la maquinaria con que él y sus amigos dirigen la Argentina de Sarmiento.
El entusiasta propagandista de la libertad, la educación, el progreso, habla a “Luz del Día” de los otros compañeros comanditarios en la empresa industrial montada en tierras del Plata: allí se encuentran don Basilio, Gil Blas, y toda la cohorte de crápulas de la vieja literatura. El italiano don Basilio, – pues no obstante haber nacido en Sevilla le gusta hablar y traducir la lengua del Dante – como el francés Tartufo, son dueños absolutos de la tierra criolla. No es que hayan argentinizado: nada de eso: han extranjerizado la tierra, hasta el punto de no sentirse ya ajenos a ella. Ahora – en la Argentina de 1871 – son ellos los verdaderos patriotas: mucho más, pero muchísimo más, que los pobres nativos perseguidos como expresión de un pasado vergonzoso.
“No comprendo – ha de preguntar “Luz del Día” – cómo un
italiano o un francés, que no ha dejado de ser francés o italiano, puede ser patriota
de una patria que no es la suya. ¿ Y por qué no?, le contesta. Es un
patriotismo de empresa industrial, pero tan legítimo como cualquier otro. Si yo
tengo una fábrica de tejas que me da grandes beneficios, mi fábrica es mi
patria donde quiera que ella esté” (12). Tartufo podía haber convencido a “Luz del
Día” con otro argumento. Podía haber tomado un libro llamado Bases publicado
veinte años atrás por un señor Juan Bautista Alberdi, donde defendiendo el
aforismo gobernar es poblar puede leerse en su capítulo 13º. “El
emigrado deja la madre patria por la patria de adopción. Hace dos mil años que
se dijo esta palabra que forma la divisa de este siglo: ubi bene, ibi
patria”.
La nueva Argentina era de los extranjeros: extranjeros de cuerpo
o de pensamiento, Lejos, muy lejos de las ciudades, todavía quedaban viejos
castellanos virtuosos. Eran los caudillos – los grandes caudillos de la
literatura: el Cid, don Pelayo, Guzmán el bueno – que por su condición virtuosa
y la rusticidad de sus maneras constituían “el terror de los Basilios y Gil
Blases que habitaban las ciudades en medio del sibaritismo”. Pero vencidos y
perseguidos andaban de incógnito, ocultando su pensamiento y su estirpe,
negados por los liberales que solamente en la sangre le reconocían condición
humana, aprovechando esa sangre para hacer abono útil a la tíerra
gobernada por Tartufo.
¿Pero cómo – piensa “Luz del Día” – Tartufo, Basilio y su cohorte, que evidentemente forman minoría en el pueblo argentino, han conseguido dominarlo e imponer su voluntad? Es que tienen armas magníficas: la primera es la logia, “Las logias son instrumentos de libertad – explica Tartufo en países esclavos, pero en países libres son máquinas de opresión. Son verdaderas máquinas de opinión ficticia, fábricas o talleres de justicia convencional, manufacturas de verdad contrahecha, laboratorios de atmósfera moral. ¡ Qué de coroneles, que de generales, qué de presidentes y de grandes personajes conozco, qué no serían sino vil multitud sin la palanca de la gloria, que los levantó de su normal oscuridad!" (13).
De allí salen los generales con mandiles, que luego
pierden y ganan batallas, según las órdenes de algún Reverendo Hermano del Rito
Antiguo y Aceptado. De allí los Presidentes Grado 33 y los ministros de compás
y de cuchara que obedecen instrucciones del Gran Oriente; de allí las consignas
que en un momento recorren la República de un ámbito a otro. Y la “verdad
contrahecha” de las tenidas masónicas se difunde por las otras dos poderosas
armas de los amigos de Tartufo: la educación y la prensa.
Tartufo es un apóstol de la educación. Con detalles va explicando su plan de enseñanza que consiste en instruir a los niños en las verdades falsificadas de las logias haciéndolos dóciles instrumentos de su política. “¿Pero Tartufo tiene escuela de niños?. – pregúntale “Luz del Día” –, ¡No faltaría más – contesta éste – que yo vendiese mi tiempo y mi paciencia por $ 30 al mes, el salario del último sirviente! Yo me ocupo de la educación para lo que es exaltar y ponderar sus ventajas, porque eso produce buen efecto y da opinión. Yo me ocupo de hablar y escribir de educación, pero no de educar yo mismo; de enseñar a educar sin educar. De dirigir, de administrar, de gobernar la educación: pero no de darla, porque éste es oficio humilde, subalterno, y sobre todo, para darla, es preciso haberla recibido” (14).
