Manuscrito preparado para un folleto o revista que se
llamaría: “SEPA LA VERDADERA HISTORIA ARGENTINA” de fecha incierta.
(posiblemente escrita entre 1972 al 74)
4
carillas – 2170 palabras.
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Biografía
de auténticos próceres Argentinos
FRANCISCO CLAVERO
Los investigadores no han sabido
hasta ahora cuando y donde nació Francisco Clavero. Debió ser en Buenos Aires en los primeros años del siglo
XIX. Sabemos que su hogar fue muy
humilde, de “orilleros” tal vez, que le trasmitieron junto con el amor
irreprimible por la patria, el culto al coraje y la desconfianza por los
doctores que gobernaban a espaldas del pueblo.
Siendo niño integra en 1813 el
cuerpo de Granaderos a Caballo que San Martín formaba en la plaza del
Retiro. Aprendió junto al gran Capitán
la disciplina militar y fue su bautismo de sangre San Lorenzo. Ya no abandonó a San Martín. En 1817 está en Mendoza en el ejército de
los Andes; cruza la cordillera con la división de Soler y su comportamiento en
Chacabuco le merece las jinetas de cabo no obstante su corta edad. Se bate en los alrededores de Talcahuano,
está en Cancha Rayada y en Maipú, y con la presilla de sargento va con San
Martín al Perú, para volver de allí convertido en oficial de caballería.
En 1826 lo encontramos como
capitán de milicias rurales combatiendo con los indios en los cantones
fronterizos de Buenos Aires. Allí conoció
y trató a Juan Manuel de Rosas, comandante general de milicias de Buenos Aires
en 1827 y no se separó de él, con el mismo apego que tuvo a San Martín hasta
que el libertador dejó la patria. Como
capitán de milicias combate a las órdenes de Rosas contra los revolucionarios
unitarios de 1828, y asiste a la capitulación de Lavalle – que tal vez fuera su
jefe en Perú – en la estancia de Miller, en Cañuelas, el 24 de junio de 1829.
En diciembre de 1829 Rosas ocupa el gobierno de Buenos Aires y
nombra a Clavero su ayudante mayor, con el grado de capitán de línea (enero de
1830). En abril de 1831 es jefe de una
compañía en el regimiento de Patricios Libertos a caballo, escolta del
gobernador. Al año siguiente, no bien
Rosas deja el gobierno, Clavero pide su traslado a la frontera. En 1833 como jefe de una compañía de
Blandengues, acompaña a Rosas en le campaña del desierto. Terminada esta en 1834, queda en Bahía
Blanca, entonces un fortín avanzado sobre tierra que había sido de los
indios. Tiene el grado de Mayor.
Entre 1834 y 1848 cumple
distintas comisiones en los fortines de campaña y destacamentos rurales. Su gran conocimiento de la tropa, veteranía
sobre los indios y la lealtad federal probada lo hacían un elemento precioso en
las filas del ejército-. En junio de
1848 Rosas lo lleva junto a sí, designándolo en la División Escolta de
Palermo de San Benito. Como Mayor del Escolta,
desfila junto a Rosas en la última parada militar del Restaurador del 9 de
julio de 1851, cuando ya había empezado la guerra con Brasil y sus auxiliares
argentinos. El 3 de febrero (de 1852),
toma parte en la batalla de Caseros, siempre en el regimiento Escolta
que Rosas había puesto a las órdenes de un prestigioso Coronel de filiación
unitaria, pero cuyo acendrado patriotismo lo obligó a ofrecerse al gobierno de
su patria en su lucha contra el imperio y su aliado Urquiza: el Coronel Pedro
Díaz.
Derrotado Rosas, Clavero pide su
baja, que Urquiza no acepta porque prefiere mantener en el ejército a oficiales
federales. Clavero fue destinado
nuevamente a las guarniciones rurales, encontrándose en mayo y junio de ese año
en los Dragones del Sud con asiento en Chascomús. Toma parte con su regimiento en la
revolución del coronel Hilario Lagos en diciembre de 1852 que intenta refirmar
la divisa federal. Con Lagos sitia
Buenos Aires y con Gregorio Paz derrota en San Gregorio el 22 de enero de 1853
a quienes venían a levantar el sitio.
Cuando el dinero de la máquina de imprimir de la casa de la moneda de
Buenos Aires compra a la mayoría de los sitiadores, y Urquiza escapa en un
buque norteamericano después de entregar los ríos como premio por su salvación,
Clavero se retira al interior.
En 1856 lo encontramos en San
Rafael (Mendoza), como segundo jefe del 3 de caballería, revistando como
teniente coronel.
