[estilo]autores[/estilo] [imagen]/fotos/amejeiras.jpg[/imagen] [autor]Gonzalo Amejeiras Leyes[/autor] [titulo]LA ABUELA MARIA[/titulo]

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Siempre fue vieja y además abuela.

La conocí así, abuela y vieja.

Coronaban su cabeza cabellos muy blancos peinados hacia atrás, terminando en un rodete que le caía por la espalda, como un medallón dormido.

No tengo otro modo de recordarla.

Nos lavaba la ropa de niño mientras entonaba antiguas y olvidadas tonadas mendocinas, repujadas de cerros. Y más allá, la montaña.

El verano regalaba en las parras y en las viñas, racimos morados en zumo de dulce uva.

El cantar> de las acequias y el sol ya habían amasado en granos de tinte cristalinos y alargados e incoloro verde trasparente; la llamábamos "Uva blanca". El otro color era de un violeta oscuro a la que llamábamos "Uva negra". Fruto amasado en la tierra. Esta ya había hecho su labor, con el cuidado de la mujer y el hombre.

Cuando llegaba la noche nos íbamos a dormir; a mi primita

Mabel y a mí, nos enseñaba a rezar, rezos propiciatorios de ángeles cristianos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo Amén.

Eran sus ojillos de abuela un desborde de ternura silenciosa inundando a sus hijos de sus hijas. Dos veces madre.

Años tras años, veíamos que la piel se le apretaba contra sus huesos; pasa de uva mordida por los dientes del sol.

Un día me fui enredado en los calientes vientos del mes de octubre que la sangre de la adolescencia me requería. De tiempo en tiempo, volvía y cada vez me parecía más abuela. En unos de mis volveres, llegué y me dijeron que se había muerto.

Flor seca que enterraron en la tierra bajo un manto sagrado de arena y cactus que en primavera florecen cubriéndola para siempre.

Gonzalo Amejeiras Leyes.

Bs. As, Julio 20 del 2.006.-Buenos Aires, Junio del año 2.006

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