DON BASILIO
Esa fue la primera conversación que sostuvo “Luz del Día”
en Buenos Aires. Amargas reflexiones a la Verdad cuando se encontró sola en su
pieza de hotel. Ese mundo de maravillas, esa Jauja soñada que parecía ser la
tierra americana, se le mostraba con peores lacras, y peores bribones que el
Viejo Mundo. El Atlántico había sido fácil puente para que pasaran los Tartufos
o las ideas de los Tartufos: la mentira, la simulación, la infamia – adornadas
con nombres retumbantes y sonoros: progreso, civilización, libertad –
suplantaron las viejas virtudes castellanas: el coraje, la fe y la hidalguía. ¿
Quién habría abierto la puerta para que los detritus de Europa invadieran la
América antes española? Alguno dijo por aquí – pensó “Luz del Día” – que gobernar
es poblar. El axioma puede ser verdadero en el sentido que poblar es
desenvolver, agrandar, fortificar, enriquecer un país naciente. Pero es apestar, corromper, embrutecer,
empobrecer el suelo más rico y más saludable, cuando se lo puebla con el
producto de la Europa corrompida. Gobernar es poblar: pero poblar es un arte,
una ciencia, y envenenar un país física y moralmente, es despoblarlo y hacerlo
retroceder más atrás de la barbarie” (15).
La tarde siguiente
conoce “Luz del Día a Don Basilío. Don Basilio es galante y poeta, traduce del
italiano, es periodista, historiador y solamente le faltaría ser militar para
que el retrato fuera completo. “Se ocupa – ha dicho Tartufo – de todas las
libertades de este mundo, menos de las libertades del suyo; sirve a todos los
países menos al suyo. Es también un rnazzinista, un garibaldino acérrimo,
pero vive de negrero al servicio de los dos únicos gobiernos que mantienen la
esclavitud en su territorio” (16). Que recordemos, en 1871 eran Brasil y el
Imperio británico.
El logista es ducho en negocios de
crédito, que obtiene fácil y prontamente de los gobiernos que sirve. Pero su
especialidad en la Argentina es la calumnia “que – al decir de Tartufo – ha
perfeccionado y puesto a la altura de los progresos mecánicos del siglo” (17), Don
Basilio es hábil y es simpático, sabe manejar su arma mucho mejor que Tartufo,
que se encoleriza pronto y muestra demasiado la hilacha. Don Basilio es un
apóstol de la calumnia, como el mismo lo declara: calumnia por bondad,
“calumnia de civilización y de progreso (18) ”, “Se sirve del odio, de la mentira, del
asesinato, del robo para hacer el bien y la felicidad de los demás (19) ”,
sin que nadie deje de reconocer su corrección de procederes y su honestidad de
propósitos. Calumnia en la prensa y en el libro, pues es periodista e
historiador: llama tirano a quien no piensa como él, y es capaz de
hundir bajo un túmulo de adjetivos a todos los adversarios de sus sistemas,
presentes o pretéritos. “De nada sirve asesinar a su adversario político si el
honor de su nombre ha de quedar en pie – como lo explica Gil Blas –, y Basilio
se encarga de suprimir a los enemigos, y esculpir en su epitafio las palabras
ladrón, asesino, tirano, embustero, malvado, para que el caminante exclame:
"¡Bendita la mano que nos libró de él!” (20).
El crédito completa la obra de la calumnia. “El dinero es el poder legítimo – había dicho Tartufo – porque con él se compra la obediencia, el respeto, el sufragio, las simpatías, las opiniones, las creencias, la fe, la esperanza... El poder da ciencia, sabiduría, juventud. belleza, títulos, condecoraciones, prestigio, admiración, opinión, concepto... y con el dinero se hace el poder, y con el poder se hace la verdad, el derecho, la moral” (21). Don Basilio es el hombre de los recursos financieros, aunque el Banco Mauá haya quebrado, y las concesiones ferroviarias reditúen pérdidas. Sus malabarismos de contabilidad son notables: “nuestras cuentas públicas – confesará a “Luz del Día” – demuestran con cifras aritméticas la inversión legal del último centavo de la renta, que la realidad sabe disipada entre diez explotadores de la patria, pues con la simple precaución de poner 4 cuando es 2, y 14 cuando es 4, la lengua de los números viene a ser la lengua de la mentira histórica, sin dejar de ser la lengua de la verdad matemática” (22), y aquí agrega esta admirable máxima llena de vieja sabiduría: “A los hombres y a los pueblos se los compra con su propio dinero, así como se los tiraniza con su propio poder” (23).