En 1861 acompaña al gobernador
de San Luis, Juan Saá, en su misión a San Juan. Los liberales (nuevo nombre que han tomado los unitarios) han
separado al gobernador José Virasoro con sus amigos y parientes, inaugurando el
reino de la libertad masacrándolos implacablemente. No le parece el procedimiento correcto al
Presidente Santiago Derquí, que manda como interventor a Saá. Como los liberales sanjuaninos acumulan
armas - mandadas por los liberales porteños – y recurren a la leva
(incorporación forzada al ejército) “para defender a la provincia”, Saá ha
debido acompañarse de algunos regimientos nacionales. Entre ellos va el 3 de caballería a las órdenes de Clavero.
El gobernador revolucionario de San
Juan, el Dr. Antonino Aberastain, intenta resistir en la Rinconada del
Pocito (11 de enero de 1861), pero su tropa se le desbanda y es
capturado. Clavero, en cumplimiento de
órdenes recibidas, hace fusilar al responsable del asesinato de Virasoro y los
suyos. Desde entonces Aberastain será
“el mártir del Pocito” y Clavero su indigno y cruel asesino. Sin embargo Clavero pidió un consejo de
guerra para juzgar su conducta, y este – reunido en Paraná, capital de la
confederación – lo absolvió de cualquier culpa.
El 17 de setiembre de 1862,
Francisco Clavero toma parte como coronel en la batalla de Pavón. No obstante encontrarse victoriosas las
tropas nacionales y derrotadas las del “Estado” de Buenos Aires que comandaba
Mitre (cuya caballería se ha dispersado, ha perdido todo el parque de
municiones y con el resto de sus tropas debe encerrarse en la estancia de
Palacios esperando la propuesta de rendirse), Urquiza, - jefe del ejército
Nacional – se retira con los regimientos entrerrianos “espantado por el
encarnizamiento de la batalla”, pues al curtido veterano de cien hecatombes
parece que se le ha despertado una sensibilidad de niña clorótica. El abandono de Urquiza permite a Mitre
escapar de la estancia de Palacios junto al arroyo Pavón y esconderse en San
Nicolás. Días después, seguro que
Urquiza no volverá y los federales se han ido, festejará su única – y decisiva
en nuestra historia – victoria militar.
A Clavero lo encontramos en
noviembre del 61, en la provincia de Córdoba defendiéndola del avance de los “guías
de la libertad” porteños, que a sangre y fuego imponían el liberalismo por
el procedimiento, aconsejado por Sarmiento (en carta a Mitre de 20 de setiembre
de 1861 – Archivo Mitre, tomo IX pag. 336 - ) de “no ahorrar sangre de gauchos,
es abono útil que debemos a la tierra. La sangre es lo único que tienen de
humano”. Derrotado Clavero en el Molino
de López, cercanías de Córdoba, por tropas muy superiores, con sus últimos
compañeros debió escapar a las tolderías Ranqueles, donde recibe la hospitalidad
que los caciques brindan generosos a los perseguidos. Poco después, y siempre por tierra de indios de la cual era
baqueano, Clavero pasa a Chile.
Poco tiempo dura su estadía en
Chile. En mayo de 1863 el general Ángel
Vicente Peñaloza ha dado su grito de guerra en los llanos de La Rioja contra
los guías de la libertad, que hacían una “guerra de hermano contra
hermano”. El caudillo solo pide que no
se eche a los riojanos a los contingentes militares, y no se mande a las
riojanas a los prostíbulos de los acantonamientos militares. Clavero cruza los andes para ponerse a sus
órdenes.
En alguna otra ocasión
narraremos las dos largas guerras del Chacho, terminadas con el asesinato del
caudillo en Olta. Clavero, su
compañero, gravemente herido es apresado por las fuerzas nacionales (junio de
1863). La circunstancia de encontrarse
muy mal herido o tal vez su prestigio de viejo veterano de San Martín, hizo que
no se lo fusilase, a pesar de condenado a muerte un consejo de guerra. Lo curioso es que se dio la noticia de su
muerte “para escarmiento de bandidos”, pero no se le mató. Sarmiento, en uno de sus fugaces raptos de
sinceridad, explica por que no ejecutó la sentencia “en un hombre herido de
muerte”. Dice Clavero no era un
salteador ni un encubridor, ni caudillo, ni gaucho malo. Era un veterano de los granaderos a caballo
de San Martín, que a fuer de antiguo soldado y de valiente, había llegado a
coronel al servicio de Rosas y de la montonera. (D.F.Sarmiento – Los
Caudillos). Lo remitió a Mitre para que
este lo fusilase si se animaba. Pero
Mitre no se atrevió, y Clavero, en muy mal estado quedó en el Hospital de
Hombres de la capital, pendiente siempre su condena a muerte.