La moral de Don Basilio descansa exclusivamente en la satisfacción de los apetitos. “La traición a la Patria – dice – puede ser perdonada. Pero la traición a su propio bolsillo es un crimen que no perdona el patriotismo de hoy día, No hay más que un medio seguro de asegurar la gratitud del país – agrega sonriendo finalmente – y es el de asegurarse una gran fortuna a sus expensas” (24).
GIL BLAS
La experiencia que iba adquiriendo
la Verdad en su excursión por tierra americana era, bien triste. Sus aventuras
en la ciudad porteña fuéronle mostrando cuán extraña era a ese medio, En la
Biblioteca Pública al pedir un libro de Historia Argentina le entregaron – al
decir de Gíl Blas, el bibliotecario – “una biografía de bandidos hecha a
propósito para servir a la educación de la juventud (25) en las ideas de Don
Basilio.
Y en esas andanzas fue a dar a la Cárcel de Encausados
acusada de corruptora de la juventud. Allá encuentra a la Justicia condenada
por su manía ridícula de acusar a los hombres más útiles y empleados más leales
del Gobierno, de alguno que otro robo o asesinato insignificante. Allí también,
mustia y pálida encuentra a la Libertad. "¿Quién te ha puesto
presa? – preguntó a esta última –. “Los liberales..., que no solamente
la habían apresado sino declarado loca” (26), pues, como bien decía Gil Blas, no puede
haber Libertad contra los liberales. ¿Dónde iríamos a parar si la Libertad
pretendía discutir, contradecir y hasta ridiculizar al gobierno liberal?.
Gil Blas es el tercer personaje que encuentra "Luz del Día”. Tampoco es nativo de la tierra, pero por lo menos es español, lo que no lo hace extraño al medio criollo, Sirviente en España, es también sirviente en América. Solamente que allí servía a duques y obispos, y aquí al propio Soberano. Pues Gil Blas se ha metido a político, y declarándose servidor del Pueblo Soberano en realidad lo conduce y dirige como el Cleón de Aristófanes manejaba al sordo y estúpido Viejo Démos. “Soy empresario de elecciones, corredor de candidaturas y constructor de presidencias” – se define el conductor de masas – echando para atrás la leonina melena y mesando su gran barba de aspecto venerable. Su enorme nariz – pues Gil Blas es hombre de olfato político – le permite ser el Gran Elector en la democrática república del Plata: hacer los candidatos – “buscándolos en el interior del país” – convencer después al Soberano Pueblo que es él quien los elige, y después manejar al títere conforme al mejor provecho. El candidato debe reunir varias condiciones: “Con el exterior de un gobernante nato debe ser más gobernable que un esclavo; debe ser un timón con el aire de un timonero; una máquina con figura de maquinista; un bribón consumado con el aire grave del honor hecho hombre. Debe ser un mentiroso de nacimiento, y al mismo tiempo debe ser el flagelo de los mentirosos para darse aire de odiar la mentira. El que ama el poder y aspira a tenerlo, debe dejarse mutilar la mano antes que abrirla si está llena de verdades. Gran fama de hombre culto debe tener el candidato, pero jamás llegará al poder si su educación no ha sido hecha ni adquirida por estudios que he dejado de hacer en Universidades que dejo de frecuentar, en instrucción y conocimientos que se abstuvo de adquirir. Debe tener el talento de ocultar la verdad, por la palabra y la prensa. La frase gobierna al mundo a condición, de ser vacía” (26 bis).
Gil Blas podía alegrarse. Había dado con el Tartufo para el cargo.
DON QUIJOTE
Sigue el libro que “cansada de bribones, “Luz del Día” empezó a suspirar por algo de la España caballeresca, que no podía faltar en un mundo descubierto y poblado por españoles (27).
Retirado en la campaña vivía el Cid Campeador. Pero el viejo caudillo, engañado una y mil veces por Don Basilio, insultado por Tartufo, vencido electoralmente por Gil Blas, habíase recogido en su estancia lejana, distrayendo los ocios en el gobierno de la aldea de Vivar y el ejercicio del derecho de pernada. También Pelayo, el antiguo Rey de los godos, execrado y vilipendiado por tirano y sanguinario, ganaba el amargo pan del destierro en una lejana quinta que comprara a un inglés exilado.
Pocas son las noticias que la
Verdad recoge de ellos.
“Son – dice el libro – como extranjeros a las ciudades formadas por el comercio moderno en Sudamérica, casi siempre judaico y protestante por índole. Sus caracteres presentaban una mezcla incomprensible de grandeza y de barbarie, de crimen y heroicidad. Así es que de un lado tienen adoradores y secuaces fanáticos, y del otro violentos e implacables enemigos, siendo generosos y desinteresados las más veces, tanto sus amigos como sus enemigos. La dominación bastarda de España los llamó caudillos insurgentes; otras dominaciones posteriores, no menos bastardas no obstante surgir de la tierra misma, les conservaron la misma ojeriza (28).
De los viejos españoles, uno sólo, honesta y lealmente
había tomado en serio el régimen liberal, aún cuando abominara de Tartufos y
Basilios liberales. Es Don Quijote, desgraciadamente más loco que nunca porque
los libros de política y sociología – las caballerías del siglo XIX –
acabáronle por secar el poco cerebro que aún le quedaba, “No hay libro moderno
– explica la novela – no hay doctrina social ni teoría política ni
descubrimiento científico, cuya noticia haya escapado a su curiosidad
ambiciosa” (29). Don
Quijote ha dejado de mano las hazañas de Tirante el Blanco o de Pentapolín del
Arremangado Brazo por el constitucionalismo de Constant, la moral de
Bentham, la filosofía biológica de Darwin.
¡Curioso viaje a través del tiempo
que nos lleva a la estancia de la Patagonia donde el hidalgo manchego está
implantando muy seriamente la organización política de una República
representativa y consolidada en unidad de régimen! No es ciertamente, éste de
Alberdi, seco de carnes y enjuto de rostro Don Quijote de Cervantes,
amigo del buen obrar y del bien decir. La figura del Ingenioso Hidalgo se ha
transformado con el correr de los siglos, y ahora, moreno y rechoncho – y la
apreciación va por cuenta de Ricardo Rojas – “habla con un lenguaje mestizo y
pedante de jacobimo de los trópicos (30) .
Ya no sueña con su Dulcinea que ha olvidado por beldades extranjeras. Tampoco está Sancho a su lado, pues el práctico escudero ha subido las gradas de la fortuna invocando la democracia a cada peldaño; un avispado y logrero Secretario gallego lo acompaña ahora en la tarea de “extinguir las tinieblas y la ignorancia de un pueblo que ignora radicalmente el gobierno de sí mismo”, como dice Don Quijote en su verba rebuscada.
Don quijote de América no conserva el desprendimiento de otros tiempos. Pedante e imbuido de su importancia, se “ha hecho un loco pillo, un loco especulador (30 bis) ”, preocupado tanto de leyes políticas, como de colocar bien la lana de éstos en los mercados de ultramar.
Solamente conserva del siglo XVI la ingenuidad de tomar los molinos por gigantes y las posadas por castillos, suponiendo ciudadanos los carneros de su estancia, voluntad popular el balido de la majada y República representativa la parva extensión de su heredad patagónica.
El Don Quijote del siglo XIX vive de ilusiones como en el siglo
XVI. “Decreta hombres libres, forma municipales, hace legisladores y electores
por la mera virtud de sus decretos escritos" – explica Fígaro –, “En
España se tenía por Héroe: ahora se cree Dios. ¡ Qué la Libertad sea! dice
aquí, como el que dijo: ¡ Sea la luz!, y el loco queda creído que la libertad
ha nacido y es un hecho, porque existe su decreto escrito (31) ”.
“Todo es para él obra de su palabra, con tal que esa
palabra esté escrita en forma oficial y en forma de decreto”. A los hijos de
españoles los decreta ingleses o “yankees”, y desde ese día los tiene como a
tales, aunque sigan hablando español, viviendo como españoles. No hay quien lo
disuada que un decreto es una institución – estoy citando las propias
palabras de Alberdi – es decir un hecho real, porque nadie puede negar
que el decreto está escrito, y es un hecho escrito (31 bis) ”,
Don Quijote de Quijotania ya no sueña con aquella dichosa edad y siglos dichosos que los antiguos pusieron el nombre de dorados, como dijo a los cabreros en el famosísimo discurso. Ya no ama el pasado, pues supone – con Saint-Simón – que la edad de oro se encuentra en el progreso indefinido de las ciencias: vive proyectado hacia el futuro, visionado con la grandeza que crea por decretos: por eso aborrece del pasado que lo trae a la realidad, y abomina de la Historia que narra fielmente ese pasado Como dice Alberdi: “suprime la Historia del país y la complexión o constitución social que el país debe a su historia secular por un decreto, en el cual ordena que lo que ha sucedido, no sea lo que ha sucedido, sino lo que ha dejado de suceder. Y decreta en el mismo acto para su país de constitución o complexión hispanoamericana, la constitución o complexión de un país de Norteamérica, que es la obra natural de los hechos que forman la historia anglo-americana” (32).