Por el
interior corrió la noticia que había muerto fusilado por Sarmiento en San Juan.
Llegó la noticia a Southampton y
entristeció a Juan Manuel de Rosas.
Este ya se había puesto en contacto con su jefe de escolta por
intermedio de Josefa Gómez, escribiéndole el 7 de marzo de 1867: “...Al coronel
Clavero dígale que no lo he olvidado, y no lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar las virtudes de su
fidelidad”, se lamenta de la muerte de su antiguo subordinado, encargando a
Josefa Gómez depositar una flor en la tumba de su amigo leal “si era posible”.
En el verano de 1866-67 empieza
la tremenda revolución de los colorados de Cuyo. Los contingentes amontonados en Mendoza para
llevarlos a morir al Paraguay se subleva al grito de ¡Viva el Paraguay! ¡Viva
la Unión Americana! ¡Muera Mitre sirviente de los Brasileros!. Los viejos federales – Juan y Felipe Saá,
Carlos Juan Rodríguez, Juan de Dios Videla, el padre Castro Boedo – levantan la
insignia punzó. Felipe Varela llega de
Chile con un pequeño ejército, dos bocones (cañoncitos ligeros) y una banda de
musicantes. Y establece su campamento en Jachal donde se le suman, montados y
con caballo de tiro, los criollos de los alrededores. Mendoza, San Juan, San
Luis y La Rioja reverdece al canto Montonero:
“De Chile salió Varela
y
vino a su patria hermosa
Aquí ha
de morir peleando
Por
Vicente Peñaloza”
Con los lánguidos compases de la
zamba, que ha traído de Chile un grupo de músicos que vienen con Varela, cantan los montoneros el cruel destino de la
patria, en la noche ardiente del verano cuyano. A veces lamentaban que no estuviese junto a ellos el bravo
coronel “que en San Juan es sepultado”.
En una de esas noches un forastero pide la guitarra. Es un hombre de setenta años, barba y melena
blanca, cara cruzada de chirlos y cicatrices y el andar claudicante de quién ha
sufrido heridas en las piernas. * No
obstante, según dice la tradición, su porte es arrogante y su voz grave y
segura. Puntea unos compases y canta:
“Dicen que Clavero ha muerto
y
en San Juan es sepultado
¡No
lo lloren a Clavero;
Clavero
ha resucitado!”
Es el coronel Francisco Clavero
en persona, que al saber de la llegada de Varela, ha logrado escapar del
Hospital de Hombres de Buenos Aires y pese a sus años y heridas viene a dar al
pueblo su último aliento y así se hace conocer. Felipe Varela lo abraza emocionado, la montonera lo aclama.
Se incorpora al “Ejército de la
Unión Americana”, con su grado efectivo de coronel de la Nación. Junto a
Clavero, Varela toma parte en la ocupación de La Rioja y la tarde del 10 de
abril de 1867 está en Pozo de Vargas en la última y desesperada carga de la
montonera al compás de la zamba famosa de Vargas, que luego tendría letra
puesta por los vencedores, mientras los vencidos cantarían:
“¡Sables
contra fusiles!
¡Pobre
Varela!
¡Que
bien pelean sus tropas
en
la humareda!
¡Otra
cosa sería
armas
iguales! ...
Nada más se sabe del coronel
Clavero. ¿Habrá muerto en el Pozo de Vargas cargando contra la artillería y la
infantería de Taboada oculta en el monte? ¿Cayó en la cruel retirada a Jachal?
¿En los difíciles tránsitos por la cordillera, tras el Quijote de los Andes
(Varela), para sorprender Salta el 10 de octubre? ¿Acaso en la toma de
esta? ¿O en el posterior exilio en Bolivia?.
No se ha encontrado el diario de Felipe Varela, ni la nómina de sus
jefes y oficiales, para saber su suerte.
Lo cierto es que durante muchos años se esperó en los contrafuertes
andinos el regreso del sargento de San Martín y coronel de Rosas. Muchos esperaban que en las noches de
guitarreadas junto al fogón, viniera un forastero y tomando el instrumento
volviera a decir como en Jachal:
“Dicen que Clavero ha muerto
y
en San Juan es sepultado
¡No
lo lloren a Clavero;
Clavero
ha resucitado!”
* En escritos anteriores Rosa lo describe como faltándole
un brazo. No sabemos porqué ahora lo omite, pero lo creemos una rectificación
fruto de su constante revisión y confirmación de datos. (nota de la edición
digital)