El visionado se maneja con un libro que le sirve como bases
y punto de partida. Es la “Evolución de las especies” de Darwin que le
permitirá transformar un rebaño de carneros en República a lo Benjamín
Constant: “Nuestra patria – dice – es mera cuestión de tiempo” (33)
Nada más gracioso que esa República de Quijotania, con sus
ciudadanos carneros, sus peones que cumplen el papel de intendentes, y donde el
gallego amanuense ostenta el título de Secretario General y el propio Quijote
el de Gobernador Supremo. La Carta Magna – venerada como lo más sagrado de esa
República de animales – se acuerda al régimen democrático y representativo:
establece un Congreso de carneros, que serán elegidos por éstos cuando sepan
elegir", y provisionalmente designados por el Gobernador Supremo; el
Congreso tiene a su cargo la discusión y sanción de las leyes, pero por ser todavía
mudo, interinamente Don Quijote dictará la legislación en nombre del pueblo
soberano y libre. Este podrá ser convocado a plebiscito a fin de aprobar los
resuelto por las autoridades con un afirmativo: mééé...
Es inútil que el gallego amanuense desconfíe de la
eficacia de esa República de carneros. “Se van a reír de nosotros. –
¿Quiénes?.– Las gentes de otros pueblos. – ¿Por qué razón? – Por nuestra
pretensión de formar un Estado político con animales. ¡Candoroso!, le aclara Don
Quijote, ¿y tú crees que los otros Estados se componen de otra cosa que de animales?”
(34). Pero
el gallego sigue desconfiando, aunque Don Quijote le explica que “la diferencia
entre los ciudadanos de Quijotania y los de los otros Estados, es que los
nuestros son ciudadanos en forma de carneros, y los otros carneros en forma de
ciudadanos” (35). En
todo caso – dice el gallego – no se puede negar que los otros carneros saben
hablar, leer y escribir, discutir y votar reunidos en comicio, llevar las
armas, en fin, ejercer más o menos bien su soberanía. Permíteme hacerte otra
advertencia antes de responderte – le ataja Don Quijote –. No digas los
otros carneros, pues se podrían ofender. Para distinguirlos de los nuestros
di solamente los otros o si tú prefieres los sajones, porque
todos los carneros políticos son o se tienen por sajones de origen liberal.
Tanto mejor que nuestros demócratas de Quijotada no sepan expresarse: así
ejercerán mejor su soberanía, puesto que la ejercerá en su nombre el Superior
Gobierno. Ellos solamente necesitaban decir: me, que quiere decir sí, El
sí de los pueblos modernos hace la ley, como Dios hizo la luz de un
vocablo, Es como el sí de las niñas con el cual se entregan irrevocable
y definitivamente a su marido para que gobierne su vida de casadas” (36).
Esta curiosa República de Quijotada es naturalmente la tierra de la libertad y del progreso; “el carnero representa la libertad – proclama paradójica y orgullosamente Don Quijote – precisamente porque es manso y desarmado. El león, que ha nacido armado para la guerra, vive esclavizado en jaulas de hierro. El cordero, en cambio, jamás está enjaulado ni encadenado. Más provecho hace al desarrollo de la libertad americana la mansedumbre de nuestros carneros, que todo el brío de nuestros tigres en forma de soldados” (37). Recordando análogas palabras de Alberdi en las "Bases”: “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur. Es un medio estéril de infatuación y de extravío que no representa cosa alguna útil ni seria para el país. El laurel es planta estéril en América”. (38)
Notable y completa es la civilización de la República de carneros. Es rica, porque sus autoridades han hipotecado el suelo para construir magníficos corrales y brillantes establos; y como la lana que darán los ciudadanos de Quijotada ha sido vendida por anticipado, el Gobernador Supremo puede comprar maravillosas tijeras de esquilar. Por eso los ciudadanos de Quijotada se muestran orgullosos de su República, tan adelantada y progresista.
Tiene una Academia, “la Academia
del silencio, destinada a cultivar la gran ciencia del callar” (39), con
estatutos y reglamentos. Tiene su Código Civil que establece todo lo que existe
y ordena lo que necesariamente tiene que suceder: su artículo 1º define
admirablemente la ley, como “la necesidad de todos sentida y proclamada
por uno sólo”; sus otros artículos declaran solemnemente los derechos
inalienables e imprescriptibles del ciudadano, que se resumen en la libertad de
no hablar, de no escribir, de no leer, de no hacer nada. Se adjudica a cada
ciudadano, conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio, la propiedad
indeclinable, inalienable e imprescriptible de todo su cuerpo, sin que de
manera alguna pueda despojársele de su cabeza, manos, pies o parte del mismo,
so pena de nulidad de todo lo actuado, La expropiación por causa de
utilidad pública será declarada por el Superior Gobierno, y previamente
indemnizado con mejor ración de pasto fresco hasta el momento del sacrificio.
El gallego pendolista cree que el Código debiera ser más radical, pues “promulgar para un pueblo de carneros el ideal de Código Civil para hombres cultos, es como dar leyes anglosajonas del gobierno de sí mismos a pueblos de origen español, que en su vida han tenido tanta parte en el gobierno como los carneros” (40), y que así los carneros podrían decir, como el Padre Castañeda: “empeñados en reducirnos a la nada, de repente somos ingleses, a renglón seguido andamos a la francesa, de ahí a la italiana; otra vez a lo protestante, de ahí a lo filósofo incrédulo, y en fin.
Nosotros somos hispanoamericanos, iberoamericanos y esto
es lo que hemos de ser siempre si queremos ser algo”, Y que para evitarlo, el
mismo Código debería transformar a los carneros en hombres de raza sajona, de
la misma manera que la Constitución del 53, según dijo Juan María Gutiérrez (41), no
era para las costumbres y hábitos nacionales, sino para crear costumbres y
hábitos anglosajones, Para ello agrega dos artículos: uno ordenando que todos
los ciudadanos nacerían en adelante con forma de hombre; y otro penando con supresión
inmediata a los que se empeñaran en nacer ilegalmente bajo forma de carnero.
La democrática y progresista República de Quijotada se ve
sujeta a contingencias desagradables.
Es tristemente cómica la impotencia de Don Quijote ante los cuatreros
que arrían consigo media República, ya que los ciudadanos aceptaron la
transferencia de soberanía con su afirmativo me... Y es ridículo el fin
de Don Quijote, juzgado por las autoridades argentinas que acabaron por
intervenir su original Estado, pero absuelto por haberse constatado su delirio
monomaníaco, solamente será condenado a perder el libro de Darwin que tantos
estragos produjo en su cabeza y al destierro de su avispado Secretario que buen
provecho sacó de las locuras de su Señor, Hosco y solemne, el rechoncho Hidalgo
se retira a su tierra natal, convencido que con los argentinos nada tiene ya
que ver Don Quijote de la Mancha.
CONFERENCIA DE LUZ DEL DÍA
Encontrando por todas partes o bribones o locos, “Luz del Día” resuelve dar una conferencia explicando el concepto de libertad, aún cuando no esté muy convencida de la eficacia de su prédica en esa tierra de Tartufos y Quijotes.
“Ser libre es gobernarse a sí mismo” había dicho Fígaro, el único amigo que la Verdad encontró en tierra del Plata. Y este pensamiento lo desarrollará en la conferencia final que termina su extraña peregrinación.
Libertad no es liberalismo, Liberalismo es la falsificación
de la libertad: el gobierno de los Basilios y los Gil Blases con la Libertad
presa en la Cárcel de Encausados. “El gobierno moderno de la América antes
española – comienza la Verdad entre silbidos – trae su origen liberal de
la revolución y la guerra contra España. Su origen es pues, su pecado
original. Pero la libertad no es una mera idea, una linda abstracción más o
menos adorable. Es el hecho más práctico y elemental de la vida humana. Es tan
prosaica y necesaria como el pan. La vida es el fin; la libertad, camino
para ese fin. La libertad es la primera necesidad del hombre, porque
consiste en el uso y gobierno de las facultades físicas y morales que ha
recibido de la naturaleza para satisfacer las necesidades de su vida
civilizada, que es la vida natural del hombre por excelencia.
“La libertad es el gobierno de sí mismo: la idea de libertad no es opuesta
ni diferente de la idea de gobierno, Donde el gobierno falta, la libertad está
ausente. Libertad y gobierno son dos hechos que se suponen mutuamente. Hablo –
aclara “Luz del Día” – de la libertad que es libertad, y del gobierno que es
gobierno, EL gobierno es gobierno cuando significa libertad, esto es
gobierno del país por el país” (42).
Sigue “Luz del Día” definiendo la libertad, la verdadera libertad soberana, tan opuesta a la vacua palabra que los liberales escriben con mayúscula.
Es por no haberla comprendido que la Argentina cayó en poder de una banda que tomó por asalto la soberanía del país, “falsificando la expresión de su voluntad y fracturando las puertas sagradas de la ley”.
“Los hombres superiores – continúa la Verdad – son
perseguidos y delatados como un peligro público. Peligro público quiere
decir peligro que esos hombres sean escuchados por la opinión del país”. La
fraseología liberal de los Basilios ya encontrará términos para denigrarlos:
los llamó anarquistas, caudillos insurgentes, tiranos; los llamará traidores,
antiargentinos, antidemócratas, “En nombre de la Libertad – sentencia Luz
del Día – tendrán al pueblo privado de la libertad misma”.
Y como consecuencia de no encontrar la libertad en América
del Sur, la Verdad resuelve embarcarse para la América del Norte, a la que
supone la América de la verdad, donde existe la verdadera libertad, que
es sobre todo seguridad y no liberalismo.
FÍGARO
Pero aquí la ataja Fígaro, escritor y periodista, cuya
misión es burlarse de los falsos apóstoles del liberalismo. Fígaro, compañero
de Luz del Día en su excursión por la República de Quijotada, es el propio
Alberdi sin duda alguna. Recordemos el seudónimo Figaríllo con que
firmaba sus artículos en los años mozos de “La Moda”.
Fígaro, que “conoce a fondo las dos Américas, creyó oportuno disiparla de su ilusión sobre la América del Norte”. Allá, en el otro extremo del continente, también encontraría, más poderosos, más fuertes que nunca, los mismos Tartufos, Basilios y Gil Blases que gobernaban Buenos Aires. “¿Cómo – ha de exclamar Luz del Día – la mentira, la hipocresía, la intriga tendrían también carta de ciudadanía en la gran República de Estados Unidos'? –. Pareciera ser condición dolorosa pero inevitable de la civilización – responde Fígaro –. Cuanto más rico y grande es un país, más abunda en él esa mala familia. El gobierno falsamente democrático, ha hecho que por selección natural prosperen los liberales.” No debe olvidarse Luz del Día, que Tartufo se educó en Francia, pero residió en Estados Unidos antes de llegar a Buenos Aires, Y que admira, como si fuera la suya – o quizás algo más – a la República del norte.
Y desilusionada de la América íntegra, la Verdad volvió a embarcarse para el Viejo Mundo. Allá, aunque también existieran la mentira y la hipocresía, podía refugiarse en alguna vetusta Universidad de milenaria cultura a enseñar la vieja ciencia de la política, tan antigua como Aristóteles, y tan desconocida, tan incomprendida, tan falseada como la Verdad misma.
CONCLUSION
Así termina la novela, la extraña novela del otro
Alberdi. Áspera es su gracia y tristísima su ironía. El viejo amargado de
París nos pinta la Argentina organizada conforme a sus Bases y puntos de
partida, con bien sombríos y melancólicos colores. Ese Tartufo criollo, que
educa en la “verdad contrahecha” de las logias masónicas; ese Basilio que
“sirve a todos los países menos al suyo”; y ese Gil Blas que desde la sombra
maneja los títeres con el poder inmenso de su máquina electoral, no causan
risa, carecen de comicidad. Hay algo doloroso en los episodios que Alberdi
pretendió hilarantes. La carcajada se torna en mueca. Es que no es posible
burlarse con la vergüenza de la Patria, y desgraciadamente Tartufo, Basilio y
Gil Blas tienen una triste realidad.
Tal vez las locuras del don Quijote de Quijotada y su progresista y civilizadora república de carneros, puedan mover al regocijo. Es que el moreno y rechoncho visionario que gobierna por decretos, pertenece a un pasado muerto y enterrado, sin tener la actualidad inmediata de los otros personajes.
¿Quiénes son Tartufo, Basilio y Gil Blas?. No
comprendo cómo un crítico tan perspicaz como García Merou pudo decir que “quienes
busquen en la obra una clave, perderán tiempo y trabajo”. Tal vez no
quiso ver lo evidente, o tal vez la revisión histórica nos permite a nosotros
mejores elementos de juicio. Pero basta leer la novela, para que los hombres
reales que encubren las caricaturas se encuentren en boca de todos. Las
ilusiones son tan precisas, que de ninguna manera podemos creer que Alberdi
quiso disfrazar su pensamiento, sino por el contrario dar mayor fuerza de
expresión a su pensamiento, eligiendo esos nombres tomados de la antigua
comedia francesa e italiana, o de la literatura picaresca española.
Además la clave de “Luz del Día”
existe, y está al alcance de todos. Basta leer los apuntes de Alberdi
correspondientes al año 1871, y que figuran en los tomos 9º, 10º y 11º de sus Escritos
póstumos, para encontrarnos escritos, con todas sus letras, los nombres
reales que se ocultan tras la ficción.
Veamos: en el tomo 11º, página 556
de los Escritos póstumos se lee: “En el siglo XIX y en la América
republicana, Tartufo sería un imbécil en servirse de los arreos de que lo
vistió Moliére. El ideal de Moliére ha quedado atrás ante la personificación
que nos ofrece de él la vida social de
S. F., el maestro de escuela, presidente de la República.Argentina”, En
otras páginas de ese mismo tomo se llama continuamente con el nombre de Tartufo
al mismo político. En el tomo X, página 59 se da la inicial: “S., es un
Tartufo que ha hecho carrera con la educación popular." En el mismo
tomo nos revelan el secreto de Basilio. Y en el IX el del Gil Blas: “Los
empresarios de elecciones dan las candidaturas como dan las comidas y las
limosnas: con el dinero de otros. Ellos han dado a Sarmiento su presidencia por
la mano del gobernador de Buenos Aires.” En la página 601 de ese mismo tomo
IX puede leerse el nombre entero: “Sarmiento es menos que el presidente de un
partido: es el presidente de una compañía de empresarios políticos. Esa
compañía explotaba el gobierno local de Buenos Aires y la representaba el
gobernador Alsina.”
Triste destino el de Alberdi: asistir impotente a la
materialización exacta y cruel de la nueva Argentina que soñara en sus Bases.
Como el aprendiz de mago, de la antigua conseja alemana, no podía detener
las fuerzas del mal que imprudentemente había invocado. Y en vano grita a los
cuatro vientos de la ciudad extranjera donde vive exilado, su verdad, su “Luz
del Día” que ha compuesto con tanto dolor. ¡ Triste destino el suyo! En tiempos
de la Patria Vieja había emigrado para construir una Nueva, Y ahora que la otra
Argentina se hacía conforme al plan que trazara con su libro del 52, no
podía volver por haber comprendido que la Patria es sólo una...y era aquélla.
Escolios
(1) J.
B. ALBERDI: carta a Juan Manuel de Rosas de 20 de marzo de 1866, fechada en
París (publicada por IGNACIO OYUELA Juon Bautista Alberdi, una conciencia
anormal, Edit. J. Menéndez, Bs. Aires, 1920) .
(2) J.
B. ALBERDI: carta a Máximo Terrero de 26 de noviembre de 1876, fechada en St.
André (I. OYUELA, ídem).
(3) J.
B. ALBERDI: carta a Máximo Terrero de Iº de octabre de 1863. fechada en París
(I. Oyuela, ídem).
(4) J.
M, ESTRADA: “Peregrinación de Luz del Día” (examen crítico), en Revista del plata.
(5) M.
GARCIA MEROU: Alberdi (ensayo crítico), 251.
(6) R.
ROJAS: “Noticia preliminar” en el vol. 9 de la Biblioteca Argentina, que
trata del libro que comento aún cuando se modifica su título en “Luz del Día en
América”.
(7) J.
B. ALBERDI: Peregrinación de Luz del Día o viaje y aventuras de la Verdad en
el Nuevo Mundo (en Obras Completas, t. VII, p. 176), Todas las citas
que haga del libro que comento se refieren a la edición de las “Obras
completas” correspondiendo al tomo VII de ellas.
(8) Idem,
pág, 179.
(9) Idem,
pág. 184.
(10) ídem,
pág. 205.
(11) Idem,
pág, 205.
(12) ídem,
pág, 218.
(13) Idem,
págs. 194-5,
(14) Idem, pág. 196.
(15) Idem, pág. 197.
(16) Idem,
pág. 191.
(17) Idem,
pág. 210.
(18) Idem,
pág. 218.
(19) Idem,
pág. 217.
(20) Idem,
pág. 260,
(21) Idem,
pág, 203.
(22) ídem, pág. 207.
(23) Idem, pág. 203.
(24) Idem, pág, 237.
(25) ídem, pág. 245.
(26) Idem,
pág. 250,
(26 bis)
Idem, pág. 257.
(27) Idem,
pág. 269.
(28) Idem,
pág, 263.
(29) Idem,
pág. 282.
(30) R.
ROJAS, ob. cit., pág. 20.
(30 bis) J. B. ALBERDI, ídem, p. 271.
(31) Idem, pág. 279.
(31 bis) Idem, pág, 280.
(32) Idem, pág. 280.
(33) Idem, pág. 330.
(34) Idem, pág. 285.
(35)
Idem, pág. 286.
(36)
Idem, pág. 286.
(37) ídem,
pág. 288.
(38) J.
B. ALBERDI: Bases, pág. 149 (Edición de Besançon de 1856,
publicada con el título general de “Organízación política y económica de la
Confederación argentina”).
(39) J.
B. ALBERDI: Obras completas, t. VII, pág. 296.,
(40) Idem,
pág. 323.
(41)
Sesión del 20 de abril de 1853 (Asambleas Constituyentes Argentinas. t.
IV, págs. 460 y sgtes.).
(42) J. B.
ALBERDI: Obras completas, t. VII, pág, 341,